Cuando vi de reojo que los labios de mi mujer se abrían lentamente y la punta de su tierna lengua volvía a humedecerlos, una y otra vez, entendí que mi mujer se había turbado.
Algo le había removido sus entrañas. Hacía unos años que su feminidad estaba dormida, se había enclaustrado en lo más profundo de su ser desde que el infortunio nos diera donde más nos dolía en los tiempos aciagos de la pandemia. Aquel dolor se había enquistado en ella y no la dejaba vivir en paz, y menos disfrutar de su sexualidad.
La magia había partido de la voz masculina y sensual del cantante mulato cubano, voz que iluminaba el pequeño y romántico salón de fiestas.
Mi mujer siempre había vibrado de una manera especial cuando escuchaba baladas sentimentales, pero a partir de un tono de voz ronca, ardiente, lujuriosa. También me había confesado que su piel se llegó a erizar imaginando que estaba en los brazos de un mulato con un amplio torso. Los había dibujado y pintado tanto que llego a masturbarse con cada obra de arte hecha con las mágicas pinceladas que salían de sus manos.
Los artistas como ella son seres especiales con un instinto de fiera atrapada y de sentimientos profundos, de sentimientos que nunca están a flor de piel y que necesitan de inspiración para salir de las tinieblas que tanto llenan de sombras a las personas sensibles.
Los cantantes con oficio son otro tipo de artistas. Usan una técnica simple, pero efectiva para entregar su arte a una mujer. Eligen los ojos, ponen los suyos sobre los labios de su presa, y luego les cantan centrándose en la mirada furtiva o atenta de ella y alzan el cuello y presionan el puño cuando una sonrisa les devuelve el regalo de su voz. La entrega de estos cantantes las acaba seduciendo.
"Tu lejano recuerdo me viene a buscar", estrofas de Venecia Sin Ti, despertaron en mi mujer la nostalgia. Después supe que su lejano recuerdo era el de un mulato cubano que la había acompañado a conocer la isla unos días en un viaje que había hecho a Cuba con unos parientes y unas amigas. Había quedado impresionada con la cultura, la calidez de su trato y esa voz ronquilla que encontró otra vez en el cantante. Él percibió a su vez que su arte, como si fuera una flecha, había dado en la diana.
Mi mujer dejó caer la mano que sostenía su mentón. El recuerdo la había erguido en la silla, le hizo beber un trago de agua y prestar más atención al cubano. El cantante notó que la mirada de mi mujer se posaba en sus gruesos labios y en su cuerpo y debió detectar un brillo en su mirada que antes no tenía.
El cubano usó todas sus armas, que no eran otras que las canciones de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Celia Cruz.., y muchos más, sudamericanos y europeos.
Cuando el mulato agotó todo su repertorio, no tenía ni idea de que había hecho vivir de nuevo a mi mujer, que la había llevado de nuevo a aquel tiempo de ensueño a la orilla del malecón. A aquella tarde en que había perdido la virginidad con el guía, y que todo esto había despertado en ella la pasión dormida en sus entrañas.
El cubano se atrevió a acercarse a nuestra mesa a agradecernos los aplausos sinceros que le habíamos devuelto en cada una de las canciones Mirando a mi mujer, que estaba sonrojada, dijo:
-Gracias por sus aplausos.
-Eran merecidos.
Le cogió la mano y le besó el dorso mirándola a los ojos, luego le dijo.
-Wilson, para servirla, señora.
-Carmen, -me miró- y este es marido.
El mulato resultó ser un atrevido.
-Tienes una mujer estupenda. ¿Puedo tomar una copa con vosotros?
Le pregunté a mi mujer:
-¿Tú qué dices, Carmen?
-Que nos ha elegido entre todos los presentes, y que además hemos venido a ver si volvía a ser la de antes.
No necesitó decir nada más.
-Siéntate y compartamos una copa amistosa.
Se sentó desplegando una sonrisa espontánea, pidió una copa y comenzó un juego de seducción entre ellos . El mulato nos contó parte de su vida trashumante y anécdotas, graciosas al principio y sexuales después, con mujeres y con hombres, que ciertas o no, resultaron ser agradables.
