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Iniciador del debate 4 septiembre, 2026 18:13
La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres
[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
CAPÍTULO VII - La Marrana
Después de echar a mi madre de casa, Padre estaba agitado todavía, y temí que siguiera furioso por lo que había hecho ella. Y, aunque yo no había hecho nada malo, entendí que quizás Padre querría pegarme también a mí si necesitaba desahogarse todavía más. Me preparé por si aquello llegaba a pasar, porque estaba dispuesta a aguantar cualquier castigo que el quisiera darme sin perder la compostura ni borrar mi sonrisa de la cara. Si Padre quería pegarme sería porque yo lo merecía o necesitaba que lo hiciera. Y sin embargo, no, Padre no me tocó un pelo. Al contrario, me tomó de la mano, y me dijo que justo estaba saliendo a buscarme. Me llevó a su habitación, y me sentó en su regazo, acomodado él firme y confortablemente en la silla de su escritorio. Hubiera deseado que me llevara a su cama, pero pude ver que las sábanas estaban revueltas y llenas de sangre. Lo que pasaba era que yo no quería dormir sola aquella noche por miedo a que viniera mi madre y me pegara, y por más que supiera que Padre me protegería siempre de ella, no podía evitar sentir aquel temor irracional. Pero Padre me calmó, él siempre sabía cómo hacerlo: empezó a acariciarme por todo el cuerpo y a besarme, primero en los ojos y en las lágrimas, luego en las mejillas y la nariz, sin importarle que estuviera toda llena de mocos. Creo que fui yo la que le besó primero en sus labios y trató de jugar con la lengua dentro, pero solo lo hice después de que él me apretara los pechos y metiera su manaza entre mis piernas. Padre me hizo apartar la boca de la suya, con naturalidad y sin quejarse ni decir nada, pero no dejó de tocarme en ningún momento. Me pidió perdón por haber dejado que mi madre me hiciera aquello, perdón no haberse fijado en mí, por no haber reparado antes en mis cambios, en que realmente yo ya me estaba haciendo por fin una mujer, pero él no había sido capaz de atender las nuevas necesidades que mi cuerpo tenía que estar ya reclamando. Le pedí perdón por haber cambiado, pero Padre me dijo que no tenía que avergonzarme de nada, porque todo aquello era lo que quería la Naturaleza, que era en realidad nuestra verdadera y única Madre, y que además yo era hermosa y le gustaba.
¡No había sentido una felicidad igual en toda la vida! Y es que llevaba desde que tuve uso de razón deseando escuchar aquellas palabras: yo le gustaba a Padre. Separé entonces las piernas para dejarle meter más su enorme mano entre mis muslos, y él me empezó a acariciar con torpe ternura el peluchito, usando aquellos dedazos tan grandes, y me decía que era muy lindo mi pelito, y me pasaba los dedos grandes por la raja mientras lamía mis areolas y mis pezones tremendamente hinchados, y a mí me faltaba el aire cuando él por fin me dejó lamer y chupar su lengua hasta hartarme, y yo tocaba su pecho hinchado y duro, sus músculos, su sudor resbalando por su abdomen que parecía como un enrejado de acero y...
Me quedé helada cuando mi manita tocó aquello. Yo todavía no estaba preparada para algo así. No creo que muchas mujeres con la edad que tenía yo entonces hayan visto una buena verga de hombre en un estado semejante, y menos que hayan podido tocarla. De hecho, tengo claro que ninguna mujer en todo el Continente podría soñar a esa edad con que pudiera existir siquiera una tranca semejante.
Verle así me dejó claro, definitivamente, que padre era un Dios.
