Pedro aguantó en el trabajo poco más de año y medio. La verdad es que le costaba doblar la espalda y en el supermercado donde trabajaba había que doblarla. El caso fue que volvió a vivir con sus tíos.
Fina había tenido un niño y aquella casa irradiaba felicidad, aunque la felicidad nunca es completa y a Fina le faltaba la verga de su sobrino, sus guarrerías..., le faltaba vivir el sexo en toda su plenitud.
Al día siguiente de volver a casa y luego de irse Rigoberto a trabajar, Pedro fue a la habitación de Fina. La encontró sentada en el borde de la cama con las asas de la enagua bajadas, dándole el pecho al niño.
-¡Joder, cómo te hincharon las tetas!
Fina, con su parsimonia habitual, y en bajito, le dijo:
-Fuera de mi habitación, Pedro.
Pedro iba a lo suyo.
-¿No te queda leche para un pobre sediento?
-Te he dicho que te vayas.
-Te eché mucho de menos.
Sin subir las asas de la enagua, o sea, con las tetas al aire, Fina hizo eructar al niño y luego lo puso en la cuna.
-Yo a ti, no.
Pedro se arrodilló delante de su tía, le puso las manos sobre las rodillas y le dijo:
-Si no me quieres dar la leche de tus tetas, dame la de tu coño.
-No te voy a dar nada.
Le abrió las piernas y le besó el interior de los muslos hasta llegar a las bragas.
-No sigas.
-¿Ya te come el coño tu marido?
-Sabes que él no hace esas cosas.
A Fina le comenzaron a gotear las tetas, pedro vio salir la leche y le dijo:.
-Dame tu leche.
-No.
-Si te sobra.
-La leche es para mi hijo.
-Pero esa se está perdiendo.
Empujó por ella, la echó sobre la cama, le quitó la enagua y después la colocó a lo largo de la cama.
Fina echó las manos a las tetas.
-No te voy a dejar beber de mi leche.
Se arrodilló entre sus piernas, tiró de las bragas y se las quitó. Le levantó el culo con las dos manos, Fina se abrió de piernas, Pedro lamió desde el ojete al coño, luego metió y saco la lengua del ojete unas cuantas veces. Después lamiendo el perineo llegó a la vagina, metió y sacó a lengua la tira de veces, y al final subió lamiendo hasta aplastar el clítoris con la lengua, chuparlo y seguir lamiendo hasta el ombligo, al llegar a la teta derecha y besarla y lamerla por la parte inferior. Fina, sacó la mano de ella, Pedro se la mamó y se le llenó la boca de leche, una leche muy dulce. Tragó y mamó hasta que Fina le cogió la cabeza y se la llevó a la otra teta.
-Hártate.
Pedro se hartó de leche, ya que Fina tenía leche en las tetas para dar y tomar. Al ratito le preguntaba a su tía:
-Ahora voy a beber la leche de tu coño.
-Sabes que ahí no tengo leche, pero si quieres beber...
Pedro volvió a meter la cabeza entre sus piernas, posó la lengua en el clítoris y luego chupó hasta que Fina se corrió cómo una zorra.
Al acabar de correrse no le dio tiempo a recuperarse. Arrodillado delante de ella, le levantó las nalgas con las dos manos y despacito le clavó la verga en el coño. Al llegar al fondo le llenó el coño de leche y luego le siguió dando caña. Tiempo después le dijo Fina:
-¡Tienes una polla mágica! ¡¡Me corro!!
Pedro, sintiendo cómo le bañaba la verga con los jugos de su corrida, y viendo cómo las tetas soltaban leche que bajaba por sus costados y caía en la cama, le volvió a llenar el coño de leche.
El niño con el grito que había pegado su madre rompió a llorar y se jodió el polvo.
Ese día Rigoberto volvió pronto del trabajo. Había varios positivos de covid en su empresa y le tocaba teletrabajo.
Pasaban los días y Pedro no se acercaba a su tía por miedo a que su tío los descubriera y acabara en la calle. Al cuarto día de estar Rigoberto en casa, Fina lo empotró contra la pared de la cocina, estando Rigoberto mirando la televisión. Pedro le dijo en bajito:
-¿Qué haces, loca?
-Te di mi leche, ahora quiero la tuya.
El acojone y la excitación hicieron que la verga se le pusiera dura. Fina, luego de quitarla de su escondrijo. Lamió la verga desde los huevos al glande y después la metió en la boca y se la mamó mientras se la masturbaba. Oyeron a Rigoberto preguntar:
-¿Falta mucho para que esté el arroz con leche?
Le respondió Fina:
-La leche ya está a punto.
Se bajó las bragas, se echó encima de la mesa, flexionó las rodillas, se abrió de piernas y le dijo a su sobrino:
-Prueba el arroz.
