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Eva y la fruta prohíbida

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(@el-escriba)
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Iniciador del debate   [#1508]
Mi nombre es Eva. Tengo 19 años. Los hechos que voy a narrar ocurrieron el verano pasado.
Pero voy a comenzar por el principio, como comienzan todas las historias. Soy hija única de un matrimonio que me tuvo cuando ya no me esperaban. Mi madre tenía 45 años, y mi padre 50, cuando yo nací.
Ellos siempre me han dado todo el amor y cariño que les ha sido posible. Se han ocupado de mi, de mi futuro y de mi bienestar. Y, sin consentirme más allá de lo apropiado, han procurado que nunca me faltase de nada.
Nací, y siempre he vivido, en Madrid. No era la número uno de mi clase en los estudios de bachillerato, por lo que decidí, en lugar de ir a la universidad a hacer algo que no me gustase o que no pudiera aprobar, cursar un ciclo formativo relacionado con lo que más me gustaba: Técnico Superior en Gestión de Alojamientos Turísticos.
He de explicar que, el hermano menor de mi madre, José Ramón, al morir mis abuelos, se hizo con el caserón familiar en un pueblo de Cáceres, y lo convirtió en un pequeño hotel rural. Muy cuco y con muchas posibilidades. Siempre que iba allí, desde mi adolescencia en que empecé a tomar conciencia de qué quería ser y qué me gustaba profesionalmente, me llamó la atención la idea de mi tío. Aquél lugar tenía posibilidades, muchísimas. Estaba relativamente cerca de Madrid, poco más de 2 horas en coche, en un entorno natural único, el propio pueblo tenía su encanto, con un castillo y un casco antiguo bastante bien conservados, cerca de lugares de interés como Cáceres, Guadalupe y parques naturales,  y contaba con el privilegio de tener noches suaves en verano, gracias a encontrarse en la ladera norte de una sierra.
Os voy a hablar de mi tío, como ya he dicho antes, es el hermano pequeño de mi madre. Mucho más pequeño. El verano pasado yo tenía 18 años y él tenía 40. José Ramón, como yo le llamaba siempre, desde que tenía uso de razón, era un hombre educado y, como dicen en el pueblo, bien parecido: 1,80 de altura, delgado, pelo castaño, ojos claros y cuerpo fibroso. Se casó muy joven con una chica del pueblo. Trabajaba en la oficina de una entidad bancaria en el mismo pueblo. Y digo que trabajaba, porque su mujer cayó enferma. Muy enferma. José Ramón decidió pedir una excedencia en el trabajo, tirar como pudo con los ahorros y cuidar de su mujer. Ella falleció poco tiempo después, de eso hace ya algunos años, pero mi tío nunca volvió a ser el mismo.
Nunca más volvió a trabajar en el banco. Se dedicó a ayudar a las personas mayores del pueblo con sus asuntos legales y burocráticos a cambio de lo que cada uno de ellos le podía pagar. No le sobraba, pero tampoco le faltaba. Mi abuelo tenía una pequeña huerta, gallinas y algunos cerdos, por lo que el sustento estaba casi asegurado.
Unos años después mis abuelos también fallecieron, y fue entonces cuando José Ramón decidió intentar la aventura del hotel rural, empujado por los reportajes que sobre el tema del turismo rural vio en varias televisiones.
A mi siempre me llamó la atención eso de trabajar en un hotel: conocer gentes de los más diversos lugares, todas personas de paso, con sus equipajes a cuestas, y no sólo equipajes materiales, también emocionales, afectivos… Por eso decidí cursar el grado superior en gestión de alojamientos turísticos. Además, teniendo mi tío un hotel, no tendría problema en comenzar a trabajar con él, aunque sólo fuera por aprender y agrandar mi curriculum.
Así es como, el verano pasado, tras terminar el ciclo formativo, y cómo ya habíamos hablado, decidí coger los trastos y trasladarme al hotel, con José Ramón. Quería ayudar, aprender, ganarme algún dinerillo e introducirme en el mercado laboral.
Llegué al pueblo el día 15 de junio. Mi tío me dio 3 días para que me adaptara a mi nueva vida, y es que, aunque yo conocía el pueblo sobradamente, me dijo que no sería lo mismo estar de vacaciones que pasar el verano trabajando.
