En la esquina de un bar, sentados a una mesa, a altas horas de la madrugada y ante la indiferencia de los presentes, que eran bien pocos y estaban bien mamados, estábamos mi cuñado y yo teniendo una charla de lo más interesante. Le decía:
-Dejo a tu hermano, José -bebí un trago del cubalibre de ron-. Ya no soporto más sus borracheras y sus infidelidades.
-¿Y a dónde vas a ir, Xena?
-No me llames así.
-Siempre te han llamado así. Casi toda tu vida has sido una guerrera, una princesa guerrera.
-Siempre he sido una tonta que lo aguantó todo.
-No me has dicho a donde vas a ir.
-A la casa de mi madre. Voy cabalgando los cincuenta años y si no miro por mí ahora no voy a mirar nunca.
-Te voy a hacer una proposición.
-No la hagas.
-Sabes que siempre me has gustado.
-Por eso te dije que no me hicieras la proposición.
-Podría gustarte.
-Te llamé para que me llevaras a la casa de mi madre, no para que me hagas una proposición, me guste o no..
-Te la haré igual. Ven conmigo esta noche.
-¿A dónde?
-Al paraíso.
-Lo siguiente que me vas a decir es que follas como los ángeles.
-Follo como un diablo.
-Cómo hablabas del paraíso...
-El paraíso al que te invito, está entre montañas, alejado del mundanal ruido.
-Solo por curiosidad. ¿Cómo es ese paraíso?
-Es maravilloso y está en una aldea donde solamente hay diez habitantes y la mujer más joven tiene 70 años.
-¿Pero esos sitios aún existen?
-Claro que sí, es un lugar rodeado de montañas donde aún no llegó el agua corriente, ni la luz, ni mucho menos el teléfono. Donde comen de lo que crían y de lo que recogen de la tierra, donde las mujeres, y algún hombre, van a lavar la ropa al río... Es una aldea anclada en el siglo XVIII, pero en ningún otro lugar del mundo se respira un aire tan limpio.
-¿Has alquilado una casa ahí?
-No, es una de las casas que quedó vacía luego de morir sus propietarios.
-¿Cómo has sabido de ese lugar?
-Me habló de él un amigo mío que tú no conoces.
-¿Y la gente de la aldea no te dice nada por ocupar algo que no es tuyo?
-No, agradecen la visita.
-Así que es ahí donde te pierdes cuando te quieres aislar para escribir.
-Ahí mismo.
-Si fuera contigo no creo que escribieras mucho.
-Eso es muy cierto.
-Entiendo. No podrías ser mi querido, José, me sentiría peor de lo que me siento ahora.
-No quiero ser tu querido, quiero ser tu amante ocasional.
-¿Olvidas que eres mi cuñado?
-Después de correrte cuatro o cinco veces te vas a olvidar de que soy tu cuñado.
-Por lo menos no eres un cantamañanas. Cuatro o cinco veces a la semana...
No me dejó acabar de hablar.
-Cuatro o cinco veces cada vez que follemos.
Sin querer me había quitado una sonrisa.
-Fanfarrón.
-En esas cosas no se puede fanfarronear si no se quiere quedar mal a la hora de la verdad.
-Lo dices porque piensas que no habrá hora de la verdad.
Acabó el vino que se estaba tomando y luego me dijo:
-Lo digo porque sé que te correrías, cuatro o cinco veces, o más si lo deseas.
-Ahora ya son más de cinco. Si no me he corrido un total cinco veces en los últimos seis meses, badulaque.
-Debes tener cuajada en el coño para alimentar a un regimiento.
Me sentía bien con mi cuñado. El fantasma me había pasado el hastío y hasta comencé a reír.
-Deja de decir tonterías.
-En fin, solo era una proposición.
-Indecente... Correrme yo cuatro o cinco veces del tirón. ¡Lo que hay que oír!
-O más. ¿Quieres que te lleve ya a casa de tu madre?
Con lo de "o más", me habían entrado las dudas. ¿Y si era verdad? Cambié de opinión.
-No, quiero ir a esa aldea. ¿Cuándo vas a ir?
-Esta noche, ya tengo el coche cargado.
-¿De qué?
-De cosas.
-¿Qué cosas?
-Cosas que necesitan en esa aldea, cosas como jabón perfumado, mecheros, librillos de papel para liar, peines..., cosas así.
-¿Y vas de noche?
-Conduciendo de noche se evita el tráfico.
