Mi nombre es Agustín y en mis tiempos fui un empresario conservero gallego y contrabandista de tabaco rubio. Ahora tengo setenta y tres años y vivo en Puerto Rico. Soy moreno, de estatura mediana y dicharachero.
Me quedé viudo por segunda vez a los cuarenta y un años y con la responsabilidad de cuidar yo solo a una hija taciturna. Les voy a contar algo muy fuerte que sucedió hace treinta años.
Aquel día estaba sentado en el gran salón de mi pazo. Mi hija Camila estaba de pie enfrente de mí. Le dije:
-Deja de limpiar el polvo y siéntate a mi lado que tenemos que hablar.
Mi hija, que era una joven morena, de ojos marrones, cabello negro, largo, recogido en dos trenzas, muy delgada, ni fea ni guapa, y que llevaba puesto un vestido negro de escote subido, se sentó a mi lado con el paño de limpiar el polvo entre las manos.
-Usted dirá.
-Has cumplido la mayoría de edad y no has querido celebrarlo y lo entiendo porque la muerte de tu madre está reciente, pero lo que no entiendo es porque tus palabras conmigo son contadas ¿Qué te pasa, Camila?
-Nada, con usted no me pasa nada.
-¿Y qué te ha hecho el mundo para estar enfadado con él?
-Yo no estoy enfadada con el mundo.
-A ver, Camila, que ahora lleves el luto hasta los pies se podría considerar normal, pero es que desde siempre has llevado vestidos de esa clase, vistes como vestía tu tatarabuela, vas a misa como ella y huyes de los hombres como del diablo, si eso no es estar enfadada con el mundo ya me dirás que es.
-Es una manera de vivir.
-Esa es la manera de vivir de las monjas. ¿No será que te gustan las mujeres?
-¿Cree que a las monjas le gustan las mujeres?
-No me cambies de tema.
-Cambió usted.
-No, yo te pregunté si te gustan las mujeres.
-No me gustan, es más, las evito.
-Que las evitas es verdad, tanto las evitas que no quieres que tengamos sirvientas.
-Me basto yo para cocinar, lavar, planchar y limpiar la casa como se bastaba mi madre.
-Siempre has sido muy misteriosa.
Camila se levantó del sofá.
-Es hora de empezar a hacer la comida.
Los días pasaron y la vida seguía igual, pero un domingo que iba con mi hija a misa la cosa iba a cambiar, y todo fue a causa de un saludo y una sonrisa que le dedicó a Camila un joven forastero, alto, rubio y de ojos verdes. Mi hija no se inmutó, pero algo se movió dentro de ella.
Esa noche iba hacia mi habitación con una botella de coñac Cardenal Mendoza en mi mano derecha y una copa en mi mano izquierda. Al pasar por delante de la habitación de mi hija la sentí llorar. Abrí la puerta, encendí la luz, la vi tapada con una sabana en la cama, y le pregunté:
-¿Qué te ocurre, Camila?
-Nada.
Me acerqué a la cama, puse la botella y la copa encima de la mesilla de noche, y le dije:
-Por nada no se llora.
-Son cosas personales.
Yo, que estaba mamado, me senté en el borde de la cama, saqué el pañuelo del bolsillo, y limpiándole las lágrimas le dije:
-¿Tiene algo que ver con el figurín de esta mañana?
-No tengo ganas de hablar con usted de mis cosas.
-¿Te gusta?
-Ya le he dicho...
La corté.
-Es muy guapo.
-¿Y a mí qué?
-A ti te hace tilín. Quítate el luto y compra ropa bonita.
Camila se empezó a abrir.
-No puedo, papá, no puedo.
-A tu madre no le haces nada llevando luto.
-Lo sé, pero no puedo ponerme ropas como las demás chicas.
-¿Por qué no?
Camila rompió a llorar de nuevo.
-Váyase, no quiero seguir hablando con usted.
Desenrosqué la tapa de a botella y eché un trago de coñac, a morro.
-No me voy a ir sin saber por qué no puedes ponerte ropas adecuadas tu edad.
-¿Por qué bebe tanto?
-Bebo porque me siento muy solo.
