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Dos días en la vida de Encarna

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José
(@quique)
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                    Dos días en la vida de Encarna

                              Primer día

Encarna era una muchacha de diecinueve años, rubia, alta, de ojos azules, con cuerpo de modelo, tan bonita cómo un ángel. Llevaba seis meses casada y su marido la consideraba una santa. Esa mañana, con su largo cabello suelto, vestida con un camisón blanco, sentada con la espalda apoyada en la cabecera de madera de la cama y con su ordenador portátil sobre las rodillas, le decía a su suegra:

-...Y me aburro cómo una ostra, Paloma. 

-A mí me pasaría lo mismo, pero ya te queda un día menos para que Álvaro te quite el yeso.

-Sí, exactamente quince días, o eso me ha dicho. A ver si suelda bien la ruptura.

-Seguro que sí, mujer.

Álvaro era el marido de Paloma y trabajaba de enfermero con ella y con su hijo Ramón en el mismo hospital, aunque en turnos distintos.

Encarna cambió de tema.

-¿Había mucho pescado en la plaza?

Paloma, de pie junto a la cama, le respondió:

-Sí, he traído unas fanecas para la comida. ¿Quieres que te traiga algo antes de limpiar el pescado?

-No, gracias, tengo todo lo que me hace falta.

-Eso será de día porque de noche... ¿Qué te pasa con mi hijo?

-No la entiendo

-Que parece ser que nunca nos vais a dar un nieto

-¿Por qué dice eso?

-Porque en vuestra habitación no se sienten ruidos.

-Estoy enferma.

-Antes de romperte la pierna tampoco se oían.

Encarna quiso escaquearse.

-No me gusta hablar de esas cosas.

-Conmigo sabes que puedes hablar en libertad. 

-Sí, pero tengo vergüenza.

Le tocó el pezón de una teta.

-¿No te come bien las tetas?

Encarna se puso colorada cómo una grana.

-No sea mala.

-Me parece que pasa más ganas que una perra.

-Yo no necesito tener sexo por tenerlo.

Le echó una mano al coño.

-A mí no me engañas, tú de santa no tienes nada. Seguro que te haces más pajas que yo.

Encarna puso el ordenador portátil sobre la mesita de noche y le quitó la mano de entre sus piernas.

-Quite, quite, yo no soy cómo usted.

-Mientes muy mal. En fin, me voy a limpiar el pescado que aquí no hay nada que rascar.

Ya salía la mujer de la habitación cuando Encarna le dijo:

-¿Paloma?

Se giró y le respondió:

-¿Qué?

-¿De verdad que se masturba?

-Hay días que me masturbo tres veces y siempre por el mismo motivo.

-¿Qué motivo?

-¿Si te lo cuento prometes no decírselo a nadie?

-Se lo prometo.

-Curiosa, ¿eh?

-Mucho.

Paloma fue a su lado, se sentó en el borde de la cama y le dijo:.

-Me gustan las mujeres. 

-A ver, a ver, a ver. ¿Y su marido?

-A Álvaro lo adoro, pero...

-Pero no la llena totalmente.

-Llena. Cuando salimos nos vamos a un motel y allí me da unos masajes con los que me canso de correrme.

-Ya no será la cosa para tanto.

-No, no es para tanto, es para más.

 A Encarna le entró la curiosidad de nuevo.

-¿Lo ha hecho alguna vez con una mujer?

-Sí, lo he hecho.

-¿Y, cómo fue?

-Bestial.

-Pensé que me iba a decir que había sido dulce.

-La chica era una lesbiana depravada.

-¿Qué le hizo?

 -De todo. Besaba así

Le metió un beso a nivel que casi le caen las bragas a plomo. Al acabar de besarla, Encarna, se limpió los labios temblorosos con el dorso de la mano y después le dijo:

 -¡Váyase de mi habitación!

Paloma se levantó y haciéndose la interesante, le dijo:

-Tú te lo pierdes.

Paloma era una mujer de cuarenta años, morena, con el cabello castaño y corto y con un buen cuerpo. Se fue a la cocina a limpiar las fanecas. Al acabar volvió a la habitación para intenta seducirla de nuevo y la pilló sacado la mano de debajo de las sábanas.

-¿Qué estabas haciendo?

-Nada.

Le cogió la mano, le abrió los dedos y vio hilos de jugos blancos y espesos yendo de un dedo al otro.

-Te estabas masturbado.

