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La Libertad III_35: día 12_Nuria

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laualma
(@laualma)
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LIBRO 3. EPÍLOGO: LIBERACIÓN. CAPÍTULO V.

 

día 12 - 26.07.2012 - Nuria

 

-

 

 

De todas formas no negaré que tengo un recuerdo bonito de aquel momento de la tarde. Sí, esa sería la palabra justa, bonito. Sobre todo si pienso en todo lo que estaba a punto de llegar…

 

Pero no adelantemos acontecimientos, y menos teniendo en cuenta que, con tanta belleza junta, tampoco voy a ocultar que acabamos aquella brutal sesión acarameladitos los cuatro, baboseándonos a besos como si fuéramos cuatro adolescentes salidos (bueno, diréis que Pablo lo era, pero… uffff, es que ni eso, mi niño). Total, que cuando por fin nos cansamos de nadar entre aquella melaza, incluso mi primo y Nuria, que estaban babosísimos, pues decidimos ir hasta la cocina a ver qué encontrábamos de picar. Follar, da hambre.

 

Es curioso, porque con la torradera de besos y toqueteos del final, mi primo volvió a recuperar la trempada, pero ninguna de nosotras parecía ya prestar atención a aquello. Al fin y al cabo, parecía ya que era su estado natural, llevarla empalmada como un poste de teléfono, y desde luego que a ninguna de nosotras se nos iba a pasar por la cabeza en aquel momento mencionar nada de recuperar la ropa… joder, no solo es que estuviéramos acalorados, y calenturientas, también, sino que es que hacía un calor que ni en el infierno con calefacción. Total, que allí estábamos los cuatro, en el no tan grande espacio de la cocina, en pelota picada todos y tropezándonos continuamente con la polla dura de mi primo como si aquello fuera la cosa más normal del mundo… Pero no lo era, claro. Y tanto que no, que aquel estado de erección permanente no era gratuito para él, claro. Erección implicaba excitación. Vernos desnudas le ponía cachondo, claro. Y que nos dejáramos mirar, además, y tocar también, tranquilamente… pues le tenía a mil. Supongo que ahí es donde se nota la experiencia, y esas cosas, claro. Para nosotras era normal estar así después de echar un polvo, seguir desnudas y eso, zorrear, meternos mano, morrearnos… Y, en aquel momento tan… “bonito”, sí, jijiji, pues lo cierto es que se nos iban las caricias a su polla, los piquitos, algún morreo incontrolado, claro. ¡Cómo no nos iba a apetecer refregarnos un poco con él, jo!

 

Cuando le vimos, quizás un poco más lanzado de la cuenta, respondiendo a aquel apasionado morreo de María… uffff, no, no nos resultó extraño. Claro que, cuando él le volvió a levantarle los brazos y sujetárselos por encima de la cabeza, como vimos que le hacía en el jardín cuando Nur y yo salimos de la habitación tras la siesta, y empezó a lamerle toda la cara y el cuello como un cerdo, mi chica y yo nos miramos con cara de ¿de qué van estos dos emocionados ahora? Porque Meri se dejaba, claro, y de hecho en realidad se le estaba poniendo una cara de puta que casi nos hizo preocuparnos cuando, al alcanzar los lametazos de Pablo la base del cuello de ella, siguieron bajando más allá, pero en lugar de dirigirse a sus apetitosas tetitas, volvió a emprenderla, como en el jardín, con sus sobacos empapados de sudor espeso, lamiéndolos con avidez, igual que una vaca en busca de sal. Mer se había revuelto inquieta justo antes de que le hiciera aquello, pero cuando empezó a beberle a lametones el sudor de las axilas fue como si cualquier medida de prevención de mi amiga se desactivara, como si se hubiera rendido antes de empezar a luchar. Quizás aquel cambio fue demasiado sutil en ese momento, quizás era normal que, puesto que todos estábamos zorreando en realidad, no nos diéramos cuenta de que Pablo había conseguido excitar a María muy por encima de su capacidad de aguante con aquellas lamidas. Bueno, y se había excitado él, también. Estaba tan pegado a ella que no nos dimos cuenta que su erección se había recrudecido, y se le había vuelto a poner como un bate de beisbol. Pero igualmente, no nos empezamos a preocupar ya abiertamente hasta que fuimos conscientes, justo cuando mirábamos entre asombradas y arrebatadamente revolucionadas aquella especie de sexo oral axilar que se traían los dos, de que el coño de Meri había empezado a oler tela marinera, y resultaba ya evidente que los dos se habían puesto a mil sin venir a cuento. Pero nos pilló tan de sorpresa que no fuimos ni capaces de reaccionar, cuando él se separó un poco de ella y la obligó a darse la vuelta, empotrándola contra la esquila de la nevera y la pared, donde la acorraló sin piedad para emprenderla directamente con su culo, que empezó a sobarle a lo bruto mientras no dejaba de repasarle la polla con tanta saña que creo que debió faltarle muy poco para endiñarle por la raja.

 

- ¡Eh, joder, Pablo, cuidado! – trató de decir Nuria. Pero su voz sonó quebrada, débil, sin autoridad. Naturalmente Pablo no le hizo caso. Quizás ni siquiera la escuchó.

- Joder, ¡joder, Pablo! – el grito, o mejor, el jadeo angustiado de María fue bastante más evidente, pero la pobre no era capaz de acompañar aquella queja con una reacción apropiada de su cuerpo. Si es que era una queja, claro. Porque igual solo fue una exclamación admirativa, y entonces sí que se correspondía  las mil maravillas con la reacción de su cuerpo, que se aflojó para él, elevando los talones para ponerle el culo bien en pompa a aquel sátiro desenfrenado.

 

EL culo de Meri, claro. Pero ¡cómo no me había anticipado yo a aquello! Joder, mi primo estaba de culos, eso estaba claro… aquella mañana había decidido que era capaz de aguantar sin meter la polla en ningún lado, al fin y al cabo llevaba ya casi un año sin poder hacerlo, a no ser que fuera en culito del vecinito de la casa de mis padres, Lucas. Pero Pablo no había llegado a dejar de follar con su hermano, mi primo Carlos, en ningún momento, a pesar de que yo se lo había pedido a Carlos. Hacía poco más de un mes que se lo había llegado a poner como condición para dejarle seguir montándoselo conmigo, aunque en realidad, por mucho que me lo hubiera prometido, tenía serias dudas de que el hermano mayor me hubiera hecho caso. Tampoco sé por qué le ordené aquello; sé que cuando lo hice me dije a mi misma que tenía que proteger a Pablo, siempre la cosa de la edad, pero es que apenas unos días más tarde le estaba volviendo a dejar ir más allá de lo razonable sobre mi cuerpo “dormido” en aquellas sobremesas a solas en casa de mis tíos. ¿No estaba realmente tratando de privar a Pablito de toda posibilidad de sexo en pareja? Tratando de anular todos sus recursos para volverle loco, para hacerle acumular deseo y que no tuviera más remedio que… Oh, joder, visto ahora en la distancia, ¡todo parece tan claro!

 

Pero hablaba del culo de Mer. Coño, es que si lo conocierais, y más todavía en aquel entonces, entenderías muy bien que si Pablo tenía hambre de culo, ella, su culo, era el objetivo natural para él. Como digo, Pablo podía haber admitido que no nos podía meter la polla, pero era incapaz de aguantar sin que alguien se la metiera a él. Estaba claro que los hermanos habían seguido teniendo sexo, a pesar de mi orden a Carlos, porque Pablo no había sido capa de aguantar después de once días sin catar el rabo de su hermano. No sé, a mí me pilló tan salida cuando me hizo calzarme mi arnés y clavarle toda aquella prótesis en el culo aquella misma mañana en la ducha, que tampoco le di más vueltas. Luego vino su dedo en el culo de Nuria, aquel movimiento inédito en el culo nunca profanado de mi amiga… Y después, me había violado el mío sin avisar y sin que nadie se lo esperara… Joder, ellas no habían dicho ni mu, ¿a ninguna le extrañó que me follara de nuevo y todo pasara como si nada? Pero es que luego, luego ¡casi se la clava a Nur! Le metió el glande, completo. Hinchado como una seta gigante, ahí, tan oscuro y calentito… ¿Pero cómo no iba a querer follarse aquel culo duro y moreno, respingón, redondo y perfecto de María! Si daría un brazo por tener polla para poder follármelo yo…

 

Mer es auténtica fanática del sexo anal, además. Ella lo probó por primera vez con un novio mío, bueno, esa es una larga historia que quizás debería contaros en otra ocasión, porque creo que merece la pena, al menos yo la recuerdo como uno de los momentos más calientes de mi vida. Pero, ¿os podéis creer que yo estaba ¡feliz! porque acababa de estrenarme en el maravilloso mundo de las felaciones con aquel novio mío, y que me parecía lo más salvaje y atrevido del mundo, y ella estaba pasando de pantalla y batiendo todos los récords dejando que él le reventara el culo casi el mismo día? Joder, a mí me costó años decidirme… aunque luego he recuperado el tiempo, ¿no? ¡Jijijiji!

 

Aquello fue todo lo largo que quiso. Lo de Pablo embistiendo contra el culo de Mer, digo. Teníais que haber visto aquella verga durísima resbalando por la raja de Mer, abriéndole las nalgas y deslizando por aquel caminito de gloria blanco brillante entre aquellas poderosas colinas morenas…

 

Ninguna de las tres llegamos a hacer absolutamente nada para pararle. No pudimos hacer otra cosa que mirar, inmóviles, mientras sentíamos que subía nuestra temperatura hasta extremos peligrosamente altos. María, sin duda, rezaba porque aquel rabo tuviera un tropezón fatal con su esfínter, siempre abierto, y todo aquello acabara sin más bien dentro de ella. Yo no sé si él quería provocarnos, o algo, o simplemente solo se había dejado llevar por otro impulso irrefrenable, como nos estaba pasando ya a los cuatro continuamente aquel día, una vez tras otra. El caso fue que no se atrevió a penetrarla. Bueno, nunca sabremos qué hubiera pasado si se hubiera atrevido… Pero creo que, quizás, ninguna de nosotras tres  le hubiéramos parado aquella vez... Yo, desde luego, había perdido ya la noción de en qué momento nos encontrábamos o de qué límites debía luchar por mantener… si es que todavía quedaba alguno en pie.

 

Desde luego, ninguna de nosotras movió un dedo ni dijo una palabra (porque no voy a considerar que aquellos murmullos en los que casi le pedíamos que nos follara vivas allí mismo se pueda considerar decir nada) cuando se la empezó a manear lentamente sobre y contra el culo de ella. Tampoco cuando se lo acabó echando todo encima…

 

Es que pobre María, jo. Aguantar aquella tensión sin recibir el premio de sentirse abierta, rajada, penetrada hasta el alma, debió ser dificilísimo para ella. Indudablemente, la pobre debía ir tan a mi, tan caliente por aquel feroz sobeteo, que ¿cómo no le iba a dejar correrse sobre ella? Tuve que agarrarme a Nuria cuando los chorros blancos, licuados, escasos y cansados ya, a esas alturas, salpicaron la deseable piel de aquel trasero lleno y goteante de sudor. Me moría por abalanzarme sobre ella y comerle todo el agujero mientras mi primo me tapaba la boca con su cipote, pero debo decir que lo de agarrarme a Nur, en realidad, fue casi más por el brutal mareo de calor y calentura que me entró al ver aquello.

 

Aquella escenita me había dejado claro que, por mucha pausa técnica que hiciéramos para comer o lo que fuera, seguíamos tan jodidamente calientes los cuatro que todo podía llegar a pasar en aquel momento... Estaba claro que la única que podía parar aquella locura era yo misma, pero ¿cómo? Francamente, no se me ocurría otra cosa que separarles. Lo malo era que yo ya no respondía de quedarme a solas con mi primo…

 

- ¿Pablo, vienes a ducharte conmigo? – mi voz sonó tan titubeante que hasta dudé que se me hubiera entendido. María me miró con aire desmayado, mientras el semen resbalaba por el tobogán de sus nalgas, goteando sobre el suelo. Además, estoy deseando que me la vuelvas a meter por detrás después de verte hacerle eso a Mer... me hubiera gustado añadir. - Estamos sudando los dos... – añadí aquella obviedad como si fuera necesario señalarla, como si no se nos viera transpirando como mulas, como si necesitara explicar el por qué de la necesidad de limpiar nuestros cuerpos, encostrados de sexo y sudor, como si acaso mis amigas estuvieran limpias, en cambio…

Pero mi primo hacía mucho que ya no necesitaba excusas. Tampoco ellas, claro, aunque las estuviera dejando allí, sin derecho a rabo y con un palmo de narices… Me miraron con auténtico odio al ver que me llevaba la única verga de la casa conmigo. Y encima sin avisar.

 

Lo que pasó a continuación nos dio una buena medida de hasta qué punto todo se nos había ido ya de las manos aquel día. Mi pretendido día tranquilo podía acabar siendo el día en el que todo estallara. O no, vete a saber… entendí entonces que ya nada dependía de mí en absoluto, realmente.

 

Fuimos de la mano hasta mi habitación, a la que entramos sorteando la cama nido que usaba Pablo cuando dormía allí conmigo. El ventanal estaba abierto de par en par y el calor de afuera entraba, sofocante, a pesar de que la persiana estaba a medio cerrar y los visillos echados, dejando la habitación en una semisombra que juzgué apropiada para mis propósitos, a pesar de la elevada temperatura. Hice pasar a mi primo delante de mí, y al entrar yo me detuve para cerrar la puerta tras de mí, en un gesto que entendí suficientemente expresivo. Estaba ya a punto de echarme sobre la cama, pero vi que mi primo había seguido avanzando hacia la puerta que daba al vestidor y miraba allí hacia el fondo de aquel corto pasillo que llevaba a la habitación de mi hermana, que era la habitación que supuestamente debería haber estado ocupando él aquellos días, y desde la que se filtraba la intensa luz del día. Verle allí parado me hizo dudar… ¿era mejor hacer como si realmente me quisiera duchar? Joder, pero tenía tantas ganas de que me follara el culo otra vez…

 

- Ven – me dijo, estirando su mano hacia mí, como si me quisiera agarrar. Pero no me esperó, y se metió hacia el vestidor.

 

Aquello me sorprendió, no tanto que me estuviera llevando él hacia el baño, sino más bien su actitud. Había algo extrañamente decidido en su forma de actuar, algo que me nubló la cabeza de tal manera que ya no quise hacer nada que no fuera obedecerle ciegamente. Avancé tras él, dispuesta a entrar en el baño, pero cuando enfilé aquel pequeño pasillo le vi ya entrando en su habitación, obviando lo de nuestra ducha sin la menor explicación. Pablo descorrió los visillos del ventanal de aquel cuarto, que estaba, por el contrario, cerrado a cal y canto, pero con la persiana subida hasta arriba.

 

- Míralas… - sonrió.