-A mamá no la va a olvidar emborrachándose todas las noches.
Me di cuenta de que me había liado.
-No me cambies de tema. ¿Por qué no te puedes poner ropa nueva?
-No se lo puedo decir.
-Tienes las piernas feas. ¿Es eso?
Camila se abrió del todo.
-No tengo las piernas feas, las tengo horrorosas.
-No creo que sea la cosa para tanto.
-Es, es para tanto.
-Enséñamelas.
Mi hija se escandalizó.
-¡No le voy a enseñar nada!
-Si no eres capaz de enseñarle las piernas a tu padre, no vas a ser capaz a enseñárselas a nadie.
-Ya lo sé, por eso lloraba.
-Vamos a ver que es lo que te preocupa.
Le quité la sábana de encima y la vi desnuda. Su piel era muy blanca. Sus piernas eran delgadas y arqueadas, las tetas eran pequeñas, tirando a medianas, y el coño tenía vello abundante. Camila se puso en posición fetal, tapó el coño con la mano derecha y las tetas con el brazo y la mano izquierda.
-¡No quiero que me mire!
-Ya te he visto, tienes las piernas algo arqueadas y tus tetas son preciosas.
-Dice eso porque es mi padre.
-Lo digo porque las piernas algo arqueadas no te hacen menos deseable y tus tetas tienen el tamaño ideal.
-No me hable así que voy a pensar mal.
-Y harías bien en pensar mal, yo ya estoy pensando mal. ¿Te masturbaste antes de llorar?
Camila se puso nerviosa.
-¡Váyase de mi habitación!
-¿Te masturbaste y llorabas de felicidad?
-¡Qué se vaya de mi habitación! Yo no hago esas cosas.
-Si no te masturbaste. ¿Por qué estás desnuda?
-Porque estamos en verano y hace calor. ¡Váyase!
-Te masturbaste.
Camila quiso zanjar la cuestión.
-No podría masturbarme, no sé como se hace.
-No me creo que a los veintiún años aún no te hayas corrido, pero si eso es así hay que arreglarlo.
-¡¡Me está asustando!
-No te asustes, te voy a enseñar a darte placer a ti misma.
Parecía muy asustada.
-¡No se atreva a tocarme!
-Te voy a tocar para que sepas lo que tienes que hacer.
La puse boca arriba.
-¡¿Qué me va a hacer?!
-Cierra los ojos y piensa que soy el joven de esta mañana.
Camila estaba temblando.
-Está más perjudicado de lo que yo pensaba.
-Cierra los ojos y haz lo que te he dicho.
-No voy a tapar
Le tapé los ojos con la mano derecha.
-¡Déjeme!
Le besé el dorso de las manos, manos que cubrían sus tetas.
-¡Váyase!
Lamí entre sus dedos y roce el pezón izquierdo con la punta de la lengua.
-¡¿Cómo me puede hacer esto?!
-Porque sé que te va a gustar.
-Pero es mi padre y cometería un incesto.
-No te voy a penetrar.
-No dejaría de ser un incesto.
Le separé los dedos para lamer bien el pezón, y lamiéndoselo bien lamido, me dijo Camila:
-Es usted un degenerado.
Mamándole la teta, le aparté la mano del coño, le junté los dedos, le estiré el dedo medio e hice que acariciara el clítoris con la yema yendo de arriba a abajo, de abajo a arriba y alrededor.
-Así es como se masturba una mujer virgen sin perder la virginidad.
-Me siento rara.
-Piensa en el figurín, imagina que es él quien te come las tetas.
Mi hija quitó el brazo y la mano de las tetas invitándome a que se las comiera, y fue lo que hice.
Las tetas tenían pequeñas areolas rosadas y los pezones eran gruesos.
Poco después, Camila se corría. Al correrse abrió los ojos, y mientras se convulsionaba se le quedaron en blanco.
Subí a la cama, me metí entre las piernas de mi hija y vi su coño corrido, se lo limpié a lamidas y después le lamí el clítoris con ansia viva. Ni dos minutos tardó Camila en correrse de nuevo.
