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La Puta de su Padrastro y de su Propio Hijo: Una Madre Corrompida por el Deseo Prohibido

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(@davidolopez7207)
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Sinopsis:

Mar, una madre de 35 años dedicada a su familia, comienza a perder el control cuando su esposo Maro, militar, se ausenta por largas temporadas. Desesperada por satisfacer una necesidad sexual cada vez más intensa, busca al único hombre que puede calmarla: Griseo, su padrastro de 57 años. Lo que empieza como un secreto prohibido entre ellos pronto se convierte en una peligrosa espiral de dominación, humillación y placer extremo.

Cuando su propio hijo Mateo descubre la verdad, Griseo decide tomar el control absoluto de la situación, convirtiendo a Mar en la puta compartida de la familia. Obligada a vivir una doble vida —la de madre y esposa ejemplar de día, y la de sumisa sin límites de noche—, Mar se verá arrastrada a actos cada vez más depravados, donde los límites entre el deseo, la culpa y la completa sumisión se desdibujan por completo.

 

CAPÍTULO 1: LA NECESIDAD QUE NO SE CALMA

POV MAR

Llevo once días sin verga. Once putos días desde que Maro se fue otra vez al pinche desierto con su batallón. Once días en los que solo he tenido mis dedos, un consolador barato y la boquita ansiosa de Diego mamándome las tetas todo el día. Pero ya no aguanto más. El coño me duele de lo vacío que lo siento. Me mojo todo el día. Hasta cuando estoy cocinando o cambiando pañales, me sorprendo apretando los muslos porque me palpita el clítoris como si tuviera vida propia.

Diego por fin se durmió en su cuna después de sacarme casi toda la leche. Mis senos siguen hinchados, pesados, con los pezones cafés y sensibles. Me miro en el espejo del baño: menuda, piel morena, cabello negro suelto, solo una bata de seda corta que apenas me tapa el culo. Abajo tengo el coño bien velludo, negro y tupido, con esa entrada rosada que ahora mismo está hinchada, mojada y palpitando.

Necesito verga. Y no cualquier verga.

Necesito la de Papá.

Griseo.

Mi padrastro.

Sé que está mal. Sé que soy una madre de dos, una esposa… pero cuando Maro se va por semanas, toda esa moral se va a la chingada. Estaba a punto de mandarle un mensaje para ver si podía pasar a su casa cuando escuché el motor de una camioneta afuera.

Me asomé por la ventana de la sala y se me hizo un nudo en el estómago.

Era él. La camioneta de Griseo estaba estacionada frente a la casa. Venía por casualidad, como siempre, a ver si necesitaba algo o a dejarle unas cosas a Mateo. No me había avisado. Simplemente apareció.

El corazón me empezó a latir con fuerza. Sentí cómo un chorrito de jugos me corría por el muslo. No lo pensé dos veces. Me quité la chamarra, me solté un poco más la bata y bajé descalza a abrirle la puerta antes de que tocara.

Cuando abrí, Griseo estaba ahí, con su playera blanca ajustada marcando esa barriga de macho maduro y unos jeans que no ocultaban el bulto pesado que cargaba. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis tetas pequeñas que se marcaban contra la seda y en la bata que apenas cubría nada.

—Hija… —dijo con esa voz ronca que me desarma—. Pasaba por aquí y pensé en venir a ver cómo estaban tú y los niños. ¿Todo bien?

No le contesté de inmediato. Solo lo agarré de la playera y lo jalé para adentro, cerrando la puerta detrás de él con el seguro. La casa estaba en silencio. Mateo seguía en la universidad y Diego dormía profundamente arriba.

—Maro anda fuera otra vez, Papá… —susurré pegada a su pecho, ya restregándome contra él como perra desesperada—. Lleva once días fuera y yo… yo ya estoy muy caliente. Mi coño no deja de chorrear. Necesito verga, Papá. Necesito que me cojas ahora.

Griseo soltó un gruñido bajo y me agarró del pelo con fuerza, jalándome la cabeza hacia atrás.

—Estás bien loca, Mar. Vengo por casualidad a ver a mi nieto y tú me recibes pidiendo verga como una puta en celo. ¿Qué diría tu marido si supiera que su esposa está rogándole a su propio padrastro que la folle?

—Me vale verga lo que diga —gemí, metiendo la mano entre sus piernas y apretando esa verga gruesa que ya empezaba a endurecerse—. Métemela, Papá. Por favor. Mi coño velludo te está esperando.

No necesitó más. Me empujó contra la pared de la sala, me subió la bata hasta la cintura y metió dos dedos gruesos de golpe en mi entrada rosada. El sonido húmedo que hizo fue vergonzoso.

—Estás empapada, hija de la chingada… —gruñó contra mi cuello—. Este coño ya ni disimula lo puta que eres por la verga de tu padrastro.

Sacó su verga. Gruesa, venosa, con la cabeza morada y brillante. Me levantó una pierna, me abrió bien el coño y me la metió hasta el fondo de un solo empujón.

Grité de placer. Mis paredes se estiraron alrededor de esa polla gruesa que me partía en dos. Griseo empezó a cogerme contra la pared con embestidas brutales, una mano en mi cuello y la otra apretándome una teta, haciendo que chorros de leche le salpicaran la playera.

—Así, puta… aprieta esa verga. Esto es lo que querías, ¿verdad? Que tu padrastro te viniera a partir el coño por casualidad.

—Sí, Papá… ¡sí! —grité mientras me corría por primera vez, apretándole la polla con mi coño convulsivo—. Más duro… quiero que me llenes. Quiero llevar tu leche adentro aunque Maro regrese la próxima semana.

Me folló como animal en la sala: primero contra la pared, luego me puso en cuatro sobre el sofá y me dio por el culo mientras me tapaba la boca para que no despertara a Diego. Terminó corriéndose profundo en mi coño, bombeando leche espesa y caliente hasta el fondo.

Cuando acabó, yo estaba tirada en el sofá, con el coño velludo chorreando semen, el culo adolorido y las tetas manchadas de leche. La culpa empezaba a llegar… pero también la excitación de saber que esto apenas empezaba.

CAPÍTULO 2: LA PUTA EN LA QUE SE CONVIRTIÓ

POV GRISEO

Me desperté con un nudo en la garganta y la verga todavía medio dura. Apenas eran las seis de la mañana y ya estaba pensando en ella. Otra vez.

Ayer me juré que sería la última vez. Que lo que pasó fue un error que no se repetiría. Mar es la esposa de mi yerno Maro, la madre de mis nietos, y yo soy su padrastro. Tengo 57 años, soy un hombre respetado, militar retirado. Debería tener más control, más moral. Debería sentir asco de mí mismo por estar traicionando de esta forma a mi hijastro.

Pero aquí estoy otra vez, manejando hacia su casa con la caja de herramientas como pretexto idiota. “Solo voy a dejar esto y me voy”, me repetí todo el camino. “Solo voy a preguntar por los niños y me largo”.

Pura pinche mentira.

Toqué la puerta. Mar abrió casi de inmediato, como si hubiera estado esperándome detrás de la puerta. Traía puesta la misma bata de seda corta, el cabello negro revuelto y cara de recién levantada. Sus senos pequeños se marcaban contra la tela fina, con dos manchas húmedas donde ya se le escapaba la leche. Me miró con esos ojos que ya no disimulan lo puta en la que se ha convertido.

—Papá… otra vez tan temprano —murmuró en voz baja, mirando nerviosa hacia las escaleras.

—Vine a dejarle estas herramientas a Maro —dije en voz alta para que se escuchara en toda la casa—. ¿Ya se fue Mateo?

—Está terminando de vestirse. Baja en cualquier momento.

Justo en ese instante Mateo bajó las escaleras, se despidió de su mamá con un beso rápido en la mejilla y me dio un abrazo de lado.

—Abuelo, ¿qué onda? Ya voy tarde. Nos vemos.

La puerta principal se cerró detrás de él. El silencio que quedó fue denso, cargado.

Me quedé parado en la entrada de la cocina, luchando contra mí mismo. El remordimiento me estaba comiendo vivo. Esto estaba mal. Muy mal. Mar era la esposa de mi yerno, la mujer de Maro. Estaba traicionando a mi propia familia.

—Mar… esto tiene que parar —dije con la voz ronca, sin atreverme a acercarme todavía—. Eres la esposa de mi yerno. Eres la madre de mis nietos. No podemos seguir haciendo esta mierda.

Ella no dijo nada. Solo se dio la vuelta lentamente, se recargó contra la isla de la cocina y, sin quitarme los ojos de encima, se levantó la bata hasta la cintura. Su coño velludo quedó completamente expuesto: hinchado, mojado, con esa entrada rosada brillando de tanto jugo. Separó un poco las piernas y arqueó la espalda, ofreciéndomelo sin vergüenza.

—Entonces vete, Papá… —susurró con voz dulce y viciosa—. Si tanto remordimiento tienes, si tanto te duele estar cogiéndote a la esposa de tu yerno, entonces súbete a la camioneta y vete. Pero los dos sabemos que ya no puedes resistirte. Me volví tu puta, Papá. Una puta bien caliente que solo piensa en tu verga gruesa cuando Maro anda fuera.

Sus palabras me pegaron directo en la verga. Quise resistirme. Quise dar la media vuelta y salir corriendo de esa casa. El remordimiento me quemaba el pecho… pero la verga ya me palpitaba dolorosamente.

—Estás enferma, Mar —gruñí, acercándome a ella a pesar de todo—. Te volviste una puta sin ninguna vergüenza.

—Sí, Papá… —gimió ella, empujando su culo hacia mí—. Soy tu puta. La puta de mi padrastro. Cógeme aquí en la cocina mientras Diego duerme arriba. Cógeme aunque sepas que soy la esposa de tu yerno. Úsame.

El poco control que me quedaba se rompió.

La agarré fuerte de las caderas, me bajé el cierre con manos temblorosas y saqué mi verga gruesa. Sin más preámbulos, le escupí en el coño y se la metí de un solo golpe hasta el fondo. Mar ahogó un gemido mordiéndose el brazo.

—Puta… mi puta —gruñí entre dientes mientras empezaba a cogérmela con fuerza contra la isla de la cocina—. Eres la esposa de mi yerno y mírate… chorreando leche y jugos por la verga de tu padrastro.

Cada embestida era una lucha entre el placer brutal y la culpa que me carcomía. Sabía que estaba haciendo algo imperdonable. Sabía que si Maro se enteraba esto destruiría a toda la familia. Pero Mar gemía como perra en celo, moviendo el culo hacia atrás, pidiéndome más duro, más profundo, más sucio.

—Más fuerte, Papá… rómpeme el coño —suplicaba entre jadeos—. Aunque te dé remordimiento… ya no puedes parar. Te volviste adicto a cogerte a la esposa de tu yerno.

Tenía razón. No podía parar.

La volteé, la senté en la orilla de la isla, le abrí bien las piernas y se la metí otra vez mientras le chupaba las tetas, tragándome su leche dulce y caliente. Mar se corrió violentamente, apretándome la verga con su coño velludo, mordiéndose el brazo para no gritar y despertar al niño.

Al final no aguanté más. Le descargué todo adentro, inundándole el útero con chorros espesos y calientes de semen mientras el remordimiento y el placer me partían la cabeza.

Cuando saqué la verga, un hilo espeso de mi leche le chorreó del coño velludo hasta el piso de la cocina.

Me subí el pantalón con las manos temblando. La culpa regresó con más fuerza ahora que ya había terminado.

—Esto tiene que acabar, Mar… —dije casi sin mirarla—. Eres la esposa de mi yerno. No podemos seguir traicionando a Maro de esta forma.

Ella solo sonrió con esa sonrisa de puta satisfecha, todavía sentada en la isla con las piernas abiertas y mi semen saliéndole del coño.

—Cuando quieras, Papá… ya sabes dónde encontrar a tu puta.

