Incesto con premedi...
 
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Incesto con premeditación.

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José
(@quique)
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Pedro era un bala perdida que habían echado sus padres de casa. Tenía diecinueve años y vivía con sus tíos, dos miembros del Opus Dei. En aquella casa los tíos iba a misa todos los días, leían la Biblia, rezaban el Rosario, hacían oraciones mentales y se confesaban una vez por semana. Esto iba a cambiar un día que a Fina se le cayó un trapo en la cocina. Se agachó para cogerlo y Pedro se fijó en el pedazo de culo que tenía, luego a girarse le miró para sus impresionantes tetas y acabó en su habitación haciéndose una paja. Desde ese día se obsesionó con ella e intentó, lo casi imposible, seducirla. Comenzó a hacerlo un día que el tío no estaba en casa. Lo hizo paseándose por casa solo con los boxers puestos, unos boxers en el que se marcaba el paquete que hacían sus huevos y de su gran verga. Al verlo, la mujer puso el grito en el cielo.

-No tienes ni una pizca de decencia. ¡Vete a poner unos pantalones!

-Tengo calor.

-En esta casa hay unas normas, o las cumples, o te vas. 

-Pues me voy, tía, si uno no puede andar en calzoncillos por la casa es que ha perdido su libertad.

Fina, que era una mujer de cuarenta años, ni alta, ni baja, ni gorda, ni flaca, ni fea, ni guapa, se apaciguó.

-Lo de echarte no lo decía en serio, pero ten un poco de decoro, hombre, ten un poco de decoro.

Una mañana que Fina le estaba haciendo el desayuno, volvió a aparecer en boxers y a pecho peludo descubierto, subió los boxers, y, por un lado, colgó la cabeza de su verga, una verga que era gorda cómo un salchichón. Fina, que estaba en bata de casa, le dijo:

-Esta ha sido la gota que colmó el vaso. Vístete, coge tus cosas y vete de esta casa.

Le entró a ver que pasaba.

-Sabía que me estabas mirando para el paquete, por eso, levante los boxers.

-Cuando venga tu tío se va a enterar de lo que me has dicho y cómo andabas por casa, que no es la segunda ni la tercera vez, no, ya son muchas veces.

-Te preguntará por qué no se lo has dicho antes.

-¿Me estás chantajeando?

-No me gusta la idea de verme sin tener a donde ir.

-Está bien, no le diré nada, pero vete a poner un pantalón.

-Vale.

Se fue a su habitación. Estaba sentado en el borde de la cama cuando Fina entró en la habitación y se sentó a su lado.

-A ver, Pedro. ¿Qué te pasa conmigo?

Era el momento que Pedro llevaba tiempo esperando, se lo soltó sin anestesia.

-Que te deseo.

-Eso ya lo sé, se te nota mucho, y he rezado por ti, pero... ¿Cómo puedes desear a tu tía carnal? Eso es un pecado capital. Vamos a tener que llevarte a un psiquiatra.

-No estoy loco.

-No, pero estás enfermo, Pedro.

-Lo que estoy es con unas ganas locas de follarte.

-Habla bien.

Se abalanzó sobre ella y la besó antes de que le hiciera la cobra.  Fina le puso las uñas en la cara.

-¡Para, para o te araño!

Paró. Se quitó de encima de ella y Fina vio la cabeza de la verga pegada al cuerpo y saliendo por encima de la goma de la cintura de los boxers. Pedro, que la estaba mirando, los bajó y la verga quedó mirando para ella.

-¡Guarda esa cosa!

Le cogió la mano, se la llevó a la verga, y le dijo:

-Si me haces una paja, no te molesto más.

Fina se persignó y comenzó a rezar.

Le tapó la boca con una mano.

-No reces, coño, no reces que me cortas el rollo. 

Al dejar de rezar le quitó la mano de la boca.

-¡Déjame!

-Hazme una paja.

-No puedo, una tía no masturba a su sobrino.

-Por favor, tía, por favor.

Con la polla empuñada, empuñada es un decir, pues la mano no la abarcaba, le dijo:

-¡Qué no! Sería una obscenidad.