Al acabar de correrse, con la polla morcillona y empapada de aguadilla salí de la cama, cogí la botella y la copa y antes de irme, le dije a mi hija:
-Ya sabes como darte placer a ti misma. Lo de mamarte las tetas y el coño es para que des el paso adelante con un hombre.
-Lo que me ha hecho no tiene nombre.
-Sí que lo tiene, se llama lección de sexualidad.
La lección de sexualidad, a la mañana siguiente se había convertido en un sentimiento de culpabilidad. Acostumbraba a levantarme a las ocho para abrir mi fábrica de conservas, pero como se me caía la cara de vergüenza ese día me levanté a las siete, así no iba a coincidir con mi hija, ya que ella se levantaba para ponerme el desayuno. No fui a comer ni tampoco a cenar. Estuve hasta las tantas en un bar bebiendo cocas con la esperanza de que cuando llegase al pazo mi hija ya estuviera durmiendo, pero no fue así, me estaba esperando. Cuando llegué al salón tenía cara de enfadada. Desde un sofá, y en bata de casa, me dijo:
-Su cena está en el horno, solo tiene que calentarla.
-No tengo hambre, me voy para cama.
Se puso en pie, y luego me encaró.
-De eso nada. ¿Por qué no ha venido a comer ni a cenar? ¿Por qué no me ha respondido cuando lo llamé por teléfono?
Le dije la verdad.
-Se me caía la cara de vergüenza por lo que te hice anoche. ¿Me perdonas, hija?
Camila habló dándome la espalda y yendo hacia el sofá donde estaba antes sentada.
-No sé si perdonarlo, por su culpa he pecado de pensamiento y de obra.
Se sentó y yo me senté enfrente de ella.
-¿Te has masturbado?
-Me da un poco de reparo hablar de eso con usted.
Ya se me había ido el sentimiento de culpabilidad.
-Tu respuesta me dice que sí. ¿Te has corrido?
-Me cuesta hablar de esas cosas...
-Doy por sentado que te has corrido. ¿Echaste algo de menos?
-Sí, pero no voy a decirle lo qué, porque no estaría bien.
Era fácil de imaginar que había echado de menos, había echado de menos los magreos, las comidas de tetas y la comida de coño.
-Lo importante es que lo hayas pasado bien. Me voy para cama. Hasta mañana, Camila.
-Hasta mañana, papá.
Unos quince minutos más tarde, Camila entró en mi habitación, y como la luz estaba encendida me vio con la polla en la mano. Me tapé con la sábana y le dije:
-La próxima vez llama a la puerta. ¿Qué quieres?
Me respondió con otra pregunta.
-¿Se estaba haciendo una paja?
-Yo también tengo mis necesidades.
Caminando hacia la cama me preguntó:
-¿En quién pensaba?
-Eso no es cosa tuya. ¿A qué venías?
-Venía a decirle que mañana no se marche sin desayunar.
-No te acerques a mi cama que estoy desnudo.
-Por eso me acerco.
Al lado de la cama levantó la sábana y se quedó mirando para mi polla.
-¡Qué grande!
-¡Tira para tu habitación!
-Enséñeme a mamarla.
Me puse nervioso y dije lo que me vino a la boca.
-Eso sería cometer un incesto.
-¿Y comer mis tetas y mi chocho no lo era?
-Estaba borracho, Camila.
-Sí, pero me lo debe por lo que me hizo.
-Por lo que te hice es por lo que no debo enseñarte.
-Yo creo que es al revés.
Razoné con ella para quitarle la idea de la cabeza.
-Saber mamar una polla no te serviría de nada si no tienes a quien mamársela.
-El recuerdo de la mamada me servirá cuando me toque.
-He creado una libertina.
-No se preocupe, ya me masturbaba antes de que me enseñara.
Sus palabras me habían sorprendido.
-¡Me engañaste!
-Tenía que hacerlo, nunca me había tocado nadie ni con un palo.
-¿Cómo te iba a tocar nadie si huyes de la gente?
-Me miro al espejo, papá.
-No eres fea.
-Ni guapa, y tengo las piernas arqueadas, las tetas pequeñas y estoy escuchimizada.
-Tú lo que tienes es poca autoestima.
