Ya no puedo más
 
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Vaciar todo

Ya no puedo más

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(@bajolassabanas)
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Topic starter   [#491]

Como gotas que sin hacer ruido van llenando el vaso hasta derramar su contenido; Anais y yo derramamos nuestro vaso, lo supe en aquel momento, las señales me iban llegando y aún intentando hacerme el ciego no pude más que despertar de mi sueño.
-¿Al final os vais a Madrid?.- Sebastián sostenía su tercer whisky que se le marcaban en sus ojos como la luz roja de un semáforo.
-Lo estamos valorando.- Mi voz sonó hastía, la verdad es que no me apetecía hablar con el de aquel asunto, Juan escritor como yo me había propuesto montar una editorial en Madrid; pero era un paso demasiado grande como para darlo sin meditarlo antes, Anabel tendría que dejar su trabajo cosa que no le importaba pero ese acto era más por mí que por ella, volví a mirarla, era instintivo sin ninguna intención de control, simplemente verla me hacía sentir en paz, era mi lado yen, Anabel permanecía en el corro junto a sus compañeros de trabajo siendo el centro de muchas miradas nunca provocadas, ella no necesitaba provocarlas era simplemente así, transparente y abierta a todo el mundo, su esbelto cuerpo junto a su color mulato heredado de su padre la hacía destacar allí donde se encontrará. Recordaba el día que nos conocimos, la impresión que me dio al entregarme mi libro para que se lo firmara; "Una España roja", un ensayo sobre la influencia del comunismo en España en el siglo XIX, aquel día prácticamente no levantaba la vista de la mesa, recuerdo ver cómo unas piernas de color se acercaron y sin darme cuenta mi vista ascendió por ellas hasta encontrar sus ojos verdes y una sonrisa perfecta, su rizado pelo estaba recogido en un moño poco trabajado, pero eso lejos de afearla la hacía más atractiva.
-¿Me lo firmas?.- Dejo el libro sobre la mesa mirándome fijamente.- Aunque creo que estás un poco equivocado.- Dijo sin ningún pudor.- La URRS no tuvo tanta influencia en la derrota de los republicanos.- A cualquier escritor aquello lo hubiera exasperado, no es normal que te critiquen tu libro a la vez que te piden tu firma, pero supongo que yo era diferente o simplemente sus ojos me cautivaron dejando que sus palabras no me hicieran efecto.
-Es tu opinión, te la respeto, ¿A qué nombre?.
-Anabel.
No pude resistirme a poner mi teléfono en la firma, creí que no serviría de nada pero me arriesgue.

Para Anabel, quizás la luz entre las sombras.
Alonso
66677188
(Sólo hay una verdad absoluta: que la verdad es relativa.)
André Maurois 

-Aquí tienes, cuando quieras podemos....intercambiar ideas.- Dije sosteniendo el libro, una sonrisa volvió a aparecer en su cara.
- No lo dudes.
Me quedé mirando como se perdía entre la gente, con paso seguro abrió el libro por la primera hoja leyendo la dedicatoria, un hombre depósito su libro sobre la mesa esperando mi firma pero no pude dejar de mirarla, y al final sucedió, se giró y vi el brillo o si no lo vi lo imagine; al día siguiente estábamos comiendo en la Barceloneta delante del mar.

-Cuando quieras nos vamos Alonso.- Anabel me había pillado perdido entre los cubitos del vacío vaso de whisky, su mano acarició mi cuello recordándome la calidez de su cuerpo.
- Tranquila, estoy bien.- Aunque mi cuerpo pedía tumbarme en mi cama intenté disimularlo forzando una sonrisa, no quería fallarle también en eso.
- Mira media hora y nos vamos, yo ya estoy un poco cansada.- Sus manos apretaron mis mofletes y junto sus labios con los míos.- Y no bebas más, que luego te cuesta dormir.
- Mejor, así podremos discutir algunos temas.- Abrace a mi mujer atrapándola para besarla con fuerza, no se me pasó por alto la mirada de Alejandro su compañero, en sus ojos vi la envidia que sentía, de sobras sabía que estaba emperrado por Anabel.- Alejandro no te quita los ojos de encima.- Dije riendo con ironía.
- No seas tonto, además... pues peor para el.- Nuevamente nuestros labios se volvieron a juntar; a tu salud Alberto, pensé.
Anabel volvió al grupo y antes de integrarse se giró guiñándome un ojo, Alejandro la recibió pasando un brazo por sus hombros cosa que educadamente Anabel rechazó; por suerte Sebastián encontró otra víctima a la que darle la charla, levanté mi mano solicitando al camarero que volviera a llenar mi vaso desoyendo el consejo de Anabel.
No podría decir en qué momento comencé a sentir que Anabel se escapaba de mis manos como el agua entre los dedos, quizás alguien lo llame la crisis de los cincuenta, otros depresión pero para mí era quitarme la venda de los ojos, los diez años de diferencia cayeron sobre mí como una losa, sentía que íbamos a dos velocidades diferentes aunque ella jamás me lo dijera, al verla sentía una mezcla de sentimientos, la amaba con tal locura que me hacía daño privarle de su vitalidad, ella no lo demostraba pero quince años de compartir una vida hace que te des cuenta de detalles, esos detalles que solo los conoce la pareja, mi aguante no era el mismo, estábamos en dos planos diversos, me daba la sensación de no llegar a su nivel y una estaca se clavaba en mi interior al pensar que ella siempre detenía su ritmo para esperarme, ella era fuego vivo mientras en mi solo existían las ascuas.