Y aquella mañana que había empezado tan mal, yo había tenido la suerte de ser finalmente su elegida. Por primera vez en mi vida sentí el deseo, el Deseo con mayúsculas. Por primera vez entendía qué era aquello de lo que todos hablaban cuando hablaban de deseo, de placer, de disfrute, de orgasmos, de sexo... Siempre había querido y admirado a Padre, él siempre había sido mi ídolo y siempre había estado secretamente enamorada de él. Pero al poner mi manita en su polla, enorme, y tan dura y caliente en aquel momento como el hierro de una forja, sentí rugir por primera vez mi coñito, abierto y amenazado por sus dedazos siempre sucios y ásperos. Aquella mañana, con la polla de Padre en mi mano, sentí por primera vez en mi vida lo que es el verdadero deseo sexual.
Estaba muerta de miedo en realidad, impresionada al vislumbrar al fin el verdadero poder que podía llegar a desprender el cuerpo de un hombre. Pero, por fortuna, toda la experiencia acumulada con los chicos del barrio me hicieron saber qué debía hacer con padre. Se la acaricié, terminé de descubrir su punta y la recorrí con las dos manos, tal era su grosor, para terminar de endurecerla y ponérsela alta del todo. Padre gimió, seguramente sorprendido de que yo supiera hacer aquello, pero si en algún momento se había planteado parar aquello, mis ansias ya se habían asegurado de que fuera demasiado tarde para todo. Con la tranca de Padre entre mis manos, decidí que iba a dedicar mi vida a conocer y venerar a los hombres poderosos, pero sobre todo a sus pollas. Quería ver pollas, quería tragar pollas. Ya no quería seguir jugando con pitos ni verguitas de niños y adolescentes. Necesitaba adultos que me hicieran mujer cuanto antes, y con los que poder seguir desarrollando mis artes.
Amaba a padre. Dejé caer mi saliva en su punta, y aquella verga me correspondió escupiendo, como si fuera un suave y caudaloso manantial, el líquido más transparente y penetrante que he visto jamás. Padre se estremeció cuando me pasé aquel enorme capullo rojo e hinchado por mis tetitas ardientes, y se puso a temblar cuando se lo limpié a lengüetazos y cerré mis labios a su alrededor. Con su fuerza descomunal, le sentí levantarme para tirarse al suelo de rodillas ante mí. Me daba apuro tener así a Padre, cuando era yo la que debía estar arrodillada ante mi Dios. Pero comprendí que su falo era descomunal, demasiado grande, y que estando así él, a mí allí de pie me bastaba con agacharme un poco para poder seguir mamando su punta y el pequeño trozo de tronco que me cabía, porque era imposible que en aquella época me entrara ni un poco más de lo larga y gorda que era, por mucho que yo pudiera desear llegar ya más lejos. Padre me sobaba la raja, se chupaba los dedos y me sobaba la raja, aunque yo notaba que estaba mojando mucho más que lo que había mojado nunca con mi amiga adolescente ni ninguna de las chicas, porque el deseo por padre y la excitación de mi coño eran tan grandes que lo que estaba sintiendo es que no la había sentido nunca en toda mi vida. Aquello no era "disfrutar"; tampoco era simplemente "excitación".
No, aquello era algo más...
Con una mano sobando rudamente mi raja, Padre usó la otra para sujetarme la cabeza. Su manaza abarcaba mi cráneo completamente, y me clavaba en su verga apretando mi cabeza hacia abajo, mientras trataba de hundirme el cipote en la garganta. Pensé que me iba a matar si seguía empujándomela dentro, pero a mí ni siquiera me importaba morir si tenía que ser así, entre sus manos y empalada por su polla. Padre me llamaba cerdita y no dejaba de tocarme. Seguía chupándole todo lo que podía, obsesionada con complacerle, mientras me ahogaba y vomitaba baba y flujo y lágrimas con mocos que sentía correr hacia abajo, todo a lo largo de su tronco enhiesto.
