Año nuevo, vida nue...
 
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Año nuevo, vida nueva (Marisa, la esposa del guardia civil)

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José
(@quique)
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                                    Ocurrió sin buscarlo

Hace la tira de años estaba yo en una joyería mirando unos pendientes de oro para regalarle a mi madre por su cumpleaños Como los pendientes que me estaba mostrando la dependienta costaban más de las mil pesetas que llevaba, le dije:

-¿No tiene algo más barato?

No le dio tiempo a responderme porque entraron en la joyería dos hombres enmascarados. Uno de ellos, pistola en mano, dijo:

-¡Isto é um asalto!

El más alto, que levaba un puñal en su mano izquierda, se fue a la trastienda, donde estaba el dueño de la joyería y la caja fuerte, que estaba abierta, lo amordazó y lo ató, el otro amordazó y ató a la dependiente y arramblaron con todo lo que consideraron de más valor. Luego se fueron a toda prisa.

Le estaba quitando la mordaza a la dependiente cuando pasó por delante de la joyería una pareja de guardias civiles. Entendieron que la estaba amordazando y la hostia que me cayó dio con mis huesos en el piso.

La dependienta les dijo lo que había sucedido, pero no fue suficiente. Acabé en el cuartel de la guardia civil.

Era un día de verano del mes de agosto, pero ni os podéis imaginar el frío que recorría mi cuerpo al verme sentado en aquella silla de un pequeño cuarto y teniendo delante a un guardia civil, alto y doble. Parecía un armario empotrado de cuatro puertas, un armario empotrado que gastaba un tremendo bigote y que además tenía cara y voz de asesino, y por si esto fuera poco, estaba casado con la hermana más joven de mi madre y a mí nunca me había tragado porque yo era guapo de cara y él era un espantajo. Me preguntó:

-¡¿Quiénes eran tus compinches?! 

-Yo no conocía a esos dos portugueses, Francisco.

Me cayó una hostia que me tiró de la silla.

-¡Don Francisco! Si no los conoces. ¿Cómo sabes que eran portugueses?

-Porque hablaban portugués.

-A mí no me engañas, chorizo. ¡¿Quiénes eran?!

Acojonado como estaba, y sabiendo que dijera lo que dijera me iba a dar igual, primero me cague en su puta madre, en mi interior, y luego, le dije:

-Uno se llamaba Mortadelo.

-¿Y el otro?

-Filemón, y el jefe de la banda es el intendente Vicente.

Me cayó una hostia, más grande que la que me había caído en la joyería, aunque fue la última, ya que por suerte, para mí, habían atrapado a los atracadores y así se lo hizo saber otro guardia civil al bicho asqueroso. El muy cabrón, en vez de disculparse, me dijo:

-Tira para casa y piensa en esto: Si te di de hostias sin comerlo ni beberlo... ¿Qué no te daré si un día te lo comes o te lo bebes?

Me fui a casa y no comenté nada de lo que me había pasado, y no lo hice porque mi padre tenía una escopeta de cartuchos y era de gatillo fácil. Se la sudaba que Francisco fuera guardia civil. Seguro que se lo cargaba, y después no tendríamos que comer.

María Luisa, a la que llamaban Marisa, que era mi tía, y la mujer de Francisco, tenía veintiséis años y era morena, de estatura mediana, preciosa, delgada, con tetas pequeñas, tirando a medianas, y culo redondito.

Francisco era celoso, machista, borracho y maltratador. Al estar borracho le pegaba a su esposa, y como nuestra casa quedaba a unos cien metros del cuartel de la guardia civil, más de una noche vino a dormir con nosotros. La casa era pequeña. Ella dormía en mi cuarto y yo iba a dormir en un catre. 

Lo que os voy a contar no fue una venganza contra mi tío por las hostias que me dio, fue porque tenía que pasar, y pasó, aunque ya había poder pasado una noche que me levanté para ir a mear. Os cuento. Abrí la puerta del váter y la encontré sentada en la taza acariciando las tetas con una mano y rascando el coño con la otra. Ella no me vio porque tenía los ojos cerrados y yo no me atreví a entrar y atacar, más que nada porque no sabría que hacer con ella.

