Braulio era un carnicero de veintiséis años, casado, moreno, alto y de buen ver al que le gustaba comprar carne con carne. Barata le salía la compra, y le salía barata porque se corrió la voz entre sus clientas, que tenía la mejor morcilla de la ciudad. Claro que cuando uno anda entre tanta carne, llega un momento en que encuentra con huesos en medio de ella. Uno de esos huesos se llamaba Alicia y era la esposa de su hermano Enrique, que era doce años mayor que Braulio y que era pescadero y al que paso a suplantar, ya que cómo bien sabéis me gusta escribir en primera persona.
El novio de Aurora, la hija de soltera de mi mujer, salía de la casa cuando yo entré en ella. Era un tipo flacucho de diecisiete años con cara de tonto, pero a mí me caía bien. Nos saludamos y se fue. Al llegar al salón vi a Aurora sentada en un sillón. Estaba algo ligera de ropa, o sea, vistiendo una minifalda de color marrón muy corta que dejaba ver sus largas piernas, una blusa de color blanco atada por debajo que dejaba ver su ombligo y calzando unas sandalias de esas que se atan con cordones a las piernas. Fui al mueble bar y mientras me echaba un brandy, me dijo:
-Tengo que contarte algo, papá.
-Si es referente a tu novio, no lo quiero saber.
Es referente a mamá.
-¿Qué le pasa a tu madre?
-El tío Braulio se propasó con ella.
La miré, y alarmado le pregunté:
-¡¿Le tocó?!
-No, pero le ofreció un kilo de bistecs por tocarle las tetas.
-¿Y tú cómo has sabido eso?
-Lo supe cuando le dije a mamá que el tío me quiso empotrar en la parte de atrás de la carnicería.
-¡La puta que lo parió!
-La abuela no tiene la culpa de haber parido a un cerdo.
A mí me comían los demonios.
-¡Cuando lo pille por banda, le voy a meter un jurel por el culo!
-No te manches las manos, papá. Hazte a la idea de que es un cabrón...
-Ya sabía que lo era, pero jamás pensé que se atreviera a entraros a ti y a tu madre. ¡Lo machaco, a ese lo hincho a hostias:
-Con personas cómo él no valen las hostias, hay que darle donde más le duele.
-¿Y dónde crees tú que le duele más?
-Follándole a la mujer y metiéndole unos cuernos que le toquen en el techo de la carnicería.
-¡¿Me estás diciendo que me folle a tu tía Carmen?!
-Eso te estoy diciendo.
-Si es una mea pilas.
-Las meapilas también la tienen entre las piernas.
-¿Qué diría tu madre si se enterase?
-No tiene por qué enterarse.
-No sabría ni cómo empezar.
Aurora se levantó del sillón, y me empotró contra la pared, me besó con lengua, me cogió la mano y me la metió dentro de las bragas. Me encontró con un coño encharcado, luego me sacó la mano y chupando el jugo de los dedos y de la palma, me dijo:
-Así debes empezar.
Me quedé de piedra, y mi polla también. Mandé el brandy de un trago y luego le dije:
-¿Cómo se entere tu madre de lo que acaba de hacer te pone fina?
-¿Se lo vas a decir tú?
-No digas tonterías.
Me volvió a besar. Sus labios eran tan frescos y mi polla se revolvió dentro del pantalón, luego le pregunté:
-¿Y tú cómo tienes el coño tan mojado?
Me echó la mano derecha a la polla empalmada y me respondió:
-Acabo de follar con mi novio.
-¿Te dejó a medias?
-Sí, y necesito correrme.
-Hazte un dedo y nos sacamos los dos de problemas.
-Mírame.
La miré y vi a una jovencita, flaca, rubia, de ojos azules, de nariz fina y labios gruesos, con cuatro pequitas por su cara y el cabello largo recogido en dos trenzas que caían sobre sus pequeñas tetas.
-Ya te miré.
-¿Y vas a perder la oportunidad de follar con una chica cómo yo?