 

Al llegar junto a él, vi a mis amigas tratando de asomarse por la ventanita de mi baño que daba al jardín… las muy zorras, se habían ido directas a espiarnos, convencidas sin duda de que me lo había llevado allí para trajinármelo de una  definitiva vez…

 

- ¡Están aquí! – escuchamos gritar a Nuria a través del cristal herméticamente cerrado. Y mi amiga empezó a tirar de la mano de María para atraerla al otro lado del ventanal a través del cual podíamos vernos unos a otros, desnudos, calientes, deseosos…

 

Pablo y yo nos miramos un momento, y sonreímos. Acababa de entender lo que pretendía mi primo, y me asaltó un vértigo brutal al constatar su capacidad de ir por delante de nosotras, aquella capacidad innata para el sexo que siempre nos sorprendía. Pero también porque, en aquel instante, supe que los dos estábamos vibrando en armonía. Tanto que supe perfectamente qué era lo que debía de hacer, movida sin pretenderlo por el mismo fervor exhibicionista que le había asaltado a él. Di un paso adelante, y quedé pegada al cristal, mirando hacia mis amigas, que se habían quedado cortadas al verse descubiertas de manera tan flagrante, pero que me miraban ahora extrañadas por el movimiento que acababa de hacer. Levanté los brazos y apoyé las palmas en el vidrio, recordando la postura que Mer acababa de adoptar en la cocina, cuando las tres habríamos apostado porque Pablo iba a acabar por follarla por detrás. Cuando me quise dar cuenta, mi primo me había aplastado de golpe contra el cristal, y me estaba empotrando allí salvajemente, delante de ellas. Sin darme ni medio respiro, me había saltado encima y me estaba atacando con violencia desde el primer momento, evidentemente muerto de excitación a juzgar por aquellos duros golpes de polla dura que me estaba haciendo sentir. A través del vidrio las vi a ellas en el jardín mirándonos alucinadas... Pablo me sujetó la cabeza contra el ventanal, y me vi absurdamente pegada a aquel vidrio frío, con el cuello torcido y la boca abierta mientras escuchaba las exclamaciones asustadas de ellas y notaba cómo la baba se me caía entre las comisuras de mis labios aplastados contra el cristal. Renuncié a la posibilidad de ofrecer resistencia alguna, y Pablo me lo agradeció empujándome todavía más contra aquel muro transparente, haciéndome quedar dibujada en él como si fuera una pegatina. Sentí mis tetas expandirse al quedar como un cremoso sándwich entre el vidrio y mi cuerpo, aplastadas y jugosas a la vista de mis amigas. Mi sudor estaba dejando mi imagen impregnada en la ventana, transferida al vidrio como una calcamonía, y a la vez sentía como si el cuerpo sudoroso de mi primo se estuviera quedando delineado sobre mi propia piel también, a mis espaldas, de tan pegado que estaba en su frotamiento y golpeteo continuo contra mis carnes.

 

Lo siguiente que noté fue su mano abriéndose paso, groseramente, entre mis piernas. Me costaba respirar, con la boca abierta que no paraba de soltar baba y la nariz aplastada contra el cristal. Y me costó todavía más hacerlo cuando noté aquellos dedos introduciéndose en mi vulva con pasmosa y plenamente natural facilidad. Estaba totalmente abierta y disponible para él. Sus largos dedos me empezaron a hurgar con aquel despliegue de habilidad que le habíamos estado ayudando a practicar tan solo unos minutos antes en aquellas tumbonas del jardín que ahora podía ver detrás de los gesticulantes y atribulados cuerpos de mis boquiabiertas amigas. El cabrón del niño me estaba haciendo otro de sus masajes eróticos, esta vez bien dentro de mi vagina… Me podía estar follando, también, si quisiera, pensé.

 

Yo no estaba en absoluto en condiciones de soportar algo así, y tardé en correrme lo poco que puede tardar mi cuerpo en pasar de cero a cien en condiciones de calentura extrema como aquella. Y os aseguro que puedo llegar a ser muy rápida… Pude sentir enseguida aquel cruel chapoteo de toda la parte inferior de mi cuerpo, de cintura para abajo, en cada resbaloso movimiento contra el ahora pringosísimo y sucio cristal. Sentí vergüenza de estar así delante de ellas, como un monigote dibujado en el cristal, con las peras aplastadas y destrozadas y todo ahí abierto y soltando pises, enseñándoles hasta el último rincón de mi sucia y sometida alma. Porque el perro de mi primo no se cansó con aquel primer asalto, sino que, disfrutando sin duda de las exclamaciones lujuriosas de mis amigas y de la expresión jaleante de sus cuerpos se dedicó a repetir aquello en mi interior una y otra vez, atormentándome con insoportables orgasmos sucesivos que me empezaron a venir sin descanso, mientras yo misma, guarra y puta de mí, no podía evitar frotar también mi cuerpo contras ese delicioso y salidísimo cuerpo suyo, mientras nos frotábamos en realidad el uno con el otro, juntando los sexos, sobando yo misma mi coño entero y mi culo gordo contra su verga tiesa, mientras no paraba de gemir, de moverme como una perrita montada por un mastín y de dar grititos lamentables como una niñita perdiendo el virgo.

 

No era en absoluto una niñita la que se aplastaba contra aquel cristal, eso os lo aseguro, sino un cuerpo de mujer pleno y lleno, con sus buenas tetas haciéndome rebotar en cada golpe contra la ventana, como si fuera una cama elástica, y el coño untando sin parar de una manera más que expresiva toda la parte inferior del ventanal, que estaba cada vez más nublado y borroso por causa de mis flujos. Estaba tan perra y caliente que no podía evitar frotarme así delante de ellas, porque aquel placer sublime que estábamos sintiendo mi primo y yo no era solo debido a la total compenetración de nuestros cuerpos, sino también al hecho de poder exhibirla, y exhibirnos, así de lasciva y libremente delante de ellas. De verdad que mi primo me había emputecido hasta tal punto que, para el momento en que pareció empezar a jugar a retirarse de encima de mí, yo no pude resistir el vacío tan enorme que sentí al quedarme sin su cuerpo cubriendo el mío… y tan caliente y enchochada por él iba que allí me fui detrás de él como una nenita ardiente sacando culo para refrotarle el sexo empalmado. Dios, lo tenía tan duro y es que estábamos tan, pero tan mojados y con todo resbaladizo, me dio tanto gusto cuando sentí mis nalgas separarse por la presión contra aquella dura tubería de hierro caliente, deslizando incrustada por mi raja sudorosa igual que lo había hecho por la de María momentos antes, la misma María que veía ahora penetrándose el coño, excitada de verme tan puta con él, y yo le quería comer todo el coño y meterle de todo por el culo mientras mis nalgas masturbaban el cipote de mi primo, que jadeaba con cada meneo que le metía con mi trasero entregado, ¿no lo ves? ¿no lo ves, primito, que quiero que me la metas? Trataba de agarrarme a la ventana, pero había dejado todo tan pringoso y resbaladizo de sudor y flujo que temía acabar de bruces contra el suelo..

 

Sin embargo, fue mi primito el que no duró más… iba demasiado acelerada otra vez, lo reconozco, pero es que bastaba un solo roce, a cualquiera de nosotros, para que en aquella casa se desatara un huracán. Creo que me pasé, a juzgar por lo rápido que se me vino encima; también eran ellas dos, retorciéndose por el suelo, venga a meterse las manos a pares bien dentro, como para no explotar si hasta a mí me estaban poniendo a cien, pero aún así nunca tanto como lo que me estaba dando el falo gordo y duro contra el que me estaba frotando el alma sin poder parar…

 

Pablo me lo echó encima, mientras golpeaba mis nalgas a mano abierta, ¡puta, puta, puta!, y ellas miraban aterradas como aquella violencia repentina acababa por reventar mi ya escasa resistencia, doblándome y haciéndome caer de rodillas, estampándome contra el cristal en un aparatoso y pringoso golpetazo, al tiempo que él se me caía encima entre estertores de su eyaculación y el golpeteo de la masturbación de ellas dos, que resonaba en nuestro ánimo como el mayor aplauso posible después de tan brillante actuación por nuestra parte.

 

Lo que no sabían ellas, ni tampoco yo, es que solo estábamos en el entreacto… Allí, de rodillas y empotrada en la ventana, había quedado con el culo en pompa, temblando y goteando los escasos restos de lefa que mi primo había sido capaz de ordeñarse de su agotada polla. Demasiado para aquel joven insaciable… al principio parecía que me la estaba limpiando, dulce gatito, lamiendo de mi trémulo culo aquellos restos salados y aguados por el calor. Cuando ellas me vieron levantar la cara, en un aparatoso gesto de placer, se aproximaron al cristal tratando de ver mejor qué era lo que él me estaba haciendo. Nuria copaba todo el campo de visión desde el único ángulo por el que podían verle, pero aquello no pareció importar a María, que pegó sus labios al cristal y empezó a besarme en lo que acabó siendo un apasionado morreo con el vidrio de por medio. Deliciosa Mer, qué ganas te tengo, joder… Yo estaba tragando toda la mugre del vidrio, arrastrada por litros y litros de mi corrida y sudor que habían dejado aquella ventana empantanada, pero cualquier cosa me valía si conseguí hacerme olvidar al menos una micra de aquel infinito placer con el que me estaba llenando Pablo, que me había abierto, ¡por fin!, el ojete con sus dedos y me lo estaba llenado de escupitajos y de una enorme lengua, fuerte y larga como la de un camello. Sus dedos empezaron a repasarme la almeja, abierta y agotada, mientras ellas se pajeaban conmigo, mirándonos desde fuera.

 

Pablo me estaba abriendo y encharcando el ano de tal manera que estaba convencida de lo que iba a hacer. Traté de alcanzar su verga, pero era incapaz de usar las manos para nada que no fuera tratar de sujetarme en aquella postura que me tenía entregada a él como la más puta entre las putas. Pateé como pude con mi pierna izquierda, y le acerté de lleno en la chorra. Me sorprendió notarla floja, muy mojada, eso sí, pero floja, casi ni morcillona… joder, ¿pero no iba a follarme? Ufffff… pues cualquiera lo diría, a juzgar por aquella manera de meterme la lengua, como siguiera así me iba a acabar probando la mierda del fondo de mis intestinos… Había metido dentro dedos de ambas manos y tiraba con fuerza hacia los lados, haciéndome abrirme como si fuera un animal a punto de ser reventado, y su lengua no paraba de empujarme más y más saliva dentro. Aquello acabó derivando en un dolor infernal que terminó por tumbarme, la vista nublada del sudor y del esfuerzo, en aquella neblina inconstante a través de la que veía a mis exaltadas amigas mas zorras y exaltadas que nunca, aunque no era capaz de oler aquellos coños tan abiertos y jugosos al otro lado del espejo.

 

Mi primo no iba a follarme en absoluto, aquel sádico del demonio tenía otros planes para mí… Supuse que era tarde para lamentar haberle dejado ver cuánto pueden llegar a tragar mi coño y mi culo… Pero, pese a que me había vuelto a reventar el chocho, así como quien lava, Pablito estaba de culos aquella tarde… y para mi sorpresa no se iba a limitar a follarme, aquello habría sido muy poco, y más teniendo en cuenta el público tan distinguido que nos contemplaba. Aquel niñato pervertido estaba jugando a abrirme el culo, y cuando me tuvo derrumbada en el suelo empezó a hacerlo ya sin freno ninguno, metiéndome cada vez más dedos, cada vez más dentro, cada vez más fuerte en aquel charco de baba, sudor y heces, y para cuando me quise dar cuenta ya tenía toda la mano dentro, aquella manita de niño que, sin embargo, me estaba matando como si me estuviera follando un caballo, y joder, os juro que aquí mi mano, que se había estirado a buscársela otra vez, se encontró con una auténtica verga de semental, salida y dura y gordísima y a punto de echar humo y de quemarlo todo… Pablo acababa de enloquecer cuando se vio con medio brazo metido dentro de mí.

 

Mi única opción posible era pajearle, conseguir masturbarle hasta el final y lograr que disminuyera al menos un poco aquella tensión total para poder siquiera pensar en liberarme. Pero no lo iba a hacer, Pablo empujaba con todas sus fuerzas, dejando caer el peso de su cuerpo sobre mí, para penetrarme lo más hondo y rudo posible, y yo empezaba a temer que su mano me acabara asomando por la tripa como un alien desmedido y cruel que iba a reventarme las entrañas. Miré a mis amigas: dios… la cerda de Nuria estaba jugando a imitarle, había tumbado a María ante nosotros y estaba repitiendo los movimientos de Pablo, sobando igual el pequeño cuerpecito excitado de mi amada Mer, deshaciéndola con una feroz penetración vaginal para, en medio de su sumisa explosión, empezar a clavarle todo el puño en el ano. 

 

Sin embargo, no podéis pensar que era lo mismo que te hiciera aquello Nur que te lo hiciera mi primo. En estos casos es cuando cuenta de verdad la experiencia, y a mí Pablo me estaba destrozando por completo, hasta el punto de que también él parecía a punto de venirse abajo, y terminó por hacerlo cuando me di cuenta de que la cabeza de su polla, que se me había colado entre las piernas, nuevamente endurecida con completo vigor, me había dejado la chirla totalmente cubierta de semen. Joder… joder, primo… te has  corrido solo con penetrarme con la mano y la lengua, me dije, mi niño, sí que venías cachondo, joder, qué tardecita llevamos, y no ha parado, ha sido una corrida tras otra, y apenas se le ha bajado un momentito la trempada... mi cerebro trataba de procesar a toda velocidad lo que acababa de ocurrir, pero era incapaz de asimilar nada que no fuera a Nuria rematando a María como si fuera a arrancarle las entrañas, mi pobre niña pataleando mientras la terrible Nurita le clavaba el brazo en aquel tierno culito tan abierto y tan lleno… Cuando le sacó el puño de dentro, Mer estaba que no se podía ni levantar; entonces pensé que, sin duda, ella se había llevado la peor parte de nosotros cuatro, y es que, pese a la torpeza con que mi primo me había hecho su primer fisting anal, me di cuenta de que Nurita le había partido el culo a Meri pero bien… Pronto iba a salir de mi error, claro, y no porque Nur no hubiera, efectivamente, desfondado por completo a nuestra amiga sino porque, pese a todo, Nur sabía lo que se hacía, muy a diferencia de mi primo. Era cierto que Nurita había ido al límite con María, y que la había destrozado. Pero cuando sabes llegar hasta el extremo como sabe Nuria, esa caída en el abismo habrá merecido la pena y, cuando te recuperes, te sentirás imparable y completa como nunca. Además, esa recuperación te va a llegar rápida, casi inmediata, tal ha sido siempre la habilidad sexual de mi entonces ya casi novia oficial, Nurita. No tengo ni que decir que Pablo, por aquella época, no se acercaba ni de lejos a unas virtudes semejantes. El efecto persistente del destrozo que me había hecho en el culo me iba a tener anulada física, mental y sexualmente durante mucho más tiempo del que podría haber pensado. Y Nur, que se había asegurado de quedar con las manos libres al atornillar el culo de María contra el suelo del jardín, aunque yo no podía saberlo aún, estaba a punto de darme sin más la puntilla definitiva para dejarme postrada, incapaz, inútil, vencida. Pero justo antes de que aquello sucediera, mi sensación era de poder absoluto con Pablo, con quien estaba ya a punto de tocar el cielo, y de total tranquilidad con mis amigas, que parecían haber asumido su papel de meras espectadoras por fin, se mira pero no se toca, respetando y celebrando mi triunfo inminente, con María además absolutamente fuera de combate durante lo que creí que iba a ser un buen rato. Cuando me recupere, me dije, pensaré qué hacer con mi primo, que por el momento estaba ahogado, sudoroso y tan aparentemente agotado como el que más.

 

Joder, aquel calor era sofocante. 

 

         - Qué putas sois, primas… yo no puedo más…

 

Allí tirada en el suelo le vi arrastrarse hasta su cama, y subirse a ella para quedarse allí tumbado, resoplando mientras se lamía el brazo para tratar de limpiarlo. Llevaba la polla desinflada, en reposo, bueno, reposo, me refiero a que se le había bajado totalmente la erección, pero iba arrastrando aquello como larga manguera de fácil un palmo de largo, y desde luego más gruesa de lo normal... roja como un tomate en su siempre blanquísima piel de leche. Desde luego, no parecía ni mucho menos la polla en reposo de un niño como él… pero efectivamente su cuerpo parecía haber sido abandonado por todo su vigor y por cualquier posible energía capaz de animar su, hasta entonces inagotable furia sexual. Tanto mejor, me dije… cada vez era más consciente de que no me podía ni mover, de que yo misma sí que estaba absolutamente necesitada de frenar, relajar y recobrar fuerzas. ¿Cómo habíamos llegado hasta allí? Ni las piernas ni los brazos me respondían, y empezaba a notar adormecida hasta la propia columna vertebral.

