Noche de pijamas
 
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Noche de pijamas

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(@penteox)
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Noche de Descubrimientos Prohibidos

Era una noche de viernes cualquiera en Madrid, y yo, Javier, de 25 años, acababa de salir de una cena improvisada con Laura, mi novia trans de 24, esa mujer increíble que me volvía loco con su confianza y su cuerpo que parecía esculpido por los dioses: piel morena suave, curvas generosas gracias a las hormonas y cirugías, y ese pene grueso y venoso que aún conservaba, de unos 18 centímetros cuando se ponía dura, algo que me fascinaba explorar en la intimidad. Llevaba mi chaqueta de cuero sobre una camiseta que se me pegaba al torso atlético, y Laura iba en un vestido rojo ceñido que marcaba sus caderas y dejaba adivinar el bulto sutil bajo la tela. Habíamos planeado una noche tranquila de cine en casa, pero el tráfico nos había retrasado. Cargaba una bolsa de palomitas, riéndome de un chiste tonto que ella acababa de soltar con ese acento andaluz que me derretía.

Abrí la puerta del apartamento que compartía con mi hermana Ana, de 22 años, esa chica curvilínea con cabello castaño ondulado y ojos que siempre parecían guardar secretos. Ella había mencionado algo de una fiesta de pijamas con sus amigas, así que esperábamos encontrarlas charlando o durmiendo. "¡Ana! ¿Estás despierta?", llamé, pero en lugar de una respuesta alegre, un coro de gemidos suaves me detuvo en seco. Venían de su habitación. Laura arqueó una ceja, su sonrisa pícara asomando. "¿Fiesta de verdad?", murmuró, colgándose de mi brazo mientras avanzábamos por el pasillo, los tacones de ella resonando como un pulso acelerado.

Empujé la puerta entreabierta, y el mundo se inclinó. Allí estaban: cuatro cuerpos semidesnudos enredados en la cama king size de Ana, bajo las luces tenues de las guirnaldas LED que parpadeaban como testigos mudos. Ana, mi propia hermana, arqueada contra las almohadas, con los pechos D expuestos y temblorosos, sus pezones oscuros erectos; dos dedos hundidos en su vulva depilada, moviéndose con ritmo circular, el brillo de su humedad visible incluso desde la puerta. A su lado, Marta, la rubia menuda amiga de Ana, jadeando con los ojos entrecerrados, sus dedos delgados bombeando en su entrada estrecha mientras lamía el cuello de Sofía. Sofía, la morena voluptuosa, se había quitado todo, sus pechos grandes balanceándose mientras frotaba su clítoris con la palma, jugos goteando por sus muslos anchos. Y Elena, la tímida de cabello negro, introduciendo un dedo en su ano mientras masajeaba su vulva, el rostro sonrojado en éxtasis puro.

El shock me golpeó como un puñetazo, pero no de repulsión. No. Sentí una oleada de calor directo a la entrepierna, mi polla endureciéndose al instante bajo los jeans, presionando contra la tela. Siempre había notado la belleza de Ana, ese lazo fraternal que a veces rozaba lo prohibido en mis fantasías más oscuras, pero esto... esto era un incendio. El aire olía a sexo: almizcle femenino, sudor y vainilla de sus lociones. Laura, a mi lado, no se escandalizó; en cambio, su mano bajó sutilmente a mi paquete, apretando con complicidad. "Vaya entrada triunfal, cariño. ¿Te unes o qué?", susurró, su voz ronca haciendo que mi erección palpitara.

Ana abrió los ojos, el rubor subiendo por su cuello, pero en vez de cubrirse, se incorporó despacio, sus pechos rebotando. "Javi... Laura... ups". Las otras chicas se miraron, entre risas nerviosas y el fuego de la excitación no apagado. Tragué saliva, mi mirada devorando los cuerpos: las curvas de Sofía, los abdominales de Marta, la esbeltez de Elena. "Esto es... joder, es demasiado caliente", admití, cerrando la puerta tras nosotros con un clic que sonó como un sí definitivo. Me quité la chaqueta, sintiendo los ojos de todas sobre mí mientras me desabrochaba la camiseta, exponiendo mi pecho velludo y pectorales definidos. Laura, sin perder tiempo, se dejó caer el vestido, quedando en un tanga negro que apenas contenía su polla semidura, asomando por el borde, venosa y gruesa, y sus pechos firmes con implantes, pezones perforados con aros plateados que brillaban bajo la luz.

Sofía fue la primera en moverse, incorporándose para besar a Laura con una hambre que me puso los huevos a hervir. Sus lenguas se enredaron, y vi las manos de Sofía explorando los pechos de Laura, lamiendo un pezón y tirando del aro con los dientes. Laura gimió, su polla endureciéndose por completo, y yo no pude contenerme más. Me acerqué a Ana, mi hermana, el corazón latiéndome como un tambor. "¿Estás bien con esto?", le pregunté, la voz grave. Ella asintió, tirando de mi cinturón. "Más que bien, hermano". Nuestros labios se encontraron en un beso que empezó tierno, fraternal, pero se volvió salvaje en segundos: lenguas probando sabores familiares, prohibidos. La tumbé de espaldas, besando su cuello salado, bajando a esos pechos que siempre había admirado de reojo. Chupé un pezón con avidez, succionando hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo mi nombre. Mi mano descendió, encontrando su vulva empapada, labios hinchados y calientes. Introduje dos dedos, curvándolos para rozar su punto G, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí. "Estás chorreando... por ellas, por esto", murmuré, bombeando despacio, mi pulgar en su clítoris hinchado.

