La conversación
Benigno, apodado El Cortizo, había sido un hombre pulcro y de trato afable, y digo, había sido, porque su esposa lo dejara por un hombre de ciudad, rico, bajo y gordinflón, todo lo contrario de lo que era él, pues era pobre, muy alto y muy fuerte, aunque ahora parecía un vagabundo con su barba larga y descuidada y oliendo a sudor y a otras cosas peores.
El Cortizo tenía una carpintería en el bajo de su casa, carpintería que no atendía porque no podía, y no podía porque en poco más de un mes que lo había dejado la mujer ya se había chupado nueve arrobas de vino blanco de su bodega. Su estado era lamentable, el estado en que está un hombre que anda borracho día y noche.
Benigno tenía una hija. Se llamaba Marina. No llegaba a los veinte años y era pelirroja, pecosa, de ojos claros, alta, mi gorda ni flaca, su cabello le llegaba a la cintura y lo llevaba recogido en una coleta. No es que fuera una belleza, pero tampoco era fea.
Una noche de invierno en la que caían chuzos de punta y en la que, de cuando en vez, los rayos iluminaban la noche, Benigno, en camiseta de tiras de dormir y pantalones sujetos con tirantes, estaba sentado a la mesa de la cocina enfrente de una jarra de vino. Al llevar el vaso a la boca, le dijo Marina:
-Se está matando, padre.
Se bebió el vaso de vino de una trago y luego le respondió:
-Ojalá me muriese de una puñetera vez.
Marina, que llevaba puesto un vestido marrón que le daba por encima de las rodillas, y que tenía el culo cerca de la cocina de hierro que calentaba los dos pisos de la casa de piedra, se empezaba a preocupar.
-Deje de beber y cene algo que lleva dos días sin probar bocado. ¿Le caliento el pollo asado que no quiso comer al mediodía?
-No tengo ganas de comer.
-Mejor será que cene, ya que es el último pollo que quedaba en el corral. Mañana ya no tendremos que llevar a la boca más que chorizos, tocino, pan y jamón.
-Hay dinero dentro de una lata enterrado en la huerta.
-Si sabía de él, mamá...
-No, la muy puta no lo sabía.
-¿Puta? Sí, pero si no se hubiera dejado tratar como si fuera una mierda clavada en un palo, seguro que no se hubiera ido con aquel proyecto de hombre.
Benigno se echó otro vaso de vino.
-No, si la culpa aún va a ser mía por ser bueno con ella.
-Sabe que la culpa es suya, lo sabe, por eso bebe. Sabe que a una mujer no se le puede aguantar todo y lo del pajar con el cartero fue muy fuerte
-¿Y qué querías que hiciera?
-Meterle una somanta de ostias a él, otra a ella y después ponerla de patitas en la calle.
Benigno se mandó el vino de un trago.
-No soy un hombre violento, y no hurgues más en la herida.
Marina fue a su lado, le acarició el cabello y le dio un beso en la mejilla.
-Ella se fue, pero yo sigo aquí, papá.
-Lo sé, hija, lo sé.
Le dio un pico en los labios.
-No, no lo sabe.
Benigno se puso en pie, y con cara seria le dijo:
-¡No vuelvas a insinuar lo que has insinuado!
-Vale, no lo insinuaré, se lo diré. Mi novio está en Melilla haciendo la mili y me siento sola. Usted también estás solo. Podíamos pasarlo bien juntos.
Benigno no conocía a su hija.
-¡¿Qué?!
-Que yo se la podía chupar, y usted me lo podías comer...
Benigno estaba escandalizado.
-¿Y qué más, descarada?
-Follar, no, que podrá quedar preñada, pero nos podíamos masturbar juntos y hacer más cosas.
Benigno estaba realmente sorprendido.
-Le estás hablando a tu padre como si fueras una ramera, a tu padre.
-No hace falta que repita lo de padre, y no diga ramera, diga puta que ramera está muy anticuado.
-¡Tira para cama antes de que te reviente...!
Marina no le tenía miedo y no lo dejó acabar.
-¿A besos?
Se acercó a él.
-Aléjate de mí.
Marina le rodeó el cuello con los brazos y le dio otro pico.
-Lo pasaríamos de vicio, eso, si, antes tiene que bañarse y cenar.
-Lo que voy es a llevarte a la cama a la fuerza.
