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Iniciador del debate 13 julio, 2023 09:12
Como podéis imaginar, mi cara de estupor fue equivalente a la vergüenza que sentí al caer ante la cama de mi tío, semidesnuda, con el coño chorreando fluidos y viendo que me tío se había acabado de cascar una señora paja contemplando una foto mía en bikini.
Evidentemente, se lo reproché aunque, a la vez, me sentí como una diosa del Olimpo. Mi tío era un hombre maduro y muy atractivo, que podría desahogar sus necesidades sexuales casi con cualquier mujer en la que se fijase, y se había fijado en mi, aunque sólo fuera a través de una foto.
- ¡José Ramón, te has pajeado mirando una foto mía! Nunca esperé esto de ti, no sé qué pensar. No sé qué hacer -le dije, intentando parecer indignada de verdad.
- ¿Y me lo vas a recriminar tú, que has estado espiándome detrás de la puerta, medio desnuda? Supongo que también te habrás masturbado mirando cómo lo hacía yo –respondió mi tío, con el mismo tono de indignación.
- No es lo mismo. Tú me hiciste una foto. O más, que ya no sé si sólo ha sido una o tienes la memoria del teléfono llena. Yo te encontré así por casualidad, tú has buscado tener mi imagen para masturbarte con ella. ¡Estás completamente salido!
- ¿Salido? Tienes 18 años, llegas aquí, te plantas un bikini que apenas te cubre nada, te pones a tomar el sol en la piscina, bajo mi ventana, ¿y quieres que permanezca cómo si no pasara nada?
- ¡Pero soy tu sobrina! –dije mientras me ponía de pie y trataba de subir mis bragas y pantalón.
- ¡Eres una mujer, y yo soy un hombre, eso es lo que ha pasado! Pero vamos, que tampoco es para que dramatices. Seguro que los cuatro chavales de antes también se la cascarán recordando el cuerpazo que les insinuaste mientras subías la escalera –respondió, desviando la conversación hacia los huéspedes.
- ¡Hostias, los chavales! –exclamé
- ¿Qué pasa con ellos?
Antes de poder responderle, el teléfono inalámbrico volvió a sonar. Eso me recordó que aún no había encontrado las pilas, y que dejé el aparato en el suelo del pasillo, junto a la puerta del dormitorio de mi tío.
Salí todo lo deprisa que pude para responder la llamada, parecía un pingüino al hacerlo, con las bragas y el pantaloncito a medio subir, vi la sonrisa que se dibujó en la cara de mi tío, que también se incorporó en la cama para tapar lo que hacía rato que ya había podido verle.
Una vez que me disculpé con los huéspedes, que volvieron a pedir unas pilas para el mando de la televisión, me giré y vi a mi tío, tapado de cintura para abajo con una toalla de lavabo, con el torso desnudo, tentador y más propio de un Dios griego.
- Las pilas de reserva están abajo, en el armario de la izquierda, sobre la balda superior, quizá no llegues a verlas, porque están muy altas, pero te aseguro que si echas la mano, las encontrarás.
- Gracias tío –le dije.
- ¿Se te ha pasado el enfado? –me preguntó
- No estaba enfadada, estaba… sorprendida.
Alargó sus brazos para estrecharme en un fraternal abrazo, o quizá no tanto, porque por mi parte, sentir la piel de mi tío, después de lo que había visto, hizo vibrar cada poro de mi piel. Finalmente, acabé encontrando las pilas y llevándolas a la habitación que las había solicitado
Tras el “incidente”, mi tío decidió que esa noche se encargaría él de la cena. Tampoco es que hiciera labores de chef con estrella Michelín, pero preparó unas fajitas que le salieron muy ricas. A mi me daba morbo pensar que, con la misma mano que se había sacudido su imponente vergas, había preparado las fajitas que me estaba cenando. Y con otro calentón bastante notable me retiré a mi habitación, dónde de nuevo volvía a acariciar y estimular mi sexo, logrando tener varios pequeños orgasmos, con los que concilié un sueño de lo más profundo.
