El marido de mi mad...
 
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Vaciar todo

El marido de mi madre

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José
(@quique)
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                                           I

Mi nombre es Karla. Soy una chica de padre español y madre mexicana, de veinticinco años, morena, de ojos oscuros, cabello negro y largo,  mis amigas me llaman la Hayek, por mi parecido en el cuerpo  y en el  rostro con Salma Hayek, y os voy a contar una historia muy caliente.

El metro de CDMX iba tan lleno que parecía una lata de sardinas, yo iba de pie. Delante de mí, encarándome, tenía a una chava rubia, de ojos verdes y con cara de ángel. Sentí un bulto frotándose en mi trasero, gire la cabeza y vi a quien tenía detrás, era un ruco esmirriado y con cara de sátiro. Le dije:

-Sepárate de mí si no quieres darle trabajo al sepulturero.

La rubia se me enojó.

-No le hables así a mi abuelito.
-Tu abuelito me está frotando la pinga entre las nalgas.
-No lo culpo, estás muy rica.

La rubia tenía mucha jeta.

-Que te la frote a ti en el trasero, loca.

-Ya me la frota en el pompis, y aquí también.

Me echó una mano a la panocha por encima del vestido. Le aparté la mano y poniendo cara de asesina, le dije:

-El sepulturero va a tener mucho trabajo hoy.

La chava tenía cara de ángel, pero era una diabla. Acercando su boca a mi oreja, me dijo:

-Me gustaría comerte la papaya.

Me sorprendió y solo se me ocurrió decirle:

-Estás loca.

-Un poco.

Aquella situación era surrealista. El ruco restregando su fofa pinga en mi trasero, la rubia, que olía divinamente, comiéndome la oreja y besando y lamiendo mi cuello. La gente que nos rodeaba que no se enteraba de nada, o hacía que no se enteraba, porque era muy raro que no vieran la torta que estaban haciendo conmigo, y yo, que siempre había tenido la fantasía de coger en público, me estaba calentando, le dije:

-Menos mal que me bajo en la próxima.

El ruco me echó las manos a las chichis. La rubia me besó en los labios, me metió una mano debajo del vestido y dentro de los calzones, y con su boca al lado do de mi boca, me dijo:

-No nos vamos a volver a ver, deja que me lleve un recuerdo tuyo para hacerme una chaqueta cando llegue a casa.

Estaba demasiado cachonda y no pude separarla de mí.

-No me puedo creer que me esté pasando esto.

Me metió dos dedos dentro de la panocha, me besó con lengua y comenzó a hacerme a mí la chaqueta. El ruco me bajó los calzones y me restregó su fofa minga en el hoyo... Cando sentí que me iba a venir le chupé la lengua a la rubia. Ella se dio cuenta, se agachó, me lamió la papaya y se llevó en la lengua el aguacero de jugos. Yo me llevé entre las nalgas la leche de la fofa minga del ruco.

Luego de venirme, subí los calzones y cuando paró el metro el me bajé.

                                                   II

Estaba comprando una revista en un quiosco de Ciudad de México y vi a una chica más joven  y más alta que yo, que iba cogida del brazo de un hombre mayor que ella. Me llevé una sorpresa monumental, y sentí algo de celos, ya que aquel hombre era Sebastián, el nuevo marido de mi madre, un españolito al que yo le tenía ganas, pero que me las aguantaba porque mi madre estaba enamorada de él. Sebastián no me vio a mí y eso que pasó a escasos dos metros de donde yo estaba. No quise montarle bulla allí. Esperé a estar a solas con él en casa, para poner las cosas en sitio.

Al día siguiente, por la mañana, luego de asearme, me puse una bata roja, corta, y unas zapatillas, y como mi madre se había ido a trabajar al hospital, me fui en busca de Sebastián. Lo encontré en la sala sentado en un sofá y mirando la televisión. Al llegar a su lado, le dije:

-O dejas a la fulana con la que engañas a mi madre, o te largas de esta casa.