A mi lado, el caos se desataba. Marta, arrodillada, tomó la polla de Laura en su mano pequeña, masturbándola con curiosidad, el precum salado brillando en la punta. "Es tan grande", dijo, antes de lamerla, saboreando. Laura enredó los dedos en su cabello rubio, guiándola para que la chupara. Marta obedeció, cabeza subiendo y bajando, torpe al principio pero ganando ritmo. Elena se unió, lamiendo los huevos de Laura, succionándolos uno a uno, haciendo que mi novia temblara. Sofía, detrás, lamía el ano de Laura, la lengua punzante explorando. "Sí... chupadme, putitas", gruñó Laura, y yo sonreí, excitado por su dominancia.

Me desabroché los pantalones, liberando mi erección: 20 centímetros gruesos, circuncidados, con esa curva ascendente que siempre acertaba el punto justo. Ana la miró con ojos vidriosos, acariciándola, sintiendo las venas latir. "Te he soñado así", confesó, guiándome a su entrada. Froté la cabeza contra sus labios vaginales, lubricándome con su jugo, y empujé despacio. Joder, estaba tan apretada, caliente, envolviéndome centímetro a centímetro. "Dios, Ana... eres perfecta", jadeé, comenzando a bombear: lento, profundo, cada embestida haciendo rebotar sus tetas, sus caderas subiendo a mi encuentro. La follaba misionero, besando su boca, tragando sus gritos mientras mis bolas golpeaban su perineo.

El cuarto era un torbellino: gemidos, pieles chocando, olor a sexo intensificándose. Vi a Laura tumbar a Marta boca abajo, escupir en su ano y meter dos dedos, estirándola mientras Sofía lamía la vulva de Marta desde abajo. Elena se masturbaba viendo, hasta que Laura la llamó: "Siéntate en mi cara, nena". Elena obedeció, cabalgando el rostro de Laura, quien lamía su coño con avidez, lengua hundiéndose. Luego, Laura sacó los dedos de Marta y posicionó su polla, empujando en su ano. Marta gritó, el anillo cediendo, y Laura la folló con embestidas firmes, bolas golpeando contra la vulva de Marta.

Estimulado, saqué mi polla de Ana—empapada, brillante de sus jugos—y me acerqué a Sofía, quien me miró con ojos hambrientos. "Fóllame la boca", pidió. La puse a cuatro patas, primero follando el surco entre sus tetas grandes, luego metiéndola en su garganta. Sofía chupaba como una experta, deepthroats que me hacían gemir, saliva goteando. Ana, celosa, se arrodilló detrás de mí, lamiendo mis bolas, su lengua rozando mi perineo, y luego metiendo un dedo en mi culo, masajeando mi próstata. El placer me nubló la vista; casi me corro ahí mismo.

Cambiamos como en un sueño febril. Laura guio a Elena sobre su polla, quien bajó despacio, gimiendo al ser llenada. Elena cabalgaba, tetas saltando, mientras Laura empujaba desde abajo. Marta se acostó bajo Sofía—quien ahora lamía el coño de Marta—y yo aceleré en la boca de Sofía. Luego, la penetré doggy: su coño voluptuoso tragándome entero, embestidas brutales que la hacían temblar. Marta se unió lamiendo donde nos uníamos, su lengua en mi polla y el clítoris de Sofía, saboreando nuestra mezcla.

Ana me reclamó de nuevo: a cuatro patas, la penetré por detrás, mi mano en su clítoris, la otra en un pezón. "Eres mía", gruñí, y ella empujó contra mí. Laura se unió, lubricando su polla y entrando en el ano de Ana. Sentí la presión a través de la pared delgada: mi hermana follada en doble, yo en su coño, Laura en su culo, moviéndonos en sincronía. Ana gritaba: "¡Más! ¡Folladme las dos!". El ritmo nos volvía locos, sus paredes contrayéndose, ordeñándome.

Sofía y Marta se frotaban en tribadismo, vulvas chocando, clítoris en glide resbaladizo. Elena lamía sus pezones, luego el punto de unión. Yo saqué de Ana y follé a Laura misionero: primero su coño sensible, post-hormonas, apretado y cálido, luego su ano, estirándolo con mis 20 cm. "Fóllame como a una puta", suplicó ella, arañándome la espalda. Elena cabalgó mi cara, su ano en mi lengua; Marta deepthroateó a Laura; Ana y Sofía en 69, dedos en culos y lenguas en clítoris.

Los clímax explotaron. Laura se corrió en Elena, semen llenándola, desbordando. Elena squirteó sobre Laura. Yo eyaculé en la cara de Marta, quien tragó ansiosa. Descansamos, bebiendo agua, pero pronto reanudamos. Follé a Ana de nuevo, luego a Sofía analmente, Laura lamiendo mis huevos. Rotamos: Laura en Marta vaginal, yo en Sofía, Ana comiendo a Elena.

El segundo round fue brutal. Me corrí en el ano de Laura, semen goteando. Ella eyaculó en la boca de Sofía, quien lo compartió con Marta. Ana squirteó en mi pecho, Elena bebiendo de ella. Colapsamos enredados, sudorosos, marcados por mordidas. Charlando entre caricias, el tabú roto nos unía más. Miré a Ana, cómplice: el lazo fraternal ahora eterno. Laura besó mi hombro: "Esto es nuestro ahora". Las chicas asintieron, prometiendo más.

Al amanecer, dormimos exhaustos, el aire cargado de promesas. La noche había cambiado todo.



   
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