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La Marranita - CAPÍTULO XIV - La Vieja

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laualma
(@laualma)
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Iniciador del debate   [#2065]

La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres

[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
 
 
 
CAPÍTULO XIV - La Vieja
 
El tiempo avanzó, pesado y lento, después de aquel día. Habían decidido que debía vivir, pero nadie tenía claro para qué. Ni siquiera yo misma lo sabía. 
 
Por su parte, Nardo se dio cuenta enseguida de que, frente a la banalidad de sus sueños más húmedos respecto a mi futuro, ni mi portentoso físico ni mi vasta experiencia sexual iban a ponerse jamás al servicio de la empresa de fortalecer y engrandecer su Revolución. Sin embargo, para ella, como para todas las Dirigente, en realidad, una vez afirmadas en el Poder, engrandecer la Revolución ya no era ninguna preocupación real, ocupadas como estaban en fortalecer y engrandecer su propio poder económico y personal. Pronto se había hecho con la propiedad de todos los edificios del patio, a excepción del nuestro, que ahora pertenecía a la Vieja por completo, ya que le había sido otorgada la propiedad del resto de pisos de ese inmueble en recompensa por su fidelidad, y porque además Nardo la mantenía así en su antigua condición de amante y como su más leal servidora. Sin embargo, henchida como estaba de poder, Nardo tenía ahora a su alcance los mejores y más exquisitos placeres sexuales de la República. Todo ello hizo que mi propia existencia perdiera interés para ella, ayudado por el hecho en sí de que era consciente de que ningún poder del nuevo Régimen vería con buenos ojos que una Dirigente de segunda como ella pusiera la mano encima a un ejemplar de hembra tan portentoso como seguía siendo yo. En cierto modo, me mantenían allí por puro orgullo y por pura envidia, deseándome tanto Nardo como La Vieja, pero sabiendo que nunca jamás sería suya, lo que hizo que acabaran prefiriendo entonces que yo nunca más volviera a ser de nadie. Me vi condenada al ostracismo en aquella cárcel de oro, soportando además tener que convivir a diraio con La Vieja.
 
La Vieja tuvo que aceptar resignada su doble derrota: por un lado la de quedar relegada a su condición de amante oficial de Nardo, pero sin lugar efectivo en las calientes noches de su jefa; por otro, la de tener que cargar conmigo, sabiendo que aceptar todo aquello constituía la única manera de permanecer junto a su protectora para mantener una posición social que era, con todo, muy superior a la que le habría correspondido nunca. Así, la que antes fuera mi madre aceptó el lugar en que la había puesto su destino, sin duda mejor del que podía haber esperado cuando casi seis años antes Padre la echó de casa para siempre. 
 
Nardo no había sido una de las instigadoras de la Revolución, pero sí una de sus principales financiadoras, por lo que ahora tenía acceso directo a su Círculo Dirigente más elevado, además de que era cada vez más valorada por su creciente dominio de un sector tan importante y estratégico como conflictivo de La Ciudad, el de los barrios del puerto. Pero ni mi barrio seguía siendo ya el barrio del puerto (ahora era el Sector XV, abarcando un área inmensamente más grande), ni La Ciudad era ya simplemente La CIudad, sino que ahora todo el mundo la llamaba Ciudad Atenea, en honor a la nueva Diosa Única, la diosa de las mujeres. Era solo cuestión de tiempo que el extenso y populoso barrio del puerto al completo, lo que llamaban Sector XV,  terminara de caer bajo el control absoluto de Nardo, y a partir de ahí su imperio personal, movido por una ambición mucho mayor que la de su difunto marido, ya no dejaría de crecer.
 