No sentí el espasmo hasta que casi estaba ya de vuelta en el suelo. Noté las piernas empapadas, y me di cuenta de que estaba caída en medio de un charco de meado. Padre saltó a un lado, tratando de evitar los chorros de pis que salían a presión de mi raja hinchada. Traté de taparme y pararlo con la mano, pero salía mucho y muy fuerte, y no podía parar porque nada entre mis piernas respondía a mis órdenes. Intentaba levantarme, pero mi cuerpo resbalaba en aquel charco de pis, podía sentir su olor en mí, aunque aquel pis no olía como las veces que yo me lo había bebido para saber cómo era su sabor, no tan diferente en realidad al del chico aquel que me había dado a probar el suyo, así que por primera vez probé el sabor de aquello que creía que eran mis propios meados, pero que sabía como la pescadería de la calle del mercado y como toda slas ostras del Mar Cerrado juntas. Cuando todo paró, Padre, inclinado y agarrándose la polla, me pidió que saliera de allí. Casi llorando por haberle defraudado, corrí a la cocina a coger todo lo necesario para limpiar mi desaguisado. Me sentía como una niñita pequeña que está aprendiendo todavía a ir sin pañales y defrauda una vez más a su padre, cansado de limpiar sus restos en el suelo.
Cuando entré en la habitación, lo que vi me sorprendió tanto que todavía lo recuerdo como si estuviera allí ahora mismo, viéndolo otra vez delante de mí. Mi padre no se había movido del sitio. Desnudo, imponente, empapado en sudor, estaba inclinado, de pie y firmemente agarrado a la silla, tembloroso mientras se bombeaba su descomunal falo aún empalmado por completo con su enorme manaza. Cuando me vio me gritó que saliera de allí, pero yo estaba tan maravillada de ver aquello que, por un momento, fui incapaz de moverme, ni siquiera para obedecer a Padre, hasta que ya sus gritos atronaron en mi cabeza. Yo no tenía ni idea de que Padre hiciera aquellas cosas. Yo no sabía que Padre fuera así, porque no habría podido imaginar que el cuerpo de ningún hombre pudiera realmente ser como el de un auténtico dios. En aquel momento temí que, sabiéndolo ya, iba a ser incapaz de pensar en otro cuerpo ni de desear otra polla que no fuese la suya en los días de mi vida, ni de querer volver a jugar con ningún amigo, pensando que lo que único que realmente querría ya para siempre era que Padre me volviera a hacer mearme así del gusto otra vez. Una y otra vez.
Me volví a la cocina y esperé pacientemente a que Padre terminara, aunque me costaba contener el deseo mientras escuchaba los ruidos de chapoteos, gruñidos y gemidos que él hacía en la habitación. Luego pararon los ruidos, y al rato salió, con la polla medio hinchada todavía, completamente sudada y goteante, bamboleando como la trompa de un elefante. Era un ser único e insuperable. Me miró con una atención que nunca en mi vida me había prestado antes, y me dijo que podía entrar a limpiar todo. Me pidió que cambiara también las sábanas de la cama, que las lavara, y que luego me diera yo misma un baño. A él le vi asearse y limpiarse la polla en palangana de la cocina. Luego cogió una garrafa de cerveza y se fue a sentar en la terraza que daba al patio. Yo hice todo lo que me había pedido, y cuando terminó preparé la cena para los dos. Mi madre seguía fuera de casa, y yo sabía que no iba a volver en un tiempo. Mucho mejor si era así. Yo era perfectamente capaz de cuidar a Padre, de hecho lo haría mucho mejor que ella... no necesitábamos a nadie más. Y, para ser fiel a la verdad, después de lo que acabábamos de hacer yo necesitaba estar a solas con él, para siempre.
Cuando acabamos de cenar, padre me acarició la mano y, mientras me miraba con una intención y un brillo en los ojos que yo no conocía en él, me dijo:
"Ha estado todo muy bien, mi marranita... hacía mucho tiempo que no tomaba nada tan rico."
Yo me puse feliz, y el me lo notó, porque yo sabía que él en ese momento no estaba hablando para nada de la comida, sino que se estaba refiriendo a mí... Aquello me animó a pedirle que me dejara dormir con él, porque seguía teniendo miedo de lo que podía ocurrir si volvía mi madre.
"Sabes lo que siempre te digo cuando me pides que te deje dormir con tus perros o tus gatos, mi pequeña Lau, ¿verdad?"