No le respondí. La giré y la puse a ella contra la pared, coloqué la copa sobre una mesa camilla que allí había y después le desanudé la blusa y le abrí los tres botones que había dejado abotonados. Sus tetas eran cómo manzanas golden, con su rabillo y todo. Le eché las manos a las manzanas. Estaban duras, cómo piedras. Lamí los pezones erectos y las pequeñas areolas rosadas de su teta derecha y después la mamé metiéndola entera en la boca. Al acabar con esa teta, la besé con lengua, luego le comí la otra teta. Al besar su ombligo se quitó las bragas. Levanté su minifalda y vi su pequeño coño. Estaba depilado, medo abierto y lleno de jugos por dentro y por fuera. Le enterré la lengua en el coño y después, al sacarla, lamí de abajo a arriba, sin prisa, pero sin pausa. Al tenerla a punto, envolví su clítoris con mi lengua, chupé y se corrió cómo una bendita. Corriéndose, mi lengua se deslizó hasta meterse dentro de su vagina al tiempo que cubría el clítoris.
Acabó de correrse y su pelvis se siguió moviendo de abajo a arriba y de arriba a abajo. No quité la lengua. Al ratito la pelvis, además de arriba a abajo y de abajo a arriba, también se movía alrededor y hacia los lados. Acaricié el interior de sus muslos y los encontré con tacto oleaginoso de los jugos que bajaban por ellos. Aurora sujetaba mi cabeza con las dos manos, era cómo si tuviera miedo de que le quitara la lengua del coño... Poco después me decía:
-Me voy a correr otra vez, me voy a correr otra vez.
Volví a envolver su clítoris con mi lengua, chupé, y exclamó:
-¡¡Me corro!!
Cuando me puse en pie aún le temblaban las piernas. La besé y noté que también le temblaban los labios. Le pregunté:
-¿Te llegó o quieres más?
Se extrañó de la pregunta.
-¿Qué?
Se lo volví a repetir.
-¿Si te llegó o quieres más?
Me echó los brazos al cuello, me dio un pico y luego mirándome a los ojos, me preguntó:
-¡¿No me vas a follar?!
-Puedo pasar sin hacerlo, hay otros modos de desahogarse.
La pilló por el aire. Sin dejar de mirarme a los ojos, me preguntó:
-¿Te vas a hacer una paja en vez de follarme?
-Así no ocurrirá nada malo.
Me dio otro pico.
-No voy a quedar preñada, si es a lo que te refieres.
-¿Tomas precauciones?
-Sí, tomo la píldora.
Iba a bajarme los pantalones, me detuvo y me dijo:
-Deja que lo haga yo.
Al ratito estaba en pelotas y la hija de mi mujer estaba en cuclillas mamando mi polla y lamiendo y chupando mis huevos, esto hizo hasta que la cogí por las axilas, la puse en pie, la besé. La puse mirando a la pared, le separé las piernas y la punta de mi lengua profanó su ojete. Un sensual gemido salió de su boca, al que siguieron otros mientras mi lengua lamía su y entraba y salía de él. Al tenerla bien cachonda, la volvía girar, le eché las manos al culo y la levanté en alto en peso. Aurora cogió la polla, la puso en la entrada de la vagina, bajó el culo y la metió hasta las trancas. La polla, que había entrado muy apretada a pesar de tener el coño encharcado, le dio placer desde el segundo uno. Aurora, con sus brazos alrededor de mi cuello, me comía la boca y frotaba sus pequeñas tetas contra mi pecho. La estaba follando lentamente para no correrme antes que ella, pero Aurora quería más acción.
-Dame fuerte y ya me corro.
Ni puto caso, no quería cagarla, le seguí dando despacito, pero con una novedad, le metí la mitad del dedo medio de mi mano izquierda dentro del culo y le follé los dos orificios. Era de orgasmo fácil, pero es que esta vez ni diez segundos tardó en correrse. Al hacerlo le metí todo el dedo dentro del culo, y con el dedo y la polla clavada hasta el fondo de su coño, se corrió temblando y sin poder decir ni una sola palabra, solo gemía, gemía y gemía. Ya no pude aguantar más, le llené el culo de leche calentita mientras ella seguía temblando, gimiendo, gimiendo y gimiendo.
