Incesto en el conve...
 
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Incesto en el convento

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José
(@quique)
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                           Virtudes y Sara

Virtudes, una joven de diecinueve años, de estatura mediana, ojos negros, muy flaca y con algo de todo, estaba sentada en una silla de una sacristía y le decía al cura:

-Quiero que me ayude a ingresar en un convento, don Andrés.

El cura, que era un hombre de estatura mediana, de poco más de cincuenta años de edad, del que decían las lenguas calientes que le gustaban más los coños más que los dulces, y que estaba colgando la estola después de decir misa, le preguntó:  

-¿A qué viene esa repentina vocación?    

-No es vocación, lo que quiero es que mediante la oración, Dios, me perdone por mis pecados.

El cura creía conocerla bien.

-El ser mal hablada y acordarte de Dios o de los clavos de Cristo en momentos de enfado, es cosa de confesión, no de ingresar en un convento.

-Es más que eso, don Andrés, he caído en el pecado del incesto con otra mujer, y luego...

No la dejó acabar.

-Vamos al confesionario, hija, y cuéntame en confesión esos pecados para que te pueda perdonar.                   

Fueron al confesionario y sin Ave María purísima ni gaitas, le dijo el cura:

-Cuéntame, hija.

-Todo empezó en el río, mi prima Sara estaba en el lavadero lavando la ropa enfrente de mí. Al agacharse para frotar se le veían casi todas las tetas, y como yo las tengo pequeñas, al ver las suyas me excite, ya sabe...

-No, no sé.

-Que se me mojó el coño y se me pusieron duros los pezones. Pues bien, resulta que Sara me pilló mirando para sus tetas, y como estábamos solas en el lavadero, me preguntó:

-"¿Te gustan mis tetas, prima?"

Le mintió.

-No.

-"A mí las tuyas, sí, son de esas que caben enteras en la boca, deben estar sabrosas."

-Ni que fueras tortillera.

-"Me gustan por igual los nabos y los coños."

-Se volvió a inclinar y la vista se me fue a las tetas. Le dije: Eres rara.

-"No, no lo soy. Una mujer de finales de siglo XX debe probar un coño antes de probar unnabo, o viceversa, así puede comparar."

La flecha de la curiosidad hizo diana en mí y e pregunté: ¿Tú has probado las dos cosas, Sara?

-"Sí, en el pueblo en que he vivido hasta la semana pasada, probé un par de coños y un par de nabos."

-Vimos venir a señora Carmen, la de los Patacones, con una cesta de ropa en la cabeza. Sara cerró los corchetes del sujetador. Le di a la cabeza y sonreí, pues me di cuenta de que mi prima me había estado seduciendo.

El cura era más curioso que la vieja del visillo.

-Veo venir el incesto, cuenta todo con detalle para ver si hubo amor entre vosotras, o si solo fue pura lujuria.

Virtudes siguió confesándose.

-Dos noches después fui a dormir a la casa de Sara, para que no estuviera sola mientras su padre y su madre estaban en el sanatorio, ya sabe, a él lo había tirado la burra y...

La cortó.

-Sí, ya sé, vete al pecado.

-Pues estando sentada a la mesa de la cocina, Sara, se puso detrás de mí, colocó sus manos en mis hombros, me dio un beso en lóbulo de una oreja y me preguntó:

-"¿Quieres aprender a comer un coño?"

-No, lo que me gustaría es aprender a comer una polla.

-"Eso tiene fácil solución."

-No creo. ¿Dónde hay una polla por aquí?

-Estiró el dedo medio de su mano izquierda.

-"Este dedo servirá para darte la lección."

-Hizo un círculo con el dedo pulgar e índice de la mano derecha, metió el dedo de la otra mano dentro y subió y bajó el círculo, al tiempo que lo lamía de abajo a arriba, que lo chupaba, que lo meneaba, e hizo como si le chupara y le lamiera los huevos.

-"Ahora hazlo tú."