"Sí, Padre... que no puedes dejar dormir a un animal en tu cama ni una sola vez, porque luego ya siempre va a querer volver allí, como si ese fuera ya su sitio por derecho."
"Bien. Y tú, ¿qué crees que va a pasar si dejo dormir a mi marranita conmigo en la cama?"
Yo no pude contestar. Tenía miedo de verdad a que pudiera aparecer mi madre, pero no podía negar que, sobre todo, me partía el alma, de por sí, el no poder dormir abrazada a Padre aquella noche.
"Está bien, suspiró. ¿Pero me prometes que será solo esta noche?"
Mi cara cambió al instante, y le ofrecí a Padre la más radiante de mis sonrisas.
"Te lo repito, marranita. Solo hoy. Mañana tendremos que poner normas. Ya te he dicho que es cierto que te he desatendido y ahora me he tenido que enfrentar, sin esperarlo, al hecho de que te estás haciendo una mujer. No solo te están saliendo unas tetas demasiado hermosas como para que sea capaz de entender cómo puedo haberlas ignorado," -Padre me manoseó ambos pechitos, cogiéndolos con una sola de sus manos- "sino que tu coñito empieza también a estar maduro ya, y no lo digo solo por esa mata de pelo que te está saliendo, que es cada vez más fuerte y espesa... No, me refiero a esa increíble corrida que te has pegado, Lau... y a cómo lo has empapado todo."
Me puse nerviosísima al escucharle aquello, y traté de disimular mi reacción ante lo que acababa de decir. ¿Había llamado "corrida" a lo que me había hecho mojarlo todo? Pero, entonces... ¿no había sido mi pis? No quería parecer una niñita que no tiene ni idea de nada delante de Padre, así que preferí evitar hablar de aquello, a pesar de la expresión abiertamente elogiosa de Padre. Pero necesitaba saber... Decidí que ya le preguntaría a mi amiga adolescente más adelante, y traté de cambiar de tema.
"¿Acaso no le gusta mi pelo, Padre? ¿Debo quitármelo entonces?"
"No es necesario, marranita, a mí me resultas muy bella así. Siempre me han gustado las mujeres al natural, nunca he entendido la manía de tu madre por arreglarse el coño, que ya hasta lo lleva afeitado por completo, ¿te lo puedes creer? Pero si tú quieres hacerlo... En fin, si necesitas algo sobre eso o sobre cualquier otra cosa relacionada con tu cuerpo o con tu desarrollo, habla con cualquiera de las chicas en la próxima fiesta. Ellas podrán contarte todo, y también darte consejos, lo harán seguro, lo harán por mí y te dirán qué es lo que prefiero. Además... pronto empezaras a sangrar. Antes he notado tu chochito demasiado maduro. Ellas saben mis gustos con eso, también."
Prometí a Padre que así lo haría, aunque no le confesé nada sobre que en realidad hacía tiempo que había iniciado ya esas conversaciones con ellas. Lo que no quitaba que no estuviera entendiendo la mitad de las cosas que él me decía. Evidentemente, mis andanzas y juegos con todos los chicos del barrio eran conocidas por Padre y por cualquiera, pero las precauciones de las chicas a la hora de llevarme con ellas a jugar habían mantenido aquella parte de mis relaciones en la mayor de las discreciones. Aún así, estaba deseando que llegara la próxima fiesta para que me explicaran qué era aquello de que iba a empezar a sangrar. Cuando lo dijo Padre me dio miedo, y lo primero que pensé fue en mi madre volviendo para vengarse de mí, aunque sabía que nada que hiciera o dijera Padre podría hacerme daño jamás, y que si hacía falta el me protegería ante todos, y ante mi madre sobre todo. Pero si él no había querido hablar más de ello, yo preferí no importunarle y no le pregunté. También quería hablar con las chicas para preguntarles cosas sobre Padre y hablar de él, claro. Quería que me contaran cuanto antes todos sus gustos para poder agradarle al máximo, eso por supuesto. Porque me lo había pedido él, y yo no se lo podía negar.
