En un corral de un pueblo de Galicia vivían Adrián y su esposa, su hermano Lucio, su hermana María y sus padres. Era una familia tan bien llevada que no dudaría ninguno de ellos en dar la vida por el otro, si se diera el caso. Adrián trabajaba en una fábrica de azulejos y llevaba seis meses casado con una joven pelirroja que se llamaba Eva. Lucio estaba soltero y tenía una carpintería en el bajo de su casa, casa que estaba frente de la de su hermano. María, cuya casa estaba al fondo del corral, a mano izquierda, también estaba soltera y cosía en casa. El padre y la madre de los tres trabajaban en sus huertas, y su casa estaba al fondo, a la derecha del corral. Las casas de los hijos y de la hija habían sido de los padres, pero se las habían dado en herencia.
Eva
Eva, que tenía veinte años, estaba desnuda sobre la cama. Su cabello pelirrojo y largo, lo tenía alborotado. Sus grandes y aperadas tetas tenían las areolas marrones hinchadas y los pezones de punta y duros como piedras. Sus largas y moldeadas piernas las tenía separadas, de su coño salía los jugos blanquecinos del orgasmo que acababa de tener y sus muslos estaban mojados. Le dijo a su marido:
-No me dejes así, Adrián.
Adrián, que era moreno, que medía un metro setenta y seis y que era muy flaco, con la polla blanda y colgando, echándose a su lado, le dijo:
-A ver, Eva, ya te has corrido...
-Solo me corrí vez.
-Pues mi polla da hasta donde da, cariño.
-De soltero te daba para más.
-Ya, pero después de seis meses trabajando sabe que la hicieron fija y se acomodó.
-No es momento para bromas.
-No, supongo que no.
Eva le dio un beso con lengua, y luego, poniendo voz de traviesa, le dijo:
-Hoy te dejo que me la metas en el culo.
-Eso no me lo dices por la mañana.
-No, te lo digo ahora.
-Ya, porque sabes que no respondo.
No se dio por vencida.
-Pues yo no me quedo así.
-Hazte un dedo.
-Hay otras formas.
-Ilumíname.
-Cómeme el coño.
-Es tarde y estoy cansado.
La mujer se cabreó.
-¡¿Tarde?! O me la comes, o me hago el dedo que me has dicho.
-¿A qué esperas?
-Lo haré, pero mañana le cuento a tu madre y a tu hermana lo que tuve que hacer porque tú no podías.
Adrián se inquietó.
-Tú no harías eso.
-¡Sí que lo haría!
-¡Cabrona!
-¡Flojo!
Había ganado Eva.
-Ponte en posición.
Eva flexionó las rodillas, se abrió de piernas, y le enseñó el coño rodeado de vello pelirrojo. Adrián quería acabar pronto y fue al ataque desde el segundo uno. Apretó la lengua contra el clítoris y esta se columpió del clítoris a la vagina, donde entraba la punta.., y de la vagina al clítoris. Adrián se vino arriba.
-Me vas a durar menos que un suspiro.
Eva no estaba con las urgencias de su marido.
-No vayas tan aprisa... Juega con mis pezones.
Jugó con sus pezones y siguió lamiendo.
-Mete un dedo dentro de mi culo y dos dedos dentro de mi coño y acaricia mi punto G.
-Así vas a eyacular y me vas a poner la cara perdida.
-Luego te la lavas.
Le metió dos dedos dentro del coño, el dedo pulgar en el ojete y le folló la vagina y el culo, al tiempo que su lengua le lamía y le chupaba el clítoris. Poco después el coño de Eva soltó un chorro de "hot stuff" que impactó en la lengua de Adrián y que luego salpicó toda la cama. Al eyacular, le dijo:
-¡Me corro, Adrián, me corro!
Se corrió entre tremendos, espasmos y gimiendo como una loca.
Cuando acabó de correrse, Adrián, ya estaba empalmado de nuevo y se le había ido el cansancio. Le quitó los dedos de la vagina y del ojete, la cogió por la cintura, la levantó y le lamió el ojete y el coño corrido, luego le folló el ojete con la lengua. A continuación le escupió en el ojete y luego se la metió en el culo, lentamente, pero hasta el fondo. Con toda la polla dentro le fue dándole cada vez más aprisa. Eva frotó su clítoris con tres dedos. Adrián le dijo:
-Me gusta más tu culo que un buen albariño.
