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¡¿Follabas con tu madre?!

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José
(@quique)
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 En los años cincuenta vivían en una remota aldea gallega de solo dieciséis habitantes una familia compuesta por Lino, un hombre moreno, de estatura mediana y fuerte, de unos cuarenta años, su esposa Celia, su hija Aura y  su hijo Ignacio. 

Un día Celia se cayó por un barranco y pasó a mejor vida.

A Lino le faltó tiempo para casarse con Rosa, una joven veinteañera, morena, larga como un día de mayo, de ojos negros, cabello castaño, largo y delgada, que había llegado meses atrás de una ciudad para dar a luz a un niño, niño que falleció en el parto.

Lino le sacaba a Rosa treinta quilos y ella le sacaba a él una cabeza de altura.

Todo fue de maravilla la primera semana, pero a la siguiente se iba a armar el belén.

Un soleado viernes Rosa le fue a llevar la comida al monte a Ignacio, un monte donde había visto a un pájaro carpintero picando en el tronco de un árbol, a una culebra a la fuga y a un zorro detrás de ella, a un puñado de hormigas troceando a un escarabajo, donde sintió a los cuervos graznar, a otros pájaros trinar, en fin, donde vio lo que se suele ver en un monte. 

No tuvo que llamar a Ignacio para saber donde estaba porque la vino a recibir Grillo, el perro pastor de Ignacio, y la guio hasta donde estaba su amo. Al llegar a su lado le preguntó:

-¿Cómo va el día, Ignacio?

Ignacio que estaba sentado en la hierba con la espalda apoyada en un roble y que tenía la escopeta de cartuchos al lado, le respondió.

-Con ganas de joder.

Poniendo el mantel que traía en la cesta sobre la hierba, lo reprendió.

-Habla bien.

-Como quieres que hable si anda rondando el lobo.

Rosa se asustó.

-¡¿Anda por aquí el lobo?!

-Y le gustan las mujeres como tú, Caperucita.

Ignacio, que era un joven moreno, de estatura mediana y doble, le echó la mano a un tobillo, tiró de ella y Rosa cayó sentada sobre el mantel.

La puso boca abajó, y echándose encima de ella, le dijo:

-Y te va a devorar.

Rosa se revolvió debajo de él.

-¡Quita, quita, quita, quita...!

Ignacio tenía mucho peso y Rosa no era capaz de sacarlo de encima.

-Te voy a echar un polvo que te voy a dejar los ojos en blanco.

La puso de lado, le bajó la cremallera del vestido, y después se lo quitó, la dejó en bragas y sujetador, se volvió a echar encima de ella y le agarró los pulsos con sus manos. Rosa lo miró con cara gata rabiosa y le dijo:

-¡Cuando se lo diga a tu padre te va a moler a palos!

-Si se lo dices mi padre me felicitará por el trabajo bien hecho.

La mujer se quedó de piedra.

-¡¿Qué has dicho?!

-Lo que has oído.

Ignacio mordió la copa izquierda del sujetador, la bajó con los dientes y luego le mamó la teta, una teta mediana y dura, con areolas claras y pequeños pezones, de la que salió leche. El hombre se llevó una agradable sorpresa.

-¡Coño! Echas leche.

Dándose un atracón de aquella leche dulzona, le dijo Rosa:

-Eres un enfermo.

-¡Me enfermaste tú!

Poco después Ignacio le bajó con los dientes la copa derecha para mamarle la teta y seguir tragando leche. A Rosa le estaba gustando que le mamara las tetas, pero no le gustaba que la forzara.

-¡Quieres acabar de una puñetera vez!

-Sé qué te gusta, a mi madre le gustaba que la follara, a mi hermana le gusta y tú no vas a ser diferente.

Rosa no se podía creer lo que acababa de oír.

-¡¿Follabas con tu madre?!

-Ella me hizo hombre.

Ignacio la besó, Rosa le metió la lengua en la boca, y como nunca tal cosa le habían hecho, le soltó los pulsos para acariciar su cara. Rosa le dio un empujón que lo quitó de encima y del mantel. Luego se quiso poner en pie, pero Ignacio la agarró por la goma de las bragas y luego se echó encima de ella. Rosa acabó sin bragas, con el sujetador abierto y con Ia polla de Ignacio dentro de su coño. 