Lo malo de haber echado este polvo fue que dejó a su novio y se cogió una novia, lo bueno fue que cuando necesitaba polla me buscaba.
Tres días después llamaban a la puerta de la casa de Carmen, abrió y en ella estaba un niño con una carta en la mano.
-Para usted, señora.
Le dio la carta y salió corriendo. Carmen cerró la puerta, se sentó en el sillón, abrió la carta y leyó lo que yo le había escrito:
-Celos, siento celos por la mañana de los rayos de sol, enamorados, que trepan cómo caracoles dorados por las enredaderas hasta tu ventana.
Celos, siento celos de la misma gana que tengo de besar tus labios rosados cuando mis atributos, acalorados, se visten de pasión en la madrugada.
Celos, tengo celos de tu caminar, de gatita, de felina en celo, de la que gozo en mi febril soñar.
A la que a besos llevo al cielo. Me celo hasta de ese posible recelar de tu marido porque de él me celo.
Carmen, que era una sentimental, luego de leer la carta, se quedó pensando en quien sería su enamorado. Se sintió rara, era cómo si estuviera sucia, pero si ella no había hecho nada para despertar esos sentimientos en un hombre. ¿Por qué se sentía sucia? Quizá fuera porque le había hecho ilusión sentirse deseada. Leyó los versos varias veces antes de que llegara su marido y después quemó la carta.
Al día siguiente, el mismo niño, le entregó otra carta y salió corriendo... Las cartas con los versos irían subiendo de tono y ya no hablarían de su enamorado, hablarían de un amante lujurioso. Os cuento por qué hablarían de un amante lujurioso, fue porque cuando me encontraba con mi cuñada veía que tenía la cabeza en las nubes y tuve miedo de enamorarla y hacerle daño. Los últimos que le escribí fueron estos:
Tus tetas estuvieron en mi boca, mujer, ayer noche mientras te soñaba, la dama al amante amamantaba y en sus brazos se quería perder.
Tu boca ha mamado mi polla, mujer, ayer noche mientras te soñaba y fue tanta la leche que me sacaba que por poco me muero de placer.
Mi boca ha comido tu culo, mujer, ayer noche mientras te soñaba, gozaste cómo condenada, y no te parabas de estremecer.
Mi boca ha comido tu coño, mujer y te saqué una corrida tan larga y tan brava que el placer casi te hace fallecer.
Según me contó tiempo después de follarla la primera vez, ese día, mientras su marido hablaba en la sala con un amigo, ella se desnudó en su habitación, y con la puerta abierta y mirándose al espejo se hizo un dedo pensando que el amigo de su marido era su lujurioso amante secreto. Al correrse le temblaron tanto las piernas que acabó con el culo en el piso de la habitación.
Después de catorce días dejé de escribirle versos. Carmen los echaba de menos y no paraba de fantasear con su guarro admirador secreto. Se moría por follar con él, bueno, de hecho ya había follado con el mientras la follaba su marido. Son las cosas que tiene la imaginación.
Una semana más tarde le pagué al niño para que se hiciera el encontradizo con ella en el supermercado. El plan funcionó. Lo vio en una esquina del supermercado, le echó una mano a la solapa y le dijo:
-¡O me dices quien te daba las cartas que me llevaste o le digo a la cajera del supermercado que te pillé robando!
Le metió una tableta de chocolate dentro de la camiseta. El niño se asustó y cantó.
-Fue su cuñado Enrique, él me pagaba por llevarle las cartas.
-¿No me mientes?
-No.
Dejó irse al niño, no sin antes darle una buena propina para que no me dijera que lo obligara a hablar, pero el niño era un pillo, y vino a un bar decirme lo que le había hecho y lo que le había dicho para pillar otra propina más.
