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La Marranita - CAPÍTULO XI - Mujer

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laualma
(@laualma)
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La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres

[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
 
 
 
CAPÍTULO XI - Mujer
 
Así llegué al que se consideraba el cumpleaños más importante en la vida de un niño, el llamado año lunar. En esta parte del Continente siempre se había empleado el llamado calendario lunar, con años de 13 meses de 28 días exactos, por lo que cumplir ciclos de 13 veces 13 meses había sido considerado siempre de buen agüero. El primero de aquellos ciclos era especialmente celebrado, porque marcaba el paso al desarrollo adulto. Físicamente, se entiende, porque según las antiguas costumbres de La Ciudad, toda persona era considerada adulta a efectos civiles a partir de los seis años y medio, al alcanzar la mitad exacta del primer ciclo lunar, aunque en la práctica niños y niñas de casi cualquier edad eran todavía libremente entregados para consumar matrimonios de conveniencia que debían sellar pactos entre familias, o podían lo mismo heredar y gestionar cuantiosas herencias que hasta incluían a veces las vidas de cientos de esclavos, tanto como ver segada sus vidas por el verdugo de la Justicia de La Ciudad en caso de haber cometido delitos graves contra la propiedad. Por eso el primer año lunar era en verdad algo mucho más importante en La Ciudad que aquella llamada mayoría de edad, un término temporal exclusivamente burocrático destinado a únicamente a reconocer a los 18 años la condición asociada a los derechos de ciudadanía, algo tan secundario que apenas cambiaba la vida de un puñado de hombres cada año. 
 
Y por eso fue que yo no fui capaz de dormir en la víspera de mi año lunar, porque sabía que llegaba al reconocimiento oficial de mi inicio en el mundo adulto completamente hecha: plena, feliz, y prácticamente desarrollada por completo. Tenía casi la altura de Padre ya, y unos pechos tan grandes como los de mi madre, solo que los suyos hacía años que estaban en declive y los míos no habían terminado de crecer todavía, pero ya habían comenzado su orgullosa rebelión contra la ley de la gravedad, con aquella furia altiva digna de una diosa que no abandonarían nunca. Su excepcionalidad me venía reafirmada por el hecho mismo de que Padre me los veneraba a diario. Por su parte, mi coño lucía ya un exagerado matojo de pelo negro y espeso, que al crecer había perdido su abrupta naturaleza rizada y se me había ido alisando de nuevo, frente a ese denso encrespamiento que tuve hasta poco después de mi sangrado. Ahora aquel pelo azabache y espeso resultaba sedoso cuando Padre metía con facilidad las manos entre aquella fronda. Se felicitaba siempre por mi decisión de mantener mi sexo al natural. A mí me encantaba llevarlo de esa manera, es cierto, y siempre prefería los coños velludos a los rasurados cuando me encaprichaba de alguna nueva chica pero, si no hubiera sido así ¿qué otra cosa podía hacer yo, que todo lo hacía buscando agradar a Padre? Eso sí, siguiendo también sus gustos, dejaba que las chicas depilaran y rasuraran con frecuencia mis axilas y piernas, en donde me crecía igualmente un vello denso y oscuro con exagerada velocidad en cuanto mis hormonas se revolucionaban un poco. El clítoris me había crecido también hasta hacer imposible dudar de su existencia al más torpe de los chicos, y la vulva se me había desarrollado con unas formas y una complejidad tal que, finalmente, no me quedó más remedio que empezar a limitar hasta yo misma mis paseos desnuda por el patio y las galerías, obligándome a vestir al menos uno de aquellos mínimos bragueros de triángulo que se habían puesto tan de moda, mientras que dejé de salir por completo a la calle si no era llevando al menos una túnica ligera y corta. Los hombres del vecindario habían empezado a quejarse a Padre, diciendo con razón que no era justo que dejara pasear libre y desnuda a la tentación más grande del barrio por delante de sus casas, cuando la mayoría de ellos tenían hasta miedo de llegar a empalmarse conmigo sin contar con el permiso expreso de Padre. 
 
