-¿Dónde vas con eso tan grande? Pero mira que eres burro, ¡eso luego es todo semilla y está medio hueco por dentro hombre!
-Perdone la señora, es que últimamente se ha vuelto muy exigente con las verduras- Contestó Luis bromeando. ¿Estos están mejor?
-Hijo, ni tanto ni tan poco, que eso cuando lo pelas se queda en nada- Respondió Rosa y a continuación miró al cielo y dejando escapar un suspiró simuló armarse de paciencia con el desastre de su marido.
-Me parece que los que le gustan a su señora son estos de aquí caballero- La voz correspondía a un minúsculo anciano de voz achacosa, que con una sonrisa alargaba un pepino de tamaño intermedio en dirección a Rosa. –Este sí está justo en su punto, ¿Verdad señora?- Añadió el abuelo orgulloso de su perfecto dominio de los productos de la huerta.
-Sí, sí, justo así, gracias.- Asintió Rosa sonrojándose. – ¿Ves como no es tan difícil?- Reprochó a su marido.
-Es que la juventud ya no sabe de dónde viene lo que comemos- Dijo el simpático abuelete- Ya verá, ya verá como el que trae usted terminará por pensar que la comida sale directamente de la nevera- Añadió señalando la prominente barriga de Rosa que ya se encontraba en la trigésimo primera semana de embarazo.
-Bueno vale, ya me he cansado de que me restreguéis lo inútil que soy. ¿Falta algo más? Tengo ganas de irme para casa- El tono de Luis era ligeramente malhumorado.
- Zanahorias y plátanos.- Le contestó Rosa mirándole seriamente como reproche por su mala educación y a continuación se volvió con una sonrisa para proseguir conversando brevemente con el anciano.
Algunos minutos más tarde Luis regresaba junto a su mujer con dos bolsas y las depositaba en el carro de la compra mientras ella se despedía de aquel vejete deseoso de conservación.
-Bueno, nos vamos.
-Sí, sí yo también me voy para casa. Venga hasta otro día majos y que tengáis mucha salud para criarlo.
-Muchas gracias, adiós- Dijo Rosa con simpatía.
-Adiós- Añadió Luis con todo lo contrario.- Pero mira que te enrollas fácil con todo el mundo Rosa.
-¿No querrás que sea tan antipático como tú?- Contestó su mujer a la vez que le sacaba la lengua en un gesto de burla.
Al día siguiente Luis se levantó como cada mañana a las siete para ir al trabajo, se despidió de su mujer dándole un beso en la frente y la dejo en la cama.
Rosa había dejado de trabajar algunas semanas atrás. La totalidad de su jornada laboral transcurría en pie y se encontraba cobrando la prestación por riesgo durante el embarazo, así que no tenía ninguna prisa por levantarse. No obstante aquel día lo hizo en cuanto Luis salió por la por la puerta.
Acudió a la cocina, puso el tapón en el fregadero, lo lleno de agua y añadió unas gotas de lejía. A continuación buscó las verduras y frutas compradas el día anterior y las sumergió en la mezcla desinfectante durante un buen rato.
Mientras esperaba se dedicó a poner la lavadora y realizar otras pequeñas tareas domésticas al termino de las cuales retiro el tapón del fregadero y dejo que el agua escurriese, acto seguido seleccionó, examinó y secó cada verdura y fruta de forma rigurosa, apartando las que le parecían más aptas y colocando en su lugar de la despensa el resto.
Una vez todo volvía a estar ordenado y en su sitio Rosa tomó los tres vegetales que previamente había seleccionado como más idóneos y se dirigió a su dormitorio con ellos entre las manos. Un pepino, una zanahoria y un plátano fueron los agraciados con el primer premio de la lotería y es que Rosa se había vuelto toda una apasionada de la huerta precisamente coincidiendo con su estado de buena esperanza.