Pero como ya os he dicho, tenía que pasar y pasó. Fue una noche calurosa en la que mi tía llegó a casa con un ojo morado. Mi madre, le dijo:

-Tienes que dejarlo, Marisa, un día te va a dar un mal golpe y te va a mandar para el otro mundo.

-Me buscaría y me encontraría, ese uniforme le da mucho poder.

Estuvieron hablando un buen rato y después ella se fue a mi habitación y yo al catre.

Hacía un calor insoportable y a las dos de la madrugada aún no había pegado ojo. Había dejado olvidado el paquete de tabaco y el mechero encima de la mesilla de noche. Entré en mi habitación sin hacer ruido. La ventana estaba abierta y la luz de la luna iluminaba a mi tía. Estaba desnuda. Su cuerpo estaba cubierto de sudor, sus tetas tenían los pezones erectos. Su coño tenía una hermosa mata de vello negro, como negro era su cabello, cabello que se esparcía sobre la almohada y sobre la cama. El empalme fue instantáneo. Fui al lado de la cama. Saqué la polla y comencé a menearla mirando para sus tetas y para su coño. Debí hacer ruido porque Marisa despertó y me vio con la polla en la mano. Se incorporó, y en bajito, dijo:

-¿Cómo te has atrevido?

-eas que estás muy buena..

Me metí en la cama.

-¿Te has vuelto loco?

-Sí, por tu culpa.

Se levantó de la cama y jugó conmigo a la ratita y al gato, moviéndose sin parar.  Cuando se inclinaba para poner las manos en la cama las tetas le colgaba y mi polla bailaba el Can Can. No dijo nada más hasta que me quité los calzoncillos.

-Tapa tu gordito y vete, loco.

-No me voy a ir sin mojar.

-Si no te vas, llamo a tu madre.

-También vendría mi padre y te vería desnuda. No la vas a llamar.

La acorralé contra a la pared. Tapando parte de las tetas con un brazo y el coño con la mano del otro, me dijo:

-Vete de aquí, Quique.

Quise besarla, y para evitar que lo hiciera, se giró hacia la pared y me dio la espalda.

-Vete.

Le metí las manos debajo del brazo y le magreé las tetas, al tiempo que mi polla se metía entre sus piernas. 

-Deja de hacer que me follas y de tocarme las tetas.

-¿No te gusta?

-No, no me gusta.

-Es que no sé cómo se hace. ¿Me ayudas?

-No digas barbaridades y para ya.

-No puedo parar, me gustas mucho.

Le di buscando el agujero. En mi vida había visto un  coño, pero sabía que allí tenía que haber un agujero donde meterla. Al final atiné, pero en el agujero equivocado.

-¡¿Qué haces, cabrito?!

-Te jodo.

-De eso no hay duda.

Me corrí dentro de su culo, creyendo que era el agujero de su coño,  y después seguí metiendo. Me preguntó:

-¿Es tu primera vez?

-Sí.

-Acaba pronto y no hagas ruido.

Le di caña... Cuando me volví a correr, sentí como apretaba mi polla lo que yo creía su coño, y también vi cómo le temblaban las piernas y como gemía. Pensé que le había hecho daño y le quité la polla.

-Lo siento, no quise lastimarte.

Se dio la vuelta y ya no se tapó con las manos.

-Sí lo sabías, sabías bien que me la estabas metiendo en el culo.

-¡¿Eso hice?!

-No te hagas el tonto.

-No me hago el tonto, ayúdame a encontrar el sitio correcto.

-No soy una puta.

-Ya lo sé.

Le mamé una teta, y como hizo nada por evitarlo, le mamé la otra. Me agarró los huevos, y me dijo:

-Te dije que acabaras pronto.

-Es que quería beber leche de tus tetas, pero no salió.