-Me calentó tanto...

Paloma la iba a poner a caldo.

-¡Qué puta eres!

Aquellas palabras sorprendieron a Encarna.

-¿A qué viene eso?

Paloma comenzó a ensañarse con su nuera.

-A que sabía que no eras trigo limpio. Esa carita de santa con sus ojos azules... Nunca me has engañado, zorra.

Encarna estaba abatida.

-Ahora le va a ir con el cuento a su hijo para que me deje y lo siguiente es echarme de esta casa. ¿Me equivoco?

-¿Tú que harías si fueras madre y descubrieras que a tu nuera... "La santa", le va la carne y el pescado? 

-Yo no la calentaría para descubrirlo.

Paloma la destapó.

-No me toque.

 Le quitó el camisón y las bragas después de forcejear con ella. Vio sus pequeñas tetas con areolas rosadas y sus pequeños pezones, vio su coño rodeado por una pequeña mata de vello rubio, y le dijo:

-Así que este es el cuerpo que mi hijo no aprovecha.

-¿Qué quiere ahora?

Paloma cogió una zapatilla debajo de la cama. Encarna, al ver en su mano derecha de la suegra su zapatilla marrón con piso de goma negra, le preguntó:

-¿Qué va a hacer con mi zapatilla?

-Calentarte el culo por lo que estabas haciendo, eso nos pondrá cachondas. 

-¿No la contagiaría la depravada?

-Contagió. Me metió el vicio en el cuerpo, puta pajillera.

-No soy una puta pajillera, soy una mujer con necesidades.

-Ponte boca abajo.

-Si me pongo, promete que no le dirá nada a su hijo.

-No te prometo nada. ¡Ponte boca abajo o te largo en la cara!

Encarna se asustó.

-¡En la cara no que me la estropea!

Se puso con el culo en pompa, un culo pequeño y redondo. Paloma le dio las del pulpo.

-¡Plassss, plassss! -Ayyyy- ¡Plassss, plassss! -¡Ayyyy! -¡¡Plassss, plasssss!! -¡Ayyyyy! Mala.

-¡¿A quién llamas tú, mala, cabrona?!

-¡¡Plasss, plasss!! -¡Ayyyy! A usted, abusona.

-Se ve que te gusta, el ojete se te abre y se te cierra.

-¡Está loca!

-¡Plasss, plassss, plassss, plasssss!

Ya no se quejó. Paloma tiró con la zapatilla, le levantó el culo y le lamió las nalgas rojas y doloridas. Encarna le dijo:

-¡No, eso no!

Mientras le lamía el ojete, le dijo:

-Te lo voy a comer todo.

-No quiero, pare, pare.

Subió lamiendo su espalda, besó su cuello, Encarna giró la cabeza y Paloma la besó con lengua.

-No siga.

 Paloma bajó lamiendo la espina dorsal, lamió y folló su ojete y después le dijo:

-Ponte boca arriba.

Encarna se dio la vuelta. Paloma se desnudó. Encarna, vio sus grandes tetas con areolas oscuras y con tremendos pezones, le dijo:

-¿Qué me va a hacer?

Paloma la besó con lengua. Encarna se hizo la muerta. Después le magreó y comió las tetas. Cuando Paloma metió su cabeza entre las piernas de su nuera, vio que el vello rubio estaba mojado, el vello y el interior de sus muslos, muslos que besó antes de clavarle la lengua en el coño.

-¡Noooo!

Lamió de abajo a arriba. Luego se metió en la boca la lengua pringada de jugos blancos y espesos. Al quitársela, Encarna le dijo:

-Asquerosa. 

-Lo soy, me gusta serlo y a ti te gusta que lo sea.

-No, no me gusta.

Paloma le puso el coño en la boca, le cogió las manos, se las llevó a las tetas y le dijo:

-Saca la lengua, magrea mis tetas y hazme correr cómo hiciste correr a Angelita.

-¡¿Quién es Angelita?!

Paloma se quedó a cuadros al oír la pregunta.

-¡¿No conoces a Angelita?!

-Es la primera vez que oigo ese nombre.

Paloma se quitó de encima de su nuera, se echó boca arriba y le dijo:

-Perdona, Encarnación, la muy puta me engañó para follarme.

-Explíquese.

-Verás, yo desconfiaba de ti, o sea, que no me creía que fueras una mosquita muerta, así que una semana antes de que te rompieras la pierna le dije a mi amiga Angelita que viniese a casa a venderte unos libros y que intentara follarte...