Salí de esa casa con el pecho apretado, sabiendo en el fondo que estaba mintiendo.

Porque por más remordimiento que tuviera, Mar se había vuelto una puta demasiado deliciosa como para resistirme.

CAPÍTULO 3: LA VISITA DE MAMÁ

POV MAR

Estoy terminando de limpiar la cocina cuando escucho el timbre. Sé perfectamente quién es. Mamá Laura siempre llega a esta hora cuando viene de visita.

Me miro un segundo en el reflejo de la ventana. Tengo las mejillas todavía sonrojadas, el coño me sigue palpitando y siento cómo el semen espeso de Papá se me sigue escapando lentamente entre los labios velludos. Apenas han pasado tres horas desde que Griseo me cogió como animal aquí mismo, contra esta misma isla donde ahora estoy doblando un trapo.

Y ahora viene mi mamá.

—Hola hija —dice Laura al entrar, sonriendo con esa calidez de siempre. Trae una charola de pan recién horneado y se ve guapa para sus 54 años. Senos medianos bien puestos, buen cuerpo, el cabello teñido de castaño claro—. ¿Cómo amanecieron tú y los niños?

—Bien, mamá… pasa —respondo, tratando de que no se me note la voz entrecortada.

La abrazo y al instante siento cómo un chorro caliente de semen de Griseo me resbala por el muslo interno. Aprieto las piernas por instinto. El corazón me late con fuerza. Mi propia madre está aquí, a menos de dos metros de donde su marido me partió el coño y el culo esta mañana.

Mientras Laura se pone a platicar de cosas sin importancia —que si el tráfico, que si la vecina nueva, que si ya vio a Mateo—, yo solo puedo pensar en una cosa: que hace unas horas estaba sentada exactamente donde ella está ahora, con las piernas abiertas, recibiendo verga gruesa de su propio marido.

“¿Qué diría si supiera que su esposo me llenó el útero de leche esta mañana? ¿Qué cara pondría si supiera que su hija se volvió la puta de su marido?”

La idea me calienta de una forma enfermiza. Siento que el coño se me contrae y suelto más semen. Tengo que disimular cruzando las piernas mientras sirvo café.

—Te ves un poco sonrojada, mija. ¿Estás bien? —pregunta mamá, mirándome con preocupación—. Tienes las mejillas rojas.

—Ah… es que estuve limpiando —miento, y la voz me sale más ronca de lo que quería—. Hace calor.

Calor. Sí. Mucho calor. Porque cada vez que respiro recuerdo cómo Griseo me agarraba del pelo esta mañana mientras me decía “puta… eres la puta de tu padrastro” y me descargaba adentro. Recuerdo cómo me chupaba las tetas y se tragaba mi leche mientras me cogía. Recuerdo el sonido húmedo de su verga gruesa entrando y saliendo de mi coño velludo.

Y lo peor… es que me está excitando tener a mi mamá aquí.

Laura se levanta a ver a Diego, que está jugando en su corralito en la sala. Mientras ella le habla al niño con ternura, yo me quedo parada en la cocina, sintiendo cómo la mezcla de jugos y semen me moja las bragas. Aprieto los muslos y un escalofrío me recorre la espalda.

“Estoy enferma. Mi mamá está aquí, la esposa de Griseo, y yo solo puedo pensar en la verga de su marido. En cómo me cogió como perra en esta misma casa. En cómo me hizo correrme dos veces mientras su nieto dormía arriba.”

Siento que los pezones se me ponen duros otra vez y amenazan con soltar leche. La bata se me está mojando. Si mamá se acerca mucho va a notar el olor… ese olor a sexo, a leche materna y a semen viejo.

—Mar, ¿segura que te sientes bien? —pregunta Laura al regresar a la cocina—. Te ves rara. Como nerviosa.

La miro y por un segundo tengo un pensamiento horrible y excitante: imaginar a Griseo cogiéndome delante de ella. Imaginar que mi mamá nos ve mientras su marido me pone en cuatro sobre esta mesa y me llena de leche otra vez.

Me mojo más.

—Estoy bien, mamá —respondo, forzando una sonrisa—. Es solo que… extraño mucho a Maro. Cuando se va tanto tiempo una se pone… rara.

Laura suspira con comprensión y me acaricia el brazo.

—Pobrecita. Es difícil ser esposa de militar. Pero bueno, al menos tienes a tu papá cerca. Griseo siempre está pendiente de ti y de los niños.

Casi suelto una risa nerviosa. “Si supieras cuánto está pendiente, mamá…”

—Sí… —digo bajito, sintiendo otro chorro de semen escapando de mi coño—. Papá siempre está muy pendiente de mí.

Me muerdo el labio con fuerza. El remordimiento está ahí, pero es pequeño comparado con lo cachonda que me siento. Mi propia madre está frente a mí, platicando tranquilamente, y yo solo puedo pensar en que traigo el coño lleno de la leche de su marido.

Y lo más enfermo de todo…

Es que quiero más.

CAPÍTULO 4: DELANTE DE MI ESPOSA

POV GRISEO

Estacioné la camioneta frente a la casa y me quedé un momento con las manos en el volante, respirando pesado.

“¿Qué chingados estoy haciendo?”

Laura está ahí. Mi esposa. La madre de Maro. Y yo, como un perro en celo, vengo a ver a su hija. A mi hijastra. A la mujer que me cogí salvajemente esta mañana en la misma cocina donde ahora seguramente están platicando como si nada.

El remordimiento me está comiendo vivo. Traiciono a mi esposa, traiciono a mi yerno, traiciono a toda la puta familia… y sin embargo aquí estoy, bajándome de la camioneta con el pretexto más estúpido del mundo: una bolsa de naranjas que “casualmente” compré en el mercado.

Toco la puerta. Es Laura quien abre.

—¡Griseo! —dice sorprendida pero contenta—. ¿Qué haces aquí, viejo? No me habías dicho que vendrías.

—Pasaba por aquí y traje naranjas —respondo con una sonrisa que espero se vea natural—. Pensé que a los niños les gustaría.

Entro a la casa y ahí está ella.

Mar.

Está parada junto a la isla de la cocina, exactamente donde la cogí hace unas horas. Lleva una blusa ligera y una falda corta que disimula poco. Nuestras miradas se cruzan solo un segundo, pero es suficiente. Veo en sus ojos el mismo fuego enfermo que yo traigo. Se muerde ligeramente el labio inferior y aprieta los muslos. Sé que todavía trae mi semen adentro. Lo sé porque yo mismo se lo metí hasta el fondo.

—Hola, Papá —dice con voz suave, casi inocente.

—Hija —respondo, y la palabra me sabe a pecado.

Laura está feliz de verme. Se acerca, me da un beso en la mejilla y empieza a platicar de tonterías. Yo asiento, sonrío, pero toda mi atención está puesta en Mar. En cómo se mueve. En cómo cruza las piernas estando sentada. En cómo sus senos pequeños se marcan contra la blusa y cómo tiene los pezones duros, seguramente todavía sensibles de la leche que le saqué esta mañana.

Diego está en su corralito jugando. Laura se agacha a cargarlo y, por un breve momento, Mar y yo quedamos casi solos en la cocina.

Me acerco a ella con el pretexto de dejar las naranjas sobre la isla. Me pego más de lo necesario. Mi mano roza su cintura por detrás y ella se tensa. Siento cómo su culo empuja ligeramente hacia atrás, buscando mi verga.

—Estás loca… —le susurro casi sin voz, fingiendo que reviso las naranjas—. Tu mamá está aquí. Mi esposa está aquí.

Mar voltea apenas la cara. Tiene las mejillas rojas y la respiración agitada. Me contesta en voz bajísima, casi un gemido:

—Tu semen todavía me está chorreando, Papá… Lo siento caliente entre las piernas mientras hablo con tu esposa.

La verga se me pone dura al instante. Dura como piedra. Laura está a menos de cuatro metros, dándole besitos a Diego, y yo tengo una erección brutal solo porque mi hijastra me dice que trae mi leche adentro.

Esto es demasiado peligroso. Esto ya no es solo un error. Esto es una puta bomba.

Laura se da la vuelta de repente y nos ve. Yo me separo rápido de Mar, pero no sé si alcanzó a notar algo.

—¿Qué tanto murmuran ustedes dos? —pregunta Laura sonriendo.

—Nada, mi vida —respondo, y la palabra “mi vida” me sabe a traición asquerosa—. Le estaba diciendo a Mar que las naranjas están muy dulces este año.

Mar baja la mirada. Puedo ver cómo aprieta los muslos con fuerza. Sé que se está excitando tanto como yo. El riesgo la está poniendo peor. A los dos.

Durante los siguientes veinte minutos vivimos un infierno delicioso. Laura platica sentada en la sala, yo estoy en el sillón frente a ella, y Mar está en el sofá de al lado. Cada vez que Laura voltea a ver al niño, Mar abre ligeramente las piernas y me deja ver un segundo su coño velludo. Está mojada. Muy mojada. Se nota el brillo. También se nota un hilo blanco grueso que le baja por el muslo interno.

Mi semen.

El semen que le metí esta mañana mientras le decía que era una puta.

Siento que voy a explotar. Tengo la verga tan dura que me duele. El remordimiento me está matando… pero el deseo es más cabrón. Quiero levantarla, subirle la falda delante de su madre y cogérmela aquí mismo. Quiero que Laura nos vea. Quiero que sepa que su marido le está partiendo el coño a su propia hija.

Mar me mira. Tiene los ojos vidriosos de excitación. Sé que está pensando lo mismo.

Esto ya se nos está yendo de las manos.

Laura se levanta para ir al baño y, por diez segundos, nos quedamos completamente solos.

—Estás bien pinche enferma —le gruño en voz baja, apretando los puños—. Te estás mojando delante de tu mamá con mi semen chorreándote.

Mar solo sonríe con esa sonrisa perversa que ha desarrollado últimamente y susurra:

—Y tú estás duro como piedra, Papá… Sé que quieres cogerme aquí mismo. Delante de ella.

Cuando Laura regresa del baño, los dos estamos callados, respirando agitados, con la tensión sexual tan espesa que casi se puede tocar.

Sé que esto no puede seguir así.

Pero también sé que voy a volver.

CAPÍTULO 5: LA SEMILLA

POV GRISEO

No dormí ni madres.

Todo el pinche día dándole vueltas a lo mismo: Mar se me estaba saliendo de las manos. Ya no era la hijastra tímida y culposa que follaba a escondidas. Se había convertido en una puta adicta al riesgo, capaz de abrir las piernas delante de su propia madre con tal de sentir mi verga. Si seguía así, íbamos a terminar quemados. Laura, Maro, Mateo… todos se iban a enterar.

Tenía que recuperar el control. Pero no con más amenazas. Necesitaba algo más profundo. Algo que la obligara a someterse por completo.

Y entonces lo vi claro.

Mateo.

Mi nieto de 18 años. Alto, guapo, lleno de hormonas y todavía virgen, según me había contado Maro una vez. Si lograba meterle la idea en la cabeza… si conseguía que el chamaco empezara a desear a su propia madre, entonces tendría a Mar agarrada de las pelotas. Porque una cosa es que yo la folle a escondidas. Otra muy distinta es que su propio hijo empiece a verla como mujer.

Sería la forma perfecta de romperla.

Decidí ser sutil. Muy sutil. Nada de ir directo. Los hombres jóvenes se asustan fácil si les sueltas la bomba de golpe.

Esa misma tarde, después de “casualmente” pasar por la casa y revisar la camioneta de Mateo, le escribí por WhatsApp mientras iba de regreso a mi casa:


Griseo: Oye mijo, ya vi lo de la camioneta. Mañana le echo un ojo más a fondo. ¿Cómo vas en la universidad?

Mateo: Todo bien abuelo 👍 Apenas voy empezando el semestre. Bastante floja todavía.