-No hace falta que lo jures.
Eva, cachonda de nuevo, sin quitar la polla del culo, se puso encima de su marido y se folló el culo a toda mecha, al tiempo que frotaba su clítoris contra su cuerpo.
Adrián, cuando la respiración y los gemidos de Eva le dijeron que se iba a correr, le comió la boca y le dio duro también a ella.
-¡Lléname el culo de leche!
Se corrió dentro de su culo. Eva, mojándole el vientre con los jugos de su corrida, musitó:
-Pedazo de corrida.
Al acabar le dijo Adrián a Eva:
-¿Satisfecha?
-Por esta noche, sí.
Lucio
A la mañana siguiente, a eso de las diez, Eva fue a la casa de su cuñado a buscar seis sillas que le habían encargado. Al entrar en la carpintería vio a Lucio vestido con un mono azul y pasándole el cepillo a una tabla, al verla le preguntó:
-¿Vienes a por las sillas?
Eva, que llevaba puesto una fada negra que le daba por debajo de las rodillas, un jersey marrón y que calzaba zapatillas grises, le respondió:
-A mirar cómo trabajas no vengo.
-Están en la parte de atrás. Ayer tarde les di la última capa de barniz.
-Habrá que ver su acabado.
Lucio dejó el cepillo sobre una mesa y le dijo:
-Sígueme.
Fueron a la parte de atrás de la carpintería. Allí estaban las sillas. encima de una alfombra grande y vieja.
-Son preciosas.
Lucio sacó el canalla que llevaba dentro de él. Mientras Eva miraba para las sillas, quitó la polla morcillona y, meneándola, le dijo:
-Preciosa eres tú
Eva giró la cabeza y vio a su cuñado con la polla en la mano, una polla más larga y más gorda que la de su marido. Reculando hasta que dio con su espalda contra la pared, le preguntó:
-¡¿Qué coño haces con esa cosa en la mano?!
-Ponerla dura para ti.
Caminó hacia ella. Iba armado y era peligroso.
-Detente.
-No pidas imposibles.
-¿Qué me quieres hacer?
-¿Qué le voy querer hacer a la mujer con el mejor polvo del pueblo?
La agarró abarcando sus brazos y la apretó contra él para que no se pudiera escapar. Quiso besarla. Eva haciéndole la cobra, y tratando de librarse de la tenaza que apretaba sus brazos, le dijo:
-Tu hermano te va a matar cuando se entere de esto.
-Si te follo, doy por buena mi muerte.
-¡¿Serías capaz de morir con tal de follar conmigo?!
-Sí.
Se quitó el mono con una mano. Eva vio su cuerpo musculado y le preguntó:
-¿Cuánta aguardiente de hierbas te has tonado esta mañana?
-La aguardiente no tiene nada que ver con esto. Te deseo desde la primera vez que te vi.
La echó sobre la alfombra y la sujetó por las muñecas.
-¡Puñetero crápula! Para de una vez.
-Te deseo más que a nada en este mundo
-¡Soy la esposa de tu hermano, desgraciado!
Le lamió las orejas y le besó y lamió el cuello mientras la sujetaba. Eva, revolviéndose debajo de él, sintió en su coño las punzadas de la polla empalmada.
-Déjame ir.
-No puedo, es hoy o no será nunca.
Le comió las tetas por encima del jersey e hizo cómo que la follaba frotando su polla contra el coño. Eva se seguía revolviendo debajo de él, lo que hacía que la polla aún se frotase más contra el coño.
-Si no me sueltas va a correr la sangre. Yo misma te clavaré un cuchillo por la espalda cuando menos te lo esperes..
-Primero te voy a clavar yo y va a correr la leche.
-¡Suéltame, cabrón!
Eva, haciendo un esfuerzo sobre humano, logró girarse y se puso en posición fetal. Lucio le soltó las manos, se puso detrás de ella, le quitó las bragas y le lamió el culo. Eva se quedó quieta como una muerta, pero era una muerta que hablaba.