 

Pese a ello, no pude evitar dar un respingo cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe. De repente, Nuria había entrado como un huracán, mirándome por un momento con desprecio allí tirada, apenas recostada contra la ventana y tirada realmente en el suelo, como nadando en aquel charco infecto de… de lo que fuera; pero, ahogando una mueca de asco me rodeó con sus brazos ayudándome (u obligándome, más bien) a incorporarme en el suelo. Me dejó allí, bien apoyada contra aquel pegajoso ventanal, absolutamente asolada y, cuando se incorporó, tras contemplar por un segundo su obra, me lanzó sin mediar palabra un objeto a la cara. Aquella polla de plástico cayó de mi cara a mi vientre, y de ahí rodó hasta quedar recogida por el triángulo entre mis piernas en el que palpitaba todavía mi pobre coño. Era mi falso cipote, el del arnés, ¿por qué me lo traía aquella zorra? Lo cogí y me lo repasé por la cara, como una zorra desesperada. En realidad, aquel movimiento era prácticamente lo único que mi maltrecho cuerpo alcanzaba a hacer, y sin embargo necesitaba hacer al menos aquello, dado que aunque mi cuerpo pareciera muerto, el furor de mi coño no se había aplacado en absoluto y, al ver entrar a Nuria desnuda, divina, radiante, me acababa de desbocar nuevamente sin el menor control.

 

- Todavía huele a mi coño, mi amor… ¿te gusta? …y a culo de tu primo… - añadió, con voz sibilina, y casi escupiéndome aquellas palabras.

 

Pues la polla de mi primo huele a mi coño y a mi ojete, zorra, que tiene que estar llena de toda mi mierda y mi flujo secos, a juzgar por cómo me he frotado el culo con ella, estuve a punto de decirle…

 

- Tú puedes entretenerte con esa polla de plástico, Lau… yo es que no aguanto más, joder…

 

Nuria me decía aquello, y yo es como si estuviera drogada, lamiendo aquel nabo de goma como si me fuera la vida en ello, completamente ida, incapaz de reaccionar, en realidad… incapaz de enfrentarme a una realidad que había entendido hacía mucho tiempo ya, una realidad que me dejaba y me iba a dejar siempre a la zaga de ella, a sus pies, comiendo tan solo los despojos que ella despreciara, sus restos masticados con sabor a saliva, a ella, sexo de segunda siempre, después de que ella se hubiera satisfecho con los mejores bocados.

 

Sentí un golpe fuerte en el cristal del ventanal contra el que me apoyaba. Mirando como pude de reojo, ya que casi no tenía fuerzas ni para girar la cabeza, pude ver el cuerpo desnudo de Meri aplastándose deliciosamente contra el vidrio. Sorprendentemente, había sido capaz de levantarse, ella sí, y eso que yo la creía casi muerta, en mucho peores condiciones que yo. Aparentemente, al levantarse había querido acercarse a la habitación que ocupábamos para poder ver lo que sucedía en el interior, después de que Nuria la hubiera dejado abandonada afuera, y las piernas no habían podido sujetarla, motivo por el cual ahora estaba con sus tetitas y su cara aplanadas en la ventana por el peso de su cuerpo. Y, pese a todo, se movía, era capaz de moverse y, todavía, fue hasta capaz de levantarse, a diferencia de mí, que apenas conseguía sujetar aquel inmenso pollón de goma con mis manos. Y se levantó, sí, trastabillando, y se fue pegada a la pared de la casa, sujetándose a duras penas contra la fachada, en dirección hacia el ventanal por el que se entraba a la habitación de ellas. Yo, claro, lo primero que pensé es que vendría a nuestra habitación, como Nur, y yo no me podía mover, y Pablo tampoco, y de repente mi triunfo había estallado en mil pedazos porque ellas le tenían en sus manos y yo no iba a ser capaz de defenderme a mí ni de defender nada. Pero María no iba a venir. Por lo demás, todo lo demás se me iba a confirmar como la más horrible de las verdades, de manera inmediata.

 

No pude hacer más que empezar a lamer el falso falo con deleite, como si fuera una niña con un dulce helado. Joder, sí que sabía a culo de Pablo pero, sobre todo, sabía a coño de Nuria… Agarré la tranca de látex con mis dos manos y me la metí todo lo dentro de la boca que pude, hasta que me dieron arcadas, mientras ella se giraba y se tumbaba felinamente con él, en su cama.

 

Nuria. En su cama.

 

Desnuda.

 

Junto a él.

 

Sus cuerpos sin ropa, empapados en sudor y sexo, lucían bellísimos. Nur pasó su pierna izquierda sobre las piernas de mi primo, quedando tumbada de lado, a medias encima de él y a medias a su costado. Empecé a mamar mi polla falsa con furia mientras miraba cómo ella le empezaba a acariciar el pecho de niño, a besarle tiernamente la mejilla, en la oreja… Pablo no me miró siquiera, ni el más mínimo amago de pedirme perdón, o de solicitar al menos mi permiso. Ni siquiera un gesto de reconocimiento o gratitud. Solo tenía ojos para ella, e iba respondiendo nerviosamente con sus manos a cada uno de los movimientos de mi novia: primero tocándole el pecho plano, sudado y con los pequeños promontorios de sus areolas oscuras y muy hinchadas extremadamente marcados. Después, la besó directamente en la boca, con experta pasión que logró encender a la putísima Nuria en un solo golpe. ¿Quién te iba a decir a ti, la reina de las furcias, la maga del sexo, que un niño como él te iba a tener mojando todo el día como cuando no eras más que una colegiala en celo?

 

¿Dónde estás, María? ¿Por qué no vienes? ¿Por qué no llegas, ya, a detener esto?

 

El ruido escandaloso de mi mamada plástica se mezclaba con el baboseo de sus lenguas y labios, chapoteándose entre sí igual que lo hacían sus cuerpo, bellos y encharcados. Mer no iba a venir, y yo no podía moverme, y mi vida dependía de seguir mamando aquel cipote maloliente.

 

         - Eres preciosa, Nuria…

- Pues tú eres increíble, primo… joder, no sé cómo lo haces pero me tienes a mil…

- Tú sí que me tienes a mil…

 

Cada palabra, cada palabra asquerosamente ñoña con la que piropeaban como dos auténticos amantes primerizos de película mala, se me clavaba como un puñal debajo de mi teta izquierda, rajada y vaciada para perforarme el corazón y drenar mi vida sin la menor contemplación. Y con cada puñalada ellos se iban calentando más y más, sobre todo la zorra de mi amiga, absolutamente desenfrenada y lasciva, sobándole con la mayor impudicia, al pobre niño, recorriendo rincones de su anatomía que ni yo me había atrevido todavía a conocer, tomándole por fin la mano, la mano temblorosa de Pablo, aquella mano de largos dedos y pretensiones siempre sucias que tanto placer había sabido darme siempre, robándosela para hacerle llegar con ella a su entrepierna desnuda, al coño negro y salido de putón que tiene mi amiga, haciéndole abrirle los pliegues y separarle las carnes colgantes, recorrerle los pellejos hinchados, apretarle los resortes carnosos y brillantes en aquel marasmo marino que se había desatado en aquel pubis incendiado. Los blancos dedos de mi primo deslizaban por aquel acuático medio, hundiéndose entre sus carnes, abriendo raja y hasta culo, chapoteando en la estrella brillante de su ojete, que tenía la boca del negro pozo abierta y temerosa, inusualmente rodeada de cortos y duros pelos negros que empezaban a marcar ya el camino hacia sus ingles y más allá… Meri y yo, sobre todo ella, nos habíamos preocupado de hacernos algún repaso del rasurado de nuestros sexos para mantenerlos perfectamente pelados, lisos y suaves (bueno, a mí igual se me notaba la sombra gris del pelo naciente en todo el pubis, en parte porque soy de piel más blanquita, y en parte también porque tengo odio depilarme, me gusta el pelo y adoro el matojo salvaje, y por eso tengo poca costumbre de depilarme el coño, cosa que al cabo de los años pues a ellas ya se les notaba en que tenían esa piel por lo general más suave a base de insistir en dejarla pelada), pero Nuria, contra cualquier costumbre previa suya, parecía extrañamente apática aquellos días finales en lo que a la estética de su vulva se refería. Ver perderse los blancos dedos de mi primo en aquel sexo siempre salvaje, pero ahora todavía más insólitamente asalvajado,  resultaba tan bestialmente excitante que, sinceramente, casi no tenía ni ganas de desear que parasen, y me veía capaz de alcanzar el orgasmo tan solo mirándoles y chupando sus esencias más íntimas de aquel trozo de plástico en el que las habían dejado pegadas poco antes. Aquel ano casi queriendo abrirse, empapado de grumos blanquecinos que se enganchaban como velcro a aquellos pelos duros y oscurísimos que mi primo le repasaba una y otra vez, haciéndole temblar el ojete y arrancándole vigorosos jadeos cada vez que se deslizaban, raja arriba, hasta lo más secreto de su concha, todo aquello me atraía con una fuerza desmedida, irracional, y me hacía querer ser dedo de Pablo para sentir en mi cara y en mi cuerpo su coño como un paisaje, sus flujos como una marea, su vello apenas naciente como los últimos resortes a los que podría agarrarme para evitar perecer y desaparecer, engullida por los monstruos marinos de su sexo o tragada por el oscuro pozo sin fondo de su culo, aquella cueva desconocida pero tan deseada, que me atraía como una pasión prohibida que siempre había estado ahí, pero que solo ahora, y por un breve lapso de tiempo, parecía al fin querer ponerse al lacance de mi mano.

 

De repente me di cuenta de que algo no terminaba de funcionar. Yo iba a mil de revoluciones y, a juzgar por el exagerado chapoteo que se estaba produciendo entre las piernas de mi amiga, en las que los hábiles deditos de Pablo no estaban dejando títere con cabeza, se diría que ella estaba ya empezando a disfrutar de las mieles del orgasmo. Pablo, por su parte, estaba en el séptimo cielo. Que su objetivo era mi entrega, no lo voy a poner en duda ahora. Pero es que aquello, aunque no hubiera sucedido todavía, él sabía bien que ya lo tenía. Yo había sucumbido, era ya historia. Una historia llena de futuro, sí, un futuro prometedoramente lleno de lujuria, sin duda. Pero un futuro ya decidido, asegurado, sin ningún condicional posible que no fuera ya su mera voluntad y capricho. Mi primo haría conmigo lo que le viniera en gana. Sin embargo, Nuria. Ella y María habían sido como un regalo, no del cielo, claro, sino mío, claramente mío y de nadie más. Se las había servido en bandeja, aunque los tres habían tenido que jugar bien sus cartas para llegar hasta allí. Ahora mi primo iba a recoger por fin sus frutos y, como digo, no se iba a molestar en preguntarme mi opinión. Eso ya les daba igual. Joder, Nur. Si es que estaba claro que habían saltado chispas desde el primer momento en que se pusieron los ojos encima. ¿Por qué había pensado en ningún momento que algo así podría no haber llegado a pasar?

 

Y, sin embargo, Pablo no reaccionaba. Quiero decir, que no le reaccionaba la polla. No habían dejado de morrearse en ningún momento, se acariciaban las caritas y eso, y no paraban de meterse mano y sobetearse enteros, más allá de la sobada brutal de coño que le estaba haciendo mi primo a ella, y que ya estaba tentando la penetración directa, claramente ansiada por Nur. Ella, naturalmente, no había sido capaz de aguantar demasiado sin terminar estirando su guarra manaza hasta cerrarla como una garra sobre su sexo maltrecho. Joder, mi primo no estaba empalmado. No se había puesto cachondo al empezar a besarse con ella, pero es que tampoco cuando ella le cogió la mano y le hizo ponérsela en la chochamen, y ni siquiera ahora que le estaba estrujando el despojo flojo y colgón de su pene laxo y sus huevos gordos pero desinflados… Aquello no parecía gustar a Nuria, acostumbradas como estábamos las tres a aquella verga siempre dura, siempre alzada, que ni tras muchas de sus numerosas corridas llegaba siquiera a empezar a apagarse, y que en cuanto notaba cualquier mínima provocación a su alrededor se tensaba siempre en una trempada inefable, desmedida e incontrolable. Entendí el pánico de mi amiga: ¿le estaba pasando precisamente eso en el primer momento en el que se encontraban juntos y totalmente a solas? ¿Qué le pasaba a Pablo? Joder no, un cuerpo como el suyo… era un niño, sí, pero yo le había visto… habíamos hecho tantas cosas ya… en un cuerpo y un sexo como los suyos, no era concebible un gatillazo. ¿Nervios? Joder, evidentemente la situación con ella era nueva, y Nuria es… Nur es una mujer única, por decirlo rápido. De las que la mayoría de hombres tan solo llegan a desear en las páginas de las revistas que apelmazan y dejan pegadas con sus tristes corridas, o en el brillo de sus pantallas embarradas de blanca leche desleída y floja. Y, tenía que admitirlo, Nuria iba en aquel momento revolucionada como solo unas pocas veces la había visto. Cómo había sido capaz de acumular tanto deseo sin reventar antes, era algo que no me explicaba, pero estaba claro que había llegado el momento de reventar. Pero ¿cómo hacerlo con ese nardo blando y aplastado? Mi amiga, enloquecida, le apretaba con fuerza creciente aquel miembro impotente, aplastando con saña sus cojones, tirando de su pelo largo, sedoso y castaño, retorciendo el pene alargado y estirándolo luego como si no fuera más que un enorme chicle usado. A Pablo la polla se le estaba poniendo cada vez más roja y sudada, pero ni el mayor de los maltratos parecía afectarle: su sexo no se resentía, pero la verga tampoco llegaba a inflamarse…

 

- ¡Joder! ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? – Nuria se soltó súbitamente del interminable beso de mi primo y le ametralló con sus preguntas en medio de un cabreo creciente. A Nuria nadie le hace algo así, como comprenderéis… - ¡Joder, no se te sube, primo! – le remató, antes de que él fuera capaz de responder…

- Jo, Nuria… no sé… estoy muy cansado… supongo que solamente necesito descansar…

 

En el fondo, estaba claro que no era más que eso. El semental de mi primo nos había dado muestras sobradas de su incontenible vigor todos aquellos días, una y otra vez. Lo habíamos admirado y comentado a sus espaldas repetidamente, ya que ninguna de nosotras era capaz de recordar demasiados hombres que pudieran recargar la escopeta con la velocidad y frecuencia con que lo hacía él. Yo no sé cómo va eso, la verdad, por mucho que mi amiga médico Sandra, con su enciclopédica pasión por la sexología, haya tratado de explicármelo mil veces. Pero imagino que debe tener algo de acumulativo, o que en aquel momento lo tuvo para Pablo. También su edad, claro, es que era impensable que pudiera mantener el ritmo indefinidamente. Y, sobre todo, que es que aquel último día habíamos pisado el acelerador y, el ritmo que ya venía siendo fuerte desde el principio, se había convertido en vertiginoso en las últimas horas, como si nos hubiéramos lanzado los cuatro en caída libre. Vamos, que era normal que el crío necesitara un respiro. El problema era Nuria, claro. Mi amiga no está acostumbrada a andar detrás de los hombres. Ella siempre ha tenido a todo el que ha querido, comiendo de su mano. Imaginaréis que, cuando tiene ganas, tampoco es de las que se sientan a esperar a una polla, por ganas que le tenga… Y no porque no tenga capacidad profesional de poner tiesa hasta la verga más difícil, si hasta la he visto hacer que las pollasviejas con menos por trabajo hasta libre de pelo, su pubis, sus ingles... pero el trabajo y el placer siempre han sido cosas distintas.

 

¿Salvada por la campana otra vez, Laura? me pregunté a mí misma. Era alucinante, Pablo estaba a punto de lamentar aquel momento por los días de su vida. Porque cuando Nuria se va, nunca se sabe si va a volver.