Anabel seguía bailando, serpenteaba su cuerpo bajo el fino vestido, no podía dejar de pensar en ese cuerpo bajo las sábanas, era toda una diosa Venus, las miradas perdidas de los hombres se clavaban en ella que no perdía la sonrisa; me quedé mirando a Alejandro, podría tener cualquier mujer, cuerpo seguramente musculoso en el cual su americana colgaba sin dejar ningún efecto que la afeara; cuerpo de percha, decía Anabel, un hombre metódico en su vida, llevábamos tres horas en el antro y todavía no lo había visto beber una gota de alcohol, según Anabel se había sacado la carrera de derecho en la mitad del tiempo que sus compañeros; Todo un partido para cualquier mujer y si además le sumabas sus treinta y ocho años ya era lo máximo , seguía viendo sus gestos hacia Anabel típicos y tan antiguos como la vida, gestos de cortejo, sus miradas, acercamientos, y su omnipresencia en todas y cada una de las conversaciones en las cuales participaba Anabel, decidí hundirme en mi whisky; Si por lo menos me fuera infiel, sería todo más fácil, quizás el sentimiento de culpa no sería tan fuerte.
- ¡¿Otro?!, venga nos vamos.- Anabel me había sorprendido dando un trago, era mi pecado.- Me despido y nos vamos.- Anabel parecía molesta, veía el sudor de su cara resbalar por sus mejillas.- Ya veras esta noche y no te digo mañana.- Tengo la mala costumbre de tener siempre una resaca que me provoca estar de mal genio.
Los efectos del alcohol se materializaron al ponerme de pie, un ligero balanceo provocó que Anabel tuviera que sujetarme y sus ojos me indicaron frustración.
- Espérame en la salida¿crees que podrás llegar solo?.- La pregunta estaba cargada de ironía, la conocía bien y sabía que estaba molesta.- Me despido de Ana y voy.- Despídete también de Alejandro pensé.
Por supuesto que la que llevó el coche fue ella mientras yo veía pasar la ciudad medió borrosa apoyado en la ventanilla, me sentía mal y no por culpa del alcohol.
- La culpa es mía.- Anabel hablaba sin dejar de mirar al frente dando la sensación que hablaba más para ella que para mí.- No debimos venir.
- No digas tonterías.- Mi boca estaba seca como el corcho motivando a que mis palabras salieran arrastradas.- No tienes la culpa de que yo me haya pasado con la bebida.
- En eso tienes la razón, pero no sé qué pintábamos nosotros allí.- "Nosotros", tenía la verdad a medias, mejor hubiera tenido que decir" que pintabas tú allí" eso hubiera sido lo correcto, Alonso escritor de cincuenta años asistiendo a una fiesta con gente que podrían haber sido alumnos suyos, Alonso el que con tres tragos no puede mantenerse en pie, Alonso el que seguramente se duerma antes que una belleza de la naturaleza termine de sacarse la ropa....no ese Alonso no tendría que estar esa noche allí.
Como de costumbre a las ocho me levanté sintiendo las agujas clavadas en la sien, Anabel estaba acurrucada, su pecho semi descubierto marcaba el ritmo de su respiración, su pelo encrespado tapaba su rostro como ocultándolo de mi vista, era todo tan fácil cuando dormía.
Dos cafes junto a un par de aspirinas fueron el desayuno, intenté centrarme en mi libro, ya llevaba un mes de retraso y Juan me apremiaba cada día, pero me era imposible concentrarme, era como si las ideas se hubieran esfumado, me sentía vacío sin ideas, solo me venía a la mente Anabel, ¿cuánto tiempo resistiría?¿en qué momento se cansaría de mi?.
La pantalla del ordenador permanecía en blanco esperando las primeras palabras; maldije el momento en que acepté hacer aquella novela; "Tu puedes Alonso", fueron las palabras de Juan, además necesitamos vender y la gente está cansada de política, necesita soñar para poder vivir; para el era fácil, aquella sería mi primera novela, mi carrera de escritor se había basado en ensayos políticos, desde el pensamiento de izquierda de Castro hasta la ultraderecha de Pinochet,¿qué cojones hacía escribiendo una novela basada en un hombre enamorado de una mujer emigrante?
-¿Cómo lo llevas?.-Anabel me abrazo por la espalda, sus duros pechos se clavaron en mi nuca a la vez que sus manos se colaban por debajo de mi camiseta, recorrían mi pecho como si fuera la primera vez, el olor a menta de la pasta de dientes inundó mis fosas nasales.- ¿Quizás te pueda ayudar?.- Su mano descendió por mi pecho hasta encontrar la costura de mis pantalones, yo simplemente me dejaba llevar como barco llevado por la corriente, sus dedos jugaron con la costura como el gato con el ratón haciendo que durará más tiempo la agonía.- Quizás necesites otro punto de vista.- Dijo separando la silla del escritorio, su mano por fin habían atrapado su presa transmitiendo su calor, sin soltarla dio la vuelta con su sonrisa de niña mala, sus ojos cargados de lujuria y su mano que comenzaba a mojarse de mi líquido preseminal.
