Rosa
Eran las once y algo de la noche cuando bajé al bar que hay en el bajo del edificio donde vivo. Iba a comprar una cajetilla de Winston y de paso tomarme un vino. Al entrar en el bar vi a mi hijo de espaldas sentado en un taburete. Cuando llegué su lado vi que tenía una borrachera de las gordas.
-¿Qué celebras, César?
Con la voz tomada, me respondió:
-¡Milagro, los mudos hablan!
Lo de mudo lo decía por qué hacía años que no hablaba con él por algo que nos había pasado.
-Acaba lo que estás bebiendo que te voy a llevar a casa.
-A casa voy a ir cuando me salga de los huevos.
La chica que estaba detrás de la barra, una morenaza con todo mejor que bien puesto, y que era mi sobrina, me dijo:
-Llevarlo a casa te va a tomar su tiempo, tío. ¿Te pongo lo de siempre?
-Sí, ponme un rioja y también me das una cajetilla de winston de contrabando.
-Marchando.
Volví a hablar con mi hijo.
-Así que no me vas a decir que celebras.
-Que me nombraron jefe. ¿Te jode?
-No, me alegra. ¿De qué eres jefe?
Mi hijo miró para su prima y le preguntó:
-¿De qué soy jefe, María?
-Alicia, primo, soy Alicia.
Se puso alto.
-¡A mí de primo no me toma nadie!
Alicia no le hizo caso, me dijo:
-Antes de tomarse los doce brandis me dijo que lo nombraran jefe de sección.
César se quedó mirando fijamente a su prima.
-No, jefe de la legión, no soy.
A Alicia ya la empezaba a cansar.
-¡De sección, sordo!
-Eso, eso, eso, jefe de sección.
-Es una fantástica noticia.
-¿Sabes qué sería una fantástica noticia?
-¿Cuál?
-Que María me dejase echarle un polvo.
A Alicia le dio la risa.
-Alicia, César, y Alicia no folla con hombres casados.
Seis desgraciados empezaron a reírse de mi hijo, y me mosqueé, pues todos ellos los había visto tan borrachos cómo estaba César, o más. Tenía que sacarlo del bar cómo fuera o iban a llover hostias.
-Venga, hijo, vamos para casa.
-Vale, me acabo la copa y te llevo a casa. Estas no son hora de que andes de bares, ya tienes una edad.
Uno de los desgraciados se hizo el gracioso.
-¿Quieres que te traiga su taca taca, César?
Lo miré y le dije:
-Un taca taca lo vas a necesitar tú, después de la capa de hostias que te voy a meter si vuelves a abrir la boca, a ti y a cualquiera de los presentes que se vuelva a reír de mí o de mi hijo.
De estar en una fiesta pasaron a estar en un funeral. Se habían acabado las risas. Mi hijo se levantó del taburete y tambaleándose me dijo:
-Déjamelos a mí.
Los seis que se habían estado riendo se levantaron y abandonaron el bar. César me dijo:
-Huyen como gallinas.
Huían, claro qué huían, pero porque les iba a dar la risa y no querían jaleo. Lo digo porque casi me da la risa a mí.
Mi sobrina me dijo:
-Acércate que te quiero decir una cosa al oído para que nadie la oiga.
Acerqué mi cara a la suya.
-Me gustan los hombres violentos. ¿Eres así de violento la cama?
Llevaba tiempo intentando seducirla, así que no tardé un segundo en decirle:
-En la cama mojo el churro según esté el chocolate.
-Pues vete preparando el churro que el chocolate ya está caliente.
César acabó la copa y dijo:
-Doy fe de que no se oyó nada.
Poco después pagué y nos fuimos. Trabajo me costó llevarlo al edificio dónde vivía, pues la última copa le había dado la estocada. Suerte que el edificio tenía ascensor, de lo contrario no habría manera de subirlo por las escaleras hasta el cuarto piso.
Llamé al timbre de su piso. Me abrió mi nuera en bata de casa y con su largo cabello suelto. Al ver a su marido con la cabeza agachada, colgado de uno de mis hombros y balbuceando, me miró con sus preciosos ojos azules y me preguntó:
-¡¿Qué le pasó?!
-Nada que durmiendo no le pase.
Me ayudó a llevarlo hasta la habitación de matrimonio. La dejé sola al estar al lado de la cama y me iba a ir, pero Rosa me dijo:
-No se vaya que le tengo que decir algo muy importante.