-Hice lo que había hecho ella.

-"Hazlo con más ganas."

-¿Y cómo me motivo?

-"Cierra los ojos e imagina que es un nabo y que te estás masturbando."

-Al cerrar los ojos e imaginar que estaba chupando una polla, sentí como me latía el coño. Sara aprovechó que tenía los ojos cerrados para desnudarse y para poner el pezón de su teta izquierda entre mis labios. Abrí los ojos y vi que estaba desnuda. 

-¿Cómo es desnuda tu prima Sara?

-¿Para qué quiere saberlo, don Andrés?

El cura mintió como un bribón.

-Para saber si sucumbiste a la belleza, o a otra cosa.

-Pues tiene las tetas grandes y esponjosas, con areolas grandes y pezones inmensos. Sus piernas son robustas, su ombligo metido para dentro, casi no tiene barriga, su cintura es pronunciada, sus caderas anchas y su coño parece un bosque negro.

-Sucumbiste a la belleza, porque tu prima es bella, y a otras cosas. Sigue contando.

-Como le iba diciendo, me puso el pezón entre los labios. Abrí la boca, le mamé una teta y le juro que le faltó el bigote de una gamba para que me corriera, de hecho, mi coño echó tanto líquido que las bragas me quedaron empapadas. Luego me preguntó:

-"¿Quieres que te enseñe a comer unas tetas?" 

-Estaba tan cachonda que no le dije: Sí.

-"Ponte en pie."

-Me puse en pie, me echó las manos al culo, me metió la lengua en la boca y ya me corrí. Sara se quedó boquiabierta mirando como me corría. Cuando acabé de correrme, me dijo:

-"¡Qué rápida eres!"

-Me sentía avergonzada y se lo dije: Se me cae la cara de vergüenza.

-"No debes avergonzarte. Me encantó ver como te corrías. ¿Vamos para mi habitación?"

-Aún no habíamos cenado. ¿Pero quién quería cenar? En la habitación me desnudó. Al ver mis tetas las acarició y dijo:

-"Están durísimas."

-Al quitarme las bragas y ver como estaban, me preguntó:

-"¿Me das tus bragas?"

-Si están perdidas.

-"Y no las voy a lavar, para masturbarme con ellas las necesito sucias."

Al cura se le había puesto la polla morcillona, levantó la sotana y como llevaba ropa interior, comenzó a menearla.

-Tuyas son, cochina.

-"Cuando acabe contigo serás tan cochina como yo.

-Sara guardó las bragas en el cajón de abajo de su mesilla de noche y luego vino a por mí.

-"Lo primero es lo primero. Te voy a aprender a besar. Voy a echar la lengua fuera, y tú me la vas a lamer y a chupar con la tuya."

-Echó su lengua fuera, una lengua casi el doble de larga que la mía. Se la lamí y se la chupé incontables veces... Después acabamos besándonos con lujuria. Mi coño se puso cerdo perdido de nuevo. A continuación me echó sobre la cama y nos volvimos a besar. Luego me lamió las orejas y el cuello, para acto seguido lamerme un pezón. Después lamió y chupó el pezón y la areola. Comencé a gemir con el placer que estaba sintiendo. De esa teta pasó a la otra sin dejar de acariciar con la yema de un dedo el pezón de la teta que acababa de mamar. Todo esto lo estaba haciendo con sutileza hasta que se le dio por devorarme las tetas y la boca. Iba de una teta a la otra, de la otra a la boca y me comía todo con voracidad. Yo esperaba su lengua con mi lengua fuera para chupársela, pero no me daba tiempo, me la chupaba ella a mí. Sin más, bajó a mi coño y lo lamió de abajo a arriba con la misma lascivia que había comido mi boca y mis tetas. Me dio un orgasmo tan fuerte que temblé yo, tembló la cama y hasta creo que temblaron las tejas del tejado. No dejó de lamer mientras me corría. Luego, cuando dejé de convulsionarme, subió lamiendo mi vientre, lamió y chupó mi teta izquierda, luego hizo lo mismo con la derecha y a continuación nos comimos las bocas, y después me preguntó:

-"¿Quieres correrte otra vez?"

