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La Marranita - CAPÍTULO IX - La sangre

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laualma
(@laualma)
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Iniciador del debate   [#2054]

La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres

[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
 
 
 
CAPÍTULO IX - La sangre
 
Mi acelerado desarrollo vendría a pasar su factura muy pronto. Al poco de celebrar por fin mi último cumpleaños previo año lunar me llegó por fin el sangrado, y después de haber podido contar a lo largo de mi vida ya doce veces trece lunas, no llegaría ni tan siquiera a ver una nueva sin que mi cuerpo se abriera y me hiciera mujer, sin que yo pudiera ser consciente de hasta qué punto aquello iba a cambiar mi vida. 
 
Recuerdo que, días antes, comiendo en casa con Padre y con mi madre, los perros andaban por la cocina todo nerviosos. Yo había terminado de comer, pero como siempre esperaba a que terminase Padre para poder levantarme. Como mi madre estaba en casa, yo no tenía que ocuparme de nada, ya que le correspondía a ella servirnos a los dos siempre que no estuviera en casa de los vecinos. Y entonces, mientras esperaba a que Padre me permitiera levantarme y salir al patio o rumbo al puerto para buscar con quién pegar un polvo, me puse a jugar con mis dos perros, como siempre me gustaba hacer. Estando en casa, naturalmente, tanto Padre como yo comíamos desnudos. Solo mi madre vestía un braguero viejo y una saca ligera colgada con tirantes, por lo que ni siquiera ella tapaba para nada sus enormes tetas, pero es que hacía un calor bastante pegajoso. Quizás por aquello, aquel día los perros estaban nerviosos. No hacían más que lamerme, y me arañaban y empujaban las piernas todo el rato. Yo trataba de tranquilizarlos pero, por algún motivo, no era capaz de hacerlo. Mi madre se levantó a prepararle el café a Padre. Cuando nos quedamos solos en la mesa, él se detuvo a olisquear un momento, cosa que me extrañó, pero no tuve tiempo de preguntarle por qué lo hacía, ya que de repente sentí un mordisco que me hizo levantar la pierna de golpe, golpeando el tablero de la mesa y haciendo tambalear los vasos de barro. Al hacerlo, mis dos perros se me metieron en medio y empezaron a treparme. Cuando me quise dar cuenta los tenía a los dos lamiéndome el coño abierto con sus largas y húmedas lenguas. Mi madre al ver aquello empezó a rechistar, sin atreverse a realizar su enésima advertencia sobre los problemas que supone para una mujer el hecho de estar desnuda. A mí no me apetecía nada que la vieja montara otro de sus números, así que yo misma me aparté a los perros de encima, a pesar de que sentir sus lenguas abriéndome el coño había sido una experiencia brutalmente inesperada, porque resultaba increíblemente placentera y, en realidad, era algo que yo nunca habría imaginado de no haber ocurrido aquella tarde, aunque tampoco era la primera vez que me hablaban de mujeres que entretenían o que entrenaban sus sexo valiéndose de perros y otros animales. 
 
Mi padre volvió a olisquear, y cuando vio que los perros volvían a subirme encima buscando otra vez mi raja con la lengua, yo retiré instintivamente mi sila hacia atrás, pero él me ordenó que los dejara. Mi madre fue a protestar, pero Padre miró fijamente mi collar, y ella calló. Se ve que por fin había perdido sus ganas de que le partieran la cara tratando de proteger un coño que hacía ya mucho tiempo que no quería que lo protegieran.
 
"Déjalos, Marranita"
 
Hice caso a Padre. Los perros se pusieron de pie sobre mis piernas, y empezaron a lamer en medio de ellas con ganas. Al haberme separado de la mesa, estaba todo sucediendo a la vista de mi madre y de Padre, pero él permanecía inmutable, y comprendí que no debía ser la primera vez que veía a una chica siendo usada por los perros. Ni, casi seguro, era la priemra vez que nuestros perros lo hacían con alguna chica, porque lo de aquellos dos no era solo mero instinto animal, que también, sino que parecían bien entremados, porque los muy cabrones perros me lo hacían tan rápido y fuerte que no pude evitar sentir un placer intenso e inmediato en todo mi cuerpo. Se me erizaron los pezones delante de Padre y de la vieja, y uno de los perros, un viejo bóxer de grantamaño, se montó sobre mi pierna y se empezó a frotar fuerte contra mí, pegándome unos lametones tan bestias y húmedos en los pezons hinchados que los sentí doler de lo duros que se me pusieron. Así estuvieron un rato y, mientras el joven labrador dorado seguía con todo el hocico embutido en mi coño peludo, el viejo bóxer siguió y siguió hasta que pude sentir como le crecía una enorme polla, que se le había salido y estaba dejando mi pierna toda mojada.
 