-¿Y usted me la está subiendo al no querer enseñarme a mamarla?
-Si fueras otra ya te la hubiera metido hasta la campanilla.
-Y no me la metió porque no soy un bombón.
-No te la metí porque eres mi hija.
-Anoche no te importaba, Agustín.
Me puse bravo.
-¡¿Qué manera es esa de hablarle a un padre?!
Mi firmeza se la sudaba.
-La adecuada para un padre que está delante de su hija, desnudo y con la polla tiesa.
Se quitó la bata, y desnuda se echó a mi lado.
-¿Qué hago?
-Poner la bata e irte.
Mi hija se había vuelto una diablesa, lo supe cuando me preguntó:
-¿Qué dirá el cura cuando le confiese lo que me enseñó?
-¡Tú no me harías esa putada!
-¿Qué te apuestas, Agustín?
-Visto lo visto, nada.
-¿Qué hago?
No me quedó más remedio que cumplir su capricho.
-Agarra la polla por la parte debajo con una mano y apriétala.
La cogió por la base con la mano derecha, la apretó y vio que del meato salía aguadilla.
-¿Te estás corriendo?
-No, lame la cabeza de la polla y empieza a subir y a bajar la mano por el tronco sin dejar de apretar.
Hizo lo que le había dicho durante un tiempo.
-Sabes, Agustín, yo también me estoy mojando.
Tras las lamidas de capullo vinieron las mamadas, las lamidas de huevos, las lamidas de polla, y la masturbación lenta y aprisa, apretando la polla y sin apretar... Camila me hizo una mamada como es debido. Al sentir que me iba a correr, le dije:
-Dame más aprisa si quieres ver como sale la leche.
Me dio a toda hostia y vio como salía disparado un chorro de leche, y luego como salían otros con menos fuerza.
Al acabar de correrme quiso correrse ella.
-Estoy encharcada. ¿Me comes el coño, Agustín?
Ya no era su padre, y el chocho había pasado a ser coño. La veía con una confianza como nunca había tenido y no le podía decir que no, pero iba a hacer las cosas a mi manera para que en su próxima paja tuviera algo más en que pensar.
-Voy a hacer algo más que comerte el coño, Camila.
Me metí entre sus piernas, empuñé la polla morcillona, y le froté el capullo entre los labios del coño y en el clítoris. Al rozar el corte de mi meato con el glande de su clítoris oí gemir a mi hija por primera vez.
-¿Quieres correrte así?
-Sí.
Seguí rozando cada vez más aprisa hasta que se corrió como una bendita.
-¡Me corro, papá, me corro, me corro, me corro, me corro, me corro!
Mi hija después de correrse me agarró la polla empalmada y quiso meterla en el coño. Entró la punta tan apretada que si no se la quito se desgracia ella sola.
-No va a ser con tu padre con quien te desvirgues.
-¿Por qué no? Y no me digas que es porque soy tu hija.
Me había quitado las palabras de la boca, así que le dije:
-Porque podrías quedar preñada.
No le hizo mucha gracia, pero me echó la mano derecha a la nuca, me llevó la boca a su coño, y me dijo:
-Si no me das polla, por lo menos dame lengua.
-¿Quieres lengua?
-Sí.
-¿Quieres lengua?
-Sí, quiero lengua.
La puse boca abajo, le levanté su pequeño y redondo culo y la coloqué a cuatro patas, le separé las nalgas y le lamí toda la raja de culo, luego le mordí las nalgas y a continuación le follé el ojete con la punta de mi lengua.
Después de trabajarle el culo bien trabajado, y con el coño goteando con mi saliva y con sus jugos, me dijo:
-Por el culo no quedo preñada.
Tenía que estar bien cachonda para pedirme que se la metiera en el culo, pero como el agujero era muy pequeñito y si se la metía la haría ver las estrellas, le dije:
-No te quiero hacer daño.
Lamí desde su clítoris hasta su ojete la tira de veces, al tiempo que pelaba la polla con la mano derecha. Cuando mi hija se corrió en mi boca y yo derramé sobre la cama, oí como decía:
-¡¡Qué gustazo!!