Un par de horas más tarde íbamos por una pista forestal de tierra sin más luces que la de la luna, las estrellas y las de los faros del coche. Me entraron ganas de follar. Le pregunté:
-¿Falta mucho para llegar a esa aldea?
-Aún falta.
-Tendremos que hacer algo para que no nos dé el sueño.
-¿Cómo qué?
-¿A ti que se te ocurre?
-Follar.
-Es una buena idea.
Le eché la mano a la entrepierna. Le bajé la cremallera del pantalón, le saque la polla y me llevé una agradable sorpresa.
-Ya está dura y es gorda, no muy larga, pero gorda, que es lo que a mí me gusta.
Lamí el glande, luego se lo chupé como si fuera la cabeza de una gamba y apreté el cuerpo de la polla con las dos manos hasta ahorcarla. Con ella fuertemente presionada y chupando, lo masturbé. Me preguntó:
-¿Cuánto hace que no follas, Xena?
Deje de mamar para responder:
-No me acuerdo, pero debe hacer bastante porque tengo telas de araña en el coño.
-No conocía esa faceta tuya tan jocosa. Ni tampoco esperaba que mamaras tan cojonudamente bien. Tan cojonudamente bien mamas que como sigas me corro.
Seguí mamando. En el momento que comenzó a correrse le apreté tanto la polla que la leche no salió. Al soltarla salió con tanta fuerza que los dos primeros chorros quedaron colgando del techo del coche. Me echó la mano derecha a la nuca y me llevó la boca a la polla para que me tragase el resto de la leche de la corrida.
Al acabar de correrse, paró el coche en medio de la pista de tierra, apagó el motor, limpió la leche que colgaba del techo con su pañuelo de mano y luego me dijo:
-Vamos para fuera que te voy a dar lo tuyo.
-¿Es que los asientos no se reclinan?
-Sí, tengo el coche camperizado, pero...
-Pero ahí fuera, puede haber alimañas, y la alimaña la quiero aquí dentro.
Preparó los asientos. Me quité el jersey azul y luego comencé a desabotonar mi blusa blanca. Mi cuñado salió del coche... A medida que se desnudaba fue echando la ropa dentro del auto. Cuando entró en el coche acababa de quitar mi falda gris de tablas. En bragas, le pregunté:
-¿Qué te parece?
Lo que vio fue una mujer madura, morena, de cabello negro, que estaba en su punto, o sea gordita, sin estar gorda, con tetas grandes, pero no enormes, con tripita... Le faltaba verme el coño. Se metió entre mis piernas, me quitó las bragas, vio mi coño peludo, y me respondió:
-Estás para devorarte.
-¿Y a qué esperas para hacerlo?
Se echó encima de mí y lo primero que me comió fue la boca, bueno, según se mire, puede que se la comiera yo a él. Para ser justos mejor será que diga que nos comimos las bocas. Hubo sabrosas chupadas de lengua... Hubo de todo. Luego sus manos cogieron mis tetas por debajo y, magreándolas, lamió mis enormes areolas rosadas y mis erectos pezones y luego me mamó las tetas, un rato largo. Cuando bajó a mi coño lo encontró cómo un charco, hasta los pelos estaban bañados de jugos. Mismo parecía que le cayera encima la clara de un huevo. Me metió en la vagina el dedo pulgar de su mano derecha con la yema hacia arriba, acarició la pared superior y a los veinte o treinta segundo, le dije:
-¡Me corro!
Me corrí entre fuertes convulsiones y jadeando como una zorra luego de echar una larga carrera.
Al acabar de gozar, me sacó el dedo pulgar del coño y, pringado de jugos, me lo metió dentro del culo con la yema hacia abajo, me lo folló con él, y me dijo:
-Mastúrbate.
Entregada al polvo, froté el clítoris con tres dedos.
Poco después sacó el dedo pulgar del culo. Empuñó la polla y me frotó el glande en el ojete, luego me metió la punta, y después de la punta, poco a poco, me la fue metiendo hasta el fondo, al tiempo que me magreaba las tetas, me apretaba los pezones y me tiraba de ellos. Tiempo más tarde, la polla entraba y salía de mi culo y mis tres dedos volaban sobre el clítoris. Gemía como una loca. Era cuestión de poco tiempo que me corriera, y fue en menos tiempo del que yo pensaba cuando me corrí. Esta vez las convulsiones aún fueron mayores y los gemidos se hicieron escandalosos. Volví a exclamar:
-¡¡Me corro!!