Pero, sobre todo, ya que me habían dado permiso para preguntarlo todo... sobre todo quería que las chicas me contaran cómo era Padre follando. Sobre todo eso.
Nos acostamos juntos en su cama limpia, recién hecha, desnudos, abrazados. El me acarició hasta quedarse dormido. Mi pequeña mano trataba de acariciar su fuerte pecho, y el abdomen también, pero era como si una pequeña hormiga tratara de dar placer a un elefante. A veces me atrevía a bajar los dedos y enredarlos en la espesa mata de pelo rizado que rodeaba su polla, y entonces él me besaba con ternura en la cabeza. Sin embargo, Padre no llegó a hacerme nada aquella noche, más allá de sobarme un poco el culo y sopesar la firmeza de mis nalgas y el calor de mi raja por detrás. Yo estaba excitada ya antes de aquello, de hecho volví a sentir el calor y el deseo sexual tan fuerte que ya había notado con él por la tarde. Pero él no mostró ni un signo de excitación, ni su polla volvió a hincharse como lo había hecho antes. Yo no me atreví a tocársela otra vez, al menos no hasta que Padre se quedó dormido. Que estaba dormido profundamente era algo fácil de saber. Desde niña había dormido siempre acunada por el bramido continuo de sus ronquidos, un sonido brutal que llenaba toda la casa, pero que a mí me tranquilizaba y me ayudaba a conciliar el sueño. Cuando le tuve roncando, por tanto, empecé a explorar y descubrir con detalle todo el cuerpo de padre, de la cabeza a los pies, con un ansia viva por hacerlo que me llevaba acompañando durante toda mi existencia. Me pegué a él para observar, tocar, lamer y oler cada rincón. Me froté entera por su cuerpo desnudo, quise grabar cada pequeña sensación de su cuerpo en mi cuerpo. Froté y lamí y me metí su polla flácida pero igualmente enorme en la boca, temiendo y deseando a partes iguales poder ponérsela dura y que se despertara excitado. Pero Padre no era uno de mis amiguitos, y su polla no se iba a poner dura solo por las lamidas de una niña mientras él dormía tan profundamente como el Cabrón que era.
Aproveché, eso sí, para reconocer con detalle todos los sabores de su sexo, porque lo de la tarde había sido tan excitante y rápido que casi no era capaz de recordar los detalles. Lo malo era que la polla de Padre no soltó ni una gotita pequeña de su zumo, tal era el nulo efecto de mis caricias y chupadas mientras dormía. Yo, en cambio, me noté mojando otra vez a mares, igual que había hecho ya por la tarde. Afortunadamente, me había preocupado de vaciar mi vejiga antes de meterme en la cama, así que si soltaba algún líquido por mi concha, realmente sería imposible que fuera meado. Me monté sobre padre, con una pierna a cada lado de su cuerpo portenoso. Aquella postura sobre la montaña humana que era Padre me hacía quedarme absolutamente abierta sobre su cuerpo, pero abierta como no lo había estado nunca en mi vida. Solo por eso, y por poder sentir aquel enorme y portentoso cuerpo bajo mi coñito, era ya algo maravilloso, aún antes de empezar a frotarme contra él. Me movía adelante y hacia atrás sobre el cilindro grueso pero blando de su polla en reposo. Sentía el vello rizado de su sexo acariciar la parte delantera de mi conchita, abierta por su cuerpo y por mi postura. Recordé lo que me dijo mi amiga de que en aquella parte del coño estaban las zonas más sensibles, las que había que tocar sobre todo si querías llegar a eso que ella llamaba orgasmo. Empecé a hacerlo sin dejar de cabalgar a padre, todo lo abierta que podía. Sentía cómo le mojaba la polla con mi propio zumo.