Lo tuteó por primera vez en su vida.
-¿Y cómo lo harías, agonías?
La cogió por la cintura y se la echó al hombro.
-Por mis santos cojones que te vas para cama.
Sobre su hombro, le dijo:
-¡Hueles como un carnero y te portas como un hombre de cromañón!
Subió con ella las escaleras, la llevó a su habitación y la zapateó encima de la cama.
-Y no vuelvas a bajar o te arrepentirás.
-Haré lo que me dé la gana.
Marina estaba acabando con la paciencia de su padre.
-¡O te callas o te pongo el culo como una campo de tomates maduros!
No lo creyó.
-No tienes bemoles a pegarme, no los has tenido con mi madre, como para tenerlos conmigo.
A Benigno le cansaban los ruidos, así que se dio la vuelta para irse.
-Mejor será que me vaya.
-Sí, vete, vete a beber, borracho.
Benigno miró para su hija con cara de pocos amigos.
-Te las está pidiendo el cuerpo a gritos.
Marina siguió a lo suyo.
-No asustas ni a las gallinas.
Benigno se tiró en plancha sobre la cama para agarrarla. La cama, con el peso de Benigno, hizo: "¡Crashhhh!" Se rompieron las cuatro patas y el somier quedó a ras del piso. Marina dijo:
-¡Era poca la miseria y se jodió la cama!
La agarró en una brazada, luego se sentó, la puso en sus rodillas, agarró una de las zapatillas de su hija, le levantó el vestido, le bajó las bragas blancas hasta las rodillas y le dio con ganas.
-¡¡Plassss, plassss, plassss, plassss...!!
-A ver si así aprendes a callar la boca.
Benigno tiró con la zapatilla y luego la volvió a zapatear en lo que quedaba de cama, Marina se puso boca arriba y le dijo:
-Había un cabrón escondido dentro de ti. No me extraña que huelas a carnero.
Benigno vio el coño peludo de su hija y no le gustó el pensamiento que le vino a la cabeza.
-¡Tápate, desvergozada!
-No fui yo quien se bajó las bragas, Cortizo.
-¡¿Quieres llevar otra vez?!
A Marina le habían dolido los zapatillazos, pero también le había gustado.
-Si, me gustó que me dieras.
-¡De mí no te burlas tú!
La puso boca abajo, le volvió a levantar el vestido, y le dio dos veces en cada nalga con sus enormes manos.
-¡¡Plassss, plasssss, plassss, plassss!!
A Marina aún le dolió más que antes, pero le siguió gustando.
-Dame un poquito más.
Benigno perdió la compostura, más que nada porque le estaba gustando azotar a su hija y no se podía permitir que se le pusiera la polla dura.
-¡Me cago en tu puta madre!
Una voz iba a interrumpir la conversación.
-¡¿Hay alguien en casa?!
Era la puta madre que había vuelto a casa.
Benigno bajó las escaleras en calzoncillos. Vio a su mujer al pie de las escaleras con una maleta a su lado y oyó como le decía:
-Hola, Benigno.
Manuela se iba a encontrar con un Benigno cabreado consigo mismo.
-¡¿Qué haces aquí, puta?!
Manuela tenía más que decir que Benigno.
-No insulta quien quiere, si no quien puede.
Benigno acabó de bajar las escaleras y encarando a Manuela, le dijo:
-¿Te pregunté qué haces aquí?
-Me cansé de Felipe y vuelvo a mi casa.
-Se cansó el de ti...
Ni lo dejó hablar.
-Coge mi maleta y llévala a la habitación de los invitados.
Lo había dicho como quien dice que es de noche. Benigno le puso las cosas claras.
-Pilla el camino que no quiero verte delante.
La zorra seguía con sus aires de superioridad.
-¡¿Cómo te atreves a hablarme así?!
-Si no pillas la puerta, dejo de hablar y comienzo a obrar.
-Esta casa es tan tuya cono mía, estamos casados.
-Voy a contar hasta diez, si antes de llegar al diez no me has dado las llaves de la puerta y no te has ido de mi casa comienzo a molerte a ostias.
Manuela se puso chula.
-No te voy a dar nada, ni me voy a ir. No me asustas.
-Uno.
-No te atreverás a ponerme la mano encima.
Benigno cerró los puños y contó a prisa.
-Dos, tres, cuatro, cinco, seis...