-¡Quítala, desgraciado, quítala!

No la iba a quitar, lo que iba a hacer era darle a mazo, y aunque no tenía un portento de polla, al tener Rosa las piernas cerradas, le entraba apretada y le producía un inmenso placer.

-Sé que estás gozando y sé que te vas a correr.

Rosa mintió como una bellaca.

-No, no gozo, ni me voy a correr.

Ignacio le cogió el cabello, tiró de la cabeza hacia atrás con su mano derecha y le dio sin medida. Rosa le llamó de todo.

-¡Cabrón, animal, desgraciado, miserable...!

Poco después le apretó la garganta con la mano izquierda y Rosa explotó. Ignacio, sintiendo como el coño le apretaba la polla, le dijo:

-Me encanta sentir como se corre una mujer.

Cuando la puso boca arriba, Rosa estaba agotada y no se movía. Ignacio le miró para el coño, vio que salían de él jugos cremosos, y le preguntó:

-¿Quieres correrte otra vez?

-Ni en tus sueños me harías correr otra vez.

-Quédate quieta y te correrás.

-No quiero correrme contigo.

-Yo sí quiero correrme contigo y va a ser por las buenas o por las malas.

-¡¿Me pegarías si me vuelvo a rebelar?!

-Sin dudarlo.

-Eres un mal nacido.

-Lo sé.

Le lamió los jugos cremosos del coño y los que tenía alrededor de él, después le metió la lengua dentro del coño, lo sacó, lamió su clítoris, se lo chupó y luego comenzó a lamer de abajo a arriba cada vez más aprisa. Rosa se tapó la boca con la mano derecha para evitar que se oyeran sus gemidos, pero al final, sacó la mano de la boca, arqueó su cuerpo, comenzó a sacudirse, y gimiendo con ganas, se corrió en su boca, y no solo se corrió, sino que no pudo evitar decirlo.

-¡Me corro!

Al acabar de correrse subió lamiendo su vientre pringado de leche, jugó con su lengua en el ombligo y después lamió sus pezones y volvió a mamarle las tetas. Luego de besarla en los labios, le preguntó:

-¿Quieres correrte otra vez?

Quería correrse, pero no le respondió a la pregunta.

-¿Quién te aprendió a comer un coño?

-Dos mujeres una de ellas si te pilla te deja seca.

Rosa sumó una más una y le salieron dos.

-¡¿A tu hermana también le gustan las mujeres?!

-Sí, pero en la aldea solo quedan viejas.

-No me digas quien le aprendió a comer un coño.

-No te lo digo.

Le clavó la polla en el coño y comenzó a follarla. Rosa quería que el polvo durara un poco más.

-Para, para y hablemos.

-Podemos hablar sin parar.

-¿Cómo es eso de que te hizo hombre tu madre?

-Pues era para ir a putas a la ciudad, pero mi madre me dijo que podría coger una enfermedad y me hizo hombre ella.

A Rosa la follada le comenzó a gustar.  Entre beso y beso siguió con las preguntas.

-¿Y tu padre que dijo cuando lo supo?

-Que le parecía bien, y que así cuando él estuviera cansado y mi madre tuviera ganas de echar un polvo, se lo podía echar yo.

-¿Y a ti eso te parece normal?

Le dio más aprisa.

-Claro.

-Claro, dice. ¿Y lo de tu hermana?

Volvió a follarla con lentitud.

-Ella también tiene derecho a disfrutar.

Rosa no salía de su asombro.

-¿Te follabas a tu madre y te follas a tu hermana y te parece normal?

-Hacía y hago lo mismo que hace mi padre. 

Aquello ya era la repera. 

-¡¿Tu padre también se zumba a Aura?!

-Sí.

-¡La hostia, la hostia, la hostia! Con qué gente me metí al mar.

Ignacio le metió la lengua en la boca, le dio a romper y Rosa se volvió a correr entre fuertes convulsiones. Ignacio la sacó y se corrió en sus tetas, donde ya había más leche.

Luego de correrse, le preguntó:

-¿Qué has traído de comer?

-Pollo frito.

Rosa se vistió, se lavó en un regato que pasaba cerca de donde estaban y luego comieron y bebieron.

Al acabar le dijo Ignacio:

-¿Echamos otro polvo?