"Fóllate a tu Marranita, papi", repetía en voz alta. Cada vez más alta, cada vez deseando más ser capaz de despertarle, conforme notaba cómo me iba llegando el orgasmo. El orgasmo. No fue mi primera corrida, cierto. Con mi amiga primero, con las otras chicas luego. Con Padre aquella misma tarde, aunque de una forma tan bestial y desproporcionada que no fui capaz ni de reconocerlo, y mi temor a haberme meado lo había arruinado todo. Me había corrido ya con otras personas comiendo o frotando mi raja, sí, pero nunca dándome placer a mí misma todavía. Y mi primera paja sí que me la hice montándome desnuda sobre la polla de Padre.
Casi no pegué ojo durante aquella noche, pero guardo un recuerdo de ella tan fuerte como si acabara de despertar en esa cama, tumbada boca abajo sobre el cuerpo de padre. Me levanté temprano y preparé el desayuno. Cuando fui a avisarle, le pillé en el baño. De nuevo se estaba haciendo una paja. Me quedé de piedra al volver a verle así.
"Perdona, Marranita... pero, como comprenderás, haberte tenido toda la noche restregándome tu coñito por la verga tiene que salir por algún lado ahora... ufffff ¿te importa quedarte aquí conmigo mientras termino de ordeñarme? prometo no tocarte, y tampoco quiero que me toques tú, ¿vale? tan solo quiero tenerte delante para poder mirarte mientras me corro pensando en todo lo que hiciste anoche, Marranita... seguro que tú también quieres ver así a tu papi ¿verdad?"
Se me pusieron los pezones como dos piedras en el acto al escucharle hablarme con tanto cariño y tanta complicidad, pero tan duros que hasta me asusté un poco, porque era algo que nunca me había pasado antes, pero que Padre observó complacido. Yo quería tocarme también y correrme con él, pero no sabía si podía hacerlo, y no me atreví a preguntarlo, así que me limité a esperar hasta que observé, con los ojos saliéndose de mis órbitas y el coño deshecho en mares, aquella verga brutal soltando trallazos de leche con una potencia que yo nunca habría podido imaginar siquiera.
"¿Te gusta la leche de Cabra, eh, Marranita?" rió Padre, bromeando con el apelativo de Gran Cabrón con el que le conocían en el patio.
En el desayuno Padre empezó a hablarme de las normas que había pensado para mí. Para empezar, me dijo que entendía que tenía ganas de tocarle y hacer cosas con él, pero me pidió tener paciencia. Me aseguró que en estas cosas era mejor siempre esperar que tratar de precipitar el placer, porque si se esperaba y se hacían bien las cosas, al final el placer sería mayor.
"Eso no significa, claro, que yo no vaya a querer tocarte en alguna ocasión, o que no vaya a pedirte a ti que me toques a mí y me enseñes todas esas guarradas que te gusta hacer con tus amigos", aclaró.
Yo respiré aliviada al escuchar eso, antes de escucharle continuar:
"Pero tú tendrás que ser paciente y tratar de contener tus calores, Marrana. Tienes que aprender a respetar a tu Padre. Escúchame ahora: si de verdad quieres ser la Marranita de papi, tendrás que hacer el juramento de que vas a obedecerme siempre. Siempre, sea lo que sea lo que te pueda pedir. Y ésa es la única norma que voy a tener contigo, ¿entiendes, Lau-r'ha?"
Era la primera vez en mi vida que padre me llamaba Laura. Para él siempre había sido, simplemente, Lau. Así me llamaba él, abreviando el Lau-r'ha, "mujer grande" en la lengua antigua, que era el nombre que me había puesto mi madre, por el simple y vulgar Lauh', que era la palabra para llamar a cualquier mujer en la lengua antigua. Y en aquel momento entendí que si Padre no usaba mi nombre completo no era solo porque despreciase todo lo que venía de mi madre, sino porque es que eso había sido yo siempre para él, una mujer, una más, una mujer cualquiera. Hasta aquel día. Porque aquel día, Padre me había dado, por fin, un nombre.