Manuela se asustó, agarró la maleta con la mano derecha, tiró la llave de la puerta al piso y echó a correr hacia la salida.
El baño
Al irse su mujer se fue al baño, cogió la navaja de afeitar, la brocha y el jabón y se puso a afeitarse, Marina, en bragas blancas y sujetador negro, llegó al baño.
-¿Puedo entrar para orinar?
-Ya estás dentro.
Marina se sentó en la taza y Benigno sintió el ruido de su meo caer en el agua del fondo de la taza.
-Corriste a mamá. Nunca pensé que pudieras hacerle frente. Suerte tiene que puede ir a la casa de su madre, que si no...
-Por mí como si duerme debajo de un puente.
-Merecer, se lo merecería. ¿Te vas a asear?
-Sí, me voy a bañar.
-¿Quieres que te lave yo?
-Sé lavarme yo solito.
Le echó la mano a la polla. Benigno se puso nervioso.
-Quita la mamo de ahí que...
No se la quitó.
-Ya sé que eres mi padre, no hace falta que me lo digas.
-Lo que te quería decir es que me voy cortar.
-Te meteré mano despacito.
-Me voy a cortar igual... ¡Lo sabia!
¿Qué sabías?
-Que me iba a cortar.
Benigno cogió en un mueblecito de la pared la barrita que cortaba las hemorragias, lo puso sobre el corte y dejó de sangrar. Marina cerró los grifos del baño.
-Listo.
Benigno había acabado de afeitarse. Marina lo miró y le dijo:
-Pareces otro hombre, aunque los pies y las axilas te siguen cantando.
La bañera estaba algo más que mediada. Marina tocó el agua con los dedos.
-El agua está en su punto. Desnúdate y métete que te voy a lavar.
Benigno ya tiró la toalla.
-Tú jamás aceptarás un no por respuesta.
-No.
Marina se quitó el sujetador y las bragas y su padre vio unas tetas aperadas, con areolas rosadas y gruesos pezones y un coño con una tremenda mata de vello pelirrojo.
-¿Te gusta lo que ves?
Desnudándose, le dijo:
-No voy a responder a tu pregunta.
Una vez dentro de la bañera, Marina, agarró la esponja y comenzó a lavarle el pecho peludo, un pecho de lobo, luego le lavó el cuello, la espalda y acto seguido las axilas. Después le sumergió la cabeza en el agua y al sacarla le echó en ella champú y se la frotó para quitarle la costra, luego le volvió a sumergir la cabeza para quitarle la espuma, y al final le lavó los pies. Al acabar de lavarlo le dijo:
-Ahora sal de la bañera, sécate y vete que me voy a afeitar los pelos del chocho y los de las axilas.
Marina vació el agua de la bañera, cogió una maquinilla de afeitar y la brocha y el jabón de su padre, se sentó en el borde de la bañera y comenzó a enjabonar las axilas. Benigno, lavándose los dientes, le dijo:
-Había oído que las putas se afeitaban el coño, pero no sabía que las mujeres honradas también lo afeitaban.
-Yo no soy honrada, papá, me voy a afeitar el coño para que me lo comas sin que los pelos entorpezcan tu labor.
-No lo des por sentado.
-Déjate de tonterías. Me lo vas a comer. Si te has bañado es para eso, y yo te la voy a mamar, pero antes vete a comer el pollo para agarrar fuerzas, y bebe poco, no vaya a ser que no se te levante.
Benigno, en pelotas, ofreció su última resistencia.
-Beber, voy a beber lo que me dé la gana, y comer ya veremos que como.
Dicen que el comer y el rascar todo es empezar, y debe ser cierto, ya que Benigno empezó a comer el pollo frío y acabo con él. Luego se lavó las manos y los labios en el grifo de la cocina y después fue a la sala. Allí estaba su hija recostada en un tresillo de cuero de color negro, con las manos en la nuca y las piernas abiertas. Tenía una bella sonrisa en los labios con la que mostraba sus blancos dientes. Le dijo:
-Te estaba esperando, ven.
Benigno vio sus bellas tetas y su coño rasurado, un coño gordo con una gran raja y coronado por un generoso clítoris. Fue junto a su hija, que le echó los brazos al cuello y lo besó con lengua, luego se arrodilló delante de ella y ya fue al tema.
-¿Cómo te gusta que te coman te coño?