"Padre..." gemí, empezando a perder la cabeza y a agachar mi cara para buscarle la boca a aquel enorme bóxer con mi lengua fuera. Demasiado tarde comprendí que el peligro allí no era que me diera miedo o asco aquello, sino al revés: si seguían así un poco más, aquellos dos perros iban a hacer que me corriera, y muy rápido, porque aquello que hacían con mi cuerpo me estaba encantando. Padre volvió a olisquear, y entonces por fin se levantó y agarró a los dos perros por el pescuezo, sacándolos a la galería del patio sin contemplaciones, donde quedaron gimiendo y ladrando, dando vueltas sobre sí mismos con el rabo entre las piernas por causa de su sobre excitación. Observé que la polla de Padre estaba morcillona cuando se levantó: a él también le había puesto aquella escena...
 
Padre se dio la vuelta y volvió hacia mí.
 
"Te han crecido las tetas esta semana, Marranita. Y mucho."
 
Me toqué los pechos delante de él, en un gesto intencionadamente obsceno, del que disfruté doblemente al ver que mi madre se mordía la lengua para evitar decirme lo que pensaba de aquella actitud. Pero Padre tenía razón. No me había dado cuenta, pero tenía las tetas más grandes e hinchadas ya que muchas de las chicas adolescentes que se acostaban con los padres en el patio. Él se puso a mi lado, y me tomó las tetas en sus manos, mostrándome así la prueba definitiva: Padre ya no podía abarcar mis tetas con una sola de sus manazas, sino que cada uno de mis pechos empezaba a llenar sin problemas cada una de ellas de manera independiente. Lo cierto era que, además de haber crecido las sentía duras, como si estuvieran hinchadas. Para colmo, las areolas y los pezones estaban tan disparados que, en realidad, las tetas parecían mucho más grande de lo que en verdad eran. 
 
"Vas a tener unas tetas grandes, como tu madre. Solo que mucho más bonitas y morbosas. Me alegro que al menos lo poco que hayas heredado de ella haya estado tan bien elegido."
 
Me halagó el piropo de Padre, aunque no tenía claro que me acabara de gustar la idea de tener ningún rasgo en común con mi madre, ni siquiera sus grandes tetas.
 
"Gracias, Padre" le contesté aún así, para mostrarle mi respeto a su piropo.
 
Cuando me quise dar cuenta, Padre había metido toda su mano entre mis piernas, que tenía todavía separadas por completo después de haberme abierto como una putita de barrio para mis perros. No me moví ni un milímetro, sino que dejé sin más que él empezara a sobarme la concha, que después de lo de los perros yo tenía completamente abierta, encharcada ya y muy a tono. Pero aquello me puso nerviosa. Padre siempre se había cuidado de no hacerme nada de aquello que tanto nos gustaba delante de mi madre. Para superar lo molesta que me hacía sentir el hecho de que ella estuviera allí invadiendo mi sagrada intimidad con Padre, decidí mirarla fijamente a los ojos mientras sentía aquellos dedazos hurgándome la raja sin tapujos, hasta conseguir someterla con mi orgullo y su vergüenza y que bajara por fin la mirada. 
 
"Hueles a coño, Marranita" 
 
La mano de Padre hurgaba sin cuidado en mi entrepierna, como si fuese un veterinario reconociendo a una cerda a la que quisieran inseminar.
 
"Y estás mojada como una cerda... y no es solo por los perros." Empecé a tratar de balbucir una excusa que no me acababa de salir. "O mucho me equivoco o llevas todo el día encharcada, ¿verdad?" Me preguntó paladeando lo obsceno de sus palabras, mientras pasaba sus dedos por el asiento de la silla de la cocina recogiendo admirado aquella capa viscosa con la que yo lo había dejado empapado, y no precisamente de sudor.
 
"Sí, Padre" reconocí asustada al constatar que él pudiera haber adquirido en pocos meses un conocimiento de mi propio cuerpo muy por encima del que yo misma había logrado tras años de explorar, preguntar y practicar.
 
"Buena Marrana estás hecha. Vete y date un baño de agua fría. Pero pajéate primero si te hace falta".
 