 

Entonces entendí que, realmente, no conocía a mi primo. No le podía conocer, es cierto, porque lo que pasaba es que en aquellos días, en aquel preciso instante, estaba naciendo un nuevo Pablo. Le había parido yo dejándole meterme la polla en el coño poco más de un año antes, y aunque había querido devolverle al útero del que jamás debió salir, el niño había crecido a una velocidad desaforada, y estaba a punto de empezar a darnos lecciones a nosotras, las furcias profesionales.

 

- Yo… Mira, primo… - Nuria estaba afilando el puñal con el que se disponía a arrancarle a mi pequeño primito hasta el último resto de su inocencia.

 

Lo que no se esperaba ella es que aquel crío tuviera mucho más claro que un hombre tiene muchas más armas que su polla. Y, sobre todo, que –como había hecho antes conmigo– mi primo ya se había follado su mente, mucho antes que su cuerpo.

 

Yo lo vi venir unas milésimas de segundo antes que ella, aunque solo fuera porque mi privilegiada aunque defenestrada posición me ofrecía un ángulo envidiable de la lujuriosa y orgásmica entrepierna de mi amiga, que muchos quisierais para vosotros ahora mismo. La manita de Pablo, que no había parado de acariciar y hurgar el chumino de mi amiga, que estaba que echaba humo de verdad, se había curvado, juntando sus tres dedos centrales en forma de garra. Nur no pudo darse cuenta de aquello porque, al tacto, la placenterísima sensación de estar corriéndose sin parar, como una boba, no debía haber cambiado en lo más mínimo, y al fin y al cabo ella y él seguían tan desnudos, sudados y enroscados como desde el primer momento, y haciendo todavía todo lo posible por juntarse y sobarse los cuerpos, los duros y tersos culos, las fibrosas espaldas, los jugosos muslos… casi sin separar sus labios ávidos más que lo mínimo para conseguir hablarse. Total, que antes de que ella pudiera clavarle el puñal bien adentro (mira, primo, yo creo que voy a aprovechar para darme una ducha y así te dejo a ti descansando y recuperando fuerzas, que quién me mandaría a mí acostarme con niñatos y que lo que necesito yo hoy es un hombre de verdad y no el segundo gatillazo del día después del desastre del videoclub… me reproduje en mi mente sus palabras antes incluso de que ella llegara a pronunciarlas), mi primo ya le había clavado la mano.

 

- ¡OHHHHHH! Joder… ¡Joder! ¡JODER, PABLO! ¿Pero qué me estás haciendo? Hostia… ¡Hostia! OHHHH, ¡OHHHHH!, ¡JODER ME MATAS DEL GUSTO, PRIMOHHHHH! UFFFFFFFFFF, ¡¡¡OHHHHHH!!! ¡ME CORRO! ¡ME CORRO, PABLOHHHHHH!

 

Me habría extrañado ver a nadie corriéndose así con tal velocidad. Pero me extrañó ver así a Nurita mucho más que a cualquier otra persona. Pablo se la estaba follando a fondo con aquellos tres dedos. Nada más, esta vez no hubo nada de mano completa, puño, fistings ni mierdas. Solo sus tres dedos centrales, juntos, duros, gordo, largo… Entraban y salían de ella con rapidez, con fluidez total gracias al estado líquido del cuerpo de mi amiga. Aunque, con la temperatura que parecía llevar, iba a ser capaz de sublimarla como siguiera por ese camino…

 

Nuria parecía a punto de entrar en combustión. Mi amiga pataleaba y gritaba de una manera tan enloquecida que casi me hizo juntar fuerzas para levantarme. Pero mi cuerpo, al igual que la polla de Pablo, todavía no era capaz de reaccionar. Todo contrastaba con el frenesí explosivo de mi amiga, a quien en años de sexo compartido nunca antes la había visto alcanzar un nivel de excitación ni remotamente parecido. Sentí una envidia mortal, unos celos profundos y afilados, aquella vez de mi primo: yo nunca había sido capaz de arrancar a mi amada unos orgasmos de ese nivel, y dudaba mucho de que fuera a ser capaz de hacerlo algún día… En la vida hay polvos que, por lo que sean, son únicos e insuperables. Nuria estaba a punto de tocar techo en aquel momento: con mi primo.

 

Mientras tanto, él parecía guardar una tranquilidad pasmosa, sostenida, infinita. Su gatillazo, estaba claro, no era por nervios. Y, si la propia Nur no lo echaba a perder antes viniéndose abajo cuando se precipitara desde las alturas de sus orgasmos, aquel gatillazo parecía tener los segundos contados. Nuria no dejaba de machacarle aquella especie de almohadilla estirada pero blanda que tenía por paquete, que más parecía que le estuviera golpeando que sudando la polla. Pobre perra, qué manera de gozar, qué forma inhumana de retorcerse, qué sufrir de placer. El bastardo de mi primo la estaba volviendo del revés casi sin esfuerzo, aunque hay que reconocer que le estaba haciendo una follada magistral, porque si él prácticamente no se movía (o no lo hacía, al menos, en comparación con el torbellino exaltado en que se había convertido mi amiga), sus dedos por el contrario parecían aparecer y desaparecer de aquel coño desbordado a una velocidad supersónica, mientras que todavía sus dedos libres parecían capaces de recorrer sus labios atormentados, encontrando todavía nuevos rincones desde donde electrizar el convulso cuerpo de Nurita, o alcanzar incluso la boca del pozo negro al que llevaba aquel caminito de gloria pavimentado por los pelos oscuros y sucios, duros y brillantes, cortos y fuertes que se arrastraban desde los confines del sexo de mi amiga hasta la brillante entrada estrellada de su culo, que relucía enmarcada entre la hondura negra del ano y chocolate lustroso de sus nalgas.

 

Después de una sucesión de corridas insoportablemente escandalosas y largas, el cuerpo de Nur pareció que empezaba a rechazar la serena pero implacable voluptuosidad de mi primo. En un momento dado, saltó de sus brazos, tratando de ponerse en cuclillas sobre el colchón y huir de él, retrocediendo, atenazada, asustada como si estuviera siendo violada por un demonio de otro planeta.

 

         - ¿Qué me has hecho, cabrón? Pero… ¿pero cómo lo haces?

 

Su respiración agitada hacía casi imposible entender sus palabras. Pablo habría tenido muy fácil ir detrás de ella, rehusando sacarle la mano de dentro, y podría haber seguido follándola así hasta acabar con ella. Ni qué decir tiene que, de haberlo hecho, Nur habría sido su segunda víctima de la tarde. Después de mí. Pero, si a mí me había querido dejar fuera de combate, lo que Pablo quería de Nurita seguía siendo lo mismo de siempre… Tan pronto se vio vacía de él, mi amada, aunque seguía tan agitada y temerosa como antes, pareció capaz de empezar a recobrar la cordura y el entendimiento. Si es que era posible recuperar el entendimiento después de haber sentido cosas tan bestiales que ningún ser humano iba a ser jamás capaz de entender… Las preguntas de Nuria iban a quedar sin respuesta, pero lo que ya no iba a perdonar mi amiga era que también su vida quedara vacía y sin sentido, después de aquello. Como yo, había comprendido que, para seguir viviendo, tenía que llenarse y saciarse de él, que nada más importaba ya en este extraño mundo… Pablo también lo sabía. Había ganado el tiempo que necesitaba, había puesto a aquella perra en el lugar que quería, y ahora tan solo tenía que recoger los frutos…

 

- No… - mugí, como una zorra inconsistente desde el fondo de la habitación. Igual dio. Nadie me hizo ni el menor caso.

 

Mi primo seguía semi tumbado en su cama, con la espalda medio apoyada en el cabecero, mientras Nuria trataba de superar su desasosiego, descolocada en un revuelto ovillo a los pies de la cama. La expresión serena de Pablo nos dejó claro que, por fin, estaba preparado. Sudando como un pollo, separó sus piernas al máximo para ella. Su pene yacía, todavía flácido, rojo y alargado sobre su vientre. Sus peludos cojones, en cambio, se habían vuelto a hinchar y se elevaban, alternativamente, envueltos por aquel escroto enrojecido que ahora parecía una gruesa capa de piel surcada de profundos caminos. Pablo se acercó la mano que había tenido hundida en Nuria a su muslo derecho, y la dejó resbalar por la cara interior de éste hacia su entrepierna abierta y separada. Empapada de ella como la llevaba, no le costó introducirse un dedo entero, hasta el fondo de su alma. Sus pelotas temblaron al rellenarse de aquella manera. El coño de Nuria empezó a oler brutalmente en ese instante y ella, por fin, reaccionó.

 

El andar felino de aquella negra pantera hacia la presa que dormitaba en el pubis de mi primo fue exasperantemente lento. Pero el espacio a recorrer era breve, las ganas de ella insondables y la atracción que ejercía aquel ídolo divino era inconmensurable. Pufffff… Nur se había empeñado en privarse a sí misma de todos aquellos maravillosos placeres anales durante años y años pero, para quienes como yo y Pablo disfrutábamos de ellos libremente, sabemos bien que la atracción de un cuerpo joven de hombre siendo penetrado tan visible y provocadoramente es algo muy difícil de superar. La cara de Nuria impactó primero, de lleno, contra aquellos gordos y duros testículos. Aquella vez Pablito acusó el golpe y cerró los ojos, acelerando la follada en su culo para tratar de desviar hacia allí las sensaciones de su entrepierna, y superar el dolor sordo que el golpe le había producido. Que Nur le hubiera cogido los huevos con sus labios y se los hubiera metido enteros en la boca, y estuviera mamándoselos tal cual con fuerza pero con innegable maestría, está claro que le ayudó bastante.

 

A mi primo se le empezó a venir el falo arriba con cada sorbida que Nuria le pegaba en los huevos. La pobre moqueaba y tosía, tragantada con los largos pelos babados que poblaban su escroto inflado. Me flipó ver cómo ella le tomaba delicadamente de las manos, y se las sacaba de entre las piernas para ayudarle a ir colocándolas sobre la propia cabeza de ella. Entendí que Nur sabía bien que las iba a necesitar allí más pronto que tarde. Y, una vez que se hubo adueñado completamente de la situación, cerró sus garras de guarra sobre su presa, apresando la base del cipote a ras de huevos (a ras de sus propios labios, pegados como estaban al pubis de él), sin dejar de chupar y succionar con violencia mientras, en contraste, llevaba la otra mano bajo el falo para, acariciándolo, sujetarlo con reverencial entrega, preparando lo que estaba a punto de llegar con suavísimas caricias, en largas y lentas pasadas muy ayudadas por la humedad extrema de aquella carne. Pablo gimió, tembló y resopló cuando los dedos de Nuria empezaron a hacer el trabajo en su ano que hasta un momento antes había estado haciendo él mismo. Nada, repito, nada hay comparable en que te dé placer otra persona o se lo dé una misma. Y lo dice una amante del placer solitario como yo… Pero para Pablo ni de lejos podía ser comparable el folleteo que se había estado haciendo en su culito con sentir allí, ahora, los dedos calientes de Nuria rebuscando, girando, penetrando, mientras la muy guarrilla no dejaba de devorarle las pelotas.

 

- Ufffff… cómo me gustas, prima… - le dijo, revolviendo sus manos sobre la negra cabellera de mi novia. Joder. ¿Prima? ¿En serio? ¿Pero de qué iba eso, Pablo? Mucho me temía que no había sido una equivocación, que no estaba pensando en mí mientras ella le follaba el culo y le comía los huevos. – Eres la mejor, Nuria… fóllame, fóllame, prima, vamoooosss – me remató. Pablo acababa de declarar a mi amiga su prima, quizás respondiendo al mismo apelativo que ella ya llevaba días utilizando con él. Quizás por entender que, siendo mi pareja, ella era en cierto modo una “prima política”. Quizás como gesto de cariño. Quizás, me temía, porque quería que Nur, al morbo de aquella especie de pederastia insensata y descarnada, sumara ahora también la perversión de la relación incestuosa… ¿No eran más que dos primos follando?

 

Follando.

 

Joder.

 

Nur se había vuelto a poner en marcha, reptando libidinosa sobre su cuerpo como la serpiente del Paraíso. El corazón de Pablo latía a toda velocidad, sin duda en total sintonía con mi propio órgano vital desbocado. Mi novia se había decidido a ponerle la polla dura a mi primo, de aquello no había duda. Trepó y trepó, hasta que su cuerpo superó al de él, después de cubrirle a besos toda la cara y el interior de la boca. Siguió trepando y le empujó, hundiéndole debajo de ella, olorosa, salida, sucia. Le apretó la cabeza contra la almohada mientras, dándose de sí todo lo que era capaz, abría sus muslos en puente a pocos milímetros de su cara, acariciada por sus colgajos y bañada en los colgajos de sus colgajos. Las manos de Pablo se cerraron sobre el culo perfecto de ella, y la polla tembló, por fin. La sangre estaba llegando. Apalancándose con las manos contra la pared, Nuria se dejó caer, de golpe, sobre la cara abierta de él.

 

Pablo se ahogó, Nuria no supo que hacer con tanto aire. Su cuerpo se empezó a refrotar sobre su improvisado asiento, él permanecía impasible, en toda su anatomía, salvo en el ondeante masaje nalgar de sus manos y el incansable bucear de su cara y de su boca en aquel sexo desmedido y total. También en un levísimo, lento pero inexorable irrigar de sangre en el cuerpo carnoso de su falo tumefacto. El cuerpo orgasmante de ella se arqueó disfrutando de aquella comida perfecta, deseable, envidiable, alargando sus manos de ramera hacia atrás, buscando aquel vástago que la llamaba desde lo más profundo de su ser, que en aquel momento estaba siendo alcanzado por el huracanado placer desatado por la lengua de mi primo. Aquella delicia insuperable terminó con Nuria caída temblando y patas arriba en el suelo, después de volcar la mesilla, y con Pablo abalanzándose sobre de ella, incapaz de superar el dolor que le producía la pérdida de aquel contacto.

 

La polla de Pablo se puso tiesa. Ni me había dado cuenta de cuándo había pasado, pero Nur sujetaba aquella cosa enorme con su mano, cuya delicadeza parecía absurda ahora que la tranca volvía a sobresalir orgullosa y amenazadora. No le costó lo más mínimo reponer su compostura, desplegándose despatarrada contra el suelo marcado por la baba de su flujo, y aferrándose al culo de él para volver a incrustarse sus pelotas, mas hinchadas y gordas que nunca, bien adentro de su boca. Acariciándose la concha con una mano, le tomó la verga tiesa en la otra, masturbando el falo con decisión pero, a la vez, con una suavidad desmedida, pajeándolo no explícitamente, sino como si dijéramos acariciándolo como si fuese una mano, como una cara, como si –por ahora, al menos, ella no buscara todavía más. Pero así son las cosas: antes ella no fue capaz de tremparle ni con la mayor de sus violencias; ahora, el globo se había hinchado solo y la arrastraba a ella más allá de este mundo sin que tuviera la menor oportunidad de resistirse. Pronto él estaba ya empalmadísimo, y cuando digo eso de mi primo me refiero a que aquel miembro no podría resistir ya ni una sola gota más de sangre en su interior y que, seguramente, nada con un tacto parecido al de la carne humana podría llegar a estar así de duro en los siglos de este mundo. Mi primo casi se le había sentado esta vez él en la cara de ella, disfrutando de aquella forma incansable que tenía mi novia de comerle los huevos. Él, claro está, le ayudaba en sus movimientos, apretándole la cabeza contra su pubis, haciendo que ella se volviese loca mientras pajeaba aquella dureza satinada como untada de mantequilla en golpes, pese a todo, secos y compulsivos, y atacaba con furia una y otra vez los prometedores testículos nuevamente repletos de rica lefa…

 

Naturalmente, a él parecía estar volviéndole loco la sensación, y se iba echando cada vez más hacia delante, para ponérselo más cómodo ella, metiéndole él mismo sus huevos colgantes, sujetándole casi la cabeza entre sus piernas. Ella se los metía enteros en la boca como si de ello le dependiera su vida, y Pablo se iba volviendo loco, su pene estaba al máximo, auténticamente a reventar, me dolía a mí el vérsela así, con aquellas sádicas embestidas que le estaba pegando la desconsiderada mano de Nuria… Hubo un momento en que el pajeo de ella se hizo tan desabrido que él se empezó como a levantar de puntillas, casi como si quisiera huir de ella, pero no, en realidad se estaba intentando levantar más todavía sobre ella, y de ahí se puso a levantar una pierna para poder empujarla a ella todavía más contra él, más debajo, más entre sus piernas, más y más cerca de él, hasta que sea imposible poder estar más cerca, para que le coma los cojones hasta el nacimiento mismo del cipote, cosa que Nuria hizo con naturalidad y facilidad absolutas, como si fuera lo más normal de su mundo, como si aquel y no otro fuera su desayuno habitual, a diario: cojones de mi primo Pablo, abriendo la boca como un animal, la muy puta, no sé como fue capaz de hacer aquello, ella que nunca podía con el garganta profunda ni con las pollas más pequeñas, y además que tenía a mi primo cada vez más desatado, que parecía que le iba a dar algo, y eso si no se la llevaba primero por delante a ella, a mi Nurita que estaba metida totalmente debajo de él, completamente entre sus piernas, y aún así siguieron juntándose y juntándose más y más hasta que consiguieron que pareciera que la polla de Pablo nacía en realidad de la boca de mi amiga, aquella boca preciosa que yo había besado miles de veces buscando las mieles de su lengua, pero de la que ahora, en lugar de lengua, crecía aquel duro cipote como si fuera un árbol, desde sus labios y creciendo disparado hacia el techo, pero perfectamente enraizado en el fondo de la garganta de aquella hembra caliente, con unas raíces poderosas capaces de soportar aquel enorme tronco, lo tenía todo tan duro, tan empalmado, que apuntaba en verdad totalmente vertical, hacia arriba, como si fuera un cohete a punto de despegar hacia la luna con Nurita pegada por la boca en los propulsores de su base.

