Su nombre era Paloma, era morena, tenía veintitrés años, y era una tía buena. ¿Sabéis lo que es una tía buena, pues eso era ella, una tía que tenía tetas gordas, culo redondito, un coño estrecho y tenía belleza para dar y para regalar. Estaba casada y tenía dos amantes femeninas, no es que su marido no la tuviera contenta, pero las amantes le daban un toque rebelde a su vida.
Raúl, el marido de Paloma, un veinteañero, moreno, alto, delgado y guapo, tenía un amigo que trabaja en un bar que había enfrente de su casa y le había dicho que cuando él se iba a trabajar su mujer recibía a dos muchachas muy bellas que siempre iban cogidas de la mano, eso le dio que desconfiar y habló con su padre. En ese mismo bar, sentados a una mesa, le decía:
-... Y tengo la mosca detrás de la oreja, papá.
Enrique, que era un cuarentón, moreno, alto, fuerte y atractivo, le dijo:
-Deja ese asunto en mis manos.
-Gracias, papá.
-De gracias, nada, págame otro cubata de ron.
Siguieron hablando y bebiendo.
Pasaba de las diez de la mañana, Enrique, estaba tomando un café en el bar del que os hablé antes, cuando vio como dos chicas, una rubia y la otra morena, llegaban a la puerta de la casa y la morena tocaba al timbre. Paloma abrió la puerta y las muchachas entraron dentro de la casa. Esperó unos quince minutos y luego fue ver que se cocía. Abrió la puerta de la casa con una llave que le había dado su hijo. Lo primero que oyó fueron risas. Venían de la habitación de matrimonio. Se plantó en la puerta y vio a su nuera desnuda, con las piernas abiertas, y a las otras dos chicas, que estaban besándola, una a cada lado de su nuera. Miró para el coño de Paloma, para los redondos y prietos culos de las muchachas, y luego, carraspeó.
Las tres muchachas levantaron sus cabezas y lo miraron con cara de sorpresa. Paloma le preguntó:
-¡¿Cómo ha entrado en casa?!
-Tu marido me dio una llave porque desconfiaba de que se los estuvieras metiendo con esas dos.
Las muchachas, Ángela y Judith, la primera era rubia, tenía los ojos castaños, las tetas medianas, aperadas, con areolas rosadas y pequeños pezones y su coño estaba pelado, la segunda era morena, tenía los ojos negros, las tetas pequeñas y puntiagudas, sus areolas eran oscuras, sus pezones eran grandes y su coño peludo, y las dos tenían largas y torneadas piernas, bueno, las dos, no, las tres, Judith y Angela se levantaron de la cama. Judith cogió de una mano a Enrique, lo metió dentro de la habitación, cerró la puerta y le dijo:
-Quiero comprar tu silencio.
Enrique se puso chulo.
-¿Tú sola?
Ángela también se ofreció.
-Yo también lo quiero comprar.
Aún no le llegaba.
-¿Y tú, Paloma?
-Yo soy partidaria de deshacerme de lo que me molesta, pero como acabaría en la cárcel, miraré cómo compran su silencio.
-Está bien, pero te vas a poner de modo transversal sobre la cama, boca arriba y en medio de ellas, para tener buena vista, y vosotras poneos boca abajo, bombones.
Se pusieron las tres como les dijo. Enrique sacó la polla, una polla gorda y larga, fue hasta la cama y se la frotó en los labios a Judith, que estaba a la izquierda de Paloma. La muchacha abrió la boca. Se la metió dentro y Judith se la mamó. Luego se la metió en la boca a Ángela y la muchacha también se la mamó. Después se la puso cerca de la boca a Paloma.
-¿Quieres?
-¡Ni muerta!
Paloma estaba seria, pero Ángela y Judith se reían, y se reían porque lo estaban pasando bien.
Volvió a darle la verga mamar a Ángela, que ya la empuñó y además de mamársela y meneársela, le lamió y le chupó los huevos. Lo mismo le iba a hacer Judith después de ella.