Dediqué esos tres días a conocer las pocas tiendas que allí había, aprovechar la piscina del propio hotel (era una piscina muy pequeña, pero suficiente para atender las necesidades de los huéspedes, que no eran más de 12 personas), leer un poco sobre la oferta turística y gastronómica de la zona, y aprender dónde se guardaba cada cosa en el hotel: sábanas, accesorios para el baño y similares.
Al cuarto día comencé con mi trabajo. Mi nuevo y, hasta ese momento, primer trabajo. En primer lugar acompañé a mi tío a todo lo que él hacía: recepción de los huéspedes, tramitación de reservas, emisión de facturas, información sobre lugares de interés de la zona, facilitarles reservas para comer o cenar en los restaurantes de la zona, atender las peticiones diversas de los huéspedes, y todas aquellas cosas, comunes y habituales, de un pequeño hotel.
Al tratarse de un negocio familiar no había un uniforme predeterminado. Mi tío me recomendó utilizar ropa cómoda. Yo elegí una camiseta blanca y leggins negros. Sé que el negro no es el mejor color para el verano, pero ya pensaría en comprarme algo más adecuado.
En la tarde del primer día de trabajo, y cuando bajaba de la planta superior, tras haber llevado a un grupo de 4 chicos, recién llegados, a sus dos habitaciones, mi tío me pidió que le acompañara al cuarto dónde guardábamos la ropa de cama.
  • Eva, tienes que cambiar tu ropa.
  • ¿Está sucia? –pregunté preocupada.
  • No, no está sucia, pero tienes que cambiarla, no puedes trabajar así.
  • No te entiendo, José Ramón.
  • Esos cuatro chicos, iban los cuatro detrás de ti, sin apartar sus ojos de tu culo y haciendo gestos obscenos. No quiero tener problemas con los clientes.
  • Oh, lo siento. Pero no creo que se mi ropa lo que les ha provocado. Son jóvenes, ya sabes en qué pensamos los jóvenes, y más si son cuatro chicos de vacaciones.
  • Lo sé, Eva, pero no puedo permitir tener problemas. Los dos años pasados han sido muy duros por la pandemia. El hotel apenas da para subsistir, y lo que no quiero es tener ningún tipo de escándalo o rumor. Esto es un pueblo pequeño, el deporte local es el chismorreo.
Mi tío me dejó de una piedra, no esperaba que mi ropa fuera ningún problema. Es cierto que los leggins se ajustaban a mis caderas, culo y piernas como una segunda piel, pero tampoco era yo ninguna modelo. Era una chica normal, de 1,60 de altura, delgada y con poco pecho. Nunca creí que con un cuerpo como el mío pudiera tener problemas por provocar un escándalo público, cómo estaba insinuando mi tío. Aún así obedecí. Me fui a la parte de la casa que seguía haciendo las veces de vivienda y me cambié en mi cuarto. Tuve que decidir entre unos pantalones tipo vaqueros, que también eran ajustados, o pantalones cortos, no demasiado ajustados, aunque dejaban ver gran parte de mis muslos. Pero qué carajo, era verano, hacía calor, y era para trabajar, no para asistir a un ópera. Opté por los pantalones cortos.
Cuando volví a la recepción mi tío estaba allí, esperándome. Me echó una mirada de arriba abajo, observando mi ropa y, por supuesto, mi cuerpo. Me dio su aprobación, aunque insistió en que estaba enseñando demasiado para trabajar de cara al público.
  • Pues dame un rato libre, me acerco a alguna tienda a ver si tienen hábitos de monja, y me lo planto –le dije enfada y descarada.
  • Perdóname –me dijo-. No pasa nada, son cosas mías –y se acercó hasta mi para darme un abrazo de reconciliación que duró algún segundo más de lo necesario.
La tarde transcurrió sin más contratiempos. A las 20:00 se cerraba la recepción, los huéspedes contaban con una llave que abría el edificio, además de la llave de la llave de la habitación que ocupasen. A pesar del horario, como mi tío vivía allí mismo, si alguien le pedía o comentaba algo, trataba de atenderle.