-Asentí con la cabeza. Bajó de nuevo. Me metió dos dedos dentro del coño y me masturbó mientras lamía mi clítoris. Cuando vio que me iba a correr, me chupó el clítoris y de nuevo temblé yo, tembló, la cama..., tembló todo.

El cura, meneando la polla, le preguntó:

-¿Y Sara no se corrió?

-Sí, don Andrés. Cruzó sus piernas con las mías y frotó su coño contra el mío. Estábamos tan mojadas que patinaba un coño en el otro, pero poco tiempo patinaron, porque Sandra al ratito regó mi coño con una copiosa corrida. 

-¿Algo más que confesar, hija?

-Sí, don Andrés, follamos más veces, pero aún queda lo peor por confesar.

-¡¿Qué puede ser peor que lo que me has contado?!

-Mi padre.

-¡No!

-Sí, don Andrés, sí.

-Cuenta, hija, cuenta.

                                           El abusador 

-Mi padre nos pilló en mi cama a Sara y a mí. Después de echarla de casa con quejas destempladas, me dijo:

-"¡Tú no vuelves a darte el lote con tu prima!"

-Quitó los tirantes en la cocina de casa, los cogió por los enganches, los dobló y me dio con saña en las nalgas: ¡¡Zassss, zassss, zassss, zassss, zassss, zassss!! Al acabar de darme y viendo como lloraba a moco tendido, me dijo:

-"Ahora pilla la hoz y el rastrillo y vete a buscar broza al monte."

-Yo, que como bien sabe he heredado de mi padre la mala leche y el mal hablar, le dije:¡Tu puta sombra va a ir a buscar broza!

-"¡¿No te llegaron las que te di, tortillera?!"

-Sí, soy tortillera y como me vuelvas a dar te araño la cara hasta que te quede como un mapa.

-"¿Ah, sí?"

-Me agarró por detrás, me sujetó los brazos, luego me los ató al cuerpo con los tirantes, y me dijo:

-"¡Por mis cojones que a ti te quito yo lo de tortillera!"

-Me empujó contra la mesa, y puso una mano en mi espalda para que no me moviera. Me levantó el vestido. Me bajó las bragas, quitó la polla empalmada y me la quiso clavar de un hurgonazo. No me entró porque mi padre tenía la polla demasiado gruesa para mi estrecho coño.

-"Te la voy a meter aunque sea por el culo."

-Me alarmé, si no me había entrado por el coño, que lo tenía abierto, menos me iba a entrar por el culo, así que le dije:¡Hijo de perra, si me revientas te denuncio! Volvió a empujar en la entrada del coño y entró la punta de la polla.

-"Ya casi entró."

-¡Me duele!

-"Y más que te va a doler."

-Me metió la cabeza y le dije: ¡¡Me acabas de romper!!

 -"Chilla, que cuanto más chilles más dura me la vas a poner."  

-Me la fue metiendo despacito, pero me dolía mucho y se lo dije: ¡Me estás abriendo en canal, mal nacido!

-"De eso se trata, de que te duela, así te lo vas a pensar dos veces antes de mamonear con tu prima."

-Me estaba jodiendo y encima se burlaba de mí. Comencé a joderlo, diciendo: ¡Mamar, inculto, mamar, le mamo el coño y me lo mama! Mi padre era una alimaña. Me la acabó de meter de una estocada.

-"A ver si así te callas."

-Me callé porque una es dura, pero no es tonta, aunque maldije a mi padre, con la lengua pequeña. Al rato, la polla me entraba y me salía del coño causando solo molestias y poco después ya no sentía molestias, pero tampoco placer. Mi padre me sacó la polla del coño, me puso boca arriba sobre la mesa, sacó una faca del bolsillo, la abrió y me rasgó el vestido desde la cintura al cuello. Otra cosa puede que no, pero los ovarios los tengo bien puestos, ya que le dije:

-No me asustas.