Griseo: Qué bueno. Oye, te quería preguntar algo… pero que quede entre nosotros, ¿eh? No le vayas a decir a tu mamá.

Mateo: Claro, dime.

Griseo: ¿Tú cómo ves a tu mamá? Digo… últimamente la noto más… no sé cómo decirlo. Más mujer. Más arreglada. ¿Tú no crees que se ve más joven de lo que es?

Mateo: Jajaja pues sí, la neta. Mis cuates siempre me dicen que mi mamá se ve bien chida para tener 35. Algunos hasta me han bromeado diciendo que está buena. Me da cringe pero la verdad sí se ve joven.

Griseo: Jajaja ya ves. Es que tu mamá siempre fue muy bonita. Tiene un cuerpo bien conservado. Piernas bonitas, cintura chiquita… y aunque dio pecho a tus dos hermanos, sigue teniendo una figura que muchos quisieran. A veces hasta me da cosa verla.

Mateo: ¿Cosa cómo, abuelo? 😂

Griseo: Pues… cosa de hombre, mijo. No te hagas. Uno a mi edad todavía tiene ojos. Y tu mamá, aunque sea mi hijastra, pues… tiene un atractivo que no se puede negar. Sobre todo cuando anda en esa bata corta por la casa. Se le marcan bien las tetas y se le ve el culito parado. No me digas que tú no te has dado cuenta.

Hubo una pausa larga. Mateo tardó casi cuatro minutos en contestar.

Mateo: La neta… sí me he dado cuenta. Pero es mi mamá, wey. No se supone que piense eso.

Griseo: Claro que no se supone. Pero eres hombre. Y los hombres pensamos con la verga aunque no queramos. Yo solo te digo que no eres el único que la mira. A veces hasta me da curiosidad qué pensará ella cuando se siente observada. Porque tu mamá últimamente anda muy… necesitada. Se le nota en la cara. Maro lleva mucho tiempo fuera y una mujer como ella no puede estar tanto tiempo sola. Se le ve en los ojos.

Mateo: ¿Tú crees que mi mamá anda caliente?

Griseo: Yo no creo, mijo. Yo estoy seguro. Una mujer que da pecho todavía y anda con las tetas llenas, caminando por la casa medio desnuda… algo tiene que sentir. Solo te digo que si algún día ves que se porta raro o que te mira diferente… no te espantes. Y sobre todo… no la rechaces. Las mujeres como tu mamá, cuando se les despierta el lado puta, son capaces de cualquier cosa.

Mateo: Abuelo… me estás poniendo raro con esto 😂 Pero la neta sí me he quedado viendo sus piernas y sus tetas cuando se agacha. Me da culpa pero se me para. ¿Eso está mal?

Griseo: No está mal, Mateo. Está natural. Lo malo sería que no te diera calor una mujer tan rica como tu mamá. Solo te digo que si algún día quieres desahogarte o platicar de esto… aquí estoy. Sin juicios. Y quién sabe… a lo mejor hasta te puedo dar algún consejo de cómo acercarte sin que se asuste.

Mateo: Gracias abuelo. La neta nunca había platicado esto con nadie. Me siento raro pero al mismo tiempo… cachondo. Jajaja.

Griseo: Normal, mijo. Normal. Ya platicamos más mañana cuando vaya a la casa. Y recuerda: esto queda entre nosotros. Ni una palabra a tu mamá… por ahora.


Dejé el teléfono a un lado y sonreí con frialdad.

La semilla ya estaba plantada.

Mateo empezaba a ver a su madre como la mujer caliente y disponible que es. Y cuando ese deseo crezca lo suficiente, voy a usar al chamaco para someter completamente a Mar.

Porque nada va a humillarla más, ni la va a poner más obediente, que descubrir que su propio hijo quiere cogérsela.

Y yo voy a estar ahí para controlarlo todo.

CAPÍTULO 6: LA IMAGEN QUE NO SE BORRA

POV MATEO

No puedo dormir, carajo.

Son las 2:47 de la mañana y sigo con los ojos abiertos, mirando el techo de mi cuarto. Cada vez que cierro los ojos escucho la voz de mi abuelo en mi cabeza, repitiendo esas palabras que no me dejan en paz.

“Tu mamá tiene un cuerpo bien conservado… se le marcan bien las tetas y se le ve el culito parado… una mujer como ella no puede estar tanto tiempo sola… se le ve en los ojos…”

Y lo peor es que ahora ya no puedo dejar de verla así.

Antes, mi mamá era solo… mi mamá. La señora que me regañaba cuando llegaba tarde, la que me hacía de comer, la que todavía le daba pecho a Diego. Pero desde que leí esos mensajes de mi abuelo, todo cambió. Ahora cada vez que pienso en ella me viene a la mente su cuerpo. Esa bata corta de seda que se pone por las noches. Cómo se le marcan los pezones cuando tiene frío. Cómo se le ve el culo cuando se agacha a recoger algo. Cómo se le hinchan las tetas porque todavía está dando de mamar.

Me vale verga que esté mal. Ya se me paró tres veces solo de pensarlo.

Me bajo los boxers y agarro mi verga dura. Está palpitando. La tengo gruesa y tiesa, con la cabeza morada brillando de precum. Empiezo a jalármela despacio, imaginando cosas que nunca me había permitido imaginar.

Imagino a mi mamá entrando a mi cuarto con esa bata abierta. Imagino sus tetitas pequeñas pero llenas de leche, con los pezones cafés y duros. Imagino que se abre la bata completamente y me muestra su coño… ese coño velludo que nunca había pensado en ver. Mi abuelo dijo que tenía una entrada rosa. ¿Cómo se vería abierta? ¿Estaría mojada?

—Joder, mamá… —susurro mientras me jalo la verga más rápido.

En mi mente la veo arrodillándose frente a mi cama, mirándome con cara de puta mientras me agarra la verga con su mano pequeña.

“¿Esto es lo que quieres, mijo? ¿Quieres cogerte a tu mamá?”

Gimo bajito y aprieto más fuerte. Imagino metiéndosela en la boca, imaginó que me mama la verga mientras me mira con esos ojos de madre que ahora se ven tan cachondos. Luego la imagino acostada en mi cama, abriendo las piernas, mostrándome ese coño velludo y rosado, pidiéndome que se la meta.

“Ven, Mateo… métemela. Tu papá lleva semanas fuera y yo estoy muy caliente… cógeme, hijo…”

Me vengo como nunca. Un chorro grueso me sale disparado hasta el pecho, luego otro, y otro. Me corro tanto que hasta me mancho la barbilla. Me quedo jadeando, con el corazón a mil y la culpa empezando a llegar.

“Es mi mamá, pinche enfermo… ¿qué chingados te pasa?”

Pero incluso con la culpa, mi verga sigue medio dura. Porque sé que mañana la voy a ver. Y ya no voy a poder mirarla como antes.


Al día siguiente

Bajo a desayunar tarde, casi a las diez. Mi mamá está en la cocina, dándole de comer a Diego en su silla alta. Trae puesta una playera ajustada de tirantes y unos shorts de algodón cortos que se le suben cuando se agacha. Se le ve la mitad de las nalgas. El pelo negro suelto y cara de recién levantada.

Antes ni me fijaba.

Ahora no puedo dejar de fijarme.

—Buenos días, mijo. ¿Dormiste bien? —me pregunta con una sonrisa cariñosa, como siempre.

Pero yo ya no la veo igual.

Mis ojos se van directo a sus tetas. Se le marcan los pezones contra la tela. Están más grandes de lo normal, seguramente llenas de leche. Se me hace agua la boca. Me imagino sacándole la playera y chupándole las tetas hasta que me salga leche en la boca.

—Más o menos… —respondo, sentándome frente a ella. Mi voz sale más ronca de lo normal.

Mar voltea a verme y por un segundo nuestras miradas se cruzan. Frunce un poco el ceño, como si notara algo diferente. Yo bajo la vista rápido, pero no antes de que mis ojos se vayan a sus piernas morenas y a ese short que apenas le tapa el culo.

Mientras ella se da la vuelta para servirme jugo, se agacha un poco y se le sube el short. Se le ve la curva de las nalgas y un poco de cachete. Siento cómo se me empieza a poner dura otra vez debajo de la mesa.

“Pinche abuelo… ¿qué me hiciste?”

Mi mamá se acerca a dejarme el vaso y se inclina sobre la mesa. Desde este ángulo le puedo ver casi completo el canalillo y parte de sus tetitas. Huele a leche, a shampoo y a mujer. Mi verga da un brinco.

—¿Estás bien, Mateo? Te ves raro —dice preocupada, tocándome la frente con el dorso de la mano.

Su tacto me quema. Tengo que hacer un esfuerzo enorme para no agarrarla de la cintura y sentarla en la mesa.

—Estoy bien, mamá… —respondo, tragando saliva—. Solo… estoy pensando en muchas cosas.

Ella me sonríe con ternura, sin tener la menor idea de que su propio hijo se acaba de correr anoche pensando en cogérsela. Sin saber que ahora solo puedo imaginarla desnuda, abierta de piernas, gimiendo mi nombre mientras le meto la verga.

Y lo más enfermo de todo…

Es que cada vez me gusta más la idea.

CAPÍTULO 7: EL SECRETO

POV MATEO

Mi papá regresó esa tarde.

Maro llegó como siempre, con su uniforme militar, cansado pero de buen humor, cargando regalos para Diego y besando a mi mamá como si llevara meses sin verla. Yo los vi desde las escaleras. Vi cómo mi mamá le sonreía, cómo lo abrazaba, cómo fingía que todo estaba normal.

Pero yo ya no era el mismo.

Desde la conversación con mi abuelo, no podía dejar de ver a mi mamá como una mujer. Como una puta. Cada vez que pasaba cerca de mí, mi verga reaccionaba. Cada vez que se agachaba, cada vez que le daba pecho a Diego, cada vez que se reía… solo podía imaginarla gimiendo.

Esa noche, después de cenar, mis papás se fueron a su habitación temprano. Dijeron que estaban cansados por el reencuentro, pero yo sabía perfectamente lo que iba a pasar. Mi papá llevaba casi tres semanas fuera. No era difícil imaginar.

Y yo… no pude resistirme.

Esperé a que Diego se durmiera profundamente, salí de mi cuarto sin hacer ruido y me acerqué sigilosamente a la puerta de la habitación de mis padres. Estaba entreabierta. Solo una rendija. Suficiente.

Me asomé.

Lo que vi me dejó congelado.

Mi mamá estaba completamente desnuda, a cuatro patas sobre la cama. Mi papá la estaba cogiendo por detrás con fuerza, agarrándola del cabello. La habitación olía a sexo. Se escuchaban los golpes húmedos de su verga entrando y saliendo del coño de mi mamá.

—Así, puta… te extrañé esta verga, ¿verdad? —gruñía mi papá.

—Sí… sí, Maro… cógeme más duro —gemía ella.

Pero su voz sonaba diferente. No era el gemido de una esposa enamorada. Era el gemido de una mujer que estaba fingiendo. Yo podía notarlo. Sus ojos estaban medio cerrados, su cara tenía una expresión que no era de placer total. Como si estuviera pensando en otra cosa… o en otra persona.

Saqué mi teléfono con manos temblorosas. Activé el modo silencioso y empecé a grabar.

Grabé todo.

Grabé cómo mi papá le daba vueltas, la ponía de lado y se la metía profundo. Grabé cómo le chupaba las tetas y le salía leche. Grabé cuando mi mamá se subió encima de él y empezó a cabalgarlo, moviendo las caderas como una experta, con su coño velludo tragándose la verga de mi papá una y otra vez.

Pero lo que más me impactó fue cuando mi papá le preguntó entre jadeos:

—¿Quieres que te llene el coño, mi amor?

Y mi mamá, con la voz ronca y los ojos vidriosos, respondió:

—Sí… lléname… pero métemela más duro.

En ese momento me di cuenta: mi mamá estaba imaginando a otra persona. No estaba cogiendo con mi papá. Estaba usando su verga para correrse pensando en alguien más.