Mi mujer se abrió y nos contó lo de su viaje a Cuba y sus sueños de vivir en la isla y desarrollar allí su arte.
En el salón se oía una música romántica y en la pista de baile estaban acarameladas varias parejas. Wilson le preguntó:
-¿Bailamos, Carmen?
Mi mujer buscó mi permiso con su mirada. Miré para ella, su excitación era evidente. Apretó mi mano rogando mi aprobación y aprobé su ruego con un beso en la frente. Los vi alejándose hacia la pista rozándose los dedos. En la pista el cubano la agarró por la cintura y mi mujer se colgó de su cuello. Sus cuerpos se unieron tímidamente. Vi que el cubano trataba de no importunarla alejando su verga de ella todo lo que podía, pero luego la música los llevó a fundirse en abrazos sólidos, comprometidos. Me pareció que le cantaba algo al oído. Mi mujer sentía que el bello muchacho cubano que había dejado en la isla volvía a la vida, con bríos renovados. Noté entonces que Carmen restregaba su concha contra la verga del cubano, verga que se había asentado entre sus piernas. El cubano tampoco se escapaba de su naturaleza de macho dominante y le ayudaba en el frotamiento. Finalmente, vi como sus manos se deslizaban hacia los glúteos de mi mujer, que al sentir como los apretaba tembló como una jovencita.
Luego del sensual baile regresaron a la mesa. Mi mujer estaba colorada. Imaginé como tendría la concha de mojada y se me hizo la boca agua. Mi mujer giró la vista hacia su caramelito cubano, y le preguntó:
-¿Puedes venir a tomar unas copas a nuestra habitación?
La impecable sonrisa color marfil, afloró de nuevo en los labios de Wilson.
-Puedo. -me miró. ¿Pero quieres tú?
Mi mujer había vuelto a la vida y no la iba a enterrar otra vez.
-Yo quiero lo que quiera mi mujer.
Llegamos a la suite, preparada con champaña fría y dulces exóticos. Elegimos la música ente los dos mientras mi mujer fue a cambiarse de ropa. Regresó con una pollera blanca y una camiseta negra donde se marcaban sus pezones y que dejaba ver su ombligo y su cintura.
Wilson puso una lambada y mi mujer fue hacia él, la cogió por la mano izquierda y por la cintura. Vi como restregaban la verga y la concha. La música lo envolvía todo y hacía subir la adrenalina. Mi mujer colgada del cuello del mulato y sacudiendo sus anchas caderas estaba poseída por el ritmo Ninguno de los dos me pidió permiso para fundirse en un voraz beso con lengua. Luego vi como los gruesos labios del cubano se deslizaban por el exquisito cuello de mi mujer.
Algo se me movió en mi interior que no estaba muy alejado de los celos, pero no porque ella le comiera la boca al muchacho, sino porque yo mismo quisiera ser el que hubiera querido recibir esa húmeda lengua que seducía los gruesos labios del cubano. Una lengua de la que yo ya había olvidado su sabor.
El cubano quiso que yo participara y muy inteligente, me hizo acercar a mi mujer, me dejó en sus brazos y me dijo:
-Voy al aseo a refrescarme un poco, ahí te la dejo calentita.
Luego de entrar el cubano en el toilette, mi mujer subió la pollera, se bajó las bombachas que estaban más mojadas que secas y me dijo:
-Cómeme la concha, cariño, cómeme la cocha.
Me puse en cuclillas y lamí su concha, que estaba perdida de jugos, luego lamí su clítoris con celeridad y en segundos Carmen me dio en la boca su miel.
No quiso que Wilson supiera lo que acabábamos de hacer y se volvió a vestir.
Wilson salió del toilette sin camisa y descalzo. Se puso detrás de mi mujer, le levantó el top y le preguntó:
-¿Puedo?
-Puedes.
Acabo desnuda . Ya no bailábamos. El cubano le beso y lamió el cuello y yo le comí las tetas, luego él fue besando y lamiendo su espalda y acabó comiendo su culo, pero solo unos segundos, porque enseguida la giró y cambió la concha por el culo. Mi mujer nunca había sentido dos lenguas trabajando su concha y su culo y en muy poco tiempo, exclamó:
-¡Acabo!