Rosa echó a su marido sobre la cama y luego lo puso a lo largo de ella. César la cogió por la cintura, la echó encima de él y balbuceando Dios sabe qué, le echó una mano a la bata y se la levantó. Vi su culo y la raja de su coño, la raja del coño de una belleza de veinte años. Después le amasó las tetas. Se le abrió la bata y se las vi, eran unas tetas medianas, casi triangulares, con areolas rosadas, picudas y redondos y con pequeños pezones. Rosa veía cómo la miraba y no decía nada. Luego César le llevó el coño a su boca y se lo lamió. Vi cómo cerraba los ojos y creí oír un pequeño gemido, después lamió entre la raja del culo y oí un gemido claramente. Yo ya estaba empalmado y cuando Rosa me miró para la entrepierna me entraron unas gana locas de sacar la polla y menearla, e iba a hacerlo, pero no lo hice porque mi hijo dejó de lamerle el culo, y dejó de hacerlo porque se había quedado dormido. Rosa salió de la cama, se anudó el cinturón de la bata y sin mirarme se fue a la sala de estar. Le eché una última mirada a mi hijo y vi que tenía el mentón y el cuello pringados de jugos. Rosa se había corrido. ¿Se estaría haciendo una paja cuando llegamos? Lo digo porque ninguna mujer se corre en tan poco tiempo y con tan poco.
Al llegar a la sala me senté en un sofá enfrente de Rosa. Saqué la cajetilla de winston y un mechero. Rosa me dijo:
-Siento que haya visto lo que vio
-No lo sientas, son cosa que pasan.
-Encienda dos cigarrillos.
Se fue a la cocina y cuando volvió trajo un cenicero, una botella de rioja y dos vasos de tubo que medió encima de la mesa camilla que separaba los sillones. Le di su cigarrillo y le pregunté:
-¿Qué era eso tan importante que me querías decir?
-Quiero que cuando vea a la madre de Cesar le diga porque lo dejé...
-Mujer, dejarlo por una borrachera...
-No es por eso, es por el sexo.
-¿Folláis poco ?
-Follamos mucho, pero es bisexual y tengo miedo a coger algo, por eso lo voy a dejar.
-¿Quién te dijo que también le gustan los hombres?
-Dos amigas que tenemos en común.
-¿Te has parado a pensar que puede que lo quieran para ellas?
-Lo pensé, pero si de cada diez veces que lo hacemos, nueve me la mete en el culo, por algo será.
Nueve veces de cada diez eran muchas veces.
-Si eso es así no te culpo por desconfiar.
-Es así, por eso lo voy a dejar, por hacerlo con hombres, no quiero coger una enfermedad, que por darme por el culo no lo dejaba.
Me picó la curiosidad.
-¿Te corres dándote por el culo?
Rosa apagó el cigarrillo en el cenicero, donde ya lo había apagado yo, echó un trago de vino y me dijo:
-Eso ya es algo íntimo.
-Te voy a hablar en plata. A mí también me gustó darle por el culo a las mujeres que me dejaron y lo gocé más que follándoles el coño. Puede que César se obsesionara. Sería cuestión de que lo hablaseis. Fifti fifyty sería un buen acuerdo.
-¿Fifty fifty, de qué?
-De sexo vaginal y de sexo anal.
-Ya que me habló en plata, yo también le hablaré en plata. A mí me va el sexo vagina y anal, me corro con los dos, y soy una mujer moderna. Haría un trío con mi marido. Lo haría con otra mujer mientras él mira... Haría cualquier cosa, pero por los hombres no paso.
-¿Harías un trío con César y con otro hombre?
-Si ese hombre fuese de confianza, sí, de hecho que me hagan una doble penetración es una de mis fantasías.
Fui a su lado, me senté y le dije:
-Basta ya de tanta tontería.
Me eché encima de ella y busqué su boca. Apartó la cara y me dijo:
-Creí que podía confiar en usted. Suélteme.
La solté y le dije:
-A ver, Rosa, si no quisieras echar un polvo, no dejaría que te viera desnuda, ni me dirías a mí lo que me has dicho, se lo dirías a su madre.
-Sabe que con la madre de César no me hablo.
-Yo tampoco me hablo con mi ex, y tú también lo sabes.
-Pensé que ya le pasara el enfado.
-Aún tropiezo con los cuernos en los marcos de las puertas. ¿Cómo me iba a pasar?
Se le escapó una sonrisa.
-Exagerado.
