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El gran culo de mi suegra

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José
(@quique)
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Registrado: hace 7 años
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Iniciador del debate   [#1931]

Mi nombre es Emiliano. No es por presumir, pero estoy bueno y de pija no ando mal. Desde siempre me fascinaron las películas en las que había una infidelidad femenina. Me divertían los chismes que contaban mis amigos sobre los cuernos que les metían a sus mujeres, a sus jefes o a otros amigos... Pero no me di cuenta de que en el fondo de mi alma había un cornudo, hasta una mañana que me desperté con una erección tratando de recordar más detalles del sueño que había tenido, un sueño donde mi mujer follaba con un muchacho más joven que ella. 

Mi mujer estaba durmiendo a mi lado, pero eso no me frenó para que comenzara a masturbarme. Debí hacer ruido porque mi mujer se despertó y me pilló con las manos en la masa.

-¿Qué necesidad tienes de eso si me tienes a mí?

-En ti estaba pensando.

Mi mujer, que era de estatura mediana, tirando a alta, morena, de cabello negro y con buenas tetas y buen culo, me dedicó una amplia sonrisa.

-¿Qué me hacías?

-No te hacía yo, te hacía otro.

-¡¿Has soñado que cogía con otro y te calentaste?!

-Sí, he descubierto que tengo vocación de cornudo.

Teresa me agarró la pija.

-Una cosa son los sueños y otra muy distinta es la realidad, Emiliano.

Al ver que mi mujer no se lo había tomado a mal, tiré para delante.

-¿Lo harías y luego me lo contarías con pelos y señales?

-¡¿Estás seguro de quieres que te meta los cuernos?!

-Sí, estoy bien seguro, es más. ¿Sabes con quién me gustaría que cogieras en tu próximo viaje con tus amigos y amigas artistas?

-¿Con quién?

-Con ese larguirucho que sale en las fotos, el joven guapo, el que tiene una sonrisa seductora. 

-Si hubiera sabido esa fantasía tuya ya hubiera cogido con Pablo.

Aquello me interesaba.

-Cuenta. ¿Qué pasó entre vosotros?

Se subió encima de mí, y cabalgándome, me dijo:

-Un día, después de terminar la muestra de pintura nos fuimos de copas a un pub que tenía pista de baile. Allí bailamos pegados y noté en mi ombligo algo gordo y duro. 

-Eso que noto no es un garrote que llevas escondido. ¿Verdad?

-Es un garrote, pero de carne. ¿Lo quieres probar esta noche?

-A una mujer casada de 39 años no le gusta la carne cruda, y menos de un novillo de 23 años. 

Le pregunté:

-¿Y no pasó nada?

-Pasó que me separé de él y me fui a sentar con el resto de las artistas, donde me enteré de que se las había follado a todas. 

-¿Y?

-Y esa noche me masturbé pensando en Pablo.

-Pena que no lo hubieras follado.

Teresa se puso mala de repente.

-Voy a acabar, Emiliano.

-¿Quieres acabar en mi boca?

-Quiero acabar donde tú quieras.

-Piensa en el larguirucho mientras te la como.

Mi mujer sacó la pija de la concha cubierta de jugos, la chupó y luego se dio la vuelta y me puso la concha en la boca. Saque la lengua, le eché la mano izquierda a la cintura, y mientras me la pelaba con mi mano derecha, ella frotó la concha contra mi lengua. No tardó en decir:

 -¡Voy a acabar en tu boca, Pablo!

A mí me vino antes que a ella.

-Yo ya estoy acabando.

Dos días después mi mujer estaba haciendo la maleta, ya que iba a hacer otro viaje. Yo estaba sentado en el taburete del tocador. Me dijo:

-Cuando venga mi madre a hacerte la comida y a limpiar la casa no dejes que te gobierne.

-Encima de no cobrar, no dejarme gobernar sería un delito, Oye, y tú vas a...

No hizo falta que acabara de hablar.

-Si se presenta la oportunidad, sí, cojo con él.

Seguimos hablando, pero de cosas irrelevantes.

Al día siguiente, Rosario, mi suegra, una mujer de estatura mediana, de cabello negro y corto, ojos oscuros y maciza, estaba limpiando el polvo en la sala de mi casa. Yo había hecho dos cubalibres. Puse el suyo sobre la mesa camilla y me senté en el tresillo.

-Ahí tiene, Rosario.

Vino a mi lado, con el paño en su mano izquierda, cogió el cubalibre con la mano derecha y se lo mandó de un viaje. Se le nublaron los ojos, frunció el ceño, la cara se le puso como si acabara de comer un limón, y luego dijo:

-¡Cooooooño! ¿Qué le has echado a esto?

-Ron. ¿Se me fue la mano?

-Se te fue la mano, el brazo, el pie y la pierna.