 

En fin, tampoco voy a culpar a Nur. La zorra de ella se había corrido, se había corrido como nunca con la follada que mi primo le había hecho con los dedos, y luego se le había deshecho lo poco del chirri que todavía le pudiera quedar entero cuando él se lo comió, y eso sin contar que entre los dos se lo habían estado majando todo el rato, y que ella todavía guarreaba en aquel despojo encharcado mientras estaba allí, metida debajo de Pablo. Cuando alguien ha sido capaz de vapulearte de una manera así, evidentemente lega un momento ya que te vale todo y tampoco te paras a pensar, tan solo actúas. Eso y que, si encima tienes la boca repleta con toda la huevada hinchada de un tío como el salido de mi primo, ufff… joder, es que esos testículos gordos y calientes, que estarían en pleno bullir con ganas ya de echarle todo el semen encima a aquella putita que no podía parar de zorrearle… qué os voy a decir, si yo me hubiera dejado llevar, igual que ella. Nuria había perdido la cabeza por completo, deseaba a mi primito más que a nada en este mundo, y mi primo se le estaba entregando sin tapujos, tanto que hasta parecía dispuesto a meterse entero dentro de su boca, tal era la locura que estaban haciendo entre los dos para aumentar sin parar la comida de huevos de ella. Pero claro, ya nada era suficiente para ellos, así que Nur quería más, y empezó a buscarlo agarrando con fiereza sus piernas, sobándoselas con un deleite impropio, como si fuera realmente un hombre hecho, grande, musculado, en vez de un pobre preadolescente apenas empezando a desarrollarse, fibroso y bien formado, desde luego, pero quizás tampoco tanto como parecer a punto de alcanzar el Nirvana solo por poder meterle mano en los muslos… porque el sobeteo de Nur había subido ya a sus muslos, y de ahí se pasó, imparable, a la cara interior de estos, acabó subiendo hasta sus ingles, provocando aquel electrizante latigazo en Pablo, y de ahí ya pues a su culo… era el remate natural de la jugada, está claro, por mucho que Nuria no hubiera sido nunca antes de las que tocan el culo de nadie, pero es que aquel día su propio culo había sido perforado ya dos veces por mi primo, aquel día los culos habían aparecido como objetivos deseables, y Nurita debía entender bien que mi primo deseaba que le folláramos el culo tanto como follarnos a nosotras, y que aunque no le gustara a ella, estaba obligada a hacérselo si de verdad quería llegar hasta el final, bueno, eso si, simplemente, ella no estaba ya empezando a cambiar… si, simplemente, no era ella misma la que estaba deseando penetrar a mi primo. Porque acabó entrándole allí mismo, claro, primero se aseguró de tenerle bien cubierta de la baba que escurría de su boca colmatada de huevos y del propio sudor de Pablo toda la cara interior de los muslos de él, untándole generosamente la raja del culo. Entre eso y que mi primo lo tenía ya bien dado de sí, después de un año dale que te pego con el pollón de su hermano, a Nuri no le costó nada introducirle todo el dedo corazón de su mano derecha, directo al fondo de su ano. Pocas veces he visto un dedo entrando así de fácil…  

 

Y ahí me di cuenta que yo la había jodido pero bien. Es que no solo era que Nur estuviera revolucionada más allá de todo límite, más allá de lo que nunca había estado con nadie, ni conmigo misma, sino que era evidente que también mi primo estaba ahora en el séptimo cielo. No sé, yo creo que él me hubiera cambiado a mí por ella sin dudar, en cualquier momento… excepto en AQUEL preciso momento. De pronto, ya era tarde para todo, tarde para llegar. Joder. ¿Cuántas oportunidades seguidas has dejado pasar, estúpida? me pregunté. Mi mente quiso incorporarse, llegar hasta ellos, pararles en seco o, cuanto menos, sumarme a ellos, pero mi cuerpo solo pudo reaccionar haciéndome caer de bruces en el suelo. Apenas conseguí reptar un poco hacia ellos, arrastrarme babosa, asquerosa y miserable hacia a aquel ser de luz, aquel ser divino que estaban a punto de formar ellos dos, unidos en un solo cuerpo, tan cerca de mi pero a la vez tan totalmente inalcanzables. Nurita le estaba haciendo un metesaca en su culo tremendamente sensual y expresivo, mientras no dejaba de comerle los huevos con todas sus ganas. Si alguna vez yo he visto algo duro, os juro que era la polla de mi primo en aquel momento. Joder, le temblaba, se veía horrible, hinchada y tensa, a punto de explotar, aquella piel y aquella carne no daban ya más de sí, y los secos restregones que le metía mi novia parecía que iban a conseguir destrozarla sin piedad antes de que pudieran llegar a dar ningún paso irreversible… ojalá, me dije, ojalá se le corra encima y se vuelva a quedar agotado… Pero, ¿qué sentido tenía que yo deseara nada a aquellas alturas? Estaba en el suelo, tirada como una alimaña, merecía que me escupieran, que me patearan, pero lo cierto es que ya no reparaban ni en mi presencia allí, retorcida de placer en el suelo, todavía junto a la ventana, mientras no podía parar de clavarme aquel instrumento de placer que me había traído Nur. Mi novia había demostrado conocerme a mí mucho mejor que yo a ella, ya que con su jugada había logrado cumplir con creces el que había sido su único objetivo, que no era otro que dejarme anulada.

 

Total, que allí estaba yo, junto al ventanal de la habitación dale que te pego como una loca metiéndome un rabo de plástico en el coño, que tenía abierto de par en par como si fuera una jornada de puertas abiertas en el prostíbulo más oscuro y depravado que podáis conocer, cuando, de repente, vi aparecer, como si viniera de otro planeta, a la buena de María, completamente vestida, feliz e inocente con su eterna carita de niña, acercándose al cristal del ventanal, todavía cerrado a cal y canto. Pegando allí su carita, hizo campana con sus manos alrededor de sus ojos para poder ver mejor lo que ocurría. Puso cara de divertida sorpresa mirando a Nuria y Pablo, y luego me miró a mí con una pícara y divertida sonrisa y un gesto de complicidad y exagerada exageración. De repente, extendió un papel que llevaba entre sus dedos, y lo pegó al cristal: “ME VOY – LLEGO TARDE AL GINECÓLOGO – TE COJO EL COCHE” se veía escrito, en mayúsculas, con su redondeada letra de colegiala. Se volvió a reír, y sacudió la mano con un gesto de admiración, como reconociendo la salvaje enormidad de lo que estaba pasando allí dentro. Luego, se llevó el dedo índice bajo su ojo, poniendo carita seria, y agitó la palma de la mano abierta en un gesto de amenaza de azotaina si nos portábamos mal… Joder, no, Meri, no te vayas, entra aquí y para esto, quise suplicar, impotente, sin poder hacer otra cosa que no fuera fornicarme con aquella pollaza de goma, sacando brillo al suelo con mi cuerpo desnudo. La actitud infantiloide de María se veía reforzada por su peinado, con dos hermosas coletas rodeando su carita de niña, y aquel tan veraniego vestidito mínimo que se había puesto. Bajo los finísimos tirantes y el amplísimo escote, se le dibujaban a la perfección las bellas formas de sus pequeños y redondos senos desnudos, cuyos pezones siempre duros se marcaban con intensidad en la liviana tela clara de aquella prenda que casi parecía una camiseta escotada y sin mangas, apenas un poco larga. ¿Pero a dónde iba aquella zorra? Estaba increíblemente seductora, con aquellos pezones de roca marcados como si les estuvieran pasando un trozo de hielo por encima… Para colmo, y a modo de despedida, se agarró con las manos el vuelo de aquella casi inexistente faldita y, dando un ligerísimo saltito hacia delante, impulsó su pubis hacia mí y se elevó la tela lo justo como para que pudiera ver sin el menor problema que no llevaba tampoco bragas, mostrándome su infantil coñito perfectamente cuidado, con aquella sonrisa vertical que prolongaba el corte de sus piernas sonriendo, pese a todo, demasiado amenazadoramente. Mer me guiñó un ojo antes de bajarse la falda, después de haberme enseñado su sexo durante un rato exageradamente largo, sin duda animada al contemplar que yo había empezado a follarme aún más fuerte al verla así de rica y expuesta. Menudo putón, es que estaba sencillamente increíble, deseable como nunca, radiante con aquel maravilloso vestidito, de una tela tan suave, fina y delicada, casi como de seda, y el corte tan ligero, sin mangas, con amplio escote pero, aún así, muy ceñido al pecho, muy ceñido a todo su cuerpo en realidad, por la suavidad de la tela, y la talla perfecta, se le ajustaba tan bien, delineando sus formas perfectas, llenas y generosas, bellísimas a pesar de su altura limitada, pero aquellas caderas anchas, aquel hermosísimo culo, la forma divina de sus pechitos, brutalmente expresiva así sin sujetador, claro, tetas pequeñas y duras muy marcadas, pezones como rocas que parecían esculpidos, y aquella faldita que al andar se le metía entre las piernas dibujando su pubis, hasta su raja toda, por su desnudez total, y por detrás se le levantaba y se le abría, además, hasta el culo, hasta casi toda su raja también, por ahí, y su preciosa y fuerte espalda que quedaba entera al aire, poderosa, buf, y encima aquel color gris claro, casi blanco, brillante, contratando con su piel morena, deliciosamente brillante de sudor también justo en el nacimiento de los pechos. Estaba buenísima, pero algo exagerado, súper erótica… ¿Y se iba al ginecólogo? Joder, parece que el muy cerdo del dermatólogo aquel, por muy amigo de su padre que fuera, le iba a cobrar caras las pastillas del día después que mi amiga quería conseguir. Pero oye, aquello no era asunto mío, y menos en aquel momento. Y, al fin y al cabo, prefería que no anduviera con juegos precisamente ella, que no estaba tomando protección frente al embarazo en aquel tiempo, y llevaba desde la noche con el semen de mi primo dentro de su coñito. Aunque, os confieso, mientras la veía marcharse hubiera dado un brazo porque hubiera abierto el ventanal y se hubiera tumbado sobre mí… ya que Nur y mi primo me iban a matar, por lo menos morir feliz.

Pero Meri se había ido… y eso significaba que, después de todo, nos habíamos quedado solos los tres, mi primo Pablo, Nuria y yo. Joder, aquello era de repente como un momento mágico que no se había dado antes en todos aquellos días, en los que la demencia de mi atracción por él se había ido entremezclando con la imparable atracción mutua que había ido creciendo también entre ellos. Parecía inevitable que, en circunstancias normales, se me hubieran pasado todo tipo de perversiones para un momento así, habría sido como una especie de sueño en el que todo podría haber llegado a pasar... sí, todo habría podido pasar si no fuera porque casi todo estaba pasando ya junto a mí, y Nuria se las había arreglado para dejarme criminalmente fuera de ello. Y, pese a todo, lo que aquella zorra le estaba haciendo a mi primo me tenía absolutamente hipnotizada… Demasiado hipnotizada, sí, y demasiado mágico el momento, como no iba a tardar en comprobar.

 

El caso es que yo había deseado su corrida, estaba deseando de hecho verle explotar y doblarse, cayendo vencido sobre ella, que la dejara ahogada en lefa si quería, sí, eso en realidad ya me daba igual, pero que aquel cerdo se vaciara por completo y que cayera, rendido, en un sueño profundo del que solo mi boca iba a ser capaz de despertarle… Lo cierto es que aquel malvado deseo mío no dejaba de ser una constatación bastante fiel y conocedora de la realidad. Mi primo llevaba ya un rato dando señales de estar al límite, señales de un tipo que a mí, con una ya considerable experiencia con él, desde luego que no se me escapaban. Y, por si fuera poco, como he dicho su polla se había empalmado una barbaridad, pero hasta unos extremos que su dureza total parecía ya a punto de tornarse fragilidad, como si bastara un golpe, mínimo pero preciso, para que aquello se rompiera en mil pedazos. Nur le había estado metiendo sobadas rudas y secas mientras le comía las pelotas y le follaba el culo, aunque justo cuando pasó ya ni siquiera tenía su mano libre allí, sino que estaba jugando a martirizarle retorciéndole la base del tallo y el arranque de los huevos justo en el punto en el que nacían de su joven pubis. Al final, le fue imposible aguantar más. Tuvo una de sus portentosas corridas sin tocarse, tan sorprendentes siempre pero a las que, a aquellas alturas, ya empezaba a tenerme acostumbrada. Como siempre, el semen le acabó manando de su polla como si fuera una fuente, sin saltar (a excepción de un par de chorros cortos pero expulsados a gran presión, tanta que el primero de ellos llegó a a quedarse pegado en el techo por un momento), sin presión, brotando de la punta de su polla a borbotones, cayendo resbalando por su glande amoratado de la presión en enorme cantidad, y en seguida chorreando por su falo abajo, y goteando espeso hasta la boca, el pelo y la cara de ella, de mi amiga, de Nuria mi novia, que no tardó en tener su cara de diva sumergida en el aparatoso esperma de mi primo.