Esa tarde, pasadas las 20:00 y habiendo cerrado la recepción, sonó el teléfono inalámbrico que José Ramón utilizaba para atender las llamadas relacionadas con el hotel. Mi tío me había dicho unos minutos antes que se iba a duchar, por lo que decidí atender yo la llamada. Era de una de las habitaciones de los chicos que llegaron durante esa tarde: el mando a distancia de la televisión no tenía pilas y preguntaban si podríamos hacerles llegar un juego de pilas nuevo.
Vaya, me dije. No recordaba dónde guardaba mi tío las pilas. Ni siquiera era consciente de haber visto pilas guardadas en ninguna parte. Decidí acercarme a la puerta del baño, por si a través de la puerta mi tío podía oírme si le preguntaba por pilas nuevas.
Recorrí el pasillo que comunicaba el salón de la vivienda con la zona de dormitorios y el baño. La puerta del baño estaba cerrada, no se oía ningún ruido. Golpeé suavemente con mis nudillos en la puerta, pero no respondió nadie. José Ramón no se encontraba allí. Cuando me giré para volver sobre mis pasos me percaté de que la puerta de su dormitorio se encontraba entornada, supuse que se encontraría allí. Me acerqué cautelosa y, cuando apenas estaba a un metro de distancia de la puerta oí algunos ruidos… extraños.
Decidí seguir acercándome, aún con más sigilo, para escuchar mejor esos ruidos: José Ramón estaba gimiendo, era inconfundible. Eran los mismos gemidos ahogados que emitía Martín (un buen amigo del ciclo formativo, con el que estuve saliendo algún tiempo), cuando le hacía una paja.
La curiosidad se apoderó mi, y traté de ver qué sucedía dentro mirando a través de la pequeña abertura que ofrecía la puerta. Pude ver a mi tío, desnudo, tendido en la cama, pajeándose sin pudor mientras miraba insistentemente la pantalla de su teléfono móvil. Al tener su mano derecha agarrando su polla no podía ver su tamaño ni aspecto, pero el hecho de verle así, completamente desnudo y excitado, sobre su cama…, provocó rápidamente una reacción en mi cuerpo: mi coño se humedeció, mi pulso se aceleró y las ganas de seguir mirando aumentaron.
Seguí allí, observando lo que hacía, tratando de no hacer ningún ruido, tratando de apenas respirar, aunque el corazón se me saliera por la boca y el coño palpitara con la misma fuerza con la que galopan los pura sangre en el hipódromo.
Al fin pude verla. Durante unos segundos, en los que mi tío manipuló algo en la pantalla de su teléfono, soltó su verga y pude verla: Dios, ahora sí que me había puesto cachonda. Su polla era larga y gruesa, nunca había podido probar una como aquella (tampoco es que fuera probando pollas a diario, pero aquella jugaba en otra división). Además, estaba completamente depilado, ofreciendo una visión totalmente despejada de su sexo, tanto de la verga como de sus testículos.
Sin ser consciente de lo que hacía, deslicé una de mis manos bajo mi pantaloncito, alcanzando a rozar mi sexo por encima de las braguitas. Estaba ya bastante mojadas, y mis ganas de mojarlas más se estaban incrementando con cada movimiento de la mano de mi tío sobre su bien armada polla. Su mano subía y bajaba por aquella majestuosa verga, a la vez que mi mano, acompasada a su ritmo, acariciaba mi coño y mi clítoris, aún por encima de la braguita.
Sentía como un calor abrasador atravesaba todo mi cuerpo, irradiando desde mi coño y mi clítoris que, cada vez, se encontraban más mojados. Sin pensar en lo que hacía, bajé mi pantaloncito y las braguitas,  dejándome caer sigilosamente sobre el marco de la puerta, procurando no tocar esa para no ser descubierta, y poder así dedicar toda mi atención y energía a seguir masturbándome, ahora directamente sobre mi propio cuerpo.
Mi tío seguía a lo suyo: sacudiéndose la polla a un ritmo machaconamente repetitivo, emitiendo ahogados gemidos de placer, sin dejar de mirar la pantalla del teléfono móvil. Sin duda, pensé, estará viendo algún video porno para estimularse del todo.
Era una pena que mi tío no tuviera una pareja a la que entregar su bien formada polla. Volvió a soltársela, para volver a manipular sobre la pantalla del teléfono, y volví a verla: era preciosa, era un verdadero trofeo para la mujer que consiguiera llevársela…. a cualquier parte de su cuerpo.