Marina, con una amplia sonrisa en los labios. le respondió:
-Sorpréndeme, papá.
Benigno, mirándola a los ojos le lamió el clítoris de abajo arriba usando la mitad de la lengua. A Marina se les subieron las pupilas con la primera lamida. Benigno vio el blanco de sus ojos y la polla se le empezó a poner dura. Siguió lamiendo de abajo a arriba. Lamía despacito y presionando la mitad de la lenga contra el clítoris. Marina cerró los ojos y se dispuso a disfrutar de cada lamida. Benigno la miraba y veía como mordía el labio inferior, cómo de cuando en vez abría los ojos... Pasado un tiempo sintió como el ritmo de la respiración de su hija se fue acelerando y al final, cuando ya se iba a correr, vio como movía la pelvis de abajo a arriba. Dejó la lengua quieta para que se corriera como quisiera, pero lo iba a sorprender, pues cuando ya era inminente el orgasmo, dejó de mover la pelvis y le dijo:
-No lamas, deja que se me vaya.
Benigno no entendía nada.
-¿Es qué no quieres correrte?
-Sí, pero al final del polvo.
-¿Y eso?
-Eso es porque luego de dejarla ir muchas veces, me corro cómo una fuerza brutal. Ven y juega con mis tetas.
Agarrando las tetas con sus dos manoplas y apretándolas, le preguntó:
-¿Dejarla ir muchas es lo que haces con tu novio?
-No, eso es lo que hago cuando me masturbo.
Le chupó las areolas rosadas y le lamió los gordos pezones. Al rato, le dijo Marina:
-Ahora métemela.
Había cambiado de opinión respecto a follar.
-Sabes que eso es muy peligroso.
-Si no te corres dentro, no.
-Eso es cierto.
La agarró por la cintura, la levantó y se la clavó hasta las trancas. A Marina le iba el sexo duro.
-¡Dame a romper!
Le dio duro y cómo ya estaba muy cachonda, no tardó en decirle:
-¡Para, para que me corro!
-Córrete, yo aún no me voy a correr.
-No, no, aún no, sácala.
Dejó de follarla y se la sacó. Marina, aún respirando con dificultad, se puso en pie y le dijo:
-Siéntate.
Benigno se sentó en el tresillo. Marina se arrodilló delante de él, le agarró la polla y se la mamó.
-¡Me encanta el sabor de mi coño!
Se la mamó bien mamada y se la meneó bien meneada. Lo puso perro, y se puso perra ella. Cuando ya no pudo aguantar más, se sentó a su lado, se abrió de piernas, le echó una por encima de las rodillas y le dijo:
-Corrámonos.
Marina acarició su coño con cuatro dedos haciendo círculos sobre el clítoris. Benigno agarró la polla y mirando como su hija se masturbaba, se masturbó él. Marina sonreía mirando para la polla de su padre y viendo como la mano bajaba y subía por ella... Cinco veces le preguntó a su padre si se iba a correr, cinco veces la respuesta fue que no, y cinco veces dejo de acariciarse para no correrse antes que él. Al rato largo, Benigno, sacudiendo la polla con violencia, le dijo:
-Ahora.
Marina vio como un chorro de leche salía de ha polla de su padre. Frotó el coño con celeridad. Sus ojos se cerraron, y apretando los párpados, gritó:
-¡¡¡Arrrrrrrrrrg!!!
Se corrió con una fuerza brutal, convulsionándose, llorando y gimiendo.
La primera vez que se hace algo nuevo en el sexo suele gustar
Benigno volvió a abrir la carpintería. Volvió a la rutina, aunque esa rutina la mataba la relación con su hija.
Aquella noche, luego de morrearse y de meterse mano mutuamente al lado de la cama de Benigno, Marina, se quitó las bragas, y mojadas como las tenía se las pasó por la cara a su padre, que le dijo:
-Sabes como excitarme, picarona.
Marina se metió en la cama. Benigno se quitó la camisa, los zapatos, los pantalones y los calzoncillos y luego se echó a su lado. Marina le dijo:
-Empiezo yo, papá
Se sentó poniendo sus labios vaginales sobre la polla en descanso, y frotándolos sobre ella, lo besó con lengua. Pasado un tiempo le puso el coño en la boca y Benigno se lo lamió, al tiempo que le echó las manos a las duras tetas y se las magreó.