Sebastián, que tenía treinta y dos años (catorce menos que mi madre) y que era un hombre moreno, de un metro sesenta de estatura, fuerte, y atractivo, me miró de lado y me mintió.

-No sé quién te fue con ese cuento, pero fuera quien fuera te engañó.

-No me vino nadie con nada, te vi yo con una mujer cogida de tu brazo, y mis ojos no me engañan, o dejas a esa zorra o te vas de esta casa.

Sebastián en vez de querer arreglar las cosas, se me puso chulo.

-¡¿Quién coño te crees que eres para amenazarme?!

-Una hija que vela por el bienestar de su madre, hijo de la chingada. 

Sebastián se enfadó.

-No me vuelvas a llamar eso que te caliento.

No me asustó.

-¡¿Qué vas a calentar tú, baboso?!

Se puso en pie, me arrastró con él hasta el sillón, me puso en sus rodillas, me tapó la boca con la mano izquierda, con la derecha me levantó  la bata, me bajó los calzones y mientras pataleaba, me sacó una de las zapatillas y me calentó el pompis, bien calentado.

-¡¡Plassssss, plasssss, plasssss, plassssss, plassssss, plassssss, plasssssss, plassssss!!

-A mí no me llama nadie hijo de la chingada, ni baboso.

Me quitó la mano de la boca y se lo llamé de nuevo.

-¡¡Hijo de la chingada!!

Me volvió a tapar la boca y me dio otra vez con rabia.

-¡¡Plassssss, plasssssss, plassssss, plassssssss, plasssssss, plassssss, plassssss, plassssssss!!

-A ver si tienes lo que hay que tener para volver a nombrar a mi madre.

Me estaba escociendo el pompis, pero la panocha se me había empezado a mojar y quise que me diese más.

-¡Hijo de perra!

-¡¡Plasssssss, plasssssss, plasssssss, plassssssss, plassssss, plasssssss!!

Me estaba excitando cada vez más.

-¡Desgraciado!

Me echó sobre el piso y me dijo:

-Te voy a dar un escarmiento que no vas a olvidar en tu vida.

 Tapándome la boca, se sentó sobre mi trasero. Sacó la pinga parada y luego me la clavó en la panocha de un lento viaje. En mi vida me había gustado tanto sentir como entraba una pinga en mi coño, tanto me gustó que casi me vengo. Con toda dentro, me dijo:

-Estás bien mojada. 

No estaba mojada, estaba empapada y con ganas de que me cogiera. Me dio duro. Tenía las piernas cerradas y la pinga me entraba y salía muy apretada. 

-Me encanta tu coño.

Yo me hacía la decente. 

-Eres un enfermo.

Cuanto más me movía, más me gustaba, tanto me gustó que, al rato, chapoteando la pinga dentro de mi panocha, eché el pompis hacia arriba y me vine como una perra.

Al dejar de sacudirme, me quitó la mano de la boca. Poniéndome boca arriba,  me dijo:

-Si chillas te duermo de un golpe.

No dije ni una palabra. 

Sebastián me desabotonó la blusa y como no llevaba brasier, mis gordas chichis con areolas oscuras y generosos pezones quedaron al descubierto. Me las juntó, me metió la pinga entre ellas y las cogió, luego me pasó la cabeza de la pinga por los pezones, por las areolas y después por los labios.

-Lamela y chúpala.

Giré la cara y me hice la difícil.

-No te la voy a mamar.

Sebastián no insistió. Me echó las manos a las chichis, y amasándolas, mamó, chupó y lamió el contorno, los pezones y las areolas. 

-Tienes unas de las tetas más hermosas que he comido.

A continuación bajó besando y lamiendo mi cuerpo lentamente, hasta llegar a la panocha... Me besó el glande del clítoris, que había salido del capuchón y luego me metió la lengua en la vagina más de cincuenta veces. No os podéis ni imaginar el trabajo que me costó contener los gemidos. 

