LIBRO 3. EPÍLOGO: LIBERACIÓN. CAPÍTULO V.
día 10 - 24.07.2012 - tarde
Pablo no se unió a nosotras en aquel baño. De hecho ya no volvió a aparecer hasta que le llamamos para comer. Comimos los cuatro juntos, sin hablar demasiado y con bastante rapidez. Sin necesidad de decir nada, después de nuestro baño y de lo que quiera que hubiera hecho Pablo en su habitación o en la mía, o en el baño o donde coño fuera, volvíamos a llevar todos de nuevo nuestra mínima ropa interior. Por supuesto, nosotras sin sujetador... Bueno, en realidad es que diría que estábamos las tres en tanga, pero que de hecho se notaba bastante que teníamos poca gana de seguir llevándolo. La situación no se había terminado de normalizar del todo después de lo que habíamos hecho por la mañana.
Cuando acabamos la silenciosa comida, todos dijimos sin mayores explicaciones que teníamos sueño, por lo que recogimos rápida y apresuradamente, amontonando las cosas en la cocina sin terminar de guardar y limpiar del todo. En un momento en que estábamos los dos en el porche terminando de recoger las cosas de la mesas, mi primo se me insinuó de una manera bastante torpe para que le acompañara a la cama. Yo me limité a sonreírle pero sin decir nada, mientras miraba como su mirada ávida se perdía sin más en mis peras. Me giré y me fui de allí cuando noté que se me empalmaban los pezones bajo su mirada.
Mientras terminábamos de trastear en la cocina, Pablo se fue el primero de allí, seguido al poco por Nuria y María, que ya ni se molestaban en invitarme a acompañarlas. Parecía que se habían acostumbrado a que yo tenía agenda propia aquellos días, sabiendo que iba a terminar decidiendo siempre sobre la marcha si me iba a zorrear con ellas o decidía tentar suerte con mi primo. Naturalmente, como me conocen bien, pues tenían razón. Estaba claro que después de haberle visto a mi primito la maravilla de rabo que tiene en plena demostración de potencia, pues me costaba no hacer caso a la insinuación que me había hecho en el porche… Por otro lado, me molestaba un poco que mis amigas ni siquiera me hubieran sugerido ir con ellas, aunque solo fuera para quedar bien. La tentación de entrar cuando pasé por delante de la puerta abierta de mi cuarto fue enorme: él me espera tumbado en mi cama, girado de medio lado mirando a la pared, como había hecho yo misma con él los días anteriores. Estaba desnudo del todo, y fingiendo que dormía, pero sin duda estaba despierto. Recordé con qué lujuria me había las tetas al insinuarme que quería que “durmiera” la siesta con él, y cómo había respondido mi cuerpo excitándose por completo sin molestarse en pedir permiso para ello… De alguna manera, la erección automática de mis pezones debió de haberle hecho pensar que yo me moría de ganas por entrar con él. Y seguramente, tenía razón.
Pero, al final, como bien sabían María y Nur yo iba a tomar mi decisión siempre en el último momento. Y, en aquel instante, delante mismo de su cuerpo desnudo, volví a sentir ese secreto placer que llevaba sintiendo todo el día: el placer secreto de provocar a mi primo, de incitar su desmedido apetito sexual para conseguir tenerle desquiciado y comiendo de mi mano…
Mis gritos a María pidiéndole que me esperasen y que no cerrase la puerta de su dormitorio, cosa que estaba a punto de hacer, dejaron claros a toda la casa que, finalmente, había decidido pasar de Pablo. Pero solo yo sabía que el único objetivo real de hacer aquello era seguir echando leña a la caldera en la que él se llevaba cociendo toda la mañana. Tenía gracia, me dije, llevábamos días sin cerrar ya ni una puerta en aquella casa, pero el portazo que acababa de pegar yo para cerrar a cal y canto la habitación de mis padres antes de girarme hacia la cama donde me esperaban mis amigas, debió sonar como una losa cayendo sobre la tumba de mi primito. Ninguna de nosotras iba a molestarse en cerrar el ventanal que daba al jardín, ni a echar la persiana o correr los visillos. Francamente, a mí no es ya que me diera igual que nos viera dándolo todo en aquella cama, es que hasta prefería que me pillara follando con ellas. Eso sería perfecto… Pero si había cerrado tan bruscamente la puerta, lo había hecho tan solo para que Pablo supiera que había pasado de él.
Así pues, allí estaba, con mis dos amigas que seguían calientes como putas y con unas ganas de follarse que llevaban conteniendo desde antes de comer. Yo también seguía cachonda, claro… pero es que ellas no le habían visto a él la polla igual que yo se la había visto. Uffff… es que aquel brutal ejemplar de pene era algo duro de digerir, y nunca mejor dicho. Me costaba asumirlo, pero me di cuenta de que tampoco tenía demasiadas ganas de hacerlo con ellas. Sin embargo, era ya demasiado tarde, podía haberme quedado fuera, incluso aunque hubiera pasado de Pablo, pero había entrado allí y Nur seguía todavía más pegajosa que el día anterior. ¿Y quién sería la guapa capaz de decir que no a una Nurita con ganas? Al final acabó por liarme, claro y he de decir que terminamos teniendo realmente buen sexo las dos aquella tarde, aunque me pesa reconocer que lo hicimos dejando a Mer un poco colgada. Sin embargo, seguíamos viviendo algo tan fuerte que no éramos capaces de reprimir aquella especial necesidad que teníamos la una de la otra. Solo decir como apunte que mi amada me puso tan a mil que, tiempo después, llegaría a decirme que cuando me tocaba o comía el clítoris me notaba siempre tan salida y empalmada que “era casi como si se estuviera tirando a una negra”… Cosa que tiene gracia, porque yo me había quedado obsesionada con su culo moreno cuando lo vi surcado por los blancos trallazos de lefa de mi primo, y desde entonces estaba erotizada con ella y deseosa de sucumbir bajo su cuerpo de ébano, que terminó por envolverme y devorarme por completo.
Nuria y yo llevábamos ya demasiado tiempo expresamente entregadas la una a la otra cuando la pobre Meri decidió que ya no aguantaba más. Sin decirnos más que lo necesario, pero sin duda pensando muchas más cosas, llegado un momento terminó por levantarse para ir al baño. Las dos nos temíamos que se habría decidido a encerrarse a solas para montárselo por su cuenta, en vista del poco caso que le hacíamos, pero nosotras nos habíamos puesto tan burras las dos mutuamente, que no fuimos capaces ni de tratar de hablarlo con ella en ese momento. Así pues, cuando ella dejó la cama nosotras nos envolvimos todavía más la una en la otra y nos dedicamos a follar como auténticas perras antes de que ella consiguiera siquiera alcanzar la puerta del baño.
Y fue en aquel preciso momento en que habíamos dado rienda suelta a nuestras perversiones más oscuras y sucias cuando él se decidió a llamar a nuestra puerta. Ignoro si nos había estado espiando por la ventana, pero me cuesta creer que no lo hubiera intentado al menos. El caso fue que, al escuchar su llamada, Meri debió pensar que se le abría el cielo en aquella tarde que nosotras nos habíamos empeñado en llenarle con negros nubarrones otra vez. Puede que fuera su particular y pequeña venganza para aquel instante concreto, no sé, pero la verdad que en ese sentido iba a resultar bastante efectiva… porque sin más avanzó hasta la puerta de la habitación, abriéndola y dejándole entrar. A él y a su brutal rabo, que se revolvía en el reducido y apretado espacio que le dejaban sus ajustados slips. Pobrecillo, si en realidad era el único que al menos seguía llevando algo de ropa allí…
Incapaces de hacer anda que no fuera follarnos, Nur y yo seguimos a lo nuestro, indiferentes ante los despectivos y soeces comentarios de María sobre nosotras. Mi primo se mantuvo callado durante un tiempo demasiado largo, en el que yo no pude saber si nos estaban mirando siquiera ya que me lo pasé corriéndome brutalmente a manos de Nuria. Me importaba una mierda que Pablo nos estuviera viendo follar tan sádicamente como estábamos haciendo en aquel momento. Me importaba una mierda que estuviera viéndonos así, desnudas y vulnerables, o que tuviera al lado a mi amiga María igualmente desnuda y caliente, y seguramente enfadada. Quería follar, y quería a Nuria. Y todo lo demás me importaba una mierda, sí.
- Voy a darme un chapuzón en la pisci… - escuché la triste voz de mi primo rebotando contra mis alaridos de placer - ¿te apetece bañarte conmigo?
Joder, ¿demasiado explícito, no? me dije… No fui capaz de escuchar la respuesta de María (en aquel momento también se estaba corriendo Nuria y sus bramidos de gozo arrasaron mi cabeza y todo cuanto nos pudiera rodear), pero fui capaz de ver lo que parecían sus dos cuerpos escabullirse borrosamente por el hueco del ventanal del jardín mientras los ácidos y viscosos líquidos del potorro de mi amada bañaban mis ojos y mi carita de zorra come coños…
Aquello podía ser fatal, dado el estado de Pablo y, sobre todo, el de María, a la que además habíamos ignorado totalmente aquella tarde. Debía estar rabiosa… Pero no tenía energías ni ganas para nada que no fuese Nuria, por lo que nada que no fuera seguir haciéndonos el amor durante largo rato fue capaz de ocupar ya mi interés en aquella tarde. En el furor de mi salvaje encuentro sexual con mi novia, todo me daba igual. Hasta si mi primito Pablo le enterraba su falo endurecido y caliente en el fondo de la vagina hirviente de María hasta destrozarle el útero a pollazos.