Sin yo saberlo, Padre les prometió que todo aquello iba a cambiar pronto. Su conocimiento profundo del cuerpo de las mujeres le hizo saber que mi desarrollo realmente había llegado casi a su fin, y señaló a todos con decidida determinación, sin yo saberlo, mi primer año lunar como el hito que habría de reconocer tal condición.
 
Aquel preciso día, Padre me sorprendió despertándome en mi cama para entregarme como regalo de cumpleaños otro perro. Se trataba de un precioso cachorro de mastín aunque, en realidad, estaba ya bastante crecido cuando lo trajo a casa y, como a mí, parecía que debía faltarle poco para alcanzar el periodo adulto. Me dijo que había pensado en que sería un buen regalo para mí porque sabía que adoraba a los perros, porque me encantaba jugar con ellos desde niña, y porque no había más que ver lo mucho que había sabido disfrutar de ellos aquel día poco antes de mi sangrado. Mi sonrisa se congeló cuando me dijo aquello, recordando lo poco que me faltó para correrme con aquellas dos bestias lamiéndomelo todo y frotando sus pollas contra mi cuerpo, mientras yo hasta me morreaba con el más viejo de ellos. Sin embargo, Padre no hizo más refernecia a aquello, que pareció uno comentario inocente más, sino que hizo subiar a aquel pesado mastín a mi cama para que yo pudiera jugar con él. Me contó que su nombre era Nardo, y los dos nos reímos por aquella ocurrencia. Sin embargo, no pude evitar que a mí aquel nombre, en lugar de recordarme el miembro arrancado de mi examante, tan querido por mí antes de terminar convertido en un eunuco, me evocara sin más el propio nardo de Padre, su incomparable verga que, en aquel mismo instante, lucía ante mí extrañamente morcillona y sudada. 
 
Lo cierto es que en aquella época yo ya no pensaba en nada que no fuera su miembro duro, porque en cierto modo aquella fue mi inevitable forma de reaccionar en relación a aquella advertencia que el propio Padre me hizo pco antes de que me llegara el primer sangrado: que, a partir de aquel momento, iba a teneer más gas de sexo que nunca. Lo que no imaginaba era que iba a focalizar de esa manera tan exagerada todas aquellas ganas de sexo en el rabo de Padre: lo tenía demasiado presente a diario, había llegado a conocer aquel miembro mejor que mi propio sexo, y estaba obsesionada por poder entregarme a él de manera definitiva. Cuando él me vio fijar mi mirada en su polla, siendo consciente de que no la tenía tan flácida como sería de esperar en un momento como aquél, me siguió hablando sin parar, diciendo atropelladamente que me había desarrollado exageradamente rápido aquellos últimos meses, que lo mío era excepcional, que nunca antes había visto a ninguna otra chica un cambio tan radical justo después del sangrado, y menos aún si les llegaba tan pronto como a mí, y que quería examinarme con detalle porque mi cuerpo cambiaba tan rápido y de una forma tan evidente, que hasta a él le costaba a veces reconocer los cambios. 
 
Retiró entonces la sábana que me cubría, y empezó a acariciar mi cuerpo sin ningún pudor ni  formas profesionales, sino más bien como lo haría un ganadero para valorar el estado de salud y el precio que podía sacarle a su mejor ejemplar. Toqueteó y movió mis miembros, apartó mi pelo y abrió mis labios y mis dientes, me sacó la lengua con sus propios dedos, estrujó mis pezones sin piedad, y empezó a olisquearme, a lamerme y a chuparme por todas partes, para descubrir el sabor de las diversas partes de mi anatomía. A pesar de todo, su rudeza privaba a aquello de las maneras propias de un encuentro sexual, por más que haya dejado claro que tampoco se parecía lo más mínimo a uno de esos reconocimientos que me hacía periódicamente el doctor del barrio. Resultaba todo bastante inusual, lleno de tocamientos excesivos y de búsquedas en rincones inverosímiles, y pruebas que estarían siempre y en todo caso fuera de cualquier posible protocolo facultativo. Pero a mí me daba igual, era Padre, y solo con que me pusiera un dedo encima yo ya me ponía a mojar cual perrita en celo. Su forma de reconocer mi cuerpo aquella mañana fue tan explícita que, cuando terminó, yo ya me había corrido varias veces, y él estaba prácticamente empalmado por completo.
 