-Dime una cosa, si no querías follar... ¿Por qué me has dejado verte desnuda?
No supo que responder y dijo lo que le vino a la boca.
-¡Váyase a la mierda!
Le abrí la bata y le chupé una teta.
-Si no me deja grito pidiendo auxilio.
Estaba tan seria que la creí. Dejé de chupar y le dije:
-Perdona, fue un arrebato.
-De rodillas debía pedirme perdón.
Me arrodillé, le puse las manos sobre las rodilla, y le dije:
-Perdón.
-No lo veo muy arrepentido.
-Una cosa es pedir perdón y otra muy distinta arrepentirse.
Hice fuerza para abrir sus piernas y se las abrí, pero poniendo las manos superpuestas sobre el coño, me dijo:
-Póngase en pie o grito.
Me levanté, me senté a su lado, me arriesgué y le chupé la otra teta.
-¿Qué parte de "grito" no ha entendido?
Dejé de mamar la teta y le imploré.
-Veinte minutos, dame veinte minutos para conocer el sabor de una corrida tuya.
-No.
-Dame quince.
-No.
-Dame diez.
-Eso sería digno de ver, hacerme correr a mí en diez minutos.
-Y me sobrarían cinco.
-Fanfarrón.
Rosa tenía más ganas de correrse que yo, si no las tuviera no me preguntaría:
-¿Si le doy diez minutos de reloj para tocarme acaba el vino y se va?
Con esa palabra ya se me dio. A ver, por darse ya se me había dado desde un principio, pero había sabido confundirme, o calentarme, o ambas cosas. Le respondí:
-Sí después de correrte me pides que me vaya, me voy.
-Tiene diez minutos, ni uno más.
Le eché las manos a las tetas, se las magreé lentamente y lentamente lamí los pezones y areolas. Rosa, mirando para el reloj de péndulo que colgaba de la pared, iba a contar el tiempo.
-Va un minuto.
Los pezones, que al principio era redondos y pequeños, al pasar un par de minutos estaban duros y erectos y habían triplicado su tamaño.
-Van dos minutos.
-Quita la manos del coño.
-Yo no le dije que le iba a dejar comer mi coño.
Seguí magreando, mamando sus tetas, lamiendo sus areolas y lamiendo y mordisqueando sus pezones.
-Tres minutos.
Sabía que estaba esperando a que le quitara las manos del coño y que se lo comiera, pero no lo hice.
-Cuatro minutos.
Iba para los cinco minutos cuando abrió un poquito las piernas. Vi cómo movía la mano de arriba con los movimientos que hacía la de abajo. Seguí mamando. Rosa quitó la mano de arriba y la puso sobre una rodilla. Bajé una mano, la puse sobre la suya y noté que tenía dos dedos dentro del coño, dedos que entraban y salían. Busqué su boca con la mía y Rosa me besó con ganas atrasadas... Al rato sentí cómo los dedos chapoteaban dentro de su coño, chapoteó que fue haciéndose más intenso hasta que paró. Rosa dejó de besarme y dijo:
-Me corro.
Vi sus espasmos y sentí sus dulces gemidos. Mi polla latía descontrolada con aquella maravillosa visión.
Al acabar de correrse ya era otra mujer. Me enseño su mano pringada de jugos y me dijo:
-¿No querías conocer el sabor de los jugos de mi corrida?
Le lamí la palma de las manos y le chupé los dedos, se los chupé uno por uno.
-Deliciosos. Los jugos de tu corrida saben a ostra.
-Abajo hay más.
Me acaba de invitar a comerle el coño y era una invitación que ni de borracho rechazaría. Me volví a arrodillar delante de ella, le puse las manos sobre las rodillas y no hizo falta más. Se echó hacia atrás, se abrió de piernas y me puso el coño a mi disposición. Lo abrí con los dos dedos pulgares. Su vagina se abrió y luego se cerró. Le metí la lengua dentro. Sentí cómo se abría y cómo se cerraba queriendo apretarla, pero como es obvio, la lengua resbalaba y se salía. No sé las veces que le follé la vagina con la lengua, pero si no fueron más cincuenta veces no fue ninguna. Luego fui a por su clítoris, un clítoris que tenía el glande erecto fuera del capuchón. Era un glande redondo. Lo lamí con suavidad para que no se corriera. Rosa gemía sin parar. Yo sabía que si presionaba mi lengua sobre su clítoris y apuraba los movimiento se correría, pero no quería que lo hiciera, no tan pronto, así que dejé de lamer y se lo chupé suavemente. Ni suavemente ni hostias en verso. Su pelvis se movió con violencia hacia arriba, y exclamo:
-¡Me corro!