Recuerdo pocas cosas de aquella follada con Nur, más allá de que estuve haciéndole el amor sin freno y con total entrega, hasta que sentí que ella se quedó saciada, y hasta dormida. A mí, sin embargo, todo aquello me dejó una extraña sensación agridulce... Tenía la convicción de haber dado rienda suelta a mis más profundos deseos, que no eran otros que entregarme a ella de esa manera, pero ni me sentía plenamente satisfecha, pese a estar sexualmente colmada (en eso no podía tener queja con Nurita, en aquella época ella mejor que nadie sabía cómo sacarme todo el placer hasta acabar con cualquier tipo de calentura cuando nos encontrábamos de esa manera), ni mi mente era capaz de descansar tranquila para tratar de recuperar el vigor físico y sexual, cosa que sabía que me iba a hacer falta ya que todavía quedaba día por delante… Tampoco mi cuerpo era capaz de procurarse ese merecido descanso.
Salí al jardín, nuevamente en pelotas. Mi amiga maría se estaba bañando, y no me costó comprobar que seguía desnuda, cosa que en parte me complació, por mucho que ver aquello volviera a atraer hacia mí la negra sombra de los celos. Porque él estaba mirándola y hablando con ella, sentado en el bordillo de la piscina con los pies metidos en el agua y completamente empalmado dentro de sus slips mojados. Evidentemente, se habían estado bañando juntos, y evidentemente en ese baño mi primo se había puesto cachondo… Cómo había pasado, no podía saberlo. Y, para ser franca, lo cierto es que tampoco me interesaba; o, más exactamente, a aquellas alturas casi prefería no saberlo. Como prefería no saber qué habían hecho los dos antes del baño… mi tarde de sexo con Nurita había sido demasiado larga como para que ellos la hubieran ocupado tan solo con un chapuzón. Demasiadas posibilidades para que hubieran pasado demasiadas cosas que prefería no saber.
Sí, estaba celosa, repentinamente celosa, y de pronto veía claro que ese agujero en mi ánimo que se había ido abriendo en mí cuando mi amada Nuria cayó rendida después de mi última follada obedecía, cómo no, a la ausencia de él, así como a la incertidumbre de haberle dejado fuera de control y en manos de una puta furiosa y excitada como María.
- ¡Hola! ¿Qué hacéis? – Naturalmente, mi pregunta me sonó estúpida hasta mí. No solo la pregunta en sí, sino en realidad hasta el tono de mema con el que me dirigí a ellos.
Pero que la pregunta hubiera sido una tontería no justificaba que no me contestara ninguno de los dos. Ambos reían a carcajada limpia, y siguieron haciéndolo mientras Mer nadaba a braza y despaciosamente, deslizándose con suavidad por la piscina, dejando emerger únicamente su preciosa carita y su perfecto trasero, moreno, duro, redondeado y con aquella poderosa rajita que estaba pidiendo a gritos ser follada.
Me mató que mi primo me ignorase. Mi excitadísmo primo, con una empalmada total a punto de volver a reventarle los gayumbos, no se molestó ni en dar una fugaz mirada de reojo a mi cuerpo. Yo seguía desnuda, completamente desnuda, plantada así, allí, por él. Para él… Sin embargo, su mirada se perdía impúdicamente y sin disimulo en el culo de mi amiga. Vale que tiene un puto culo perfecto, y que siempre lo ha tenido y que ni yo en mis mejores momentos he podido superar, y eso que he llegado a tener un culo diez que volvía locos a todos los tíos. Pero, joder, que yo estaba en bolas y, además, sucia de sexo y recién follada, que debía llevar una cara de vicio todavía difícil de superar, después de todo lo que acababa de hacer con Nurita. Entiendo que ambos podían estar molestos conmigo por haber pasado así de ellos, bien, pero una cosa era que estuvieran jugando a darme celos y otra muy distinta la cara que tenía mi primito mirando aquel culo. Conozco su cara cuando está tan caliente, tan físicamente perdido que sabes que te la va a acabar liando porque su polla ha tomado el control de su mente… no es solo que sea un hombre, un hombre prototípico pensando como siempre con la polla, es que además en aquel momento era un perfecto adolescente arrollado por sus hormonas, perdido en un furor sexual que ni yo misma en mis mejores momentos, ni las perfectas zorras de mis amigas Nuria y María, éramos capaces de seguir muchas veces. Pablo hubiera dado cualquier cosa por poder joderse a mi amiguita en ese instante, y yo había pasado a ser un elemento prescindible.
¿Tenía derecho a quejarme acaso? ¿No había sido yo misma la que había jugado con fuego aquella mañana, incendiando el deseo de mi primo utilizando para ello a Nur y al culo de María? Estaba tan bella, y su trasero desnudo y sudado pedía guerra… ¿cómo no aprovecharlo? Le había puesto a mil haciéndole soñar con poseer aquel moreno objeto de deseo, le había enseñado, a través de Nuria, cómo se podía hacer gozar a María hasta llevarla al cielo a través de su culo. Y luego le había dejado, le había abandonado, solo y olvidado.
- Joder, Mer, ya podías ponerte unas bragas o algo ¿no? Que llevas en pelotas desde que saliste de la siesta – la siesta, sí, me dije, como si alguien la hubiera dormido aquella tarde… - y mira cómo tienes al niño, que está caliente como una cabra tía…
- ¡Oye, prima! Que yo…
- Tú te callas, Pablo – le contesté rabiosa.
- Hostia, Laura… - escuché que susurraba María. Pero no se lo tuve en cuenta cuando vi que, de forma inmediata, giró su cuerpo y avanzó nadando de espaldas con vigorosas brazadas en dirección opuesta a donde estaba mi primo, rumbo a las escaleras de salida de la piscina. Que le estuviera ofreciendo su chocho abierto entre las piernas que remaban en el agua para ayudarle a propulsarse, no era más que un mal menor ya.
Pablito se agarró fuertemente la polla sobre sus gayumbos cuando ella se giró nuevamente, y empezó a ascender por la escalinata de la piscina, saliendo del agua para regalarle una última visión de su espalda fuerte y cuadrada y su culo respingón, tan desesperadamente desnudos. No sé decir si mi primo hizo aquello para sujetar a su animal, quizás ya a punto de desbocarse totalmente, o era una nueva forma de retarme por haberle privado de la diversión tan pronto. Evidentemente, le había cortado el rollo, y me miraba de hito en hito con cara de enfado, mientras trataba de aprovechar aquella última visión de su diosa alejándose y se sujetaba la polla con firmeza, pero sin llegar a masturbársela en ningún momento.
Entré a la casa detrás de ella, por el ventanal de la habitación de mis padres. Junto a este se encontraba Nuria, que había estado observando la escena en silencio. Las dos me miraban extrañadas: también María, que parecía realmente mucho más confundida que cabreada. Yo pasé de ellas y me fui directa hacia el fondo de la habitación, donde habían dejado amontonadas sus maletas y buena parte de su ropa estaba desperdigada por el suelo y sobre los muebles. Cogí unas bragas sin molestarme en mirar ni en buscar, sino simplemente echando mano de las primeras que encontré por ahí. No tenía ninguna idea preconcebida sobre la imagen que quería dar, pero lo cierto es que las bragas que me puse resultaron ser las feítas de Nurita que había llevado cuando trató de poner freno a la deriva de lencería en la que habíamos caído. Eran feas y, sobre todo, sosas, sí. Pero eran unas bragas, y además eran de Nurita… lo que quiere decir que no podían ser nunca absolutamente neutras, claro. Y, para colmo, en mi cuerpo se ceñían a mi carne a duras penas, sin poder evitar que mi cuerpo desbordara los elásticos de manera mucho más abrupta y voluptuosa que cuando las había vestido mi amiga. Escuché a Mer suspirar al verme así, pero sin mediar palabra avanzó hacia donde yo estaba, desnuda, gloriosa, y de forma extraordinariamente rápida tomó un conjunto de lencería de su maleta y se lo puso con verdadera agilidad. Bueno, en su caso diría que ella sí tenía una idea preconcebida de la imagen que quería dar… o bien se la había formado rápidamente al ver mi cuerpo tratando de superar la insuficiente barrera que suponían para mí las braguitas de Nuria. Porque, desde luego, el conjuntito de Mer, pese a incluir sujetador, era francamente escandaloso.