Y no precisamente porque le gustase especialmente comerlas no, aunque ciertamente en su estado procuraba cuidar su alimentación, lo que de verdad le gustaba era proporcionarse placer con ellas.
Todo comenzó hacía más de un año, cuando escuchando la radio durante una noche de insomnio descubrió en el programa de una famosa sexóloga como había mujeres que disfrutaban del sexo con verduras. En concreto se entrevistaba a una mujer casada y con hijos que reconocía sin problema que ella disfrutaba de sus masturbaciones con distintos vegetales, explicaba sin complejos como disfrutaba seleccionándolos, la idoneidad de unos y otros para tal práctica o tal otra e incluso daba consejos –Nunca de la nevera por supuesto- Decía la entrevistada entre carcajadas.
Fue así como al día siguiente se masturbó Rosa por primera vez con un pequeño calabacín que encontró en la cocina. No es que a Rosa no le gustase el sexo con Luis, simplemente era una nueva forma de disfrutar del sexo que no hacía daño a nadie y poco a poco ella también se fue convirtiendo en toda una experta en el sexo con verduras al igual que la señora de la radio.
Por si fuera poco en los últimos tiempos su afición había tomado todavía más fuerza. Afición que casi se había convertido en una necesidad por otro lado, ya que para Rosa el embarazo había venido acompañado de un importante incremento del deseo sexual. Tal y como diría su madre en los últimos meses Rosa estaba más caliente que el rabo de un cazo.
Desgraciadamente para Rosa, de la misma forma su apetito sexual se había disparado con el embarazo. El de Luis había desaparecido casi por completo y se mostraba temeroso de practicar el sexo con su mujer por un estúpido temor de dañarla a ella o a su hijo.
Así pues la dieta del caliente chocho de Rosa se había vuelto completamente vegetariana durante su estado de buena esperanza y esta mañana en concreto estaba totalmente deseosa de tomar una buena dosis de vitaminas.
Al llegar a la habitación abrió el cajón de su mesita de noche y rebuscó entre sus braguitas hasta dar con la caja de preservativos que allí guardaba. Tomo tres condones, uno para cada uno de los tres pretendientes escogidos y tras ahuecar la almohada y colocar los dos grandes almohadones que tenía en la cama contra el cabecero se acomodó lo mejor que pudo, en una posición entre tumbada y sentada que le permitía verse en el espejo de la pared opuesta tal y como a ella le gustaba.
Subió su camisón arrollándolo entorno a su prominente barriga y doblando los rodillas separó sus piernas dejando totalmente expuesto frente al espejo su peludo y caliente coño.
-Joder Rosa, deberías hacer un pensamiento y depilarte el chocho que ya toca.- Pensó para si mientras acariciaba sus labios mayores notando claramente la humedad que ya encharcaba su sexo expectante ante el inminente festín vegetariano.
Rosa se mordía el labio inferior y acariciaba sus prominentes tetas de embarazada con una mano mientras con la otra estimulaba su excitado clítoris que crecía por momentos. Se masturbo durante algunos minutos contemplándose en el espejo hasta que cercana ya al orgasmo decidió reservar este placer para más tarde manteniendo su excitación por todo lo alto.
Llevó su mano a un lado y tomando uno de los preservativos rasgó el envoltorio, luego tomó el pepino cuidadosamente seleccionado, lo enfundó en el condón e hizo un nudo en este de forma que no se saliese y quedase bien tirante. Muchas otras veces había prescindido del uso del profiláctico, pero desde que estaba embarazada su precaución era extrema y además había descubierto que con su uso obtenía una agradable lubricación extra.
Rosa imaginó que aquel pepino era un vigoroso rabo y lo llevó a su boca para rodearlo con los labios como si de un glande hinchado por la sangre se tratase. Mientras con la mano libre soltaba los botones de su camisón liberando y sacando sus gordas tetas para a continuación, sujetando el fruto con su boca, situarlo entre estas y aprisionarlo ayudada por sus manos.