"Por dios, no sigas..." explotó mi madre. El bofetón la lanzó al otro extremo de la habitación, donde se quedó en el suelo, rota y lamiéndose las heridas como la perra que era.
 
"¿Te había preguntado alguien algo? Ya sabes que el servicio no opina en esta casa. La Marranita está a punto ya, joder... ¿eres capaz de entenderlo? Le ha cambiado el flujo y se ha puesto en celo. Es ya cuestión de días."
 
Entendí lo que me decía Padre gracias a las conversaciones que había tenido con mis amigas adolescentes en el patio. 
 
"Debes extremar ahora tus precuaciones, Marranita. Tendrás más ganas de sexo que nunca: haz lo que quieras para saciarte, porque sé mejor que tú que vas a ser una hembra voraz. Pero ahora menos que nunca puedes dejar que nadie intente abrirte el coñito. Estás avisada: si alguno intenta meterte el pito, me lo dices ¡y se lo corto!" Padre clavó su cuchillo de carne sobre el tablero de la mesa, y allí quedó tambaleándose mientras él salía de la cocina pasando por encima del cuerpo de mi madre. 
 
Yo me levanté sin molestarme ni en limpiar los restos de flujo que había dejado en mi silla, y me fui para el baño a cumplir las órdenes de Padre. Cuando pasé yo también por encima del cuerpo de mi madre, aproveché para patearle aquellas tetas de las que no quería que nunca más se volviera a sentir orgullosa. Si de verdad iba a llegarme aquel cambio que Padre llevaba tanto tiempo anunciando, aquella vieja no estaba en absoluto llamada a opinar sobre ello, y a mí por lo menos me bastaba con que limpiara los restos de lo que fuera que estuviera a punto de pasar.
 
El día siguiente por la tarde, cuando dormitábamos la siesta los tres tumbados en la alfombra del salón, empecé por fin a sangrar, sin más. Sentí a padre olisquear de nuevo y, antes de poder mirarme yo siquiera el chocho que sentí abierto y mojado pero por una sensación diferente a la de siempre, él ya había metido su mano dentro. Al sacarla manchada de mi flujo menstrual, se puso eufórico, y empezó a gritar y a felicitarme y a besarme en la boca y meterme mano sin importarle que estuviera delante mi madre. Ella no fue capaz de aguantar el espectáculo, porque de la emoción la polla de padre se puso completamente alta y, al tenerle yo tratando de embestir mi cuerpo, tampoco me pude resistir la tentación de agarrársela y empezar a sobeteársela y untarla en mi coño ensangrentado, como queriendo entregarle el que sabía que era su trofeo de caza más preciado. Mi madre parecía que se iba a volver loca al verme restregando el falo erecto de padre contra mi coño abierto y sediento, y Padre cargó contra ella con toda su fuerza. Por el camino yo me llevé un pollazo, y dudo que exista un hombre capaz de hacer tanto daño de un golpe de polla dura como Padre. 
 
Cuando mi madre se quiso dar cuenta, Padre la había quebrado de un golpe en el estómago y la llevaba a rastras agarrada del cuello. Primero le repasó la polla por la cara, arremetiendo luego contra su rostro con varios golpes de su cipote. Estaba claro que Padre estaba excitado y quería meter la polla dura en algún lado, pero no iba a ser mi madre. La empujó contra mí y le metió la cara en mi coño abierto. 
 
"¡Cuántas veces te he dicho que las sirvientas no opinan, sino que solo limpian! ¡Saca tu sucia lengua y limpia el coño de la Marranita! ¿Has entendido?" 
 
Empezó a golpearla, hasta que por fin escuchó mis gemidos y el chapoteo de la lengua de mi madre en mi coño. Padre dejó de pegarla, y se apartó por completo cuando mis manos le obligaron a soltar a mi madre para ser yo misma quien agarrara su cabeza sin contemplaciones y empezara a guiar su mamada a base de tirones de pelo, insultos, escupitajos y golpes en su cara. Yo estaba cachondísima, e inesperadamente tener a mi madre así, sometida entre mis piernas, me hizo expulsar una corrida profunda que coronó mi primer sangrado con aquel apoteósico regalo que me acababa de hacer Padre. De pronto había comprendido el placer enorme que puede producir someter a una mujer. Acostumbrada hasta entonces a que mis relaciones sexuales estuvieran marcadas por la virilidad de los chicos a los que me entregaba, había replicado inconscientemente esa misma entrega cuando me unía a las otras chicas mayores del patio. Pero entendí, con mi madre entre las piernas, que una mujer no es un hombre y que no debo permitir que ninguna de ellas me toque igual que como lo haría uno de ellos. Entendí el placer de mandar, de obligar a aquel cuerpo del que ni mi profundo odio bastaba para relegar su atractivo sexual innato, de no parar hasta someterlo a mis deseos más sucios y secretos.
 