Día del Carmen. Once de la mañana. Mi mujer trabajando, mi hermano trabajando. Yo tocándome los huevos en el sillón de la sala de mi casa. Levanté el teléfono y llamé a mi cuñada:
-Carmen.
-Diga.
-Soy Enrique, felicidades.
-Gracias, cuñado.
-Si invitas a algo me paso por ahí.
-Tengo una botella de jerez y he hecho unos pastelitos, pero estoy horrible, solo lavé la cara. Estoy en bata de casa, sin peinar...
-No te vista ni te peines.
-Si estoy espantosa...
-Seguro que estás preciosa. En cinco minutos estoy ahí.
-Te veo malas intenciones. No vengas, si vienes no te abro la puerta
Llegué a la casa de mi cuñada Carmen, llamé y me abrió la puerta con su negro cabello rizado, sin peinar, sin maquillaje y en bata de casa. Estaba cómo le había escrito en un poema: Con el cabello sin peinar, la carita con agua lavada, vestida con casi nada, así, morena, así te quiero encontrar, para hacerte el amor, dulce amada, para perderme en tu mirada, para poderte gozar, gozar y gozar.
Cerró la puerta y sonriendo con timidez, me dijo:
-Te había dicho que no vinieras.
Yendo hacia la sala de estar le entré a saco.
-Estás más hermosa de lo que jamás me pude imaginar. Al natural eres...
-No lo digas.
-Eres la sensualidad hecha mujer, eres todo lo que un hombre desea tener.
-Me estás ruborizando.
Junto a un sofá de cuatro plazas le eché las manos al culo, la atraje hacia mí y le di un beso apasionado. Con la polla morcillona apretada sobre su coño, y entre beso y beso, le dije:
-He venido a adorarte cómo una diosa y a follarte cómo a una puta.
Con la cabeza agachada, la cara roja cómo un tomate maduro y vergonzosa, me dijo:
-Déjame, y no me trates de puta.
La volví a besar con lengua y volví a frotar mi polla contra su coño.
-Tú no quieres que te deje, quieres que te folle, si no fuera así te hubieras peinado y vestido...
La había pillado y confesó.
-Fue un momento de debilidad del que ahora me arrepiento.
Le volví a comer la boca y de nuevo se dejó besar, pero no colaboró.
-Cuando acabe contigo no te arrepentirás de nada.
-¿Qué me vas a hacer?
-Te voy a hacer todo lo que te dije que te haría cuando te escribí los versos
Tras un largo morreo, me dijo:
-No me gusta que me hagan cochinadas
-Te gustarán las que te haga yo.
-No te dejaré hacerlas.
Le volví a comer la boca,
-Sí que me vas a dejar.
-No, no te dejaré.
-Me vas a dejar porque lo estás deseando. Bésame tú a mí.
-No.
-Bésame si quieres que te dé la mejor follada de tu vida.
-No te voy a besar.
Le abrí la bata y quedó totalmente desnuda. Tenía un cuerpo hecho para el vicio. Tetas medianas y aperadas, con areolas casi negras y pezones gorditos, cintura estrecha, caderas normales, piernas largas y un coño rodeado por una pequeña mata de vello negro y rizado. Le dije:
-Desnuda eres una diosa.
Mintió cómo una bellaca.
-No me acordaba de que no llevaba nada por debajo.
-Mejor.
-¡Qué vergüenza!
Se ató la bata y se sentó en un sillón de cuatro plazas. Ahora nos separaba una mesa camilla sobre la que había una bandeja con pastelitos, una botella de tío Pepe y dos copas grandes, una aceitera que se le debió olvidar al desayunar, pues desayunaba siempre que podía una ensalada aderezada con aceite y limón y bebía un vaso de zumo de naranja... Supe que no iba a tardar en entregar todo el equipo, cuando en vez de echarme de su casa, me dijo:
-Échate una copa y come pastelitos a ver si se te pasa la tontería.