- Tal vez tengas razón.- Respondí cogiéndola de la cintura, mis manos se colaron como vulgares ladrones en la oscuridad, su cuerpo ardía mientras que su braga descendía ayudada por mis dedos, despacio sin prisa como queriendo eternizar el momento, otra vez nuestras bocas se juntaron compartiendo el aliento, su cara hizo un extraño al comprobar que aún tenía restos del whisky mezclado con el café.
Atravesé su cuerpo guiado por su mano, sus labios se abrieron para cerrarse después dejando mi miembro prisionero, no dejaba de buscar mis labios jugando con su lengua, sus caderas se movían dejando en mi el rastro de su humedad destacando su color tostado con la blancura de mi piel, lo que en un principio me había parecido extraño en esos momentos provocaba mi mayor excitación, se podía ver esa diferencia como marcando dos mundos que se compenetran provocando el mayor placer que dos personas puedan tener, Anabel se separó de mi mostrando su cuerpo arqueado hacia atrás, su estómago se hundía haciendo que sus pechos salieran más dibujando aquellas montañas por las que perderse, mis manos fueron levantando su camiseta poco a poco, su piercing apareció indicando el camino, poco a poco sus pechos se iban descubriendo junto a una ligera resistencia al encontrar sus negros pezones, siempre me detenía en ese momento, eran como verlos despegar primero uno y después el otro cedieron dando un ligero vaivén, era como una llamada de atención, enseguida mis manos agarraron sus pechos recorriéndolos con las yemas de los dedos; sus caderas seguían moviéndose dibujando un perfecto ocho, sus brazos se enredaron en mi cuello acercando su cuerpo al mío para que pudiera besar sus pezones, mi lengua se enroscó primero en uno y luego en el otro, abrió la boca respirando profundamente, ya no soportaba más, abandoné sus pechos para sujetarla por las caderas intentando dar mis últimos momentos, una sonrisa apareció en sus ojos al notar el calor del semen en su interior, permaneció sobre mi moviendo su cuerpo lentamente.
- No ha estado mal.- Anabel se levantó, me dio un beso en los labios y salió de la habitación, al momento escuche el agua de la ducha; no ha estado mal pero tampoco bien, esas palabras retumbaban en mi mente, no me daba cuenta que poco a poco iba haciendo el pozo más profundo, me vinieron a la mente las imágenes de Alejandro cuando pasó su brazo por los hombros de Anabel, ¿hubiera sido la misma reacción si yo no estuviera allí?, ¿cómo era posible que Anabel siguiera conmigo pudiendo estar con el? Y lo peor ¿cómo me sentiría yo sí ella estuviera con el?, de golpe me vino a la mente la pregunta que apretó con fuerza mis entrañas ¿y si ya están...?, un sudor frío recorrió mi cuerpo pero en un acto de fe negué con la cabeza, no, no tenía respuestas a todas esas preguntas, solo sabía que ella necesitaba mucho más de lo que yo podía ofrecerle, pero ella no lo reconocería nunca, sea por amor hacia mi, o por miedo a mi reacción, tenía que hablarlo con ella, intentar que se abriera sin miedo ni tapujos, abrirnos en canal hasta vaciarnos el uno en el otro.
Salimos a dar una vuelta y aún sintiendo la resaca lo agradecí, necesitaba tomar el aire y despejar la mente, me venían cosas a la cabeza que deseaba que se fueran con la brisa que azotaba nuestros rostros, se había levantado un día tapado por nubes que barruntaban lluvia a pesar de estar en el mes junio, Anabel quiso subir a las fuentes, siempre le gustaba caminar por sus jardines y acabar viendo el mar a la derecha y a la izquierda la montaña del Tibidabo, la brisa empujaba su pelo hacia atrás dando una imagen que cualquier pintor usaría para hacer su mejor obra, dentro de mi corrían los demonios creando una confusión de la cual no tenía ni idea de cómo salir, luchaba por hablar con ella y a la vez tenía miedo de romper con todo aquello que nos había llevado hasta allí.
-¿Comemos en el puerto?.- Anabel me cogió del brazo acercando su cuerpo al mío.- Me apetece pescado¿qué dices?.- ¿Cómo resistirse a sus encantos?.
-Me parece bien.- Mis labios besaron su boca como si fuera la ultima vez, no quería que aquel momento se acabara nunca, quería retenerlo en mi mente, quizás nunca más se volviera a repetir.

 

Lo siento 1.2
Nuestro restaurante estaba lleno con lo cual nos tuvimos que sentar en la barra tomando unas cervezas mientras se vaciaba alguna mesa unos berberechos frescos nos hicieron la espera más corta, Anabel se había sentado en el único asiento libre que quedaba con sus largas piernas cruzadas mientras dejando ver parte de estas descubiertas por su falda, coloqué mi mano sobre su pantorrilla comprobando la suavidad de su piel, mientras de reojo veía a algún que otro hombre como perdían de vista a su pareja intentando ver más allá de la falda de Anabel.
-Bueno cuéntame de que va la novela.- Dijo dejando el baso manchado de carmín sobre la barra.
- Tengo una idea, pero no me acaba de convencer.- Mi tenedor se movía por el plato sin decidirse a pinchar, la resaca se resistía a desaparecer y lo único que me apetecía era beber.