-No sigas, Lucio, no sigas que te estás jugando la vida.
A Lucio las amenazas le resbalaban. Le frotó la polla en el ojete, y luego se la metió entre las piernas. La polla se deslizó entre los labios vaginales una y otra vez.
-Eres un desgraciado.
-Lo sé. ¿Te estás calentando?
-Estoy caliente, sí, pero de rabia.
-Sé que te está gustando. Tienes el coño encharcado y la cara roja cómo un tomate maduro.
Negó lo que era evidente.
-Me gusta tanto como morder una piedra.
Le echó una mano a las tetas y se las magreó.
-Estoy haciendo realidad un sueño.
-Que se te acabará convirtiendo en una pesadilla.
Eva se fue mojando cada vez mas... Ya estaba cachonda a más no poder cuando le dijo Lucio:
-Tienes el coño lubricado a tope. Es el momento de meter.
-¡No!
Le levantó un poco una pierna y de una estocada se la clavó hasta el fondo del coño. Eva se alarmó.
-¡Sácala, sácala que me puedes dejar preñada!
La sacó, pero fue para volver a metérsela y darle caña de la buena, tan buena fue la caña que le dio que al ratito Eva se corrió, lo hizo en silencio, pero Lucio sintió los temblores de sus nalgas y cómo la vagina apretaba y soltaba su polla a medida que la iba bañando de jugos.
Al acabar de correrse su cuñada, y aprovechando que quedara sin fuerzas, la puso boca arriba, metió su cabeza entre las pierna y lamió su coño de abajo a arriba tan despacito que parecía que lo estaba adorando. Le dijo:
-Tienes el coño mas rico que he comido.
Eva lo miró y dijo:.
-No me puedo creer que me esté dejando.
Lucio le enterró la lengua en el coño. Eva arqueó un poco su cuerpo. Le levantó el culo con las dos manos y lamió desde el ojete hasta el clítoris. Fue aumentando la presión de la lengua contra el coño y acelerando las lamidas. Cuando estaba a punto de correrse, paró de lamer y le preguntó:
-¿Te quieres correr en mi boca?
Eva, susurrando, le respondió:
-Sí.
-Acaba tú.
Eva frotó su coño contra la lengua de su cuñado moviendo la pelvis de abajo a arriba, de arriba abajo, hacia los lados y alrededor y acabó corriéndose en su boca.
A acabar de correrse Eva, Lucio, se arrodilló entre sus piernas, le clavó la polla hasta las trancas y le volvió a dar caña de la buena. Pasado un tiempo, cuando vio que Eva estaba a punto de correrse, paró de darle y le preguntó:
-¿Quieres correrte en mi polla?
Eva volvió a susurrar.
-Sí.
-Fóllame y córrete.
Eva, con la polla dentro del coño, volvió a mover la pelvis cómo solo ella sabia y en nada se corrió en la polla de su cuñado.
Al terminar de gozar, Lucio volvió a meter la cabeza entre sus piernas y de nuevo lamió el coño de abajo a arriba, muy despacio. Eva, le preguntó:
-¿Qué quieres demostrar, Lucio?
Lucio levantó la cabeza, la miró con sus labios perdidos de jugos, y le dijo:
-Nada, solo quiero estar contigo tanto tiempo como me sea posible.
-¿Por qué?
-Porque sé que jamás te voy a tener cómo te tengo en este momento.
-Nunca se sabe.
Lucio se llevó una alegría inmensa.
-¿Me estás diciendo qué...?
-Yo no te he dicho nada.
Lucio le quitó el jersey, la blusa y el sujetador. Al ver sus grandes y aperadas tetas, exclamo:
-¡Qué maravilla!
Juntó las tetas con las manos y lamió y chupó los pezones y las areolas, lego besó, lamió y chupó las tetas en su totalidad. Después bajó al coño y fue directamente a por el glande del clítoris, que había salido del capuchón. Hizo círculos sobre el y luego lo chupó, lo lamió, lo chupó, lo lamio..., y chupando, Eva, se corrió cómo una loba.
Al acaba de correrse, Lucio lamió los jugos de la corrida del coño, Eva le dijo:
-Deja de comerme el coño y cómeme la boca.