"Te has convertido en toda una mujer" me dijo como único diagnóstico.
 
Tenía solo un año lunar, recién cumplido. Por muy laxos que fueran los habitantes de La Ciudad reconociéndonos ya como personas adultas a todos los efectos sin que hiciera falta siquiera que hubiéramos cumlido nuestro primer lustro, lo cierto es que todas las niñas de mi edad que conocía seguían siendo eso, unas niñas. Más o menos desarrolladas claro, pero, en todo caso, las más de ellas iban a tener que esperar todavía años antes de soltar una sola gota de sangre por su coñito, que en realidad no seguía siendo más que su tibia rajita infantil. Y la mayoría de ellas, de hecho seguían pareciendo por su cuerpo y por su comportamiento solo unas niñas grandes todavía, algunas con unos pechos ya llamativamente visibles, algunas con unas formas más delicadas, la mayoría con algo de pelusa en su pubis y sus axilas, pero ni de lejos ninguna con algo como lo que yo tenía ya, y a lo que solamente cabía otorgar el nombre de coño y tetas de hembra, sin paliativos. Precisamente por eso hacía ya años que no me relacionaba con aquellas crías. Pero también era cierto que, por mucho que ninguna ley ni costumbre de aquella parte del Continente hubiera prohibido que Padre o cualquiera de los padres del patio me hubiera tomado y me hubiera hecho mujer muchos años antes, cuando yo empecé a merodear desnuda por sus fiestas, sin ser consciente que me estaba metiendo en el corazón mismo de lo que era, simple y llanamente una orgía, en todo momento había sido el propio Padre quien había impuesto unas firmes reglas de edad para acceder a aquellas fiestas con plenos derechos de sexo. Y ninguna persona lo había podido hacer tan joven, ninguna en verdad lo había hecho antes del año de su ciudadanía. 
 
Pero yo apenas acababa de cumplir el ciclo lunar y, sin embargo, padre me acababa de reconocer como mujer.
 
"Pero Padre..."
 
Quería protestar. ¿Aquello iba a ser todo? Podía ser ya una mujer, pero necesitaba tener la libertad de que me hicieran sentir como tal... Padre no dijo nada, solo gruñó. 
 
Pero sus ojos brillaron.
 
"Padre..." seguí, tímidamente, "pero no puede ser, no puedo haberme convertido en mujer así sin más... Quiero decir, para poder ser una mujer de verdad, ¿no necesito acaso que un hombre...?"
 
Fui incapaz de seguir. Tampoco hacía falta: Padre seguía mirándome con aquel brillo en los ojos. Me di cuenta también de que sus labios estaban húmedos, y de que su musculado y moreno cuerpo brillaba también, bañado por completo de sudor, aunque era muy temprano todavía y el día seguía aún fresco. Y estaba ya empalmado como una bestia, con el falo mojado y sudoroso. Sin decir nada más, alargué mi mano para aferrar aquel miembro antinaturalmente erecto, y pajeé suavemente a Padre mientras le abría mi coño de par en par, usando para ello mis propios dedos. Quería pedirle que me follara ya. Si por fin era una mujer, no sabía por qué no podía follar ya como cualquier otra. Era incapaz de hablar, pero la peste a deseo que me salió del chocho al abrirme la concha lo decía todo. Padre me metió su mano entre los muslos y me acarició el sexo por fuera y por dentro, como solo el sabía, como solo el podía hacer con su manaza de oso. Su dedo me entró sin preaviso, abriéndome con rudeza y dolor de un solo y rápido golpe, pero deteniéndose en el punto exacto... Por primera vez, Padre me acariciaba el virgo, haciendo patente para ambos que solo aquella pequeña membrana nos separaba del placer total que tanto deseábamos. Fue una paja lenta, suave, delicada. Algo como nunca había tenido con Padre ni visto en él. Cuando se empezó a correr, me tomó la mano para dirigir su verga a mi cuerpo y me regó entera. De los labios de la boca al coño abierto. Sin esperármelo repasó todo su capullo todavía hinchado y pringoso por mi coño. El orgasmo que sentí fue tan violento que algunos vecinos llegaron a aplaudirme por el patio, seguramente pensando que acababa de caer el virgo más ansiado de todo aquel olvidado extremo del Continente.
 