En fin, al menos los lleva, pensé tratando de consolarme mientras la contemplaba radiante con aquel conjunto: sujetador y braguitas de suave color gris azulado, de tela prácticamente transparente enmarcada por los rebordes elásticos que, junto con algún pequeño bordado que las salpicaba a modo de adorno, eran realmente los únicos elementos que la tapaban un poco. El sujetador se ceñía a sus pequeños, perfectos y redondeados senos con un ajuste casi milimétrico, elevando y realzando aún más unos pechos ya de por sí delicados y deliciosos que jamás habían necesitado realce alguno. Los reducidos adornos bordados que manchaban levemente la tela transparente no parecían tener la menor intención de ocultar nada de su fisionomía más erótica de manera que, en lugar de caer sobre el área del pezón como suele ser habitual en ese tipo de prendas, en su caso parecía más bien que trataban de evitar precisamente que tapar nada de lo que no debía ser visto. De esa manera, sus pezones duros y furiosos se mostraban violentamente empalmados bajo el roce de la sutil tela grisácea, que quedaba profundamente saturada por el color marrón oscuro encendido de aquellos botones de placer. Por la parte inferior la cosa no mejoraba: la visión frontal dejaba a la vista un desnudo casi perfecto, ya que como digo solo los rebordes de la tela grisácea eran en verdad opacos y conseguían realmente ocultar algo. Por lo demás, la forma de las bragas en su frontal eran como si fueran de tanga, con solo dos mínimos bordados lo más alejados posibles de su sexo, de manera que más parecía que la parte más delicada y sexual de su cuerpo de hembra en celo quedaba enmarcada sutilmente por tres finas cuerdas dejando todo lo demás al aire. Por supuesto, las bragas no tenían apenas refuerzo inferior, por lo que su vulva excitada y salida se mostraba de manera todavía más impúdica al quedar constreñida y apretada por aquella tela casi transparente, que hacía que sus salidos labios menores pudieran ser admirados allí emparedados entre su cuerpo y sus bragas. La parte trasera, por su parte, estaba realizada en su totalidad por aquella fina tela traslúcida, sin contar con apenas reborde o refuerzo alguno. De aquella manera, y dado que mi amiga seguía empapada cuando se vistió, la finísima tela quedó tan pegada y remetida en su espléndido culo que este parecía todavía más visible, apetitoso y puesto en valor, con la empapada telilla siendo tragada por su ávida rajita. Todo en ella llevaba a desear perderse entre sus muslos, estaba sencillamente sublime.
Desde luego que aquello distaba mucho de lo que había podido pensar yo cuando le ordené vestirse pero… ufff, joder, es que estaba tan buena, tan impresionante, que ya me daba igual si parecía más puta y más desnuda todavía que antes. Me había puesto cachonda, de repente María había vuelto a utilizar toda su potencia sexual conmigo, o quizás contra mí, puede, pero verla nuevamente en plenitud de su sexualidad y su deseo por mí me elevó peligrosamente de nuevo hacia el Nirvana.
Sin embargo, tuve que tragarme mis ganas de follármela allí mismo, como tuve que tragarme esas mismas ganas durante todo el rato que estuvimos preparando una cena ligera, así como el rato que estuvimos luego en el jardín disfrutando de los últimos rayos de sol en la piscina con un aperitivo previo a base de queso y embutido. Bueno, me tuve que tragar las ganas yo y se las tuvo que tragar también mi primito, que era absolutamente incapaz de quedarse embobado mirando la estampa de putón que gastaba mi amiga. Era todo tan escandaloso que hasta ella misma llegó a reprenderle varias veces, como si finalmente hubiera acabado por caer en el clima de represión que yo había creado y estaba afianzando al cortar todo posible intento de acercamiento de Pablo a cualquiera de nosotras.
Porque Nurita tampoco se había cortado del todo, precisamente. Sin duda debió de dudar bastante, después de verme obligando a María a vestirse de nuevo al pillarla desnuda y a solas con él en la piscina, y teniendo en cuanta que la propia María había recuperado por su cuenta el sujetador, pero que tanto yo como, especialmente, ella, seguíamos pareciendo unos putones por mucha ropa interior que nos echáramos encima. La duda tenía que ser, obviamente, si optar por unas braguitas más convencionales pero prescindir del suje, como yo, o si ponerse un conjunto completo pero, eso sí, mucho más atrevido, como Meri. Lo cierto es que Nuria apareció en la cocina, mientras preparábamos la cena ligera y el aperitivo, con bragas y sujetador. Pero no unas bragas y un sujetador cualquieras, no: Nur había recuperado un conjunto de tanga y sujetador idéntico al naranja que tan buenos momentos nos había deparado días atrás, cuando los cuatro lo habíamos llevado puesto sucesivamente, solo que esta vez en un color marroncito que se mimetizaba con su piel de morenaza perfecta, haciéndola parecer todavía más desnuda y sensual. Aquello era una evidente declaración de intenciones, y se notó perfectamente en la expresión que nosotros tres pusimos al verla aparecer. Pero Nuria no solo venía radiante, sino que venía claramente con ganas de guerra. Nuestro delicioso polvo de la tarde la había dejado saciada, pero enfilábamos ya a noche y la fiera volvía a despertar en ella. Estaba claro que yo iba a cortar cualquier tontería con Pablo, de eso se dio cuenta ella enseguida y no insistió para nada por ahí. Meri, por su parte, parecía seria y mohína, frustrada en su impactante imagen híper sexualizada pero a la que yo estaba cortando cualquier posible toma de contacto con el que era su principal objetivo de su deseo, es decir, la polla de mi primo. Y a Nuria siempre le da bajón la gente seria y mohína, por muy buena y desnuda que esté… Así que iba a ser conmigo, cómo no, con quien se iba a dedicar a flirtear abierta y velocísimamente delante de ellos. Yo ya sabía cómo iba a acabar aquello con mi amiga, si de verdad venía tan caliente como parecía. Y sabía que yo iba a ser incapaz de pararla. Ni iba a poder hacerlo ni iba a querer hacerlo, siquiera, para ser justas. Me estaba esforzando por impedir cualquier contacto con Pablo, lo que no suponía que no me apeteciera volver a ponerle caliente y celoso a él, y más después de cómo se había portado conmigo antes en la piscina, cuando ignoró mi desnudo integral por el del culo de Mer. Que ella volviera a resultar la víctima colateral del asunto otra vez, era algo a lo que no pensaba darle ninguna importancia. Por la mañana no le había ido tan mal cuando entregué su culo a la lascivia de mi novia para calentar a mi primo, así que no había que sacar las cosas de madre.
Pero yo estaba siendo asediada ya con tal furia por Nurita que pronto dejé de pensar en nada. Parecía que mi amiga quisiera devolverme de golpe todo lo que le había dado yo en nuestro encuentro de la siesta. Y yo estaba más que dispuesta a acaramelarme con ella, claro… De los cometarios dulces pasamos a las caricias y de ahí a los tiernos piquitos. No me preguntéis cómo acabé, mientras las miradas perplejas de María y mi primo se iban acercando cada vez más al enfado, empotrada por Nur contra la encimera, pegada precisamente a Pablo, mientras ella me chupaba la oreja y me la follaba con la lengua, metiendo soezmente su mano por mis bragas, directas al culo, haciéndome sudar y jadear casi en la cara de Pablito mientras ella me mordía con saña el lóbulo de la oreja y trataba de clavarme sus dedos en el orto… Me hubiera corrido sin duda, pero aquellas malditas bragas de Nur me quedaban tan ajustadas que se me clavan, se me bajan y remetían, y se me subían y pegaban al cuerpo en el momento más inoportuno... María parecía que no sabía dónde meterse ya, con un Pablo a punto de saltarme encima al que yo apartaba con manotazos e insultos, cabalgada cada vez más velozmente por Nuria y peligrosamente camino del orgasmo. Pero no podía dejar que todo se desmadrara así, sin más. Éramos una caldera a punto de estallar, pero todavía creía ser capaz de aguantarlo todo un ratito más al menos…
- Un momento… - gemí a Nuria delante de él - voy a ponerme un tanguita que para esto es mas cómodo – terminé mis palabras sacándome a mi amiga de encima casi a empujones.
Regresé con el tanga nuevo que había llevado por la mañana y con el que me había hecho la foto que le había enviado a mi vecino Lucas, y que prácticamente no era más que un mini triángulo de tela con unas finísimas cuerditas... sí, podemos decir que iba en tetas y literalmente con el culo al aire ¡jijijiji! Pero es que también me daba rabia que ellas hubieran logrado resultar mucho más eróticas que yo llevando incluso sujetador, y que además Nuria hubiera sido capaz de volver a llevar la voz cantante de nuevo, por más que lo que me acababa de hacer hubiera sido tan rico y me hubiera venido bien, además, para mis propósitos con Pablo… y, pese a todo, aquella última escenita con Nur era casi lo más suave que mi primito había visto casi desde el principio del día, pensé, disfrutando como él de nuestros cuerpos sedientos y lustrosos, ahora sí envueltas las tres en el más provocador desfile de lencería que habíamos permitido en aquella casa los últimos días, yo prácticamente desnuda al completo y ellas dos envueltas mínimamente por sus obscenas y leves transparencias.
Por lo demás, mientras terminábamos el aperitivo sobre el césped del jardín de aquella guisa, me di cuenta de que yo estaba en realidad tan perdida como ellos. Llevaba todo el día tratando de darle celos a Pablo de la manera más burda. Porque no había sido una cosa de la mañana o la tarde solo, había sido todo el día, si hasta me acababa de deja asaltar por Nur en la cocina estando pegadita a él… y habría llegado hasta el final si no hubiera sentido la necesidad de cambiarme inmediatamente las bragotas por un tanga mucho más… expresivo, y que mi primo hubiera entrado en combustión durante el proceso debido a la sádica represión obligada de su deseo, no habría podido hacerme más feliz, especialmente después de su desplante en la piscina por la tarde. Y sí, mi táctica podía ser infantil, y hasta banal. Pero funcionaba, aún a pesar de esos desplantes. Lo que pasa es que también era terriblemente peligrosa, porque yo pretendía con ella poder tener a Pablo en su sitio, dominado, controlado... sometido, pero en el estado en el que estábamos los cuatro aquello se me podía ir sin más de las manos en cualquier momento.