-Lo que te va a salir es un dolor de huevos si no dejas de...

Le callé la boca con un beso.

-Mira que aprieto.

Me jugué los huevos volviéndola a besar, esta vez la besé en el cuello.

-Enséñame el sitio correcto, tía, enséñame.

-No me pidas imposibles.

-Imposible es que seas más guapa, que estés más buena y que te desee tanto nadie como te deseo yo.

Le di un beso en el ojo en el que su marido le había dado el golpe.

-No vuelvas a hacer eso que me ablandas.

La volví a besar en el ojo dañado.

-Ya me has ablandado.

Marisa me acarició los huevos. Luego se volvió a poner  cara a la pared, me agarró la polla, echó el culo hacia atrás, me la puso en la entrada del coño y me dijo:

-Es aquí, empuja.

Empujé, la polla entró como un tiro y me corrí dentro de su coño. 

-Si no llego a ser estéril...

Sin dejar de magrearle las tetas, le di caña... Al correrme por tercera vez, sentí como su coño ahorcaba mi polla y vi como todo su cuerpo se sacudía. Le pregunté:

-¿Qué te pasa, Marisa?

Con voz temblorosa, me respondió:

-Me estoy corriendo.

-¿Antes también te corriste?

-Sí, antes también me corrí.

Al acabar de corrernos, y sudando como dos cerdos, me dijo:

-Ahora vete.

-Pero aún tengo ganas.

-Yo también, pero es mejor que nos hagamos una paja a que nos descubran.

Me fui, y en el catre me hice una paja.

                               El viejo Antón

El viejo Antón era un solterón, borracho, medio putero, medio maricón, del que decían que en sus buenos tiempos se tirara a media aldea, entre hombres y mujeres, y decían que había follado tanto porque era vidente y sabía donde meter, y con quien meter. Ahora, si le llevabas una botella de coñac, o le dejabas que te la mamara, te instruía sobre lo que quisieras sobre jodienda.

Su casa era la última de la aldea y estaba cerca del monte. Lo encontré en la puerta de su casa debajo de la parra, donde las uvas ya habían cogido color. Estaba sentado en una silla liando un cigarrillo. Al verme con la botella de Veterano en la mano, me dijo:

-Te estás metido en un terreno muy peligroso, Quique.

-No hay terreno peligroso si se sabe donde y cuando pisar. 

Le di la botella de coñac.

-¿Qué quieres saber?

-A ver si lo adivina.

-Quieres que te enseñe echarle un polvo a una mujer, pero que sea un polvo que nunca olvide.

-Eso es lo que quiero.

-¿Y traes una libreta y un  bolígrafo para tomar nota?

-Sí.

-Vete tomando nota. Es fácil echarle un polvo inolvidable a una chavala, pero muy difícil echárselo a una mujer casada, y aún má difícil hacerle el amor a cualquiera de ellas.

De adivino tenía poco, estaba tirando de mí a ver si me sonsacaba a quien quería follar.

-Usted explíqueme cómo echar un polvo inolvidable.

-Siéntate que la cosa tira para largo.

A ver como cuento esto sin aburrir. Me enseñó punto por punto, con dibujos en la liberta y con explicaciones, como hacer que una mujer se muriese de placer. Fue todo tan detallado que salí de allí, empalmado, salí empalmado porque quise, pues el viejo, al ver el bulto en el pantalón,  quiso bajármela a mamada limpia, y yo de eso con un hombre, como que no.

                                  Marisa sintió curiosidad

Eran algo más de las cinco de la tarde del último día del mes de agosto. Salí de mi casa con un saco para ir a pillar piñas al monte. Pasé por delante del cuartel de la guardia civil mi tía Marisa, al verme, me dijo:

-Espera que voy contigo y también estiro las piernas.

Fuimos al monte y empezamos a coger piñas. Detrás de ella, y mirándole para el culo, le dije:

-Tía.

Sin enderezarse, giró la cabeza y me preguntó:

-¡¿Qué quieres?!