A la mañana siguiente todo comenzó como si no hubiera pasado nada la tarde anterior. Nos levantamos a la hora de siempre, desayunamos y nos dirigimos a la zona de hospedaje para comenzar a trabajar y atender a los huéspedes.
La verdad era que, salvo los cuatro chicos que llegaron el día anterior, la cosa estaba muy tranquila. Otra habitación que había estado ocupada quedó libre esa mañana, y hasta el viernes no se esperaba la llegada de más gente.
- Puedes tomarte la tarde libre –me dijo mi tío durante la comida.
- No te preocupes, puedo estar en la recepción. Me cojo algún libro y puedo estar allí leyendo, por si me necesitas para algo –le respondí, con sinceridad.
- De verdad, te lo agradezco, pero no hace falta, el fin de semana va a ser mucho más duro, así que conviene que estés relajada y descansada estos días, antes del atracón de trabajo que nos espera.
- Vaaaaleeee, me has convencido –le dije risueña.
Hacía calor, y apenas conocía a nadie en el pueblo. Había una chica, una amiga de la infancia, con la que coincidía casi todos los veranos en los que fui por allí, pero que todavía no había vuelto al pueblo por sus vacaciones, seguía estudiando fuera.
Así que, sin muchas cosas que hacer, ni ningún lugar interesante al qué ir, y menos con aquel calor abrasador que estaba haciendo, y recordando el morbo que me había producido saber que mi tío me había tomado alguna foto que utilizaba para masturbarse, decidí volver a plantarme el bikini y hacer uso de la piscina. Además, sabía que al no estar yo en la recepción, mi tío José Ramón no se movería de allí, y desde allí también se veía la piscina.
Elegí uno de los tres bikinis con los que había dotado mi equipaje. Se trataba del más pequeño de todos, un minúsculo bikini, de color verde fosforito, formado por un pequeño tanga abajo, y dos pequeños triángulos arriba, que apenas tenían tejido para ocultar las zonas más erógenas de mi cuerpo adolescente. Si el día anterior, mi tío no pudo reprimir la tentación de fotografiarme, hoy no sería menos.
Bajé a la piscina envuelta en un pareo, de modo que al pasar cerca de José Ramón, mi tío no pudo adivinar qué llevaba debajo, pero sentí, tras saludarlo con la mano desde la puerta que daba acceso a la piscina, que sus ojos me devoraron con la mirada.
Una vez en el jardín, tomé una de las hamacas, que coloqué en una zona entre sol y sombra, para aprovechar, en la medida de lo posible, los rayos de sol para borrar el color blanquecino de mi piel. Me quité el pareo y me apliqué un poco de crema protectora, debía tener cuidado para no quemar mi piel, más en aquellos primeros días de sol tras el largo invierno.
Mientras me aplicaba el protector solar, una vez que dejé caer mi cabeza hacia atrás, pude ver como dos de los chicos de la tarde anterior estaban mirándome desde el balcón de su habitación. Uno de ellos me saludó con la mano, y yo, que siempre he sido una chica muy educada, le devolví el saludo.
En menos de cinco minutos estaba acompañada. Los dos chicos del balcón se presentaron en bañador, para compartir un rato de piscina. Sus nombres eran Leo y Carlos. Leo, el chico que me había saludado desde el balcón, era el más guapo de los dos, sin llegar a ser un tipo por el que perder la cabeza, sí que tenía el cuerpo atlético y fibrado que a toda chica encandila, su sonrisa era bastante bonita, y su mirada parecía dotada del poder de traspasar los cuerpos. Carlos era más del montón, aunque suplía su menor belleza física por su simpatía y sentido del humor.
Pronto me hicieron reír, con sus bromas y comentarios, cada uno echado en una hamaca, rodeando la mía.
- Chicos, tengo mucha calor, voy al agua –les dije tras un rato de charla.