Aquel afortunado vegetal estaba disfrutando de una gloriosa cubana y una mamada al mismo tiempo y Rosa se sentía cada vez más cachonda sintiendo como la humedad comenzaba a deslizarse por sus muslos. Pellizcaba sus gordos y erectos pezones a la vez que imprimía un ligero movimiento de vaivén en sus tetas, encargadas a su vez de trasmitir el movimiento al pepino que se deslizaba por su boca.
Pronto sintió la necesidad de volver a atender a su caliente coño y tomando el pepino lo llevó a su entrepierna comenzando a deslizarlo entre sus hinchados labios mayores. Poco a poco el aventurero vegetal se adentró en aquella húmeda y oscura gruta provocando oleadas de placer a Rosa, que aceleraba y enlentecía el ritmo de las penetraciones a su antojo obteniendo así el máximo deleite.
Su sexo cada vez producía más y más flujo que era arrastrado hacia fuera cada vez que el pepino se retiraba, de manera que resbalaba por su entrepierna humedeciendo la raja de su culo. Rosa pensó entonces en aquel amable vejete que el día anterior había seleccionado precisamente el mismísimo pepino que ahora tenía entre sus piernas y se preguntó que pesaría el buen hombre si supiese donde había terminada su pepino. Imaginó que probablemente el pobre abuelo habría terminado teniendo que visitar el hospital con una taquicardia como mínimo y con aquellos pensamientos se corrió por primera vez.
Una vez recuperada de su primer orgasmo llevó el pepino de nuevo hasta su boca y saboreo el sabor de su sexo mientras buscaba otro preservativo con la mano libre. Soltó entonces a su primer pretendiente que no había perdido ni un ápice de su vigor y tomando a su compañera zanahoria la enfundó en una goma al igual que aquel.
Con la práctica Rosa había llegado a la conclusión de que la anaranjada hortaliza era la mejor para la práctica del sexo anal. El distinto grosor en ambos extremos facilitaba tanto la sujeción por el más grueso como la penetración por el más fino facilitando así la dilatación de su esfínter en la velocidad y medida que a ella le apeteciese en cada momento.
En un primer momento la deslizó por su vagina. Luego moviéndola hacia abajo arrastró parte del abundante flujo por la raja de su culo para llevarlo hasta su rosada puerta trasera, la cual comenzó a acariciar suavemente provocándose un agradable cosquilleo que poco a poco consiguió distender su esfínter. En menos de un minuto la punta de la zanahoria había atravesado ya el anillo de su culo y se introducía lentamente en el recto de Rosa explorándolo con suaves movimientos circulares que le provocaban gran placer.
Empujó aquella raíz hasta que prácticamente quedó alojada en su totalidad, la sujetaba con la punta de los dedos por el extremo más grueso moviéndola suavemente dentro de su culo. Volvió a coger entonces a su buen amigo el pepino con la mano que le quedaba libre y lo llevó hasta su encharcado conejo, lo restregó un par de veces y en tan solo unos segundos lo volvió a tener incrustado en su sexo.
Rosa disfrutaba enormemente de aquellas dobles penetraciones que ella misma se propinaba. Le encantaba sentir como ambos falos se encontraban y luchaban entre si únicamente separados por la fina tela que separaba sus dos cavidades más íntimas.
-Ding dong.- Era el timbre de la puerta, pero Rosa no le hizo ningún caso pues aquello era lo mismo de cada mañana, cartero, correo comercial, etc. Algún otro vecino abriría.
Así pues Rosa no interrumpió para nada lo que se tenía entre manos y se dispuso a seguir disfrutando de su afición más secreta, pero aquel día el timbre no pareció calmarse tan fácilmente.
-DING DONG, DING DONG, DING DONG, DING DONG.
-Pero será capullo el muy hijo de…- Esta vez Rosa sí paró de masturbarse molesta con el inoportuno timbre y la cosa no quedó en eso si no que fue a peor.