Pasado un tiempo, les dijo:
-Poneos a cuatro patas dándome el culo.
Hicieron lo que les dijo. Enrique, lamiendo y follando con la punta de la lengua el ojete de Ángela, le metió el dedo pulgar en el coño a Judith y se lo folló con él. Luego el dedo fue para el coño de Ángela y la lengua para el ojete de Judith.
Paloma, que miraba de reojo lo que le hacía su suegro a sus amigas. Estaba con el coño encharcado, pero no iba a formar parte de aquello, aunque casi cambia de opinión cuando vio entrar y salir la polla del coño de Ángela.
Judith, estaba tan cachonda que no pudo esperar a que Enrique acabara de follar a Ángela. Puso de lado a Paloma, que le dijo:
-No le voy a dar las satisfacción de que sienta cómo me corro.
-No se la vas a dar a tu suegro, me la vas a dar a mí.
Judith le puso el coño en la boca, puso su boca en su coño y Paloma ya no se pudo resistir. Se devoraron los coños hasta que se corrieron una en la boca de la otra.
Acabaron ellas de correrse y se corrieron los otros dos. Ángela en la polla de Enrique y Enrique en las nalgas de Ángela.
Al acabar le dijo Judith a Enrique:
-Ya hemos comprado tu silencio. Ahora te voy a decir una cosa. Que te quede bien claro que cómo te atrevas a molestar a Paloma, te haré lo mismo que le hizo otra que se llamaba como yo a un tal Holofernes.
-¿Es que ya se acabó la fiesta?
-Para ti, sí, date por pagado.
Enrique se fue, de mala gana, pero se fue.
Cuando Enrique le devolvió la llave a su hijo, este le preguntó:
-¿Debo preocuparme?
-Yo si fuera tú, me preocuparía.
Raúl se alteró.
-¡Lo sabía! ¡¡Me cago...!
-En los Testigos de Jehová.
-¡¿Qué?!
-Que esas dos muchachas son Testigos de Jehová.
Raúl respiró aliviado.
-¡Bendita preocupación!
Una semana después, Enrique, fue a casa de su nuera y llamó al timbre con una pizza en la mano y una botella de vino dentro de una bolsa. Paloma abrió la puerta, lo vio y le preguntó:
-¿Qué quiere?
-Hablar contigo. No vamos a pasar la vida ignorándonos.
-¿Y esa pizza?
-Es de anchoas, como te gusta a ti.
-Entre.
-Toma la pizza y el vino.
Cogió ambas cosas.
-Cierre la puerta.
Cerró la puerta. Yendo hacia la cocina, Enrique, le tocó el culo.
-¡¿Qué hace?!
-Tocar el mejor culo del mundo mundial.
Lo amenazó.
-Voy a tener que hablar con Judith.
-No me asusta esa putita.
-Ella ya sé que no lo asusta, pero su novio mide casi dos metros.
La amenazó ella a él.
-Y yo le cuento a su novio lo de las Testigos de Jehová.
-Mis amigas ya le pagaron con creces su silencio. ¿Por que viene a molestarme?
-Ellas, sí, pero tú, no, y no vengo a molestarte, vengo a follarte.
A Paloma le llegó la leche a las tetas, se dio la vuelta, lo encaró, y le dijo:
-Mire, don Juan, de medio pelo, si me vuelve a tocar el culo, no se lo voy a decir a nadie, ¡pero le meto tal hostia que lo dejo sin dientes!
Le pareció que lo había puesto en su sitio, porque Enrique le dijo:
-A veces merezco una hostia en toda la boca. Debía meter la lengua en el culo.
-Sí que debía, sí.
Estaba equivocada, no lo había puesto en su sitio.
-En tu culo, claro.
Puso la pizza y el vino encima de la mesa y se fue cara a él para darle, pero Enrique le cogió la mano, le rodeó el cuerpo con el otro brazo, y le dijo al oído:
-Te va a gustar.
-¡Suélteme!
-No puedo olvidarme de tu cuerpo desnudo.
-¡Qué me suelte, joder!