-Echarte un polvo inolvidable.

-Inolvidable sería para ti.

-Y para ti.

Se lo tomó a broma.

-Si apenas sabes donde se mete.

Me hice el interesante.

-¿Quieres correrte siete u ocho veces?

Se enderezó y me miró raro.

-¿Qué has bebido, Quique?

-No he bebido nada, estoy seco, y por eso quiero beber de ti.

Marisa no se creía lo que estaba oyendo.

-¿De mí? ¿De dónde?

-De tu coño, quiero comértelo y beber de él cuando te corras.

Marisa sintió curiosidad.

-¿Con qué?

-Con la lengua.

-Una mujer no se corre así.

-Tu marido no sabrá comerlo.

-Francisco nunca me pasó la lengua por el coño.

-No se trata de pasarla, se trata de saber pasarla.

-¿Y a ti quién te enseñó a  comer un coño?

Le mentí.

-Se dice el pecado, no la pecadora.

-¡¿Estabas haciendo el tonto cuando me la metiste en el culo?!

Le volví a mentir.

-Y no te puedes imaginar el trabajo que me costó no comerte el culo antes de meterla.

-O sea, que me diste por el culo porque te gusta.

-No me gusta, me encanta.

-¡Serás cabrón!

-¿Quieres que te dé un anticipo?

-¿De qué?

-De lengua.

-¿En el culo?

-En el culo y en el coño.

Recogió una piña, la metió en el saco y luego me dijo:

-No, es muy peligroso, estamos en monte abierto y podría vernos cualquiera.

-No creo que venga nadie.

-Eres un demonio.

Se puso detrás de un pino manso de más de cien años, y me dio el culo, luego subió el vestido, bajó las bragas hasta las rodillas y me dijo:

-Lame mi culo a ver qué se siente.

Me arrodillé detrás de ella. Le separé as nalgas con las dos manos y le di tal repaso a su ojete que su coño acabó goteando y ella diciendo:

-Creo que me voy a correr.

-Date la vuelta que te voy a comer el coño.

Se dio a vuelta. Me echó las manos a las axilas, me puso en pie y me besó. Al sentir su lengua en mi boca, casi me corro. Hice todo lo que me había dicho el viejo Antón. Chuparle la lengua, lamérsela, darle la mía a lamer y a chupar... El beso fue de película porno. Luego me cogió la cabeza y me la llevó a su teta izquierda, lamí su pezón y areola. Magreando ambas tetas, la chupé y luego mordí el pezón, sin fuerza. Lo estaba mordiendo cuando me llevó la cabeza a la teta derecha, donde le hice lo mismo que en la izquierda. A continuación me puso las manos en los hombros e hizo que me volviera a arrodillar. Le abrí el coño con dos dedos. Estaba cubierto de jugos. Lamí lentamente, de abajo a arriba. Marisa comenzó a gemir. Cuanto más gemía ella, más aceleraba yo las lamidas. De repente comenzó a sacudirse y cayó sobre mi hombro izquierdo como si fuera un fardo. La sujeté. Al acabar de correrse, la volví a poner en pie. Tirando del aliento y arreglándose el cabello, me dijo:

-No había sentido algo tan dulce y la vez tan guarro en toda mi vida.

Se arrodilló, me sacó la polla, la metió en la boca, la mamó unas seis o siete veces y ya le llené la boca de leche.

Al acabar de tragar, se limpió la boca con el dorso de la mano, y me dijo:

-Con esta mamada se acabó mi insensatez. 

-¿No volveremos a hacer cochinadas?

-No.

-¿Por qué?

-Porque esta locura nos puede traer la desgracia.

Dos meses después, Francisco, fue destinado al cuartel de Zaragoza y mi tía se fue con él. Quince días, más tarde, Francisco, conoció a una mujer y dejó a mi tía. Marisa volvió al pueblo y se instaló en la que fuera la casa de sus padres, y que ahora estaba vacía.

