Notificaciones
Vaciar todo
Lésbico
1
Respuestas
1
Usuarios/as
0
Reacciones
4
Visitas
Topic starter
8 julio, 2026 17:55
La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres
[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
CAPÍTULO IV - Las conchas
Fue la hermana de uno de aquellos chicos, que era una de las jovencitas que solían venir a casa para las fiestas que Padre organizaba en el patio, la que me explicó, de verdad y por primera vez, cosas sobre el sexo real y todo eso, ayudándome a entender muchas cosas que yo había vivido únicamente como un juego hasta aquel momento. Un día que me vio observando medio escondida lo que hacían en el patio, como me gustaba hacer desde muy pequeña, se me acercó sonriendo y me felicitó por "haber hecho un hombre" a su hermanito. Yo debí poner una cara perfecta de no entender para nada a qué se refería con lo de "haber hecho un hombre", porque hasta donde yo sabía él había sido siempre un hombre, y uno bastante bien dotado a juzgar por la polla que tenía y que era una de las que, precisamente, yo más "disfrutaba" comiendo. Naturalmente, ella se rió al darse cuenta de que yo no sabía nada, y me preguntó cuantos años tenía. Cuando le dije que me faltaba todavía para estar a dos años de cumplir mi primer ciclo lunar, fue ella la que puso cara de alucinar, pues estaba convencida de que yo tenía que ser una niña mucho mayor, de la edad de su hermano como poco... "Joder, te juro que pensaba que eras más mayor que mi hermano... ¿y me dices que el muy cerdo te saca más de siete años?" En aquella época, no había ningún secreto posible para nada de lo que pasaba en el barrio, y yo era consciente de que todo el mundo sabía que yo jugaba con niños mayores. De hecho era conocida precisamente por aquello, pero nunca había sido consciente de que eso fuese algo especial. Aquella chica me empezó a preguntar cosas que yo no sabía ni había oído nunca, y ella misma me explicó en aquel mismo momento lo que era el semen, cómo funcionaban las pollas y qué era lo que a los hombres les gustaba tanto hacer con las mujeres.
Después de aquel día era frecuente que las dos tuviéramos conversaciones sobre "sexo", que era como ella se refería siempre a los juegos que jugábamos, ella con Padre y sus amigos en mi casa y en el patio, y yo con su hermano pequeño y los otros chicos en las calles y los descampados que se desperdigaban alrededor del puerto. Un día yo le tuve que preguntar si era algo malo el que yo hiciera aquellas cosas, porque estaba empezando a escuchar algunos comentarios al respecto que no acababa de entender, pero por lo visto había algunas personas -mayoritariamente mujeres mayores, pero también algún chico, así como alguna de mis (supuestas, por lo que ahora parecía) amigas de la escuela- que, al parecer, empezaban a decir cosas feas de mí a mis espaldas, relacionadas con nuestros juegos y con las cosas que a mí me gustaba hacer. Naturalmente, la chica me decía continuamente que el sexo nunca podía ser malo, aunque a veces me intentaba hacer entender por qué podía ser un poco raro que yo hiciera ya cosas como los juegos a los que jugaba con su hermano teniendo yo la edad que tenía, porque de alguna manera parecía que el "sexo" era algo que estaba medio prohibido hasta ciertas edades. Sin embargo, parece que luego nadie era capaz de establecer realmente cuál era la edad en que aquello (pero, ¿qué era exactamente "aquello"?) podía ser considerado normal (pero, ¿y qué era eso de "normal"?) Yo protestaba, y le decía que ya no era ninguna niña, y ella se reía, y me decía que no pasaba nada, porque aunque me juntaba con chicos que ya estaban en la fertilidad, en realidad, según ella, en realidad los chicos con los que me juntaba, como su hermano, sí que seguían siendo unos niños de verdad, a pesar de que alguno había pasado incluso la edad de la ciudadanía, pero que lo que pasaba era que con los chicos no había manera, y que por eso a ella lo que le gustaba era "hacerlo" con hombres hechos y derechos. Y a mí aquellas explicaciones, al final no hacían sino dejarme todavía más confundida, y lo único que sacaba en claro era que a ella le parecía bien que yo hiciera "sexo", y que yo cada vez tenía más ganas de dejar de jugar con chicos y me moría de ganas de poder probar cuanto antes con los amigos de Padre, que eran casi tan hombres y casi tan hechos y derechos como él.