-Joder es lo que quiero.
-¡Antes de dejar que me folle le arranco la polla de un bocado!
La soltó y le dijo:
-Estaba bromeando.
-¡Y una mierda!
-Vale, no estaba bromeando. Perdona, mujer, pero tenía que intentarlo.
Paloma estaba realmente enfadada.
-¡Soy la mujer de su hijo, y no diga, y de dos más, porque le muerdo en la cabeza!
-¿No vamos a comer esa pizza juntos?
-¡¿Y aún tiene cojones a preguntarlo?! ¡Pille la pizza y el vino y lárguese!
-Quedan ahí, y perdón de nuevo, No debí, pero, coño, eres tan hermosa y estás tan buena...
Se fue hacia la puerta con la cabeza gacha. Paloma se compadeció de él y le preguntó:
-¿Promete comportarse sí comemos la pizza juntos?
Puso cara de niño bueno.
-Palabrita de niño Jesús, que me voy a portar bien.
Algo le decía a Paloma que su suegro lo volvería intentar, pero tenía que hacer vida.
La pizza era de anchoas y pimientos y tiraba por el vino, y el vino tiró de la lengua, de la de Enrique, ya que Paloma apenas tomó medio vaso.
-... ¿Y qué tal con mi hijo?
-Bien.
-¿Para cuándo mi primer nieto?
-Solo llevamos un año casados.
-Eso se hace en cinco minutos.
-No nos corre prisa.
-Cuando lo busquéis hacerlo bien. Si queréis un niño, mi hijo se debe correr con la polla enterrada en el fondo de tu coño, y si queréis una niña, se debe correr solo con la puntita de la polla dentro.
-Deje de decir animaladas.
-No son animaladas. Una animalada sería decir que te gusta más correrte dándote por el culo y por eso no quedas preñada.
Paloma se enfureció.
-¡Hable bien, coño! El culo es para cagar.
-¡¿Y me mandas a mí hablar bien?! Claro, con ese lenguaje tuyo de aristócrata...
-¿Qué quiere que le diga, que el culo es para producir abono para las patatas?
-Como se nota que no te follaron el culo, si te hubieras corrido con sexo anal lo querrías todas las noches, pero mejor así, con sexo vaginal pronto quedarás preñada.
-¡Ya se está largando de aquí, baboso!
Levantándose de la mesa, le dijo:
-Baboso, se pondría tu coño si mi lengua lo trabajase bien.
Pasó por detrás de Paloma y le echó las manos a las tetas. La muchacha se levantó de la silla y se retorció entre sus brazos como una serpiente.
-Deja que te enseñe cómo folla un hombre de verdad.
Paloma sintiendo sus manos magreándole las tetas y una polla gorda frotándose en su culo, se endemonió.
-Ya lo vi y no folla una mierda.
-Estaba calentando cuando me viste. Deja de revelarte y te haré correr tantas veces como quieras.
Calentándose estaba Paloma, y en los dos sentidos.
-¡Cuando me suelte le voy a saltar todos los dientes!
-Cuando te suelte será para follarte.
Con una mano, le subió la falda y le bajó las bragas. Paloma sintió su lengua, lamerle el ojete y luego meterse dentro de él. El cuerpo se le estremeció.
-Cerdo.
-Lo soy, y gozo siéndolo. Si te dejarás ibas a saber cuanto.
Paloma dejó de resistirse, pero la cosa no fue a más porque sintieron abrirse la puerta de la casa y oyeron una voz que decía:
-Ya estoy en casa, cariño.
Cuando Raúl llegó a la cocina, vio a su padre y a su esposa sentados a la mesa. Paloma Le preguntó:
-¿Cómo vienes tan temprano?
-Están poniendo muebles nuevos en la oficina. ¿Y tú cómo estás tan colorada?
-El vino, supongo.
Enrique se levantó, y yéndose, dijo:
-Yo ya me voy.
Esa noche, al lado de su marido, dormido, Paloma, se hizo un par de pajas, una imaginando que su suegro le follaba el coño, y otra imaginando que le follaba el culo.