Sebastián sabía lo que hacía, ya que cuando dejó de meter la lengua en mi panocha, fue para apretar mi clítoris con la lengua y moverla alrededor y a mil por hora. Segundos tardé en volver a venirme.

Luego de gozar, me levantó el pompis con las dos manos y lamió de abajo a arriba clavándola en el orto y en la vagina cuando subía y cuando bajaba y chupando y lamiendo mi clítoris cuando llegaba a él.

Disfrutaba como una ramera. Tenía ganas de agarrarle la cabeza, empotrar su boca en mi panocha y mover mi pelvis hasta venirme en su boca, pero no podía sacar mi lado salvaje o iba a ser su zorra cuando él quisiera, y tampoco era ese mi deseo, mi deseo había sido catarlo y ya lo estaba catando.

-Eres una delicia de mujer.

-Y tú un abusador.

Sebastián envolvió mi clítoris con su lengua y sus labios, chupó con ganas y me hizo venir de nuevo.

Después de venirme y de que limpiara mi panocha con su lengua, se arrodilló entre mis piernas, me volvió a levantar el trasero, y me metió la pinga hasta el fondo.

-¿Cómo te gusta, suave o duro?

Quería que me lo rompiera, pero mentí como una condenada.

-Lo que me gustaría es que acabaras con este calvario.

Me dio lento al principio, luego a medio gas y a continuación me dio a todo dar... A punto de venirme tiró de mí y quedamos boca con boca. No intentó besarme porque sabía que le iba a hacer la cobra, lo que hizo fue echarse hacia atrás. Quedé sentada encima de él sintiendo los latidos de su pinga dentro de mi panocha. Luego, desde abajo, me dio a romper, y cuando se iba a venir me dijo:

-¡¡Córrete, cabrona, córrete!!

Sebastián se vino, y yo sintiendo la leche dentro de mi panocha, le bañé la pinga con un aguacero de jugos. Al acabar me quité de encima, y poniendo los calzones, le dije:

-Esto no queda así.

Sebastián se rio de mí.

-No me digas que tu barriga va a hinchar.

Me molestó que se mofara y lo amenacé, pero por decir algo.

-Hinchar te va a hinchar a ti la cara mi novio cuando le diga lo que me has hecho, te la va a hinchar a golpes.

-Ese no tiene ni media hostia, además se enteraría tu madre de la follada, y tú no quieres que se entere.

-Eres un desgraciado.

-Hoy no, hoy he gozado de ti, soy muy afortunado.

-¡Cabrón!

-Hagamos un trato. Te olvidas de lo que te hice y yo dejo a Sara.

-¿Así se llama esa zorra?

-Sí. ¿Hay trato o no hay trato?

Tenía que seguir haciéndome la decente.

-Si no me vuelves a molestar, sí.

-No te molestaré ni aunque te vea medio desnuda, tienes mi palabra.

Agarré mi ropa y mis zapatillas y me fui a mi habitación.

                                                 III

Tres días después, tomando un café con pastas en el salón de su casa, le contaba a mi amiga Reme lo que me había pasado con Sebastián.

-... Y me quedó la boca dulce, pero no le puedo hacer eso otra vez a a mi madre.

Reme, que era mucho más alta que yo, morena, tres años más joven y tan guapa como golfa, me dijo:

-Luego de probar algo bueno gusta repetir, a mí me pasó con quien menos lo esperaba.

-¿Con quién te pasó?

-No te lo puedo decir.

-Para eso era mejor que no me hubieras dicho nada.

-Es que... Vale, te lo diré, pero me tienes que prometer que no se lo vas a decir a nadie.

-Te lo prometo.

-Me pasó con la amante de mi madre.

Me dejó pasmada.

-¡¿Tu madre tiene una amante?!