-"Mejor."

-Me cortó el sujetador, y mis pequeñas tetas con areolas oscuras y pequeños pezones quedaron al aire.

-"Vaya, tienes algo bonito."

-Tú, no, todo en ti es feo, feo o desagradable.

-"El hombre y el oso..."

-Metió toda teta izquierda dentro de su gran boca y la chupó como si estuviera chupando la bola de un helado de cucurucho, luego me preguntó:

-"¿Es así cómo te mama las tetas tu prima?"

-La cosa me empezaba a gustar, y con un tono de voz más sosegado, le dije: Más quisieras tú que saber comer unas tetas como las sabe comer ella.

-Me lamió el pezón de la otra teta, me lamió la areola y después mamó como había mamado la primera.

-"¿Te la mama así?"

-Me las estaba mamando mucho mejor que mi prima y mi coño comenzó a pedir polla por primera vez en su vida, pero le mentí cuando le dije: A su lado eres un principiante. No me creyó.

-"Mientes más que hablas."

-Acabó de rasgar mi vestido. Me separó las piernas y me enterró la lengua en el coño. No necesité más para correrme. De mi coño salió un torrente de jugos calentitos. Viendo como me sacudía, me dijo:

-"¡Serás puta!"

-Puta sería, pero él se aprovechó que me tenía atada y con la boca abierta para sacudirla y correrse en mi boca.

-"Espero que te haya servido de escarmiento."

-Aquello no podía quedar así.

El cura, acariciando la polla con la palma de la mano abierta, le preguntó:

-¿Qué hiciste?

-Le dije: ¿A quién quieres engañar? No me has follado para darme un escarmiento, me has follado porque desde que te dejó mamá solo pensabas en eso. 

-¡¿Quieres que te vuelva dar con los tirantes?!

-Quiero que me vuelvas a dar con la polla y me quites lo de tortillera.

-Va a ser...

-Le miré para la polla, vi que la tenía fofa, y le dije: Va a ser que no tienes con que rematar la faena.

-Tengo, pero tú no sabes como ponerla dura.

-Ya lo tenía donde quería. Le dije: Deja que te ate, ya verás como te la pongo dura. Mi padre, muy listo, no es, ya que me dijo:

-Si por atarme es...

-Fui a la cocina, cogí cordel en un cajón, y sobre la cama, le até las manos y los pies. Luego le puse una mordaza, lo puse boca abajo, cogí los tirantes por los ganchos y mordiendo la lengua le di con rabia atrasada. 

-¡¡¡Zassss, zassss, zassss, zassss, zassss, zassss, zasssss, zassss!!!

-¡¿Duele, cabronazo?!   

El cura, que seguía a lo suyo, aprobó lo que había hecho.

 -Le estuvo bien empleado.   

-Lo malo fue cuando lo puse boca arriba, ya que tenía la polla de punta y yo me había puesto cachonda al darle. Si pensarlo dos veces le agarré la polla y le hice lo que le había hecho al dedo de mi prima. La polla se puso aún más dura y comenzó a echar líquido por un corte que supongo que es por donde mean los hombres. El caso fue que me puse tan, ta, tan, tan cachonda, que lo monté. Metí despacito en mi coño aquella cosa gruesa... Ya todo era diferente. Disfruté de cada milímetro de carne que iba entrando en mi coño. Al tenerla toda dentro le quité la mordaza, me incliné, eché la lengua fuera y se la puse en los labios. Su reacción fue chuparme la lengua y mover el culo alrededor. Saqué la polla hasta la mitad y después lo follé, sin prisa, pero sin pausa. Al rato, cuando le di las tetas a mamar, sentí que me iba a correr, me entraron las prisas y lo follé con ímpetu. Le faltó el bigote de una gamba, don Andrés.