Sin darles apenas tiempo para reaccionar, me lancé al agua del mismo modo en que solía hacer desde niña: de un salto. Salpiqué tanta agua que les alcanzó, pudiendo escuchar sus gritos de protesta, antes de que ambos me siguieran y se lanzaran al agua, tras de mi, de la misma forma en que yo lo había hecho. Armaron buen escándalo al sentir el contraste de la temperatura del agua sobre sus cuerpos caldeados.
- ¡Cabrón, con esta agua tan fría te vas a tener que buscar la chorra con microscopio cuando quieras mear! –le dijo a voces Carlos a Leo.
- No te preocupes, ya se encarga tu hermana de mantenerla siempre en posición de ataque –le respondió Leo
Yo no pude hacer otra cosa que reír. Los hombres siempre hacen lo mismo. Armar mucho ruido cuando quieren acercarse a una chica.
A continuación, ambos se enzarzaron en un juego de empujones y agarrones, pero acercándose de forma abrupta hacia mi, hasta que no pude evitarles, cayendo Carlos a mi lado, de forma que una de sus manos recorrió toda mi espalda hasta terminar sobando mi respingón culo.
- ¡Oye, que le has tocado el culo! –dijo Leo muy ofendido.
- ¡Ha sido por tu culpa, animal, que me has empujado contra ella! –respondió Carlos.
- Paz, chicos. Que no pasa nada. Seguro que tú no querías tocarme, ¿verdad? –pregunté con malicia.
- Ha sido sin queriendo –dijo entre carcajadas Carlos.
A continuación, ambos amigos se miraron, me miraron, y supe lo que iba a pasar: me cogió cada uno por un lado, sin ningún reparo en tocar mis tetas, mis muslos y mi culo, y me balancearon, sacándome y metiéndome en el agua, con más escándalo aún del que habían armado ellos un minuto antes. También es cierto que, aproveché la oportunidad, y tomé contacto con sus vergas, ya endurecidas bajo sus empapados bañadores.
Traté de defenderme, claro está. No podía dejarme manosear de ese modo, por aquellos dos chavales, sin oponer un mínimo de resistencia que le diera dignidad a mi posición. El problema vino cuando, en mi defensa, utilicé brazos y piernas agitándolos cuánto pude. Le di un manotazo a Carlos, en el mismo momento en que él me sujetó por una teta. Juro que no lo hice adrede, me gustaba sentir sus cuatro manos sobre mi cuerpo, me estaba poniendo bastante cachonda aquél juego, pero el pobre se llevó un bofetón involuntario que le provocó una hemorragia.
Carlos tuvo que salir de la piscina y pasar al baño para lavarse la cara y contener la pequeña hemorragia que le produje con el golpe que le di. Leo se quedó conmigo, muerto de la risa, aunque sin atreverse a tocarme, supongo que tenía miedo de que le soltara otro sopapo a él. Antes de que pudiera explicarle a Leo que no corría ningún peligro apareció mi tío. Me llamó desde la puerta completamente enfadado:
- Eva, ven aquí –me dijo tajante.
- ¿Qué pasa? -pregunté desde el borde de la piscina, aún sin salir.
- Eva, por favor, ven un momento –me insistió
Salí del agua, me calcé con las chanclas y fui directamente a su encuentro, chorreando agua por la piel. Realmente pensé que ocurría algo y necesitaba de mi ayuda, pero no era eso.
- ¿A qué estás jugando con esos dos? -me preguntó en tono muy seco, mientras sus ojos no eran capaces de mirarme a la cara, embelesados en mi cuerpo.
- A nada, estamos pasando un rato en la piscina, me diste la tarde libre –le dije
- No debes intimar con los huéspedes, ellos sólo quieren hacerse los simpáticos, ligar contigo, echarte un polvo y en dos días se habrán ido y te olvidarán, no puedes liarte con todos los que pasen –yo estaba flipando, mi tío estaba celoso de los dos chicos.
- Tío –le dije-, no me los he follado, no sé si quería hacerlo, pero si me los follo, a uno, a los dos, o al batallón que venga por aquí este verano, es mi problema. No serás tú quién me organice y supervise mis relaciones ¿no crees?
- Sólo te advierto de los problemas que puedes llegar a tener –me insistió.