No dejé de chuparle el clítoris hasta que acabó de correrse.
Al terminar de gozar le pasé la mano por el coño y se la enseñé pringada con los jugos de su corrida. Cogió mi muñeca con su mano y lamió la palma y chupó los dedos, los chupó uno por uno. Al acabar se puso en pie, se quitó la bata y me dijo:
-Desnúdate.
Ya me tuteó, y no me extrañó, lo extraño sería que me tratara de usted después de haberle comido el coño. Me desnudé en un plis plas. Rosa se puso en cuclillas delante de mí, cogió la polla mojada y me la mamó. No mamaba mal, pero estaba tan cachondo que aunque fuera la peor mamadora del mundo me iba a correr igual. En menos de un minuto me corrí en su boca. Rosa se tragó la corrida y me besó. El sabor de mi leche en su boca me recordó la leche que tengo lamido de mi mano después de hacer una paja mirando esas fotos explícitas que alguna de mis lectoras me habían mandado. La lamía para comenzar a hacer otra, pues imaginaba que era la de la foto la que la lamía... Pero volvamos al turrón. Al acabar de tragar, se enderezó, se bebió el vino que tenía en el vaso, cogió dos cigarrillos los encendió. Se sentó en el sofá, me dio uno y me dijo:
-Al acabar de fumar quiero una doble penetración.
Cogí el cigarrillo, me senté en el sofá y le pregunté:
-¿Dedos en el coño y polla en el culo?
-Dos pollas.
-¿Y de dónde vas a sacar la otra polla?
-Le vendaré los ojos a César, lo amordazaré y lo esposaré.
Me ofendí.
-¡¿Quieres que haga un trío con mi hijo durmiendo?
-No es hijo tuyo, es hijo de tu mujer.
-Como si fuera el hijo del vecino. No te te puedes aprovechar de un borracho dormido.
-Si no lo participas le digo a César que me violaste.
-¡Serás puta!
-Cada una es cómo es.
Se fue a la habitación. César dormía a pierna suelta y no vio cómo su esposa cogía en el cajón de la mesita de noche un consolador y un gel con base de agua y cómo volvía a la sala. La vi venir, sonreí aliviado, y le dije:
-Me la habías metido doblada.
-Era para saber hasta donde podías llegar. ¿Ya te desvirgaron el culo?
-¿A qué viene esa pregunta?
Me pasó el consolador por el ojete.
-¿Tú que crees?
-Ah, ah, ni lo sueñes.
Vino a mi lado, me besó y me dijo:
-Te va a gustar.
-¿Qué me va a gustar? ¿Qué me des por el culo?
-No, que me des por el culo tú a mí mientras yo me follo el coño con el consolador.
Me había engañado otra vez. La besé y le dije:
-¿Eso de desvirgar mi culo también era para saber hasta dónde podía llegar?
-Puedes apostar tu vida a que sí. Hubiera disfrutado desvirgándote.
-¡Qué cabrona!
Tiró el consolador y el gel sobre el sofá, puso las manos en el respaldo, se abrió de piernas y me dijo:
-Mi culo es todo tuyo, suegro.
Tenía un culo redondo, ni grande ni pequeño. Le amasé las duras nalgas. Luego se las separé y lamí desde el perineo al ojete. A continuación mi lengua entró y salió de su culo, después le eche una mano al coño, le metí dos dedos dentro y a masturbé mientras le follaba el ojete con la punta de la lengua. Luego le metí el dedo gordo en el culo y la polla en el coño y le dije:
-Fóllame.
Rosa comenzó follándome despacito. Movía el culo hacia atrás y luego al moverlo hacia delante dejaba solamente la punta de la polla fuera para volver a echarlo hacia atrás. Yo le metía y le sacaba el dedo gordo a la misma velocidad. Así estuvimos un tiempo. Luego, cuando estaba llegando, hizo lo mismo que hace la locomotora del tren cuando sale de la estación con su chucu, chucu, chucu chucu, chucu chucu chucu chucu chucu chucu..., hasta que cogió velocidad de crucero y en nada se corrió, se corrió con un tremendo temblor de piernas.