Me quitó la polla del culo y me la metió en el coño. Entró muy apretada. Luego fue haciendo sitio, el coño se dilató y ya entró y salió con normalidad. Le eché las manos a las nalgas, y le marqué el ritmo que más me gustaba. Al final marqué un ritmo infernal, con el cual me llenó el coño de leche y con el cual le bañé la polla, mientras gritaba:
-¡¡¡Me corro!!!
Al grito de "me corro" me respondieron varios lobos con sus aullidos. Aullidos que hicimos cómo que no habíamos oído, pues venían de muy lejos.
Luego de quitarme la polla del coño, metió la cabeza entre mis piernas y lamió el erecto glande de mi clítoris. Le eché las dos manos a la nuca, le llevé la boca a mi coño y moviendo la pelvis lo froté contra su lengua. Mi coño estaba encharcado de su leche y de jugos. Lo lamió, y lo hizo jadeando cómo un perro. Sus jadeos me calentaron aún más de lo que ya estaba. Le dije:
-Bésame, quiero conocer ese sabor que te hace jadear.
Me besó con la lengua perdida de leche y jugos. Le comí la boca y después le volví a llevar la boca a mi coño. Me lo comió con lujuria, o sea, lamiendo en todos los sentidos y metiendo y sacando la lengua de él... Tanto fue el cántaro a la fuente, que la fuente le dio su manantial.
-¡¡Me corro!!
Los lobos volvieron a aullar, esta vez más cerca. Me dijo:
-Mejor nos vamos. ¿No crees?
Yo quería más.
-No seas cagado, los lobos no saben abrir las puertas de los coches -les puso el seguro-, y así, menos.
Me eché encima de él y lo cabalgué. Al paso, mis tetas bailaron el vals, al trote, bailaron la muiñeira, y al galope, no bailaron, volaron hacia arriba y hacia abajo... Mientras eso hacían, mi culo fuera de atrás hacia delante y de delante hacia atrás, marcándole el ritmo a las tetas. Poco después, comencé a correrme, me detuve. Lo miré y balbuceé:
-Me...co...rro.
Me derrumbé sobre mí cuñado y le comí la boca mientras mi coño bañaba su polla con otra espectacular corrida. Me correspondió con otra corrida que me anegó el coño.
Esta vez ya no sentimos a los lobos, y eso nos preocupó más que si los hubiéramos sentido. Nos vestimos, mi cuñado arrancó el coche y seguimos el camino.
Al llegar a la aldea estaba todo a oscuras. Parecía un lugar fantasmagórico. Salimos del coche, cerramos las puertas y se encendieron luces en cinco casas. Vimos varias caras detrás de los cristales. Le dije a mi cuñado.
-¿No me habías dicho que aquí no había luz?
-Luz eléctrica, esas luces son de quinqués.
-¿Quinqués?
-Sí, los quinqués son lámparas de aceite antiguas.
-¿Y esto es el paraíso? Esto lo que parece es un cementerio el día de difuntos. Me estoy acojonando.
-Esas caras no son de difuntos, son de curiosas y de curiosos.
Entramos en una casa hecha con piedras. Mi cuñado encendió dos quinqués con el mechero y vi que estaba todo limpio. Le dije:
-¿Cómo es que está todo tan limpio?
-Las vecinas me mantienen limpia la casa.
Os describiré cómo es una casa en el paraíso. Tiene una cocina de piedra con un horno en el lado izquierdo y un pequeño fregadero de piedra en el lado derecho. Una mesa con cuatro sillas, un mueble donde se guardan desde los platos a la hoz, pasando por las sartenes, una especie de ropero, una cama donde caben cinco personas, y dos arcas, una para el pan y otra para la carne. Tiene tres ventanas. El piso está hecho de barro mezclado con arena y en el techo se ven las vigas y los otros maderos que sujetan las tejas.
Despertamos a las once y media de la mañana con los ruidos que hacían al llamar a la puerta. Fui a mirar quien era y me encontré con cinco ancianas. Una traía un jamón, otra, chorizos y quesos, otra, huevos y un capón, otra, una cesta con hortalizas y la última un garrafón de vino tinto. Me preguntó la del jamón:
-¿Eres la otra amiga de José?
Por lo que se veía no era la única que había llevado allí. Respondí con una evasiva.
-¿Quién lo pregunta?
-Julia. ¿Sabes si ha traído jabón perfumado?