Al acabar, le dije:
-Esto no se volverá a repetir, Camila.
-Como tú quieras.
Me puse serio.
-Y se acabó tutearme. ¿Entendido?
-Sí, entendido.
Salió de la cama, cogió su bata y se fue para su habitación.
El siguiente domingo fui con mi hija a misa. Camila llevaba puesto un vestido marrón que le daba por debajo de las rodillas y calzaba unos botines a juego. Las viejas la miraban y murmuraban, no sé si porque había quitado el luto antes de tiempo o por su caminar, pues tenía caminar de hombre, o porque sus piernas eran delgadas y arqueadas, sin embargo, la gente joven iba a lo suyo.
Entramos en la iglesia y nos sentamos en un banco. El forastero se sentó al lado de mi hija. Como no había llegado el cura, salí a fumar un cigarrillo para dejarlos solos. Conmigo salió a fumar Eladio, un amigo mío que se había pasado del tabaco a la marihuana, y que me dijo:
-Ten cuidado con ese chulo de playa que se sentó al lado de tu hija.
-Camila ya es mayorcita para saber lo que hace.
-No te lo digo por eso, te lo digo porque es de la secreta, a ver si lo metes en casa y él te mete a ti en la cárcel.
-¿Estás seguro de que es policía?
-Tan seguro como que estamos hablando, me lo dijo uno de mis contactos y me dio su nombre, su apellido y hasta su número de carnet de identidad.
-Hijo de puta.
Apagué el cigarrillo, entré en la iglesia y vi que el cabrón ya estaba sentado en otro banco. Me senté al lado de mi hija y le pregunté:
-¿Cómo es que..?
Me respondió sin acabar de formularle la pregunta.
-Olía mal.
Llegó el cura, nos pusimos todos en pie y con el olía mal había acabado la conversación.
El día transcurrió sin nada reseñable, lo reseñable iba a ocurrir al caer la noche, y comenzó en el salón del pazo, después de cenar y tomando unos cafés.
-¿Me enseña a bailar, papá?
-Claro, se necesita saber bailar para socializar, pero no lo hagas con el forastero.
-¿Qué pasó para que ya no te guste para mí?
-Es policía, y de la secreta.
-Ese no sabe donde se metió, como no se vaya va a acabar mal.
-Le darán un aviso y se irá con el rabo entre las piernas. Por cierto, ¿Qué te dijo en la iglesia?
-Quería saber mi nombre.
-¿Se lo diste?
-No, me tiré un pedo silencioso, de esos que apestan y le dije: "Estás podrido."
No pude evitar reírme.
-¿Eso hiciste?
-Eso mismo.
-¿Y él que te dijo?
-Nada, se fue, y al irse los del banco de atrás lo miraron mal.
-Oye ¿Y por qué reaccionaste así con él?
-Pensé que ya sabía todo de mí, y como no me entraba por lo buena que estoy, solo podría hacerlo por interés. ¿Qué, bailamos?
-Claro, pon algo de música en el tocadiscos.
-Cuando fui a comprar ropa también compré unos discos. Ahora te los enseño.
Fue a por los singles y me los enseñó. Eran: Te estoy amando locamente, de las Grecas. El vals de las mariposas, de Dani Daniel. Soledad. de Emilio José. Tómame o déjame, de Mocedades y ¿Quieres ser mi amante?, de Camilo Sesto.
-Pon el vals de las mariposas.
Puso el disco, le enseñé los pasos y bailamos despacito primero y normal después. A la tercera vez que lo bailamos ya bailaba mejor que yo.
-Ahora el lento. ¿Cuál pongo, papá?
-Menos el de las Grecas, cualquiera.
Puso Tómame o déjame, y con su cuerpo pegado al mío y en medio del baile me besó en el cuello.
-No hagas eso.
No me escuchó. Sus labios se posaron en mis labios.
-No...
Me calló seis veces con sus besos, besos sin lengua, pero tremendamente excitantes por la suavidad de sus labios.
-Quiero que me hagas suya, quiero ser suya para siempre.
-No puede ser.
Me separé de ella, vio mi empalme en el pantalón y se vino arriba.
-Su polla no dice lo mismo.