Me corrí dentro de mis shorts solo de verlos. Sin tocarme. Solo de ver a mi mamá siendo follada como una puta.

Cuando terminaron, mi papá se quedó dormido casi de inmediato. Mi mamá se levantó, se puso una bata y salió del cuarto para ir al baño. Pasó justo frente a mí, que estaba escondido en la oscuridad del pasillo. Por un segundo nuestras miradas se cruzaron. Ella se detuvo. Yo me quedé congelado.

No dijo nada. Solo entró al baño.

Yo regresé a mi cuarto con el corazón a mil y el teléfono lleno de videos de mi propia madre siendo cogida.


Al día siguiente por la tarde, no aguanté más.

Le escribí a mi abuelo por WhatsApp y le pedí que nos viéramos en privado. Nos encontramos en un parque cercano a la casa.

Cuando llegué, mi abuelo ya estaba sentado en una banca. Me miró con esa cara seria que siempre pone cuando sabe que algo grande está pasando.

—Abuelo… hice algo muy cabrón —le dije apenas me senté, con la voz temblorosa.

Griseo levantó una ceja.

—Cuéntame todo, mijo. Sin miedo.

Saqué mi teléfono, busqué el video más claro y se lo puse. El video donde mi mamá estaba a cuatro patas, gimiendo mientras mi papá la cogía con fuerza. Se veía perfectamente su cara de placer, sus tetas botando, su coño velludo tragándose la verga.

Mi abuelo se quedó callado un buen rato, viendo el video completo. Cuando terminó, me devolvió el teléfono con una expresión que no supe descifrar.

—¿Tú grabaste esto? —preguntó en voz baja.

—Sí… anoche. No pude evitarlo. Desde que platicamos el otro día… no he podido dejar de pensar en ella. La veo diferente. La deseo, abuelo. Deseo a mi propia mamá. Y anoche… cuando los vi cogiendo, no pude controlarme. Los espié y los filmé.

Griseo se quedó pensativo un largo rato. Luego puso su mano pesada sobre mi hombro y me dijo con voz grave:

—Escúchame bien, Mateo. Esto que hiciste… cambia todo. Tienes un arma muy poderosa en ese teléfono. Pero también tienes una oportunidad.

Me miró fijamente a los ojos.

—Tu mamá se ha vuelto una puta. Una puta muy caliente. Y tú… tú ya no la ves como tu mamá, ¿verdad?

Tragué saliva y negué con la cabeza.

—No… ya no.

Griseo sonrió por primera vez. Una sonrisa oscura, peligrosa.

—Entonces vamos a hacer las cosas bien, mijo. Tú y yo. Juntos. Porque si tú quieres cogerte a tu mamá… yo te voy a ayudar a que lo hagas. Pero vamos a hacerlo a mi manera.

Sentí un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo.

Por primera vez en mi vida, sentí que mi abuelo y yo estábamos a punto de compartir el secreto más enfermo y excitante del mundo.

CAPÍTULO 8: LA LLAMADA

POV MATEO

Maro se fue otra vez esta mañana. Apenas estuvo cuatro días en casa y ya lo mandaron de regreso al norte. Mi mamá lo despidió en la puerta con una sonrisa triste, pero yo sabía que en el fondo estaba aliviada. Lo noté en su forma de moverse después de que la camioneta de mi papá desapareció por la esquina.

Desde que grabé ese video, todo se siente diferente. Mi abuelo y yo hemos estado hablando casi todos los días por WhatsApp. Me ha estado dando consejos, guiándome, diciéndome cómo debo actuar con mi mamá. Dice que tenemos que prepararla poco a poco. Que primero hay que romperla.

Esta noche todo cambió.

Son casi las 10:30 pm. Diego ya lleva más de una hora dormido en su cuarto. Yo estoy en mi habitación jugando en la computadora cuando recibo un mensaje de mi abuelo:

Griseo: Baja a la sala en 5 minutos. Sin hacer ruido. No enciendas ninguna luz. Siéntate en el sillón grande y observa. No hables. Solo mira.
Griseo: Esto es para ti, mijo.

Se me seca la boca al instante. El corazón empieza a latirme con fuerza. Sé que mi abuelo está aquí. Lo vi llegar hace como veinte minutos.

Bajo las escaleras en silencio, descalzo, con solo un short de basquetbol. La casa está casi completamente a oscuras, solo hay una lámpara pequeña encendida en la sala que da una luz tenue y rojiza.

Lo que veo me deja paralizado.

Mi mamá está en el centro de la sala, de rodillas sobre la alfombra. Completamente desnuda. Tiene los ojos vendados con una corbata negra y las muñecas atadas a la espalda con la misma corbata. Sus tetitas pequeñas están hinchadas de leche, los pezones duros. Su coño velludo se ve claramente desde donde estoy. Ya está mojada.

Mi abuelo está parado frente a ella, completamente vestido, con la verga gruesa fuera. Le da suaves cachetadas en la cara con su polla mientras le habla en voz baja y cruel:

—¿Extrañabas verga, puta? Tu marido apenas se fue y ya estás aquí como perra en celo, ¿verdad?

—Sí, Papá… —gime mi mamá, con la voz temblorosa de excitación—. Por favor… ya no me hagas esperar más.

Griseo me ve parado en la penumbra de las escaleras. Me hace una seña con la cabeza para que me siente en el sillón grande, justo frente a ellos. Obedezco sin hacer ruido. Mi verga ya está completamente dura dentro del short.

Mi abuelo agarra a mi mamá del pelo y le mete la verga en la boca de golpe. Ella gime fuerte alrededor de su polla, chupándola con desesperación mientras la saliva le escurre por la barbilla. Griseo empieza a follarle la boca con fuerza, golpeándole la garganta.

—Mírate… la esposa de mi yerno, madre de dos, arrodillada como puta barata con los ojos vendados. ¿Sabes qué es lo más rico de esto, hija?

Mi mamá niega con la cabeza, demasiado ocupada tragándose la verga gruesa de mi abuelo.

Griseo sonríe con maldad y mira directamente hacia mí mientras dice:

—Que tu propio hijo está sentado aquí, mirándote como la puta que eres.

Mi mamá se congela por un segundo. Intenta quitarse la venda, pero tiene las manos atadas. Empieza a forcejear, asustada.

—Papá… ¿qué dijiste? —pregunta con la voz quebrada, todavía con la verga de mi abuelo en la boca.

Griseo le agarra la cabeza con más fuerza y se la mete hasta el fondo, silenciándola.

—Shhh… no te muevas. Mateo está aquí. Lleva varios días deseándote. Te grabó cogiendo con su papá la otra noche. Y ahora está sentado frente a ti, viendo cómo tu padrastro te usa como la puta de la familia.

Mi mamá suelta un gemido ahogado que suena entre terror y excitación extrema. Su cuerpo tiembla visiblemente. De su coño velludo empieza a caer un hilo grueso de jugos que mancha la alfombra.

Griseo saca su verga de su boca y la pone de pie. La lleva hasta el sofá, la pone de rodillas sobre los cojines, con el culo hacia afuera, y me mira.

—Ven, Mateo —dice en voz baja pero firme—. Acércate. Es hora de que veas de cerca cómo se coge a tu mamá.

Me levanto con las piernas temblando. Mi verga está tan dura que duele. Me acerco lentamente hasta quedar a menos de un metro de ellos.

Griseo agarra su verga gruesa y la frota contra el coño empapado de mi mamá, abriéndole los labios velludos.

—Dile, Mar —ordena mi abuelo—. Dile a tu hijo lo que eres.

Mi mamá, con los ojos vendados, las manos atadas a la espalda, el culo en pompa y la voz rota de vergüenza y deseo, gime:

—Soy… soy una puta, Mateo… La puta de tu abuelo…

Griseo sonríe satisfecho y, sin avisar, le mete toda la verga de un solo golpe.

Mi mamá grita de placer.

Yo me quedo ahí parado, a un metro de distancia, viendo cómo mi abuelo le parte el coño a mi mamá mientras Diego duerme arriba.

Y por primera vez en mi vida… siento que esto apenas está comenzando.


CAPÍTULO 9: TU TURNO

POV GRISEO

La escena era perfecta.

Mar estaba completamente rota. De rodillas sobre el sofá, con los ojos vendados con mi corbata negra y las muñecas fuertemente atadas a la espalda. Su cuerpo menudo temblaba sin control. La leche le goteaba de los pezones cafés y su coño velludo estaba hinchado, rojo y chorreando jugos hasta los muslos. Acababa de correrme dentro de ella hace menos de dos minutos, pero mi verga seguía medio dura solo de ver la cara de shock y excitación de mi nieto.

Mateo estaba parado a menos de un metro, con los ojos muy abiertos y la verga marcándose brutalmente debajo de su short de basquetbol. El chamaco respiraba como si hubiera corrido un maratón.

Era el momento exacto.

Me acerqué a él y le puse una mano firme en el hombro. Lo sentí temblar.

—Mateo —le dije en voz baja pero clara, con tono de autoridad—. Ya viste suficiente. Ahora te toca a ti, mijo.

Mar soltó un gemido ahogado y desesperado al escucharme. Intentó girar la cabeza aunque no podía ver nada.

—Papá… no… por favor… —suplicó con voz quebrada—. Es mi hijo… esto ya está demasiado lejos…

No le hice caso. Miré fijamente a Mateo a los ojos. El muchacho estaba aterrado, excitado y completamente perdido.

—Escúchame bien —continué, hablando solo para él—. Tu mamá es una puta. Una puta que lleva semanas rogando verga a escondidas. Tú la deseas. La has deseado desde que te platiqué. Ahora tienes la oportunidad. Vas a coger a tu mamá. Vas a meterle tu verga mientras yo filmo todo.

Saqué mi teléfono del bolsillo y lo levanté, activando la cámara.

—Esto va a quedar grabado, Mateo. Tú y yo vamos a tener este video para siempre. Y cuando termine, tu mamá va a entender que ya no tiene escapatoria. Que ahora los dos la controlamos.

Mateo tragó saliva con dificultad. Miró a su mamá atada y vendada, luego me miró a mí.

—¿Estás seguro, abuelo? —preguntó casi en un susurro.

—Nunca he estado más seguro de algo —respondí—. Quítate el short. Muéstrale a tu mamá la verga con la que la vas a coger por primera vez.

Mateo obedeció con manos temblorosas. Se bajó el short y su verga saltó libre. Era más grande de lo que esperaba para un chamaco de 18 años. Gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y goteando precum. Mar soltó un gemido largo y vergonzoso al escuchar el sonido.

Me coloqué a un lado, enfocando perfectamente con el teléfono.

—Acércate —le ordené—. Ponle la verga en la entrada. Frótala contra su coño velludo. Quiero que ella sienta que es su hijo el que la va a partir.

Mateo dio un paso adelante. Colocó la cabeza de su verga entre los labios hinchados de su madre. Mar dio un respingo violento cuando sintió la polla de su propio hijo tocándola.

—Ay no… Dios mío… Mateo, mi amor… por favor no hagas esto… —suplicó entre gemidos, pero al mismo tiempo empujaba su culo hacia atrás, buscando más contacto.

Yo sonreí detrás de la cámara.

—Díselo, Mar —le ordené con voz dura—. Dile a tu hijo que quieres su verga. Dile que eres una puta que quiere que su propio hijo la coja.

Mar sollozó, pero su coño soltó otro chorro de jugos que corrió por la verga de Mateo.

—Mateo… —gimió con la voz rota de placer y vergüenza—. Soy una puta… Tu mamá es una puta… Por favor… métemela, mijo… Méteme tu verga…

Mateo ya no aguantó más.

Agarró a su mamá de las caderas con ambas manos y, con un empujón firme y profundo, le metió toda la verga hasta el fondo.

Mar soltó un grito ahogado que retumbó en toda la sala.