Carmen, extenuada, se sentó en el sillón grande, el cubano se sentó a su derecha, y yo me ocupé de las copas de champaña, les llevé las suyas y luego cogí la mía y me senté al otro lado de mi mujer. El cubano me preguntó:
-¿Viaje de negocios o de placer?
-De placer.
Mi mujer no tenía ganas de hablar. Acabó la copa y nos echó las manos a la nuca. Me besó con lengua a mí y lo besó con lengua a él. El cubano usó una artimaña para deshacerse de mí.
-¿Me traes otra copa?
-Sí, así me pongo yo otra.
Carmen no demoró en meterle la lengua en la boca a Wilson, que la cogió entre sus brazos y la comió, la devoró, la disfrutó. Ella cambió su posición y se sentó en su regazo. Envolvió su cabeza con sus finas y delicadas manos, tocándole su cabello ensortijado, besando sus ojos, sus labios, lamiendo su cara, lamiendo su cuello, dándole los pezones, dándole todo.
Bebí mi copa y luego, bebiendo la del cubano, vi como sus manos viajaba al culo de mi mujer y lo asentaban sobre su poderosa verga, una verga que estaba a punto de reventar el cierre del pantalón. Bajé el sonido de la música y me senté en otro sillón para deleitarme viendo como gozaba mi mujer.
Wilson amasó con las dos manos las pequeñas tetas de mi mujer, lamió su cuello de princesa, luego le chupó las tetas. Ella volcó la cabeza hacia atrás en señal de inmenso placer. Se sentía joven y feliz, dueña de su cuerpo y de un imponente cubano que tanto había ansiado que llegase a su vida.
Mi mujer lamió otra vez su cuello, le mordió suavemente las orejas y los labios y le lamió las mamilas. Después liberó la cintura de su pantalón, se lo quitó junto a sus calzoncillos y a sus zapatos y luego agarró la verga con las dos manos. Se arrodilló y miró con adoración el poderoso monarca azabache que iba a reinar en aquella noche de ensoñación.
-¡Qué maravilla!
Primero lamió las bolas brillosas, las lamió y las chupó. Luego su lengua fue al tronco de aquel prodigio de la naturaleza. Lo lamió, lo chupó, lo mordió con suavidad, y lo pajeó, antes de meter en la boca su cabeza impresionante, enrojecida de fuego. Sintió las grandes manos de Wilson en su cara, diciéndole como debía comerle la verga. Lo tragó hasta el fondo de la garganta y se dio cuenta de que solo había tragado un ínfimo pedazo de los 25 centímetros de aquella bella escultura.
La boca haciendo su trabajo y las manos frotando con devoción la lujuriosa verga de Wilson me mostraban un cuadro surrealista. Me cortaba el aliento ver a mi mujer chupando la verga del cubano con una entrega y un ansia que nunca podría haber imaginado. Me entró el deseo de participar, pero me contuve para no arruinarles el momento. Wilson se echó sobre el sillón y le dijo a mi mujer:
-Sube aquí, acuéstate sobre mí y ponme la tota en la boca.
Hicieron un 69 de antología, algo que mi mujer y yo llevábamos mucho tiempo sin hacer. Ella se sentó en sus gruesos labios que atraparon su sedosa vulva y su azucarado clítoris con verdadera hambre. La boca de mi mujer volvió a buscar la verga con idea de tragar más que antes, pero fue imposible, optó por lamerla, chuparla, morderla y mamarla.
Sentí la respiración acelerada de Carmen y los roncos bufidos de Wilson disfrutando de la mamada y también los rugidos de mi mujer cuando la lengua del cubano la hacía estremecer sin piedad. Mi mujer le dijo:
-Más, dame más, quiero más.
Le devoró la concha. Luego, cuando lamió su culo, mi mujer se enderezó y la lengua atravesó su ano. Carmen levantando la voz, ya entrecortada, le rogó:
-¡Sí, dame lengua por ahí, por favor, dame lengua, dame, Wilson, dame, así, así, acabo, acabo!
Mi mujer acabó derramando en el cuello del cubano. Después bajó del sillón, se arrodilló y lamió sus jugos del cuello de Wilson.