En cuanto a mí, tras diversos intentos poco afortunados de ganarme para su causa (porque desde el principio yo supe que lo que quería era que sirviera a su propia ambición, e incluso a su ajado pero lujurioso cuerpo, pero no a la República como tal; si bien era cierto que servir a una ambición personal no me resultaba tan insoportable como pensar en servir a aquel Régimen maldito, bajo ningún concepto habría aceptado jamás servir a otra mujer, y menos aún a una capaz de matar a un hombre con una potencia sexual tan desmedida como la que disfrutó en vida su pobre aunque asqueroso marido). Al final, incapaz de decidir un destino adecuado para alguien tan potencialmente conflictivo como yo, y teniendo en cuenta que ya me había puesto en manos de la Vieja desde un principio, Nardo optó por mantener aquella situación hasta que se presentara alguna oportunidad mejor para sacarme provecho. Así, además, en caso de que yo fuera fuente de problemas graves como todas presumían que pasaría antes o después, Nardo siempre podría aprovechar para culpar a la Vieja y sacudirse a la vez los dos problemas de un solo golpe. Por lo que le tocaba a la Vieja, Nardo tenía muy claro que jamás osaría hacerme daño sin una razón potente y demostrable, dada su siempre incierta capacidad para mantener la elevada posición de que disfrutaba con su jefa en el medio plazo, dentro de aquel turbulento mundo de los inicios de la República. Por añadidura, después de su reacción el día que me entregó a ella en el patio, tenía la certeza de que mi destino no era otro que pasar los próximos años de mi vida como juguete sexual de la que había sido mi madre, sabiendo que la obsesión de la Vieja por mí sería suficiente para alimentar las perversiones de aquel miserable despojo de mujer. En definitiva, para Nardo aquella era la mejor manera de olvidarse del doble dilema que suponíamos su examante y yo.
 
El tiempo que pasé con la Vieja fue la expresión de lo más bajo que puede llegar a caer la especie humana. Conforme crecía el poder de Nardo, menos falta le hacía la Vieja, a quien su antigua amante ya solo veía como un estorbo para conseguir el último edificio del patio que no era aún de su propiedad. Así, aquella triste mujer se fue recluyendo en su casa cada vez más y empezó a alimentar su existencia a base de su sola obsesión hacia mi persona, como bien había previsto Nardo, calculando que aquello terminaría por llevarnos a las dos a nuestra mutua autodestrucción, por lo que solo tenía que sentarse a esperar para que aquella propiedad que tanto ansiaba cayera por fin también en sus manos, convirtiéndola así en la dueña absoluta del patio. Aquella capacidad de la señora Nardo para actuar fría y calculadoramente no era sino la mejor demostración de todo lo que había aprendido del hombre que la tomó por esposa, y que había resultado ser uno de los más brillantes negociantes de toda la antigua Ciudad. Lo malo, claro está, es que por culpa de toda esa gélida capacidad de cálculo, yo ahora me veía inevitablemente destinada a alimentar la lascivia de los años finales de una vieja sin futuro.
 
En todo caso, lo cierto era que la burda ceremonia de sumisión que Nardo había tratado de improvisar cuando me entregó a la Vieja no había funcionado en absoluto, por dos motivos. El primero era, como ya he dicho, que por mi propia naturaleza era imposible que yo jamás me sometiera a una mujer, y eso no había ceremonia en este mundo que pudiera cambiarlo. El segundo motivo, y principal, era que años atrás, el día de mi primer sangrado, Padre había llevado a cabo una ceremonia mucho más poderosa con nosotras: nunca había podido olvidar la vigorosa comida de coño que me hizo la que, en aquel entonces, yo todavía reconocía como mi madre. Con aquella brutal escena, Padre sí que había conseguido que se produjera un trasvase real de poder de la Vieja a mi persona, y eso era algo que una débil vital como Nardo de ningún modo iba a ser capaz de cambiar, ni con todo el dinero del mundo. Pese a todo, yo jamás quise utilizar el poder que había adquirido sobre la Vieja aquel lejano día, lo que ella sufría en silencio reconociendo que nada podía hacer por remediarlo: ella sabía igual que yo que había empezado a pertenecerme aquel lejano día, y aquella realidad seguiría siendo incontestable hasta que una de las dos muriera. Con Revolución, o sin Revolución. 
 