-Y le dijo que me follara y encima le dio detalles.

-Eso fue lo que ocurrió. Me dijo que te gustaba que te azotaran con  una zapatilla y muchas cosas más. Me calentó y follé con ella. ¿Me perdonas por lo que te he hecho?

-Antes, dígame. ¿A usted le cosió el culo a zapatillazos?

-Cosió.

-¿Y le gustó?

-Sí. ¿Me perdonas por lo que te hice?

-Pues no sé si habrá algo que perdonar. Me gustó todo lo que me hizo.

Paloma se vino arriba.

-Ven aquí y pon tu culo en mi boca.

-No sé si debería.

-Venga, que lo está deseando.

-Mentiría si le dijese que no.

Encarna le puso el culo en la boca. Paloma le echó las manos a las tetas y, magreándolas, lamió y folló su ojete con la lengua, después Encarna frotó el coño contra la lengua y en muy poco tiempo le llenó la boca con una tremenda corrida, diciendo:

-¡Qué mala soy!

Encarna se corrió gimiendo, temblando y sacudiéndose. Al acabar de correrse, le dijo Paloma:

-Te toca.

-Yo nunca comí un coño.

-Tu mete la lengua en en mi coño que yo me encargo del resto.

Encarna metió la cabeza entre las piernas de Paloma y le enterró la lengua en el coño. Paloma le frotó su clítoris contra la parte superior de la lengua y en nada desbordó en la boca de su suegra. Encarna tragó los jugos con lujuria. 

Al acabar de gozar, se vistieron, pues Paloma tenía que hacer de comer.

 

                        Segundo día, primera parte

 

Quince días más tarde Encarna estaba sentada en una silla y tenía el pie de la pierna escayolada sobre el asiento de otra. Álvaro, su suegro, un cuarentón moren, alto y  fuerte le acababa de cortar la escayola con una sierra eléctrica. Encarna le preguntó: 

-¿Ya puedo apoyar el pie?

-No, no lo apoyes hasta que explore tu pierna.

La cogió en brazos y la puso en la cama.

-¡Qué fuerte es!

-Estoy acostumbrado a coger peso.

Comenzó a palparle la pierna donde había sido la rotura.

-¿Te duele?

-No.

-Creo que la pierna te quedó impecable. En un par de días ya podrás hacer vida normal.

-No quiero volver a hacer vida normal. He tenido mucho tiempo para pensar y voy a cambiar mi modo de ser.

-¿De qué modo?

-Seré más sincera con Ramón respecto a mis necesidades sexuales... Me he puesto tensa.

-Y colorada. ¿Quieres que te dé un masaje?

Como si no supiera que sabía, le preguntó:

-¿Sabe darlo?

-Claro, hice un cursillo y añadí cosas interesantes. ¿Quieres que te lo dé?

-Dame.

-Vuelvo ahora.

Álvaro regresó a la habitación con un aerosol de aceite con olor y sabor a fresa y efecto calor. Encarna se había quitado el camisón y se tapaba con una sábana. Se la levantó hasta la cintura, echó aceite en sus pies y masajeando el pie izquierdo, le dijo:

-Tienes unas piernas preciosas.

Encarna sonrió con el cumplido.

-Gracias.

De los pies pasó a masajear sus pantorrillas y después sus piernas. Al llegar arriba masajeó con las yemas de sus dedos pulgares al lado de los labios mayores del coño. Le quiso quitar las bragas. Encarna no le dejó. 

-Las bragas no me las quite.

Le echó aceite con el aerosol por encima de las bragas y luego le pasó la palma de la mano por el coño. Pasado un tiempo parte de las bragas se habían de la raja. Encarna, con los ojos cerrados, le dijo:

-Me empiezo a sentir incómoda.

-Siendo cómo eres, lo raro sería que te sintieras cómoda.

Le quitó la sábana de encima y Encarna quedó vestida con un top blanco y con las bragas a juego. Álvaro quiso subirle el top para dejar las tetas al aire.

-No, el top no me lo quite.

Echó aceite en las tetas por encima del top y luego se las masajeó sin rozar sus areolas ni sus pezones... Le masajeó las manos, los brazos, las costillas y volvió a las tetas, ahora le masajeó también las areolas y los pezones que se acabaron mascando debajo del top. Encarna exclamó:

-¡Qué bien se siente!