 

Joder, qué imagen. Desde luego, de haber sido capaz de reaccionar, aquel habría sido el momento perfecto para entrar en acción yo: justo después de haberles dejado llegar más lejos que nunca, desde luego mucho más lejos de lo sensatamente permisible, pero antes desde luego de que llegaran a hacer algo de lo que tuviéramos que lamentarnos luego. Mi preciosa Nuria, estaba blanca: su cuello, su plano pecho, hasta su coño y el suelo estaba resbalando el yogur de Pablo, pero también estaba embarrando los cojones y las ingles de mi primo, metiéndosele hasta por la raja de su culo, de tal manera que el dedo imparable de Nur, que seguía impertérrito follando allí dentro, le empezó a empujar su propio semen dentro del ano. Nurita, igual que habría hecho yo en su lugar, animada por toda aquella deliciosa leche que mi primo le acababa de regalar, empezó a subir, excitadísima, sobando y lamiendo la dura tranca, abrazándose a aquel tronco ardiente como si fuera un árbol, puliéndolo y dejándolo limpio y reluciente mientras se abrazaba literalmente, desesperada, con todo su cuerpo desnudo frotándose al cipotón, lamiéndole el glande gordo mientras lo abrazaba, chupándoselo como si estuviera morreándose con la cabeza de aquel cuerpo fornido con forma de dura verga, para en seguida seguir subiendo, besando y lamiendo su vientre, recogiendo la sal del sudor que perlaba el camino de suaves pelillos que le trepaban hasta el ombligo, sumergiéndose en el mar sudado de su agitado pecho, agarrando su cabeza con desesperación, temblando los dos mientras se miraban, fija y amorosamente, besándole ella toda la cara, buscándole él la boca con ambición, para besarse, para comerse ansiosos, mientras él empezaba a temblar con fuerza de la emoción, y temblando se fue cayendo al suelo, sobre la alfombra extendida junto a la cama, y ella siguiéndole siempre detrás, amorosa y amante, lamiendo y besando en su recorrido el cuerpo completo de él, todo cuanto se ponía a su alcance, todo lo ardiente que puede ser Nuria, que estaba súper caliente, tan caliente como nunca había estado antes conmigo ni con nadie, sin dejar nada sin comer ni lamer, porque todo lo de Pablo que se le puso a tiro acabó siendo engullido por su lujuria voraz.

 

Ni qué decir tiene que para entonces, yo me estaba cabalgando como una furcia enloquecida con mi consolador, pero a la vez estaba también destrozándome el culo sin piedad con la otra mano, al fin y al cabo Pablo me lo había dejado ya desastrosamente abierto, y aunque lo tenía tan desgarrado y dolorido que veía las estrellas cada vez que entraba, mi excitación era tan brutal que casi ni me estaba dando cuenta de eso, si es que el dolor no contribuía a ponerme más bruta todavía, en realidad. Pero, si quería dolor, estaba a punto de conocer el peor de los dolores, el más implacable: aquel que únicamente se siente cuando ya no puedes hacer nada por arrancarte el puñal de los celos, una vez que lo han hundido en tu cuerpo hasta la empuñadura.

 

Pese a que la situación era perfecta, podría haber sido una vez más en que, sencillamente, el peligro pasaba de largo casi sin dejarse ver. Era cierto que mi primo estaba tumbado contra el suelo, falo en alto, erguido, levantado mirando al techo, completamente empapado de su semen y de saliva de Nurita. Era cierto que ella estaba a horcajadas sobre él, mirándole enloquecida, sádica, perdida, y que mi pobre primo había perdido la cabeza igual que ella, los dos cuerpos azotados por unos monumentales orgasmos y las dos mentes destrozadas por un deseo que habían tratado de obviar, de ocultar incluso, pero que se había convertido en una fuerza más devastadora que el peor de los terremotos. Tantas veces habíamos estado ya así con Pablo aquellos días, pero no solo yo, también ellas se habían enfrentado a la tentación… y alguno de los cuatro, siempre, habíamos sabido salir del paso. Pero, aquella vez…

 

Aquella vez Nuria lo había ido buscando. Había aniquilado a María, cuando se aseguró de que Pablo me había aniquilado a mí igualmente. Con el terreno despejado, se aseguró de rematarme a base de consolador para que, ni aún queriéndolo yo, fuera capaz de molestarme.

 

- Nuria… eres una Diosa, me pones a mil y me muero por follar contigo… - a Pablo no le costó nada formular su petición. Tampoco le había costado pedírmelo a mí antes, una, mil veces, por mucho que a mí sí me costara satisfacer sus deseos. Mis deseos. A Nur no le iba a costar satisfacer su propio deseo. Ella nunca necesita que se lo pidan dos veces, ni siquiera necesita que se lo pidan cuando quien lo desea tanto es ella.

 

Y, a pesar de todo, no me lo creí cuando la vi levantarse, dar dos pasos titubeantes, hasta situarse sobre él, encima de su auténtico centro, erguida sobre su mismo cetro erecto en pleno vigor… El puñal me acarició la piel de la boca del estómago, con unas cosquillas tan estimulantes en mi excitadísimo estado que hasta rogué por un momento ser atravesada de una vez… quizás aquel martirio fuera, finalmente, placentero, o por lo menos el rugir de mi coño parecía confirmar que ésa tenía que ser la única reacción posible.

 

La imagen fue alucinante. Nuria dobló las piernas, agachándose. Se le empezó a sentar encima, sí. Tal cual. Sus manos deslizaron pegadas a su vientre, bordeando su pubis y la belleza total de su sexo abierto. Alcanzó el glande, que parecía abrir su boca dispuesto a devorar su presa, separó sus colgajos chorreantes con dos dedos, colocó la verga. Se dejo caer. Fue lento, en realidad. Primero terminó de montarle, suspirando al sentirle abrirla. Pablo quiso empujarse dentro con un empellón de su culo, pero ella sujetó firme la polla asalvajada de él y, aunque acusó el golpe con un exagerado arqueamiento de su espalda, pezones erguidos mirando al techo, gotas de sudor volando por el aire de su cuerpo al mío, controló al pequeño demonio, y fue ella la que lo hizo, disfrutando con deleite cada paso, cada avance, cada milímetro que aquella gorda polla dura se iba abriendo camino dentro de su coño triunfante, descendiendo muy poco a poco, muy lentamente sobre el falo duro que seguía apuntando al techo, pero que ahora tenía todo el cuerpo de Nuria de por medio, abriendo bien el coño, abriéndoselo como nunca antes se lo había tenido que abrir para nadie, introduciéndose a mi pequeño primo, dentro, del todo. Los labios menores de mi amiga, excitados como nunca, aleteaban morenos y brillantes alrededor del pene erecto, negro sobre blanco, acariciando su piel tensa con la blanda humedad de aquella carne de ostra, tan jugosa y plena que me habría dejado matar por poder probarla en aquel instante. Unos labios que, pese a todo, devoraban con ansia el enorme falo que parecía imposible enterrar en el cuerpo de mi amiga, de lo duro que estaba, pero aquella boca que se le había abierto entre las piernas parecía capaz de tragar con todo, y de pronto la vi como una boca demoníaca y dentada, cubierta de afilados colmillos capaces de hacer trizas y reducir a la nada hasta el más duro de los materiales, hasta el rabo tieso de mi primo, que estaba más duro que lo más duro que pueda existir en este mundo, pulverizándola, pulverizando a Pablo y haciéndole desaparecer en las profundidades de aquel coño, misterioso y oscuro. Bajó, bajó y bajó hasta que sus rodillas tocaron el suelo y su cuerpo se estremeció, completo, en un profundo y desagarrador suspiro.

 

¿O había sido yo la que había suspirado? Suspirado al sentir el puñal rajarme y destrozar uno tras otro mis órganos vitales, hasta quedar clavado entero, dentro de mí, como clavada estaba mi novia en la tranca toda de mi primo, hasta dejar la mano que huía bañada en mi sangre y en mi vida, como la vida y los flujos de Nuria empezaban a untar con exuberancia el falo perfecto y soñado de Pablo, metido dentro de ella, agarrotando su cuerpo de pantera a cuatro patas que juntaba fuerzas, sus garras pegadas al suelo, para terminar de devorar a su presa.

 

Y así la pantera, la loba, la zorra, la guarra puta de Nur se lo empezó a follar. Mi pequeño primo, por primera vez en su corta vida, se estaba tirando a otra mujer… ya le había visto follar a otra persona, a Lucas, el hijo de la vecina de mis padres, pero no era para nada igual verle con uno de sus iguales que con una hembra única como Nuria. Con MI hembra…

 

Yo no pude más que observarla, asombrada, destrozada, pero incapaz de reaccionar. El dolor que sentí fue algo que no conocía, algo que no había sentido antes, ni he vuelto a sentir después. Es cierto que tenía un parecido acre con los desgarros producidos por aquellas caricias de cristales rotos que me habían provocado, tan frecuentemente, los desplantes y egoísmos de Nuria. Pero, por profundos que hubieran sido algunas veces, aquellos nunca pasaron de ser arañazos, mientras que lo que sentí aquella tarde, tirada en el suelo de aquella habitación en casa de mis padres, fue demasiado brutal, demasiado real. Tanto que ver a Pablo entrando en ella me dejó bloqueada por completo, de veras que no conseguía moverme, era demasiado fuerte, demasiado físico, y no era solo ya aquel agudo dolor físico que sentía también en mi coño y en mi culo, que tan sádicamente me había profanado yo, sin piedad alguna, a mí misma, en un intento quizás de sentir siquiera una mínima porción de aquel placer infinito que tenían que estar sintiendo ellos ahora, o un intento, quizás, más bien, de que un dolor físico y real pudiera anular, un poco, al menos, mi dolor psíquico sin fin, mi dolor de verdad, el más real de los dolores, un dolor que me había rajado el corazón igual de rajado que tenía el culo en aquel momento.

 

¿Cómo iba a ser capaz de vivir ahora, después de ver cómo ella se me había adelantado, como no era yo la que estaba envolviendo con mi vagina la portentosa polla de mi primo? No era mi sexo, qué va, era el coño de zorra de Nuria, ella se lo estaba haciendo ya con él, se lo estaba haciendo todo con Pablo, mi primo, al completo, con mi pequeño primo… Ella se lo estaba follando, porque le había sujetado las manos y casi le estaba violando, y aunque él estaba queriendo follarla era ella quien lo hacía todo, puta desenfrenada, y él no era capaz ni de controlarla, pero quién querría hacerlo además, estando en su situación, tan erótica, tan desmedida, jamás antes la habíamos visto así, pero el pobre Pablo, tan niño, no va a aguantar a esta salida, me digo, el pobre crío patalea, parece que le falta el aire mientras ella lo engulle, lo devora con su coño insaciable, follándoselo como se follaría a alguien a quien no importa mantener con vida después de la cópula, y Pablo pataleaba y gritaba, ahogado, hundiéndose en aquel cuerpo enfurecido que nadie de este mundo iba a ser capaz de gobernar ya… Tranquilo, mi niño, tranquilo y difruta, este momento es único, Nuria es única, ella es tan especial… me repetía a mí misma, mientras avanzaba por el suelo, reptando, con las piernas inmovilizadas por completo, ya que el dolor me había privado, momentáneamente pero por completo, de movimiento de cintura para abajo. Aún de tan tortuosa manera fui capaz de acercarme hasta él para sujetarle los pies, mientras ella se lo seguía follando a saco como una perra loca.

 

Pablo intentó por un momento volver a tomar la iniciativa, haciendo amago hasta de levantarse, impetuoso, decidido a dominarla, pero era evidente que no iba a ser capaz de hacerlo, que no podría lograr una hazaña semejante, aquella furia que yo amaba y que tenía por novia le tenía anulado, hasta el punto de que parecía haberle dejado reducido a una especie de enorme consolador en sus manos, el más sólido y perfecto de los consoladores, eso sí. Nur siguió follándole duro durante un buen rato, sin descanso, mientras yo observaba todo abrazada a las piernas de él, tratando de calmarle, escuchando y oliendo todo desde cerca, llorando y retorciéndome en aquella mezcla sadomasoquista de placer y dolor en todos mis resortes sexuales, en mi cabeza, en mi corazón. 

 

Pablo se corrió primero, y lo hizo con un orgasmo increíble, muy largo y poderoso. Habría apostado en que ella iba a terminar antes, joder, iba como un cohete la muy guarra, aceleradísima, y además, además, joder, que era la polla de mi primo, que no veáis cómo la tenía… de dura, joder, de tensa, de tiesa… Pablo siempre tuvo buen aguante, además, hasta entonces lo tenía, incluso entonces que es cierto que no era capaz de controlar, todavía. Llevaba tralla, aquel día. Se acababa de correr justo antes, además. A mares… Pero allí estaba, nunca subestiméis a Nur. La había visto más arrebatada por el deseo que nunca, un deseo irracional e inagotable. Pero fue Pablo quien explotó, quien primero no pudo más, y se quebró. Se corrió y se corrió, aunque casi no podía moverse, con ella clavada a él, a fondo, apretándole a lo bestia en su interior para recibir los disparos de su amor, mientras yo le seguía agarrando las piernas para evitar que siguiera pataleando sin control y que acabara dañándose a sí mismo o a ella, quería que se concentrara en Nuria, en su follada, en la corrida que le estaba arrancando y que él estaba derramando en su interior, mientras se aferraba a ella, besándole en la boca como si su vida dependiera de ello, moviendo los brazos apretando fuerte su pecho contra el de ella, el culo pegado al suelo bajo el peso de mi amiga, mientras trataba de levantar al menos las rodillas, una y otra vez, golpeando el suelo desesperado con las piernas, como podía, besándola fuertemente, sin cesar, en la boca, en la cara, en el cuello.

 

Cuando por fin consiguió separarse de él, Nurita tenía un enorme y feo chupetón en el lado izquierdo de su cuello, con mordiscos sangrantes incluidos. Se retiró aparatosamente aquella serpiente medio flácida pero todavía apetitosamente larga de entre sus piernas, su coño boqueante soltando al escupirla un río de moco espeso de semen y flujo mezclados y, tras sacársela, se derrumbó sin fuerzas contra la mesilla caída, víctima de sus arrebatos previos de pasión.

 

Nur resoplaba. Estaba roja, agotada, abotargada, confundida, hinchada, parecía intensamente drogada. Pablito intentó ponerse de pie, pero no lo consiguió por sí solo, las piernas agarrotadas y acalambradas y el cuerpo sin fuerza. Tuvo que agarrarse a su cama y trepar a ella ayudándose con lo brazos. Allí se quedó, tumbado y  resoplando, con el pelo empapado y sin parar de sudar, casi ahogado. Al quedar allí tendido parecía, por una vez, lo que se supone que era, tan solo un niño, un niño desnudo e indefenso con la polla totalmente bajada, deshinchada, que nunca en mi vida se la he visto más pequeña, ni más encogida, tanto que hasta en aquel momento parecía una polla normal, casi... nadie hubiese sido capaz de entender que un niño así hubiera dejado arrasada a una hembra como Nuria, que resollaba, alucinada todavía, a sus pies, ni que hubiera destrozado el corazón de otra mujer adulta, su prima para más señas.

 

Y esto fue todo. Porque ya no había nada que ver. 

 

Ya no había nada que hacer. Nada que yo, al menos, pudiera hacer allí.

 

Se me había ido de las manos. Había arriesgado demasaido, llevaba un día atroz sabiendo que algo así podía pasar ya en cualquier momento. Apenas podía moverme, me dolía todo el cuerpo. Mi coño y, sobre todo, mi culo, me hacían ver las estrellas. Necesitaba pensar.

 

Necesitas una ducha, Laura, me convencí. No paras de sudar, estás deshidratada del esfuerzo, el calor y la impresión. Hueles a animal muerto en descomposición. Que, quizás, es lo que eres, me añadí a mis pensamientos, pura carroña que ya no vale más que para un último alimento de esos seres repulsivos que acababan de traicionarme…

  

Conseguí llegar hasta mi baño, y me derrumbé casi de cabeza en la bañera. Me tendí bajo el grifo abierto, mientras la bañera se iba llenando. El agua fría que salía caliente, en realidad, por culpa de aquellas malditas tuberías sofocadas por el calor que todo lo llenaba. Me di cuenta de que no me había parado a cerrar la puerta del baño. Es cierto que entré dando tumbos, con el cuerpo ablandado y sin capacidad de gobernar ni mis propios pasos. Pero, en el fondo, sabía

que iba a venir. Y, verdaderamente, no quería impedirle hacerlo.

 

 

Efectivamente, Nurita no tardó en entrar, con el cuerpo tan tambaleante y tembloroso como el mío. A aquello, tuve que sumar su cara de pavor: llevaba el rostro descompuesto, los labios temblorosos y sus tiernos ojos almendrados completamente enrojecidos. Sin embargo, todo su cuerpo emanaba aquel olor bestial a sexo, a triunfo…

 

…y pocas cosas hay que me pongan más cachonda de ella.