Mi suegra se tuvo que sentar a mi lado porque se había mareado. Le había cargado el cubalibre con idea de ponerla contenta y que así no me gobernara, pero no contaba con que se lo mandara de un viaje.

-¿Se encuentra bien?

-Me encuentro bien jodida. Me has querido emborrachar.

-No.

-Sí que has querido. ¿Con qué fin? ¿Mi hija te dijo que su padre casi no me toca?

-Teresa no me dijo nada.

-En tus ojos veo la lascivia.

-El cubalibre le ha nublado la vista.

-No, veo bien, seguro que mi hija te dijo que a su padre la mayoría de las veces no se le levanta, y te has querido aprovechar de una mujer madura de cincuenta años.

Cogió mi cubalibre y se lo mandó de otro viaje. Mi suegra tenía sesenta años y unas tragaderas impresionantes.

-Va a acabar borracha perdida, suegra.

-Llámame Rosi.

Rosario me echó la mano a la pija. Le dije:

-No juegue con fuego que puede salir quemada.

-Quiero salir quemada.

Se abrió la cremallera de atrás del vestido, se bajó el vestido hasta la cintura, se quitó el sujetador y sus grandes tetas quedaron colgando.

-Tiene que estar muy necesitada para hacer lo que ha hecho.

-No te puedes imaginar cuanto. Come mis tetas.

-Es que...

-Es que si no las comes voy a pensar que ves en mí a una vieja fea y gorda.

La verdad es que estaba desando comerle las tetas, pero me preocupaba que cuando le pasara el efecto de ron se fuera de a lengua.

-No es eso, es que es mi suegra.

Se enfadó conmigo.

-¡¿Primero me ilusionas y ahora te echas atrás?!

-Yo no hice nada para ilusionarla.

-A mí no me pone a tono nadie y luego se raja, o haces lo que te diga o le voy a decir a mi hija que me emborrachaste y abusaste de mí.

A tono la habían puesto los cubalibres, pero como mi mujer me había dicho que follara con otra, o cedía al chantaje, o si le decía lo que me acababa de decir a mí, la creería. Ya la tuteé.

-¿Qué quieres que te haga?

-Dale un buen repaso a mis tetas.

Le cogí las grandes tetas por debajo, las junté, las subí, lamí sus gruesos y largos pezones y lamí y chupé sus oscuras areolas. Me echó la mano a la pija y al encontrarla dura, me dijo:

-No te puedes imaginar el subidón que da saberse deseada cuando una tiene cierta edad. Chupa, Emiliano, chupa.

Me di un atracón de tetas.

-Mamas bien.

Me cogió la cara y después me dio un beso a tornillo que me puso la pija aún más dura de lo que ya la tenía. Luego se puso en pie, se quitó el vestido y las bombachas y vi su cuerpo macizo. Se sentó en el sofá y se abrió de piernas.

-Hazme acabar con la lengua. 

Me arrodillé delante de ella. Tenía la concha más peluda que habían visto mis ojos.  Se la abrí con dos dedos y vi que la tenía anegada de jugos. La lamí y luego lamí su clítoris. Con solo diez lamidas acabó en mi boca gimiendo como una posesa.

Luego de acabar, me dijo:

-Hacía mucho tiempo que no me comían la cocha, por eso acabé tan pronto.

Mi suegra no estaba curada, se había hecho la curada, ya que una mujer curada, o no se corre, o tarda un mundo en hacerlo.

-¿Te llegó o quieres más?

-Acabamos de empezar. Desnúdate.

Me desnudé y al ver mi pija empalmada, me dijo:

-Quiero que me cojas por el culo.

-¿Y por la concha no?

-No, que por la concha puedo quedar preñada.

Los dos sabíamos que la menopausia ya llevaba años con ella.

-¿Y no será por otra cosa, Rosi?

-Vale, me has pillado, es porque tu suegro, a veces, consigue metérmela en la concha estando blanda, pero en el culo no hay manera de que me la meta.

Se puso con los brazos apoyados en el respaldo del tresillo y separó las piernas. Agarrándola por la cintura se la clavé en la concha de una tremenda estocada.

-Vamos a lubricarla.

Al tenerla dentro no quiso que se la quitara.

-Cambié de opinión. Quiero acabar así, pero tú no acabes, guarda la leche para mi culo.

Le di duro. Esperaba que tardase en acabar, ya que recién lo había hecho, pero ni cinco minutos tardó en decir:

-¡Lléname la concha de leche, lléname la concha de leche!

O era bipolar, o me quería volver loco. El caso es que acabando ella, le llené la concha de leche.

A sus sesenta años tenía el lívido de una joven de veinte, ya que cuando se dio la vuelta me echó la mano derecha a la pija y me la mamó con tantas ganas que mismo parecía que se estaba comiendo un chorizo recién sacado de la parrilla.

-Dura, jugosa. ¡Qué verga más rica tienes!