-Si, se llama Grace, es una gringuita más joven y más alta que yo, rubia, de ojos azules, sus labios son carnosos y su cuerpo es divino.

-¿Cómo la conoció?

-Le da clases de inglés, aquí en la casa.

-Y acabó dándoos clase de lengua a las dos. ¿Está mas más buena que yo?

-Esas cosas no se comparan.

-¿Cómo te seduzco?

Reme se me acercó, me dio un pico y derramé el café sobre mi. Mirando para mi vestido, le dije:

-¡Me has puesto perdida!

-Me habías preguntado como me seduzco y fue así, dándome un beso mientras tomaba café, luego fui a cambiarme, entró en mi habitación y el resto ya es historia.

-Yo no voy a cambiarme, hoy no he venido a coger contigo.

-Mi ropa te sirve.

-Mejor me voy.

Me levanté para irme.

-No te vayas, te traigo yo un vestido de los míos, te prometo que no intentaré nada.

Se fue a su habitación a por el vestido, y yo me quité el mío para ir adelantando. Estaba en calzones y brasier cuando Reme salió de la habitación con el vestido en las manos, me vio en ropa interior.  y me dijo:

-¿Echamos un palito?

Por la otra puerta de la sala vi entrar a la Grace, que le preguntó a mi amiga:

-¿Puedo participar, Reme?

-Así sería un palote.

Las vi venir hacia mí. Reme había tirado el vestido al piso y Grace se relamía. Me gustaba la idea de que jugaran las dos conmigo, pero me hice la difícil. Me metí detrás del sillón grande para escapar de ellas, pero me vino una, por un lado, y la otra por el otro, y no me quedó más remedio que echarme sobre el respaldo y saltar al otro lado. Eran rápidas como felinas, me agarró cada una por un tobillo y quedé con los brazos y la cabeza sobre los cojines del sillón.

-¡Soltarme!

Reme me dijo:

-No te hagas la estrecha. Más de una vez me has dicho que estabas abierta a un trío, e incluso a algo más.

-Si, pero hoy no me apetece.

Me quitaron los zapatos. Reme me bajó los calzones. Luego Grace metió mi panocha en la boca y me enterró la lengua en la vagina. Reme le dijo:

-Deja algo para mí, golosa.

Las insulté.

-¡Guarras!

Reme me clavó la lengua en el orto, la movió alrededor, la sacó, y luego me dijo:

-Vamos a hacer que te vengas como nunca antes te has venido.

Yo poco podía hacer en aquella posición, si acaso llamarles de todo, y las puse de rameras para arriba, pero les resbalaba. Dejaron de comerme la panocha y el pompis cuando les dio la gana. Luego, Grace permitió que me sentara en el sillón, y Reme desde detrás del sillón me subió las copas del brasier, me agarró los pezones con cuatro dedos y moviéndolos como si estuviera enroscando y desenroscando tornillos, me dijo:

-Más duros no podía estar.

-Esta me la pagas Reme.

Grace me dijo:

-Si hay una cosa que me incomoda de las españolas como tú, es que se hacen las estrechas y después se dan hasta que les duelen los dedos.

Aquella sabionda no me iba a vacilar encima de cogerme a la fuerza.

-Yo cojo con hombres y con mujeres, pero cojo, como, donde y cuando quiero.

-Si ibas a hacerlo con Reme...

Reme le dijo a Grace:

-Iba, iba, pero se asustó al verte.

Mi amiga era una falsa.

-¡Serás zorra!

Grace quiso separarme las piernas, pero hice fuerza y no pudo abrirlas. Reme me apretó los pezones.

-Ábrelas.

-No.

Apretó con más fuerza.

-Ábrelas.

-No.

Apretó con mucha más fuerza todavía y abrí las piernas de par en par.

Grace se abalanzó sobre mí, metió mi panocha en la boca y lo lamió.

-¡Gringa asquerosa!

 Dejó de comerme la panocha y me la abrió con los dos dedos pulgares.