 

- Ven, Nur… - la llamé desde mi acuático lecho.

- Lau… - gimió su voz, compungida.

- Calla, calla… cierra la puerta, porfi… y ahora no digas nada, no hables y ven conmigo. No ha pasado nada, ¿vale? – me escuche decirle mientras se metía con cuidado en la bañera tratando de no magullar más mi maltrecho cuerpo. - No ha pasado nada... ¿vale? ¿Lo tienes claro? Eso no ha pasado, no ha pasado nunca, nunca... No ha pasado nada, mi amor, te quiero más que a nada, te quiero más que a mi vida, Nuria...

 

Enredamos nuestros cuerpos con la perfecta naturalidad que da lo siempre conocido, lo infinitamente repetido, y lo nos entregamos a hacerlo despacito, sin hablar, sin decir nada. Ella, sencillamente, se me abrió de piernas y me dejó penetrarla con mis dedos, justo allí, en aquel mismo lugar sagrado donde él acaba de estar. Todavía podía notar allí su humedad y su calor... sus olores mezclados, los restos de su sacrificio en el altar de mi novia, de mi amada, de mi diosa, justamente allí... 

 

         - Mi amor… ¿vas a pedírmelo?

         - Joder, Nur, sí, ¡me muero por ser tu novia!

         - Es una locura, Lau…

- Lo sé, pero… es tan bonito… ¿no crees que siempre hemos estado caminando hacia este momento?

- Pero, mi vida, yo… joder, no puedo decirte que sí justo ahora, después de lo que te he hecho…

- Por supuesto que vas a decirme que sí, vas a decirme que sí o soy capaz de ahogarte aquí mismo – de repente, mi ánimo había cambiado por completo, no me podía creer estar viviendo realmente, por fin, aquel momento tan mágico con ella… - Y no me has hecho nada, mi vida… te he dicho que no ha pasado absolutamente nada, hoy…

- Pero, Lau…

- Shh… - la callé con un beso – Hazme caso, ¿vale? Mira, mi amor, yo sé tan bien como tú cómo eres… y si te estoy pidiendo que seas mi novia, que te lo estoy pidiendo de verdad… ¡joder, novias! Nur, ¿te das cuenta? – le dije con una sonrisa de oreja a oreja que pareció calmar sus nervios destrozados – si te lo estoy pidiendo ahora es sabiendo lo que eres y lo que supone estar contigo, y yo te digo sí a todo eso, aún sabiendo que me puede suponer ciertas renuncias, pero ya he entendido que hay ciertas cosas que no puedo pedirte, Nur, no te las puedo pedir y, a pesar de eso, lo que has hecho tú todos estos días…

- Lau… - Nuria lloraba. Lloraba de felicidad.

- …lo que has hecho todos estos días, que lo has hecho por mí, yo tenía que haberme dado cuenta que no era posible sostener eso eternamente, he sido egoísta, he sido estúpida porque en realidad sabía lo que te suponía y es que no puedo pedirte eso y… y, sin embargo…

- Mi amor…

- Sí, tu amor ha sido tan brutal que has aguantado como nunca, has aguantado… hasta ahora…

- Joder. Lau, yo… lo siento…

- Te amo, mi vida. – La volví a besar. – Me ha encantado veros follar…

 

No mentía. Pero tampoco pudimos ni quisimos seguir hablando. Ya estaba hecho, todo. Su polvo y nuestro compromiso. Para mí, lo único importante era lo segundo. Y Nuria me había conmovido tanto con su actitud, con su entrega hacia mí…

 

- ¡Sí, Laura! ¡Sí! Claro que quiero, ¡quiero ser tu novia! Joder, lo he querido desde el día que nos conocimos…

- Mi niña… - le dije.

 

Os aseguro que no la traté en absoluto como a una niña. En fin, la tarde se había ido de madre, estábamos a mil las dos, por mucho que no nos diéramos cuenta y pensásemos que estábamos en un momento de relajación, por mucho que quisiéramos pensar ya había pasado todo. Y ella… joder, ella tenía el potorro más abierto de lo que se lo había visto jamás. La mano entera, el puño, me entró dentro con tampoco tanto esfuerzo. Aquel ruido como de succión cuando le incrusté el brazo, su gesto de terror envuelto en un placer sublime, aferrada a la bañera intentando contener sus gritos… os aseguro que fue un colofón más que adecuado para aquella tarde desmedida en la que, por fin, todo parecía haber pasado.

 

Y, sin embargo, todavía nos quedaba mucha guerra por delante.

 

La salida de la bañera fue algo más lenta. Físicamente estábamos las dos muy tocadas, y por lo mismo nos vino muy bien pasar un largo rato sumergidas y tranquilas. Naturalmente, en aquella situación era inevitable que siguiéramos besándonos y amándonos sin freno, y lo estuvimos haciendo hasta que aquella amoral intensidad fue, por fin, remitiendo, y nuestro desenfreno empezó a reducirse a que yo le siguiera acariciando su sexo sin parar, durante un largo rato, alternando solo con tiernos besos y abrazos. Ambas nos entregamos al deleite absoluto con el cuerpo y el sexo de la otra, con nuestra mutua entrega... como las dos novias que ya, oficialmente, éramos. Al final, solo nos decidimos a salir de allí cuando nuestros cuerpos empezaban a dar, por fin, señales de recuperación, de afán y necesidad de movimiento más que de seguir allí, postradas y apretadas en aquella bañera. Creo, también, que Nuria tenía algo más de ansias que yo por volver afuera. Seguramente, para mí, lo más fácil en aquel momento habría sido pasar el resto de mi vida, con ella, en aquella bañera…

 

Nos secamos e hidratamos con cremitas diversas, jugando todavía a acariciarnos y untarnos libidinosamente la una a la otra. Cuando abrimos la puerta del baño, la casa parecía en calma total, una calma densa y agobiante, no obstante, con aquel calor seco y persistente que asoló de inmediato nuestras pieles, haciéndoles olvidar en cuestión de décimas de segundo los placeres del baño. Allí, en el vestidor, Nur me miró, y abrió sin más mi cajón de la ropa interior.

 

- Imagino que preferirás que me ponga unas braguitas, ¿no? …al menos por un rato, supongo.

 

No supe bien qué decir, así que tampoco dije nada y me limité a sonreír, apreciando sinceramente su gesto. Sabía que era un gesto inútil, y sospecho que, en el fondo, también ella lo sabía, y seguramente por eso no se molestó en esperar ninguna respuesta y me pilló unas braguitas, sin más. Lo cierto era que a mí hacía rato ya que me daba bastante por culo lo de ponerme bragas siquiera, el calor era insufrible, y lo de ir en ropa interior absolutamente estúpido, porque aunque evitaba el acceso directo a nuestros sexos, eso era obvio, creo que en el fondo hasta tenía un poco más de morbo y, al final, el peligro acababa siendo todavía mayor. En realidad, llegaba un momento que prefería que también ellas, y él, estuvieran en pelotas. Joder, a aquellas alturas ya estábamos a lo que estábamos, ¿no? Y a mí también me ponía ver sus cuerpos desnudos, y era lo que deseaba en aquel momento. Sin embargo, Nurita parecía necesitar lanzarme algún mensaje de confianza para facilitarme el reencuentro con Pablo, y aunque yo sabía que en el fondo nada podía ya restaurar mi orgullo, herido de muerte, entendía que hacer aquello era en verdad hasta más importante para ella que lo que ella misma pensaba que podía serlo para mí. Así que, mientras ella se ponía una de mis braguitas de tira blancas, del modelo más básico y normalito (le saco alguna talla de cadera y culo, y aunque el elástico de la prenda se le ciñó sin problemas a la cintura, de ahí para abajo la tela colgaba floja, y dejando una apetecible y peligrosa separación en torno a sus ingles y la parte baja de sus nalgas, pero bueno), yo hurgué un poco más al fondo en el cajón para ponerme uno de mis mini tanguitas, uno de esos que me gusta llevar cuando me siento traviesa y llevo el pelo púbico sin cortar, al natural, porque se me sale todo por los lados y, sobre todo, por arriba. Cuando me lo puse, me gustó ver que la sombra de un vello que luchaba por crecer nuevamente me marcaba todo el triángulo sobre la blanca línea del recortadito tanga. Estaba claro que, o me rasuraba a diario, o jamás llegaría a tener un chochito pelado de esos que lucen las modelos de las páginas porno, ¡jijiji!

 

Nuri no se esperó a que yo terminara de vestirme, y salió meneando el culo bajo aquellas braguitas mías que le quedaban flojas, directa al jardín pasando por mi habitación. Dudando en cada paso, pasé yo también a mi cuarto, y me acerqué temerosa al ventanal. Pablo estaba allí, sentado en una silla justo al borde del porche, mirando a la piscina. Me quedé parada en ese momento, no quería seguirla hasta él… Pasaba de hacerlo, lo reconozco. Estaba demasiado cansada, y admito que tenía algo parecido al miedo. Mi primo estaba desnudo por completo, naturalmente, a él no se le había pasado por la cabeza en ningún momento que fuera a ser necesario volver a recuperar ningún tipo de ropa. A juzgar por su polla, que ya estaba trempada por completo cuando me asomé y vi a Nur avanzar decidida hacia ella, estaba claro que la mente de Pablo había estado ocupada en cosas muy distintas a el cómo me podía sentir yo o cómo me podía haber afectado lo que ellos… en fin, los acontecimientos de aquella tarde. Valoré entonces todavía más la delicadeza de Nur al pensar en mí con lo de las bragas, por ridícula que fuera aquella medida. Pero, por lo menos, ella sí pensaba en mí; y eso, viniendo de Nuria, significaba un cambio radical, lo nunca visto en un espíritu tan libre e independiente como siempre ha sido ella. Pablo se levantó a recibirla, y su pene se le subió casi hasta las pequeñas tetitas de Nurita cuando ella se abrazó con pasión a él. Empezaron a besarse, mientras él le tocaba las peritas y le metía las manos en las nalgas por debajo de mis bragas, que de holgadas que le quedaban permitían sin problema a aquellos dedos expertos y conocedores del camino entrar por las perneras abiertas y tocarlo todo. Nuria le metió la lengua en la boca, y empezaron a lamerse y a besarse muy guarro, de aquella forma tan abiertamente lasciva que Nuria solo usaba cuando alguien le ponía verdaderamente cachonda. Eran demasiados años a su lado, y sabía de sobra que cuando Nuria le come la boca a alguien de aquella manera, es que le ponía muchísimo, de una manera especial. Por si tenía alguna duda, o por si pensaba que lo que había sucedido podía ser un punto de inflexión, la forma en que se buscaron y comieron, el deseo con el que se habían estado esperando y lo explosivo que fue el reencuentro, la actitud de puta sumisa de Nur… todo aquello me dejaba perfectamente claro que mi amiga iba con todo a por él. Es cierto que no era más que un crío, joder, que era mi primo y… bueno, eso significaba que ella tampoco podía pretender llegar ya mucho más lejos de lo que había llegado. Pero pocas veces la había visto así de fuerte con nadie.

 

Me acerqué hacia ellos por dentro de la casa, avanzando por el pasillo y la salita con precaución para que no me vieran, y escondiéndome en una esquina del salón desde, aunque no podía verles sin arriesgarme a ser descubierta, sí que podía escucharles…

 

- Has estado brutal, prima. – Le dijo Pablo.

- Joder… ¿”yo” he estado bien? ¡Jajajaja! Me encanta que me digas eso, pero es que… contigo es imposible no disfrutar… tú sí que has estado increíble, primo… - contestó mi novia entre húmedos ruidos de comida de boca. No sabía qué me jodía más, si que siguieran con aquella confianza insana de llamarse primo el uno a la otra, o que se estuvieran echando aquello melosos piropos de novios primerizos. – Ibas a mil, tío… jamás me había metido nada parecido…

- Jejejeje… ¿no? ¿ni la mano de tus amigas?

- Puffff… no… de verdad, eres increíble… y cómo follas, joder… ya estoy queriendo repetir…

 

Me entró una angustia tan infinita que tuve que darme la vuelta por donde había venido para que no me oyeran llorar, quizás, también, para dejar de escucharles yo. Desde las sombras de mi habitación, pude ver cómo la respuesta de mi primo a aquella explícita proposición de Nuria había sido echarse sobre ella y empezar a meterle la mano entera dentro de las bragas y empezar a acariciarla por dentro de su cuerpo, mientras no dejaban de comerse de una forma tan cerda que yo desconocía que mi pequeño primo fuera capaz de hacer. Mi novia empezó a zorrearle visiblemente, como si fuera la furcia suprema de una película porno barata, sobándole la polla y enroscándole las pierna en la cintura, mientras le hacía meterle mano más sucio y le babeaba toda la carita.

 

Volví a entrar en el baño y me eché agua en la cara, apoyándome en el lavabo para tratar de serenarme. Tienes que aguantar, Laura, me decía a mi misma como si me hablara desde fuera de mi cuerpo. Mañana llegan tus tíos, mañana vienen a buscarnos, por fin, apenas queda un día, solo tienes que aguantar un día más… mañana por la mañana podrás… por fin… y luego, por la noche, cuando lleguen ellos, todo habrá acabado… Joder, ¡si al menos mi vecinito no se hubiera ido de vacaciones! –aquel inesperado pensamiento me asaltó en medio de mis atormentadas tribulaciones- le podría llamar ahora mismo para vernos en el garaje un momento… al menos así podría tratar de sacarme aquella calentura absurda que me había entrado. Ver así a mi novia y mi primo me había puesto brutísima, por mucho que doliera. Joder, Laurita… tienes que confiar en ella. Es tu novia. Te quiere. Se lo quiere follar… se lo va a follar. Pero te quiere. Tenía que sobreponerme a aquel momento tan duro, pero debía hacerlo o lo mío con Nurita iba a joderse antes de empezar. Pensé en Lucas, mi vecino. Joder, era un puto niño de la edad de Pablo, pero… era el último polvo que me vino a la memoria, solo unos días atrás en el garaje de aquella misma casa, a escondidas, en un calentón semejante al que le había llevado a perder la cabeza a Nur con Pablo… Había estado inesperadamente bien. Yo me había negado a hacerlo, pero al final me pudieron las ganas, y ahora resultaba que me había dejado con ganas de más todavía. Joder, había estado mandándole fotos guarras durante varios días a aquel pequeño cabrón… y reconozco que aquello era algo que me ponía muchísimo. Me había prometido parar de hacerlo, tenía un riesgo tremendo de que me descubrieran su madre o su hermana, además, pero…

 

No sé, estaba muy caliente, lo admito. Y, por si fuera poco, me sentía con el culo tan abierto que me apeteció mandarle un anal. Aquel capricho repentino me llenó tanto y me hizo sentir tan bien, porque además me había permitido echar de mi cabeza por un momento el baboseo de Nuria y Pablo que, aprovechando que tenía el móvil allí mismo, sobre la encimera del lavabo, lo cogí y lo apoyé sobre la tapa del váter, le di al temporizador de la cámara, y me di la vuelta a cuatro patas, bajándome las braguitas hasta las rodillas y metiéndome un dedo entero en el culo. La que elegí estaba muy guay, porque se me veía perfectamente la raja pelada además, debajo del ojete abierto con mi dedo corazón metido dentro. Se me puso todo duro y de punta cuando puse su nombre en el mensaje y le di a enviar con aquella foto adjunta.

 

Aquella pequeña travesura me había dejado sorprendentemente relajada, como no lo estaba desde días atrás. La fugaz sensación de bienestar me duró poco, porque al volver a salir a mi habitación, para cuando llegué al ventanal yo iba ya con el corazón el boca, sinceramente aterrada de volver a encontrármelos follando otra vez.