Me la puso dura como una roca, después volvió a poner las manos en el respaldo del tresillo, separó las piernas y me dijo:

-Dale.

Le cogí su gran culo con las dos manos, le abrí las nalgas, le froté la cabeza de la pija en el ojete, y sin más le clavé la cabeza de la pija en el culo. El resto de la pija la metió ella echando el culo hacia atrás.

-¡Qué gusto! Dale calor a mis tetas.

Le amasé las tetas. Mi suegra echó una mano a la concha, y me cogió con su culo. Parecía que me la quería romper, pues echaba el culo hacia atrás con tanta fuerza que mis bolas chocaban con los dedos de su mano derecha. Cogiendo era una máquina. No sé el tiempo que tardó en acabar, pero cuando lo hizo acabó como una loba. Dejó de gemir y mientras se convulsionaba soltó un ruido como si se estuviera atragantando.

-¡Arrrrrrrrrrrrg!

Acabamos juntos. Cuando se giró sacudió la mano, de la que salieron jugos que llegaron a salpicarme.

-Acabé como una reina. Hazme otro cubalibre.

-¿Y quién va a hacer la comida?

-Tengo que tomarme siete cubalibres para que me hagan efecto.

Comenzó a vestirse.

-Me has vuelto a gobernar.

-La próxima vez no habrá mangoneo, la próxima vez vendrás tú a mí.

-¿Y si no voy?

-Vendrás, mi hija no te tiene bien atendido.

Tres días después regresó mi mujer. La recibí en la sala con un beso y con una pregunta.

-¿Lo has hecho?

Mi esposa fue sarcástica.

-¿Cómo estás, Teresa? ¿Qué tal el vuelo? ¿Has hecho un buen negocio? ¿Te llevo la maleta a la habitación?

Agarrando su maleta, le dije:

-Disculpa, pero bien ya veo que estás, por tu sonrisa el vuelo ha sido bueno y el negocio también

-¿Ya has cenado?

-Sí,

-Yo también. Vengo molida y el cuerpo me pide una buena ducha y después quiere cama.

Al rato estábamos en la cama. Mi mujer, que estaba desnuda, me echó la mano al pájaro y empezó a desplumarlo.

-A la pregunta que me has hecho cuando llegué a casa, la respuesta es sí, ya eres un cornudo.-

Me llevé un alegrón.

-Cuenta.

-Cómeme la concha mientras te lo cuento.

Lamí su concha con lentitud.

-Te cuento. Esa noche fuimos de copas a un club. Pablo y yo volvimos a bailar pegados. Sintiendo su pedazo de carne en mi ombligo, le dije:

-Te pones tonto con muy poco.

-Tú pones tonto a cualquiera. ¿Vamos para un sitio donde no nos puedan ver?

-Sabes que soy una mujer casada.

-Las casadas me ponen más.

-Te pone el fruto prohibido.

-Me pone el fruto de otro.

-Eres un cabrón muy atractivo.

-¿Vamos?

-Vamos, un día es un día.

-Fuimos al jardín que tenía el club en la parte de atrás. Allí volvimos a bailar pegados con la música que venía del club. 

Mi esposa me montó y cogiendo conmigo siguió hablando.

-Pablo me besó detrás de una oreja y como bien sabes eso me pone a mil, le eché la mano a la verga, verga que me pareció enorme.  Le bajé la cremallera del pantalón y cuando la agarré, vi que no era enorme, era descomunal. Como no era capaz de quitarla, le bajé los pantalones. Ver aquella maravilla me puso mala, mala, muy mala. Me puse en cuclillas y sin tocarla con las manos, le lamí y le chupé sus grandes bolas, luego le lamí y le chupé el cabezón y después le agarré la verga con las dos manos, la metí en la boca y mamé mientras lo masturbaba a dos manos. Mamando se me fue encharcando la concha, pero para encharcamiento el que sufrió mi boca cuando acabó. Fue tanta la leche que no pude tragarla toda, la última la tuve que escupir.´

Le eché las manos a las tetas.

-Yo ya me voy a correr, Teresa.

-No aguantas nada.

Paró de moverse, y con toda la pija enterrada en su concha, siguió contando.

-Cuando me puse en pie, mi concha tenía tantas contracciones que parecía que hablaba idiomas. Luego de subirse los pantalones, nos fuimos hasta un banco que estaba rodeado de árboles y de flores. Se sentó en el banco y sacó la verga, yo me quité las bombachas, y dándole la espalda me senté sobre su verga. Me costó trabajo meter el glande dentro de la concha, pero una vez dentro, mi concha se fue dilatando y no paré de coger hasta sentir como me la inundaba con su leche. ¡Me voy a correr!

-¡Y yo, y yo!

Al acabar se quitó de encima de mí, y me preguntó:

-¿Cómo te sientes sabiendo que eres un cornudo?

-De puta madre.

Algo de puta tenía la madre, sin lugar a dudas

Quique.

 

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