El cubano se arrodilló en el sillón. La imagen que me devolvía aquella verga al borde de la boca de mi mujer y ella lanzada a darle placer al cubano es difícil de explicar. Se la volvió a mamar, a chupar, a lamer, a morder, a frotar, y frotando, Wilson acabó, el primer chorro le dio en un ojo, el segundo en el paladar, varios chorros bañaron su cara y los últimos se los tragó.
Agotados y felices, se sentaron en el sillón, mi mujer abrazó al cubano, lo besó con lengua, le dio la leche que había guardado para él y luego me dijo:
-Limpia la leche de mi cara, cariño.
Agarré sus bombachas, le limpié la cara y regresé a mi sillón. A estas alturas pensaréis que soy un cornudo y un mirón, pero yo no lo veo así. Si se ama a una mujer se hace lo que sea por hacerla feliz, y ella lo había sido durante casi media hora, mamando, siendo mamada y acabando, y lo era ahora con la cabeza entre las piernas de Wilson, adorando aquella verga que parecía muerta, pero que estaba muy viva. Me miró y me dijo:
-Hazme tú algo, cielo.
Wilson se levantó, y sin decir palabra fue a ponerse una copa de champaña.
Me acerqué y la besé en la mejilla. Le besé y le lamí la espalda, le lamí el culo y cuando quise girarla, me dijo:
-De repente me ha venido un sentimiento de culpa...
-¿Por qué, amor? Hemos venido para esto, para ver si cumpliendo tu sueño regresaba la mujer pantera, y ha regresado.
-Mira, ya se me ha pasado, ya no me siento mal por haber mamado la verga de Wilson delante de ti, y ya que estamos con las mamadas, me gustaría que tú se la mamaras a Wilson delante de mí.
-¿Pero no se te había pasado?
-Y pasó.
-¿Entonces por qué quieres que se la mame?
-Porque ver a un hombre chuparle la verga a otro es una fantasía que tengo.
-En ese caso se la mamaré.
-Desnúdate que os quiero ver desnudos a los dos.
No me agradaba la idea, y no era porque yo tuviera mal cuerpo, pero al lado del cuerpo del cubano daba la nota. Me desnudé y me dispuse a comer mi primera pija para complacer a mi mujer.
Wilson era de pocas palabras. Volvió al sillón y se sentó al lado de Carmen.
Me arrodillé delante del mulato, tomé la verga casi erguida y comencé a pajearla ante mi sonriente mujer y la mudez de Wilson.
-¿Habías mamado antes una verga, querido?
-No.
-Chúpala, gózala, muéstrame que te gusta como a mí.
Carmen se arrodilló a mi lado y comenzó mamar mi pija. Yo tragué lo que pude. Al alcanzar la verga su tamaño máximo me resultó más difícil mamarla.
La boca y la garganta de mi mujer eran mucho más flexibles, así que ella, mientras me pajeaba, se encargó de la cabeza. Yo lamí y chupé sus bolas y su tronco. Arriba se encontraban nuestras bocas y nos besábamos con lengua. Mi mujer ya estaba totalmente encendida.
-Besa a Wilson.
Le di un pico y el cubano me metió la lengua hasta la garganta. Lo suyo no era hablar, era actuar. Después lo besó con lengua mi mujer, y antes de volver a la verga nos besamos Carmen y yo. Al regresar a la verga empuño su cabeza y lamió el tronco, por un lado, yo lo lamí por el otro, le comimos las bolas por turnos, por turnos le lamimos el ano y el perineo. Wilson seguía sin hablar, pero sus pequeños estremecimientos hablaban por él.
Cuando vimos que el cubano se torcía para soltar la leche, mi mujer metió la cabeza de la verga en la boca... Al cuarto chorro la leche desbordó su boca y bajó por el tronco. Mi mujer me llevó la boca al tronco y lamí la leche que caía a borbotones.
Al terminar Wilson de soltar su aluvión de leche, mi mujer buscó mi boca y besándome con lengua, me dio la leche de su boca. Luego hizo que me pusiera en pie, empuñó mi dura pija, tiró de mí hasta ponerle la pija en la boca a Wilson y le dijo:
-Corresponde.
El cubano metió mi pija en la boca, le quitó la mano a mi mujer, la empuño y la pajeó. Mi mujer se agachó y me lamió y me chupó las bolas. No les duré ni dos minutos. Wilson se tragó toda la leche.