-¡¿Qué haces, zorra?!

Me metió los dedos en la panocha, y cogiéndome con ellos me lamió el clítoris. 

-Sé lo que buscas, pero no te lo voy a dar.

No quería venirme, pero era una maestra usando la lengua y llegó un momento en que exploté. Mientras me estremecía mordí el labio inferior para no darles el gusto de oírme gemir, pero Reme me volvió a apretar con mucha fuerza los pezones y de mi garganta salió un grito que era una mezcla placer y de dolor.

-¡¡Aaaaaaaaaah!!

Cuando Reme me soltó, me puse en pie, agarré mi vestido manchado de café,  mi ropa interior y mis zapatos. Reme me preguntó:

-¡¿Te vas a ir?!

La miré como quien mira algo desagradable.

-Tan seguro como que me estás mirando.

Grace barruntó que algo no iba bien y se calló como una pared.

-¿Seguimos siendo amigas?

-No, con tu comportamiento has enterrado nuestra amistad.

Me vestí y me fui.

                                                  IV

Al día siguiente, pasadas las once de la mañana, salí del baño, descalza, con una toalla cubriendo mi cuerpo y otra cubriendo mi cabeza. Me encontré con Sebastián en medio del pasillo. Estaba en bata de casa. Me dijo:

-Sin maquillaje eres la mujer más bella que han visto mis ojos.

-Me diste tu palabra de que no me ibas a molestar más.

-Solo estaba constatando una realidad, mi intención no era la de molestarte.

-Pues lo has hecho, déjame pasar.

-Pasa. 

-Gracias.

-Oye, Karla.

Me giré y lo miré con seriedad.

-¿Qué?

Se me cayó la toalla. Mirando mi cuerpo desnudo, me preguntó:

-¿Qué te parece si hoy pedimos comida al chino?

Recogí la toalla y le respondí:

-Yo por no hacer de comer, como lo que sea.

Vino a mi lado y me arrimó a la pared.

-Dime que has dejado caer la toalla a propósito.

-Tu pregunta es impertinente.

Me besó el cuello.

-¿Por qué tiemblas?

-He pillado frío.

Me quitó la toalla de la cabeza y mi cabello mojado cayó en cascada.

-¡Qué preciosidad!

-Me habías dado tu palabra.

Me dio un pico.

-Nunca he tenido palabra.

Agaché la cabeza como una perrita asustada. Sebastián me puso un dedo en el mentón, me lo levantó y luego me dio otro pico., le dije:

-Déjame.

-Deja tú que te haga el amor.

No le podía decir que no porque estaba deseando que me lo hiciera, por eso le dije:

-No estaría bien.

Me dio otro pico.

-Nadie sabrá que te lo he hecho.

-Es que no quiero hacerle daño a mi madre.

Quiso meterme la lengua en la boca y le hice la cobra.

-¿Cómo le vas a hacer daño si nunca lo sabrá?

-Eres maligno.

Me volvió a besar en el cuello, me besó en la punta de la nariz, me lamió las orejas y cuando me besó con lengua le devolví el beso, dejé caer la toalla al piso del pasillo y le dije:

-Será la primera y la última vez que te dejo.

Me echó las manos a las nalgas y masajeándolas nos comimos las bocas. Luego me amasó, me besó y me mamó las chichis, despacito, con mucha dulzura.

-Están tan ricas que estaría comiéndolas durante horas, pero tienes más cosas ricas que comer.

Se quitó la bata y los calzones.

Me llevó la mano a su pinga parada, la empuñé y comencé a menearla. Él siguió amasando y comiendo mis chichis. Al rato me dijo:

-¿Me la mamas?

-No debía, eras tú el que me iba a hacer el amor, pero en todo caso te la mamaría después de que tú me la mames a mí.

-Tienes razón.

Se puso en cuclillas y me lamió la panocha con la misma dulzura que me había comido las chichis.

-Está deliciosa.