Que ellas no supieran por donde iba a salir yo, y eso las hiciera estar desconcertadas, volviéndolas con ello imprevisibles, era bastante normal. Pero que yo estuviera igual de perdida me hacía asimismo imprevisible a mí, con lo que literalemente todo podía pasara ya, en cualquier instante. Habíamos alcanzado ya aquel momento, tan cercano de nuestro punto de no retorno…
Y supongo que fue precisamente esa imprevisibilidad general la que me llevó a pedirle a Nuria, una vez que habíamos terminado nuestro aperitivo previo a la cena, y yacíamos en el césped charlando indolentemente mientras disfrutábamos de la lenta caída del implacable sol de julio en la noche algo más tibia y acogedora, que se quitara sin más el sujetador:
- Es que me da pena no verte esas tetas tan bonitas que tienes...
Se lo podía haber pedido igual a Mer, la verdad, aquella vez no me dirigí a Nuria de manera sexualmente intencionada, ya que me encontraba en una situación con ella tan de equilibrio, tan especial, que no necesitaba pedir nada. De hecho, a la que de verdad me estaban entrando ganas de verle las tetas era a María, que para eso las tiene más grandecitas, dentro de que es de teta peque, y sobre todo mucho más deseables y bonitas que mi, por lo demás, perfecta y morbosísima novia. Pero claro, me pareció que no estaba la cosa con María para grandes fiestas, razón por la que dirigí mi petición a Nuria. Lo que pasa es que Nurita nunca da puntada sin hilo, y si hay sexo de por medio siempre va a ir un paso más allá.
- Hay, ya… es que ¿sabes qué? Creo que me las he debido de quemar con el sol esta mañana... aunque bueno, ya está bastante bajo ahora y no creo que me vaya a quemar más, pero me duelen un poco, no te creas…
- Pero eso igual ha sido por tanto comértelas esta cerda en la siesta - no pudo evitar decir María, llegando a sonreír por primera vez en mucho rato. Lo que pasa es que me di cuenta que sonreía mirando hacia Pablo, quien le devolvió la sonrisa… evidentemente, estaban recordando algo que había pasado en el rato que estuvieron solos mientras Nur y yo follábamos… algo que había pasado o algo que habían visto, claro, porque lo cierto es que le había comido las peritas a mi chica y a base de bien.
Sin echarle muchas cuentas a la miradita de María y Pablo, me dediqué a seguirle el tonteo a Nuria, lo que acabó rápidamente conmigo quitándole el sujetador y dejándola nuevamente en tetas delante de mi primo. Vamos, atrévete ahora a no mirarla tampoco a ella y quedarte solo con el culito de Meri, me dije para mí misma…
- Uy, pues es verdad que las tienes bastante rojas – nos sorprendió la voz de Pablo. Vaya, vaya. Mi primito no había tardado ni medio segundo en reconducir toda la energía de su alocado deseo.
- Ya, pero igual tiene razón Meri… – le contesto yo antes de que ellas diga nada – y esto no es por el sol sino porque yo se las he puesto así de tanto chupárselas antes…
Para cuando ellas quisieron encajar la barbaridad que acababa de soltarle a mi primito, ya era tarde. Yo había recogido ya el bote de crema que andaba por el césped del jardín.
- Pero por lo menos creo que esto te puede aliviar igual, preciosa, ya verás…
Nadie dijo nada, y eso que al menos ellas dos debían estar ya seguras de que yo no pretendía precisamente pasarle a Nuria el bote de crema sin más. Habíamos hecho demasiadas veces aquello como para que ninguna de nosotras pretendiera que pudiera ser algo anormal, hubiera o no gente delante. Y, precisamente, delante de todos le masajeé sin más las tetas a manos llenas mientras le iba extendiendo y untando la crema. Nurita estaba impresionante, siempre morena, pero aquel año estaba realmente negra por el sol, además de fuerte, fibrosa, preciosa, con la piel negra, tensa y tersa, brillante de la crema que le esparcía ya por pechos, abdomen y piernas, y del deseo acumulado que volvía a aflorar en ella al sentir el pasar de mis manos y el quemar de las miradas de ellos. Lo dudé un segundo, pero no pude resistirme (y al fin y al cabo qué más daba, me dije, si en realidad no hemos hecho otra cosa en todo el día que follar) y terminé de desnudarla ante el grito mudo de mi primo, y le empecé a masajear el sexo, tal y como ella le enseñara a hacer a él con el mío días atrás, aunque en esta ocasión yo solo me atreviera a hacérselo por fuera. Porque el día que Nurita organizó aquel brutal aquelarre de sexo en realidad estábamos empezando aún a soltarnos, pero si yo hubiera llegado tan lejos en este nuevo momento, seguramente habría sido ya algo definitivo.
Y, aún así, gozar de ella de esa manera era extasiante para mí, me tenía a mil, igual que estaban a mil Pablo y María, igual que estaba cachondísima la propia Nuria, tan imponente, su cuerpo moreno retorciéndose de placer bajo los últimos restos del sol de aquel salvaje día, tan bella y tan morena que parecía mulata, una modelo, una diosa…
Mi pobre primito flipaba contemplando sin impedimento alguno aquella sorprendente e insuperable escena, su deseadísima prima haciendo gozar así a su morbosísima amiga. Otra vez parecía que iba a aflorar el niño pequeño que él llevaba dentro, amagando el inicio de un llanto mientras su pene se inflamaba en llamas dentro de su insuficiente calzoncillo. Pero resiste, mi primo aguanta, su polla se empalma brutalmente, al máximo, del todo, pero el aguanta, mirando, sin salir corriendo, sin pretender fingir falsos pudores que ya nadie siente ni pretende sentir en lo más mínimo.
- Deberías hacerle algo a Pablo, Meri, que va a reventar como siga así... - le dijo de repente Nuria a María.
Por su forma de decirlo, retorciéndose de placer bajo mis cuidados, cualquiera podía haber pensado que aquella insensatez se debía a su estado febril cercano al orgasmo, que no medía, que no sabía, que no regía… Pero Mer y yo la conocemos, y sabíamos que era plenamente consciente de lo que decía, y que lo decía en serio. Evidentemente, había que romper de una vez el hechizo que se estaba formando entre mi primo y María, aquel hechizo que yo parecía engordar cada día con nuevos desplantes y prohibiciones improvisadas. Sin embargo, parecía que la propia María había entrado ya tanto en mi juego…
- ¿Yo? - protestó mi amiga - oye, oye, para el carro... joder, Pablo, tú ni caso… - le soltó a él cuando mi primo se volvió hacia ella mirándola...
- Joder… putas… no podéis dejarme así… - lloriqueó él llevándose la mano a la entrepierna - ¡Pues ahora me la haces tú, Nuria!
Esta nueva salida de Pablo sí que consiguió sorprendernos y dejarnos súbitamente paralizadas a las tres.
A ver, es cierto que después de conseguir que Nurita le hiciese la primera paja desinteresada, pues él se creció un poco, viendo además como yo luego iba cediendo en todas sus pretensiones, y no solo ya no la reprendía a ella por ese tipo de actitudes con él, sino que parecía que yo misma las provocaba o incitaba, y también mis amigas poco a poco iban entrando en su juego, ávidas y tan solo alternativamente arrepentidas cuando se volvía a desatar mi férreo control sobre ellas, que al final siempre acababa por imponer un equilibrio inestable establecido de manera tácita entre nosotras. Sin embargo, y pese al peligro evidente de la situación, mis amigas y yo éramos en cualquier caso mucho mas experimentadas que él. Quizás por eso sabíamos las tres desde el principio que aquello solo podía acabar de una manera, por mucho que yo jugara a refrenarla, pero precisamente era esa certeza la que nos ayudaba también a controlarnos. Y, al fin y al cabo, nosotras estábamos divirtiéndonos, jugando siempre, aún a pesar de los ocasionales bajones de María cuando se veía provisionalmente desplazada del juego. Pero ella seguía jugando, las tres lo hacíamos. Jugando con él, el pobre, que se creía quizás que a veces jugaba con nosotras. No era tan cruel, sin embargo, por nuestra parte; si no hubiésemos querido jugar con el, si hubiésemos ido en serio en nuestras negativas, solamente podía haber sido para decirle y hacerle un NO radical, y habríamos cortado de verdad todo desde el principio (es decir, realmente él no habría llegado nunca a estar allí con nosotras tres porque, de otra manera, toda posible línea de tiempo alternativa que hubiera pasado igualmente por nosotras tres encerradas con él a solas en una casa durante dos semanas, habría acabado igualmente con él jugando con nosotras y ganando: su apuesta era demasiado fuerte).
- Ey, ey… ¿qué dices, Pablo? – terció María…
- Digo que la puta de Nuria me va a cascar una paja, joder, eso digo…
La presión de nuestro juego tenía a punto de reventar la válvula. Allí podíamos salir todos volando por menos de nada. Las aparentemente inocentes “pajas desinteresadas” de Nuria que todos habíamos jugado a disfrazar de normalidad le habían llevado a creer que eran ya un derecho adquirido para él. Y lo exigía ahora, sacando nuevamente aquél joven machista y con dotes de sádico para encararse con ella, movido por una monumental trempada, poco menos que exigiéndole directamente la paja a mi amiga.