- Tú estás celoso –le dije mirándole a los ojos.
- ¡No digas tonterías! –me respondió bastante nervioso.
- Quién me hizo fotos en bikini fuiste tú. ¿Hoy me has hecho más? -le dije, metiéndole toda la presión que pude.
- Eva, no necesito hacerte fotos para tenerte grabada a fuego en mi cabeza.
Se dio la vuelta sin esperar mi respuesta. Pero yo no me podía quedar así. Seguí tras él que, en lugar de quedarse en la recepción, subió directamente hacia el área que utilizábamos como vivienda. Y yo tras él, claro. Primero se aproximó a la puerta de su habitación, pero en el último momento se dio la vuelta de nuevo y se encaminó al baño, en ese instante me vio.
- ¿Qué haces aquí? Deberías estar abajo, divirtiéndote con esos dos tíos –me espetó.
- Joder José Ramón, ¿Qué te pasa? ¿Perdóname si te he molestado?
- No me pasa nada. No me pasa nada que pueda explicarte y que puedas entender –me dijo, pasando a mi lado de vuelta a la escalera, sin mirarme.
- ¿Pero qué dices? ¿Tan difícil es que me digas qué te he hecho? No me seas infantil, que la niñata se supone que soy yo –le respondí
Mi tío se giró en el último momento, y dio un par de pasos para ponerse de nuevo a mi altura. Mi miró con sus preciosos ojos oscuros, puso sus manos sobre mis brazos sujetándome, como si fuera yo quien quisiera huir.
- Me vuelves loco, Eva. Me gustas. Me excita verte. Me excita oir tu voz, verte caminar, saber que duermes a 5 metros de mi. Me excita contemplar tu cuerpo, ver tu cara, mirar tus ojos y rozarme con tu piel y con tu pelo. El otro día no pude contenerme, y te hice varias fotos desde aquí arriba. Con ellas me he masturbado varias veces, soñando contigo, soñando con lo prohibido. Ayer me descubriste, no ya masturbándome, si no haciéndolo con tus fotos y, en lugar de enfadarte y de marcharte, has seguido aquí.
No sabía qué pensar. Me había propuesto no volver a hacerlo, no pensar en ti como si no fueras mi sobrina. Pero he visto otra vez en la piscina. Otra vez radiante, preciosa, irresistible. Pero, lo que me ha hecho explotar ha sido verte con ellos divirtiéndote, dejando que te soben y que se excitaran contigo. Ha sido superior a mi.
Supongo que ahora sí, ahora te irás de aquí.
Todo lo que mi tío me acababa de decir era superior a lo que yo podría imaginar. Era evidente que cierta atracción física sentía por mi, de lo contrario no habría utilizado mis fotos para pajearse. Pero lo que acababa de hacer era toda una declaración de su deseo y obsesión por mi. Y eso, lejos de asustarme, molestarme u ofenderme, prendió mi cuerpo como lo haría una hoguera rociada con gasolina.
No le respondí con palabras. Me abalancé sobre él, enlazando mis manos por detrás de su cuello, obligándole a pegar su boca a la mía, mientras mi pubis, apenas cubierto por el bikini y aún empapado, se apretó contra la zona de su cuerpo en la que se encontraba su sexo.
Nos besamos como dos desesperados. Como dos presos que acaban de alcanzar la libertad. Nos besamos con pasión y deseo. La lengua de cada uno invadió la boca ajena. Sus labios apresaron los míos que, en cuanto pudieron, se soltaron para apresar los suyos. Su boca besaba endiabladamente bien. Mi entrepierna, agradecida, comenzó a humedecerse, esta vez con mis fluidos que se confundieron con el agua del bikini.
Las manos de mi tío me sujetaron por el culo, palmeándolo en un par de ocasiones. Sus manos eran grandes y fuertes. Mi culo era respingón pero delgadito. Sentía la presión de sus manos sobre mi culo, poderosas, atrevidas, masculinas… necesitaba que el macho que encerraba mi tío me enseñara el camino de la perversión y la más descarnada lujuria.