                              La noche de fin de año

Era el día de fin de año. Marisa iba a tomar las uvas conmigo, pues mis padres habían recibido dos billetes de ida y vuelta para ir a  Dortmund a pasar unos días con mi hermano Julio, su mujer, y sus dos hijos pequeños.

Marisa llegó a mi casa a las diez y media de la noche. En la radio, unos niños cantaban un villancico. La cena ya estaba lista, la había hecho yo, aunque solo había tenido que hornear las vieiras y asar el conejo, pues las centollas, los langostinos y las cigalas ya los había dejado cocidas mi madre antes de irse.

Marisa había llegado a la cocina con un vestido largo de color negro, de escote en V, unos zapatos negros de tacón de aguja y con un chal negro y blanco sobre los hombros. Al verla, le dije:

-Estás preciosa.

Sonrió, dio un giro de trescientos sesenta grados y me preguntó:

-¿Te gusta mi vestido?

-Me gustas más tú.

-A mí me gusta lo que  has puesto sobre la mesa.

Sobre la mesa, encima de un mantel de flores, estaba una fuente con langostinos, otra con cigalas, otra con dos centollas, el pan, el vino blanco y el tinto, las servilletas, los vasos y la cubertería.

-Siéntate a la mesa que voy a sacar las vieiras del horno.

Se quitó el chal, lo puso en el respaldo de la silla, después se sentó a la mesa, y me dijo:

-No has debido hacer tanta comida.

-Además de lo que ves y de las vieiras hay conejo, y melocotón en almíbar de postre.

-¡Que barbaridad!

-Más vale que sobre, a que falte.

No voy a aburrir más con la cena. Solo os diré que nos pusimos las botas. 

Más tarde, después de poner las uvas en dos platillos, le pregunté:

-¿Al acabar de de tomar las uvas vas a dormir aquí o te irás para tu casa?

No me respondió a la pregunta.

-Pilla el plato y vamos para la sala que ya van a dar las campanadas en el reloj de la puerta del sol.

Cogió su platillo yo cogí el mío, fuimos a la sala, encendimos la televisión, que era en blanco y negro, nos sentamos en dos sofás y tomamos las uvas oyendo las campanadas. Al acabar de tomarlas, le dije:

-Feliz año nuevo, Marisa.

-Feliz  año nuevo, Quique.

Regresamos a la cocina, y luego de brindar con champán, le pregunté:

-¿Qué colonia es la que te has echado?

-Agua fresca de Azahar. 

-Huele de maravilla.

Cambió de tema.

-Tengo calor.

-La cocina de hierro es lo que tiene, da mucho calor.

Apaga la radio que los villancicos no casan con lo que viene.

Apagué la Grundig y le pregunté:

-¿Qué es lo que viene?

-Bájame la cremallera del vestido.

Dejé la copa sobre la mesa. Me puse detrás de ella y le bajé la cremallera del vestido. Se giró, posó su copa en la mesa, se  quitó el vestido  y quedó completamente desnuda. Luego de poner el vestido sobre el chal, abrió lo botones de mi camisa, me bajó los pantalones, me quitó los zapatos y los calcetines, por último me quitó los calzoncillos y me dejó en pelotas. Lo que vio fue a un joven bien parecido, musculoso y con la polla erecta, una polla, no muy larga, pero gordita.

-Estás para comerte.

-Tú no estás para comerte, estás para devorarte.

Rodeó mi cuello con sus brazos, me dio un pico, dos, tres, cuatro, cinco, y después metió su lengua en mi boca. Con mi polla erecta entre sus piernas, nos comimos las bocas. Luego le eché las manos a las tetas y se las magreé y se las comí. De comer sus tetas pasé a devorarlas. Marisa se puso perra y quiso cumplir una de sus fantasías: 

-Nunca me echaron un polvo sobre una mesa.

-Pues esta noche te lo van a echar.

La levanté cogiéndola por las axilas y la senté sobre la mesa. Quité los dulces, el champán y las copas. Al tener la mesa limpia, se echó hacia atrás.