Aun le temblaban algo las piernas cuando le di la vuelta y me agaché para comerle el coño. Al acercar mi lengua a él me cayeron en ella unas gotas de jugo de su corrida. Le limpié el coño de jugos con mi lengua, me los tragué y después le hice el chucu chucu con mi lengua desde la zona perineal hasta el clítoris. Al ratito su pelvis se volvía a echar hacia delante, sus piernas volvían a temblar y su coño descargó en mi lengua una corrida rica, rica.
Se sentaba en el sofá cuando la llamó Cesar. La borrachera no le había pasado, pero estaba despierto. Rosa cogió la bata, se la puso y fue a la habitación. Sentí cómo cerraba la puerta y cómo le decía:
-¿Quieres mi culito, cariño?
En fin, que me vestí y me fui. Si hubiera sabido que César se iba a despertar le hubiera llenado el coño de leche a Rosa, pero quien diablos lo sabía.
Alicia
Mi sobrina, que tenía diecinueve años, que era más alta que yo y que tenía el cabello negro y corto, las tetas grandes y el culo gordo, estaba bajando la persiana del bar cuando llegue a su lado. Me había olvidado de ella, al verme sonrió y me dijo:
-Sabía que vendrías.
En un acto de descarado cinismo le dije:
-No se puede dejar plantada a un bomboncito cómo tú. ¿Subes a mi piso o quieres que coja el coche y nos vamos a un motel?
-A tu piso que en un motel me podrían ver e irle con el cuento a mi madre.
Poco después estábamos subiendo las escaleras que llevaban al tercer piso piso, pues a Alicia no le gustaban lo s ascensores. Cómo mi sobrina llevaba falda corta deje que fuera delante para verle sus gruesas y largas piernas y sus bragas blancas. Ella miraba hacia atrás y me hacia gestos con la mano, gestos de que me iba a dar, luego sonreía y no decía nada para que nadie supiera que estaba subiendo. En el primer descanso de las escalera se detuvo, espero a que llegara a su lado y cuando llegué me echó la mano a la polla y me dijo al oído:
-Ya se te puso gordita.
Le metí un morreo y al oído le dije yo:
-Quita las bragas ya verás cómo se pone dura.
Quitó las bragas y me las metió en un bolsillo. Después de morrearme ella a mí, me dijo otra vez al oído:
-Para ti para siempre.
Siguió subiendo las escaleras. Miré para sus piernas y para su coño peludo. En el descanso del segundo piso se levantó la falda y me enseñó su gordo culo, giró la cabeza, me echó la lengua, bajó la falda y luego siguió subiendo. Yo seguí mirando hasta llegar al descanso del tercero. En el descanso no volvimos a morrear, me agaché y le lamí el coño. Cuando quise levantarme me echó las manos a los hombros y me dijo:
-Sigue.
Me levanté y le dije.
-No seas impaciente:
Entramos en mi piso, cerré la puerta. La puse cara a la pared, le saqué el jersey, la blusa y el sujetador y luego le di la vuelta y le devoré sus grandes y esponjosas tetas, unas tetas con areolas marrones y tremendos pezones. Me sorprendió al preguntarme:
-¿Follaste con Rosa?
Entre lamida y mamada le respondí:
-No.
-No mientas, hueles a coño que tiras para atrás y vienes de su piso. ¿Te gustó el sabor a ostra de su corrida?
Paré de lamer.
-¿Y tú cómo sabes eso?
-Porque se lo comí.
Acabando de desnudarla le dije:
-No sabía que te gustaban las mujeres.
-Yo tampoco hasta que Rosa me seduzco.
La giré ,le froté la polla en el ojete y después en el coño. Estaba mojada. Metiéndosela despacito le pregunté:
-¿Y eso cuando fue?
-Primero contesta. ¿La follaste?
Saqué la polla hasta que solamente quedo la cabeza fuera, Alicia echo las manos a la pared y el culo para atrás y comenzó a follarme.
-¿Te la cepillaste?
Le lamí el cuello y luego le dije:
-Cae de cajón que si mi polla te huele a coño es porque la follé. ¿Cuándo te seduzco?
Moviendo el culo hacia atrás y moviéndolo alrededor muy lentamente, me dijo:
-Nunca había echado un polvo mientras hablo de otra mujer.
-No me has respondido.
-Lo hizo en su habitación, en la casa de sus padres. Se había probado el traje de novia y se quedara vestida con una lencería preciosa de color blanco.
Le di la vuelta, me agaché y le lamí el coño. Alicia cerró los ojos y me dijo:
-No hables mientras me comes el coño.