Dos días después, por la tarde, Paloma, llamó por teléfono a su suegro.
-¿Puede venir a mi casa un momento, suegro?
-En cinco minutos estoy ahí.
Paloma le abrió la puerta vestida con unos jeans ceñidos al cuerpo, una camiseta blanca, apretada, donde se marcaban los pezones, y descalza.
Lo primero que hizo Enrique fue mirarle para las tetas, luego dijo:
-Buenas tetas, Paloma, digo, buenas tardes, Paloma.
-¿Ya empezamos?
-Por mí, sí, la luz puede esperar.
-¡Ay qué coño!!
-Lo tienes precioso.
Lo miró con ojos de gata enfurruñada.
-¡Pare ya!
-¿Dónde tenéis el contador y el panel de interruptores?
-Sígame.
Caminando detrás de ella, le dijo:
-¡Vaya culo tienes!
-¡Y dale!
Llegaron a su destino. Enrique miró los interruptores que había junto al contador. Uno de ellos estaba bajo, lo subió y se encendió la luz del pasillo.
Ploma, de pie frente a él, sonrió y le preguntó:
-¿Qué se debe por el desplazamiento y el dedazo?
-Con dejarme tocar un poco las tetas, ya me consideraría pagado.
-Yo tenía pensado darle un vino.
-Ni un vino de cien año es mejor que tus tetas.
Bajó la cabeza.
-¿Solo las tetas?
Mintió sabiendo que Paloma sabía que estaba mintiendo.
-Sí, solo las tetas.
-Vale, tóquelas, pero solo un poquito.
Al principio amasó las tetas suavemente, pero luego le metió mano con ganas. Ploma sintió algo duro frotarse con una de sus piernas y se separó de él. Le miró para la entrepierna, vio el bulto, y le dijo:
-Ya llegó de magreo.
Enrique echó la mano derecha a sus partes
-Lo siento, no pude evitar que se me empinara.
A Paloma la vista se le fue para la mano.
-Supongo que no, que no ha podido.
Fueron para la cocina.
-Como no le dé en la cabeza, no se me va a bajar.
-¿Está hablando de hacer una paja?
-Sí, y tutéame que me haces sentir viejo.
-¿Delante de mí?
-No hay nadie más aquí.
Paloma se sentó en una silla de la cocina.
-Si quieres hacerte una paja, vete a hacerla a tu casa.
-No te hagas de rogar.
-¿Qué te hace pensar que me hago de rogar?
-Dime. ¿Recibirías a un electricista vistiendo cómo vistes?
Se hizo la ofendida.
-A lo mejor te piensas que me vestí así para provocarte.
-Para ir a misa no creo que fuera.
-¡Qué original!
-Que ya somos mayorcitos, Paloma.
-Unas menos que otros. Haz esa paja, pero no cuentes con mi colaboración.?
Enrique se bajó el pantalón y Paloma vio de nuevo aquella verga grande y gorda. Le preguntó:
-¿Quieres cogerla?
-Ya te dije que no iba a colaborar.
Comenzó a darle para abajo y para arriba. Paloma giró la cara para no verlo. Enrique se lo reprochó.
-Si no me miras, no me voy a correr.
Volvió a girar la cabeza, miró para el piso y de cuando en vez le miró para la verga, mirándosela, le dijo:
-Acaba de una vez.
La meneó mirando para la cara de su nuera, para sus tetas, para sus piernas, la meneó, la meneó y la meneó, pero no se corría, le dijo:
-No sé qué me pasa, que no me viene. ¿Me haces tú la paja?
Se moría por tener aquella verga en su mano, pero le dijo:
-¿Cuántas veces te tengo que decir que no voy a colaborar?
-¿Con qué mano se la meneas a mi hijo?
-A ti que importa.
-Pero se la meneas.
Viendo cómo la mano bajaba y subía por aquella maravilla, el coño le empezó a picar. Ya fue la puta la que preguntó:
-¿Con qué mano masturbas tú a tu mujer?