Padre pasó el día fuera. Yo estuve esperando todo el tiempo su vuelta, y rechacé cuantas ofertas me llegaron para festejar, hablar, follar o lo que fuera. De chicos y chicas. Nadie entendía mis negativas a celebrar aquel día, y parecían confundidos porque, realmente, cuando yo les decía que nada iba mal parecía ser sincera. Pero no tenía necesidad de nada con ellos. Solo esperé y esperé. 
 
Era muy tarde ya cuando llegó. 
 
Le ayudé a desnudarse y le serví la cena. Como era tan tarde, me dijo que aquella noche nos iríamos a dormir nada más terminar de cenar. Cuando él acabó, como todas las noches antes de acostarse, se fue al baño para lavarse. Yo recogí la cena, con la única compañía de mi pequeño mastín nuevo, Nardo, que me había ayudado a sobrellevar la soledad y los amargos pensamientos de aquel largo día, y ahora parecía ya inexorablemente unido a mí. Había sacado a los otros dos perros a la galería para que Nardo pudiera acostumbrarse mejor a la casa. Después de todo el día a solas con él, no paraba de jugar conmigo y dejarse mimar. Yo agradecí su compañía fiel en aquel día tan especial, por mucho que realmente llevara todo el día soñando con poder tener otra compañía. Padre se demoraba en el baño, así que me fui a dormir, sin más. Sabía que no podía hacer nada en contra sus decisiones.
 
Me metí en la cama y, sin darme cuenta, antes de poder reaccionar ya tenía a Nardo bajo las sábanas. El pobrecillo, recién llegado a la casa, no había tenido aún posibilidad de aprender las estrictas normas de Padre, siendo la primera la prohibición de que los perros durmieran en las camas. Aunque Nardo era muy listo, y a pesar de ser un cachorro tenía ya varios meses, y se comportaba con tanto cuidado que hasta parecía entrenado. Al notar su cuerpo desnudo y algo húmedo entrar en contacto con mi piel, su calor me resultó agradable y, sin pensar, me puse a acariciarlo instintivamente. Sabía que debía de echarlo de la cama inmediatamente, porque si no se acostumbraría y ya no querría dormir fuera de mi lecho, pero aquel día necesitaba desesperadamente sentir un contacto así, necesitaba aquel calor para poder dormir. Pero, incomprensiblemente para su edad, me di cuenta que el perro estaba reaccionando como si realmente estuviera en celo.... Nardo empezó a lamer y a frotarse contra mi cuerpo desnudo, y su calor me llenó tanto que, precisamente por ese motivo, no pude dejar de tenerlo allí dentro de mi cama conmigo, porque aquel día más que nunca necesitaba saciar, precisamente, mi deseo sexual, y quizás sin proponérselo aquel cachorrillo me estaba lamiendo mis pezones hipersensitivos y frotando su pequeña polla aún no crecida contra un chocho de mujer. Contra un verdadero chocho de una verdadera mujer. 
 
¿Cómo podía ser? Quizás había valorado realmente mal la edad de aquel perro, quizás ya no era, para nada, en absoluto, un cachorro... Pero yo tampoco lo era, había dejado de ser una niña, y como mujer tenía unas necesidades que necesitaban ser cubiertas.
 