Luego mi mujer se sentó al lado del cubano, Lo besó, después apoyó la cabeza sobre su pecho de lobo y me dijo:
-Haz que acabe.
Con enorme devoción me arrodillé ante ella, acerque mi boca a sus labios vaginales y los fui abriendo con la lengua, sin apuro alguno, gozando cada centímetro de ese hueco que tan bien conocía y que sabía agrio, pero exquisito a la vez. Le lamí la concha por dentro y por fuera mientras le masajeaba los pies, cosa que a mi mujer le encantaba. Luego le chupé la concha, fuerte y profundo y oí sus gemidos, cosa que no conseguía oír hacía años. Poco después me volvió a dar su miel en mi boca mientras Wilson acariciaba su largo cabello negro.
Luego de gozar, le dijo al cubano:
-Hazme una paja, Wilson.
El cubano le metió dos dedos dentro de la concha. Eran los dedos más largos que había visto en mi vida. La pajeó lentamente, con dos dedos, con tres y con cuatro dedos. Mi mujer me hizo una señal para que me acercara, me acerque y me dijo:
-Méteme un dedo en el culo
Humedecí uno de mis dedos medios en la boca, se lo clavé en el culo y se lo cogí con él.
-Pajearme más aprisa.
Wilson aceleró el movimiento de los cuatro dedos, yo el del mío y Carmen acabó entre gritos y llantos histéricos. Wilson le quitó los dedos y yo le lamí los jugos de la concha.
Parecía muy cansada. Le pregunté:
-¿Champaña, Carmen?
-Agua, cariño.
Le di un vaso de agua, se lo bebió, y luego me dijo:
-Quiero que me coja bien. Necesito ser bien culiada, por la concha primero y después ya se verá.
-¿Y por qué me lo dices a mí?
-Porque quiero que me traigas el lubricante.
Parecía el chico de los recados, pero no me importaba, lo importante era su felicidad, además sabía que mi turno iba a llegar más temprano que tarde.
Regresé con el lubricante, Vi que el mulato seguía sentado y que mi mujer tenía en sus manos su salame. Lo chupaba, lo mordía, lo pajeaba a dos manos, lo frotaba en las tetas, gozaba jugando con la estaca.
Le di el lubricante, se lo echó en la cabeza de la verga, y con las manos lubricó todo el tronco. Luego se embadurnó la raja con tres dedos para dejarla preparada para el cíclope. Se colgó de nuevo da su cuello, se sentó sobre la cabeza y fue empujando hasta que la metió dentro.
-¡Qué dolor! ¡Me has cascado la concha como si fuera una nuez!
Wilson la abrazó con gentileza, la besó en la frente, la besó en la boca, la besó en la nariz y la besó en el cuello. Le estaba dando tiempo para que la concha se dilatara. Un par de minutos después, le dijo:
-Sigue metiendo.
-Sigue tú que yo soy muy bruta.
Se la fue metiendo despacito hasta que llegó al fondo, aunque no pudo meter la totalidad de aquella verga de 25 centímetros de largo por 7 centímetros de diámetro.
-Ya no más, hasta ahí no más, por favor.
Wilson se replegó, no quería dañarla, pero ya sabía hasta donde podía llegar. Más tarde la verga volvió al combate, pero con mucha cautela. Poco después mi mujer ya no tenía miedo. Quería guerra y se la pidió.
-¡Dámela con todo, Wilson, culiame, amor, cógeme bien fuerte!
El mulato le dio un poco más aprisa y con un acompasado vaivén, entrando hasta el fondo y sacándola casi en su totalidad, para que ella gozara con las idas y venidas y tanto lo gozó que le dijo:
-Cógeme de pie.
Con mi mujer colgada de su cuello, y con Wilson sujetándola por las nalgas, la verga cubana volvió a embestirla. Entró hasta el fondo de la concha. Mi mujer dio alaridos de placer.
-¡No acabes, por favor, cógeme hasta que no pueda más!
La siguió cogiendo. En un momento dado me dijo a mí:
-Lubrícame el culo con los dedos.
-¿Con cuántos?
-Empieza con uno y acaba con cuatro.