- Oye, primo, mira… - reaccioné por fin yo…
Lo malo es que su tranca también decidió reaccionar en aquel momento. No sé si sería la cosa de vernos de pronto allí a las tres pendientes una vez más de su rabo, pero su erección pegó el último empujón hasta alcanzar su nivel 10++ y acabó por reventar la resistencia de su maltrecho calzoncillo. Cuando se le salió el rabo tieso, Nuria le soltó un:
- Joder, Pablito ¡qué facilidad tienes para ponerte palote! Y no palote de cualquier modo, que… joder, primo, no ha más que verte ¡estás a tope! - Ella siempre tan fina.
- ¿Facilidad? - protestó él. - Pues no creo que tener a tres tías como vosotras así, sea tan fácil, a mí desde luego no me había pasado nunca... - dijo enfadado, o aparentando al menos el enfado, su rabo largo y tieso como un palo temblando delante de nuestras caras.
- No, es que lo digo más que nada porque me da pena que tengas que salir corriendo cada media hora a cascártela, porque te has pillado otro calentón – continuó Nur calentando todavía más el ambiente. Y María y yo preocupándonos por ella, si es que no teníamos remedio…
- ¡Cierto! - decidí echarle un cable a mi amiga y entrar en su juego – Lo que te iba a decir, primo, que como te hemos dicho ya otras veces antes, nosotras no tenemos ningún problema de que te lo hagas aquí...
- ¿No? - rió Pablo, arrugando la sonrisa con el gesto de quien está cansado de ser siempre la pelota cada vez que arranca el juego.
Porque mi primo estaba, efectivamente, acusando los efectos de un día entero conmigo jugando a calentarle y darle celos continuamente. Así que, ante nuestras atónitas muecas, él acercó su pene a la cara de Nuria, dejándoselo muy pegado pero sin tocarla. Mer y yo podíamos imaginar el tremendo calor que estaría sintiendo ella en ese momento la suave piel de su carita.
- Entonces… ¿me harías tú una, Nurita? Porque siempre es más fácil y placentera la masturbación si te la hace una mano amiga... – Pablo afiló su sonrisa de sátiro – sobre todo si esa mano pertenece a una mala puta como tú … - Nur me miró un momento, a mí solamente, pese a que Mer estaba junto a mí. Me miró, pero no lo hizo para mostrar su reproche por un posible insulto que, en realidad, nosotras teníamos más que amortizado hacía mucho tiempo, y que a decir verdad llevábamos con orgullo. Tampoco se molestó en pedir permiso, porque ella ya había tomado la decisión, y al fin y al cabo sabía que yo no la iba a parar.
No podía pararla, en realidad, estaba tan paralizada como María, sentía y temía la presión brutal luchando por salir de la olla a presión en la que habíamos convertido a mi primito. Pero tampoco quería parar nada ya, tan muerta de deseo como estaba nuevamente, y es que este tipo de situaciones siempre han sido las que me acaban sacando de quicio, haciendo subir mi adrenalina y mi deseo sexual a cotas insospechadas, y más si me pillaba masturbando a una diosa como Nurita como estaba haciendo en aquel instante.
Pero Pablo todavía no sabía bien quién era mi amiga. Yo, en parte, no quería que ella le tocara, pero ella iba como siempre por delante de todos, y había decidido darle una lección, vista su actitud provocativa, sus ánimos de machito, alardeando de pollón además, como si las tres muriésemos por su excepcional dotación.
Y así, con el glande de él ya rozando su cara, haciéndole dibujos de preseminal en la mejilla con cada temblor, con cada bote incontrolado, ella le bajó el calzoncillo, que de cualquier manera estaba colgando bajo sus huevos, desbordado por la descomunal erección desatada por mi jueguito lésbico de antes con ella. Pablo retrocedió un paso cuando Nurita demostró su inequívoca intención al terminar de desnudarle, permitiendo así que todo pasara por fin delante de nosotras: él tumbado en la tumbona, mi amiga arrodillándose ante el dios de su verga empalmada como un martillo… todo pintaba más bien para el.
Pero aunque las cosas fueron extraordinariamente bien para Pablo, no fueron, en cambio, ni mucho menos como él lo había esperado. Porque, para empezar, Nur ni le tocó la polla. Ni falta que le hizo… Envolviéndole con su presencia, con su desnudez, con su morbo, tejió su red de suaves palabras sobre él y empezó a halagar su hombría, llevándole indirectamente a hablar de su resistencia. Todo ello mientras le masajeaba a conciencia los huevos y el perineo. Pablo disfrutaba como nunca, con una sonrisa victoriosa de cerdo salido que resultaba absurda para un crío de su edad, echándonos miraditas dominantes a María y a mí, que nos metíamos sin gran disimulo mano bajo las bragas, también de rodillas ante el improvisado altar que su verga coronaba. Nur se mostraba sumisa como nunca, a su vez, como respuesta a las continuas alusiones de él a nuestra falta total de virtud, todas ellas perfectamente basadas en la realidad, por otra parte. Pero yo ya sabía lo que hacía ella, la había visto millones de veces utilizar esa misma técnica, que dominaba con maestría. De hecho, yo la había aprendido de ella, aunque nunca me había salido particularmente bien, porque yo nunca había tenido la necesaria paciencia, y menos la tendría con una polla como la mi primo. Pero Nur, tal como Pablo repetía sin parar, era puta experta. Bueno, igual que yo, vale… ¡pero cada una tiene sus artes! Jijiji… El caso es que ella no necesitaba gran paciencia para soportar la tensión sexual, de hecho es que era perfectamente capaz de provocar orgasmos a tíos muy curtidos mediante ese método mucho antes que pajeándoles directamente, y más todavía cuando tenían pollas grandes y resistentes como la de Pablo.Sin embargo, no había resistencia en este mundo capaz de soportar lo que Nuria le estaba haciendo al pequeño cerdito…
- Ufffff primo, qué huevos más cargados… debes estar deseando soltar toda este leche ¿verdad?
- Mmmmpfff sí… sííí… vamos zorra… ¡házmela de una puta vez! – pero las manos de Nuria no se apartaban de aquellas pelotas calientes.
- Joder es que las tienes tan enormes Pablo… tanto como tu pollaza… eres todo un hombre ¿sabes? Me encanta tu polla… que yo no sé por qué tu prima se queja todo el rato diciendo que eres un niño…
- Laura es una puta… como tú… como María… ayyyyy… joder, Nuria… ¡vamos! – mi primito se retorcía, pero las manos de ella seguían sin ir más lejos de su atormentado, grueso, rugoso y calentísimo escroto peludo.
- ¿Eres muy hombre, verdad, primo? Y dime… ¿es verdad que duras tanto con ella? Cuando… te la follas…
- Uffff…
- Me vuelven loca los hombres como tú…
- Joder, Nuria… puta…
- Con pollas así, enormes… - por un momento su mano paso sobrevolando la tranca, pareciendo que al fin la iba a tocar… pero no – y capaces de follar tan duro y aguantar tanto como tú, primito… eres mi hombre, mi macho…
- ¡Joder eres una puta! ¡Cógeme la puta polla ya de una puta vez!
Él le estaba pidiendo ya directamente, sin cortarse, que le empezara la paja en serio, necesitaba sentir la mano de ella ya en la carne, martirizada de su miembro de una vez por todas (de una puta vez, era exactamente lo que le gritaba él). Y, a juzgar por cómo sudaba, por cómo se retorcía ya, se veía que realmente estaba necesitando dar ese paso ya… y eso que mi amiga acababa de empezar su juego, literalmente. Y Nur, de hecho, seguía a su aire, como siempre, sencillamente incrementando su presión sobre los gordos e hinchados huevos peludos de mi primo, que estrujaba rítmicamente con fuerza, para luego masajear firmemente aunque no duro el perineo, añadiendo ahora un pequeño pero explícito jugueteo digital sobre su esfínter. El pobre Pablito ya no volvió a abrir su sucia bocaza para insultar a Nuria ni a nosotras. Sencillamente, se limitó a gemir y jadear, quizás a jadear cosas ininteligibles también, esforzándose por respirar y retorciéndose mientras concentraba todos sus esfuerzos ya en no correrse. Porque, a pesar de lo corto que había sido todo, Nuria le tenía ya a punto de caramelo, y lo había tenido sin duda desde prácticamente el principio: cuando empezó a decirle lo hombre que era y lo bien dotado que estaba y lo mucho que aguantaba, ella debía estar notando ya en sus cojones ese cálido rebullir que anunciaba una revolución que pronto se iba a manifestar en forma de fastuosa eyaculación.