"Así es, Marrana, sigue, sigue y no pares hasta ahogarla en tus corridas... Shhhh, tranquila mi niña, mi Marranita, está bien, está bien, ya eres por fin la hembra que tanto tiempo llevas esperando ser, este es tu momento, es un gran momento y debes disfrutarlo como tal, todo esto es bueno mi cerda, mi Gran Cerda Lauh'..."
 
Después de correrme, Padre echó a mi madre de casa, y me envió a buscar a las chicas para que me ayudaran con mi menstruación y me limpiaran. "Y dile a la niña Nardo que venga aquí conmigo".
 
Aquella noche mis amigas mayores conocieron otra Lau. Porque aquel había seguido siendo el nombre que me daban todos fuera de casa, Lau o incluso Laura quienes me conocían desde más pequeña y a través de mi madre. Pero aquella noche dejé de ser también Lau para el mundo, y enterré con alegría el nombre de Laura junto con toda mi infancia, que había acabado aquella misma tarde, en lo más profundo de mis recuerdos. Aquella noche en el patio empezaron a conocer a la Marranita, que fue como todos empezaron a llamarme desde aquel día. Las chicas que acudieron a limpiarme empezaron a dejarse hacer de todo por mí sobre la alfombra del salón de casa, y Padre se reía cuando las forzaba a comerme el coño, el culo o las tetas. Pero de repente, ninguna de ellas parecía añorar mis anteriores maneras de niñita tierna, ni ninguna de ellas parecía echar de menos su pretendida libertad de decidir cuando ya estaba yo para decidirlo todo en su lugar, para guiarlas con sabiduría a la hora de satisfacer mi voluntad sexual más salvaje. Sabiéndome bendecida por Padre, a quien el hecho de que yo tuviera sexo con mujeres nunca le había parecido un problema, una vez comprobado que sabía comportarme con ellas como un hombre, como un auténtico gran cabrón digno de su padre, dejé de preocuparme en absoluto por ocultarme para ello, y pude ir profundizando en aquellas relaciones al mismo tiempo lésbicas y sádicas durante semanas, durante meses, durante años. Aquello me iba a servir para entender con nitidez que las mujeres no sabemos nunca lo que queremos, que somos incapaces de decidir y tomar la iniciativa a la hora de follar, que somos seres pasivos que solo podemos esperar que nuestro hombre nos llene de semen, que nos golpee, que nos someta. Por eso, cuando una mujer decide sentarse en la cara de otra, el instinto natural de la sometida la lleva a convertirse en la perra, en la esclava de la dominante. 
 
Dicen que los perros y otros animales similares reconocen la jerarquía entre los machos porque cuando uno de ellos se somete a otro, mete la cabeza entre sus piernas para lamer su polla. Los hombres nunca han hecho caso realmente a las mujeres, y eso es normal porque no tenemos polla para competir con ellos, por eso al final siempre vamos a ser sometidas, porque siempre les vamos a querer lamer la polla nosotros a ellos. Pero su desinterés por nosotras les ha hecho fijarse más en cómo un perro puede someter a otro a base de pollazos que en entender que una mujer también puede hacer lo mismo con otra a base de su coño. El día de mi primera regla fue, de esta manera, el día en que comprendí mi personalidad sexual con claridad diáfana. No tenía nada de bisexual como habían intentado hacerme creer las chicas del patio, sino que sabía ahora que era declaradamente hetero. Mi naturaleza sumisa, mi exhibicionismo nato y mi pasión por las pollas duras y sudorosas me haría entregarme a los hombres sin freno, o al menos hasta donde Padre me permitiera hacerlo. Ahora bien, mi furor sexual, que ya reconocía como un pansexualismo imposible de controlar o contener, me había llevado también a encontrar placer en los cuerpos de otras mujeres, hecho que me iba a permitir saciar con ellas mis instintos más sádicos como dominante, que recién acababa de descubrir. 
 
Tenía doce ciclos de doce lunas alimentando mi cuerpo, y una maravillosa vida por delante al lado de Padre.

 
 
 
(lau.alma @yahoo.com)
 
 

...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
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