-Sí, ha traído jabón y muchas cosas más.
No voy a pararme en contaros que cambió mi cuñado, ni porque, pero todas se fueron contentas y volvieron con más cosas para cambiar por otras mientras estuvimos allí.
Por la tarde, mi cuñado se fue a dar un paseo por el monte y me dejó sola en casa. Llamaron a la puerta y me encontré con una muchacha que vestía un short rojo, una camiseta blanca y que calzaba unas zapatillas de deporte rojas. No creí que llegase a los veinte años, era flaca y preciosa. Me alarmé. José me había dicho que la mujer más joven de la aldea tenía 70 años. ¿Sería una bruja? Con recelo, le pregunté:
-¿Qué quieres?
-Saludarte. Mi nombre es Jacinta y también paso unos días en la aldea.
Se me pasó el susto.
-Creí que eras una bruja.
Sonriendo, me preguntó:
-¿Has visto a alguna bruja en short?
-Ni en short ni sin él.
La mandé pasar y la invité a un vino. Charlando me dijo que había venido con un amigo de mi cuñado, que este le había dicho que lo esperara un par de días, pero que ya llevaba un mes esperando y que no había vuelto a buscarla.
-...Como te lo acabo de decir, un mes esperando por él, menos mal que la gente de esta aldea es muy generosa y nunca me faltó de comer ni de beber.
-¿El que te trajo aquí es tu novio?
-No.
-¿Es un hombre casado?
-Eso que más da, digamos que es un follamigo
-Entiendo. Algo le pasaría.
-Tu marido debe de saberlo.
-Le preguntaremos a José cuando vuelva. En cualquier caso, si no regresa, puedes volver con nosotros.
-Gracias, eres muy amable.
-¿Y qué has hecho todo un mes para no aburrirte?
-Por el día pasear y hablar con la gente. Lo duro fueron las noches. Hubo noches en que mataría por un beso mientras me hacía el amor a mi misma.
-Sé lo que es eso.
-¿También te masturbas? ¿José no te atiende?
-No quiero hablar de eso.
Comenzó a seducirme.
-¿Eres más de acariciar el clítoris o de meterte los dedos?
-Esas son cosas muy íntimas.
-Yo hago las dos cosas.
Metió su mano derecha debajo de la mesa. Sentí como bajaba la cremallera del short, vi como cerró los ojos, como bajó la cabeza y luego vi como su brazo se movía al darse dedo. Me quedé tan sorprendida de su comportamiento que guardé silencio. Bebí un trago de vino y me quedé mirando para aquella belleza. Era extrañísimo que una joven a la que acababa de conocer se atreviera a hacer lo que estaba haciendo delante de mí, pero allí estaba, tocándose, abriendo lo ojos de cuando en vez, para mirarme, sonreírme y luego volver a lo suyo. Pero si eso era extraño, más extraño era que a mí, que nunca me había atraído ninguna mujer, me entraran unas ganas locas de mastrbarla, de comerle la boca, las tetas, el coño, de comerla viva. y de que ella me comiera viva a mí. Sabía que era lo que buscaba, pero no quise que supiera lo puta que soy... No tardó ni tres minutos en correrse, se corrió soltando un gemido, el único gemido que le oí durante toda la paja. Al acabar de correrse, me miró. Sonriendo de nuevo, se quitó los dedos mojados del coño, los chupó y subiendo la cremallera, me dijo:
-Me acabas de dar un delicioso orgasmo.
-¡¿Yo?!
-Sí, en ti fue en quien pensé.
Descarada era un rato largo.
-Tienes una jeta...
-¿Te has calentado al verme?
Le mentí.
-Ni un poquito.
-No te creo. Seguro que estás mojada. ¿Te masturbarás pensando en lo que te he dicho y en lo que has visto?
Ya estaba demasiado caliente. Necesitaba tocarme y fantasear con Jacinta.
-Va a ser mejor que te vayas.
-¿Vas?
-No.
-Di que sí.
-¿Para qué quieres que diga que sí?
-Para volverme a masturbar esta noche pensando que fantaseas conmigo.
Le dije lo contrario de lo que pensaba de ella:
-Cuanto más te conozco menos me gustas.
Se puso en pie y me miró.
-¿No te parezco bonita?
¿Bonita? Era bella a rabiar. Sus ojos tenían el color del mar, su cabello rubio y rizado le caía en cascada sobre sus tetas medianas, sus piernas eran largas y moldeadas, sus caderas manejables, su cintura fina y su culo pequeño y redondo. Le respondí:
-Sabes que eres preciosa.