— ¡Hijo mío…! ¡Me estás cogiendo…!

Mateo empezó a moverse. Primero lento, como si todavía no pudiera creerlo. Después más fuerte. Más salvaje. Los sonidos húmedos de su verga entrando y saliendo del coño velludo de su madre llenaban la sala. Sus tetas se bamboleaban y la leche salpicaba el sofá con cada embestida.

Yo lo grababa todo. De cerca. De lejos. Enfocando la cara de Mar, enfocando cómo la verga de su hijo desaparecía completamente dentro de ella, enfocando sus lágrimas de placer que se escapaban debajo de la venda.

—Así, Mateo —lo animé con voz ronca—. Coge a tu mamá como se merece. Más duro. Rompele ese coño que te parió. Ella es tuya ahora. Nuestra.

Mateo gruñó como animal y empezó a cogérsela con más fuerza, tirándole del cabello hacia atrás mientras le hablaba por primera vez:

—Eres una puta, mamá… Mi puta… Llevo días pajeándome pensando en ti…

Mar se corrió violentamente al escuchar las palabras de su hijo. Su cuerpo se convulsionó, el coño le apretó la verga a Mateo y un chorro de jugos le salpicó las bolas.

Yo seguía grabando, con una erección brutal y una sonrisa oscura en la cara.

Por fin tenía el control total.

Mar ya no era solo mía.

Ahora era de los dos.

CAPÍTULO 10: LAS NUEVAS REGLAS

POV GRISEO

Mateo estaba follando a su madre con toda la fuerza de sus 18 años. El sonido de sus caderas golpeando contra el culo de Mar era obsceno, húmedo y constante. Ella seguía vendada y con las manos atadas a la espalda, gimiendo como una perra en celo mientras su propio hijo la partía en dos.

—Estoy a punto, abuelo… —gruñó Mateo con la voz entrecortada.

—Termina adentro —le ordené sin dejar de grabar—. Llénala. Llénale el coño a tu mamá.

Mateo soltó un gemido largo y animal. Empujó hasta el fondo y se quedó ahí, temblando. Sus bolas se contrajeron visiblemente mientras descargaba chorros espesos de semen joven y caliente directamente en el útero de su madre. Mar soltó un grito ahogado y se corrió por tercera vez, su coño apretando la verga de su hijo como si quisiera ordeñarlo hasta la última gota.

Los dos se quedaron unidos varios segundos, jadeando. El semen de Mateo empezó a escaparse alrededor de su verga, mezclándose con los jugos de Mar y chorreando hasta la alfombra.

—Suficiente —dije con autoridad—. Ya te corriste, mijo. Súbete el short y vete a tu cuarto. Ahora.

Mateo sacó su verga todavía dura del coño de su madre. Un río blanco y espeso salió inmediatamente del agujero velludo de Mar, cayendo al suelo. El chamaco me miró, todavía aturdido por lo que acababa de hacer.

—Abuelo… yo…

—A tu cuarto, Mateo —repetí más firme—. Esto ya no es asunto tuyo por hoy. Mañana platicamos.

Asintió con la cabeza, se subió el short y subió las escaleras casi corriendo, sin atreverse a mirar a su madre.

Cuando escuché que la puerta de su habitación se cerró, me acerqué a Mar. Seguía de rodillas sobre el sofá, vendada, atada y chorreando semen de su hijo por el coño. Su cuerpo temblaba visiblemente. La leche le seguía goteando de los pezones.

Le quité la venda lentamente. Sus ojos estaban rojos, llenos de lágrimas, vergüenza y algo mucho más oscuro. Me miró con una mezcla de odio, miedo y deseo absoluto.

Me senté en el sillón frente a ella y la observé en silencio durante casi un minuto. El semen de Mateo seguía saliendo de su coño y cayendo sobre la alfombra.

—Todo esto… —empecé a hablar con voz calmada y fría—, lo provocaste tú, Mar.

Ella abrió la boca para protestar, pero la callé con una mirada.

—No me interrumpas. Tú fuiste la que empezó a buscarme cuando Maro se iba. Tú fuiste la que llegó a mi casa rogando verga como perra en celo. Tú fuiste la que se mojó cuando te dije que tu hijo te estaba mirando. Tú convertiste esto en lo que es ahora. Así que no te hagas la víctima.

Mar bajó la mirada, mordiéndose el labio con fuerza. Las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Desde hoy las cosas van a cambiar —continué—. A partir de este momento vas a comportarte como una buena madre y una buena esposa. Vas a atender a Diego como debe ser. Vas a cuidar la casa. Vas a ser respetuosa con Maro cuando esté aquí. Vas a sonreír, vas a cocinar y vas a hacer todo lo que se espera de ti.

Hice una pausa y me incliné hacia adelante, mirándola fijamente a los ojos.

— Pero… solo cuando yo te lo ordene, volverás a ser la puta que realmente eres. Cuando yo te diga “hija”, sabrás que ese día te voy a usar. Ya sea yo solo… o con Mateo… o con quien yo decida. Vas a abrir las piernas, vas a mamar verga, vas a tragar leche y vas a dejar que te llenemos todos los hoyos sin protestar. ¿Entiendes?

Mar respiraba agitada. Su coño seguía contrayéndose, expulsando más semen de su hijo.

—Sí, Papá… —susurró con voz rota.

—Quiero escucharlo claro —exigí.

Ella tragó saliva, humillada hasta el fondo del alma, y respondió con la voz temblorosa:

—Voy a ser una buena madre y una buena esposa… Pero cuando tú me lo ordenes… seré la puta de quien tú quieras. De ti… y de mi propio hijo… si así lo decides.

Sonreí satisfecho.

—Muy bien. Ahora voy a desatarte. Vas a limpiar todo este desastre con la lengua. El semen de tu hijo que está en el piso, el que te chorrea del coño… todo. Después vas a subir a tu habitación, te vas a duchar y vas a dormir al lado de la cama de Diego como la buena madre que ahora eres.

Me levanté, me acerqué a ella y le desaté las muñecas. Antes de quitarle completamente las ataduras, le agarré la cara con una mano y la obligué a mirarme.

—Una cosa más, hija. Si alguna vez intentas rebelarte, si le cuentas algo a Maro, o si dejas de obedecerme… voy a mandarle a tu marido el video donde tu propio hijo te está cogiendo. ¿Queda claro?

Mar asintió con lágrimas en los ojos.

—Clarísimo, Papá.

Le solté la cara y di un paso atrás.

—Entonces empieza a limpiar, puta. Con la lengua.

Mar se inclinó hacia adelante, todavía de rodillas, y comenzó a lamer el semen de su propio hijo del piso mientras yo la observaba desde arriba.

Por fin tenía el control absoluto.

Ella ya no era solo mi puta.

Ahora era nuestra.

CAPÍTULO 11: SIN PERMISO

POV MATEO

Habían pasado cuatro días desde aquella noche.

Cuatro días en los que casi no podía pensar en otra cosa. Cada vez que cerraba los ojos veía a mi mamá de rodillas, vendada, con las manos atadas, gimiendo mientras yo le metía la verga hasta el fondo. Todavía podía sentir cómo su coño velludo me apretaba, cómo se corrió cuando le dije que era mi puta.

Mi abuelo me había dicho que esperara. Que él decidiría cuándo podía volver a tocarla. Pero ya no aguantaba más.

Era jueves por la noche. Mi papá seguía fuera, Diego se había dormido temprano y mi mamá estaba en la cocina lavando los trastes. Traía unos shorts cortos de algodón y una playera sin bra que dejaba ver claramente sus pezones. La leche le había manchado un poco la tela en el pecho.

Me quedé mirándola desde la puerta un buen rato. La verga se me puso dura al instante. Ya no veía a mi mamá… veía a la mujer que mi abuelo y yo nos habíamos cogido.

No lo pensé más.

Me acerqué por detrás en silencio y la abracé fuerte, pegando mi verga dura contra su culo. Metí las manos por debajo de su playera y le agarré las tetas llenas de leche, apretándolas.

—Mamá… —le susurré al oído con la voz ronca—, ya no aguanto. Te necesito.

Mar se tensó completamente. Soltó el plato que tenía en las manos y este cayó al fregadero con ruido.

—Mateo… ¡no! —dijo en voz baja pero firme, tratando de quitarse mis manos de encima.

No le hice caso. Le apreté más las tetas, sintiendo cómo la leche le salía entre los dedos, y empecé a restregarle la verga contra el culo por encima de los shorts.

—Solo una vez… por favor —le rogué, besándole el cuello—. Nadie se va a enterar. Papá no está y Diego ya está dormido. Déjame cogerte otra vez, mamá. Te juro que me muero de ganas.

Mar giró bruscamente y me empujó con fuerza, separándose de mí. Tenía la cara roja, los ojos brillantes y respiraba agitada. Se cubrió las tetas con los brazos, pero eso solo hizo que se le marcaran más los pezones mojados.

—Mateo, escúchame bien —dijo con voz temblorosa pero decidida—. No podemos. No así.

—¿Por qué no? —pregunté frustrado, con la verga todavía dura marcándose obscenamente en mi pants—. Tú también lo querías esa noche. Te corriste como loca cuando te estaba cogiendo.

Mar bajó la mirada, avergonzada. Se mordió el labio inferior con fuerza antes de responder:

—Porque tu abuelo me lo prohibió.

Me quedé callado, sin entender.

Ella continuó, hablando casi en un susurro, como si le diera vergüenza decirlo en voz alta:

—Después de que te fuiste a tu cuarto esa noche… tu abuelo me habló claro. Me dijo que tengo que comportarme como una buena madre y una buena esposa mientras tu papá esté fuera. Que solo cuando él lo ordene… voy a poder ser puta. Y que solo voy a ser puta para quien él decida.

Hizo una pausa. Sus mejillas ardían de humillación.

—O sea… no puedo dejarte cogerme aunque yo quiera. No sin que tu abuelo me lo permita primero. Si lo hacemos sin su permiso… todo se va a poner peor.

Me quedé mirándola, incrédulo.

—¿Estás hablando en serio? —pregunté—. ¿Ahora eres la puta de mi abuelo y tienes que pedirle permiso hasta para que yo te folle?

Mar cerró los ojos con fuerza, como si le doliera escuchar esas palabras de boca de su propio hijo. Cuando los abrió, vi que tenía lágrimas.

—Sí, Mateo… —respondió con la voz rota—. Así es como tu abuelo lo quiso. Yo provoqué todo esto… y ahora tengo que obedecer. Si quieres cogerme… tienes que hablar con él. Tienes que pedirle permiso.

Se hizo un silencio pesado entre los dos.

Yo tenía la verga a punto de reventar dentro del pantalón. Mi mamá estaba frente a mí, con las tetas mojadas de leche, el coño seguramente chorreando, y sin embargo no podía tocarla. No sin que mi abuelo diera la orden.

Mar me miró con una mezcla de vergüenza, deseo y resignación.

—Si quieres… puedes mandarle un mensaje a tu abuelo ahora mismo —susurró casi sin voz—. Pero si no te da permiso… vas a tener que esperar. Aunque yo también tenga ganas.

Se dio la vuelta lentamente hacia el fregadero, dándome la espalda. El short se le había subido y se le veía la mitad de las nalgas. Sabía que lo estaba haciendo a propósito.

Me quedé ahí parado, respirando pesado, con la verga palpitando y la mente hecha un desastre.

Mi propia madre ya no decidía si yo podía cogérmela o no.

Ahora era mi abuelo quien tenía el control absoluto sobre su coño.

Y eso, de alguna forma enferma… me ponía todavía más caliente.


CAPÍTULO 12: EL CONTROL

POV MATEO

Me quedé parado en la cocina como un idiota, con la verga todavía dura y el corazón latiéndome a mil. Mi mamá estaba de espaldas, lavando los trastes como si nada, pero yo sabía que estaba tan cachonda como yo. El short se le había subido tanto que casi se le veía el borde de su coño velludo.