-¡Bzzzzz! ¡Bzzzzz! ¡Bzzzzz!- El móvil también se había conjurado en su contra y corría zumbando por la mesita de noche.
Rosa dejo escapar su amado pepino y alcanzó el teléfono con la mano. Era la cara de Marga la que aparecía en la pantalla del móvil. Deslizo el dedo para aceptar la llamada y se llevó el teléfono a la oreja.
-Dime Marga.
-¿Dónde andas hermanita?
-Pues en casa. ¿Dónde quieres que este?- Contestó ligeramente irritada.
-En ese caso no estaría mal si le abrieses la puerta a tu hermana pequeña. ¿No te parece?
Al sentir aquellas palabras rosa dio un respingo y casi sin darse cuenta empujo la zanahoria que todavía aguantaba con sus dedos en su culo, de forma que esta termino por perderse por completo en el interior de su recto.
-Eh claro, perdona pensaba que era el pesado del cartero.
-Pues venga mujer, que me tienes aquí plantada como un pasmarote.
-Ya voy, ya voy.
Rosa finalizó la llamada y nerviosa se levantó de la cama pensando en que hacer. No tenía excusa para hacer esperar más tiempo a su hermana, así que, suponiendo que en la habitación sus secretos estaban seguros, salió de esta y cerró la puerta sin más.
Abrió la puerta de la portería a Marga y mientras esperaba a que esta llegase a casa abotonó su camisón y lo recompuso lo mejor que pudo. Fue solo entonces cuando cayó en la cuenta de que aquella zanahoria había quedado alojada en su culo, pero se hallaba ya sin tiempo de reacción.
-¿Se puede? Pregunto Marga abriendo la puerta y entrando a casa.
-Claro, claro mujer. Estás en tu casa, ya lo sabes.
Rosa se había quedado petrificada en medio del recibidor, ahora no podía dejar de sentir a su amiguita jugueteando en su recto y trataba de disimular lo mejor que podía. Marga se acercó y dio dos besos a su hermana mayor y a continuación acarició su prominente barriga.
-¿Cómo están mi primer sobrinito y mi hermana preferida?
- Que tonterías tienes, si soy tu única hermana. Tu sobrino cada día más revoltoso, creo que va a ser un culo inquieto al igual que su tía.- Contestó llevándose las manos a la barriga y poniéndolas sobre la mano de su hermana.
-Ja ja, ya verás, seguro que nos llevamos divinamente.
-¡Seguro! ¿No tienes clase hoy?- Preguntó Rosa extrañada por la presencia de su hermana.
-Se terminó el cuadrimestre, esta semanita la tengo libre- Contesto Marga con una gran sonrisa. –¿Me invitas a desayunar? ¡Estoy hambrienta! -Marga se dirigió a la cocina y como si realmente estuviese en su casa se dispuso a prepararse el desayuno con total naturalidad.
Las dos hermanas se llevaban doce años y mientras que Rosa era una madura mujer de treinta y dos añazos Marga apenas tenía veinte tiernos añitos. No solo en la edad se diferenciaban, la mayor rubia y la pequeña morena, Rosa la tranquila y Marga el torbellino, la mayor clásica en el vestir y la pequeña más desenfadada, pelo largo, pelo corto. En definitiva un sinfín de contrates.
Físicamente era evidente que eran hermanas, pero mientras que el cuerpo de Rosa mostraba la voluptuosidad propia de la treintena el de Marga era mucho más grácil y estilizado, casi todavía el de una adolescente.
-¿Me sacas la leche de la nevera hermanita?- Preguntó la pequeña mientras cogía un vaso.
-No queda, coge otro cartón bajo el fregadero.
En realidad aquello no era cierto, pero Rosa comenzaba a sentir como su amiga zanahoria quería volver a salir al exterior y prefería evitar cualquier tipo de movimiento que pudiera facilitarle las cosas.