Cuando yo protestaba diciéndole que no había tanta diferencia entre ella yo y, sin embargo, a ella le permitían jugar con los padres, ella a veces me llevaba a parte y me dejaba ver su conchita, y yo alucinaba cuando me decía que yo iba a tener una igual algún día, porque me parecía la cosa más bonita y excitante que yo había visto nunca, pero siempre terminaba explicándome que que no la tuviera así yo seguiría siendo una niña con una simple rajita, pero a los hombres lo que les gustaba eran los coños como el de ella. Desde entonces, cuando la veía sola por el barrio me acercaba a ella para hablar y que me contara cosas, y al final siempre era yo la que le pedía que me enseñara su conchita, y ella me llevaba a un cuarto o algún almacén que estuviera sin uso, se quitaba la ropa y separaba las piernas para abrirse la concha, y empezaba a enseñarme y explicarme.
Un día me dijo que me tocaba a mí enseñarle mi rajita. Yo no entendía para qué querría verme ella la raja a mí, porque era cierto que, al lado de su conchita (ella la llamaba así siempre, pero me explicó que su nombre real era coño, y que así era como llamaban los padres a las conchas de las mujeres), mi raja casi parecía como si fuera el culo de uno de mis amigos y, además, yo no tenía pelo todavía ni nada que enseñarle sobre el sexo a ella precisamente. Pero ella insistió, y yo me desnudé y me tumbé abriendo las piernas para ella, porque hacer eso delante de otras personas era algo que no me había costado nunca y, en realidad, ya lo había hecho muchas veces delante de otras chicas cuando hacíamos nuestros juegos en grupos, antes de que yo me empezara a ir con los chicos mayores que ya tenían la leche y eso. Me quedé un poco sorprendida de sentir una excitación inesperada al hacer aquello para ella, pero más sorprendida todavía por el hecho de que luego ella me abriera sin más la rajita para mirármela, y porque además luego me la empezó a tocar como hacían los chicos... solo que mejor. ¡Uy! Pensé que me iba a dar algo del gusto... Porque no lo hacía como me lo hacían los niños, en realidad, sino que se notaba muy diferente. Y aluciné todavía más cuando me di cuenta de que quella chica me iba a hacer allí mismo algo que era mucho más que solo tocármela... Fue aquel día cuando descubrí que las rajitas y las conchitas también se podían lamer y chupar, como hacía yo con las pollas, y descubrí también que la suya sabía muy sabrosa, porque la tenía grande, y preciosa, y muy jugosa y con sabor a mar, y comérsela era como cuando Padre traía ostras del puerto y las abría y las comíamos crudas en el mismo patio.
Fue ella la que me enseñó cómo tenía que hacer para tocarme a mí misma, y me refiero a cómo hacen las mujeres para conseguir placer cuando están solas, pero yo todavía era pequeña y no podía sentir ese placer realmente, solo conseguía notar una especie de cosquillitas en la raja, que se me mojaba además toda cuando ella me metía los dedos allí, pero la verdad es que notaba más excitación, "disfrutaba" más comiendo pollas, sobre todo cuando conseguía levantarlas y endurecerlas tanto que las puntas se les salían, sobre todo porque entonces ya me resultaba muy fácil terminar por sacarles la leche y no paraba hasta que lo hacía. Pero, sin embargo, ella sí que se excitaba mucho y se mojaba entera cuando yo le hacía lo que ella me decía en su concha de ostra, así que se la lamía y le comía todos aquellos pliegues retorcidos y sabrosos como ella me pedía, y me decía siempre que yo era muy buena, mucho mejor que ningún hombre y que nunca dejara de practicar con las conchas porque iba a disfrutar mucho. A mí esas cosas me gustaban, aunque no las entendiera, porque además en el patio jamás había visto a dos mujeres haciendo aquellas cosas, pero a mí es que me daba gusto hacérselo, y me gustaba ella y me excitaba comer su concha, de hecho me daba tanto gusto comerle el coño a ella como la polla dura a su hermano, y que me echaran en la boca sus corridas los dos, igual que me gustaba lo mismo que ella o los chicos me dijeran tanto que yo era muy buena (aunque yo no acababa nunca de saber bien en qué era tan buena, la verdad...), y por eso todos me buscaran cada vez más para hablar y jugar y contarme cosas de mayores.