-Dame placer como nunca me han dado.

Comiendo primero su boca y después sus tetas, le metí dos dedos dentro del coño y la masturbé, la masturbé de una de las maneras que me había dicho el viejo Antón, acariciando con las yemas de los dedos la pared superior de su vagina, lento al principio y más aprisa cuando sus gemidos y su cara me lo indicaron, y funcionó. Se corrió como una bendita.

-¡Me muero de gusto!

Al acabar de sacudirse y de gemir, le quité los dedos del coño, le enterré la lengua en la vagina y luego le limpié el coño de jugos a lametada limpia. Marisa me acarició la cabeza, y me dijo:

-No pares, no pares, haz que me corra otra vez.

Era mi momento estelar. Iba a lucirme, iba a poner en práctica todos los conocimientos adquiridos. Lamí su clítoris con la punta de la lengua, luego hice movimientos circulares sobre él con la punta de la lengua. A mi tía le hacía falta poco para correrse.

-¡Me va a venir!

No dejé que se corriera. Le abrí el coño con dos dedos y lentamente lamí sus labios vaginales, primero uno y después el otro. Acto seguido, aun con más lentitud, fui enterrando mi lengua en su coño, luego hice que pusiera los pies sobre la mesa, le levanté el culo y le lamí el ojete. Esta vez no me avisó. Su coño, como si fuera la boca de una llama, me escupió en la cara, y no una vez, me escupió cinco veces. Mi tía, sacudiéndose y gimiendo, se corrió diciendo:

-¡Me matas de gusto!

Al acabar de gozar, se sentó en la mesa, estiró los brazos, me puso las manos en la nuca, sonriendo y respirando con dificultad, me dijo:

-Nunca me follaron de pie.

Me acerqué a la mesa, le eché las manos al culo. Se colgó de mí. Eché la mano a la polla, se la froté en el coño y después se la clavé hasta las trancas. A continuación la folllé subiéndole y le bajándole el culo. Mi tía me lamía y me chupaba el cuello, al dejar ella de lamerlo y chuparlo, se lo lamía y se lo chupaba yo. No pesaba mucho, pero cansaba, así que la arrimé a la pared para darle con más estilo y hacer que se corriera. Al rato se corrió. 

-¡Me corro, me corro, me corro!

Al quitársela del coño y ponerla en el piso, me dijo:

-Tengo sed.

-La botella de champán está casi llena.

Me echó la mano a la polla.

-Mi sed es de leche.

Se puso en cuclillas, lamió el glande, luego lamió de abajo arriba por todos los lados del tronco, después metió la polla en la boca... Me hizo una mamada tan rica que cuando me corrí acabé con los ojos en blanco y las piernas temblando.

Debía de tener sed, ya que se tragó hasta la última gota de leche.

Nos tomamos un descanso, en el que comiendo algo de dulce y bebiendo champán, me contó algo de su vida matrimonial.

-... Cada vez que me la metía en el culo era para vejarme, pero lo más curioso es que me acabó gustando y de las lágrimas del principio, pasé a correrme como una cerda.

Quitándole el papel a un polvorón, le pregunté:

-¿Lo querías?

Luego de echar un trago de champán, me respondió:

-Cuando me casé, sí. Ahora dime tú. ¿Quién fue la primera mujer que follaste?

Echando otra copa de champán, le dije la verdad.

-Fuiste tú.

A mi tía no le salían las cuentas.

-Pero...

-Todo lo que sé de jodienda me lo enseñó el viejo Antón.

No se lo tomó a mal, al contrario, sonriendo, me dijo:

-Cabronazo. ¡Qué engañada me tenías! ¿Le llevaste una botella de coñac, o dejaste que te hiciera una mamada?

-Le llevé una botella de coñac.

-¿Seguro que no le dejaste que te la mamara?

-Seguro, aunque el viejo me la quiso mamar.

-Yo si fuera hombre dejaría que me la mamaran, y creo que se la mamaría a quien me la mamara.

-¿Por qué piensas eso?