-Sería una maravilla llenar tu mano de leche.

Empezó a darse.

-Me condenaría al fuego eterno.

-¿Confesándote no te perdonan los pecados?

-¡¿Cómo voy a confesarle una cosa así a un sacerdote?!

Le apretó la mano con la suya e hizo que la subiera y la bajara. Fina, mirando para la pared, se dejó llevar. Pedro le giró la cabeza con la mano y la besó. La mujer no apartó la cara, pero tampoco abrió la boca en todo el tiempo que la besó. Al rato le preguntó:

-¿Vas a acabar?

-Ver tus tetas me ayudaría.

Fina ya estaba que echaba por fuera, pero le dijo:

-¿Por quién me ha tomado?

-Por mi sueño erótico.

Le abrió la bata y vio sus tetas debajo de la enagua. Las magreó con las dos manos. Fina siguió masturbando a su sobrino. Sabiendo que lo estaba haciendo sin que Pedro le moviera la mano, le dijo:

-Esto no está bien, Pedro.

-Sí que está bien, tía.

-Acaba pronto.

-Si me la chuparas ayudaría.

-Yo no hago esas guarrerías.

-Mamar tus tetas también ayudaría.

-Me siento extraña con tu polla en la mano.

-¿Con extraña quieres decir puta?

-Sí.

-No eres una puta, las putas cobran y tú no me vas a cobrar.

 -Acaba de una vez.

Le bajó la bata y la enagua y sus inmensas tetas con areolas casi negras y sus tremendos pezones quedaron listas para ser mamadas, y fue lo que hizo, mamárselas bien mamadas. Cuando la echó sobre la cama y le bajo las bragas, Fina le dijo:

-No quiero que me la metas, no quiero consumar el adulterio.

Se la metió de un tiro, pero la lengua. Fina se incorporó cómo si fuera un resorte.

-¡¿Qué haces, asqueroso?!

-Es que el tío no te come el coño.

-Tu tío es un buen cristiano.

La volvió a echar hacia atrás.

-Pues él se lo pierde.

Lamió su coño de abajo a arriba repetidas veces. 

-No sigas, cerdo, no sigas.

-Sé que te gusta.

-Es asqueroso.

-Sí, pero te gusta.

Empujando la cabeza de su sobrino con sus manos, le dijo:

-Para, para, para.

Pedro metió y sacó la lengua de su vagina varias veces, después siguió lamiendo de abajo arriba y apretando más la lengua contra el clítoris al llegar a él.

-Para, para, para, para qué vas a hacer que tu tía se corra. 

Lamió más aprisa y Fina explotó.

-¡Me corro!

Al acabar de correrse, cogió su ropa y salió corriendo de la habitación cómo si fuera una niña asustada. Dejó a Pedro empalmado y con unas ganas tremendas de correrse. Tuvo que hacer lo que estáis pensando, sí, eso, aliviarse con la hermana de la zurda.

Esa noche, cenando, había más silencio que en una película muda sin el pianista. Rigoberto, el marido de Fina, le preguntó a su mujer:

-¿Quién se ha muerto?

-Nadie.

-Pues lo parece.

El hombre había roto el silencio y ya siguieron hablando de cosas que no vienen al caso.

Al día siguiente, después de irse Rigoberto a trabajar, Fina, de nuevo en bata de casa, fue a la habitación de su sobrino, se sentó en el borde de la cama, y le dijo:

-Lo que pasó ayer no se volverá a repetir.

-Métete en mi cama y déjate de tonterías.

-¡¿Te has vuelto loco?!

-No, me debes una corrida.

Fina se puso en pie.

-Yo no te debo nada.

Pedro la miró y dijo:

-¡Dios! Debe ser precioso.

-¿Lo qué?

-Ver lo que ve tu marido cuando te desnudas.

-Rigoberto no ve nada. Me desnudo con la luz apagada.

-Desnúdate para mí.

-Antes que hacer esa obscenidad me pego un tiro.

-¿El suicidio no es un pecado muy gordo?