-Con la misma que estoy meneando la polla.
-Pues sigue meneándola.
Enrique se cansó de seguirle el juego.
-¡¿Empezamos a follar de una puñetera vez?! Me has llamado para eso.
-Estás equivocado.
Le frotó la polla en los labios.
-Chupa.
Con los labios mojados de aguadilla, le dijo:
-Te la voy a menear, pero porque si no lo hago me vas a obligar a mamártela. Pilla una silla y siéntate a mi lado.
Cogió la silla y se sentó a su lado. Paloma empuñó la dura verga, y sintió como el coño le echaba por fuera. Le dijo:
-A ver si te corres rápido, que tengo cosas que hacer.
Lo masturbó y al hacerlo se fue empapando... Se despertó su instinto de depredadora. Estaba a punto de mamársela y demostrarle lo puta que era, cuando le dijo él:
-Mámamela.
La había salvado la campana, pero aún se hizo la interesante.
-¡¿Quién te crees qué soy?!
Le volvió a frotar la polla en los labios.
-Una mujer preciosa con tantas ganas de follar conmigo como yo tengo de follar con ella.
-Cabrón.
-Puta.
Se arrodilló delante de él, metió la verga en la boca y se la mamó y se la masturbó con ganas atrasadas. Al rato se puso tan cachonda que perdió los papeles. Quitó los vaqueros y las bragas, y dándole la espalda, se sentó en su verga. La verga entró hasta el fondo de su coño. Con toda dentro, le dijo:
-Fóllame, cabrón.
Ahora fue él quien se hizo el interesante.
-Fóllame tú a mí, puta.
Le cogió sus grandes manos, se las llevó a las tetas, y luego, mientras se las amasaba, subió y bajé el culo, lo movió alrededor, lo movió hacia los lados... Lo hizo todo lento al principio, y aprisa al final, que fue cuando se corrió. ¡Y cómo se corrió! Se corrió jadeando cómo una perra y temblando una barbaridad.
Lo había follado bien, pero no había sido capaz de hacer que se corriera. Como la verga seguía dura dentro de su coño, la quitó y se la volvió a mamar... Nada, que Enrique no se corría. Se quitó la camiseta. Se volvió a sentar en la polla, polla que le entró hasta las trancas, y esta vez lo hizo cara a él. Le dio las tetas a mamar, unas tetas grandes, con areolas oscuras y gordos pezones. Enrique mamó, lamió, chupó y magreó. Pasado un tiempo, follándolo, necesitó colaboración, y le dijo:
-Fóllame.
-Ponte en pie.
Se puso en pie.
-Dime como queres que te folle.
Paloma se inclinó y le dijo:
-Agárrame las tetas de nuevo y dame duro. Rómpeme el coño. Trátame cómo a una perra.
Le dio a lo burro. Paloma no le duró ni un minuto. Dejó que acabara de gemir y de convulsionarse y luego le preguntó:
-¿Te hacen correr así esas dos putas, o mi hijo ?
Le respondió con la verdad.
-Sí, y con él me corro dos o tres veces y con ellas, cuatro o cinco.
-Conmigo te vas a correr seis, o siete veces. Ponte encima de la mesa que te voy a devorar el coño.
Se sentó sobre la mesa, echó los brazos hacia atrás, apoyó las manos sobre ella, flexionó las rodillas y se abrió de piernas. Enrique, mirándole para el coño, le dijo:
-Tienes un coño precioso.
Le abrió el coño con dos dedos, lamió los jugos y luego, con la punta de la lengua, lamió el glande del clítoris. Enrique había comido más coños que naranjas. Así se lo comió: Lamió el glande del clítoris de abajo a arriba, de arriba a abajo, haciendo círculos sobre él y de manera transversal. Cuando los gemidos de Paloma ya eran escandalosos, enterró la lengua dentro de la vagina, luego la sacó, lamió, de abajo a arriba a toda mecha y Paloma se corrió en su boca.