-Está así con las ganas de mear. Te he dicho que no puede ser, y no puede ser.
Camila no aceptaba un no por respuesta.
-Lo que no puede ser es que me quede con este calentón.
Me senté en el sillón.
-Ni yo ni tú vamos a hacer nada de lo que tendríamos que lamentar el resto de nuestras vidas.
Mi hija iba a piñón fijo.
-O me desvirgo con usted o me desvirgo con el cura.
Sus palabras me descolocaron.
-¡¿Con el cura?!
-Sí, cuando le cuente esta conversación y le diga lo que ya me ha hecho, seguro que se ofrece para desvirgarme él.
-Lo que haría es informar a sus superiores para que me excomulguen, no creo que te jodiera.
-En ese caso el jodido serías tú.
-Ya empezamos con el tuteo.
-No podría tratarte de usted mientras follamos, porque vamos a follar. ¿Verdad, Agustín?
Yo no quería, así que traté de asustarla a ver si cambiaba de opinión.
-Vas a llorar lágrimas de sangre y a chillar como una coneja si te la meto.
En vez de asustarse, se rio y me vaciló.
-¿Cuándo me la metas en el coño o cuando me la metas en el culo?
-Tú ríete, ríete.
-Y tú vete a mear que no quiero sorpresas. Te espero en tu habitación.
Al mear se me bajó la polla, y con ella flácida fui a mi habitación. Mi hija estaba desnuda sobre la cama, con el cabello suelto y en la misma posición que la Venus de Urbino, de Tiziano. Me dijo:
-Quítate la ropa, ven a mi lado y fóllame.
Me desnudé mirándola con seriedad, lo que contrastaba con su sonrisa. Me eché a su lado izquierdo, y le dije:
-Lo que te haga será obligado, así que vete diciéndome donde quieres que actúe.
-Vale, pero haz las cosas lo mejor que sepas.
-No te preocupes por eso.
Puso el dedo medio de su mano derecha en un lado del cuello.
-Aquí.
Le besé el cuello, se lo lamí y se lo chupé.
Giro el cuello y puso el dedo en el otro lado.
-Aquí.
Le hice lo mismo que en el otro lado. Luego puso el dedo en los labios.
-Aquí.
Le pasé la lengua ente los labios. Se sorprendió y echó la cabeza hacia atrás. La sorpresa aún fue más grande cuando le metí la lengua en la boca, ya que abrió los ojos como platos, ojos que luego cerró cuando acaricié su lengua con mi lengua. Acabó lamiendo mi lengua y chupándola luego de chupársela yo. Tardo un mundo de tiempo en poner el dedo encima del pezón izquierdo.
-Aquí.
Le lamí el pezón y la areola y le magreé y le mamé la teta. Camila, entre gemidos, me dijo:.
-Me estoy mojando mucho, mucho, mucho.
Al rato puso el dedo sobre el pezón derecho, se lo besé, se lo lamí, le lamí la areola, le mamé la teta hasta que me apartó la cabeza y puso un dedo de cada mano sobre los pezones.
-Aquí,
Fui de teta en teta lamiendo y chupando... Llegó un momento en que Camila estaba tan cachonda, que ni dedo ni hostias. Me cogió la cabeza con las dos manos, me llevó la boca a su coño, cruzó las piernas en mi cuello y se movió para que su coño se frotase con mi lengua. Ni diez segundos tardó en correrse en mi boca, diciendo:
-¡Qué corrriiiida!
Después de quitar los pies de mi cuello quedó espatarrada, con los brazos en aspa y riendo como una tonta.
-Soy feliz como nunca antes lo había sido, Agustín.
-Pues yo me siento mal.
Miró para mi polla empalmada, y dijo:
-Ya veo. ¿Quieres que te la chupe?
-No, quiero acabar con esto lo antes posible.
Abrí el cajón de la mesilla de noche y cogí una caja de condones y un bote de vaselina y los puse sobre la cama. Mi hija me dijo:
-Eso no estaba ahí hace dos días cuando hice limpieza.
-Es que me temía que de algún modo acabarías obligándome a hacer lo que te voy a hacer. Ponte boca abajo.