Pedro le comió el coño, pero tan solo unos segundos. Aquel no era el sitio para hacer virguerías. Si más dilaciones le metió la verga en el coño, con ella dentro, la levantó de la mesa, la arrimó a la pared y le dio duro, tan duro que en nada se corrieron los dos mientras se comían las bocas para ahogar los gemidos.
Pedro siguió evitando a su tía, pero la beata había muerto y la lujuriosa tenía ganas de guerra. Una tarde, sentados en dos sillones de la sala de estar, mientras Rigoberto iba al servicio, le dijo
-¿Quieres que te ate, te vende los ojos, te amordace y te folle?
-¡Joder con la beata! ¿Y dónde quieres hacer eso?
-En mi cuarto y delante de tu tío.
A Pedro casi leda la risa.
-A ver, tía, solías decir que yo estaba loco, pero me parece que la loca eres tú.
-De loca no tengo nada. Esta noche lo atiborro a pastillas de dormir y me follas en nuestra cama con él durmiendo al lado.
-Sí, me atas, me amordazas y me vendas los ojos. Así sí se despierta el tío, me revienta a hostias, o lo que es peor, me revienta el culo.
-No se va a despertar.
-Mira, tía, si quieres hacerme todo lo que has dicho ven tú a mi habitación.
-Te espero.
-No voy a ir a tu habitación.
-Pues tú te lo pierdes.
En fin, que Pedro esa noche estuvo esperando por su tía en su habitación y cómo no venía, le echó un par de huevos y fue él a la suya. Fina lo estaba esperando. Se levantó de cama, le ató las manos a la espalda, le puso una mordaza en la boca, una venda en los ojos y lo echó en el sitio en que estaba ella. Se puso en medio de sus piernas, le cogió la polla con las dos manos y se la comenzó a menear. Rigoberto, que era un cincuentón, seco y de pelo cano, abrió los ojos y le sonrió a su mujer. Fina lamió y mamó la polla de Pedro mientras Rigoberto se meneaba la suya, el cabrón la meneaba muy despacito para no hacer ruido. Después, Fina, le dio las tetas a mamar a su sobrino. El goloso se volvió a hartar de leche. Luego le puso el coño en la boca. Pedro lamió el coño mojado... Poco más tarde se sentó sobre la verga y la fue metiendo hasta el fondo para luego follarlo hasta que sintió como se corría dentro de ella. Al sentir la leche dentro de su coño, Fina, le cogió la polla a su marido, se la masturbó y el hombre se corrió cómo un cabrón que era cuando vio que su mujer se sacudía con el placer de la corrida que estaba soltando.
Fina, al acabar de correrse, le quitó a su sobrino la venda de los ojos, la mordaza de la boca y lo desató para que se fuera, pero Pedro tenía otros planes. Miró para su tío en la penumbra de la habitación y pensó que estaba dormido. Cogió a Fina de una mano, la empotró contra la pared y le comió el culo. Rigoberto miraba y se volvía a excitar. Luego de comerle el culo bien comido, se agachó, le clavó a polla en el coño de una estocada y le dio lo que no está en los escritos. Cuando vio que Fina iba a correrse, se la sacó del coño, se la frotó en el ojete y le clavó la cabeza. Fina al sentir la verga dentro de su culo dio un salto y luego tapó la boca con una mano para ahogar un pequeño grito, luego le dijo:
-Hijo de tu madre, me acabas de romper el culo.
Aplastándole la cabeza contra la pared, se la metió un poco más, y le dijo:
-Esto es por el miedo que me has hecho pasar.
Fina, tenía a una masoquista escondida, pues el dolor de repente se volvió placer
-Ay que me sube. Me voy a correr, me voy a correr, me corro.
Fina al correrse casi rompe sus uñas arañando la pared. A Rigoberto, mirando para el culo de Pedro, se le puso la polla dura. Pedro le quitó la polla del culo, se la metió en el coño y le volvió a dar caña. Esta vez se corrió él.
Al acabar de correrse le dio la vuelta, se puso en cuclillas, le echó las manos a la cintura y le lamió el clítoris mientras la leche y los jugos de la corrida salían del coño y caían en el piso de la habitación. Poco después. Fina soltaba otra de sus enormes corridas.
Habían follado sin haberse dado un solo beso, y ningún beso más se darían, ya que al día siguiente, Rigoberto pilló a Pedro tocándole el culo a Fina y lo echó de casa, pues era algo imperdonable en el pulcro hogar de dos miembros del Opus Dei.
Por suerte, Pedro, ya tenía a donde ir, dado que su padre había abandonado a su madre por otra mujer.
Tres meses más tarde, después de ir a la ginecóloga, le decía Fina a Rigoberto.
-Es una niña.
Quique.