- Cuéntame.
- Un hombre que se enamora de una emigrante que aún no sé de qué país, iría del problema que hay con las fronteras culturales y bueno lo difícil que puede ser.
- Me parece bien, si necesitas información te puedes venir un día al despacho y te presento a María, ella lleva los casos de emigración, seguramente te podrá echar una mano.- No pude evitar pensar en Anabel en el despacho donde seguramente aparecería Alejandro, Anabel mantenía el trabajo apartado de nuestras vidas por lo tanto no conocía esa parte de su vida, era abogada penal y a parte voluntaria de Abogados sin fronteras, pero su parte consistía en el papeleo nunca conocía a los clientes en persona.
Al momento el camarero nos indicaba que le siguiéramos, durante la cena intenté centrarme en ella aunque solo me estaba mintiendo, lo único que hacía era retrasar el momento, pero la tenía enfrente disfrutando del momento, sus ojos no dejaban de mirarme con la ternura que solo ella podía darme; ¿cómo romper aquel momento?.
Llegamos sobre las seis de la tarde, directamente me fui a duchar para intentar despejarme porque mi cabeza estaba apunto de estallar.
- ¿Una tónica?.- Preguntó Anabel descalzándose, le gustaba andar descalza sobre el parquet como una niña, sus pasos llenaban el ambiente creando nuestra propia atmósfera, me quedé mirándola a medida que su ropa iba desapareciendo hasta quedar solo sus finas bragas cuando llegaba a la puerta de la habitación.
Me quité la ropa para ponerme más cómodo, la ducha se oía de fondo, la veía desnuda dejando correr el agua hasta que salía a la temperatura que ella quería; ni fría ni caliente, comenzaría por su pelo el cual perdería sus rizos quedando aplastado en su cabeza, su rostro y más tarde dejaría correr el agua bañando sus pechos, sus pechos provocarían una ligera cascada, el agua sería repartida por su mano libre abarcando sus pezones para luego descender por su vientre plano hasta llegar a la encrucijada, allí se detendría frotando sus negros labios donde encontraría esa pequeña protuberancia el cual se negaba a esconderse, sin pensar lo frotaría cosa que le provocaría tener que morder su labio inferior mientras cerraba los ojos, lo abandonaría como el hambriento abandona un trozo de pan, sus piernas correrían la misma suerte haciendo que se agachara para poder llegar a sus tobillos donde una fina cadena de oro rodea su tobillo derecho, se cambiaría de mano el grifo para dedicarse a la otra pierna, sus nalgas estarían mostrando su secreto mejor guardado, y mientras yo la esperaba sentado en el parquet junto a la ventana; nuestro rincón favorito, una esquinera llena de fotos junto a mi último libro; Comunismo y Latinoamérica, fueron quince días que nos llevaron por Bolivia, Perú y al final Cuba, donde vivía Camilo el padre de Anabel.

- Me ducho y vengo.- Contesté a la vez que me sacaba mi camisa.
Miraba el espejo del cuarto de baño buscando la manera de comenzar, una y otra vez me miraba viendo mi reflejo donde encontré más preguntas que respuestas; solo había una manera, e iba a ser dolorosa para ambos.
Al salir al salón la encontré sentada en los cojines al lado de la ventana, me maldije por querer romper aquella imagen.
- Tenemos que hablar....- nCerré los ojos pensando que aquella no era una buena manera de empezar, giró la cabeza sin saber a lo que me refería.
- Huy, ¿qué pasa?.- dejó su vaso en la estantería al lado de nuestra foto, todavía recordaba donde la hicimos, era una foto donde salíamos debajo de la torre Eiffel hacía dos años.
- No sé por dónde empezar.- Me senté a su lado con mi vaso entre las manos, mire a través del cristal viendo que habíamos hecho bien en venir directos a casa pues comenzaba a llover.
- ¿Qué te pasa Alonso?.- Sus brazos atraparon mi cuerpo, mi corazón latía tan fuerte que estoy seguro que ella lo podía sentir.- Me estás preocupando.- Dijo al ver que me mantenía callado buscando el valor para continuar.
- Quiero que sepas que te amo, sabes que eres lo mejor que me ha pasado en la vida...- De golpe Anabel me soltó como si una descarga de electricidad la hubiera atravesado.
- ¿Qué me quieres decir?.- Sus ojos comenzaban a brillar mientras yo sentía como me hincaba un cuchillo directamente al corazón.- ¿Alonso?.
- Creo que no soy suficiente para ti.- Dije una vez que conseguí liberar mi garganta.
- Pero qué tonterías dices¿es una broma?.- La conocía de sobras para saber que estaba a punto de explotar.- Dime que es una broma.- Sus ojos comenzaban a cojer el color rojo que junto a su verde aún la hacían más bella.
- Déjame que te lo explique.- Anabel seguía incrédula y cada vez más preocupada al ver que no se trataba de ninguna broma.- Te veo y sé que no estás completa, y eso me duele, te repito que te quiero y por eso...
- ¿Me estás dejando? es...¿Me estás pidiendo el divorcio?.- Anabel se levantó mirándome, necesitaba encauzar la conversación o lo empeoraría.