Se puso boca abajo y me dijo:
-Dame lengua en el culo que me gusta mucho.
Le acaricié las nalgas con las dos manos y luego le lamí el ojete y le metí y le saqué la lengua de él la tira de veces.
Camila fue subiendo el culo y pasé a lamerle el culo y el coño. Sus gemidos eran ahora como ronroneos de gatita. Poco después me puse un condón, lo lubriqué, y luego le froté la polla en el coño. Camila echó el culo hacia atrás para meter la polla dentro de su coño... Por dos veces logró meter la puntita y las dos veces me aparté, pero a la tercera empujé y le entró la cabeza de la polla en el coño, lo que hizo que estirara las piernas y se quedara tumbada boca abajo.
-¿Te dolió mucho?
-No me dolió, me gustó.
Sabía que me estaba mintiendo. Le separé las piernas todo lo que daban y se la fui metiendo un centímetro, sacando otro, metiendo dos y sacando uno, metiendo tres centímetros y sacando dos, metiendo cuatro..., y así hasta que la polla llegó al fondo del coño. Con toda la polla dentro giró la cara para mirarme y vi que la tenía bañada en lágrimas.
-Tú te lo has buscado. Te la voy a sacar despacito.
-Sácala, pero sácala como la metiste.
Se la fui sacando como se la había metido, y cuando comencé a sacar el glande, me dijo:
-¡Métemela toda!
Se la metí hasta el fondo de una suave estocada. Camila comenzó sacudirse y a gemir y se corrió con una fuerza brutal.
No le quité la polla del coño hasta que se recuperó y me lo pidió.
-Ahora sácala del coño y desvirga también mi culo.
La avisé.
-Te va a doler aún más de lo que ha dolido el ser desflorada.
A mi hija había que echarle de comer aparte.
-Me gusta esa clase de dolor.
-Has salido bien...
-¿Puta?
-Sí, bien puta.
Se puso a cuatro patas. Quité el condón, agarré la polla y le froté el glande en el ojete. Mi aguadilla se fue mezclando con los jugos de la corrida que habían llegado a él. Le metí y le saqué el glande varias veces antes de metérselo todo. Luego le fui metiendo y sacando la polla como se la había metido y sacado en el coño, al tiempo que le magreaba las tetas.
Camila estaba callada como una pared. No miré si estaba llorando de nuevo, pero supuse que sí.
Con la excitante visión de la polla entrando en su culo y con el magreo de sus duras tetas, me fui poniendo perro, pero perro, perro, tan perro me puse que me olvide de a quien estaba follado. Le di a mazo. Camila, en vez de chillar, comenzó a gemir. Le eché la mano derecha al coño y le di más leña. De repente le comenzaron a temblar las piernas y dijo:
-¡Me corro!
A correrse me pringó la mano de jugos, los miré los lamí sin e me viera Al quitarle la polla del culo empezó a llorar.
-¿ Y ahora qué coño te pasa?
-Qué no valgo ni para tomar por culo.
-¿Por qué lo dices?
-Porque no te has corrido.
No podía dejarla con aquella frustración.
Cambiando el condón, le dije:
-Eso fue porque me quiero correr dentro de tu coño.
Dejo de llorar y sonrió.
-¡¿De verdad?!
-De verdad.
Salí de la cama y le dije:
-Ven aquí, gamberra.
Vino a mi lado, la cogí en alto en peso. Rodeó mi cuello con sus brazos, me besó con lengua y luego, mirándome a los ojos, me dijo:
-No me llames gamberra, llámame puta.
Le clave la polla en el coño de un trallazo.
-¿Te excita que te llame puta?
-Si.
Bajándole y subiéndole el culo y sintiendo sus duras tetas bajando por mi pecho, le di a mazo, y no le llamé puta de nuevo, no fue porque no quisiera, fue porque durante toda la follada no quitó ni un segundo la lengua de mi boca. Cuando la quitó fue para echar la cabeza hacia atrás y exclamar:
-¡Me corro!
Yo me corrí dentro de su coño, y hasta hoy, aunque ahora le hago más sexo oral que del otro.
Quique.