Lucio la besó con ternura, pero Eva no quería ternura, quería acción y la quería ¡ya! Le agarró la polla y se la meneó mientras le comía la boca. Luego le preguntó:
-¿Quieres que te la mame?
-Sí.
Le echó la mano derecha a los huevos, tiró de la piel de la polla hacia abajo y con el glande al descubierto, se lo lamió y se lo chupó, después le lamió y le chupó los huevos. Al acabar con los huevos, lamió la polla varias veces desde la base al glande, y luego la metió en la boca, y masturbándolo, se la chupó. Cuando dejó de trabajarle la polla, le dijo:
-Esta dura cómo una roca.
Subió encima de él, frotó la polla en el coño mojado, la puso en la entrada de la vagina y bajando el culo, la metió hasta las trancas. Acto seguido lo cabalgó al trote. Sus tetas subieron y bajaron y su culo voló de atrás hacia delante y de delante hacia atrás. Eva gimió cómo una descosida. Tanta marcha iba a acelerar el final. Lucio trató de evitarlo.
-No sigas follándome así que no te va a dar tiempo a sacarla.
-Me dará tiempo. A un hombre se le ve en los ojos cuando va a escupir la leche. Aguanta un poco que me falta muy poco para correrme.
Lo siguió follándolo con fuertes bajada de culo. Llego un momento en que Lucio no pudo aguantar más.
-¡Me corro!
Eva quitó la polla del coño, se lo puso en la boca, lo frotó contra la lengua y en nada le llenó la boca con los jugos de su corrida.
Eva, al acabar de gozar, se sacó de encima, se puso en pie y cogió las bragas para empezar a vestirse. Lucio le dijo:
-Dame las bragas de recuerdo.
Supo al momento para que quería el recuerdo. Le tiró las bragas a la cara y luego le dijo:
-Vístete y ayúdame a llevar las sillas para mi casa. Por cierto. ¿Cuánto te debemos?
-Nada.
A Eva no le extrañó la respuesta porque su cuñado ya se había cobrado en especies, y seguiría cobrando.
La visita
Al salir de la carpintería vio a su cuñada sacudiendo una alfombra en la ventana se su casa. Necesitaba cubrirse las espalda y en aquel momento le pareció que María era la persona adecuada para cubrírselas.
Ya en casa de su cuñada, sentada en una silla de la cocina, y bebiendo una limonada, le contó lo que le había hecho Lucio, solo que a su manera.
-... Ya ves, quiso forzarme.
-¿Y me has dicho que se corrió entre tus piernas?
-Sí, se corrió.
-Me cuesta creerlo. Quita las bragas y enséñame la leche.
-Se quedó tu hermano con ellas.
-Levanta el vestido.
-Me vas a ver el coño.
-Es exactamente lo que quiero ver.
-¿Para qué?
-Tú enséñamelo si quieres que te crea.
-Yo no le enseño el coño más que a mi marido.
-Somos dos mujeres.
-Me da igual.
-En ese caso no me digas que mi hermano quiso forzarte.
Tuvo que pasar por el aro.
-Tú ganas, echa un vistazo, pero será algo rápido.
-Me bastará.
Levantó el vestido. Tras un par de segundos lo bajó y le preguntó:
-¿Te ha servido de algo?
María, que era una morenaza de veintitrés años, con un cuerpo cojonudo, mirando para el coño, le dijo:
-Tienes los pelos del coño mojados. Te corriste. Tú vienes de follar con mi hermano.
La había pillado, pero no se lo iba a reconocer.
-¡Estás loca!
-No, no estoy loca, lo que tienes en los pelos de coño no es semen.
-Tienes la mente sucia.
-Sí que la tengo, pero tú te corriste.
Eva confesó, a medias.
-Bueno, sí, me corrí, pero yo no quería correrme.-¿Puedo hacerte una proposición en forma de pregunta?
-A ver con que me vienes ahora.
María ya se lanzó.
-¿Quieres correrte conmigo?
La miró cómo si fuera un bicho raro.
-¡¿Qué?!
-Que si quieres correrte conmigo, a mí me gustaría correrme contigo.