-¿Te gusta lo que te hago, papá?
-Sí, me gusta mucho.
-¿Lo hago mejor que mi predecesora?
-Tu madre no me hacía estas cosas, se las hacía yo a ella.
Marina dejó de darle el coño, metió la polla entre las tetas y le hizo una cubana hasta que la polla se le puso dura. Luego se la agarró con su mano derecha y se la meneó. Con la mano izquierda le acarició los huevos y después se la mamó un tiempo. Al dejar de mamar le dijo:
-Te toca.
-Allá voy.
Marina se puso boca arriba, flexionó las rodillas y se abrió de piernas.
-Soy toda tuya.
Benigno dijo con algo de pena.
-Eres mía hasta que vuelva tu novio, después volveré a estar solo.
-No, solo nunca estarás. Puede que me case con Javier, y puede que me tengas que compartir con él en esta casa, pero solo nunca vas a estar, me tendrás cuando quieras, de eso puedes estar seguro.
-Para estar seguro tendrías que darme una cosa.
-¿Qué cosa?
-El culo.
Marina lo miro con extrañeza.
-¡¿Me la quieres meter en el culo?!
-Sí, la mujer que le da el culo a un hombre nunca lo va a abandonar.
-No creo que un cosa tenga que ver con la otra.
-Sabía que no te entregarías totalmente.
-Mira, papá, estoy aquí contigo para pasarlo bien, no para sufrir.
-Usando aceite no duele.
-¡¿Para que sería el aceite?!
-Para masajearte, para untar mi polla y engrasarte el agujero del culo. A un culo hay que prepararlo para que la mujer goce de principio a fin
-No te esfuerces en convencerme, papá, si quieres mi chocho, es tuyo, si quieres mis tetas, son tuyas, si quieres mis labios, son tuyos, pero el culo, no, no y no.
Benigno se resignó.
-Vale, voy a olvidarme del culo y a gozar del resto.
Marina volvió a sonreír.
-¡Ahí hablaste!
-¿Lo hacemos a mi manera o a la tuya?
-A la tuya.
Benigno, quiso divertirla para que se olvidara de lo que le acababa de decirle. Puso su boca sobre el pezón y la areola izquierda, y moviendo la cabeza a toda ostia hacia los lados hizo este ruido:
-¡Brrrrrr. brrrrrrr, brrrrrrr, brrrrrrrr...!
Con la teta temblando, a Marina le dio la risa.
-¿Qué haces?
-Soy tu caballo.
Le hizo lo mismo en la otra teta.
.¡Brrrrrrrr, brrrrrrrr, brrrrrrr, brrrrrrr...!
Con la otra teta temblando, aun se rio más.
-¡Lo que eres es un loco!
Luego se lo hizo sobre el clítoris.
-¡Brrrrrrrr, brrrrrrrrr, brrrrrrr, brrrrrrrrr...!
Con el coño temblando y sintiendo que se iba a correr, le dijo:
-¡Sigue, loco, sigue, sique, sííííí!. ¡¡Me corro, papá, me corro!!
El placer fue inmenso y se convulsionó una cosa mala.
Cuando el cuerpo de Marina volvió a su estado normal, Benigno, le abrió el coño con dos dedos y luego se lo folló con la lengua la tira veces, esto hizo que la volviera a poner al borde del orgasmo.
-Métemela ahora, papá.
No se la podía meter, pues la polla se le había bajado y estaba morcillona. Lo que hizo fue frotarle el glande entre los labios y sobre el clítoris. En segundos, Marina, sintió que se iba a correr, y se lo dijo:
-Me voy a correr otra vez, papá.
Dejó de frotarle la polla, fue a por su coño con la boca, le enterró la lengua dentro de la vagina, luego lamió de abajo a arriba y Marina se corrió de nuevo.
Esta vez le llevó más tiempo recuperarse. Cuando se recuperó, boca arriba, le dijo su padre:
-Solo por curiosidad. ¿Cómo se prepara un culo que se va a follar?
-Entre otras cosas, se lame el ojete, luego se mete y se saca la lengua de él, después vienen los dedos engrasados para ensancharlo, y para rematar se mete la polla bien engrasada y...
No lo dejó acabar la frase.
-Y se rompe el culo.
-No, una mujer después de haber sido follado su culo con la lengua y con los dedos ya desea la polla dentro de él.