Empecé a ponerme cachonda, e instintivamente bajé a Nardo para que centrase su lengua en mi coño. Sinceramente, no creía que aquel cachorro, aquel perro, fuera capaz de penetrarme aún y, desde luego, no creía conveniente ni necesario llegar a la locura de perder mi virtud con un perro, no al menos después de haber aguantado tanto tiempo. Sin embargo, después de lo que pasó el día anterior a mi primer sangrado, sabía por propia experiencia el gran placer que puede dar la lengua de un perro trabajando sobre un coño excitado y mojado como era el mío. A Nardo pareció gustarle el cambio, porque en seguida empezó a centrifugar su lengua sobre mi sexo, haciéndome ver esas estrellas que llevaba ansiando encontrar durante todo el día.
 
Apenas me dio tiempo a reaccionar cuando escuché los pasos de Padre entrando a mi habitación. Me incorporé en la cama, para quedarme sentada y con las piernas levantadas y recogidas, aunque forzosamente separadas para permitir que Nardo siguiera colocado entre éstas, dándole lengüetazos a mi chumino que cada vez chorreaba con más fuerza. Tapada con la sábana por debajo de mis tetas, por lo menos quedaba oculto el cuerpo del delito. Padre entró y se sentó al borde de mi cama, pero no le dio tiempo ni a decir una palabra. Aquel puto perro se había vuelto tan loco con el sabor excesivo de mi coño encharcado que sus lametones se volvieron frenéticos, y consiguió provocarme tal espasmo que, en mi empeño por disimular la situación, acabé tragándome un gemido, poniendo los ojos en blanco y echando la cabeza atrás, apoyando mi peso sobre los brazos retrasados tras mi cuerpo y elevando bruscamente mi pecho, alzando provocativamente mis tetas hinchadas con los pezones endurecidos como balas de acero hacia la cara de Padre. Sentí un chorro de flujo manchando espeso mis sábanas, y recordé aquella primera vez con Padre en qué acabé meándome literalmente del gusto entre sus brazos.
 
“¿Qué te pasa Marranita? ¿Qué tienes?” dijo Padre, tomándome fuerte por las espalda para evitar que cayera hacia atrás, mirando alucinado unas enormes tetas que hacía apenas unos días parecía que todavía no estuvieran ahí. “Pero... ¿qué es este olor a coño, Marranita?” 
 
A Padre le bastó oler mi corrida para empezar a entender que ocurría. Retiró la sábana de mis piernas y se quedó mirando mi cuerpo desnudo. 
 
“¡Nardo!” gritó, echando de un golpe al cachorro de mi cama. “¿Por qué has hecho esto, Marranita? ¿Qué te ha dicho siempre tu padre de dejar dormir a los animales en tu cama?”
 
“Que si dejo dormir a un animal en mi cama la primera vez, ya aprende el camino y al final lo acabaré teniendo metido todos los días dentro porque pensará que es su derecho…” le dije de corrido, sin vergüenza ni miedo por lo que acababa de hacer, sino con el aire altivo y orgulloso de la alumna aplicada que disfruta sabiendo de antemano que va a recibir la valoración de su Maestro...
 
“Exacto, Marranita…” 
 
La mirada de Padre había cambiado por completo al enfrentar la actitud altiva y retadora de mi respuesta. Su mirada cambió en aquel momento, y ya lo hizo para siempre. Cambió porque ya no era un padre mirando a su hija: se había revelado ante mí, por fin, como lo que siempre había sido, como aquel animal sediento de sexo que era, mirando a toda una mujer en celo. 
 
"Por fin..." murmuré.
 
Alargué mi mano derecha para acariciar y rodear su verga desplegada por completo, con el enorme glande al descubierto y ya pringando de sus líquidos la parte baja de su pecho. Padre resopló al sentirme. Mojé mi otra mano, metiéndola profundamente dentro de mí, y se la llevé a Padre a la boca. Él sacó la lengua y me lamió la palma, arrastrando todo mi flujo con la lengua y dejándomela en su lugar cubierta de su saliva.
 