Eché una generosa copa de Tío Pepe y me senté en un sofá delante de ella. Cogí una pequeña caña y le pasé la puntita de la lengua por la crema varias veces mientras le miraba para el coño, bueno, lo tapaba la bata, pero allí estaba. Colorada de nuevo, me dijo:
-Deja de hacer tonterías.
Abre un poco las piernas y déjame ver tu coño de nuevo.
-No voy a hacer tal cosa.
Sonó el teléfono de la casa. Se levantó y lo cogió.
-Diga.
-Hoy no vamos a comer fuera.
Era mi hermano. Como el teléfono tenía el cable largo, lo cogió y lo llevó hasta el sillón. Sentada en él, le preguntó:
-¿Qué quieres que haga de comer?
-Nada, me surgió algo y no te veo hasta la noche.
-Es el día de mi cumpleaños, Braulio
-Ya te lo compensaré. Te tengo que dejar que han llegado tres clientes. Hasta la noche.
Mientras llevaba el teléfono a su sitio, le dije:
-A saber con qué guarra te va a engañar hoy.
-¿Tú también sabes que me engaña?
-En esta ciudad hasta los gatos callejeros saben que te engaña. ¿Cómo no lo mandas a tomar por culo?
-¿Y a dónde voy?
-A donde te salga del coño, eres joven y hermosa, te van a sobrar hombres y trabajo.
-¿Tú crees?
-Sí, pero se me cortó el rollo. Con el bajón que has pillado ya no tengo nada que hacer contigo.
Carmen se quitó el cinturón de su bata plateada, se abrió de piernas, y enseñándomelo todo, dijo:
-Es el día de mi cumpleaños y lo voy a celebrar.
Aparté la mesa camilla, cogí tres pastelitos redondos, que eran cómo pequeños donuts con mermelada dentro. Le clavé uno en un pezón, el segundo en el otro pezón y tercero lo puse entre mis dientes y luego acerque mis labios a los suyos. Me cogió el pastelito, lo comió y después me comió la boca, luego cogí los pastelitos que había clavado en los pezones, se los metí en la boca y le lamí los pezones, se los chupé y magreé y luego mamé sus tetas. Cuando cogí un pastel de merengue, se abrió más de pernas y se reclinó hacia atrás. Le pregunté:
-¿Qué haces?
-Lo que me escribías en tus versos.
-Yo te escribí: Te abriste de piernas apoyando tus manos el sillón, puse la crema en tu culito molón...
Sonriendo y poniendo cara de niña que va a hacer una travesura, me dijo:
-¡Qué cochino!
Cochino, sí, pero Carmen se levantó, se quitó la bata, se apoyó con las manos en el sillón, y se abrió de piernas. Le pasé el merengue por la raja del culo y después me comí el resto. Luego mi lengua le limpió el merengue de la raja del culo... Le pasé la lengua por el coño, le follé el ojete con la punta de la lengua, y follándoselo le oí decir un taco por primera vez.
-¡Joder, que gusto!
Ya la tenía perra de verdad. Le dije:
-Ahora sí, ahora ponte cómo antes que te voy a comer el coño.
Carmen necesitaba polla.
-Fóllame antes.
-¿El coño o el culo?
-El coño que me quiero correr.
Desnudándome le dije:
-Tal y como estás de cachonda dándote por el culo, también te correrías.
-¡¿Tú crees que dándome por el culo me correría?
-Si no lo creyera no te lo diría.
Le gustó la idea.
-Pues dame.
Cogí la aceitera y dejé caer aceite por su raja abajo, luego le metí el dedo pulgar dentro del culo y se lo follé.
-Me gusta, me gusta mucho.
Eché aceite en una mano, froté las dos, luego frote con ellas la polla, le eché las manos a las tetas y le clavé la polla, despacito, pero de un tirón. Luego, mientras le magreaba las tetas, le follé el culo sin descanso, lento al principio y después cada vez más rápido. En muy poco tiempo sentí su ano apretar mi polla. Su cuerpo comenzó a temblar y comenzó a correrse diciendo:
-¡Qué maravilla!