Se lo lubriqué metiéndole un dedo en el culo, se lo lubriqué, metiéndole dos dedos, se lo lubriqué metiéndole tres dedos, y lubricándoselo con cuatro dedos, acabó en la verga del mulato.
-¡Sí, sí, sí, sí....!
Luego de gozar le dijo a Wilson:
-Méteme en el culo esa estaca cubana.
Le dije:
-¿Estás segura? Mira que es una verga de veinticinco centímetros de largo por siete centímetros de diámetro, es demasiada verga para un culo.
Tal era su calentura que le daba igual el tamaño.
-Sé bien lo que tiene.
Yo me quedé con la pera porque creía que le había preparado el culo para mí.
El mulato sacó la verga de la concha, le mordió el cuello como un semental encendido, se la puso en la entrada del ano, empujó y le metió la cabeza. Mi mujer se arrepintió de decirle que le hiciera aquella barbaridad cuando la verga le desgarró el ano, y es que siete centímetros de grosor dentro de un culo no eran pocos. Lloró y le dijo:
-¡Sácala! ¡Me estás reventando el culo!
Él trató de tranquilizarla, la besó detrás de una oreja y luego le dijo:
-Lo peor ya ha pasado.
Se la metió un poco más.
-No, por favor, para ya, me vas a matar, no siento las piernas, sácala, sácala, sácala.
Wilson tenía experiencia, sabía culiar y sabía tranquilizar. La besó en el cuello.
-Ya está casi toda dentro. Esperemos un poco para que se agrande el ano.
-Sácala que me arde mucho.
Decidí intervenir. Si a mi mujer no le gustaba se la tenía que sacar.
-¡Sácasela, Wilson, sácasela o te la meto yo a ti en el culo.
Mi mujer se puso como una fiera.
-¡Tú no te metas!
No entendí su actitud, pero si no quería que me metiera por algo sería.
El mulato le metió la verga hasta el fondo del culo y a mi mujer se le pusieron los ojos en blanco. Quedó sin respiración, paralizada, sin habla y casi inconsciente. El mulato me dijo:
-Acuéstate en el piso con la verga al mango.
Me acosté, Wilson le sacó la verga del culo, le dio la vuelta, y obnubilada y casi dormida, la acostó sobre mí y la acomodó sobre mi pija. La dejó con el culo en posición para ser cogido. Se echó lubricante en la verga y después vino y le clavó de golpe los 25 centímetros en el hoyo, uniendo su verga y mi pija. Mi mujer soltó un grito desgarrador. En verdad la estábamos destrozando. Eran más de diez centímetros de diámetro entre el culo y la concha.
La cogió por el culo sin piedad, mi mujer daba alaridos, pero Wilson confiaba en que se calmara en poco tiempo. Lo que increíblemente ocurrió en menos de un minuto. Mi mujer siguió gritando, pero de placer.
-¡Sí, sí, darme duro, quiero más, más, más y más. Es maravilloso. Dármela bien por la concha y por el orto.
Le dimos hasta que no pudimos más. Wilson acabó dentro de su culo y mi mujer se desesperó.
-¡No, no, no quiero que se acabe la fiesta!
Luego acabé yo dentro de su concha y se volvió a quejar, pero solo unos segundos.
-No, no, no... ¡Sí, sí, sí, sí! ¡Acabo, acabo, acabo!
Mi mujer, luego de limpiarse, y mientras tomábamos lo que quedaba de champaña, le pregutó al mulato:
-¿Habrá mañana una segunda vez?
-Mis músicos y yo estaremos un mes en este hotel, habrá tantas veces como queráis, pero me tenéis que decir la verdad.
Le pregunté:
-¿Sobre qué?
-Sobre vosotros. ¿Carmen es tu mujer?
-Sí.
-¿Pero es tu jeva?
-¿Mi qué?
-Tu esposa, tu señora.
-¿Por qué me preguntas eso?
-Porque a los dos os huele igual el sudor, y eso solo pasa entre padres e hijos y entre hermanos, y Carmen no es tu madre.
Miré para Carmen y como ella bajó la cabeza, le dije:
-Es mi hermana. ¿Cambia eso algo?
-No, para mí sigue siendo tu mujer.
Quique.