- ¡Jamás!, es lo último que deseo, siéntate por favor.- Cogí su mano intentando que se volviera a sentar.- Siento que doy el cien por cien y no consigo que te sientas completa, sé que me quieres y por eso no quiero dañarte.
- ¡¿Dañarme?!, ¿cómo ? Lo siento pero no te entiendo, ¿esto que es la crisis de los cincuenta?, ¿es eso?.
- No...no lo sé, pero me da miedo que dentro de diez años mires hacia atrás y te sientas vacía, llevamos quince años juntos y siento...como si te hubiera robado una parte de ti.
- Eso lo tendría que decidir yo¿no crees?.- La ironía de sus palabras era la antesala al enfado, una lágrimas amenazaba con desprenderse de su ojos.- No quiero seguir con esto, no te entiendo y no se a dónde quieres llegar.- Como decírselo, como decirle que para amar de verdad es necesario estar completo el uno con el otro, que el amor se representa de muchas maneras, que nos podíamos hacer una fotografía en la playa bajo una puesta de sol abrazados, la foto quedaría perfecta, hermosa y cualquiera que la viera podría entender que éramos el amor personificado pero no dejaba de ser más que una fotografía...vacía.
- ¿A dónde quieres llegar?¿qué quieres de mí?, dime.- La amaba¡Dios! ;cuanto la amaba.
- ...Que descubras, que disfrutes abiertamente sin pensar, que vivas.- Me tuve que levantar pues el cuchillo clavado en pleno corazón comenzaba a girar sobre sí mismo a cada palabra que salía por mi boca.
- ¿A qué te refieres?¿vivir?¿disfrutar abiertamente?, de verdad que no te entiendo.- Sus lágrimas caían libremente por sus mejillas provocando más dolor en mi que en ella.
- Alejandro.
- ¿Alejandro?.- Anabel abrió los ojos de par en par.- ¿Qué tiene esto que ver con el?¡oh Dios!.- Se echó las manos a la cara a la vez que negaba con la cabeza.- ¿No creerás que él y yo...?
- No, no por supuesto.- Me senté abrazándola, apoye su cabeza sobre mi pecho.- No, no, claro que no, pero vi como te miraba, pienso que quizás si yo no estuviera allí, no físicamente si no...estuviéramos juntos quizás podrías...
- Follar, ¿no?, quizás podría follarmelo.- Anabel me apartó de su lado.- ¿Qué coño te está pasando Alonso?.
- Por favor piénsalo, y se sincera alguna vez no se te pasó por la cabeza, dímelo sin miedo.
- No, jamás, ¿me oyes?, ja-mas, pero si te sientes mejor te puedo decir...no se...cada semana, cada día,¿te va bien?.- Anabel se levantó cogió su vaso.- A ver si lo entiendo¿me estás diciendo que quieres que te ponga los cuernos?.- Anabel me miraba con una mezcla de ira e incredibilidad.
- No, te lo estoy pidiendo, simplemente te doy la libertad de disfrutar de tu vida sin ataduras, sin explicaciones, no me tomes por un consentidor, no, ese no es mi rol, ni me atrae, solo quiero que cuando estemos juntos dentro de unos años no pueda haber ningún reproche.
- ¡¿ningún reproche?!, ósea que me acuesto con otro ¿y no habrá ningún tipo de reproche por tu parte?, ¿cómo crees que funcionaría? Y ¿para qué?...para salvar tu orgullo, no necesito a nadie más,¿es que no lo entiendes?.- Anabel ya no podía más, estaba por derrumbarse, me dolía todo mi cuerpo.
- Entiendo lo que dices, pero sé que no es cierto, sé que no te sientes llena, puedo ver tu cara cuando estás con...
- ¡Con Alejando! que manía te ha cogido con el, pues deja que te diga que jamás te pondría los cuernos con el.
- No, cuando estás conmigo después de hacer el amor, yo lo doy todo y si embargo no puedo complacerte, y no digas que es mentira, ya soy lo suficientemente mayor para saberlo, ¿no lo entiendes? lo hago porque te quiero.
- Alejandro solo es un compañero, nunca me llamó la atención, no sé qué quieres que haga, pero esto...esto es muy fuerte, nunca pensé que podías sentirte así y la verdad es que no me lo esperaba¿desde cuándo estás con esa idea? .- Anabel miraba su vaso moviendo la cabeza, estábamos dando un giro a nuestra relación.
- Hace tiempo, pero no es que quiera que hagas lo que yo quiera, esto no va de egos, ni siquiera es que tenga el morbo de verte con otro, solo quiero que...
- Que me folle a otro.- Ella seguía por el mismo camino.
- Dime, ¿sí fuera al revés tú no pensarías lo mismo?
- ¿Y tú ?,¿ también tendrás libertad?, quizás necesitas...- Anabel me miró y pude sentir que el dolor de las palabras era compartido.- Quizás necesitas estar con otra no se, ¡joder!, esto es una insensatez Alonso, ¿te das cuenta de lo que estamos hablando?...¿ el riesgo que hay de qué lo nuestro se rompa en mil pedazos?.
- No se lo que puede pasar, pero si esto consigue que te tenga entera y completa merece la pena.
- ¿Y cómo funciona tu idea?.- Anabel se encogió de hombros.