En La Ciudad era normal que las personas no tuvieran nombre hasta que a su alrededor no hubiera alguien capaz de encontrar la característica que podía hacerle merecer dicho apodo. Muchas veces no era más que una referencia a la familia, al barrio o al oficio, aunque abundaban también las referencias animales, por ejemplo. Así, Padre era el Cabrón, la Gran Cabra, y por eso también le llamaban Ramón, que era la forma actualizada de pronunciar su nombre en lengua antigua, R'ha-Mm'on. Pues bien, si Padre se había decidido por fin a tomarme, yo estaba dispuesta a entregarme a él sin reparos y a obedecerle en todo lo que me pidiera, como me estaba reclamando. Y lo iba a hacer también entregándole mi nombre, Lau, Laura, ya era algo que me daba igual, porque aquella sería la última vez que se dirigiría a mí con cualquiera de esos dos nombres. Porque, a partir de aquel día, yo iba a tomar para él el nombre que me había dado. ¿O no me había llamado cerda la tarde anterior cuando le comí la polla por primera vez? Si él podía ser la Gran Cabra, yo iba a ser la Gran Cerda, su Mmaa-R'ha 'na, que era como se decía en lengua antigua.
"Sí, Padre. No solo lo entiendo, sino que no hay nada en el mundo que desee más. Sabe que siempre le he obedecido, y sabe que ahora deseo obedecerle más que nunca. Por eso tomo el nombre que hoy me da, y seré desde hoy Mmaa-R'ha 'na, su Marrana, la Gran Cerda de mi papá. Quiero ser tu Marranita para siempre, Padre, y juro desde ahora obedecerte sin reparos, ciegamente y hasta la muerte". respondí sin titubear ni un segundo.
Padre sonrió. Hacía años que no le veía sonreír así.
"Piensa bien tu respuesta. Sé que por tu edad eres muy pequeña todavía, pero sé también que hace mucho que ya no eres una niña y que estás a punto de ser una mujer. Pero si de verdad me juras tu obediencia, esa promesa te atará a mí para siempre.
Y, si te atas a mí, Marrana será el nombre con el que te tomaré desde hoy si vuelves a decirme que sí. Pero piénsalo bien... joder... ¡eres todavía solamente una niña! Pero, si me dices que sí, serás mía, ¡mi mujer! Serás mi Marranita hasta el día en que yo muera, porque a ti no te voy a querer dejar nunca ¿entiendes?"
"Sí... Padre."
yo repetí mi sí sin pensar y casi sin dejarle acabar, por miedo a que cambiara de opinión y no pudiéramos cerrar el trato.
"¡¿Entiendes?!"
Padre parecía enfadado de repente, confundido, hasta incrédulo.
"¡Sí padre! ¡Que sí que quiero! Jo... ¡quiero ser tu Marrana por siempre, Padre! ...tu Marranita..."
Rompí a llorar.
"Está bien, está bien... tranquila. Ya está hecho, y lo has hecho muy bien, Marrana." dijo padre, una vez yo hube prestado mi juramento con firme convicción, no solo una sino hasta tres veces, como toda buena sumisa debe hacer. Padre me rodeó con sus brazos, besándome tiernamente.
Fue a su habitación y volvió con una fina correa de cuero, que recordé como una pulsera que él había llevado siempre. Con cariño, la extendió sobre mi cuello y me la cerró pasando la correa por la hebilla metálica de detrás y apretándola firmemente a mi cuello. "A partir de ahora ya eres de verdad mi Marranita. La única. Y vas a serlo ya por siempre, nunca lo olvides". Remachó sus palabras apretando más de la cuenta la correa. Pensé que me ahogaba, hasta que la correa y mi cuello se acomodaron a la presión y el aire volvió a fluir a mis pulmones. Su pulsera -mi collar- era una delgada correa de cuero negro y viejo, tachonada por ojales metálicos de acero brillante y con una pequeña estrella en su parte delantera.