-Ok sin problema- Contestó Marga agachándose a por la leche.
-¿Cómo te han ido los exámenes entonces?
-Buenoooo, hubo uno que se me resistió un poco, pero el resto bien. A finales de semana creo que ya los sabré todos.
Rosa, cada vez más nerviosa, apretaba su culo intentando retener la zanahoria mientras Marga se servía la leche y rebuscaba en los cajones algo que comer.
-Seguro que son buenas. Ehh, los cruasanes de chocolate que te gustan están en el último cajón.
-¡Gracias! ¡Cómo me cuidas hermanita! ¿Quieres tú?
-No, no yo ya he desayunado-
Rosa cada vez estaba más incómoda, el sudor corría por su frente y el esfuerzo para mantener la zanahoria era cada vez mayor.
Mientras Marga, ajena a lo que le pasaba a su hermana mayor, abrió la bolsa de los cruasanes y llevándose uno a la boca le propino un soberano mordisco que hizo que el chocolate del interior saliese por el extremo opuesto dejándola el tiempo justo para apartase evitando así mancharse, pero no que este cayese al suelo.
-Joder que bueno esta esto, no te preocupes que ahora mismo lo limpio. ¿Seguro que no quieres?
-Ya te he dicho que no- Contestó Rosa con gran nerviosismo mientras sentía como las piernas comenzaban a temblarle.
-Bueno hija, tampoco hay que ponerse borde.
Marga arrancó un trozo de papel del rollo de cocina y agachándose a los pies de su hermana se dispuso a limpiar el chocolate que tan torpemente había derramado.
Rosa sintió como le abandonaban las fuerzas y la cabeza de la zanahoria comenzaba a asomar a través de su ano. Entonces, en un último esfuerzo para intentar retener la hortaliza, se recostó contra la pared de la cocina y contrajo su culo con todas las fuerzas que le quedaban.
Fue sin duda un error de cálculo. Una vez que la cabeza de la zanahoria había salido al exterior nada que no fuese empujar desde fuera podía volver a llevarla dentro. Bien al contrario, la propia forma de cono de esta, junto con el resbaladizo condón provoco que la contracción del esfínter impulsase directamente al exterior a la escurridiza umbelífera que cayó al suelo golpeándolo con un ruido sordo y quedando a escasamente un palmo de distancia de Marga que limpiaba el chocolate de su cruasán.
-¿Pero qué?
Marga alargo su mano y tomó la caliente zanahoria del suelo sin comprender lo que acababa de suceder. La examinó durante unos segundos preguntándose como había llegado una zanahoria enfundada en un condón hasta el suelo de la cocina de su hermana mayor y cuando por fin comenzó a comprender que aquello se le acababa de caer a Rosa giró lentamente su cabeza hacia arriba para mirar a su hermana con los ojos abiertos como platos.
Rosa por su lado al sentir que la zanahoria abandonaba su cuerpo respiró en un primer momento aliviada, pero enseguida tomo conciencia de la situación y sintiéndose terriblemente avergonzada cerro los ojos mientras sentía como la sangre acudía en tropel a su rostro.
-¿Rosa? ¿Qué es…?
Las lágrimas acudieron a los ojos de Rosa que sintiéndose abochornada salió corriendo de la cocina dejando a Marga todavía agachada en el suelo.
-Espera Rosa...
Tras unos segundos de estupefacción Marga salió corriendo tras su hermana y encontró a esta llorando junto a la ventana del salón.
-Qué vergüenza, que vergüenza.- Era lo único que Rosa decía entre sollozos.
-¿Pero por qué? No pasa nada, es normal mujer.- Le dijo su hermana pequeña mientras la abrazaba desde atrás apoyando la cabeza en su espalda e intentando consolarla.
-Pensarás que soy una guarra y más estando embarazada- La pena de Rosa era inconsolable.