A los cinco o seis minutos de suaves clavadas de lengua en la panocha, de lamidas y chupadas de labios vaginales y de lamidas y chupadas de clítoris, no pude aguantar más. Le puse una pierna sobre el hombro, le agarré la cara con las dos manos, moví mi pelvis de abajo a arriba a todo gas y frotando mi panocha con su lengua me vine en su boca.

Luego de venirme y de ponerse él en pie, me puse en cuclillas yo y le hice una mamada que lo volvió loco, ya que cada vez que se iba a venir, dejaba de mamársela y le  daba con la palma de la mano en la cabeza como se hace cuando se tapa una botella con un corcho. Cuando me cansé de hacerlo sufrir, me puse en pie y le dije:

-Disfruta de tus últimos momentos conmigo.

Me puso cara a la pared y me dio tal ración de lengua en el pompis y en a panocha que me vine, y me vine porque era un maestro en aquel campo.

Cuando yo me hacía una chaqueta me gustaba meterme un vibrador en la panocha y un consolador en el orto, pero nunca había probado el sexo anal con una pinga de carne y hueso y eso era porque las parejas que había tenido eran inexpertas y tenía miedo de que si se lo pedía me desgraciaran. Aquella era mi oportunidad de tenerlo, por eso cuando me frotó la pinga en la panocha para cogerme, se la agarré, eché el pompis hacia atrás y se la puse en el hoyo.

-Estrénamelo.

Me echó las manos a las chichis, y amasándolas, me la fue metiendo. La metió despacito, pero de un solo viaje. Con toda la pinga dentro de mi trasero, baje una mano, metí dos dedos dentro de la panocha y comencé a hacerme una chaquea. Sebastián me dijo:

-Eres una chica muy especial, Karla.

-Por no decir muy zorra. ¿Verdad?

-Eres una mujer caliente, eso es lo que eres.

Sebastián comenzó a meter y a sacar muy despacito y yo me di dedos en la panocha.  Más tarde dejó mis chichis, me echó las manos a la cintura y aceleró las clavadas progresivamente. Saqué los dedos de la panocha, hice que volaran sobre el clítoris y me vine con una fuerza brutal. Estaba con las últimas contracciones cuando la sacó del trasero, me la metió en la panocha de un golpe de riñón y después me dio a mil por hora hasta que se vino. Al venirse se quedó tan tieso como su pinga. Me había dejado a punto de venirme. Mi pompis se movió de atrás hacia delante y de delante y hacia atrás con tanta o más velocidad de lo que se había movido el suyo y me volví a venir.

Al acabar me dijo:

-Ha sido el mejor polvo de mi vida.

No sé si me mentía o si me decía la verdad, pero para mí, sí que había sido el mejor palo de mi vida, aunque le dije:

-Para mí ha sido un palo más, uno de esos palos a olvidar.

Agarré las toallas y me fui a cambiar.

                                                              V

Era el 2 de noviembre, día de mi cumpleaños. De la calle me llegaba el alboroto del desfile del Día de los Muertos. Yo me estaba tomando un chocolate caliente y pan de muerto. Sonó el celular y vi que era un número desconocido.

-¿Quién llama?

-Felicidades, bonita.

-Gracias, Reme.

-¿Ya me has perdonado?

-No guardo rencor eternamente. ¿Por qué me llamas desde un celular que no es el tuyo?

-Porque  pensé que si te llamaba desde el mío probablemente me ignorarías.

-Pues ya ves que no.

-¿Estás en el desfile o en algún bar?

-Estoy en casa.

-¿Estás con Sebastián?

-Estoy sola... ¿Pero a qué viene tanta pregunta?

-Era para darte un regalo.

-¿Qué es?

-Ven a tomar unas copas y...

-Está muy reciente lo que pasó, y una cosa es que ya no te guarde rencor y otra muy distinta que me fíe de ti.

-¿No será qué estás celosa de Grace?