No aguanté más.

Saqué mi teléfono con manos temblorosas y le escribí a mi abuelo por WhatsApp:

Mateo: Abuelo, estoy con mamá en la cocina. Ya no aguanto. Quiero cogérmela ahora. ¿Me das permiso?

Esperé la respuesta con la boca seca. Mi mamá volteó a verme por encima del hombro, nerviosa.

—¿Le estás escribiendo? —preguntó en voz baja.

—Sí… —respondí sin mirarla.

Los dos puntos de “escribiendo…” aparecieron casi de inmediato. Mi abuelo tardó menos de un minuto en contestar. Cuando abrí el mensaje, sentí una mezcla de frustración y excitación enfermiza.


Griseo: No. Hoy no podrás coger a tu mamá.
Griseo: Tendrás que esperar dos días. El sábado por la noche.
Griseo: Y cuando lo hagas, vas a filmar todo. Quiero que grabes cómo le metes la verga a tu madre desde varios ángulos. Cuando termines de cogértela y te corras adentro, me vas a enviar el video completo por WhatsApp.
Griseo: Esto no es un juego, Mateo. Quiero que entiendas quién tiene el control aquí. Yo decido cuándo, cómo y con quién se abre de piernas tu mamá. Si no puedes esperar, te aguantas. ¿Entendido?


Leí el mensaje dos veces. Sentí cómo la sangre me subía a la cara. Mi abuelo no me estaba dando permiso por capricho. Lo estaba haciendo a propósito, solo para demostrar que él era el que mandaba. Que ni yo ni mi mamá podíamos decidir nada. Que éramos sus putas.

Mi mamá se secó las manos y se acercó lentamente.

—¿Qué te respondió? —preguntó con voz suave, casi temerosa.

No dije nada. Solo giré el teléfono y se lo puse frente a la cara para que leyera los mensajes.

Mar leyó en silencio. Vi cómo sus ojos se iban abriendo más y más conforme avanzaba. Cuando terminó, soltó un pequeño gemido de vergüenza y apretó los muslos con fuerza. Sus pezones se marcaron todavía más contra la playera.

—Dos días… —susurró, casi para sí misma.

Se quedó mirando el teléfono un rato más, especialmente la parte donde mi abuelo decía “yo decido cuándo, cómo y con quién se abre de piernas tu mamá”. Vi cómo se le ponía la piel de gallina en los brazos.

—Tu abuelo… realmente quiere controlarlo todo —dijo con la voz temblorosa—. No solo me humilla a mí… también te humilla a ti haciéndote esperar.

Me guardé el teléfono, frustrado y excitado al mismo tiempo. Mi verga seguía dura como piedra.

—¿Y tú qué piensas? —le pregunté, acercándome un poco más.

Mar me miró a los ojos. Tenía las mejillas rojas y la respiración agitada. Se mordió el labio inferior antes de responder:

—Que tengo que obedecer, mijo… Aunque me muera de ganas de que me cojas ahora mismo. Aunque sienta tu semen de la otra noche todavía saliendo de mí cuando me muevo… tengo que esperar a que tu abuelo me lo permita.

Se acercó un poco más, hasta quedar casi pegada a mí. Podía sentir el calor de su cuerpo y el olor a leche de sus tetas.

—Dentro de dos días… vas a tener que filmarme mientras me coges —susurró, bajando la mirada—. Y vas a tener que mandarle el video a tu abuelo como prueba. ¿Estás dispuesto a hacer eso, Mateo?

Asentí lentamente, sin poder quitarle los ojos de encima.

—Sí, mamá… voy a filmarte. Voy a grabar cómo te meto la verga, cómo te corres, cómo te lleno de semen… y se lo voy a mandar a mi abuelo.

Mar soltó un suspiro entrecortado. Por un segundo pensé que iba a besarme, pero en lugar de eso dio un paso atrás y se cruzó de brazos sobre sus tetas hinchadas.

—Entonces… tendremos que esperar hasta el sábado —dijo con resignación, aunque su voz sonaba cargada de deseo—. Hasta que tu abuelo nos dé permiso.

Se dio la vuelta para seguir lavando los trastes, pero antes de alejarse completamente, murmuró casi sin voz:

—Y dile a tu abuelo que… que acepto sus condiciones. Que seré una buena madre estos dos días… y que el sábado seré la puta que él quiera que sea.

Me quedé ahí parado en la cocina, viendo cómo mi mamá movía las caderas mientras lavaba, sabiendo que no podía tocarla.

Dos días.

Dos putos días más esperando para poder cogerme a mi propia madre.

Y lo peor de todo es que mi abuelo lo sabía perfectamente. Sabía que cada hora que pasaba nos iba a poner más desesperados, más obedientes… más suyos.

Esto ya no era solo sexo.

Esto era control total.

CAPÍTULO 13: EL SECRETO

POV MAR

Dos días.

Llevaba dos días comportándome como la madre y esposa perfecta que tu abuelo exigía. Sonriendo, cocinando, bañando a Diego, lavando la ropa… todo mientras sentía un vacío constante entre las piernas. El semen de Mateo y de tu abuelo todavía parecía estar marcado dentro de mí. Cada vez que me movía, mi coño velludo se rozaba y me recordaba lo puta que me había vuelto.

Pero lo que más me estaba matando era ver a Mateo.

El pobre parecía un perro en celo. Lo sorprendía mirándome las tetas, el culo, las piernas. Caminaba raro por la casa porque siempre tenía la verga dura. Apenas me hablaba, pero sus ojos lo decían todo. Estaba sufriendo. Mi propio hijo estaba sufriendo por no poder tocarme.

Esa noche, el sábado ya estaba cerca, pero todavía faltaban casi 24 horas para que tu abuelo nos diera permiso.

No lo soporté más.

Diego ya estaba profundamente dormido. La casa estaba en silencio. Bajé a la sala y ahí estaba Mateo, sentado en el sofá con la luz tenue del televisor. Tenía el short abultado. Otra vez.

Me quedé mirándolo desde la entrada de la sala un buen rato. Mi corazón latía con fuerza. Sabía que estaba desobedeciendo directamente una orden de tu abuelo. Pero ver a mi hijo así… tan desesperado, tan cachondo por mí… algo se me rompió por dentro.

Caminé hacia él lentamente. Cuando me vio, se puso rígido.

—Mamá… —susurró.

Me senté a su lado en el sofá. Muy cerca. Tanto que mi muslo tocaba el suyo. Llevaba una bata corta de seda, sin nada debajo. Mis tetitas ya estaban empezando a gotear leche otra vez.

—Te he estado viendo estos días, mijo —le dije en voz muy baja, casi un susurro—. Te he visto sufrir. Te he visto mirándome como si te estuvieras muriendo de ganas.

Mateo tragó saliva y bajó la mirada, avergonzado.

—No puedo evitarlo, mamá… Desde que te cogí esa noche no pienso en otra cosa.

Lo miré fijamente. Mi pobre hijo. Mi niño. Y al mismo tiempo… mi amante prohibido.

—Tu abuelo me prohibió que me cogieras hasta mañana —continué, mordiéndome el labio—. Y tengo mucho miedo de desobedecerlo. Pero…

Deslicé mi mano lentamente por su muslo hasta llegar al bulto enorme que tenía entre las piernas. Lo apreté por encima del short. Mateo soltó un gemido ahogado.

—…puedo hacer otra cosa —susurré, acercando mi boca a su oído—. Será nuestro secreto, Mateo. Solo entre tú y yo. Tu abuelo no tiene por qué enterarse. ¿Quieres que tu mamá te masturbe, mi amor?

Mateo asintió rápidamente, con los ojos muy abiertos y la respiración agitada.

—Sí, mamá… por favor…

Me temblaban las manos mientras le bajaba el short. Su verga saltó libre, gruesa, venosa y completamente dura. La cabeza estaba morada y brillaba de tanto precum. Era la verga de mi propio hijo y se veía deliciosa.

La envolví con mi mano pequeña. Estaba caliente, palpitando. Empecé a masturbarlo despacio, de arriba hacia abajo, apretando justo como me imaginaba que le gustaba.

—Qué verga tan rica tienes, mijo… —gemí bajito, sin dejar de mover mi mano—. Está tan dura por tu mamá… Tan hinchada…

Mateo echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ronco. Yo aceleré el movimiento, masturbándolo con más fuerza mientras con la otra mano le agarraba las bolas.

—Mírame, Mateo —le ordené suavemente—. Mira a tu mamá mientras te jala la verga.

Él obedeció. Sus ojos estaban vidriosos de placer. Yo abrí un poco mi bata, dejando que mis tetitas pequeñas y llenas de leche quedaran expuestas. Un hilo de leche blanca caía de uno de mis pezones.

—¿Te gusta ver las tetas de tu mamá mientras te masturbo? —le pregunté con voz viciosa.

—Sí… mamá… me encanta —jadeó.

Empecé a mover la mano más rápido. El sonido húmedo de su verga siendo masturbada llenaba la sala. Mateo empezó a mover las caderas, follándose mi puño.

—Esto es solo nuestro secreto, ¿entiendes? —le susurré al oído mientras le jalaba la verga con fuerza—. Cuando tu abuelo no esté… mamá te puede masturbar. Te puedo dejar que me toques las tetas… que me chupes la leche… pero no podemos cogernos hasta que él nos dé permiso. ¿Está claro?

—Sí, mamá… —gimió, ya casi sin control—. Es nuestro secreto… Solo nuestro…

Sentí cómo su verga se hinchaba todavía más en mi mano. Estaba a punto.

—Quiero que te corras, mijo —le dije, acelerando el movimiento—. Quiero que le eches toda tu leche a las tetas de tu mamá. Vamos… córrete para mí.

Mateo soltó un gruñido ahogado y explotó.

Chorros gruesos y calientes de semen salieron disparados, cayendo sobre mis tetitas, mis pezones y mi cuello. Me corrí solo de sentir cómo mi hijo me estaba bañando de leche, sin que él me tocara el coño.

Cuando terminó, tenía el pecho y las tetas completamente cubiertas de semen espeso.

Me quedé mirándolo, jadeando, con su verga todavía palpitando en mi mano.

—Esto nunca se lo vamos a contar a tu abuelo —le dije con seriedad, aunque mi voz estaba cargada de placer—. Será nuestro secreto, Mateo. Madre e hijo.

Él solo asintió, todavía recuperándose del orgasmo más intenso de su vida.

Yo miré el semen de mi propio hijo escurriéndose entre mis tetas y sentí una mezcla terrible de culpa… y una excitación más grande que nunca.

Sabía que estaba desobedeciendo a Griseo.

Pero por primera vez en mucho tiempo… me sentí dueña de algo.

Aunque fuera solo de este pequeño y sucio secreto.

CAPÍTULO 14: LA PRUEBA

POV GRISEO

El video llegó el sábado por la noche, tal como lo había ordenado.

Estaba sentado en mi sillón favorito, con un vaso de whisky en la mano y la casa en silencio. Laura ya se había dormido. Abrí el mensaje de Mateo y reproduje el video.

La calidad era buena.

Se veía claramente a Mar arrodillada en la sala de su casa, completamente desnuda, con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda. Mateo la tenía agarrada del cabello mientras le metía la verga con fuerza desde atrás. El sonido era nítido: los gemidos desesperados de mi hijastra, el golpe húmedo de las caderas de Mateo contra su culo, y las palabras sucias que él le decía entre jadeos.

—Eres una puta, mamá… Mi puta…

—Sí, mijo… soy tu puta… cógeme más duro…

Me masturbé viendo el video. Dos veces. Ver cómo mi nieto le partía el coño velludo a su propia madre me ponía como pocas cosas en la vida. El video duraba casi 18 minutos. Mateo se corrió dos veces adentro de ella y, tal como le ordené, enfocó de cerca cómo su semen salía a borbotones del coño abierto de Mar.