- No se trata de crear un plan, mañana me iré a casa de mis padres una semana, necesito ponerme a escribir, me gustaría...me gustaría que salieras con tus amigas como si yo no estuviera en tu vida, deja aflorar a la Anabel que conocí hace quince años, haz lo que harías sin ataduras ni obligaciones.
- Como quieras, pero no pienses que voy a hacer nada fuera de lo normal, así que te puedes ir un mes o un año, no esperes encontrarme con otro en la cama, porque si eso sucediera ese mismo día te dejaría, y no sé si es eso lo que quieres.- Durante unos segundos nos quedamos mirando.- ¿quieres que te deje yo porque tu no tienes valor para dejarme?
- No es eso, te quiero y jamás pienses que eso es lo que busco.
- Vamos a hacer una cosa, vete, date una semana y si cuando vuelvas piensas lo mismo lo haremos, pero con una condición.- Anabel se había vuelto a levantar, su cara ya era otra.- Tú serás el primero en poner los cuernos.- Anabel levantó su mano al ver que yo iba a protestar.- Es mi única condición, si lo nuestro se rompe no quiero que sea por mi culpa.
- ¿Con quién?, no sé con quién.
- No te preocupes, siempre puedes contratar a una puta, a lo mejor es en lo que quieres convertirme.- Anabel me dejo solo viendo como salía de la sala pero esta vez no vi ternura en sus movimientos más bien rabia, una rabia contenida, no era verdad, pero cómo explicarlo sin que lo pareciera.
Fue una noche extraña, a pesar de estar en la misma cama parecía que nos separaban kilómetros, Anabel no hizo intento por acercarse a mí y yo no...no me atreví, apenas diez minutos de conversación podrían haber roto quince años de convivencia, me dormí con la idea de haber estropeado lo nuestro.
- Tienes el café preparado.- Anabel ya se había levantado cuando desperté.- ¿A qué hora te vas?.- Su voz era fría como el hielo.
- Podemos hablar antes de que me vaya.- Intenté abrazarla cariñosamente pero antes de poder besarla se deshizo de mi levantándose de la silla.
- Me tengo que ir a trabajar, llámame cuando llegues para saber qué has llegado bien.- Anabel me hablaba sin mirarme abandonándome en la cocina, fue el café más amargo que he tomado en mi vida.
Mientras conducía no podía dejar de pensar en Anabel; no debí...no debí seguir por ahí, me arrepentí de haber actuado de esa forma¿y cuál era la correcta?, los coches me adelantaban tocando el claxon por mi lentitud, las imágenes se mezclaban en mi cabeza; "Siempre podrás contratar una puta, a lo mejor es en lo que quieres convertirme", esas palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza, a cincuenta kilómetros del pueblo paré para almorzar y comprar algo de fruta para mis padres, en el pequeño pueblo donde vivían era difícil encontrarla , a penas tenía veinte habitantes con lo cual los vendedores ambulantes pasaban cada quince días, pero a pesar de ser un pueblo semi abandonado tenía su lado bueno, a mí me servía para aislarme y poder concentrarme en mis libros. Al entrar al pueblo por la vieja carretera vi a mi padre sentado en uno de los bancos de la plaza mayor, estaba con el tío Pedro uno de sus mejores amigos; al mismo tiempo levantaron la mano saludando sin saber quién era el que se había perdido hasta que mi padre me reconoció al bajarme del coche y pude ver su sonrisa.
- ¡Alonso!¿qué haces por aquí?.- Dijo dándome un abrazo, a sus ochenta y seis años mantenía la cabeza como el primer día, lo malo era su artritis y una sordera.- ¿Va todo bien?.
- Me he escapado unos días padre, ¿Qué hay tío Pedro?.
- Pues aquí estamos, dejando que pase el tiempo.- Dijo manteniendo su cigarrillo en la comisura de sus labios.
De camino a casa le envié un mensaje de texto a Anabel, seguramente no lo leería gasta el medio día, cuando trabajaba dejaba el teléfono apagado o en silencio.
12:00 Alonso
*Ya he llegado, un beso, te quiero.
Antes de llegar a la puerta recibí su contestación.
*Yo también, no lo olvides nunca.
Sentí una sensación de culpa por lo que había provocado que hizo que mis piernas temblaran, pero dentro de mí estaba esa voz diciéndome que no podía dejarlo, que sería duro pero al final nuestro matrimonio saldría fortalecido.
Estuve una semana intentando concentrarme en el libro, cosa difícil pues en lo único que pensaba era en Anabel, mantuvimos alguna conversación en la que ninguno de los dos saco el tema, Anabel había cogido un caso muy importante con lo cual iba de reunión en reunión, así que nuestras conversaciones eran escasas y cortas, el día antes de volver los nervios se apoderaron de mi cuerpo, me daba miedo regresar sin saber bien qué Anabel me estaba esperando.
Eran las cinco de la tarde cuando entraba a casa al revés de lo que me esperaba Anabel estaba esperándome sentada junto a la ventana, giró su cabeza al sentirme entrar, hizo un amago de sonrisa que me heló la sangre, conocía bien ese gesto, no estaba bien.
-Hola.- Un simple hola fue su manera de darme la bienvenida, volvió a girar su cabeza para mirar a través de los cristales.
-Pensaba que estarías trabajando.- Deje mi maleta acercándome hasta ella.