Poco a poco me encaminó hacia su habitación. Sin separarse de mi boca, sin dejar de sobar y apretar mis nalgas y mi culo. Mis tetas se aplastaron contra su pecho, en el que mis pezones, con su incipiente excitación, debían de hacerse notar a través del polo que vestía.
Entramos en la habitación y, por un instante me soltó para cerrar la puerta de un golpe. Me lanzó sobre la cama, casi volé hasta caer en ella. En un santiamén se deshizo de su ropa y calzado. Estaba completamente excitado, exhibiendo de nuevo el enorme pollón que tanto me gustó la tarde anterior. Lucía la polla más bonita y atrayente que hubiera visto nunca: larga, gruesa, un poco oscura y coronada por un pronunciado capullo de tonalidad morada.
Estuve tan absorta disfrutando de su desnudez que no hice nada para quitarme el bikini. No hizo falta. Él se encargó. De un tirón arrancó la parte superior, mis tetas apuntaron directamente a sus ojos, a la vez que, de nuevo de un tirón, arrancó el tanga del bikini. Mi sexo, completamente depilado, quedó a su disposición.
Besó mis tetas con rudeza, con fuerza. Mordió mis dos oscuros pezones, no sólo con sus labios, si no también con sus dientes, provocando mis gemidos y que mi cuerpo se retorciera de placer. A la vez, sin dejar de succionar con fuerza mis pechos y pezones, una de sus manos se dirigió directa a mi coño. Lo sobó, lo acarició, introdujo un par de dedos dentro, haciéndolo con fuerza y seguridad, deslizándose con facilidad a través de los fluidos que comenzaron a salir como si un grifo se hubiera roto.
No podía dejar de gemir. Podrían oírme los de la piscina, ya que la ventana de la habitación estaba abierta. No me importó. Lo que me importaba era sentirme única. Sentir el cuerpo varonil, fuerte y seguro de mi tío enseñando al mío a disfrutar de los placeres del sexo prohibido.
Busqué su polla con mis manos. Y la encontré. Era fácil hacerlo debido a su gran tamaño. Mi mano era como la mano de una niña sobre una buena verga. Sentir sus venas hinchadas, el palpitar de su polla, el calor inmenso que irradiaba sirvió para encender mi cuerpo aún más, para desear tenerle dentro de mi, después de tener su polla dentro de mi boca, al menos todo lo que de ella cupiese.
En un momento que él aflojó un poco la presión sobre mis tetas y mi coño, me deslicé sobre la cama, para llegar con mi boca a la altura de su polla y, antes de que pudiera hacer o decir nada, la metí en mi boca, lamiéndola con ganas. Chupándola con fuerza e intensidad, succionando su precioso glande, en una sucesión de sonoros movimientos con mis labios. Creo que aún creció y se endureció un poco más.
Mi tío se recolocó un poco, de modo que yo quedé completamente tumbada boca arriba, mientras él rodeó mi cabeza con sus piernas, dejando su enorme polla para el deleite de mi boca.
Lamí el tronco de aquella maravillosa verga, deslizándola despacio hasta sus huevos, los cuales metí en la boca, por separado y juntos, uno y otro, para succionarlos y volverlos a lamer, e iniciar un nuevo viaje con mi lengua, esta vez en sentido contrario, hasta terminar succionándole el capullo de nuevo. A la vez, él masajeaba mi clítoris, metiendo hasta tres de sus gruesos dedos en mi coño, chapoteando en mis fluidos.
Poco a poco introduje gran parte de su polla en mi boca, tragándola hasta dónde me fue posible, iniciando así un movimiento cadencioso y repetitivo, que mi tío acompañó con el movimiento de su propia pelvis, imprimiéndole un ritmo y una intensidad mucho mayores. Me folló la boca sin ninguna consideración, con fuerza.
Así me tuvo un buen rato, en el que, mientras por un lado trataba de gemir, por el placer que sus dedos proporcionaban a mi coño y clítoris, por otro lado quería coger aire y, por otro lado, su verga impedía que hiciera ni una cosa ni otra. Pero el morbo, la excitación y la sensación de estar disfrutando de algo que era maravilloso y, a la vez, prohibido, me hacían derretirme de placer y deseo.