-¿Quitamos las bragas?

No le respondió. Álvaro le echó las manos a la goma de las bragas, Encarna levantó el culo para facilitarle la labor.

Le quitó las bragas. Volvió a echarle aceite en el coño y volvió a masajear por los lados con las yemas de los dedos pulgares rozando los labios mayores. Encarna le dijo:

-Va a hacer que me corra.

-Pon las manos en la nuca, flexiona la rodillas y abre del todo las piernas.

Hizo lo que le había dicho, Álvaro sacó un vibrador del bolsillo, lo encendió y se lo pasó por las tetas, por las areolas y por los pezones. Luego se lo pasó desde el periné al clítoris. El vibrador subió y bajó por la raja del coño cada vez con más celeridad. Encarna se retorcía y gemía sin parar. Cuando Álvaro se cansó de hacerla sufrir, puso el vibrador a un lado del capuchón del clítoris y Encarna dijo:

-¡Esto es una locura! ¡¡Me corro, me corro, me corro!!

Al acabar de correrse le dijo Álvaro:

-Ponte boca abajo

Se puso. Le separó las piernas, le echo aceite en el interior de los muslos y los masajeó, luego le echó aceite en abundancia en las nalgas y en el ojete. Al pasar la yema del dedo gordo por el ojete a Encarna se le escapó una risita nerviosa, risita que se convirtió en un gemido cuando mitad del dedo se metió dentro de su culo. Del coño acabaron de salir jugos espesos y del color de la leche de la corrida que recién había tenido. Luego, Álvaro, le dijo:

-Ponte a cuatro patas.

Al estar a cuatro patas le masajeó las nalgas y después la masturbó pasándole tres dedos desde el coño hasta el ojete. Poco más tarde, al llegar arriba, le metió el dedo medio dentro del culo. Encarna soltó un gemido desgarrador. Álvaro sabía que ya la tenía. Le metió dos dedos dentro del coño, se lo folló a toda mecha y Encarna se corrió. De su coño comenzó a salir un regato de jugos que iba a dejar perdida la cama. Entre convulsiones, dijo:

-¡Me corro!

No hacía falta que lo hubiera dicho, la corrida hablaba por ella.

Álvaro la tenía en posición y no le iba a dejar el culo sin follar. Con la yema del dedo medio hizo círculos sobre su ojete. Después le folló el culo con el dedo al tiempo que masajeaba sus tetas. Cuando ya a Encarna le gustaba una cosa mala, cogió el vibrador encima de la cama, y con él apagado y poco a poco, se lo metió dentro del culo. Luego se lo folló... Al rato del coño de Encarna  comenzó a salir jugo blanco y espeso. Álvaro encendió el vibrador y Encarna exclamó:

-¡Me corro otra vez!

De su coño volvieron a salir jugos, que despacito cayeron sobre la cama.

Al acabar de correrse le dijo:

-Ponte boca arriba.

-¡No quiero que me meta su pene que me puedes dejar embarazada!

-Yo no tengo pene, tengo una polla gorda cómo una cebolla y no soy tan cabrón cómo para dejarte preñada.

Le separó las piernas, le metió dos dedos dentro del coño y masajeando sus tetas con la otra mano, la masturbó. Desde un principio los dedos chapotearon al encontrarse con los jugos, pues desde un principio la masturbó a toda leche. Encarna era de orgasmo fácil. Tres veces la tuvo a punto y tres veces paró de masturbarla para hacerla sufrir. 

-Es un abusón.

Álvaro, con los dedos dentro de su coño, acercó labios a los de Encarna hasta rozarlos, le metió la punta de la lengua dentro de la boca y luego le preguntó:

-¿Quieres bañar mi polla con los jugos de tu corrida?

-No debía decir esto, pero... Si no se corre dentro, sí.

Álvaro sacó la polla empalmada y se la puso en los labios. 

-Abre la boca y mama.

Encarna apartó la cabeza hacia un lado para decirle:

-Cochino.

-Mama y déjate de hacerte la escrupulosa.

-Ni muerta metería un pene en la boca.

Álvaro se la frotó en los labios, pero no hubo manera de que abriera la boca. 

-Tú ganas.

Saco los dedos del coño, se arrodilló delante de ella, la cogió por cintura, la atrajo hacia él y le clavó la polla de una estocada.

-Báñamela con una corrida.