-No he ido a trabajar en toda la semana.- Seguía sin mirarme.
-Pero me dijiste...
-Se lo que te dije, pero no era más que una excusa, si quieres saber la verdad.- Se detuvo clavándome los ojos.- No tenía ganas de hablar contigo, le he estado dando vueltas y más vueltas preguntándome qué es lo que había hecho mal.- Me senté en una silla sin acercarme a ella, dejando que sus palabras llenaran el salón mientras que yo buscaba las mías.- ¿Y sabes qué?...no tengo ni puta idea.
-No has hecho nada mal, soy yo el que tiene el problema.- Nuestras miradas se juntaron sintiendo que aquellos ojos verdes se volvían a teñir de rojo; no tenía derecho a hacerle pasar por aquello.
-¿Sigues queriendo seguir con esto?.- Por un momento estuve por parar aquella locura pero lo único que hice fue bajar mis ojos sin atreverme a mirarla.
Apartó un mechón de pelo con cierta rabia.- Piénsatelo, me conoces muy bien y sabes que una vez empiezo no vuelvo atrás, si es eso lo que quieres luego no me pidas que lo deje cuando a ti te interese o no lo soportes, hoy me iré a casa de Ana, quiero que estés solo para que veas lo que es dormir solo en nuestra cama, mañana vendré a las Díez y hablamos.- No me dejo tiempo a responder, se marchó a la habitación y en media hora cerraba la puerta de casa sin despedirse.
Aquella noche fue la primera de muchas noches en las que pasaría solo, ni siquiera dormí me sentía tan estúpido; estuve recorriendo la casa sin saber qué hacer, miraba el teléfono buscando un mensaje, revise todas las fotos que tenía de ella, bebí e incluso saque del fondo de un cajón un paquete de tabaco olvidado, las horas corrían despacio haciendo que me fuera más difícil, deseaba que llegara el día siguiente para volverla a ver.
Sobre las nueve y media sentí la puerta de la entrada, aún con cierta resaca me dije que tenía que ser valiente e intentar que Anabel lo entendiera, que no era más que un paso en nuestro matrimonio, bonitas palabras que no sabía cómo explicar sin causarle dolor, desde la habitación la escuchaba andar por casa, se escuchaban sus tacones; no se había descalzado.
-Buenos días.- Dije al entrar en la cocina.
-Buenos días ¿cómo has dormido?.- Su pelo estaba alisado por completo, sus rizos habían desaparecido creando una media melena, sus ojos estaban apagados sea noche había perdido el brillo que siempre me mostraba al verme.
-No muy bien, no te voy a mentir.- Me acerqué a ella deseando que esa vez no me rechazara, nuestros labios se besaron de una forma fría sin cuerpo, no era más que un saludo sin pasión.
-Pues ya somos dos, siéntate y hablamos.- Anabel separó una silla al lado suyo para que me sentara.- No sé qué hacer Alonso, durante toda la semana he luchado conmigo por no dejarte, por cojer mis bártulos e irme, luego me decía que cómo hacerlo si de verdad te quiero y sé que tú me quieres, sé que puede ser difícil ser mi pareja, no es fácil que una pareja como la nuestra pueda durar, nos llevamos diez años, yo soy mulata y tu blanco como la leche.- Anabel dijo aquellas palabras con humor y sé que con cariño.- Pero eso jamás nos impidió querernos, hemos aguantado los cuchicheos tanto de tu familia como de la mía, siempre dijimos que era nuestra vida y al que no le gustase que se aguantara, hemos creado un hogar, también pensé que quizás tendríamos que haber tenido un hijo, quizás fue mi culpa, siempre pensando en mi carrera y luego en el trabajo.- Unas lágrimas volvían a descender por sus mejillas, intenté abrazarla pero me rehuso.- No,no, pero ahora estamos en este punto, no sé que es lo que pasa por tu cabeza, ni tampoco creo que esto nos vaya a ayudar, pero si es lo que quieres lo haremos.- Anabel giró su cara para ver mi rostro.- Pero lo vamos a hacer con mis condiciones, ¿estás de acuerdo?.
-Lo que tú quieras.- Mis manos sujetaron la suyas intentando traspasarle confianza.
-He hablado con Ana, tampoco lo entiende pero no se quiere meter, me comentó de un local de intercambios, creo que sería bueno empezar por ahí, podemos ir tomar unas copas y...- Anabel no se atrevía a decir las palabras.- Bueno no se, todo esto me parece una locura.-Sus manos fueron a su cabeza mesando sus cabellos.- Mañana volveré al gimnasio, necesito volver a correr porque sino me volveré loca, me tengo que ir a trabajar.- Sus manos volvieron a sujetar mi cara y mirándome fijamente.- Te quiero demasiado no lo olvides pase lo que pase, y si lo nuestro...se rompe quiero que sepas que no será por mi culpa o porque haya dejado de quererte.- Sus labios me besaron esta vez con amor.- También quiero que dejes la bebida, necesito encontrarte entero cuando está locura termine.
No sé el porqué pero me sentí feliz, por un momento pensé en lo peor y no podría culparla de dejarme, quizás me lo mereciera, decidí darme una ducha y salir a dar una vuelta por la zona del Rabal, zona de Barcelona donde la mayoría de gente era emigrante, necesitaba centrarme en mi libro e intentaba tapar el miedo que sentía con el hecho de ir a un local de intercambios, desconocía ese mundo y lo que más miedo me daba era pensar en el momento en que Anabel estuviera con otro...¡follando!, me obligué a pronunciar esa palabra en voz alta.