Cuando José Ramón se hartó de ver su polla entrar y salir de mi boca, o para evitar que me ahogase, la sacó y, de inmediato, sin darme lugar al descanso, su boca engulló mis labios vaginales y mi clítoris, presionándolo con fuerza, antes de introducirme la lengua dentro y de que, a continuación, sus labios mordieran mi clítoris, y su lengua dibujara innumerables e interminables círculos sobre él, recibiendo a cambio una buena descarga de fluidos en su maravillosa boca. Nunca antes de mi cuerpo habían aflorado tanta cantidad.
Tras unos minutos en los que me hizo enloquecer tanto con su boca que, cuando pellizcó ambos pezones con sus manos, a la vez que mordió mi clítoris, me corrí como una bendita, llenando su boca con mi néctar, se subió sobre mi y me ensartó su polla en mi caliente y mojado coño.
Colocó la punta de su verga en la abertura de mi vagina, y dejó que el peso de su cuerpo fuera haciendo que se deslizara dentro de mi. Estaba haciéndolo de un modo suave y lento. Todo lo contrario de cómo se había comportado hasta ese momento. Me sorprendió el cambio de ritmo y de forma. Pero también me gustó, porque me hizo saborear más ese momento tan mágico e íntimo como era sentir como la polla que tanto deseaba se introducía en mi cuerpo.
Poco a poco lo sentí dentro, sentí su polla en toda su extensión y dureza dentro de mi. Después de unos instantes de sosiego y aclimatación, comenzó a moverse. Cada vez más deprisa, con más fuerza, mientras una de sus manos se agarró a mis tetas, presionándolas y sin dejar de enloquecer a mis pezones.
Sus movimientos se fueron haciendo cada vez más intensos, más duros y profundos. Volvió a adquirir la rudeza con la que se había comportado. Y volvió a gustarme. No podía dejar de gemir, de suspirar y de jadear.
Mi cuerpo se movía a su merced, intentado acompasar los movimiento de mi pelvis a los suyos. Cuando lo logré sentí su polla aún más dentro de mi, chocando con el fondo de mi vagina. Llenándome de un sentimiento de placer, de satisfacción, de morbo y de felicidad que nunca antes había podido sentir.
Sujeté su culo con mis manos. Lo apreté con fuerza, mientras él hacía lo mismo con mis tetas, y clavaba con toda su energía su verga en mi coño. Se escuchaban sus jadeos, los míos y el sonido de su polla en mi encharcado coño.
Unos minutos después, todo terminó. O empezó. Unos minutos después se corrió. Llenó con su semen el interior de mi cuerpo. Lo sentí caliente y espeso, abrasando mi cuerpo junto con su polla. Sentí su aliento en mi boca, húmedo y cálido, exhalando de forma intensa, a la vez que su cuerpo seguía descargando pequeños chorros de esperma en mi vagina.
Mi cuerpo, saturado de estímulos y sensaciones maravillosas, volvió a estallar en una explosión de placer más intensa aún que la anterior. Mis piernas se cerraron sobre su cintura, impidiendo que se me escapara su maravilloso cuerpo, mientras de mi coño brotó una sucia y deliciosa mezcla formada por su semen y mis fluidos, a la vez que mis manos se clavaron en su espalda, agarrándome con fiereza a mi tío.
Creí que perdería el conocimiento por la intensidad del orgasmo. A José Ramón tampoco le faltó mucho para perderlo. Quedó tumbado a mi lado, exhausto, pero con la auténtica cara de la felicidad y la satisfacción.
- Esto no puedo saberlo nadie –me dijo pasados unos minutos, mientras acariciaba suavemente mi vientre con el envés de su mano.
- Será nuestro secreto –le dije yo, mirando sus tiernos ojos.
- Me vuelves loco, sobrina.
- Me vuelves loca, tío.
(continuará)