-Aún me vas a decir que esa mujer se acaba corriendo.
-Acaba, y tiene un orgasmo único, en el que alguna dice que fue como si hubiera volado.
-¿Lo ha hecho alguna vez?
-No, solo hablo de oídas.
-Pero se ve que te explicaron bien como se hace.
-Si, me lo explicaron paso a paso, desde el masaje del principio a la follada final.
-¿El aceite tiene que ser de oliva o vale el de girasol?
-¿Por qué lo preguntas?
-Porque aceite de oliva no tenemos.
A buen entendedor, pocas palabras bastan. Benigno fue a la cocina y regresó con una botella de aceite de oliva virgen que dejó encima de la mesilla de noche.
-Ponte a cuatro patas.
Se puso a cuatro patas. Benigno se arrodilló detrás de su hija, le separó las nalgas con las dos manos y le lamió y folló el ojete. Marina le dijo:
-La primera vez que se hace algo nuevo en el sexo. suele gustar.
Al decir estas palaras recordó otra primera vez.
Seis meses antes
Marina había ido a despedir a su novio al puerto de Vigo. Allí se encontraron con otro muchacho que había conocido Javier al llevar su auto a arreglar al taller donde trabajaba el primero. Este muchacho, llamado Abel, tenía una novia marroquí que había ido a despedirse de él, se llamaba Amina, era alta, delgada, morena, de ojos azules y el cabello negro, largo y rizado. Vestía un caftán azul y le había caído bien a Marina.
Luego de embarcar los que iban a hacer la mili a Melilla, Marina y Amina se tomaron un café en una esquina de uno de los bares del puerto. Le decía Marina a Amina:
-... Dieciocho meses es mucho tiempo sin verlos.
-Me dijo Abel que después de jurar bandera les dan permiso.
-Mi novio no tiene dinero para venir de permiso.
-Ni el mío, pero sus padres lo tienen.
-No había caído en eso. Aun así va a ser mucho tiempo sin polla.
Amina la miró con cara de asombro.
-¡¿Tu novio y tú tenéis relaciones íntimas?!
-Claro. ¿Es que vosotros no las tenéis?
-¡No! Una mujer debe llegar virgen al matrimonio.
-¿Eso quiere decir que no te metes el dedo?
-No debíamos estar hablado de estas cosas.
-Son cosas de mujeres, no tiene nada de malo. ¿Te lo metes o no?
-Yo no meto el dedo ni en la nariz, porque es de mala educación, pero eso no quiere decir que no sepa lo que es la masturbación.
-¿Solo te tocas el clítoris y las tetas para darte placer?
-¡No! Yo no me toco.
-¿Y cuándo te pica qué haces?
-Despisto las ganas haciendo alguna tarea.
-¡¿Pero tú cuántos años tienes, Amina?!
-Diecinueve.
-¡¿Tienes los mismos años que yo y aún no has tenido un orgasmo?!
-No, y no creo que el placer que dicen que produce un orgasmo sea para tanto, las mujeres tendemos a exagerar.
Marina le entró a Amina.
-En mi vida había sentido atracción sexual por una mujer, y de repente me atraes tú. Eres tan guapa...
Amina se puso colorada.
-No digas eso que me abochornas.
-¿Quieres saber que se siente al tener un orgasmo?
Amina ya estaba muy nerviosa.
-¡No!
-Seguirías siendo virgen después de tenerlo.
-No me sigas hablando de ese tema.
Marina no quería dejar respirar a su presa.
-¿Vamos al aseo de señoras?
Amina se estaba escandalizando, pero algo no la dejaba levantarse, quizá fuera su coño que se estaba mojando.
-No voy a ir contigo a ninguna parte.
-Nadie lo sabría. Sería solo una vez.
-No insistas.
-Tú y yo no nos vamos a volver a ver...
-Ya de dije que no voy a ir contigo a ninguna parte.
Marina se acabó el café.
-Te me has metido tan dentro que te voy a gozar, aunque sea con el pensamiento.
-¡¿Qué dices?!
-Que me voy al aseo y me masturbaré pensando en ti. Puedes quedarte aquí y pedir otro café, irte, o venir detrás de mí.
Marina le preguntó al camarero donde estaba el aseo y después de decírselo se fue hacia él.
Estaba Marina en uno de los excusados dándose dedo con la puerta cerrada, cuando oyó una voz que le decía:
-Abre.