Todo esto explica por qué desde el principio, cuando ella me llevó, cargada de cadenas, a la que había sido mi casa con Padre pero que ahora le pertenecía junto con el edificio completo, me liberó de mi nuevo collar, y quiso ser ella la que adoptara el rol de sumisa que le correspondía frente a mí. Tal capacidad de sumisión ante una mujer que, además, no solo era su hija -y, por la tanto, naturalmente inferior-, sino también su enemiga -hasta el punto de desear su muerte durante cada minuto de mi vida-, me produjo tales arcadas que mi cuerpo se dobló y empecé a vomitar todo lo que había estado conteniendo en mis entrañas mientras contemplaba el asesinato de Padre y la ruina del patio y de todo lo que habían significado nuestras vidas. La Vieja se arrodilló a mi lado, limpiando mis vómitos como si de verdad todavía fuera su hija, y prestándome su atención como no me la había prestado jamás durante mi infancia, pero a mí me daba asco todo su ser y me negaba a tocarla. Lo intentó todo durante los meses siguientes tratando de doblegarme para que entrara en su repugnante juego de roles: desde la tortura hasta la incomunicación, dese la privación de sexo y comida durante semanas hasta la ayuda de las más expertas dominantes, utilizando conmigo todo tipo de instrumentos y juguetes que, pese a todo, a aquellas alturas yo conocía infinitamente mejor que ella (en realidad, muchos de aquellos artefactos los había creado yo tan solo un año antes, junto a Padre, para su uso en las fiestas del patio o en las más secretas de las ceremonias de sumisión). 
 
Nada de aquello fue efectivo. Al final se tenía que conformar con atarme todo el cuerpo fuertemente para poder tumbarse sobre mí, tocarme, chuparme, jugar con todos mis rincones y, finalmente, devorarme el sexo previamente abierto con herramientas especialmente fabricadas especialmente para mí. Me avergüenza confesar que todavía hoy soy incapaz de entender cómo aquellas asquerosas mamadas de la Vieja eran capaces de provocarme aquellos orgasmos descomunales. Yo trataba de decirme que se debía a la forzada abstinencia a la que me solía someter, pero no siempre era así, ya que con frecuencia me había hecho correrme ya varias veces antes de pasar a su plato preferido, que siempre era la comida de mi coño. Había veces que incluso me hacía ser violada por alguno de sus esclavos antes de comerme, por lo que ya digo que difícilmente mi intenso disfrute al correrme en su boca podía ser achacado a abstinencia alguna. 
 
Por más que me cueste entenderlo, veo claramente ahora que eso que me hacía la que había sido mi madre en el coño, sencillamente, me gustaba. Las mayores explosiones me las provocaba cuando, una vez al mes, se amorraba a mi sexo sangrante en la noche de mayor flujo de mi sangrado. Aquellas veces le regalaba unas preciadas corridas rojas y nutritivas que eran para ella como lluvias de un maná celestial, capaz hasta de rejuvenecer su ajado cuerpo.
 
Pero ni siquiera aquellos feroces orgasmos que conseguía arrancarme la que una vez fuera mi madre bastaban para satisfacer realmente a la Vieja. Ella soñaba siempre con mi cuerpo tibio, poseyéndola y meciéndola ferozmente en su cama, como si yo volvera a ser Padre para ella quizás, y no ser ella la que tuviera que forzar mi resistencia cada noche con ayuda de máquinas y esclavos en aquella especie de mazmorra absurda que se había construido en los fríos sótanos de la casa. Empezó a experimentar con drogas a continuación y, así drogada, inerte, me acostaba en su cama cada noche, para aprovecharse de mi cuerpo sin capacidad de resistir, pero igualmente sin capacidad de gozar ni, sobre todo, de hacerla gozar como ella quería. Aquello desveló pronto otro grave inconveniente: no siempre era fácil calcular la dosis exacta para que yo no recobrara la conciencia pero que, al mismo tiempo, permitiera que mi cuerpo y mis órganos sexuales siguieran siendo capaces de responder a sus estímulos. De esa manera, una vez me desperté en medio de la noche mientras aquel ser viscoso hurgaba en mi vagina con sus fríos y frágiles dedos. Instintivamente, y sin ser consciente de las seguras consecuencias de mis actos si nadie me impedía darle muerte, me la saqué de encima a patadas y habría logrado estrangularla si medio centenar de esclavos y amazonas armadas no hubieran saltado sobre mí en aquel momento. La Vieja estuvo un mes sin salir de casa para ocultar las secuelas que le dejó mi paliza a su asqueroso cuerpo, porque quería evitar que Nardo decretara un más que merecido castigo para mí que le supusiera perderme para siempre. Pese a que tuve que soportar su repulsiva presencia de manera constante durante todo aquel tiempo, sometida a sus toqueteos y peticiones continuas, todavía recuerdo bien el enorme placer que me dio patear sus grandes tetas, que hacía años ya le había prometido que algún día terminaría por arrancarle.
 