-Porque me excita pensarlo. ¿Crees que soy rara?

-Para nada, a mi también me gustaría ver a una mujer comiéndole el coño a otra.

-Yo ya vuelvo a tener ganas.

-Yo ya nací con ganas.

-¿Vamos para tu habitación?

-Vamos para donde quieras.

Se levantó, me cogió de la mano, y yendo hacia mi habitación, me dijo:

-¿Sabes una cosa?

-Si no me dices que cosa es...

-También dejaría que me la comiera otra mujer.

-¿Y se la comerías tú a ella?

-Sí.

                               Año nuevo, vida nueva

Ya en la cama, estando yo boca arriba y mi tía dándome la espalda, se puso a horcajadas sobre mí y con el culo sobre mi polla tiesa, me dijo:

-Haz lo que quieras.

Se la puse en la entrada del coño, y le dije:

-Fóllame.

 Marisa bajó el culo, metió la cabeza de la polla dentro de su coño y movió el culo alrededor un tiempo, luego sacó la cabeza, frotó el coño con ella, y después se metió la mitad de la polla. Volvió a mover el culo alrededor, después la sacó y la volvió a frotar en el coño. Frotándola comencé a correrme en la entrada de su vagina. Corriéndome, la metió hasta el fondo del coño, volvió a mover el culo alrededor y acabé de descargar en lo más profundo de su ser. 

-Me encanta sentir como te corres dentro de mí. Ahora te toca a ti sentir como te baño la polla con los jugos de mi corrida. ¿O la prefieres en la boca?

-La quiero donde tú me la quieras dar.

Me folló su aire. Despacio, aprisa, a cámara lenta, y toda hostia... Cuando estaba a punto de correrse, se dio la vuelta. Con la polla enterrada en su coño y sin moverse, me puso las tetas en la boca.

-Mama, campeón.

Como un campeón le mamé las tetas. Mamándoselas movió su culo de abajo a arriba y de arriba abajo a toda hostia. Casi corriéndose, me dijo:

-¡Dime que la quieres en la boca, dime que la quieres en la boca!

Claro que la quería en la boca.

-La quiero en la boca.

Sacó la polla del coño y se corrió en mi boca, bueno, en mi boca, es un decir, ya que se corrió en mi boca, en mi nariz, en mis cejas, en mis ojos, se corrió en toda mi cara y me la dejó perdida de jugos.

Cuando dejó de gemir y de sacudirme, me limpió la cara con una sábana, y después me preguntó:

-¿Tienes por ahí un cigarrillo?

-Tengo, pero tú no fumas.

-No fumaba, pero de ahora en adelante, entre polvo y polvo me voy a fumar un cigarrillo.

-¿Y eso?

-Año nuevo, vida nueva.

                           Mi prima Angelines

Volvía a la habitación con el tabaco y el mechero en mi mano derecha y me encontré con mi prima Angelines en la puerta de la cocina. Tenía un matasuegras en la boca. Al verme desnudo, anonadada, lo sopló, el matasuegras se estiró, sonó, luego, mi prima, abrió la boca y el matasuegras cayó al piso de la cocina.

Angelines era una muchacha de estatura mediana, de ojos negros, cabello castaño y largo, aún más delgada que Marisa y tenía las tetas pequeñas y el culo fino. Se llevaba muy bien conmigo y entraba en mi casa sin llamar. Esa noche vestía un jersey de color marrón, un pantalón vaquero y unos zapatos marrones con poco tacón. Miraba para mi polla cuando oímos la voz de mi tía:

-Ahora se te da por probar el matasuegras. Trae el tabaco y deja de hacer el tonto.

Mi prima seguía pasmada. Le tapé la boca con mi mano derecha y la arrastré a la habitación. Mi tía, al verla, se levantó de la cama y me preguntó:

-¡¿Y esta qué hace aquí?!
-Supongo que vino a felicitarnos el año.
-¿Y ahora qué hacemos con ella para que no se vaya de la lengua?
-No sé.
-¿Qué te parece si la follas? Así no le diría a nadie a nada de lo que ha visto.
-Me parece que la debíamos follar los dos.
-No, mejor la follas tú.