Recuerdo que poco después de cumplir por fin mi segundo cumpleaños previo al del ciclo lunar, una mañana cuando me desperté se me habían puesto muy duros los pechos, y al tocarme las tetillas me noté distinta. Tenía las areolas más abultadas, doloridas y como sudando, y resaltaban mucho porque de repente se habían puesto mucho más oscuras que el resto de la piel y les habían salido unas coronas de puntitos rodeando todo el borde. Además, noté muy duros los pezones, como se les ponían a los chicos cuando se tiraban a nadar en el agua helada del puerto, pero los míos mucho más grandes, porque de repente se habían hecho más grandes de lo que nunca habían sido. Ningún chico se dio cuenta de aquellos cambios, pero a mí me pasaba que ahora cuando me tocaban allí sentía unas cosquillas nuevas y más fuertes en las propias tetillas, pero también en la raja, y sabía que aquellas cosquillas eran las mismas que cuando la chica mayor me comía la rajita, y cada día que pasaba aquellas cosquillas se hacían más fuertes, y a mí me daba un poco de miedo, porque ni sabía cómo controlarlo ni sabía hasta dónde podían llegar a parar, pero a mí me encantaba y me moría de ganas de poder sentir más, de hecho me moría de ganas de sentir lo mismo que cuando le comía la concha y toda la ostra a aquella chica y luego ella se mojaba entera y olía igual que el puesto de pescado que estaba a la entrada del patio.
Pero mientras, yo me di cuenta que, igual que mi cuerpo no paraba ya de sentir cosas nuevas con el "sexo", ese mismo cuerpo tampoco parecía dispuesto ya a parar de sorprenderme con los cambios más inesperados. Según pasaban las semanas, noté que se me empezaban a abultar mucho los pechos debajo de las tetillas, que me habían crecido ya muchísimo, y noté que incluso la pelusilla rubia que apenas me había empezado a salir el año anterior, como un leve velo entre las piernas, empezaba por fin a oscurecerse y hacerse más densa y dura. Sin embargo, los chicos parecía que no notaran nada raro cuando estaban conmigo, así que yo me esforzaba en disimular esos cambios, porque prefería que todo siguiera igual que había sido hasta entonces.
Tampoco en casa parecían darse cuenta de que mi cuerpo parecía estar queriendo empezar a cambiar al fin, y eso que yo mantenía la costumbre que tenía desde pequeñita de quedarme completamente desnuda cuando estaba en casa. El clima bochornoso de La Ciudad, sobre todo cerca del puerto, me había parecido siempre insoportable, incluso en esos pocos meses que algunos llaman "invierno", y la única forma soportable de sobrellevarlo cuando estaba en casa me parecía que era estar desnuda. De hecho, lo hacía así porque lo había copiado de Padre, que también estaba completamente desnudo en casa siempre, al menos cuando no había ningún invitado en casa, o como mucho se cubría con aquella ropa interior que usaba que era tan divertida porque siempre se le acababa saliendo su largo rabo por algún lado. Mi madre se cubría, en cambio, siempre vestidos largos y muy holgados, o camisetas de tirantes escotadas, o prendas similares aunque, en realidad, ella sí que lo hacía porque la obligaba Padre a cubrirse siempre más, y hasta a ponerse ropa interior cuando teníamos visita o se asomaba al balcón de la calle o a la galería que daba al patio.