Es increíble el efecto que tienen este tipo de masajes cuando están bien hechos, porque es como si los tíos se corrieran como sin darse cuenta, y para cuando se quieren enterar ya se han ido sin poder llegar ni a pensarlo. Según cuentan, es un masaje extremadamente placentero, pero muy suave, en el que conforme se reafirman los movimientos ellos van notando picos de placer en el estrujamiento de los testículos, al final del caminito perineal y, sobre todo, en el juego cada vez menos externo con el esfínter, sobre todo si aprietan, pero Nurita ni siquiera se tomó esa molestia: lo hacía todo con la punta de los dedos, salvo para darle los cada vez más sucesivos apretones de huevos, que ella hacía fuertes y completo sobre las hermosas criadillas de Pablo. En ese apretón estaba buena parte de la clave, por otra parte: había que hacerlo fuerte y firme, hacia abajo, porque no solo se estrujaban y, esto es importante, se calentaban al tiempo los huevos, sino que (si se hacia bien) se acababa tirando al mismo tiempo de toda la piel del pene hasta el mismísimo prepucio, sacando el glande al máximo, metiendo un altamente estimulante a esas alturas tirón del prepucio, y masturbando de hecho el miembro de una manera mucho más efectiva que si se hiciera directamente, a lo que hay que añadir, claro está, la extraordinaria excitación añadida por la propia desesperación del tío que muere de ganas de que le agarren directamente la tranca a punto de reventar mientras nota que ya no puede hacer nada para detener un irrefrenable orgasmo y que se va a correr horriblemente sin que le hayan llegado a poner un solo dedo encima de su tronco duro y caliente...
Ni que decir tiene que Nurita triunfó por todo lo alto masturbando así a mi pobre primito que, para cuando se quiso dar cuenta, pidiéndole entre gritos que “le dejara ya de tocar los huevos, so puta, y le hiciera la paja de un puta vez”, estaba ya estallando, mirándose aterrado su polla, temblando, consciente de que ya estaba teniendo el orgasmo que su boca seguía reclamando estúpidamente a aquella maga del sexo…
- ¿Pero qué me has hecho, puta…?
Solamente cuando su propio glande se hinchó y le escupió un brutal trallazo en su carita de niño, mi primo pareció entender por fin algo de lo que acababa de pasar, por más que siguiera sin ser capaz de entender cómo había pasado. Bebiendo su propia medicina, nunca mejor dicho, Pablo miro a Nuria consternado, incapaz de hablar, tragando lefa y quitándose furioso los pegajosos grumos que le caían por la cara. Mi tremenda amiga le continuó masajeando de la misma manera, sin demostrar la menor piedad por él, ya que con cada estrujamiento de huevos, acompañado por un dedo que se hundía ya complacido en todo el culo de él, mi primo se volvía a correr, echando la leche ya a chorro continuo, entre alaridos de placer insoportables.
Podía decirse que hasta le había humillado, si en realidad no fuésemos conscientes los cuatro de que había sido tremendamente erótico todo y de que hasta él tenía muy claro de que había disfrutado de una experiencia sin igual, algo que seguramente jamás repetiría, y con lo que iba a soñar cada noche caliente de su vida.
En realidad, el problema de este tipo de pajas, según me han contado algunos chicos a los que se la ha hecho Nuria (y de hecho lo mismo me llegó a contar tiempo más tarde el mismo Pablo), es que a pesar de que mientras ella les sigue tocando están en el más absoluto paraíso, pero de una forma que dicen no haber experimentado de ninguna otra manera, y de hecho son incapaces de parar de soltar lefa hasta que ella no deja de ordeñarles por completo y se separa a varios metros de distancia, pues a pesar de todo ello, una vez que todo ha terminado, afirman que el sentimiento de deseo vuelve a ser tan brutal que parece como si nada hubiera pasado, y se sienten más cargados y calientes que nunca, y necesitan pajearse de forma despiadada, pero como la zorra de Nur les ha dejado seco, pues se destrozan la polla hasta que consiguen correrse y sacar, al menos, una triste gota de esperma.
Y así pasó, en efecto, aquella tarde con mi primo, cuando Nuria, bañada en semen, se separó de él sin más, complacida y recogiendo de su piel ardiente y muy sudada los goterones blancos que había recibido en premio por sus buenas artes, llevándoselos a la boca y bebiéndolos con deleite. Pablo, por su parte, se quedó mirándola a ella, mirándonos a nosotros, mirando a su propia verga que se sacudía espasmódicamente, sin haber perdido ni un mínimo de su vigor, gimiendo dolorido y humillado pero sin saber qué hacer para quitarse aquella horrible calentura que lo consumía, a pesar de acabar de correrse de aquella manera. Mer y yo sabíamos bien por lo que debía estar pasando, habíamos visto demasiadas veces a Nurita jugando así, dejando a hombres hechos y derechos destrozados literalmente, a sus pies…
Quizás había llegado el momento de darle a María el merecidísimo premio que llevaba tanto tiempo esperando:
- Mer, anda… ¿por qué no acabas tú el trabajo que ha empezado Nurita? Me da pena dejar así a mi primo, con lo bien que se está portando estos días… y me gustaría que se llevara un buen recuerdo tuyo, también…
- ¿De verdad, Lauri? – me preguntó ella, con la más radiante de sus sonrisas haciendo brillar su carita de incredulidad total.
- ¡Pero claro, mi niña! Si sabes que no me importa… que hasta en realidad me apetece que lo hagáis… pero es solo que… bueno, que hay un momento para cada cosa pero… bueno, si el propio Pablo te lo había pedido a ti primero, preciosa, antes de pedírselo a Nurita ¿a que sí, primo?
- … - mi probre primito no estaba ni para contestar.
- Ey, cacho puta, - salió Nuria – ¡¡pero si la que le dijo primero a Mer que le cascase una paja al niño fuiste tú so zorra!!
- Bueno, ¿sí…? Pero eso ya lo mismo da, ¿no? El hecho es que le has dejado casi con más ganas de las que tenía, y bueno, él va a ser incapaz de hacerlo solito, claro… que es que mira cómo está el pobre después de pasar por las manitas de oro de Nur… Que a mí no me importa eh, si se la tengo que hacer yo, pues se la hago yo, que a mí me encanta pajearle la polla a Pablo, pero como sé que Merita quiere, pues…
Pero no me hizo falta insistir más: al final, digamos que Meri se apiadó de él, jijijiji, y, sacándose lascivamente las tetas del sujetador, se arrodilló junto a Pablo y cerró por fin su manita sobre el miembro desproporcionado del crío, realizando después de tantas vueltas aquel simple gesto que ambos estaban deseando tanto desde hacía días, y se lanzó a pajear con furia aquel falo de forma directa y efectiva, mientras Nuria, que se había vuelto a pegar a aquella preciosa maravilla, seguía jugando como antes con sus cojones y sus bajos. En realidad, pensé, le iba a hacer buena falta aquella ayuda extra de Nur… ella sabía mejor que nadie que le había dejado literalmente seco, y solo con la paja no iba a ser capaz de correrse otra vez sin dejar pasar al menos una hora… Si lo que era alucinante era que siguiera siendo capaz de mantener aquella erección tan absoluta y perfecta… ¡menuda bestia!, me dije.
Como bestia estaba siendo el pajote que María le estaba haciendo por fin a mi primito. Debían ser muchas las ganas que tenía acumuladas mi niña, a juzgar por lo salvaje que sus manos le recorrían y cabalgaban el cipote a Pablito, y es que mi pequeña amiga sabía ser tremendamente vigorosa cuando estaba cachonda de verdad. Mis deditos invadieron mi raja sin compasión, y yo misma sentía cómo me subían enormemente los calores de estar allí junto a ellos contemplando una imagen tan brutal, la de mis dos mejores amigas desnudando a mi primo y pajeándole juntas empleando para ello sus mejores artes, aquel par de putas lesbianas salidas como perras ante aquel dios, el falo erecto de mi primo, enorme, durísimo como yo pocas veces había podido disfrutar, con mi pobre primo rendido, destrozado por el orgasmo robado de Nuria y por el placer arrollador que le estaba anunciando una nueva corrida para la que ya no tenía fuerzas ni casi materia, un hombre rendido y exprimido por aquel par de ordeñadoras expertas, pero un hombre que estaba demostrando una hombría y un vigor alucinantes, que nos tenía emputecidas a nosotras, tres putas maduras y experimentadas dispuestas a arrastrarnos a los pies de aquel crío para que nos bendijera con su lefa borboteante, una vez más…
Pablo se corrió del todo, vaciando sus testículos como nunca jamás lo había hecho antes, a base de tirones y apretones de su tronco que le daba violentamente María, junto con los feroces estrujamientos de huevos con los que Nuria estaba marcando el ritmo de los trallazos con los que Pablo volvía a dejarnos embelesadas, corriéndose entre infernales estertores, disparando nuevos chorros esta vez libremente al aire, y que cayeron implacablemente sobre todos nosotros, salpicando aquellos cuatro cuerpos calientes y estremecidos por igual... Era brutal, pero es que ese tipo de paja provoca siempre esos orgasmos que parecen continuos e inacabables, crecientes incluso, para mayor complicación, en una corrida que anula al que la recibe y va dando el poder total a quien la hace. Me anoté mentalmente que debía aprender a dominar la técnica, porque era alucinante… y a fe mía que la he practicado mucho desde entonces, ¡jijiji!
Aquella apoteosis de Nuria y Meri fue larga, y ambas se preocuparon en demorar aquel encuentro con Pablo que yo les había concedido graciosamente, estirando la situación hasta límites improbables y hasta peligrosos, como pareciendo temer que aquella pudiera ser su única oportunidad ya para poder disfrutar de aquel trozo de carne entregado al sexo que era en ese momento mi primo. El pobre había quedado como catatónico, retorciéndose y ahogado en jadeos, incapaz de abrir los ojos para contemplar la poco virtuosa entrega con la que mis dos amigas le terminaban como nunca antes le había terminado nadie, ni él mismo siquiera.