Aún no había acabado de correrse cuando le echó las manos a culo, la tiró hacia delante, la levantó en alto en peso y le metió la verga hasta lo más profundo de coño. Paloma se pegó a él cómo una araña, con las manos a su cuello y con las piernas a su cintura. Lo besó por primera vez. Encontró sus labios rudos y su lengua juguetona. No lo había visto por el gimnasio, pero estaba muy fuerte, ya que mientras la follaba la movía como si fuera una pluma. No supo el tiempo que la folló, pues besándolo y gozando de las clavadas, perdió la noción del tiempo. Lo que sí supo es que cuando se corrió lo hizo con una fuerza brutal y su coño desbordó, tanto desbordó, que luego de acabar y de ponerla en el piso, vio una pequeña charca de jugos en el piso, y además de eso, el interior de sus muslos estaban mojados de jugos.
La verga de Enrique, también mojada de jugos, seguía dura. Paloma lo sentó de nuevo en la silla, se sentó sobre su verga y la volvió a meter hasta el fondo del coño. Rodeando su cuello con los brazos, le dio al culo de atrás hacia delante y de delante hacia atrás a cien por hora.
-Mírame a los ojos que quiero ver cómo te corres.
-No quiero preñarte.
-Tomo precauciones.
-Claro, así cómo vas a tener un hijo.
Dándole a quinientos por hora, vio cómo Enrique echaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos.
-Ya te tengo, cabrón. Mírame.
Enrique la miró con los ojos medio cerrados.
Lo folló a mil por hora. A Paloma se le fueron cerrando los ojos, se derrumbó sobre su suegro y le bañó la polla con una espectacular corrida.
Al acabar, lo besó, y luego le dijo:
-Me engañaste, cabrón.
-Me reservo para tu culo, puta. Sé que me has mandado venir para acabar corriéndote con sexo anal.
-No sabia que tenías dotes de adivino. Dime. ¿Me dolerá?
-Puede, depende de como la metas.
Sacó la polla del coño, la frotó en el ojete. Quiso meterla, pero no entraba, empujó, entró la puntita y le dolió. Le dijo a su suegro:
-Sería mejor ir para la habitación de los invitados y que me la metas tú.
-Ahí le has dado.
En cama, le dijo el suegro:
-Ponte a cuatro patas.
-¿Cómo una perra?
-Sí, como una perra.
-Llámame puta.
-¿Te excita que te llame puta?
-Sí.
-Ponte a cuatro patas como una perra, puta.
Se puso a cuatro patas. Enrique lamió su ojete unas seis o siete veces, y luego le metió y sacó la lengua doce o catorce veces. A Paloma le encantaba y no tardó en empezar a gemir. Después le lamió y le folló, el ojete y la vagina. Tiempo después la agarró por la cintura, se la clavó en el coño y le dio con una saña, con una violencia..., que no sé cómo no se corrió, y lo digo porque Paloma se corrió dos veces antes de que la sacara del coño y se la metiera en el culo. Al ir a meterla, le dijo:
-Despacito.
Le metió el glande poco a poco, luego, Enrique, le dijo:
-Mastúrbate.
Paloma metió dos dedos dentro de la vagina y comenzó a masturbarse... Tiempo después, la verga, que había entrado milímetro a milímetro en el culo, entraba y salía de este dándole placer. Las manos de Enrique aplaudieron sus nalgas. "¡Plasss, plassss, plasss, plasss...!". El hombre sabía latín. Cuando dejó de aplaudir las nalgas, le echó una mano al cabello, se lo jaló y le dio más rápido. Paloma sintió cómo su suegro se corría dentro de su culo. Sus dedos aceleraron sus movimientos. Notó que iba a explotar y se lo dijo:
-¡Me corro!
No pudo decir nada más, ya que su suegro le echó la otra mano a la garganta y la asfixió hasta que acabó de correrse.
Al acabar de correrse, le dijo:
-¡Qué corrida, suegro, qué corrida! Jamás me había corrido así.
Me lo dijo emocionada, y digo, me lo dijo, porque el suegro era yo.
Quique.