Tras aquel regalo de Padre, que siempre recordaré como la primera vez en que me sentí de verdad poseída por él, aun sin necesidad de que me abriera de piernas ni de usar su descomunal falo, él siguió dictándome sus instrucciones. Básicamente me explicó que por el momento podría seguir haciendo mi vida sin problema, igual que llevaba haciendo toda mi vida, manteniendo mis escapadas, mis juegos con mis amigos y todas mis demás costumbres. También me permitía seguir estando en el patio con ellos durante sus fiestas, y me animaba a trabar amistad con todas las chicas. "Muy pronto serán tus compañeras, en todo". Como única prohibición, me dijo que no debía dejar que ningún chico me metiera el pito entre las piernas. A él no le importaba que yo jugara a todo lo que me diera la gana con ellos, excepto a aquel juego en concreto. Me dijo que estaba extraordinariamente desarrollada para mi edad, y que le extrañaba que ninguno hubiera intentando hacerlo ya. Como no me preguntó, yo no le dije que muchos de ellos sí que lo hacían, pero no de esa manera a la que él se refería, porque yo ya había entendido que las pollas tenían que entrar en los coños, aunque no supiera todavía cómo hacer aquello, así que sencillamente le dije que ésa era una forma de jugar que no conocía todavía, y era verdad porque los chicos con los que jugaba tampoco debía saber cómo hacerlo, y se limitaban a correrse con la polla literalmente metida entre mis pierna: sencillamente me ponían la polla dura entre los muslos y allí se frotaban hasta correrse, porque a la hora de la verdad aunque me sacaban entre siete y diez años, la mayoría de los chicos tenían todavía menos idea que yo sobre qué era lo que había que hacer realmente entre un hombre y una mujer. Yo ahí les llevaba ya cierta ventaja, porque mi amiga adolescente me había contado muchas cosas con detalle, y además llevaba demasiado tiempo espiando las fiestas del patio para tratar de comprender precisamente aquello. Sin contar que, con una sola noche con Padre, yo ya había aprendido más del cuerpo de un hombre y del sexo entre un hombre y una mujer que en toda mi vida. Mi amiga adolescente también me había advertido sobre lo dejarme meter las pollas de aquellos chicos dentro del coño, igual que Padre pero por motivos que entendí que eran diferentes a los de él, más basados en la exclusividad que le otorgaba el hecho de que yo ahora era una pertenencia suya. "Con esos chicos no merece la pena hacer eso...", me advirtió ella. "Así que, si vas a hacerlo, que sea al menos con un verdadero hombre".
Por lo demás, Padre me permitía seguir manteniendo cualquier tipo de práctica sexual con cualquier chico del barrio o del instituto, y de hecho hasta se entretuvo un rato en explicarme las muy diversas cosas que pueden hacer un chico y una chica con sus cuerpos calientes. Me sorpendió lo que me dijo de que si el chico o yo teníamos muchas ganas de follar siempre tenía la opción de ofrecerle mi culo. Creo que se dio perfecta cuenta por mi expresión de que aquello no lo había hecho jamás, y ni siquiera había oído hablara de que algo así fuera posible, y hasta me costaba pensarlo. Padre me dijo que cuando me había tocado el culito la noche anterior pudo notar que mi ojete era suave y elástico. "No te preocupes, que tú no tendrás problema con eso. Te gustará cuando lo pruebes, Marrana", me dijo.
En cuanto a hombres adultos, padre me dejó claro que solo podría dejarme tocar por él, de momento, aunque me dio libertad para empezar a intimar con ellos:
"Puedes tontear con mis amigos si quieres, cuando estés en las fiestas. En realidad, muchos de ellos ya han empezado a preguntar por ti. Todavía no comprendo cómo he podido no darme cuenta yo de lo que muchos de ellos veían ya en ti, so Marrana..."
Yo asentí a sus palabras aunque, como siempre, me costaba entenderle.
"Ah. Y cuando empieces a sangrar, volveremos a hablar sobre todo esto", terminó, dejándome estupefacta ante sus palabras, que me resultaban tan incomprensibles como si me estuviera hablando en lengua antigua, aunque mucho más agresivas y amenazadoras.
(lau.alma @yahoo.com)
...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com