Cuando el video terminó, me quedé pensativo.

Algo no encajaba.

Mar se veía demasiado obediente. Demasiado rota. Demasiado… satisfecha. Y Mateo se veía demasiado seguro de sí mismo para ser la primera vez que la cogía después de mi prohibición. Había una familiaridad en la forma en que se tocaban, en cómo ella movía el culo buscando su verga, en cómo gemía su nombre.

Sospechaba que me habían desobedecido.

Decidí no decir nada todavía. Quería confirmar mis sospechas y, sobre todo, quería subir el nivel. Ya era momento de apretar la soga alrededor de sus cuellos. Ya no bastaba con controlarlos. Quería humillarlos hasta el fondo del alma.

Al día siguiente, domingo por la tarde, les mandé un mensaje grupal:

Griseo: Los quiero a los dos en mi casa en una hora.
Griseo: Mar, ponte la bata de seda corta que usas en casa. Sin ropa interior.
Griseo: Mateo, trae el teléfono con el que grabaste el video.
Griseo: No lleguen tarde.

Cuando llegaron, los hice esperar de pie en la sala durante diez minutos sin decirles una palabra. Mar estaba nerviosa, con las manos entrelazadas frente a ella. Mateo intentaba parecer calmado, pero se le notaba la tensión en los hombros.

Finalmente me senté en mi sillón y los miré con frialdad.

—Reproduzcan el video —ordené.

Mateo obedeció y puso el video en la televisión grande. Los gemidos de Mar llenaron la sala otra vez. Vi cómo ella bajaba la mirada, avergonzada, mientras se escuchaba a sí misma llamándole “mijo” a su propio hijo mientras se dejaba follar.

Cuando el video terminó, me quedé en silencio unos segundos más.

—Se portaron bien… aparentemente —dije con tono calmado—. Pero hay algo que no me convence. Mar, mírame.

Ella levantó la vista, asustada.

—¿Te cogió Mateo entre el martes y el viernes? —pregunté directamente.

Mar se puso pálida. Dudó medio segundo de más.

—No, Papá… —respondió, pero su voz tembló.

Sonreí con frialdad.

—Mentirosa.

Me levanté lentamente y me acerqué a ellos. Primero miré a Mateo.

—Tú también estás mintiendo, ¿verdad? Te masturbaste pensando en ella. O algo peor. ¿Crees que soy estúpido, chamaco?

Mateo no respondió.

Entonces me paré frente a Mar, le agarré la cara con una mano y la obligué a mirarme.

—Te di una orden muy clara: solo serías puta cuando yo lo permitiera. Y tú, en lugar de obedecer como la perra sumisa que se supone que eres, decidiste portarte como una madre consentidora. ¿Qué le hiciste a tu hijo, Mar? ¿Le mamaste la verga? ¿Le dejaste que te chupara las tetas? ¿O simplemente le jalaste la verga como la puta traicionera que eres?

Mar empezó a llorar en silencio. Las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Solo… solo lo masturbé, Papá… —confesó entre sollozos—. No lo cogí. Solo lo masturbé dos veces… Era un secreto entre nosotros. Por favor… no te enojes.

Sonreí. Por fin lo admitía.

Miré a Mateo, que ahora también tenía la cabeza baja.

—Los dos me han desobedecido —dije con voz peligrosa—. Y la desobediencia se paga caro.

Me senté de nuevo y crucé las piernas.

—Desde hoy el control va a ser mucho más estricto. Mar, te voy a poner reglas nuevas y las vas a seguir al pie de la letra. Cada vez que quieras tocar a tu hijo, cada vez que él quiera tocarte, cada vez que quieras correrte… me van a pedir permiso. Por escrito. Con fotos si yo lo exijo.

Miré a Mateo.

—Y tú, nieto… vas a aprender lo que es el verdadero control. El sábado vas a coger a tu mamá otra vez… pero esta vez yo voy a estar presente. Y vas a hacer exactamente lo que yo te diga. La vas a humillar. La vas a hacer llorar de vergüenza mientras la follas. Y al final, los dos van a darme las gracias por permitirles cogerse.

Me incliné hacia adelante, mirándolos con desprecio y placer.

—Ahora, los dos van a arrodillarse aquí frente a mí. Van a pedirme perdón por haber sido unos mentirosos. Y después, Mar… vas a chuparme la verga mientras le explicas a tu hijo lo puta que eres y lo mucho que te gusta desobedecerme.

Mar y Mateo se miraron por un segundo, aterrorizados.

Luego, lentamente, los dos se arrodillaron frente a mí.

El juego acababa de subir de nivel.

Y esta vez, pensaba romperlos por completo.

CAPÍTULO 15: LA RESISTENCIA

POV MATEO

No podía creer lo que estaba pasando.

Estábamos los tres en la sala de la casa de mi abuelo. Mi mamá y yo arrodillados frente a él como dos perros. Acabábamos de confesarle todo. Mi mamá estaba llorando en silencio, con la cara roja de vergüenza, mientras mi abuelo nos miraba desde su sillón como si fuéramos dos insectos.

Y entonces lo decidí.

Ya estaba harto.

Harto de que mi abuelo nos tratara como si fuéramos sus putos esclavos. Harto de que decidiera cuándo podía tocar a mi mamá, cuándo podía cogérmela, cuándo podía siquiera mirarla. Ella era mi mamá. Yo también tenía derecho.

Mientras mi mamá seguía arrodillada con la cabeza baja, me armé de valor y hablé:

—Abuelo… esto ya está pasando de lanza —dije con la voz más firme que pude—. Yo también soy parte de esto. No puedes decidir todo. Mamá y yo podemos hacer lo que queramos sin tener que pedirte permiso cada cinco minutos.

Griseo levantó una ceja lentamente. Una sonrisa peligrosa se formó en su cara.

—¿Ah sí, Mateo? —preguntó con tono burlón—. ¿Y quién chingados te crees que eres para decirme lo que puedo o no puedo decidir?

No me eché para atrás.

—Soy su hijo. Y ella también me desea. No necesitas controlarlo todo.

Mi abuelo soltó una risa baja y oscura que me heló la sangre. Luego miró a mi mamá, que seguía arrodillada a mi lado, temblando.

—Mar… ¿escuchaste a tu hijo? —le preguntó con calma—. Parece que quiere desafiarme. ¿Tú qué opinas?

Mi mamá levantó la cara lentamente. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Me miró un segundo y luego bajó la vista otra vez.

—Mateo… cállate —susurró con voz rota.

Pero yo ya no podía parar.

Me acerqué a ella todavía arrodillado y le hablé en voz baja, casi al oído, para que mi abuelo escuchara:

—Mamá… ya basta de esto. No le hagas caso. Él no es nuestro dueño. Tú misma me masturbaste dos veces. Sé que también tienes ganas. Por favor… solo mamáme la verga. Aquí y ahora. Solo una mamada. No tiene por qué enterarse de todo. Se lo podemos ocultar.

Mi mamá se tensó completamente.

Sentí cómo su cuerpo se ponía rígido junto al mío. Esperé que se quebrara como las otras veces. Esperé que la excitación pudiera más que ella.

Pero esta vez fue diferente.

Mar respiró profundo, cerró los ojos un momento y cuando los abrió, su mirada era más clara y firme de lo que la había visto en semanas.

—No, Mateo.

La forma en que lo dijo me dejó helado. No había temblor en su voz. No había duda.

—No voy a desobedecer a tu abuelo otra vez —continuó, mirándome directamente a los ojos—. Ya le mentimos una vez y mira cómo estamos. Arrodillados como perros. Humillados. No voy a volver a caer en lo mismo.

—Mamá… —intenté insistir, acercándome más—. Solo una mamada. Nadie se va a enterar. Por favor… tengo la verga a punto de reventar. Solo quiero sentir tu boca…

Mar negó con la cabeza lentamente. Por primera vez en mucho tiempo, vi algo parecido a dignidad en su mirada.

—Dije que no, Mateo. Tu abuelo tiene razón. Yo empecé todo esto. Yo fui la que se volvió puta. Pero ahora entiendo que si sigo desobedeciéndole, esto nunca va a parar y solo va a empeorar. No voy a volver a tocarte sin su permiso. Ni voy a dejar que me toques.

Miró a mi abuelo con resignación y vergüenza, pero también con una extraña aceptación.

—Papá… —le dijo directamente a Griseo—, perdóname por haberte desobedecido. No volverá a pasar. Haré lo que tú ordenes. Cuando tú ordenes. Con quien tú ordenes.

Griseo sonrió con satisfacción. Me miró a mí con desprecio puro.

—¿Ves, Mateo? Hasta tu mamá entiende mejor que tú cómo funcionan las cosas ahora. Ella ya aceptó que es mía. Tú, en cambio, sigues creyendo que tienes algún tipo de poder aquí.

Me quedé arrodillado, humillado, con la verga todavía dura y el orgullo hecho pedazos. Mi propia madre acababa de rechazarme. Y lo peor era que lo había hecho delante de mi abuelo.

Mar se inclinó hacia adelante, todavía de rodillas, y besó el zapato de Griseo en un acto de total sumisión.

—Dime qué quieres que haga, Papá —susurró contra el piso—. Lo que sea. Pero por favor… ya no me hagas elegir entre los dos.

Griseo me miró con una sonrisa triunfante y luego acarició el cabello de mi mamá como si fuera su mascota.

—Buena niña —dijo con voz suave y cruel—. Parece que por fin estás aprendiendo tu lugar.

Yo me quedé ahí, arrodillado, viendo cómo mi mamá se sometía completamente a mi abuelo.

Y por primera vez desde que todo esto empezó… sentí que había perdido a mi mamá.

No solo como mujer.

También como aliada.

CAPÍTULO 16: LEALTAD

POV GRISEO

El silencio en la sala era casi perfecto.

Mateo seguía arrodillado, rojo de humillación y rabia después de que su propia madre lo rechazara frente a mí. Mar permanecía con la frente pegada a mi zapato, temblando, acabando de declarar su completa sumisión. Era el momento ideal. Había que aplastar cualquier resto de rebeldía que quedara en el chamaco y, al mismo tiempo, sellar la lealtad absoluta de Mar.

Sonreí con frialdad.

—Levanta la cara, puta —le ordené a Mar.

Ella obedeció inmediatamente. Tenía los ojos hinchados, las mejillas mojadas de lágrimas y una expresión de absoluta rendición. Perfecto.

—Mírame —le dije—. ¿De verdad estás dispuesta a obedecerme en todo? ¿Sin importar lo que te pida?

—Sí, Papá… —respondió sin dudar, con voz temblorosa pero clara—. Haré lo que tú me ordenes.

—Bien. Entonces vas a demostrarme tu lealtad ahora mismo. Aquí. Frente a tu hijo.

Me recargué en el sillón y abrí las piernas. Saqué mi verga gruesa, que ya estaba completamente dura por el placer de verlos tan destruidos.

—Quiero que le demuestres a Mateo quién es tu verdadero dueño. Vas a gatear hasta aquí, vas a meterte mi verga hasta la garganta y me vas a mamar como la puta bien entrenada que eres. Mientras lo haces, vas a mirarlo a los ojos todo el tiempo y le vas a explicar exactamente por qué elegiste obedecerme a mí en lugar de complacer a tu propio hijo.

Mar tragó saliva con fuerza, pero no protestó. Se puso en cuatro patas y comenzó a gatear lentamente hacia mí. Su bata de seda se abrió por completo, dejando ver sus tetitas hinchadas de leche y su coño velludo todavía brillante.

Cuando llegó frente a mí, tomó mi verga con ambas manos y la miró un momento antes de levantar la vista hacia su hijo.

—Mateo… —empezó a decir con voz ronca mientras me lamía lentamente la cabeza de la verga—. Perdóname, mijo… pero tu abuelo tiene razón. Yo empecé todo esto. Yo fui la que se volvió adicta a su verga. Yo fui la que le rogó que me cogiera cuando tu papá no estaba.