-Que no tonta. ¿Qué te crees que eres la única que necesita darse un gusto de vez en cuando o qué?-Preguntó Marga en tono bromista intentando quitarle hierro al asunto.
-Es que verás, tu cuñado…- Rosa todavía respiraba de forma entrecortada por el llanto.- Luis lleva tres meses sin tocarme y yo, y yo.
-Y tú no eres de piedra hermanita. ¿Verdad? Este cuñado mío no sabe lo que se pierde. Con lo buenorra y calentorra que está mi Rosa.
Mientras decía esto Marga comenzó a sobar a su hermana mayor bromeando e intentando que está se relajase y perdiese la vergüenza.
-¡Que tonta eres! Estate quieta anda, que me haces cosquillas.
Rosa se retorcía intentando librarse de su hermana. Se dio la vuelta con una pequeña sonrisa dibujada en su rostro, pero sin que las lágrimas dejasen de brotar de sus ojos. Sujetó a su hermana de las manos para evitar que siguiese haciéndole cosquillas, pero clavó la mirada en el suelo y sin atreverse a mirarle a los ojos.
-¿De verdad no piensas mal de mí?- Haciendo pucheros cual niña pequeña.
-Que no tonta, de verdad que no.
Marga se llevó las manos de Rosa a la boca y las besó fuertemente. Luego las soltó y puso las suyas en las mejillas de su hermana donde enjuagó las lágrimas que corrían por estas. Solo entonces alzó Rosa su mirada cruzándola con la de su hermana que la miraba con una dulce sonrisa condescendiente. Por la actitud de ambas bien parecía que las edades se habían intercambiado y era la menor la que ejercía ahora de hermana mayor.
-¿Ya está? ¿Se te ha pasado el sofoco?
-Un poco- Contestó Rosa algo más calmada.
-Entre hermanas no tenemos que tener secretos ni porque avergonzarnos de nada. ¿De acuerdo?
-Sí, de acuerdo. Perdóname, habrás pensado que soy una niña pequeña.
-Para nada, de verdad. Olvidado queda este berrinche.
Marga sujetó la cara de Rosa entre sus manos y besó dulcemente la frente de su hermana, Rosa por su lado cerró sus ojos al sentir los labios en contacto con su piel y sonrío reconfortada.
Entonces, prácticamente a cámara lenta, los labios de Marga abandonaron la frente de Rosa y sujetándola por la barbilla levantó ligeramente la cara de su hermana que mantenía aún los ojos cerrados, la contempló durante unos segundos, ladeó la cabeza y volvió a acercarse a su rostro hasta que los labios de ambas se juntaron en un beso que pilló totalmente desprevenida a Rosa.
Los ojos Marga se cerraron mientras que los de Rosa, totalmente paralizada, se abrieron como platos.
Rosa era totalmente incapaz de moverse mientras que el beso de Marga se hacía más intenso por momentos. Su mano izquierda sujetaba el rostro de su hermana mientras que la derecha bajo hasta posarse en el pecho izquierdo de Rosa para comenzar a acariciarla de una forma que era de todo menos fraternal. Su boca se abría buscando la complicidad de la de Rosa, succionando y saboreando los labios de esta.
Rosa no lo había visto venir. El lesbianismo de Marga era de sobras conocido y aceptado por toda la familia, pero aquello escapaba totalmente a cualquier cosa que pudiera haber imaginado.
-Marga, Marga cariño. ¿Qué estás haciendo?- Rosa permanecía estática incapaz de rechazar a su hermana
Marga apenas tomo aire para dejar escapar una única palabra.
-Besarte.
-Pero, pero Marga, soy tu hermana.
El tono de rosa mostraba más inseguridad que decisión, tan poca decisión como con la que intentaba apartar la mano de Marga de sus tetas.
-Precisamente porque eres mi hermana- Contestó Marga que aprovechaba las palabras de su hermana para deslizar su lengua entre los labios de esta.
Besos y lametones.