Yo me retiré indiferente mucho antes del final, metiéndome dentro de la casa para terminar mi propia paja. Me corrí derrumbada sobre el suelo de mármol frío de mi habitación, porque estaba tan caliente y tan nerviosa que mis piernas no acertaron a sostenerme. Cuando me recuperé, me fui hacia la cocina, sin preocuparme de dejar el charco de flujo de mi corrida en el suelo de mi cuarto. Desde las sombras del interior de la casa, no obstante, hice lo posible por no perder detalle en todo momento de lo que seguía pasando fuera.
Al terminar por fin todo, María entró pletórica, desnuda y con su ropa interior retorcida en su mano por el ventanal de la sala y, al descubrirme mirándola desde la cocina me guiñó un ojo y me lanzó una inabarcable sonrisa. En aquel momento pude ver, detrás de su cuerpo, cómo Nuria, que todavía seguía abrazada a la cintura de Pablo, se incorporaba lo justo para subir la cara hasta la de éste y empezar a besarle en un profundo y excitante morreo, deleitándose en tocar su juvenil pecho y otras partes de aquella anatomía en desarrollo que ella no había tenido la oportunidad de catar todavía y, sin duda, debía estar deseando hacerlo. Como pude, disimulé ante María mi cara de entre excitación y asombro al ver aquello. Ahora que ella parecía más tranquila y feliz por lo que acababa de hacer con mi primo, no me interesaba que viera cómo Nurita le estaba comiendo la boca al crío con sus mejores artes de puta experta. Además, en ese momento pensaba que con el gesto que yo acababa de tener con Mer, mi amiga se había convencido por fin de que podía confiar en mí para que los cuatro lográramos dar un final feliz a toda aquella situación. Estaba claro que ella había dejado de dudar en que yo tramaba algo, porque su actitud había cambiado bastante en las últimas horas, pero creo que todavía no tenía claro que yo quisiera contar realmente con ella. Me molestaba bastante que alguien como Mer, a quien yo quiero como a nadie en este mundo, pudiera pensar eso de mí, pero también era consciente de que mi comportamiento con Nuria tenía que estar resultándole difícil de encajar todavía a ella. Sin embargo, entregándole por fin la verga de mi primo, ella parecía haberse dado cuenta definitivamente de lo que yo estaba tramando. Bueno, más o menos… quizás. O quizás, sencillamente, tan solo estaba feliz por haber tocado pelo por fin con Pablito. Vete a saber. En fin, que si eso la calmaba, bienvenido era.
Pero después de todo aquello, la que estaba caliente como una perra era yo, así que me centré en pegarle el último toque a la cena ligera que estaba decidida a consumir rápidamente para propiciar un paso rápido y definitivo hacia la noche. Una nueva noche en la que estaba soñando con tener entre mis piernas aquel miembro divino que mis amigas acababan de tener entre sus manos…
Sin embargo, todo se torció en aquel último tramo del día. Mi primo estuvo desaparecido mientras nosotras tres terminábamos de preparar todo y lo íbamos llevando para el salón. Estábamos las tres como en un limbo, sin decidirnos a hablar de lo que acababa de pasar (solo Mer repitió un par de veces, con la mirada perdida: “qué pasada, qué pasada”), quizás por miedo a tener que hablar entonces también de lo que deseábamos que pasara a continuación. Nos mantuvimos desnudas todo ese rato, como si estuviéramos en vilo, ignorando nuestras propias autoprohibiciones por un momento, esperando su llegada, queriendo prolongar un poco más el momento de desnudez global hasta que esa misma desnudez nos llevara de nuevo a enredarnos de una manera que, quizás, podía ser ya del todo definitiva entre nosotros.
Pero mi primo no apareció. Primero Nuria, después María, ambas recuperaron sus conjuntos de lencería y se los volvieron a poner en silencio, sin necesidad de decir ni explicar nada. Ya con toda la cena dispuesta en el salón yo terminé de claudicar también, calzándome de nuevo mi erótico tanguita en el coño mientras Nurita se sumergía en el fondo de la casa para buscarle. Llegaron en silencio, y hablaron poco durante la cena. Digo “hablaron” porque, en realidad, es que Pablo parecía haberme retirado la palabra a mí, dejando de hablarme por completo. Sin embargo nuestros ánimos se habían torcido, y ni yo ni ellas fuimos capaces de preguntarle al respecto o intentar buscar alguna salida a aquella situación. Fue una cena tremendamente incómoda y aburrida, además con todos formalitos con nuestra ropa interior… Joder, ¡si ni siquiera se dignó a echarme una mísera miradita a mis tetas, que seguía llevando al aire para él, a pesar de lo opresivo del momento. Perfecto. En el fondo, me encontraba absurda, como si fuera una puta pervertidora de menores, completamente fuera de lugar. Hasta me empezaba a resultar violento estar allí en tetas con ellas dos llevando sujetador, aunque fueran esos sujes tan absolutamente transparentes que habían elegido. Pero no me importaba. Coño, ¡que se habían vuelto locos los tres en el jardín un momentito antes! ¿Pero por qué estábamos de repente así? Que ese día habían pasado un montón de cosas bastante fuertes entre nosotras, con él delante, y no había habido el menor problema… bueno, y que ellas y él también habían tenido lo suyo directamente, claro, y todo había sido taaan suave y normal... Me pregunté si no habría quizás una tercera salida, algo más próximo al gris, algo entre el blanco que ya no podía ser y el negro que todos deseábamos, pero que quizás aún debíamos esperar un poco más para lograrlo. Sin embargo, aquella tercera vía solo podía que yo no hiciera nada con él... pero ¿qué alternativa me quedaba, ahora que estábamos todos tan contenidos, tan retraídos? Dejé de pensar, la cabeza me da vueltas...
Acabada la rápida e incómoda cena tuve que cambiar mis planes sobre la marcha. Porque, además, aquello seguía empantanado, pero nadie se atrevía a romper la baraja e iniciar la huida hacia las habitaciones tan pronto. ¿Baraja? Quizás era una manera de ganar tiempo, sí… Ofrecí la revancha a las cartas, ya que aquello me permitiría recuperar al menos a Pablo como pareja de juegos en una situación de normalidad que esperaba que pudiera desbloquear su repentina cerrazón. Y, efectivamente, los tres aceptaron mi salida con cierta alegría, como si aquello hubiera supuesto de repente un importante alivio. Además, tal como esperaba, el discurrir de la partida fue aliviando el ambiente y permitiendo que fluyera la conversación que se había atascado en la cena, incluso entre mi primo y yo. Aunque las secuelas de aquel atasco parecían irreversibles ya, al menos podía confiar en intentar reconducir las cosas al día siguiente.
Lo cierto es que el final de la partida consiguió cambiar mi humor de manera radical. Mi primo y yo volvimos a ganar; ambos somos extraordinariamente competitivos, por lo que aquello nos puso de muy buen humor y permitió restablecer al completo la confianza entre nosotros, que absurdamente parecía haberse quebrado momentos antes. Ellas, por su parte, se mostraron descolocadas y tremendamente molestas. Sobre todo Nurita, quien cuando me quise dar cuenta se levantó tratando de contener un evidente mosqueo conmigo y salió sin más diciendo que se iba a dormir. Yo flipé bastante con su reacción, porque llevo muy mal ese tipo de salidas, la verdad, pero de repente se me abrió el cielo cuando Meri, aparentemente aburrida de mis historias con Nuria, se puso a recoger a su bola y sin decir nada. No daba crédito del giro que había pegado la noche… mi victoria en el juego parecía haberme traído aquel mínimo momento de suerte que estaba esperando. Y, desde luego, no lo iba a desaprovechar:
- ¿Vamos, no? - le pregunté a mi primo sin molestarme en explicar nada más.
Y así, con la mayor normalidad, nos levantamos y me lo llevé a mi cama de la mano sintiéndole plenamente feliz.
Cerré la puerta del pasillo detrás de mí cuando le empujé delicadamente hacia mi cuarto. Al verme hacerlo, él bajó la persina del ventanal casi por completo, aunque afuera brillaba ya la oscuridad total, y yo, como en una ensayada coreografía, me deslicé hasta la puerta que daba al baño y al vestidor para cerrarla también. Evidentemente, a través de los cristales de sus cuarterones se podía ver sin problema el interior de mi habitación, pero lo mismo me daba. En realidad, aquello de cerrar las puertas para mis amigas era ya más como un código que otra cosa: haciéndolo, yo les dejaba claro que algo estaba pasando, y eso era todo lo que tenían que saber por el momento, al menos hasta que a la mañana siguiente yo les contara cómo había sido mi noche. Pero, en aquel preciso instante, mi noche era ya solo de Pablo.
Igual que en nuestro último día, repetí la operación de quitarle yo misma el calzoncillo pero, para su sorpresa también yo me desnudé por completo aquella vez. No quería que unas braguitas, por mínimas que fueran, volvieran a interponerse entre nosotros… Sin embargo, aunque él al principio parecía firmemente convencido de que aquel cambio suponía la apertura de una nueva etapa, yo no había sido capaz de superar totalmente lo que había pasado en la cena. La actitud de ellos, y sobre todo la actitud del propio Pablo, me habían hecho dudar de nuevo… y eso a la hora de la verdad me pasó factura, impulsándome inconscientemente a echar otra vez el freno, pese a aquel pequeño pero significativo paso que había supuesto mi desnudez total. Quería correrme desnuda contra él, quería sentirle al completo, sin límites, sin barreras. Pero no sabía si quería nada más… no todavía, no por el momento.