Encarna, con la polla enterrada hasta el fondo de su ser, comenzó a levantar y a bajar el culo... En nada, su coño apretando y soltando la polla, le dio un baño de jugos. Álvaro sintió como le mojaban los huevos.

Al acabar de correrse la elevó un poco y se la clavó en el culo. Lentamente, se la metió hasta el fondo, luego le dio la vuelta y la puso encima de él. Encarna se hizo la muerta otra vez. Álvaro le folló el culo. Al rato se lo llenó de leche. Encarna le dijo: 

-Ahí no hace daño.

Álvaro, al acabar de correrse, sacó la polla del culo y la metió dentro del coño. La folló a mil por hora y en muy poco tiempo Encarna le volvió a bañar la polla con los jugos de su corrida, mientras decía:

-¡Ay, Dios, me estoy corriendo otra vez!

Álvaro iba a descubrir la puta que dormía dentro de su nuera, pues Encarna, al acabar de correrse, se quitó la careta, y le dijo:

-Ahora vas a saber quien soy yo.

Lo montó, le cogió la polla y la metió dentro del coño. Mirando a su suegro a los ojos lo cabalgó al paso un rato, al trote otro rato, al paso de nuevo, al trote. al galope. Galopando vio que se iba a correr, le dijo:

-No eres tú el único que sabe hacer sufrir.

Quitó la polla del coño, se dio la vuelta, le dio la espalda, la volvió a meter y lo folló a su aire. Encarna lo hacía gozar cómo un cerdo y gozaba ella aguantando el orgasmo. Cuando sintió que su suegro se iba a correr, paro de moverse para que no se corriera y para no correrse ella, pero ya era tarde, un chorro de leche había salido de la polla. Encarna comenzó a correrse con una fuerza brutal y ya no la sacó.

Al acabar de gozar estaban los dos jodidos. Le dijo Encarna:

-Mira que si me has dejado embarazada...

-Por las dudas folla con mi hijo esta noche. Cómo tenemos los mismos genes..., pero no creo que quedaras embarazada, mujer.

Encarna miró para la cama y vio que estaba hecha una mierda.

-Hay que cambiar la ropa de la cama para no dejar rastro de lo que acabamos de hacer.

-De eso me encargo yo.

Álvaro cambió la ropa de la cama y puso una lavadora para borrar los rastros de la aventura.

 

                         Segundo día, segunda parte

 

Esa noche, estando en la cama, le dijo Encarna a su marido: 

-Como entre nosotros no hay secretos, me veo en la obligación de contarte algo, Ramón.

-Tampoco te veas obligada, cariño, si tienes que guardar un secreto, guárdalo.

-Mejor te lo cuento.

-A ver, cuenta.

-Hoy he sido muy mala.

Ramón, que tenía veinte años y que era moreno, alto y corpulento, le acarició el cabello, le dio un pico en los labios y le dijo,

-No lo creo, tú eres una santa.

-Puedes creerlo, fui muy mala.

-A ver. ¿Qué hizo la niña mala?

Encarna le empezó a soltar el rollo que había preparado.

-He visto porno, mucho porno.

Ramón se interesó por la confesión.

-¿Qué clase de porno? 

-De todo un poco.

-¿Te masturbaste?

-Sí, y me corrí tres veces. Exploté cuando una chica llegó al orgasmo en la boca de su amiga. Cuando un chico eyaculó en la boca de una chica y cuando una chica llegó al orgasmo encima de un chico.

-Llevamos mucho tiempo sin hacer cosas, es normal que te aliviaras.

Encarna quitó la ropa de la cama que los cubría, le bajó los calzoncillos, le echó la mano a la polla, que estaba morcillona, la metió en la boca, le bajó la piel y mamó su cabeza mientras la apretaba por la base. La polla se puso dura cómo una piedra y en muy poco tiempo la leche fue cayendo en la boca de Encarna.

Al acabar de correrse, le dijo Ramón:

-¡Viva el porno! Desnúdate que te voy a hacer una comida de coño que vas a mear por ti con el gusto que te haré sentir..

En la habitación de al lado, Paloma le dijo a su marido.

-Creo que pronto vamos a ser abuelos.

-Puede, pero comiéndole el coño...

-¿Por algo se empieza?

-¿Te apetece echar un polvo, Paloma?

-O dos, o tres....

-Echaremos los que tú quieras.

Quique

 

 

 

 

 

 

 


   
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