Rosa, recogiendo los platos, el pan, el mantel y la botella de vino vacía, le respondió:

-No, y si lo que me has contado es cierto, volveré a la ciudad.

Rosa regresó a casa. Por el camino fue pensando en todo lo que le había dicho Ignacio y le costaba creerlo. 

Al llegar a casa, Aura, que era un joven morena, de cabello y ojos negros, de estatura mediana y fibrosa, como su padre y su hermano, olisqueó el aire como si fuese una perra y después fue junto a Rosa, que le preguntó:

-¿Qué pasa, Aura?

-Pasa que me hueles a coño corrido.

Aura se puso en cuclillas, y le olió el coño.

-¡Oh, sí! Mi hermano te echó un polvo y te corriste como una perra.

Le metió la mano debajo del vestido y le bajó las bragas. Rosa se encogió y empezó a pensar que todo lo que le había dicho Ignacio era cierto.

-Eres una pervertida.

La empotró contra la pared, le echó una mano al coño, le metió un dedo dentro y la besó. Rosa le hizo lo mismo que al hermano. Aura, al sentir su lengua en la boca, reculó, Rosa quiso irse a toda prisa, pero las bragas en sus tobillos se lo impidieron. Aura le empotró el cuerpo y la cara contra la pared, luego le levantó el vestido y le lamió la raja del culo. 

-Eres una cochina.

-Soy una cerda.

-Llámalo como quieras.

Aura le lamió el coño y el ojete.

-Todas las mujeres somos unas cerdas, tú, yo..., todas.

-Yo, no.

-Tú, sí.

-Yo, no.

Le quitó el vestido y el sujetador.

-Tú, sí. 

-Yo, no.

-¿Acaso nunca has mamado una polla?

-Sí, pero...

No la dejó acabar de hablar.

-Te voy a poner de cara a mí, cerda, y como intentes darme o intentes escapar, te meto una camada de hostias que te pongo fina.

La giró y vio leche bajando por su cuerpo.

-¡Tienes leche en las tetas!

Le echó las manos a las tetas, las apretó y vio como salían finos chorros leche de los pezones.

-Vamos para mi habitación.

La  separó de ella con un empujón.

-Yo no voy a ningún lado contigo.

Aura puso cara de pocas amigas y levantó su mano derecha.

-¡Tira, golfa, tira!

La llevó a empujones a su habitación. Las bragas quedaron en la entrada de la puerta.

Junto a la cama la empujó y Rosa quedó boca arriba sobre ella. 

-¿Qué me vas a hacer?

-Voy a joderte.

Aura se desnudó y Rosa vio su cuerpo fibroso, con tetas grandes y firmes que tenían areolas oscuras y gruesos pezones, y vio su coño, que tenía una tremenda mata de vello negro.

Rosa se quiso poner en pie, pero lo que consiguió fue que la cogiera en brazos y la pusiera a lo largo de la cama.

-Si sigues grito.

Le tapó la boca con la mano izquierda y le dijo:

-Si gritas te meto una hostia y te quito los dientes.

Le sacó la mano de la boca, se echó a su lado y le dijo:

-Ponme una teta en la boca.

Rosa no se lo podía creer

-¡¿Qué?

-Que agarres una teta y me la des a mamar.

-¡¿Quieres que sea yo la que te folle a ti?!

-Sí, eso quiero.

-Que te folle tu padre o tu hermano.

-Ellos no están aquí.

Supo que todo lo que la había dicho Ignacio era cierto.

-¡Familia de locos!

-Sí, y contigo ya somos cuatro. ¿Coges la teta o empiezo a saltarte los dientes?

Aura levantó la mano derecha y a Rosa no le quedó más remedio que coger la teta izquierda y ponérsela en la boca.

-Apriétala.

Apretó la teta y Aura bebió como si estuviera bebiendo de un porrón, luego le lamió el pezón, acto se la mamó con ganas y se tragó la leche con más ganas todavía, tragó hasta que le dijo:

-Dame la otra teta.

Rosa le puso la otra teta en la boca y mientras Aura mamaba y tragaba leche como en la otra teta, le cogió la mano derecha y se la llevó al coño.

-Ya sabes lo que tienes que hacer.

Rosa le metió dos dedos dentro de la vagina y empezó a masturbarla.

-Me gustan tus dedos.