-¡Sois una familia de degenerados!
Eva salió escopeteada de allí. De camino a su casa fue pensando en lo que le acababa de ocurrir y sin poder evitarlo, el coño se le mojó aún más de lo que ya estaba. Habló sola.
-Aún voy a terminar masturbándome.
Llegó a casa y para distraerse se puso a doblar ropa sentada en un tresillo. Los pensamientos se le agolparon de nuevo y el coño volvió a lubricar. Al no tener las bragas puestas sintió cómo los jugos le fueron humedeciendo los muslos... El coño le empezó a picar, abrió las piernas, las apretó y los picores aumentaron. Cruzó las piernas, volvió a apretarlas y ya no pudo más. Se levantó el vestido, metió dos dedos dentro del coño, agarró una teta, y sin fantasear con nadie, se dio dedo a mazo hasta que corrió cómo una cerda.
Al acabar de correrse, sonriendo, dijo:
-¡Qué a viciosa soy!
Luego acabó de doblar la ropa.
María
El día había amanecido lluvioso, pero con el paso de las horas el cielo se fue abriendo y dejó pasó a un tímido sol.
Pasaba de las once de la mañana cuando María llamó con los nudillos a la puerta de la casa de su cuñada. Eva fue a ver quien era y al abrir la puerta se encontró con su cuñada, que le preguntó:
-¿Puedo hablar contigo?
-Pasa.
Entró en la casa. Eva, cerrando la puerta, le dijo:
-¿Un café?
-Sí, con este día viene bien.
Fueron a la cocina. Eva puso agua a calentar y María se sentó a la mesa en una silla. Eva, de pie, dándole la espada a la cocina de butano, le preguntó:
-¿Qué es lo que me quieres decir?
María, que ese día vestía una falda negra que le daba por encima de las rodillas, una blusa, un jersey marrón y que calzaba unos zapatos marrones con muy poco tacón, le dijo:
-Venía a disculparme por lo que te dije en mi casa y de paso, si quieres, te tomo las medidas para el traje pantalón que quieres que te haga.
-Disculpas aceptadas, y sí, me puedes tomar las medidas para el traje pantalón que quiero llevar a la boda de mi prima Mercedes, pero antes dime una cosa. ¿Eres tortillera, Mari?
-Me gustan las mujeres y los hombres.
-Entonces iba en serio lo que me dijiste.
-Sí.
-¡Qué cabrona! Yo pensé que me lo decías porque no habías creído lo que te conté de tu hermano, y te querías reír de mí.
-Claro que te había creído. Lucio quiere mucho a su hermano, pero desde pequeño se encaprichó con todo lo que tenía Adrián, así fuese una canica, un perro... Cualquier cosa.
-Yo no soy una cosa.
-Para él, sí, para él seguro que eres la cosita más bonita que ha visto en su vida.
-Si tú lo dices...
-Mujer, bonita, eres.
Eva desvió la conversación para no meterse en líos.
-El agua ya ha hervido.
Eva preparó los cafés... Sentadas las dos a la mesa, con los humeantes cafés delante. María, que sí se quería meter en líos, le dijo a su cuñada:
-¿Te puedo hacer una pregunta íntima?
-Puedes.
-¿Nunca te has sentida atraída sexualmente por otra mujer?
Eva la miró a los ojos, y le dijo:
-No, a mí las mujeres no me dicen nada.
-Si una mujer hermosa te diese un beso, puede que cambiaras de opinión.
-No quiero cambiar de opinión. Soy muy feliz con tu hermano.
-Lo sé, pero un extra...
-El único extra que me gusta es el que le dan a tu hermano en el trabajo en julio y en diciembre.
-Perdona, mujer...
-Perdona, sí, pero me acabas de volver a echar los tejos.
-Es que tú lo vales.
Eva se puso seria.
-O paras, o me veré obligada a decirte que te vayas.
-Ya no te molesto más.
-A ver si es verdad.
María tomó un sorbito de café.
-Haces un café delicioso. Si haces así el amor...
-¡Y vuelve la burra al trigo!
-Ya acabé, ya acabé.