La segunda vez que la Vieja metió la pata calculando la dosis de mis drogas, ya sí que no tuvo posibilidad de disimular las consecuencias de su error. Cuando a la mañana siguiente de que aquella puta me violara por enésima vez, tras tirarme en su cama, drogada, un sirviente y una amazona armada vinieron a llevarme a mi celda de nuevo. No se percataron de que estaba consciente hasta que ya había abierto de una dentellada el cuello de aquella chiquilla y desventrado al pobre joven con el cuchillo de ella. Cuando, alertados por los gritos, el resto del servicio y de la guardia de la casa entró en la habitación, me encontraron alimentándome de los genitales del chico, hermosamente bello pero miserablemente sometido en aquel mundo de mujeres. En verdad había tenido suerte de encontrarse conmigo, para que le liberar al menos de aquella existencia miserable, a él que tan buen especimen de hombre parecía.
 
Siendo imposible ocultar mis crímenes, la Vieja tuvo que aceptar resignada que Nardo ordenara entregarme como puta a uno de los mejores prostíbulos de la ciudad. Supongo que pensaba que aquella miserable mujer no sería nunca rival a mi altura, por lo que mi continuidad en el patio no podía traerle ya más que problemas, y actuó por ello convencida de que mi cuerpo y mi fogosidad sexual eran en realidad perfectos para una posición social semejante, que en Ciudad Atenea se considera incluso como una posición elevada, en función del tipo de establecimiento. Pronto descubrieron que yo no encajaba en ninguno de ellos. Mi largo periplo por clubes, prostíbulos, hammans o templos para el culto del Divino Coño, fue dramático y atroz. Podría llenar páginas contando aquellas experiencias que, sin embargo, prefiero olvidar. Con todo, la práctica de sexo en cualquiera de sus manifestaciones no me parece con mucho el peor de los pecados de Ciudad Atenea. Sin embargo, por mucho que yo pueda ser una de las personas más sexuales de esta remota parte del Continente, nunca fui capaz de comprender esos lugares que Ciudad Atenea consagraba -al menos teóricamente- al sexo, pero donde solo tenían cabida unas pocas prácticas limitadas y sectarias. No soportaba que hombres miserables y sometidos tocaran mi coño con su lengua inútil, en aquellas pretendidas representaciones de ritos eróticos prohibidos, que se ofrecían a escondidas a las Dirigentes más frígidas de todas, aquellas que ni siquiera eran capaces de disfrutar del sexo con su propio cuerpo. No soportaba ni la existencia misma de un organismo como los Centros Aliviatorios Distritales, aquellos locales de atención ambulatoria destinados a ordeñar, por mera necesidad, los penes incapaces de conseguir una erección real de aquellos tipos a los que la República mantenía vivos con únicos fines de servicio, trabajo forzoso o reproductivos, y que en verdad ya solo eran capaces de excitarse sintiendo a su mujer o a su hija penetrarlos con los dedos o con cualquier objeto lejanamente asimilable a un falo en erección, por poco apropiado que pudiera resultar para ello. Como concubina de las altas dignatarias y funcionarias de la República ni siquiera se atrevieron a proponerme, aunque más de una de ellas intentó comprarme después de examinar mi cuerpo y conocer mi origen. Uno de mis mayores fracasos fue en el prostíbulo para mujeres, donde el brutal sistema de castas y jerarquías de Ciudad Atenea determinaba que alguien como yo podía ser sometida prácticamente por cualquier mujerzuela la República considerase que tenía el rango de Libre. Cuando, un par de meses después de mi llegada a ese último intento de hacer de mi coño un elemento útil para la República, descubrieron que era yo quien había sometido a la mitad de mis compañeras, muchas de ellas con un rango social muy por encima del mío, las autoridades decidieron inhabilitarme para todo tipo de trabajo sexual y devolverme a mi dueña, para que fuera ella quien, discretamente, decidiera mi suerte final.
 