Aura le echó las manos a las tetas y le sacó la leche con la boca yendo de teta en teta.

-En mi vida había gozado tanto con unas tetas.

Aura le metió dos dedos dentro del coño y la masturbó, al tiempo que seguía mamando de teta.

Estaban las dos cachondas perdidas cuando Aura subió encima de Rosa, lo hizo dándole la espalda y luego le puso el coño en la boca, después se estiró sobre ella y le lamió el clítoris.

-¿A qué esperas, Rosa?

 Rosa también le lamió a ella el coño y poco después se corrían como dos perras.

Lino volvió a casa de la huerta par coger una lima, vio unas bragas en la puerta de la habitación de su hija, fue a mirar y las vio.

-Dejar algo para la noche.

Rosa giró la cabeza, vio a su marido sonriendo, y se dijo a sí misma: "Tengo que irme de esta casa de locos, tengo que  irme a la ciudad antes de que me vuelva loca yo también."

Aura se quitó de encima de su madrastra, una madrastra que era cinco años mayor que ella, y le dijo:

-Esta noche será tu debut.

-Esta noche ya me habré ido de este manicomio.

-No te puedes ir sin debutar, y después de debutar ya no te irás porque te entrará la fiebre.

-No voy a debutar en lo que sea, así no me entrará la fiebre.

-No te voy a dejar ir.

Rosa hizo como si no la hubiera oído

-Voy a hacer la la maleta y me voy ahora mismo.

Cuando Ignacio volvió de pastorear, Rosa estaba amordazada y atada a una silla de la cocina, el hombre le preguntó a su hermana:

-¿Qué pasó?

-Que iba a hacer la maleta para irse.

-¿Te contó lo del monte?

-No, pero tú ya sabes que sabía que la ibas a follar. El caso es que la follé y me fui un poco de la lengua.

-¿Le dijiste que papá nos mandó follarla para curarla de espantos?

-No, pero le hablé del debut y de la fiebre.

-No has debido decirle nada, eso era cosa de papá.

-Ya te dije que me pasé de la lengua. ¿Quieres un vino?

-Eso siempre.

Habían hablado delante de Rosa como si no estuviera allí, era como si les importara una mierda lo que pensara, pero si supieran los que les había llamado en su lengua pequeña, a ellos y a Lino, no les iba a gustar nada.

Al rato llegó Lino, vio a su esposa amordazada y atada y preguntó:

-¡¿Qué pasa aquí?!

Se lo explicaron.

Con el rostro reflejando seriedad, fue junto a Rosa, le quitó la mordaza y le dijo:

-Después de tu debut si quieres irte, te podrás ir.

Rosa, haciendo de tripas corazón para no poner a su marido a parir, le dijo:

-Enferma, no me podré ir. 

Lino, soltándola, le preguntó:

-¿Enferma de que?

-De esa fiebre que viene después de debutar.

Lino no pudo evitar sonreír.

-Esa fiebre solo se pilla si eres avariciosa. ¿Lo eres?

-No.

-Entonces no la pillarás.

Rosa quiso saber más.

-¿Y eso del debut como va a ser?

-Tendrás que hacer un trío con Aura, con Ignacio y conmigo en un lugar muy especial.

-¿Y luego podré dejarte y volver a la ciudad?

-Claro, si quieres dejar esto y volver, volverás.

Esa noche Rosa entró en la casa de una vecina que ya no cumplía los ochenta años, esta la cogió de la mano y la llevó a una habitación donde había una cama y dos mesillas de noche sobre las que había seis velas encendidas. Rodeando la cama había doce sillas, en once de ellas estaban sentados todos los viejos y todas las viejas de la aldea, en la otra se iba a sentar la vieja que la llevaba de la mano. A Rosa se le puso la piel de gallina. Lino le había dicho que iba a ser la actriz principal en una obra única, pero no contaba con aquello.

Luego de fijarse en aquella cuadrilla de viejos pervertidos, entre los que estaban su abuela y su abuelo, vio a Aura, estaba desnuda boca arriba sobre la cama. A su izquierda y a su derecha, también desnudos y arrodillados, estaban Lino e Ignacio, tenían las pollas en la mano derecha y una teta cada uno en la otra mano, tetas que se estaban comiendo.

-Una voz de hombre cantó:

Que se desnude, que se desnude... 