Poco después, Eva, que vestía una falda blanca, que le daba por debajo de las rodillas, un jersey negro de cuello subido, y que calzaba unas zapatillas de andar por casa, cogió una cinta métrica del costurero que tenía en su habitación y se la dio a María.
-Aquí la tienes.
-Quita los zapatos y el jersey, que con él puesto no puedo tomar bien las medidas.
-El jersey no lo puedo quitar.
-¿Por qué?
-Porque por debajo solo llevo el sujetador.
-No serás la primera mujer que vea en sujetador. Soy una profesional.
-Sí, pero estamos al lado de una cama y tú eres cómo eres. El peligro es grande.
-No mezclo el trabajo con el placer. ¿Te tomo las medidas o no?
Eva sabía a que se exponía, pero tiró para delante.
-Toma.
Se quitó los zapatos y el jersey. María vio parte de las tetas sobresaliendo del sujetados blanco y salivó. Midió verticalmente con la cinta desde donde se unen las costuras del hombro y del cuello hasta donde creyó que le debía llegar la chaqueta.
-¿Quieres que te llegue la chaqueta hasta aquí?
-Sí.
Apuntó en un papel las medidas y luego le midió el cuello, el ancho de los hombros, la longitud de los brazos, los bíceps, el pecho, rodeando las tetas con la cinta, midió la cintura. Luego se puso en cuclillas y con la boca enfrente de su coño le midió las caderas y el largo de las piernas.
-Quita la falda para medirte los muslos y el el tiro.
-¿Es necesario que quite la falta?
-Si no fuera necesario, no te mandaba quitarla.
Dejó caer la falda. María midió el tiro y al hacerlo la cinta apretó su coño y las bragas blancas se humedecieron. María ya no anotó las últimas medidas. Tiró con la cinta métrica al piso de la habitación, le bajó las bragas hasta los tobillos y le lamió el coño. La reacción de Eva fue mirar hacia abajo con cara de sorpresa y luego echar a andar dejando atrás las bragas, sentarse en el borde de la cama y decirle:
-No has debido hacer eso.
María se sentó a su lado, le acaricio el cabello y le dio un pico.
-Hagámoslo.
Eva, temblando, le dijo:
-No podría.
-Nadie lo va a saber.
-Ya, pero...
Le volvió a dar otro pico, la echó hacia atrás y acariciando su cara con una mano le besó el cuello.
-Esto no está bien, María.
María seguía a lo suyo. Le chupó un par de veces el labio inferior y luego le metió la punta de la lengua en la boca. Eva sacó la punta de la suya y las lenguas se acariciaron. María la besó lamiéndole la lengua y chupándosela. Eva se dejaba hacer. María se metió en cama. Eva se arrepintió de lo que estaba haciendo,
-No quiero seguir. No le puedo hacer esto a Adrián.
María tiró de ella y la puso a lo largo de la cama.
-Olvídate del mundo, el tiempo estés conmigo, olvídalo y disfruta.
Se echó encima de ella, le chupó de nuevo el labio inferior y después lamió varias veces desde el mentón hasta su nariz. Eva echó la cabeza hacia atrás. María lamió desde el cuello hasta la frente, al pasar por sus labios, Eva abría la boca y María le lamía los labios... Le lamió una oreja y María soltó un gemido tan sensual que le erizó la piel a su cuñada, pero luego, se sentó en la cama y le dijo:
-No puedo, en esta cama no puedo.
Salió de la cama, María la siguió. Se puso en cuclillas delante de ella, le echó las manos al culo y le lamió el coño.
-¿Aquí puedes?
No pudo decir que no.
-Aquí, sí.
María, lamiéndole el coño, miró hacia arriba y vio a su cuñada mordiéndose la lengua y mirando para ella con los ojos medio cerrados.
No dejaron de mirarse hasta que Eva se corrió en la boca de su cuñada, se corrió sacudiéndose y jadeando cómo una perra.
Al acabar de correrse Eva, María, se puso en pie, le quitó el sujetador, le echó la mano derecha al coño y luego pringó las areolas y los pezones con sus jugos. Mamándole las tetas, le frotó el coño y el clítoris a toda hostia. María comenzó a gemir de nuevo. Poco después le dijo:
-¡Me voy a correr otra vez!