Se había levantado un día soleado eso permitía caminar sin rumbo intentado impregnarme de aquel ambiente, veía a marroquíes acarreando mercancías, las típicas barberías de los paquistaníes donde se juntaban solo hombres, al final terminé paseando por el puerto e inconscientemente Anabel volvía una y otra vez a la mente, eran las dos cuando el teléfono tembló en mi bolsillo, al mirarlo era Ana, al momento supe que aquella llamada no era fruto de la casualidad.
*¡Ana!
*Hola Alonso ¿cómo estás ?.- Noté cierta preocupación en su voz.
-Bien, bien¿y tú?
-Bien...-Podía notar sus nervios a través del teléfono.- Me gustaría que habláramos...no se, si tú quieres podemos comer hoy.
-Si claro, estoy en el puerto, puedo coger mesa en el Marisquero¿va bien?
-Perfecto, si te va bien en media hora estoy ahí.
-Te espero.
Sabía perfectamente que Ana estaba preocupada por nosotros, era casi de la familia y todo aquello seguramente la perturbaba, Ana era compañera de Anabel, cuando su Carlos su marido la dejo calló en una depresión , Anabel y yo la acogimos en casa hasta que después de medio año volvió a ser ella, desde entonces paso a formar una parte muy importante de nosotros.
Había escogido una mesa en la terraza con vistas al Mediterráneo, el turismo se había apoderado de la playa, unos más y otros menos pero todos acabarían el día con el color gamba y seguramente no pasarían una buena noche al notar él quemazón de sus cuerpos, pero para eso eran turistas; playa, paella y muchas cervezas.
-¡Alonso!.- Ana me sorprendió mirando al infinito por encima del mar, llevaba su traje formal, ligera americana, camisa blanca y pantalones negros, lo único que destacaba eran sus zapatos de tacón alto y su melena rubia sujeta en una cola de caballo.
-¡Ana!.- Me levanté para darle dos besos, Ana me abrazó con fuerza, su perfume de lavanda y el olor a tabaco se mezclaron con mi colonia.
-¿Te parece si pedimos?, tengo una reunión en menos de una hora.
-Perfecto.- Dije levantando la mano para llamar la atención del camarero.
Ana tomó un sorbo de su copa con sus ojos puestos en mi, conocía esa mirada y sabía que estaba ordenando sus palabras, dándose tiempo midiéndome.
-Sabes que os quiero a los dos.- Dejo su copa despacio sobre la mesa y pasando las manos sobre la mesa busco las mías.- No sé que es lo que te está pasando...lo siento...no lo entiendo, Anabel te ama con locura, y me consta que tú también, estoy aquí porque quiero que estés seguro de que estás a punto de abrir la caja de Pandora, piensa que si sigues por ese camino jamás volveréis a ser lo mismos.- Ana apretaba mis manos con fuerza sintiendo el frío que se apoderaba de mi, por supuesto que desconocía lo que nos esperaba pero lo necesitaba, necesitaba mirar a la cara a mi mujer y saber que no había nada que reprocharme, que éramos uno sin cortapisas, que nuestras miradas fueran francas.
-Desconozco lo a donde nos lleva esto Ana, pero creo que es necesario, un día quizás nos volvamos a sentar en este mismo lugar y nos reiremos de todo esto, podré mirarla a los ojos y sentir que esta plena sin nada que pueda desear o echar de menos.- Apreté sus manos intentando coger fuerza, quería creer mis propias palabras.
-Creo que es una locura...-Ana negaba con la cabeza.- Le comenté que podríais ir a un club de intercambios, yo he ido alguna vez¿qué?, yo soy divorciada y tengo derecho a pasármelo bien.- Dijo sonriendo al ver mi cara de sorpresa.- Pero quiero que sepas que te será duro, allí se va a follar, quiero que te quede claro, lo no seres los mismos después de ese día, a ver no es necesario follar.- Ana intentó tranquilizarme al ver cómo mis ojos demostraban cierto miedo.- Puedo avisar a un amigo, ya me entiendes...alguna vez que otra hemos estado juntos en el local, solo puedes ir con pareja, creo que sería el indicado para ya sabes...-Ana dejo las palabras en el aire.- Ya que estáis dispuestos a dar el paso mejor hacerlo con alguien de confianza.- Ana dejo su teléfono sobre la mesa.- No le he dicho nada, aún estás a tiempo de echarte atrás, si decides seguir iríamos los cuatro, ¿hago la llamada?.- Ana me enseñó el teléfono esperando la respuesta, por mi cabeza pasaron un millón de cosas, desde el primer día que vi a Anabel pasando por nuestra boda en los juzgados y nuestras vacaciones en Tenerife tostando nuestros cuerpos en la playa, pero no pude echarme atrás y simplemente afirme bajando mis párpados igual que si me sometiera, Ana se levantó de la mesa alejándose un poco de la mesa, vi como sonreía hablando con el que Anabel quizás me iva a ser infiel, o no, eso no era...¿cómo llamarlo?; cuernos consentidos.



   
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