-Para acabar diciendo lo que ha dicho era mejor que no hubieras llamado.

-Aún no he acabado.

-Sí que has acabado.

Le colgué el teléfono.

Unos cinco minutos más tarde llamaron a la puerta de piso, fui a abrir pensando que era Reme con el regalo. Cuatro Catrinas mucho más altas que yo con faldas mexicanas, se metieron dentro del piso. Eché a correr hacia mi habitación. Entre en mi aposento, pero no me dio tiempo a cerrar la puerta. Junto a la pared les pregunté:

-¡¿Qué queréis?

 La más alta de ellas me echó las manos a los hombros, me tiró sobre la cama y me respondió:

-Hemos venido a llevarte con nosotras, pero como estás tan buena, vamos a gozare antes.

-¡¿Qué me vais a hacer?

Una de ellas me sujetó por las muñecas, la miré a los ojos y me parecieron los ojos marrones de Reme, otra me quitó los zapatos, las medias y las bragas, la tercera me quitó la falda y la cuarta hizo saltar por los aires los botones de mi blusa y luego me quitó la falda y el brasier, la miré a los ojos y me parecieron los ojos azules de Grace. 

Al estar desnuda se quedaron mirándome, se relamieron y supe que me iban a comer hasta las uñas.

Subieron tres a la cama, una se echó a mi lado izquierdo, otra al derecho y la tercera se metió entre mis piernas.

Cerré los ojos, pues era muy desagradable mirar para las Catrinas. Aquella sensación desagradable, desapareció cuando las que estaban a mis lados comenzaron a lamer mis pezones, mis oscuras areolas y a mamar mis chichis. La que estaba entre mis piernas, que yo creía que era Grace, empezó a darme lengua en la panocha, la que creía que era Reme comenzó a darme picos y a pasarme la lengua entre los labios.

Al rato, con la lengua de la que yo creía que era Reme dentro de mi boca, sentí que me venía. Para no venirme, abrí los ojos y las volví a mirar. Vi que tenían los vestidos levantados, las manos dentro de los calzones y los ojos cerrados. Me subió el hormigueo, me puse tensa y me vine en la boca de la Catrina.

 Luego de venirme, la Catrina más alta, me puso la panocha  en la boca. 

-Saca la lengua y lame mi panocha.

No me quedaba otra. Saqué la lengua y lamí su panocha resbalosa, que tenía sabor metálico, y que a decir verdad, no me desagradó.

-Clávame la lengua dentro.

Se la clavé y ya lo hizo ella todo, o sea, se movió y frotó su panocha contra mi lengua hasta que se vino en mi boca. Las Catrinas que me estaban comiendo las chichis y la panocha, aceleraron las mamadas, y me volví a venir en la boca de la que yo creía que era Grace.

Las otras Catrinas no hablaban, pues supuestamente llevaban los labios cosidos, aunque, para mi satisfacción, bien que los habían abierto para comerme las chichis y la panocha.

La que se había venido, ocupó el lugar de la que estaba comiendo mi chichi izquierda, y la que dejó la panocha me puso su cuca en la boca. Sabía lo que me tocaba, lamer, lamer y lamer aquella panocha encharcada, con olor a pomelo y de sabor ácido. Me empezó a gustar lo que estaba haciendo, y fue porque me sentí la protagonista.

La que estaba entre mis piernas, me metió dos dedos en la panocha, uno en el trasero y me lamió el clítoris. Me vine y sentí tanto placer que perdí el conocimiento.

Cuando recobré el conocimiento me habían pintado la cara de Catrina y me habían puesto un vestido de mexicana que tenía en el armario. La más alta me dijo:

-Ya eres una de nosotras. Vamos a dar un paseo y a tomar algo.