“Entonces, Padre, creo que por fin entiendo por qué me has dicho siempre eso... Lo que querías que entendiera es que lo que debo hacer es elegir siempre bien al animal que voy a meter en mi cama, es eso, ¿no, Padre?” 
 
"Así es..." graznó padre roncamente, al ver que yo volvía a empapar mi mano en mi coño, llevando allí las babas con las que había llenado mi palma.
 
La verga de padre escupió un goterón de semen limpiamente sobre mis tetas. Nunca le había visto tan excitado. 
 
"Te pido perdón por haber permitido a Nardo montarme en mi cama, Padre...", continué hablándole, utilizando aquella voz sensual que me habían enseñado las chicas del patio para volver locos a los hombres cuando estuviera en la cama con ellos. La voz de puta claiente.  "Tú sabes tan bien como yo lo que opino de todos esos perros, y el pequeño Nardo ha sido tan entusiasta además... Pero me pides que elija mi animal, y yo no tengo el menos problema en eso. Además, tú siempre has sabido lo que quiere tu Marrana, ¿verdad, Padre? Por eso, yo... ¡¡¡yo elijo a la Gran Cabra!!!"
 
Mi voz retumbó en las paredes de un patio extrañamente calmo y silencioso aquella calurosísima noche, mientras yo volvía a alzar mi mano empapada en flujos hacia su cara.
 
"Este es el sabor de tu hembra, Padre...” le dije rozando sus labios con mis dedos temblorosos, al ser consciente por fin de lo que estaba a punto de pasar, mientras sentía su polla palpitando veloz en mi otra mano. “¡¡TE ELIJO A TI, CABRÓN!! ¡¡Hazme mujer, ahora!! ¡¡HAZME TU MUJER, AHORA... Y PARA SIEMPRE!!” Me aseguré de que todo el vecindario, y la Vieja antes que nadie, se enterase perfectamente de que estaba a punto de suceder lo que todo el mundo llevaba tanto tiempo esperando: el eco de mi voz retumbó en las cuatro paredes del patio y subió hacia el cielo como si fuera un castillo de fuegos artificiales.
 
Por fin.
 
Padre me hizo tumbar y, lentamente, estiró su cuerpo sobre el mío. Por un momento temí que mi frágil cuerpo adolescente reventase bajo el peso de aquella aunténtica montaña humana. Pero había visto a Padre cabalgando a chicas menos corpulentas y formadas que yo que, de hecho, aquella noche parecía tan adulta como cualquiera de las mujeres con las que Padre se había pasado la vida jodiendo delante de mis narices. Y, no sólo eso, sino que cuando abrí mis piernas y rodeé a Padre con ellas, comprendí que yo era ya mucho más mujer que cualquiera de aquellas furcias fogosas.
 
Lo que siguió a la entrada de aquella legendaria y descomunal verga en mi coño sediento, taladrándome de un solo golpe, borrando cualquier resto de la existencia de mi himen como si por él hubiera pasado un huracán desbocado, fue que nuuestro placer fue tan total que aquella noche nuestros gritos de placer resonaron en todo el barrio, y se quedaron pegados en cada callejón y en cada rincón del puerto donde la niña Laura no hacía tanto que había aprendido a comer pollas y a desear a los hombres. 
 
Como él mismo había vaticinado, Padre aprendió el camino de mi cama y ya no dejó de venir a mí ni una sola noche durante los cinco años siguientes. Aquellos años fueron, con diferencia, los más hermosos y plenos de mi vida. 
 
Sé que tuve mucho, quizás más de lo que pude haber merecido. Pero no merezco haberlo perdido todo. 
 
No solo me han arrancado aquella vida, sino que esta Revolución, a la que maldigo cada día que pasa, me ha quitado toda vida posible, destruyendo cualquier posible esperanza en mí.

 
 
 
(lau.alma @yahoo.com)
 

...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
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