-Me voy, tengo mucho que rezar por mi infidelidad.

-Tiempo tendrá para eso. Comete una locura, desnúdate para mí. 

Fina había ido a la habitación de su sobrino a lo que había ido, así que no tensó más la cuerda.

-Supón que me vuelvo lo loca y lo hago. ¿Qué harías al verme desnuda?

-Hacerme una paja mirando para ti.

-¿Y qué más?

-Volver a comerte el coño hasta que te corrieses en mi boca.

Fina comenzó a coquetear.

-¿Te quedó la boca dulce?

-Fue la corrida más rica que he tragado.

Pedro se quitó la sábana de encima y Fina vio que tenía la verga cogida con su mano derecha.

-¡Vaya empalme que tienes!

-Es el efecto que produces en mí. Desnúdate para mí, anda, sé buena.

Se volvió a sentar en el borde de la cama.

-Soy una mujer de cuarenta años. No tengo un cuerpo tan bello cómo para desnudarme delante de nadie.

-Ya te he visto las tetas, ya te he visto el coño, ya sé cómo eres.

-No has visto mi culo.

-Cuando lo vea te voy a devorar el ojete.

Fina quiso asegurarse de que había oído bien.

-¡¿Qué has dicho?!

-Que te voy a devorar el ojete.

Mirando cómo meneaba la verga, le dijo:

-¡Tú estás más enfermo de lo que yo pensaba!

-Cuando mi lengua te lo lama y entre y salga de él, cambiarás de opinión.

-Jamás permitiría que me hicieras eso.

Le iba a dar donde quería que le diera para dar el paso adelante.

-A las beatas os quitan de desnudaros en la oscuridad y os quedáis en nada.

-No soy una beata.

-¿Entonces por qué no te desnudas para mí?

-Es que si me desnudo para ti vas a querer follarme.

-¿Acaso no has venido a mi habitación para follar?

Negó lo que ya era evidente.

-¡No! He venido a decirte que lo de ayer no volverá a ocurrir.

-¿Mentir no es pecado?

-Sí, pero no estoy mintiendo.

-No te creo.

-Pues es la verdad.

-Deja que te toque el coño, y si no estás mojada te creeré. 

-¿Te piensas que me chupo el dedo?

-Chúpalo, si lo chupas ya me corro.

-¿Ahora quién está mintiendo?

-Yo no miento. Chúpalo y pon cara de viciosa.

-Voy a saber si mientes o no.

Fina se puso en pie, metió el dedo pulgar en la boca y lo lamió y chupó mientras lo miraba con cara de niña mala. Del meato de la verga de Pedro salió un chorro de leche que casi llega al techo y después una cascada de leche bajó por la polla abajo, rebosó su puño cerrado y cayó por sus huevos, por el interior de sus muslos y acabó en la cama. Fina lev dijo:

-¡Qué barbaridad de corrida!

Al acabar de correrse lamió la leche de la mano mirando para Fina, que se había quedado atónita al ver tanta leche y que ahora tenía cara de tonta viendo cómo se lamía la leche de la mano. Cuando habló fue para decir:

-¡Qué cerdo!

-¿Es que tú nunca te has chupado los dedos después de hacer una paja?

-No es lo mismo... Quise decir que yo no hago esas cochinadas.

-¿Le confiesas al sacerdote las pajas que te haces?

-Hay cosas que no se pueden confesar, pero ya te he dicho que yo no me masturbo.

-¿Por qué os costará tanto a las mujeres reconocer que os masturbáis?

-Me estás poniendo nerviosa.

Volvió a menearla. Fina le preguntó:

-¿Vas a masturbarte otra vez?

-¿Tú solo te masturbas una vez?

-No voy a contestar a eso.

-Eso es un sí. ¿Cuántas has llegado a hacer?

Ya le iba a decir claramente que se masturbaba.

-Eso no lo sabe ni mi marido.

-Claro, le daría un infarto al meapilas.

-Rigoberto es un santo, no es un meapilas.

-Si tú lo dices... ¿Cuántas? ¿Fueron dos o fueron más?