Pasado un tiempo iba paseando por una calle de la mano de la Catrina más alta. Llevaba dos Catrinas delante de mí y una detrás. A pesar de que ahora no hablaba ninguna, no estaba asustada, ni pensaba que estaba muerta, pues creía que dos de ellas eran Reme y Grace, pero ocurrió que miré para un bar y vi a Reme y a Grace sentadas a una mesa. El corazón se me aceleró. Me solté de la mano de la Catrina, les hice un quiebro y corrí sin mirar para atrás como loca que huye de la muerte. 

Anduve deambulando durante horas. Cuando regresé al piso me metí en la cama de Sebastián y me tapé hasta la cabeza. Sebastián, que estaba dormido, se despertó, encendió la luz, miré para él y el hombre salió a cien por hora de la cama. Me destapé y le dije:

-Soy yo, Sebastián.

Le salió del alma cuando dijo:

-¡La puta madre que te parió!

-No quería asustarte. Puedo explicártelo todo.

-¡Más te vale!

Le conté toda la historia, desde lo de Reme y Grace hasta lo de las cuatro Catrinas.

-Si esa historia es cierta, las Catrinas creo que eran tu regalo. De muertas no tenían nada. ¿Le has dado a alguien una copia de la llave del piso?

-No, pero perdí una el día en que Reme y Grace me forzaron. 

-Con esa llave entraron en el piso. Eran tu regalo, un regalo macabro, pero por lo  que me has contado lo has disfrutado. 

-¡Qué falsa! 

-Falsa, sí, pero no me negarás que fue un regalo original.

Miré para Sebastián y me dije a mí misma: Qué diablos, si me lo tiro no le voy a quitar un pedazo, se lo voy a devolver entero a mi madre. Tira para delante Karla.

-¿Sabes una cosa, Sebastián?

-¿Qué cosa?

-Que estoy en tu cama y tú estás casi desnudo. ¿Lo pillas?

-Nunca pensé que me entrarías tú a mí.

-Pues te he entrado. ¿Serías capaz de coger con una Catrina?

-Soy de una aldea y allí había mujeres más feas que la muerte, pero con el susto que me has metido la polla y los huevos se me encogieron tanto que no sé si esta noche volverán a lo suyo. ¿Tantas ganas tienes?

-Sí, después de tanta panocha y de tanto susto, me muero por una pinga.

-¿Has revivido alguna vez una polla que estaba muerta?

-Alguna he revivido. ¿Algún consejo?

-Ninguno, sé tú misma.

Me quité el vestido y quedé totalmente desnuda, ya que las Catrinas no me habían puesto ropa interior. 

Me puse en cuclillas, le saqué los calzones y le agarré la pinga con la mano. Estaba muy blanda y me cabía toda en la mano. Tiré de la piel y besé y lamí su meato. Luego la metí en la boca hasta los huevos y le di un repaso con la lengua.  Poco a poco se fueron alejando los huevos de mis labios, y cuando la saqué de la boca ya estaba casi dura. Haciéndole una chaquea le mamé la cabeza y la pinga se puso dura. Me levanté, lo llevé a la cama, lo empujé, y al tenerlo sobre la cama lo monté y le dije:

-Te voy a dejar seco.

Metí la pinga en mi panocha, y con las manos apoyadas en su pecho, subí y bajé mi trasero a una velocidad tan grande que mis chichis parecía que querían emprender el vuelo. Sebastián me dijo:

-Vas a hacer que me corra antes de tiempo, para, mujer, para.

Paré, pero mi panocha no paró conmigo, y le dio unos achuchones y un baño a la pinga que la dejó fina.  Mirando como me miraba y con la voz tomada, le dije:

-Me estoy viniendo.

-Lo sé, Karla, lo sé.

Acabé gimiendo, sacudiéndome,  con las palmas de las manos sobre la almohada, con mi cara en su cuello y sintiendo su leche dentro de mi panocha.

Esa noche ya no cogimos más, pero sin querer queriendo, me había convertido en su zorra.

Quique.


El relato fue modificado hace 7 meses 6 veces por José
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