Así pues, por tercera empecé a repetir vez lo que ya se había convertido casi en un ritual en nuestras noches. Sin embargo, la complicidad absoluta que nos daba nuestra desnudez integral convirtió aquel momento en el más intenso y cercano que habíamos vivido hasta el momento en aquellas semanas. Me esmeré en repetir todos los pasos como si fuera una sacerdotisa ofreciendo su propio cuerpo al dios que le daba la vida, poniendo toda mi energía y experiencia en acumular placer para él, placer que mi cuerpo recibía luego de vuelta multiplicado hasta el infinito en sucesivas oleadas de pasión que amenazaban con dejarme definitivamente fuera de combate.
Como siempre, inicié tumbada junto a él, recostada, pajeándole suave, disfrutando los dos de nuestra recobrada desnudez total, hasta que se me corrió entre las manos, sin parar de besarnos con pasión. En aquel momento le entregué sin dudar mis tetas, que magreó y devoró con ansia pero con una sabiduría infinita y completamente irracional para su edad.
Aprovechando el calor y la humedad generados por su corrida, le estiré la polla para meterme su capullo entre mis muslos, así desde abajo. Esta vez, al no llevar yo las braguitas, el contacto fue total, electrizante, casi demoledor. Y lo fue de tal manera que no pude evitar tentar la suerte, decidiéndome sin pensar a abrirle por fin la válvula para que su capullo pudiera verter el semen directamente dentro de mi vulva… sin disimulos ya, le quería allí, dentro, quería que pudiéramos verlo y que pudiéramos sentirlo, sentirle por fin, de nuevo, eyaculándome dentro con toda la punta ya bien metida entre los labios. Los dos convulsionamos por ese contacto tan especial, tan íntimo. ¡Por dios, que no empuje!, pensé.
A partir de ahí, siempre sin bragas, rodé sobre él para quedar tumbada sobre su cuerpo y poder controlarlo al máximo, besándonos y demostrándonos abiertos a todo tipo de contacto puntual y total de nuestros cuerpos, mientras le masturbaba una y otra vez usando para ello, esta vez sí, esta vez de verdad, mi cuerpo completo. Sentir de nuevo lo que era tener su piel desnuda contra la piel desnuda de mi coño, haber sentido su potencia, su humedad total, pero también su respeto explotando a las puertas de mi vagina… el deseo de follarle era absoluto, pero mi cuerpo no era capaz de obedecer mis órdenes, y siempre que pensaba en tentar un poco más mi coño se cerraba en un espasmo y mi columna vertebral se estremecía, dejándome paralizada por un gélido momento. Pero el deseo martilleaba fuerte en mi cabeza,
Consciente de que mi desnudez no podía dejar de suponer un paso adelante, consciente de que las mojaditas que estábamos haciendo no podían ser el único recuerdo de nuestra noche…
Sentándome de nuevo junto a él, me abrí de piernas y tomé su mano para ponerla sobre mi coño abierto y empapado.
- Quiero que me pajees, Pablo… pero no puedes meterme el dedo ¿vale? solo puedes tocarme por fuera…
- Pero…
- Shhhhh… - dije yo tapando su boca con mi dedo índice mojado, ni siquiera sé exactamente en qué.
- Laura…
Esta vez fue mi boca lo que utilicé para cerrar la suya, ahogando con mi lengua impetuosa sus gemidos de placer. Extasiada, sentí por fin su mano cerrándose como una garra caliente sobre mi sexo desnudo, obedeciendo mis deseos, sobándome y amándome para llevarme directa al orgasmo con una inconcebible habilidad, mientras yo le volvía a pajear con fuerza, recorriéndole el falo de arriba abajo.
Y así fue como nuestras noches húmedas comenzaron por fin a precipitarse de una vez, y como yo empecé también a interactuar con él sin miedo, sin pudor, sin dudar, sin remordimientos. Con libertad.
Aquella noche su inflamada cabeza volvió a asomarse repetidas veces a la boca de mi coño, y no solo, ya que también volvió a llenarme el culo y la boca con su leche, pero siempre lo hacía así, conteniéndose él mismo, presentando tan solo su capullo demencialmente endurecido y conteniendo el temible avance de su tronco en su interior. Todavía hoy no entiendo de dónde sacó él las fuerzas para tan tremenda contención. Todavía no entiendo de dónde las saqué yo, tampoco.
Nuestra noche avanzó muy lentamente, durmiendo a saltos, follando cada rato, abrazados y desnudísimos, perdiendo la cuenta de nuestros polvos, de las veces que nos hicimos corrernos el uno al otro. El reencuentro entre nuestros cuerpos, por fin, fue pleno, y desde luego que en aquella cama superamos completamente cualquier posible mal rollo que pudiera haber habido aquella noche…
Era todavía medianoche cuando me desperté sintiendo sus tibios y ávidos besos, al tiempo que me separaba los muslos para metérmela, mientras me pedía permiso para follarme, sollozando. Con la voz ahogada de dolor y de placer conseguí decirle que no, pero no pude evitar quebrarme de lo mal que me sentía… Tanto que, al final, terminé por escurrirme entre sus piernas para volvérsela a comer a conciencia de nuevo, saciando como una loca la brutal sequía que me había dejado arrasada en aquel día, sin que yo me hubiera dado cuenta siquiera de ello, después de la gran mamada de ayer. La cremosa mamada que le hice aquella noche a mi primito, no se me olvidará nunca. Y diría que a él tampoco…
Pablo se me quedó dormido de nuevo entre los brazos, después de haberme dejado empapada de sus jugos.
La siguiente vez que uno de nosotros, no importa ya cual, se despertó y despertó al otro con sus besos, sus caricias y sus tocamientos, y estábamos de nuevo enredados en amorosos besos con nuestros cuerpos sudados enroscados y buscándose sin piedad, le pedí directamente que me lo comiera, ya que me había dado cuenta de que él había adoptado una actitud completamente pasiva y sumisa, como si estuviera en una eterna espera de un permiso que ya no se atrevía a seguir pidiendo y que quizás hasta dudaba si algún día al fin llegaría. Y no le faltaba razón, ya que hasta aquella nueva petición no pude evitar acompañarla de una nueva norma, haciéndole prometerme, cuando ya le tenía rendido con la cabeza metida entre mis piernas, sometido por el aroma desatado y profundo de mi coño empapado, que tampoco a la hora de mamarme su lengua ni sus dedos iban a poder penetrarme… pero yo estaba ya tan jodidamente cachonda que empecé a correrme sin más en cuanto él comenzó a mamar mi chocho solo con su lengüecita, al principio únicamente pasándola por el exterior de mi concha. Estuvo así un largo rato, abriéndome bien el sexo, sujetándome las piernas con vigor para separármelas y abrirme al máximo para él, lamiendo como un gatito o como un elefante de diez toneladas, recorriendo, surcando, separando, abriendo, delineando mis formas y placeres como solamente él podría haber hecho aquella noche… Para cuando empezó a succionarme mi muy empalmado clítoris yo ya estaba mojándolo todo como una perra y gritando como una puta primeriza cuyos alaridos resonaban en el burdel en que había convertido la casa de mis padres.
Aquella vez mi primo ya no se sorprendió ni espantó cuando mi cuerpo estalló de gozo máximo, desesperado e incapaz de seguir recibiendo un placer tan continuo e intenso. Aquella vez mi primo no pensó que me meaba en su cara sino que bebió a conciencia el fruto de mi orgasmo definitivo, total y absoluto, antes de saltarme encima como un desesperado, con aquello temblando y enorme entre sus piernas. Hasta yo misma me asusté de ver cómo la tenía… El pobre niño ya no podía más, nuestra noche le había llevado más allá de su capacidad de resistencia... Por un momento pensé de verdad que me la iba a clavar allí mismo, sin consentimiento, la tenía tan enorme, tan caliente y tan horriblemente dura que supe que no iba a poder oponerme... Cerré los ojos esperando su embestida.
Pero no lo hizo, de pronto le escuché chapotear, masturbándose violentamente delante de mí, con idéntica saña a la que había demostrado María aquella misma tarde cuando le tomó por primera vez la verga entre sus manos. Yo recogí las piernas y me abrí bien con los dedos para ofrecerle mi mejor vista, y el ya no tardó en adorar mi coño encendido para su dios, corriéndose una última vez a chorro en mi coño, que yo abrí por completo hasta conseguir sentirle hasta la vagina.
Lo había vuelto a lograr, pero ni yo misma era capaz de entender cómo lo había hecho. Lo peor es que ya no sabemos qué hacer para alargarlo más sin follar, pensé… Él no me habría penetrado tampoco aquella noche, por increíble que pudiera parecer, pero no lo había hecho… aunque sí hubiera sido penetrada por su semen varias veces entre nuestros turbulentos sueños.
Ya sí que no podía seguir estirándolo más, pensé, mientras Pablo se derrumbaba sobre mí por última vez, quedándose dormido al instante.
...dicen de mí que tengo buen sabor
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@laualma que relato ta cachondo
scripsit nyctidromus
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@nyctidromus sii
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@laualma mamicita siempre me pongo cachondo y muy salido tengo la polla dura como una verga mayor mami🍆🍆🍆🔥🔥🔥🔥
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