-¿Si te lo digo, no te me echarás encima?

-Tienes mi palabra.

-Fueron siete.

-¿Cuántos años tenías cuando las hiciste?

 -Las hice ayer noche mientras mi marido dormía.

-¿A su lado?

-Si, a su lado.

-¿Tuve yo algo que ver?

-Si te lo digo...

-No, no me echaré encima de ti. 

-Sí, estabas conmigo en cada una de las pajas.

-Desnúdate para mí.

-¡Y Vuelve el burro al trigo! ¡¡Qué pesado!!

-Haz mi sueño realidad.

-Si lo hago...

Le puso las cartas boca arriba sobre la mesa, aunque ella ya sabía cuales eran antes de ponerlas.

-Si lo haces sabes que acabaré dentro de ti. Hazle caso a tu cuerpo y no a tu cabeza.

-Estoy muy nerviosa. Vale, haré tu sueño realidad.

Fina se quitó la bata y la dejó caer al piso, luego bajó una asa de la enagua, después la otra, la enagua cayó sobre la bata y sus enormes tetas quedaron al descubierto, luego quitó las bragas y vio su coño peludo.

-Si te llega a conocer Rubens, en vez de las tres, pintaría Las cuatro Gracias. Métete en cama y ponte boca abajo.

Sumó uno y más y le dieron dos, una lengua y un ojete.

-¡¿No me irás a comer el culo?!

-Eso es lo primero que voy a hacer.

-Desde luego, que cochino eres.

Fina sería muy limpia, pero después de meterse en cama se echó boca abajo y esperó acontecimientos. Y aconteció que Pedro le separó las gordas nalgas con una mano, con la otra en su vientre hizo que pusiera el culo en pompa y le lamió el perineo y el ojete, para luego follarle el ojete con la lengua, lamer, follar, lamer... Fina acabó a cuatro patas, jadeando cómo una perra. Pedro le preguntó:

-¿Quieres que te la meta, tía?

-No, sigue así un poquito más que me falta poco...

-¿Para correrte?

-Sí.

No tuvo más que acelerar las lamidas y la follada de ojete, poner la palma de su mano sobre su coño encharcado, frotar y Fina se corrió cómo una fuente, o sea, torrencialmente.

Acabó de correrse, se dio la vuelta y le dijo:

-Ni con un millón de rosarios seré perdonada por la guarrada que me he dejado hacer.

-Sabes mejor que yo que puedes comulgar sin confesar...

-Pero hay que arrepentirse y yo no estoy arrepentida de nada.

-Me alegra haber oído eso.

Le cogió las muñecas, le puso las manos detrás de la nuca y le lamió las axilas peludas.

-¿Habrá cochinada que tú no hagas?

La besó en la frente, en los ojos, le chupó la nariz, beso, lamió y chupó su mentón, beso, lamió y chupó su cuello, le lamió y mordió los lóbulos de las orejas. Besó la comisura de sus labios y después le pasó la punta de la lengua entre los labios. Fina (imagina que eres tú, lectora) abrió la boca, la lengua entró en ella, se la chupó y luego se besaron largamente antes de bajar a sus tetas. Las cogió por debajo, las levantó y magreándolas, se las besó, se las chupó y se las mamó... El repaso que le dio a las tetas le dejó el coño encharcado, coño al que llegó luego de haber besado y lamido su barriguita y su vientre y de haber jugado con la lengua en su ombligo... Pedro, (imagina que eres tú, lector) lamió su coño de abajo a arriba y arrastró sus jugos con la lengua, luego llevo la lengua pringada de jugos blanquecinos y pastosos hasta los labios de Fina, que al verlos en en ella, le dijo:

-Cochino. 

Luego le chupó la lengua y se tragó sus jugos. Pedro volvió a bajar al pantano. La punta de su lengua lamió un labio vaginal, luego el otro. Después la lengua entró y salió de la vagina, llegó al clítoris y le lamió el glande, glande que había salido del capuchón. Fina ya no lo dejó que se moviera de allí. Le agarró la cabeza con las dos manos y movió la pelvis de abajo arriba y de arriba a abajo, lo hizo a toda hostia y en nada explotó.