Al patio como tal nunca salía mi madre, y menos cuando había fiesta, y si tenía que ir a comprarnos comida o algo para la casa, salía siempre por la puerta de servicio que daba directamente a la calle del mercado, y nunca se entretenía en nada ni con nadie (algo que a mí siempre me pareció muy raro, y pronto tuve que convencerme de que el único motivo de aquello era que mi madre no era más que una antipática y una asocial desde siempre, además que con todo el mundo, y no solo con Padre). En cambio, yo seguía considerando el mismo patio parte de mi casa, porque siempre lo había vivido así, al menos desde que tengo uso de razón, porque era lo que había aprendido al ver a Padre haciendo siempre un uso privativo de ese espacio, como si fuera de su exclusiva propiedad, aunque en realidad pertenecía a todas las casas de la manzana (si bien todo el mundo respetaba nuestra primacía y nuestro derecho a usarlo como propio, porque todo el mundo respetaba y quería, o temía, a Padre). Por ello, yo extendí mi costumbre de ir desnuda en mi casa también cuando salía al patio para mezclarme discretamente y observar a los mayores como me siempre me había gustado, y mantuve dicha costumbre con el paso de los años. Por otor lado, en las tardes y noches de fiesta, que yo merodeara desnuda por el patio podía ser cualquier cosa menos llamativo, porque lo habitual en aquellas fiesta era siempre que los hombres terminaran desnudando a las chicas, y era igualmente frecuente que terminaran por desnudarse también muchos de ellos.
Fue uno de esos días cuando mi amiga adolescente, la chica que me dejaba comerle la concha, me llamó y me llevó a una habitación de uno de los pisos superiores, en el edificio de uno de nuestros vecinos de planta. Yo nunca había estado allí, y nunca me había sentido tan a solas con ella. De repente, ella empezó a tocarme las tetillas, y cuando me quise dar cuenta me estaba chupando una y acariciando la rajita de una manera nueva y desconocida. Cuando paró, me enseñó sus dedos y vi que estaban mojados. Le pregunté si era mi sudor, y ella me los dio a probar. Recuerdo ese cosquilleo por todo el cuerpo cuando ella me metió los dedos en la boca. Era un sabor muy suave, pero no tuve duda de que lo que me había sacado de la raja era un auténtico sabor a coño. Pero lo verdaderamente increíble era que se tratara del sabor de MI coño... Mi coño. ¿Me estaba cambiando también el cuerpo allí? ¿Se estaba convirtiendo mi tierna raja en una hermosa y jugosa concha de ostra, como la que tenía ella? Ella me dijo, sonriendo, que se había dado cuenta de que mis ganas de crecer me habían hecho empezar a tener cuerpo de mujer, y que cuando lo notó le habían entrado unas ganas tremendas de probar los cambios. Me apretó los pechos y me aseguró que pronto tendría unas hermosas tetas, y que estaba segura de que iba a ser incluso más grandes que las de ella. Entonces se desnudó por completo ella también. Aquel día yo comí por primera vez las tetas a una mujer, y fue en ese momento cuando fui consciente de verdad de lo que era comer y que te coman el coño.
Puede parecer raro, después de todo lo que llevo contado, pero puedo decir sin temor a equivocarme que, para mí, lo que hice aquel caluroso día en ese piso vacío con aquella chica fue, en realidad, mi primera experiencia sexual. Desde luego, fue la primera "auténticamente" sexual, porque fue la primera vez que hice algo que verdaderamente podía ser considerado como "follar". Y eso lo supe cuando sentí correrse copiosamente y entre retorcimientos de su cuerpo a aquella jovencita, mientras yo le metía mis dedos desenfrenadamente en lo más profundo de su vagina y chupaba ansiosamente con mis labios las ostras mojadas de su concha.
(lau.alma @yahoo.com)
...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com