-¿Por?
-Porque te lo digo yo.
Lamí su coño de abajó a arriba sin prisa, pero sin pausa. Poco después Alicia se corrió en mi boca. ¿O se correría en la boca de Rosa con su pensamiento? Fuera como fuera, le di la vuelta y la arrimé a la pared, le separé las piernas, le froté la polla en el coño encharcado y luego se la clavé de una estocada. Le agarré las tetas y magreándoselas le di caña de la buena un buen rato... Al decirme sus gemidos que se iba a correr paraba de darle. Alicia movía el culo hacia atrás para acabar, pero yo le quitaba la polla. Así estuve un tiempo hasta que vi que me iba acorrer yo. Se la quité, me puse en cuclillas, le lamí y le follé el ojete, le metí dos dedos dentro de su coño y dejé que me los follara con su culo. Esta vez fue ella quien follando mis dedos se llevó al borde del orgasmo. Estaba a punto cuando me incorporé. Se la volví a frotar en el coño, luego se la metí y le di con ganas hasta que se corrió. Se corrió cómo una fuente, entre convulsiones y jadeando como una perrita. Ya no pude follarla más, pues no se tenía en pie. Tambaleándose logró llegar a un sillón de la sala y allí se espatarró hasta que recuperó fuerzas. Mientras se recuperaba me puse un vino y a ella le puse una naranjada, que era lo que bebía. Ya sentado en un sillón, le dije:
-No me has contado cómo te seduzco.
-¿Por dónde iba?
-Por la lencería.
-Recuerdo haberle dicho: Con esa ropa interior aún estás más hermosa que con el vestido. Ella me respondió:
-"Gracias. Prueba el vestido de novia a ver cómo te queda."
-No me podía creer que me pidiera que pusiera su vestido de novia, por eso le pregunté: ¿En serio quieres que lo pruebe?
-"En serio."
-Quité la ropa y cuando estaba en bragas y sujetador se quitó toda la lencería, bragas incluidas y me dijo:
-"Ponte esto para que vea como voy estar."
-Me quedé embobado mirando para ella, tenía unas tetas preciosas y su cuerpo, su cuerpo era maravilloso. Me preguntó:
-"¿Te la pones o no?"
-Quité el sujetador y las bragas y quedé con mis tetas y mi coño peludo al aire. Rosa me apretó contra ella y al sentir sus tetas aplastar mis tetas y su lengua entrar en mi boca casi me corro. El resto ya es historia, más de veinte encuentros tiene esa historia.
Sumé dos y dos, me dieron tres y dije en voz alta:
-A ver si la bisexual va a ser ella y no César.
-No sé porque dices eso, pero... ¡¿Bisexual, Cesar ?! Para nada.
-Me dijo Rosa que lo va a dejar por ese motivo.
-A mí me dijo lo mismo a la semana de casada, pero porque según ella le era infiel con otras mujeres y tenia miedo de coger una enfermedad.
-Salió bien caliente.
-Rosa necesita una relación abierta, pero su hijo no es de esos... Y dicho esto, ¡Vaya corrida me provocó!
-Me gusta que te gustara.
Me quité la chaqueta. Alicia vino a mi lado y en un santiamén me dejo en pelotas. Luego cogió mi polla empalmada, la metió en la boca y me hizo una mamada cojonuda. Cuando estaba a punto de correrme, me preguntó:
-¿Dónde quieres correrte, en mi boca, entre mis tetas o dentro de mi coño?
Se veía que tomaba precauciones.
-Dentro de tu coño.
Se sentó sobre mi polla y mirándome a los ojos comenzó a follarme. Mis manos se fueron a sus tetas, las magrearon y jugaron con sus pezones. Mi boca buscó su boca y la encontró. Lo que que iba a ser un polvo rapidito acabó siendo un un polvazo. Cuando nos corrimos dejamos el sillón para tirar... Había leche y jugos por todas partes.
Mi polla quedó más blanda que un flan. Me salvó la campana, ya que Alicia me dijo:
-Tengo hambre. ¿Tienes algo de comer por ahí?
Me apresuré a decir:
Tengo un pollo asado en la nevera y junto a él una botella de rioja sin abrir.
-Sabes que yo no bebo vino.
-Lo sé, lo que no sé es porque no lo bebes.
-Es que si ingiero cualquier tipo de alcohol me pongo muy cerda en la cama.
Fue una noche movidita.
Quique.