Mi vuelta al patio no duró mucho. Después de más de un año en el que había podido comprobar la decadencia total de mi pueblo, sometido a normas arbitrarias y contra natura de gobernantes femeninas crueles, despóticas y egoístas que habían destruido por completo la diversidad y belleza de una sociedad libre y orgullosa como había sido la de La Ciudad, a. R. (antes de la República), y siendo consciente que la Revolución ya no tenía vuelta atrás, decidí escapar del patio y tratar de buscarme la vida por mí misma, liberada al menos de aquel insoportable cautiverio a manos de la Vieja. Menos de una semana fue suficiente para engañar a aquella farsa humana, pretendiendo que finalmente estaba dispuesta a doblegarme a sus deseos de convertirla en mi perra sumisa, consiguiendo con ello que me llevara a su cama sin drogas, cadenas, esclavos o guardias que nos vigilaran, incluso en contra de las advertencias de la amazona jefa de su guardia. El furor de Dominante que me había invadido en el prostíbulo para mujeres me ayudó a ejercer, al menos durante unos días, como Ama de la mujer que había sido mi madre. Tras dejar pasar unos días tratando de buscar el momento perfecto, me llevé a la que había sido mi madre a la cama, sumida en un insondable deseo hacia mi persona que la tenía, esta vez a ella, drogada con una sustancia más poderosa que cualquiera de las que ella había probado conmigo: mi poder de hembra. Cuando la Vieja se desnudó, obedeciendo mis órdenes, extasiada al contemplar toda mi joven piel joven y tersa brillante de sudor, mis manos se cerraron sobre su cuello al instante. Sentí los pezones que coronaban sus gordas tetas endurecerse de placer mientras la empujaba hacia la galería. Solo antes de empujarla fuera dejé que sus labios se posaran sobre los míos, y me llenaran con el que pensé que era su último aliento.
 
"Adiós, madre", le dije mientras la lanzaba al patio.
 
El alarido de la Vieja gritando mi nombre quebró la tranquila noche del patio, y me hizo comprender que aquel ser lamentable todavía seguía con vida cuando su cuerpo se estrelló contra el suelo. En el fondo me alegraba de que hubiera muerto como el perro Nardo, mi pobre perro que ella tiró arrojándolo desde aquella misma galería. Justo ella, que había vivido toda su vida como una perra. Solo me arrepentí de no haberle cortado las tetas antes.
 
El viaje por los aires de la Vieja había sido, en todo caso, demasiado corto para  poder disfrutarlo. Tanto que ni siquiera ella había sido capaz de terminar de pronunciar mi nombre completo, aquel que yo había dejado atrás por la costumbre de Padre de acortarlo (antes de que me creara como su Marranita) y que la maldita Revolución me había devuelto completo y en foma antigua como Lau-r'ha. 
 
"¡¡LAUH'!!" fue el grito que escuchó todo el patio la noche que asesiné al ser que me había dado la vida. "La mujer". Áquella era yo por fin, una mujer anónima y genérica que debía escapar cuanto antes, para hacerse nadie en una República de Mujeres a la que odiaba.

 
 
 
(lau.alma @yahoo.com)

...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
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