Reconoció la voz de Amina y abrió la puerta del excusado con las bragas en los tobillos. Amina entró. Marina le puso el seguro a la puerta y acto seguido le comió la boca. Luego le quitó el caftán, le subió las copas del sujetador y vio sus tetas, unas tetas pequeñas y puntiagudas, con pequeñas areolas oscuras y pequeños pezones. Se las devoró. Mientras se las devoraba, Amina, mordió el canto de una mano para que no se sintieran sus gemidos. Luego le bajó las bragas mojadas y vio su coño rodeado por una mata de vello negro y rizado. En cuclillas, le abrió el coño con dos dedos de la mano derecha. Comprobó que era virgen al ver el orificio de entrada de su vagina, ya que tenía el tamaño del culo de una aguja. Luego le pasó la lengua por el coño y después le lamió el clítoris. No es que supiera comer un coño, que no sabía, pero a Amina era la primera vez que le lamían el coño y en un minuto, más o menos, se corrió en su boca. Las temblorosas piernas le comenzaron a flaquear y acabó de correrse sentada en la taza del váter.
Marina, sin darle tiempo a recuperarse, le levantó el mentón y le puso el coño en la boca. Frotó el clítoris con tres dedos y al ratito se corrió en su boca.
Al acabar, Amina, se puso el caftán y Marina compuso sus ropas, luego volvieron a la mesa y pidieron otros dos cafés. Mientras esperaban, Marina, le preguntó:
-¿Era para tanto lo del orgasmo?
-Era para más, ahora no podré vencer la tentación y tendré que masturbarme.
-Bienvenida al mundo de las pajilleras.
Amina quería correrse otra vez.
-¿Volvemos al aseo?
-No, que pueden desconfiar y acabaríamos presas.
-Tienes razón. ¿Me das tu dirección?
Se dieron sus direcciones y se escribieron un tiempo, pero no se volvieron a ver.
La primera vez que se hace algo nuevo en el sexo suele gustar 2
Benigno le echó a su hija aceite en las nalgas y en la espalda y le masajeó las nalgas, la espalda, las costillas, el cuello y los hombros, luego bajó masajeando sus piernas, llegó abajo, masajeó sus pies y volvió a subir... Le frotó el ojete con la yema de su dedo medio, dedo medio que luego entró dentro del culo con una facilidad pasmosa. Una vez dentro comenzó a follarle el culo.
-Me gusta mucho. Hazme correr así.
Le metió dos dedos de la otra mano dentro de la vagina y comenzó un frenético mete y saca en los dos agujeros que acabó cuando Marina explotó.
-¡Me corro, papá, me corro!
Su culo se movió como un flan mientras se corría.
Al acabar de gozar echó más aceite en su espalda y luego de masajear su espalda y su cuello, sus hombros y sus costillas, masajeó sus tetas y su vientre. Marina ya estaba perra de nuevo.
-Métemela en el chocho y magrea mis tetas.
Se la enterró en el coño y le dio sin conocimiento, al tiempo que magreaba sus tetas y estrujaba sus pezones. Marina, a punto de correrse, le dijo:
-Métemela ahora en el culo.
-Aún no hice hueco con los dedos.
Martina estaba demasiado caliente como para esperar a que le hiciera hueco en el culo con los dedos.
-Déjate de mariconadas y métela de una vez.
Untó la polla de aceite, frotó el glande en el ojete y el agujero comenzó a abrirse y a cerrase pidiendo polla. Cuando empujó entró, apretada, pero entró hasta el fondo del coño. Marina le dijo:
-No es como te contaron, pero me gusta. Dame con suavidad.
Sin dejar de magrearle las tetas, le dio como le había dicho. Al rato Marina quería acción.
-¡Fóllame como si fuera una puta!
La cogió por la coleta, tiró hacia él, le comió a boca, le echó una manopla al cuello, se lo apretó y le folló el culo con saña... En nada, Marina, orinó sobre la cama. Le dio a romper y se corrieron juntos.
Marina, al acabar, estaba boca abajo, con la cara de lado y respirando fuerte. Benigno le preguntó:
-¿Eres de las que sienten que vuelan cuando se corren?
-No, pero algún día seré una de ellas.
Quique.
@quique que buen relato tronco que me excito un montón, incesto, anal y lésbico todo en un relato fenomenal
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