El cura le preguntó:

-¿Para correrte?

-No, para quedar preñada, porque correr me corrí de maravilla, pero cuando quité la polla del coño sentí su leche caliente, mojar mi ojete. ¿Comprende ahora por qué quiero ser monja?

                                   El cura

-Sí, hija, sí. Dime. ¿Recordando la historia no te has mojado?

-Si, don Andrés me he mojada ¿Esto también es pecado?

-No, si lo fuera yo también habría pecado.

-¿Qué ha dicho?!

-Que me has puesto tieso el bicho.

Virtudes se persignó.

-¿Ha bebido, don Andrés?

El cura no se anduvo con rodeos.

-No, y me gustaría beber de tu coño. ¿Echamos un polvo rápido, Virtudes?

Virtudes estaba realmente escandalizada.

-¡Don Andrés! Eso sería un sacrilegio y yo quiero redimirme de mis pecados.

-Uno más...

-No me voy a bajar las bragas para usted.

-Solo una mamada y en una semana estarás en el convento.

Entre las ganas que tenía de echar un polvo, y la oportunidad tan clara de redimir luego sus pecados en el convento, tiró para delante.

-¿Me dá su palabra?

-Tienes mi palabra.

El cura le abrió la puerta del confesionario, Virtudes, entró y lo vio de pie con la polla en la mano. Cerró la puerta, se arrodilló, le agarró la polla y mirando hacia arriba le besó y le lamió el tronco de la polla por todos los lados. Después metió el glande en la boca y se lo mamó, para luego meter toda la polla en la boca y mamarla, ya que era gruesa, pero no era larga. Al rato ya estaba perra perdida. Se puso en pie y le preguntó:

-¿Quiere comerme el coño?

-Te como lo que quieras.

Virtudes se quitó la falda y las bragas, se sentó en el taburete donde antes había estado sentado el cura, se apoyó con la espalda a la pared de madera del confesionario y se abrió de piernas. El cura le dijo:

-Tienes un coño precioso.

Se arrodilló y le metió y le sacó la lengua de la vagina, la tira de veces, luego, le lamió el coño y el clítoris... Al rato le echó las manos a las tetas por debajo del jersey, y como no llevaba sujetador, jugó con ella cuanto quiso. Poco más tarde aceleró las lamidas sobre el clítoris y se corrió como solía correrse ella, a lo grande. 

Al acabar de correrse, se puso en pie, apoyó las manos en la pared del confesionario y separó las piernas. El cura se la clavó de un trancazo y le dio lo que no estaba en los escritos, hasta que se corrió, se corrió luego de sacársela y frotándosela en el ojete.

El polvo rápido había terminado, pero una feligresa se arrodilló delante del confesionario, y dijo:

-Necesito confesión, padre.

El cura le dijo:

-Cuente, hija, cuente.

El cura se sentó en el taburete. Virtudes se sentó sobre su polla, y luego, con la polla enterrada en su coño y rodeando su cuello con los brazos, lo folló despacitpo para no hacer ruido.

La mujer, sesentona, que nunca se había confesado, le estaba contando al cura hasta como había echado la primera papilla. Iba por su primera infidelidad cuando Virtudes se corrió en la polla del cura.

Pasado otro buen rato, la mujer había terminado de confesarse. Le dijo al cura:

-¿Me perdona los pecados, padre?

El cura, sintiendo como Virtudes le bañaba de nuevo la polla con una interminable corrida, le dijo:

-Tus pecados te son perdonados. Vete en paz, hija.

Ni penitencia le puso para que se fuera de allí. Quedaba una mujer cerca del confesionario, pero esta había ido a la iglesia a ponerle una vela a un santo, y enseguida se iría. Fue tiempo suficiente para que Virtudes acabase el polvo, lo acabaría como lo había empezado. 