Marisa le bajó la cremallera del pantalón, le abrió el botón y después le bajó los pantalones. Angelines no se movía. Le cogió una mano, se la llevó a mi polla, e hizo que la apretara y que la meneara, con la ayuda de su mano. Mi polla se puso dura al momento. Luego, con los pantalones sobre los zapatos, le quitó el jersey. La mano de mi prima, sin que la mano de mi tía la guiara, seguía deslizándose por mi polla, esto me animó a quitarle la mano de la boca, girar su cabeza y besarla metiéndole la lengua en la boca. No me devolvió los besos, pero tampoco cerró la boca.
Marisa le quitó la blusa y el sujetador y al ver sus tetas, dijo:

-Mira qué tetas más bonitas, Quique.

Dejé de besarla, me puse enfrente de ella y le miré para las tetas. Eran del tamaño de las naranjas, redondas como ellas y tenían areolas oscuras y diminutos pezones. Le dije a mi tía:-Tócalas.
-¡¿Yo?!
-Sí, tú. ¿No decías que te gustaría estar con una mujer y que te comiera el coño y comérselo?
-Era una fantasía, además, eso era si me dejara, y este no es el caso.

Angelines salió de su mutismo.

-Te dejo hacerme lo que quieras.

Marisa quiso escaquearse.

-Ya la podemos dejar ir, después de lo que acaba de decir no se puede ir de la lengua.

Yo no la podía dejar ir, el tremendo empalme que tenía no me lo permitía.

Le pregunté:

-¿Y a mí me dejas?
-A ti hace tiempo que te hubiese dejado si me hubieras entrado.

Me puse en cuclillas y después le bajé las bragas. Tenía un coño pequeñito rodeado de una buena mata de vello marrón.

-Mira que chochito tiene, Marisa.
-Ya lo veo.
-Anímate.
-No, cómeselo tú.

Le pasé la lengua por el coño, y con ella pringada de jugos, me puse en pie y besé a mi tía. Su cuerpo se estremeció.

-Cómesela, Marisa.
-No.

Me volví a poner en cuclillas y seguí lamiendo. Angelines le cogió una mano a mi tía y se la llevó a una teta. Lo siguiente que vi fue como se besaban, dulcemente, al principio, y con lujuria después. Al rato, Angelines, se iba a derretir, y lo dijo:

-Me voy a correr.

Marisa se agachó, me apartó, le devoró el coño y en segundos Angelines se corrió en su boca.

Al acabar de correrse y dejar de temblarle las piernas, le echó las manos a las axilas a Marisa, la puso en pie, la besó, e ignorándome, la llevó a la cama. Les sobraron las palabras. Marisa se echó boca arriba sobre mi cama, flexionó las rodillas y se abrió de piernas. Angelines se metió entre sus piernas. Me puse detrás de ella, se la clavé en el coño y le di cera.
La lengua de Angelines lamió el coño de Marisa de abajo a arriba y con dulzura. Mi tía estaba demasiado cachonda para la dulzura, le puso las piernas sobre los hombros, le agarró la cabeza, apretó el coño contra su lengua y se frotó contra ella. Yo la follé a toda mecha y poco después se corrieron juntas. Marisa le dejó la cara como me la había dejado a mí, perdida con los jugos de su corrida, y yo le dejé las nalgas perdidas de leche.

Luego de limpiarse con la sábana la cara y el culo, nos dijo:

-Tengo que regresar, pues le dije a mis padres que me ausentaba cinco minutos para felicitaros el año nuevo. Si me dejan vuelvo con vosotros.

Se vistió, se fue y no volvió, se ve que no la dejaron.

Nosotros seguimos con la festa. Marisa se fumó seis cigarrillos, seis cigarrillos y un puro, el puro antes de las dos veces que le follé el culo.

Quique.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



   
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