Puso morritos.
-Anda, hazla, por fa.
-A ver, bonita, a ver, si no te he entendido mal quieres que me masturbe para esta noche, hacerte otra paja pensando en mí. ¿Es eso?
-Sí, es eso.
-¿Y no quieres verme desnuda para saber lo que comes?
-¡Sí!
Vino a mi lado con su silla. Le dije:
-Estaba bromeando.
Ella no bromeaba. Se sentó a mi lado, puso su cabeza sobre mi hombro y me dijo:
-Sería maravilloso, verte desnuda.
Jacinta olía a coño corrido. Este olor me excitó. Me entraron ganas de follar. La miré a los ojos y le pregunté:
-¿Si me hago un dedo y me corro, luego te vas?
-Sí.
Metí la mano dentro de las bragas y luego con dos dedos acaricié mi clítoris. Jacinta me puso un dedo en el mentón, me dio tres picos y luego metió la mitad de la legua en mi boca. A continuación lamió mis labios y después me metió toda la lengua dentro de a boca y jugó con mi legua. Lo hizo todo muy despacito, tan despacito lo hizo que al acabar de besarme ya estaba a punto de correrme. Mirándome a los ojos, me preguntó:
-¿Me dejas que te haga el amor?
Me hice la remolona.
-Habías dicho que si hacía una paja te ibas.
-Mentí. Deja que te haga el amor.
Sabía que no iba a desistir hasta que me follara, así que me seguí haciendo la remolona.
-No, solo verás cómo me hago una paja... Además José puede llegar en cualquier momento,.
-Juégatela.
-Mira, bonita, a mí me gustan los hombres.
-Prueba con un mujer.
Me volvió a besar. Su lengua era tan fresca y traviesa que la mía la buscó para frotarse en ella, y al rato pasó lo que nunca pensé que pasaría, correrme estando con una mujer, y como era costumbre en mi, exclamé:
-¡Me corro!
Al acabar de correrme, Jacinta, se puso en pie, quitó la camiseta y vi sus firmes tetas con areolas claritas y pezones cómo lentejas, luego se quitó el short y vi su coño rasurado. Me dijo:
-¿Vamos para la cama o te la como aquí?
Ya le puse la alfombra roja para que hiciese su entrada triunfal.
-Tu ganas, vamos para la cama.
Al lado de la cama, Jacinta, dándome unos picos, me desabotonó la blusa, y luego me quitó el sujetador y la falda. Yo me saqué las zapatillas. Se puso en cuclillas y lamió mi coño de abajo a arriba, varias veces, luego, a medida que se iba incorporando, besó y lamió mi ombligo y mi vientre. Al llegar a las tetas, las cogió con las dos manos y, mientras las magreaba con sus pequeñas y suaves manos, lamió y chupó mis pezones, mis areolas y todo lo que encontró por delante, luego nos comimos las bocas y acto seguido me echó sobre la cama, metió su cabeza entre mis piernas y comenzó a darme un recital de lengua que me llevó a un orgasmo sublime, que me hizo esclamar:
-¡Me corro, me corro, me corro, me corro!
No paró de lamer hasta que me sintió respirar sin dificultad, y cuando lo hizo fue paras decirme:
-¿Quieres correrte otra vez?
Le dije que sí, a mi manera, o sea, cogiéndole la cabeza con las dos manos y llevándole la boca a mi coño.
Su boca era mágica, lo mismo envolvía mi clítoris entre la lengua y los labios, que metía y sacaba la lengua de mi vagina, que sus labios chupaban los vaginales, que la lengua los lamía, que lamía de abajo a arriba, que lamía el clítoris de manera transversal, que... Que me volví a correr como una leona, y dije:
-¡Pedazo de corrida!
Al acabar de correrme hizo una tijera y frotó su coño mojado con el mió, que estaba encharcado. Hasta tres veces estuvo a punto de correrse, y las tres veces paró y esperó a que se le fuera. Lo hacía para que me corriera con ella, pero yo ya me había corrido tres veces y una cuarta me pareció que sería rizar el rizo. Jacinta sabía rizarlo, porque pasado un tiempo frotó su coño con el mio a mil por hora y oyó lo que quería oír:
-¡Me corro, Jacinta!
Se corrió conmigo.
-¡Y yo!