María se puso en cuclillas de nuevo, le echó las manos a la cintura y lamió el clítoris con celeridad hasta que le volvió a llenar la boca de jugos con una tremenda corrida.
Al acabar de correrse. Eva se echó boca arriba sobre la cama. María le preguntó:
-¿Ya puedes en la cama?
-Sí, desnúdate y ven.
María se desnudó. Eva vio sus gordas y redondas tetas con areolas oscuras y con unos pezones más que generosos, su fina cintura, sus anchas caderas y su coño rodeado por una esplendorosa mata de vello negro. Luego vio cómo se metía en cama, como se echaba a su lado y oyó como le decía:
-Toda tuya, preciosa.
Eva la besó tal cual su cuñada la había besado a ella, dándole picos primero y después chupando su labio inferior, lamiendo desde el mentón a la nariz, del cuello a la frente. Lamiendo y besando su cuello, lamiendo sus orejas... María, recibiendo sin dar se fue poniendo perra perdida. Luego, Eva, le echó la mano derecha al coño y con la palma llena de jugos le mojó las areolas y los pezones, después le comió las tetas bien comidas. A continuación bajó al pilón, pero no le comió el coño cómo se lo había comido a ella, lo que hizo fue abrirlo con dos dedos, chuparle los labios y follarle la vagina con la lengua. María le dijo:
-Tú has comido más coños que yo, gamberra.
-Estás equivocada, es mi primer coño, lo que pasa es que estoy improvisando.
No la creyó.
-Ya.
Lamió de abajo a arriba apretando la lengua contra el coño y al rato María se comenzó a derretir.
-Sí, sí, sí, me voy a correr, me voy a correr, sigue, sigue. ¡Me corro!
Al correrse, su cuerpo tembló muy poco, pero los ojos le quedaron en blanco, lo que significaba que el placer que estaba sintiendo era brutal.
Al acabar de correrse María, Eva quiso quitar la cabeza de entre las piernas de su cuñada. María le echó la mano derecha a la nuca, le llevó el coño a la boca y lo frotó contra la lengua, moviendo la pelvis de abajo a arriba y de arriba a abajo cada vez más aprisa hasta que, gimiendo cómo una condenada, se corrió en la boca de Eva.
Se quedaron boca arriba sobre la cama. María puso su cabeza sobre las tetas de Eva, y le preguntó:
-¿Quieres que te coma el culo, Eva?
-Quiero.
María le quitó la cabeza de las tetas. Eva se echó boca abajo, se puso a cuatro patas y separó las piernas.
-Tienes un culo precioso.
-Eso mismo dice tu hermano.
María lamió de abajo a arriba el coño encharcado, y luego le lamió el ojete.
-¿Te hace esto mi hermano?
-Sí.
Le metió y sacó la lengua del ojete media docena de veces y se lo lamió otras tantas.
-Somos una familia de guarros.
-De guarros, encantadores.
-¿Te la mete en el culo?
-Sí, pero me gusta más con la lengua que con la polla.
Le metió tres dedos dentro del coño y luego le folló el coño con los dedos y el ojete con la lengua. Al rato, le dijo:
-¡Para, María, para o me corro!
-Córrete.
Le folló el coño con los dedos y con más ansía.
-¡Ay que me voy!
Le folló el coño con los dedos a toda mecha y le clavó la lengua en el ojete.
-¡Me corro!
Al acabar de gozar, y otra vez boca arriba, le dijo María a Eva:
-¿Hacemos una tijera?
-Supongo que es tu especialidad.
-¿Por qué lo dices?
-Siendo costurera...
María le echó la lengua.
-Muy graciosa. ¿La hacemos?
-Habrá que dejar algo para otro día.
A María se le dibujó una sonrisa en sus sensuales labios.
-Sabía que te iba a gustar.
-Anda, vístete.
María acercó su boca a la de Eva.
-Dame un beso.
Eva salió de a cama, y cogiendo sus bragas del piso, le dijo:
-No, que si te lo doy nos liamos otra vez y tengo que hacer de comer.
Quique.
empiezo a leer
Super excitante. habra continuacion?