Sus piernas se sacudían una cosa mala y sus gemidos comenzaron a ser tan escandalosos que le tuve que tapar la boca con una mano.
Al acabar de correrse, se la quité del culo, se la clavé en el coño y le di a mazo hasta que me corrí y le llené el coño de leche. Ya estaba cachonda de nuevo cuando la solté. Se sentó en el sillón, se reclinó hacia atrás, se abrió de piernas y me dijo:
-Siento cómo tu leche sale de mi coño.
Me arrodillé delante de ella. Mi leche, mezclada con sus jugos, salía lentamente de la vagina. Tenía el coño asqueroso y lo sabía. Al acercar mi cabeza al coño, me dijo:
-No tienes huevos a comérmelo.
Le enteré la lengua en el coño. Un desgarrador gemido salió de su garganta. "¡Arrrrg!" Lamí de abajo a arriba cómo si no hubiera mañana, y en nada se corrió en mi boca. Esta vez no gimió, y no lo hizo porque perdió el conocimiento con el tremendo placer que sintió, lo que si hizo fue convulsionarse.
Ya había cogido el pantalón, para vestirme, cuando abrió los ojos y me dijo:
-¡¿Ya te vas?!
-No hay que tentar la suerte, puede aparecer por ahí tu madre y la cagamos.
-Mi madre tiene una llave de la casa, pero por si venía a darme una visita atravesé mi llave para que no pueda abrir la puerta.
-Entonces me estabas esperando para follar, golfa.
-Hombre, en bata de casa, sin bragas ni sujetador...
-Y te hacías la pudorosa.
-Tampoco te lo puse tan difícil.
-¿Cómo quieres que siga?
Se levantó, rodeó mi cuello con su brazo izquierdo, con la nano del brazo derecho me cogió la polla, me dio un beso con lengua, y después, sonriendo, me dijo:
-Quiero follarte yo a ti. Quiero tener material para recordar cuando me masturbe pensando en mi amante. ¿Vamos para mi habitación?
-Contigo voy a donde quieras.
Fuimos a la habitación. La cama estaba deshecha. Me metí en ella, Carmen se puso a mi lado, me cogió la flácida polla, la levantó y me lamió y me chupó los huevos, luego me lamió el glande, lo chupó y volvió a lamer y a chupar los huevos mientras meneaba la polla... Al ponerla dura subió encima de mí, metió toda la polla en el coño y en vez de follarme jugó con el clítoris frotándolo de lado a lado con tres dedos. Yo con la polla enterrada en su coño le magreaba las tetas y jugaba con sus pezones hasta que se inclinaba y me daba las tetas a mamar, o me besaba. Al hacerlo la polla salía un poco, pero enseguida se volvía a poner en posición vertical, la metía hasta el fondo y seguía jugando con su clítoris. Se estaba haciendo una paja y por su manera de gemir la disfrutaba. Mi polla ya latía dentro de su coño cuando la quitó y me puso el coño en la boca. Volvió a a jugar con tres dedos en el clítoris. Al ratito los dedos comenzaron a volar sobre el clítoris y en nada sentí cómo se sacudía y cómo de su coño salían unos chorritos de jugos que cayeron en mi lengua, luego sentí cómo la lengua se me pringaba de jugos, pero ya no salían con fuerza.
Al acabar de correrse la agarré por la cintura, le llevé el coño a mi polla, se la metí y le di con saña hasta que se volvió a correr. Al correrse ella también me corrí yo dentro de su coño.
Seguía con toda la polla enterrada en el coño, quieta sobre mí y besándome con dulzura cuando sentimos unos golpes en la ventana de la habitación. El susto fue de muerte. Miramos y vimos que era su madre. La mujer ladeó la cabeza y le hizo a su hija una señal con la mano para que le abriera la puerta.
En fin, que no llegó la sangre al río, pues las madres tapan a las hijas, aunque esta también me tapó a mí, mejor dicho, le tapé yo a ella el agujero, pero esa ya es otra historia.
Quique.