Once  voces más lo acompañaron.

-Que se desnude, que se desnude, que se desnude, que se desnude...

Rosa se desnudó y los viejos y las viejas quedaron en silencio admirando su cuerpo, hasta que una vieja cantó:

-Cómele el coño, cómele el coño...

Once voces más la acompañaron.

-Cómele el coño, cómele el coño, cómele el coño, cómele el coño...

Rosa sabía que no tenía escapatoria. Subió a la cama, se arrodilló entre las piernas de Aura y comenzó a comerle el coño. Al principio le dio un poco de corte que la vieran comiendo un coño, pero a medida que lo iba comiendo la iba poniendo cachonda el saber que la estaban mirando y se fue recreando en las lamidas.

Aura, gimiendo como una loca cogía las cabezas de su padre y de su hermano y los besaba con lengua. No le llegaba lo que le hacían que le dijo a Rosa:

-Frota las tetas n mi coño.

Rosa le pasó la teta izquierda por el coño y la leche de la teta se mezcló con los jugos pastosos del coño... Pasándole la derecha vio como Lino se levantaba y como cogía una botella de aceite de oliva que estaba sobre un mueble. Luego ya sintió el masaje que le daba en las nalgas y en el ojete. Ya tenía el coño empapado, pero el masaje hizo que echara por fuera.

Al volver a comerle el coño le supo extremadamente dulce. Se lo comió con avidez y Aura se corrió. Para que se enteraran todos, gritó:.

-¡¡Me corro!!

Lino le metió a Rosa el dedo pulgar dentro del culo y se lo folló con él. Después juntó los dedos pulgares y se lo fue metiendo en el culo, una vez que los tenía dentro, tiró hacia los lados para abrírselo. Rosa sabía lo que venía a continuación, lo que no sabía era que fuera tan rápido, ya que Lino le clavó el glande en el culo de una estocada. Rosa levantó el cuerpo y sus tetas apuntaron hacia delante. Ignacio se las apretó, y la leche salió en finos chorros de sus pezones y acabó dentro de su boca.

Rosa miró para un lado y vio a los viejos con sus pollas en las manos y a las viejas con los vestidos subidos y las manos dentro de las bragas. En vez de verlo como algo desagradable, le gustó la idea de que la estuvieran deseando. 

Lino, con la polla dentro del culo, se echó hacia atrás y la acomodó encima de él. Ignacio vio el coño abierto y a tiro. Como un tiro se la metió. Como un tiro fue Aura a por la boca de Rosa. A tiros la follaron Lino e Ignacio, y como un tiro acabó saliendo su corrida.

Al acabar gozar de ella salieron los tres de la cama. Subieron a la cama seis viejos, polla en mano se arrodillaron alrededor de Rosa y acabaron corriéndose en su cara en sus tetas, en su vientre... Acabaron bañándola en leche.

Luego de salir los viejos y las viejas de la habitación (todas las viejas se habían corrido),  le preguntó Rosa a Lino:

-¿Soy libre para regresar a la ciudad?

-Si no quieres seguir actuando, sí.

Al salir de la habitación, los seis viejos le dieron a Rosa unas pequeñas bolsas de tela que debían pesar medio kilo cada una, y luego, con una sonrisa en los labios, le dieron las gracias por la función. 

Rosa abrió una bolsa y vio que eran monedas de oro antiguas. Miró para Lino y le preguntó:

-¿Y esto?

-Eso es para ti, y significa que eres rica.

-¿No es para repartir?

-No, nosotros ya habíamos cobrado.

De camino a casa le preguntó Rosa a Lino.

-¿Si son tan ricos por qué no se van de aquí?

-Les gusta este lugar. Aquí han hecho siempre lo que les ha dado la gana sin estar bajo la lupa de nadie. 

-Pero vosotros ya debéis estar forrados. ¿Por qué no os vais?

-Porque a los viejos les quedarán cinco o seis años y luego todo el oro que tienen será nuestro. ¿Aún piensas en irte?

Rosa, con las pequeñas bolsas de tela con monedas de oro en la mano, le respondió:

-Cinco o seis años pasan volando.

A Rosa le había entrado la fiebre, la fiebre del oro.

Quique.

 

El relato fue modificado hace 9 meses 2 veces por José

   
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