-¡Qué corrida, Pedro, que corrida!

Fina quedó espatarrada y tirando del aliento. Pedro, mirando para su tía, le dijo:

-Te ves maravillosa con esa cara de felicidad.

Fina no le respondió, en ese momento no tenía fuerzas ni para hablar.

Al rato, le dijo:

-Quiero aprender a chupar una polla.

-¿Ya no te mete miedo pecar?

-Ahora el miedo que tengo es a dejar de pecar. ¿Cómo se chupa una polla?

-Cógela con las dos manos, luego lame la cabeza cómo si estuvieras lamiendo un cucurucho de helado.

Le cogió la polla con las dos manos y le lamió el glande.

-Lame y chupa los huevos.

Hizo lo que le había dicho.

-Lame de abajo a arriba y chupa la punta.

Lamió y chupó.

-Ahora haz todo de corrido mientras me la meneas.

Al rato ya Fina mamaba y masturbaba cómo una campeona. Mamando y masturbando se había puesto perra de nuevo, por eso le dijo:

-Me gustaría ponerme a cuatro patas y que me follaras el coño. Es que con tu tío nunca lo hice así.

-Al tener tu culo a tiro podría volver a follarte el ojete con la lengua.

Lo sorprendió, al decirle:

-Si lo haces, después de correrme, te lo hago yo a ti.

-¿No te dará reparo comerme el culo?

-No, al contrario, creo que me excitará.

-Ponte en posición.

Se puso a cuatro patas y le volvió a lamer y follar el ojete mientras le magreaba las tetas, pero esta vez no le dio tiempo a correrse. Tenía el coño delante y no pudo esperar más. Le frotó el cabezón en el coño mojado, luego se lo puso en la entrada de la vagina y empujó. Entró tan apretado que parecía que la estaba desvirgando de nuevo. Agarrándola por las tetas, se la fue metiendo centímetro a centímetro. Al ir por la mitad se corrió dentro de su coño. La polla no perdió cuerpo y siguió entrando hasta llegar al fondo. Fina había apretado los dientes mientras la verga entraba en su coño, pero no se había quejado. Luego la polla salió de nuevo centímetro a centímetro. Salía engrasada con la leche y con los jugos del coño de Fina. Estos jugos hicieron que al volver a entrar ya el coño no ofreciese tanta resistencia, y minutos más tarde ya entraba y salía, produciéndole a Fina un inmenso placer. Sus gemidos fueron subiendo de tono hasta que le dijo a su sobrino:

-Me voy a correr. ¿La tienes lejos?

-No, estoy a punto.

Fina comenzando a correrse, exclamó:

-¡Córrete conmigo, Pedro, córrete conmigo!

Pedro le llenó el coño de leche y Fina le bañó la verga con una inmensa corrida mientras jadeaba y se convulsionaba.

Dos meses después, Pedro había encontrado trabajo y se fuera de casa de sus tíos. Fina y su marido estaban sentados en dos sillones del salón mirando la televisión y le dijo ella:

-Estoy embarazada de Pedro, Rigoberto.

Al hombre se le iluminó la cara, se levantó de su sillón y le dio un pico.

-Es un regalo de Dios.

-O del diablo.

Rigoberto, que era estéril, volviéndose a sentar en su sillón, le dijo:

-De Dios, mujer, de Dios, si Él no quisiera, no habrías quedado preñada.

Extraña la Fe de estos dos miembros del Opus Dei.

Quique.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



   
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nyctidromus
(@nyctidromus)
Miembro Erótico Autor
Registrado: hace 5 años
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que relato tocayo José que morbo esty como una moto

1657845356-47942027_070_c2f8.jpg

scripsit nyctidromus

sanguine et pulvis
n****@gmail.com


   
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nyctidromus
(@nyctidromus)
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que relato tocayo José estoy como una moto

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scripsit nyctidromus

sanguine et pulvis
n****@gmail.com


   
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