Abrió la boca y se metió mi verga hasta la mitad. Chupó con fuerza, haciendo ruidos obscenos, sin dejar de mirar a Mateo a los ojos.

—Mmhh… —gimió alrededor de mi polla—. Por eso… tengo que obedecerle. Aunque eso signifique rechazarte a ti… mi propio hijo.

Empezó a mamármela con más ganas, metiéndosela cada vez más profundo, hasta que le golpeaba la garganta. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero no apartaba la mirada de Mateo ni un segundo.

—Soy… glurp… soy su puta, Mateo… —continuó hablando entre mamadas—. No tuya. No somos iguales. Tu abuelo es el que manda… y yo le pertenezco. Si él me dice que no te puedo tocar… entonces no te voy a tocar. Aunque tú estés sufriendo… aunque yo también tenga ganas…

Me agarró las bolas con una mano mientras me chupaba con devoción, babeando abundantemente sobre mi verga. El sonido de su garganta siendo follada llenaba la sala.

Me giré hacia Mateo, que miraba la escena con los puños apretados y la verga marcándose dolorosamente en su pantalón.

—¿Ves esto, chamaco? —le dije con tono burlón mientras le agarraba el cabello a su madre y empezaba a follarle la boca con más fuerza—. Esta es la diferencia entre tú y yo. Tú le pides. Yo le ordeno. Tú la deseas. Yo la poseo.

Mar soltó un gemido ahogado cuando le metí la verga hasta el fondo y se la dejé ahí varios segundos, cortándole la respiración. Cuando la saqué, ella jadeó buscando aire, con hilos de saliva colgando de su boca.

—Díselo más claro, puta —le ordené, dándole una cachetada suave en la cara con mi verga mojada—. Dile a tu hijo por qué nunca vas a volver a desobedecerme.

Mar respiraba con dificultad. Tenía la barbilla llena de saliva y los ojos rojos. Miró directamente a Mateo y habló con la voz quebrada pero firme:

—Porque prefiero ser la puta obediente de tu abuelo… que una madre que traiciona a su dueño. Prefiero rechazarte y sufrir… a volver a desobedecerlo. Lo siento, mijo… pero a partir de ahora, solo voy a abrir las piernas o la boca cuando tu abuelo lo ordene. Ni un segundo antes.

Sonreí con profunda satisfacción y le metí la verga hasta el fondo de la garganta otra vez, follándole la boca con brutalidad mientras miraba a mi nieto.

—Esto es el nuevo orden, Mateo —le dije sin dejar de usar la boca de su madre—. Aprende a aceptarlo. O vas a sufrir mucho más.

Mar seguía mamándome con devoción total, mirándome a mí con adoración y a su hijo con culpa.

Y yo… yo nunca me había sentido tan poderoso.

CAPÍTULO 17: LA RENDICIÓN

POV MATEO

Lo entendí todo en ese preciso momento.

Mientras veía a mi mamá arrodillada entre las piernas de mi abuelo, chupándole la verga con devoción absoluta, babeando, llorando y gimiendo alrededor de esa polla gruesa… comprendí que no había otra forma.

Si quería seguir cogiéndome a mi mamá, si quería volver a sentir ese coño velludo apretándome la verga, si quería seguir teniendo aunque sea una parte de ella… tenía que someterme.

Completamente.

No había rebelión posible. Mi abuelo tenía todo el poder. Tenía los videos. Tenía el control sobre mi mamá. Y ella… ella ya había elegido. Lo había dejado más que claro mientras le mamaba la verga mirándome a los ojos.

Tragué saliva con dificultad. Tenía la verga tan dura que me dolía. Mi orgullo estaba hecho pedazos, pero el deseo era más fuerte.

Me incliné hacia adelante, todavía de rodillas, y hablé con la cabeza baja:

—Abuelo… perdóname.

Griseo detuvo el movimiento de la cabeza de mi mamá y la mantuvo con la verga metida hasta la mitad de la garganta. Me miró con una ceja levantada, esperando.

—Perdóname por haberte desafiado —continué, con la voz ronca de vergüenza—. Tenías razón. Tú eres quien manda. Tú decides. Yo… yo solo quiero poder seguir cogiendo a mi mamá. Haré lo que tú digas. Te voy a obedecer. Por favor… dame permiso.

Se hizo un largo silencio.

Mi mamá seguía con la verga de mi abuelo en la boca, mirándome de reojo con los ojos llenos de lágrimas. No se atrevía a sacarla.

Finalmente, Griseo soltó una risa baja, casi compasiva.

—Miren nada más… —dijo con tono burlón pero más suave—. Al final el chamaco sí sabe cuál es su lugar.

Me miró durante varios segundos, como evaluándome. Luego suspiró.

—Está bien, Mateo. Me das lástima. Voy a ser misericordioso esta vez.

Sentí un alivio inmenso recorriéndome el cuerpo.

—Gracias, abuelo… —murmuré.

Griseo agarró a mi mamá del cabello con más fuerza y empezó a moverle la cabeza lentamente, follándole la boca con calma mientras hablaba:

—Mar, no saques mi verga de tu boca. Solo vas a escuchar. Tu hijo acaba de pedirme perdón como se debe. Y yo he decidido darle una oportunidad.

Miró directamente a mi mamá, que seguía mamando con los ojos muy abiertos.

—Mateo —continuó mi abuelo—, te voy a dar permiso para que te cojas a tu mamá. Pero solo por atrás. Vas a cogértela por el culo mientras ella me sigue mamando la verga. Quiero que la partas bien duro. Quiero escuchar cómo gime con mi verga en la garganta. ¿Entendido?

—Sí, abuelo… —respondí inmediatamente, con el corazón latiéndome a mil.

—Entonces quítate la ropa y ponte detrás de tu madre. Ahora.

Me levanté tan rápido que casi me caigo. Me quité la playera, el short y los boxers en segundos. Mi verga estaba completamente tiesa, goteando precum. Me coloqué detrás de mi mamá, que seguía en cuatro patas mamándole la verga a mi abuelo.

Le subí la bata hasta la cintura. Su culo redondo y moreno quedó completamente expuesto. Su coño velludo estaba chorreando, pero yo tenía órdenes claras. Escupí en mi mano, froté saliva en mi verga y luego escupí directamente sobre su ano.

Mar soltó un gemido ahogado alrededor de la verga de mi abuelo cuando sintió la cabeza de mi polla presionando contra su culo.

—Despacio al principio —ordenó mi abuelo, sin dejar de mover la cabeza de mi mamá sobre su verga—. Pero cuando esté adentro, quiero que la folles como se merece. Recuérdale que ya no decide nada.

Empujé.

El ano de mi mamá cedió lentamente y mi verga se fue metiendo centímetro a centímetro en su culo apretado. Mar soltó un gemido largo y ahogado, vibrando alrededor de la verga de mi abuelo.

—Joder, mamá… estás tan apretada… —gruñí cuando logré meterla hasta el fondo.

Empecé a moverme. Primero lento, luego cada vez más fuerte. Pronto estaba cogiéndome el culo de mi mamá con embestidas profundas mientras ella seguía mamándole la verga a mi abuelo como una puta desesperada.

Griseo me miró con satisfacción, acariciando el cabello de mi mamá como si fuera su mascota.

—Así se hace, Mateo —dijo con voz ronca—. Esto es lo que tenías que entender. Si quieres cogerte a tu mamá… tienes que pedírmelo. Tienes que humillarte. Y tienes que aceptar que yo siempre estaré por encima de ti.

Mi mamá gemía como loca, ahogada por la verga de mi abuelo, mientras yo le partía el culo sin piedad.

Y aunque me había humillado… aunque había tenido que suplicar…

En ese momento solo podía pensar en una cosa:

Valió completamente la pena.

CAPÍTULO 18: LA LLENADA

POV MATEO

Estaba completamente perdido.

Tenía mis manos clavadas en las caderas de mi mamá mientras le metía la verga hasta el fondo del culo. Cada embestida era más fuerte que la anterior. Su ano apretado me estrangulaba la polla de una forma brutal. El sonido de mis huevos golpeando contra su coño velludo mojado llenaba toda la sala junto con los gemidos ahogados de mi mamá, que seguía con la verga gruesa de mi abuelo metida hasta la garganta.

—Más duro, Mateo —ordenó mi abuelo sin dejar de follarle la boca—. Quiero que le partas el culo a tu mamá. Que sienta que su propio hijo la está rompiendo.

Obedecí como un animal.

Aceleré el ritmo, cogiéndome el culo de mi mamá con toda mi fuerza. Sus nalgas rebotaban contra mi pelvis con cada embestida. Ella temblaba entera, babeando abundantemente sobre la verga de mi abuelo.

No aguanté mucho más.

—Abuelo… voy a correrme… —avisé con la voz entrecortada.

—Adentro —gruñó él—. Llénalle el culo a tu madre. Hasta el fondo.

Empujé una última vez lo más profundo que pude y me corrí con un gemido ronco.

Mi verga palpitó violentamente dentro del ano de mi mamá, soltando chorros espesos y calientes de semen directamente en sus entrañas. Me corrí tanto que sentí que me vaciaba por completo. Seguí moviéndome lentamente mientras terminaba de descargar, sintiendo cómo mi leche espesa le llenaba el culo.

Cuando por fin saqué mi verga, un hilo grueso de semen blanco salió inmediatamente de su ano abierto, chorreando por su coño velludo y cayendo al piso.

Estaba jadeando, con las piernas temblando, cuando vi lo que pasaba frente a mí.

Mi abuelo agarró a mi mamá con ambas manos de la cabeza y empezó a follarle la boca con brutalidad. Su verga gruesa entraba y salía completamente cubierta de saliva. Mi mamá tenía los ojos llorosos, la cara roja y babeaba como una perra.

—Trágatela toda, puta —gruñó mi abuelo—. Quiero que te corras mientras te lleno la boca.

Y entonces pasó.

Mi mamá empezó a temblar violentamente. Su cuerpo entero se convulsionó. Aunque tenía la boca completamente llena con la verga de mi abuelo, soltó un gemido largo y ahogado que vibró alrededor de su polla. Su coño velludo se contrajo visiblemente y un chorro de jugos le salió disparado, salpicando el piso debajo de ella.

Estaba teniendo un orgasmo brutal solo con la verga de mi abuelo en la boca y mi semen chorreándole del culo.

Griseo empujó hasta el fondo y se corrió con un gruñido animal.

Vi claramente cómo su verga palpitaba entre los labios de mi mamá mientras le descargaba directamente en la garganta. Chorros y chorros de semen espeso. Mi mamá tragaba desesperadamente, pero era demasiado. Parte de la leche de mi abuelo se le escapó por las comisuras de la boca y le cayó por la barbilla, mezclándose con su saliva.

Cuando mi abuelo por fin sacó su verga, mi mamá tosió y jadeó buscando aire. Tenía la boca abierta, la lengua afuera y estaba llena de semen. Hilos blancos le colgaban de los labios y la barbilla. Sus ojos estaban perdidos, vidriosos por el orgasmo tan intenso que acababa de tener.

Se quedó ahí, de rodillas, temblando, con mi semen chorreándole del culo y la boca llena de la leche de su padrastro.

Mi abuelo la miró con satisfacción y le acarició el cabello como a una mascota.

—Buena puta —le dijo con voz ronca—. ¿Ves, Mateo? Esto es lo que pasa cuando obedeces. Tu mamá se corre como una perra solo con tener dos vergas de su familia dentro de ella.

Yo me quedé parado ahí, con la verga todavía semi-dura, viendo a mi mamá completamente destruida, humillada y satisfecha al mismo tiempo.

Y aunque acababa de correrme en su culo… aunque acababa de ver cómo mi abuelo le llenaba la boca…

Solo podía pensar en una cosa:

Quería más.

Quería que esto nunca terminara.

 



   
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