Se puso en pie, después se arrodilló delante del cura, metió la polla en la boca, una polla cubierta con jugos de sus corridas, y se la mamó. Ni un minuto tardó el cura en llenarle la boca de leche, leche que Virtudes se tragó para no manchar el piso del confesionario.

                              Incesto en el convento

Sara llegó al convento un viernes y al día siguiente se la mandaron de ayudante de cocina. Virtudes ya era monja y tenía 22 años, su prima tenía 23. Sara, que estaba al otro lado de la mesa donde trabajaba la masa para hacer bizcochos, le hacía ojitos, luego fue a su lado, puso su cabeza en el hombro de su prima y con voz mimosa me dijo:

-Mira hasta donde he tenido que seguirte, Virtudes.

-Aquí soy la hermana Virtudes.

Le tocó una teta, luego le dio un pico y después metió su lengua en su boca unos segundos. 

-No voy a sucumbir a la tentación.

-Recuerda cuando mi lengua lamía tu vulva, cuando lamía tu clítoris. Recuerda cuando derramabas en mi boca el néctar de tus orgasmos.

-No quiero recordar, he hecho votos de castidad.

La miró a los ojos, le sonrió, la volvió a besar y le acarició la cara con el dorso de su mano.

-Pues yo no quiero, ni puedo dejar de quererte. Nadie ha conseguido tapar el hueco que has dejado en mi vida.

Se arrodilló delante de ella y le levantó el hábito. 

-Vuelva a su lado de la mesa, hermana, o me veré obligada a reportarla.

-Sara le olió el coño.

-Me embriaga el olor de tu sexo, prima.

-Estamos en un convento, lo que quiere hacer es un sacrilegio.

-Es amor, prima, es amor.

-Es lujuria

Le bajó las bragas blancas y frotó sus mejillas en la mata de vello negro que rodeaba su coño. Sor Virtudes, no se movía, estaba como petrificada. Sara le lamió el coño y lo encontró lleno de jugos viscosos. A sor Virtudes se le cerraron los ojos, le temblaron las piernas y de su boca salió volando un delicioso gemido. Sara, sujetando con su mano el hábito para que no se le bajase, siguió lamiendo su vulva y su clítoris. Sor Virtudes, mordiendo el canto de una mano, miraba para la puerta de la cocina, que estaba abierta. El hecho de que le estuviera comiendo el coño en un convento, el miedo a que las descubrieran y el morbo que todo esto acarreaba y la maestría con que usaba la lengua Sara, hizo que se corriera en la boca de su prima en un tiempo récord.

Al correrse sus piernas temblaron y de su coño salieron cantidad de jugos que Sara se encargó de tragar.

Al acabar de correrse, subió las bragas, luego bajo el hábito y le dijo:

-Esto no se volverá a repetir.

-Ya has roto tus votos. ¿Ahora qué más te da? Sabes como me queda la vulva después de hacerte gozar y a ti te volvía loca pasar tu lengua por mi coño empapado...

No la dejó acabar.

-No voy a caer en la tentación.

 La siguió seduciendo.                                                                                

-Tengo tantas ganas de correrme que con solo besar mi clítoris ya me correría en tu boca.

-A usted la envía el diablo, hermana.

-Venga, baja, que sé que lo estás deseando.

Sor Virtudes, virtudes, tenía pocas.

-Vigila la puerta.

Sor Virtudes se puso en cuclillas. Sara se levantó el hábito de novicia, la monja le bajó las bragas, vio si coño encharcado y se olvidó de quién era y dónde estaba.

-Hija de perra, qué cachonda estás.

Le pegó una lamida de abajo a arriba que le dejó el coño latiendo.

-¡Cómo echaba de menos tu lengua!

Sor Virtudes le devoró el coño, se lo comió con lujuria, a lamidas, a chupadas y a mamadas. Quería beber de ella, y Sara no tardó en llenarle la boca de jugos con una espectacular corrida.

Sor Virtudes es hoy en día la madre superiora de ese convento.

Quique.

 

 

 

 

 

                        

 

 

 



   
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