Ante tal espectáculo, mis dedos entraban y salían de mi coño como lo hace un cuchillo afilado en mantequilla caliente. Porque mi coño se había convertido en eso: en un trozo de mantequilla caliente, casi derretida, del que emanaban fluidos sin descanso. El clítoris lo tenía para reventar: hinchado y duro como nunca antes lo había tenido. Nunca imaginé a mi tío en una situación así. Era evidente que era un hombre atractivo y con un toque sexy. Un hombre interesante a los ojos de cualquier mujer. Pero yo era su sobrina. No estaba nada bien lo que estaba haciendo, como estaba abusando de él, sin él ni siquiera saberlo.
Pero estaba bueno para reventar. Y, al fin y al cabo, no estaba haciendo nada malo a nadie. Él se daba placer, y yo lo contemplaba todo mientras hacía lo mismo. Nada malo podía haber en ello. Lo que sí había era una enorme carga de morbo y sexualidad.
Un par de minutos más tarde, y cuando ya tenía yo tres de mis dedos dentro de mi coño, chapoteando entre mis jugos, con el dedo pulgar masajeando absolutamente loco y desenfrenado, mi excitadísimo clítoris, y con la otra mano cubría mi boca, tratando de ahogar todos los gemidos que se agolpaban en mi garganta, mi tío llegó al éxtasis. Cambió el ritmo al que se pajeaba. Su mano comenzó a moverse a una velocidad endiablaba. Nunca había visto una mano moverse así, recorriendo arriba y abajo su enorme pollón. Soltó el móvil sobre la cama y utilizó su otra mano para acariciarse los huevos. Cuando comenzó a acariciarlos, su cuerpo se tensionó y arqueó sobre la cama, y sólo unos segundos después, varios potentes chorros de esperma saltaron desde su polla hasta llegar a caer, en su mayoría,  sobre su pecho, aunque algunas gotas más pequeñas le llegaron a la cara, ya que vi cómo se relamió, despacio y satisfecho, con su glotona lengua.
Ver aquello hizo que mi excitación se multiplicase, que mis dedos se movieran aún más deprisa y profundamente dentro de mi vagina, y que ésta y mi clítoris, deseasen más que nunca, estallar en una catarata de fuego y placer.
Así sucedió, con José Ramón en la cama, calmado y tranquilo, pero aún con la verga apuntando al techo, me corrí. Me corrí como nunca lo había hecho. Llenando de fluidos mi mano, salpicando incluso el suelo, haciendo temblar mis piernas al sentir una enorme sacudida de placer que recorrió todo mi cuerpo, con epicentro en mi sexo. Me corrí, cerré los ojos para sentir más placer, pero ocurrió lo inesperado: a la vez que cerré los ojos mi cuerpo perdió el equilibrio, caí hacia delante, empujando la puerta hasta abrirla por completo, al mismo tiempo, un gemido bronco y grave salió de mi garganta.
Acabé dando varios pasos trastabillada por la flojera de piernas, por el susto y por tener en los tobillos mi pantaloncito y braguitas,  acabé cayendo de rodillas junto a la cama de mi tío, sin fuerzas ni aliento para hablar, muriéndome de la vergüenza y queriendo esfumarme y desaparecer de allí para siempre.
Su cara también era un poema. Se suponía que ese era su templo sagrado. El lugar en el que él se refugiaba. Tenía 40 años y, obviamente, necesidades sexuales que cubrir. Y lo  hacía como le daba la gana. Yo no era nadie para ver, observar ni juzgar lo que hiciera.
Pero, al caer sobre la cama, y cuando intenté, sin éxito, ponerme de pie, vi lo que mi tío miraba en su teléfono móvil: era una foto en la que aparecía una chica joven, muy joven, en bikini en la piscina del hotel. Esa chica era yo.
 
(continuará)


   
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(@suberina1)
Miembro iniciado Autor
Registrado: hace 3 años
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Me ha encantado tu relato y me he excitado muchísimo con él. Genial. 👏🏻👏🏻👏🏻



   
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(@el-escriba)
Miembro iniciado Autor
Registrado: hace 3 años
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Iniciador del debate  

Mil gracias Suberina1



   
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