Nuestros coños, latiendo, se dieron de beber el uno al otro.
Aún teníamos las piernas entrelazadas cuando entró mi cuñado en la casa. Sonriendo, dijo:
-Veo que ya os habéis conocido.
Jacinta, descruzando sus piernas de las mías, le dijo:
-Si me mandaste tú venir a seducirlas, es obvio que nos íbamos a conocer.
-No me descubras, coño.
Me había perdido. Pregunté:
-¿Qué está pasando aquí?
-Que lo preparé todo para hacer un trío.
Lo del trío me gustó, pero tenía una pregunta que hacerle a Jacinta.
-¿Llevas aquí un mes cómo me habías dicho, o es otra mentira?
-Llegué ayer en mi auto, pero se suponía que íbamos a estar solos José y yo.
-O sea, que me has mentido.
-Seguía instrucciones.
-Bueno, por lo menos me lo has hecho pasar de maravilla.
-¡Y lo que te rondará, morena! Échate boca arriba sobre la cama si quieres correrte otra vez.
No me lo tuvo que repetir. Me eché boca arriba sobre la cama. Jacinta se puso a cuatro patas entre mis piernas. Vi acercarse a mi cuñado con la polla morcillona. Cuando Jacinta lamió mi coño, mi cuñado se lo lamió a ella y le echó las manos a las tetas. La muchacha dejó de lamer mi coño y lamió mi clítoris con la punta de la lengua... Soltaba unos cuantos gemidos y volvía a lamerlo. Sabía lo que hacía. Quería que nos corriéramos juntas de nuevo. Tiempo después, cuando sintió que se iba a correr, me chupó el clítoris con fuerza y acabamos las dos corriéndonos cómo golfas.
Al acabar de corrernos me dio un beso con lengua, luego se echó a mi lado y me dijo:
-Tienes un polvazo.
Mi cuñado estaba de acuerdo con ella.
-Tiene. Ponte boca abajo, Xena.
Jacinta se celó, sin saber que ese era mi apodo.
-Si ella es Xena yo quiero ser Gabriela.
Me puse boca abajo. Mi cuñado le preguntó.
-¿Quieres la parte de arriba o la de abajo, Gabriela?
-La de arriba, Ares.
La dejamos fantasear con una princesa y un dios.
Jacinta besó y lamió mi espalda y mis costillas, me echó las manos a las tetas, besó y lamió mi cuello, me giró la cabeza, me comió la boca y me preguntó:
-¿Te gusta lo que te hago, Xena?
-Sí, Gabriela.
Mientras Jacinta hizo lo que os he dicho, mi cuñado me abrió las nalgas y le dio tal repaso con la lengua al periné y al ojete que me dejó el ojete latiendo. Luego me puso boca arriba. Jacinta me comió la boca, me besó, me lamió y me chupó el cuello y me comió las tetas, jugó con su lengua en mi ombligo... Mi cuñado me lamió las plantas de los pies, me lamió y me chupó los dedos, me lamió los tobillos, y luego subió lamiendo por el interior de los muslos hasta llegar al coño. Lo lamió de abajo arriba varias veces. Estaba tan mojado que parecía un lago. Paró de lamer, se sentó delante de mí, me echó las manos a la cintura, me levantó y me clavó su gorda polla en el coño. Gozaba como una cerda cuando Jacinta puso su coño en mis labios. Saque la lengua y le di brillo, mejor dicho, se lo dio ella moviendo la pelvis de delante hacia atrás y de atrás hacia delante, al tiempo que se besaba con mi cuñado.
Acaricié mi clítoris con dos dedos y en nada me corrí como una loba. No pude anunciar mi orgasmo porque tenía la boca tapada con el coño de Jacinta.
Luego de correrme, Jacinta me apartó el coño de la boca, se dio la vuelta y se estiró sobre mí. Mi cuñado se la clavo en el ccoño, le dio duro y en nada se corrió, se corrió él, y lo hizo en la espada de Jacinta. Al quitarle la polla, Jacinta, volvió a ponerme el coño en los labios, y en nada supe lo que era tragar una corrida de mujer.
Jacinta se quedó a vivir con nosotros y follamos lo que no está en los escritos.
Un mes después volví con mi marido, pero seguí follando con mi cuñado y con Jacinta, pues la chavala vivía en un pueblo que estaba al lado del nuestro.
Quique.
Muy bueno super excitante
@quique que buen relato amigo me dejaste con la polla dura
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