 

Sin embargo, estaban justo en la situación en que los había dejado al meterme al baño, aunque Nur parecía agitarse en algo parecido a una corrida ya. Justo en medio de aquel pequeño revuelo, ella aprovechó para girarse, pero no para intentar escapar precisamente, sino que simplemente, en aquel retorcimiento de placer, ella aprovechó el movimiento para acomodarse contra el cuerpo de Pablo y, a la vez, agarrarle la polla a él a mano llena, mientras mi primo no cejaba en su ataque al sexo de mi amiga por dentro de mis bragas. La nueva posición, aunque obligaba a Nuria a retorcer la cabeza para poder continuar comiéndole toda la cara, le permitió a él tener acceso a los pequeños y planos promontorios de sus tetas, que empezó a estrujarle con mano experta. Los dos empezaron a gemir, y entre sus jadeos las palabras que se escupían declaraban un considerable deseo mutuo.

 

Aquello era mucho más serio de lo que podía haber pensado. Pero, pese a todo, agradecía la naturalidad de Nuria, su sinceridad al mostrarme todo tal cual era y sentía. Al fin y al cabo, aquello era también una demostración de confianza, me dije. Debo confiar en mi novia. Me ponía tan cachonda verla así, me llenaba tanto de orgullo el saber que aquella hembra, capaz de volver loca a cualquier persona, me había elegido a mí, que hasta ver cómo pajeaba a mi primo, con el cipotón disparado como un tronco en su mano, me ponía casi al borde del orgasmo, sepultando mis celos absurdos por una avalancha de sentimientos incontrolables pero hermosos. Tenía la mejor novia, tenía la mejor novia y hasta casi deseaba que fuera mi mujer… maldije a su marido, y sobre todo maldije su fortuna, una fortuna y una posición que yo nunca podría darle, y ella nunca iba a renunciar a aquel braguetazo que había estado buscando durante años, ahora que había conseguido el matrimonio de conveniencia perfecto.

 

Aquello me decidió a dar el paso y salir. Debo confiar en Nuria, me repetía una y otra vez. Me decido y salgo. Debo confiar en E. Ella se giró un poco, empujándole contra una de las columnas del porche, acorralándole con agresividad para poder besarle abiertamente, con ansia viva, mientras con su mano derecha le masturbaba ahora a saco el duro falo, subiendo y bajando en un movimiento rotatorio digno de una maestra del puterío, empezándole desde el glande, que estrujaba cada vez por completo, ayudada sin duda por la humedad eterna de la polla de mi primo, y bajando luego aferrada a aquel tronco, girando con saña desatada por la excitación su mano mientras se la iba bajando hasta el pubis de él. Yo ya estaba casi junto a ellos y, aunque me habían visto los dos, no se molestaron en parar. Ella, con Pablo comiéndole toda la mejilla y la oreja, su pelo manchado de saliva en cantidad, me miraba con una cara desencajada por la lujuria. Él no dejaba de follarle el coño con sus dedos debajo de mis bragas, y de sobarle las tetitas, aplastadas y magreadas rudamente por aquellas manos de niño. Ella, mientras tanto, mantenía su mano en la polla tiesa, cerrada, apretando con fuerza, moviéndola y rotándola despacio, disfrutando de cada movimiento, de cada sensación.

 

- Hola, mi amor… - me dijo Nuria cuando llegué junto a ellos, admirando con satisfacción mis pezones que, duros como rocas, apuntaban ya hacia ellos.

 

Se separó como pudo de un excitadísimo Pablo, sacándole la manos de sus bragas y volviendo a girarse hacia él, pero siempre sin soltar su polla, aquel mango duro y largo por el que le mantenía agarrado en todo momento. Dándose suaves piquitos y comiditas de boca, Nuria siguió pajeando con ganas, mirándome a ratos, como si estuviera ahora más atenta de mis posibles reacciones.

 

Vuelvo a repetir que aquella atención hacia mí no era en absoluto habitual en ella. Debes confiar, Laura, me seguía diciendo a mí misma. Me senté junto a ellos, en la silla que Pablo había estado ocupando hasta que apareció Nuria. Me apetecía observarles, allí, junto a ellos, de forma explícita y directa, aunque no me veía con fuerzas para participar, al menos no todavía. Pero era absurdamente brutal lo que me calentaban aquellas dos personas, aquellos dos seres de luz que parecían desprender un deseo tan desmedido entre ellos, pero también hacia mí… La cara de Nuria cada vez que sus ojos se clavaban en mí, mientras no dejaba de machacarle la verga a mi primo. La desvalida entrega de él ante el huracán sexual desatado en que se había convertido mi novia… ¿Cómo no desear aquello? Como no calentarme con ellos, hasta el infinito y todavía más. La primera vez que los ojos de mi primo consiguieron posarse sobre mí, yo ya me había abierto de piernas y tenía una de ellas levantada encima de la silla. Bajarme aquel ridículo tanga no había sido difícil, y menos todavía después de haberme calentado tanto. Ellos no habían dado ningún paso más, aún, pero a mí me había bastado para meterme los dedos, sin preocuparme de estar enseñándoles la rajita al hacerlo, y pellizcándome los pezones de piedra y las areolas hinchadas mientras tanto. Así de putita me vio Pablo en su primera mirada y, para mi sorpresa, al verme así después de aquella primera mirada vinieron muchas más. No estaba yo tan acostumbrada a que un hombre que está con Nurita tuviera ojos para algo más que el cuerpo de ella…

 

Me sorprendió también que a ella no pareciera importarle que su pareja estuviera mostrando un visible y creciente interés por mí. No es Nurita una mujer muy dada a compartir sus conquistas en los primeros momentos, aunque pasado el interés inicial le dé hasta morbo siempre ver cómo funcionan con sus amigas u otras personas. Quizás, tenía que pensar, quizás era que, por muy entregados que estuvieran, por muchas ganas que tuvieran de consumar una y otra vez todo aquel deseo excesivo y total que se profesaban, quizás era que con todo y con eso ella seguía reconociendo a Pablo como algo mío… ahora era ya su primo, también, y era su hombre, aquello estaba claro… pero siempre había sido mi pareja, y me la seguía reconociendo. Aunque ahora ella se hubiera vuelto a poner puta a lo  bestia otra vez,  ¿pero acaso no había pasado al verme a mí follándome el coño junto a ellos, para ellos, por ellos?, y de repente se le había pegado por completo, como una lapa babosa queriendo sumergirse en su boca de perro ávido, sin soltar jamás su vergota desmedida, pero atenazada ahora también entre sus piernas, prisionera entre sus muslos negros y sudorosos, empapados en flujo, tanto como sus bragas, mis bragas, apretadas contra su sexo cada vez que se repasaba aquella barra de carne dura y caliente, cogiéndole y estrujándole el capullo cada vez que asomaba por debajo de sus nalgas pervertidas y traviesas. Me masturbé con la vista fija precisamente allí, alucinada de ver los colgajos de Nur todo salidos por los bordes de mis holgadas braguitas, que se le estaban metiendo el coño pero bien dentro del pozo de su vagina, mientras aquellas ostras colgantes cabalgaban la tranca inerte de Pablo al ritmo que Nuria se repasaba entera contra el cuerpo de él. Joder, mis bragas le dejaban tanto hueco abierto que solo tendría que desplazarle la cabeza en uno de aquellos repasos para que acabara otra vez dentro de ella… Joder, joder, ¡me iba a correr si seguía pensado aquello!

 

Hubiera sido tan fácil que repitieran lo de antes, tan deseable que no podía evitar yo misma morirme de ganas de que volviera a pasar, de poder volver a verles otra vez así… Nuria había empezado a marcarle ahora un ritmo de campeonato con aquella paja que le estaba haciendo con todo lo mejor de su cuerpo de diva. ¿Iba a repetir lo de antes?

 

¿O no?

 

¿O quizás es que aquello, sencillamente, no era posible, porque es que NADA había pasado antes? Vamos Laura, sigue un poco más, estás a punto de correrte, me decía, mientras me machaba el sexo buscando el orgasmo. No pienses ahora, solo mira, piensa si quieres en lo que va a pasar, en lo que puede pasar, en lo que quieres que pase, porque antes no ha pasado NADA, me repetí… De repente, todo era más fácil. Mi cuerpo tembló, mi cabeza estalló en un mundo en el que era penetrada a la vez por mi novia y por mi primo y los dos la follábamos a ella una y otra vez, mi coño empezó a manar y todo era perfecto porque yo sabía que antes no había pasado nada, lo estaba viendo claro por fin, mi cabecita se estaba recolocando, cerrando ciertas puertas y escondiendo las vergüenzas detrás para que ellos nunca lo hubieran llegado a hacer, que nunca hubieran pasado de lo que realmente lo hicieron, tocarse, claro, besarse mucho, como ahora, pajearse como nunca, practicarse el sexo oral, como hacían ahora, como habían hecho antes, como iba a hacer yo con los dos, sin parar, hasta que muriésemos los tres de placer, si era preciso.

 

Primero le toqué a él. Directa a su polla, claro. Sintiendo aquel calambrazo, aquella energía primordial, única, al entrar en contacto con la mano de Nurita, aquella corriente eléctrica que recorría mi mano, potentísima, atravesándome desde la mano de ella hasta el rabo empalmado de él. Los tres nos aferramos unos a otros, convulsionados por aquella explosión de energía, besándonos, morreándonos en una comida de boca a tres mientras sentía que me ponía tan caliente que no sabía si iba a ser capaz de aguantar sin desmayarme. Caí de rodillas ante aquel ser único aunque formado por dos personas, y participé de la paja como si por primera vez estuviera reconociendo el cipote de mi primo, compartiendo toda aquella carne dura con mi amiga, había de sobra para las dos, había de sobra para un regimiento… Diría que fue ella la que hizo que

su capullo rozara mi boca, o él el que obligó a mi boca a rozar su capullo. Saqué la lengua sin dudar, y cuando me quise dar cuenta ya estaba lamiendo, chupando. Mi primo no parecía haber pasado por el baño más que para mear después de… lo de antes, ya que detrás de aquel marcado sabor a pis, su cuerpo y, sobre todo, su sexo, holían intensamente a Nuria, al sudor de Nur, al cuerpo de Nur… pero, básicamente, al coño de Nur. Podía ser aquel el olor que conociera mejor yo entonces, un olor que había anhelado y perseguido durante años, incluso cuando ya nos habíamos liado una vez, dos, mil, siempre la soñaba y la buscaba, siempre su olor en mi cabeza, en mi deseo, en mis pajas… No había olor que me pusiera mas bruta, y allí estaba, sin duda, impregnando por completo el sexo de mi primo, todo su cuerpo, todo su cuerpo a pesar del rancio olor a meados y a sudor juvenil desmedido, en aquel día bochornoso en el que no habíamos parado de sudar... de follar.

 

La boca de Nuria se encontró con la mía en su polla. Sentirnos así, sabernos así, supuso para ambas una especie de disparo en toda la línea de flotación de nuestro deseo, y allí estábamos, por fin, dispuestas ya a naufragar, juntas, ahora sí, hacia lo más profundo del deseo que las dos sentíamos por aquel hombre, por aquel crío… por mi primo Pablo. Empezamos a lamérsela con deleite, con pasión, empezamos a chupar con ganas las dos. Aquello Pablo no lo había vivido nunca, y menos así, tan abierto, tan explícito, con tantas ganas… Lo de la noche había sido un mero ensayo que ahora parecía un juego de niños, pero no habían pasado ni 24 horas y allí estábamos las dos, haciéndole una mamada a dúo… ¡y tremenda mamada. Mi novia y yo nos mirábamos con complicidad, con deleite, con cariño, mientras íbamos pegando lamidas a aquel nabo hinchado, alternativamente o a la vez. Mientras ella la sujetaba con fuerza por la base, me la daba a probar, y mi primo me empujaba la cabeza para que me la metiera hasta el fondo de la boca, o sujetaba con delicadeza el pelo de Nur para marcarle un mete saca rítmico pero muy superficial, apenas en su gordo e inflamado capullo. Qué hijo puta, me dije, tan pequeño e inexperto pero ya tenía claro que la garganta de Nuria no era mi garganta de puta… o que, por lo menos, necesitaba mucho más calentamiento aún para poder serlo. Con qué ganas le comíamos la cabeza a aquella chorra empalmada, un cabezón fuerte y vigoroso que no dejaba de darnos su sabor y sus esencias, mientras nuestras lengüecitas le acariciaban toda la parte de arriba del tronco, cosquilleando la base del glande en aquella tensa línea que delineaba la sutura de aquel voluminoso champiñón contra su tronco. Nuria se negaba a entregar la propiedad de la polla, que mantenía en todo momento aferrada firmemente con sus manos, apenas dejándome a mí acariciarla con mis dedos de manera reverencial. Pero a mí nunca me costaba adoptar una actitud subalterna con ella, estaba acostumbrada a eso y hasta con Pablo me salía de una manera natural, y me descubrí disfrutando cuando apenas podía rozarla con la punta de los dedos o de la lengua, mientras ella la pajeaba con firmeza al tiempo que le masajeaba los cojones y le bañaba toda la punta dentro de su boca besucona. Tampoco cuando, excitada al sentirle dentro, se la metía todavía más, desencajando su mandíbula para empezar a tragar aquello con toda la dificultad que conllevaba, tratando de dirigir aquel tren descontrolado hacia dentro de su cuerpo, y yo me limitaba entonces a besar sus labios golosos, que se cerraban sobre la carne ardiente de mi primo, y trataba de aprovechar toda gota de baba o presemen que se escurría por la comisura de los labios de Nuria, lanzada ya a una mamada total. Y, ni siquiera cuando ella se sacaba la tranca de la boca, vomitando baba con flujos de él sobre su propia verga, sobre mi boca, ni siquiera entonces trataba de arrebatarle el bastón de mando a mi diosa, y se la sujetaba y se la ponía junto a su boca otra vez, mirando a Pablo mientras lo hacía, y él me sonreía satisfecho y complacido por mi entrega, cada vez más cachondo y más a punto, esperando que Nuria retomara su follada con la boca, mientras ella trataba de recuperar el aliento, masajeándole con fiereza el glande empapado del que no paraba de gotearme encima aquel moco ácido y caliente, así hasta que sacaba toda la lengua y, restregándosela contra el tronco, vibrante de tensión, acababa recogiendo sus restos, repasando todo el capullo con aquella lengua que parecía la de una vaca, y con la boca más abierta que nunca se la sumergía completa y, en cada metida, cada vez más adentro.

 

Yo me había visto expulsada por su impetuoso ataque, pero aún así miraba a Pablo, feliz de verle satisfecho conmigo, acariciando mi carita empapada y confundida. Sus gemidos y los ruidos cada vez más tormentosos de la boca de Nurita me hicieron pensar que, quizás, no quedaba demasiado para el final y que mi papel había llegado a su fin, por lo que no me quedaba más que esperar como una perrita buena. Sin embargo, pronto me sorprendieron los golpes de su capullo salpicando en mis labios cerrados. Instintivamente, abrí la boca y empecé a lamer, y acabé con media polla enterrada de golpe y la punta golpeando contra mi garganta. No era solo la mano de Pablo la que me lanzaba ahora contra su pubis, sino que la de Nuria se había sumado también, y entre las dos me obligaban, entrelazadas amorosamente, a felarle cada vez más y más hondo. Todo tipo de líquidos se me subieron hasta la nariz y empezaron a manarme por los orificios nasales, pero me forcé a no detenerme. No daba crédito de mi suerte.

 

- Vamos, zorra, vamos… ¡come! ¡Cómesela enterita, como tú sabes! – me escupía mi novia a la cara.

 

Pude notar que ella había vuelto a coger sus bolas entre los labios y que se las estaba comiendo a saco otra vez, estirando sádicamente de su escroto, mientras que a mí me había dejado sola en la mamada. Levanté la vista y vi a mi primo mirándome con aire sádico. Confieso que yo estaba algo cortada, porque aquella mirada me dejaba claro lo que él quería, pero no era capaz de entenderlo, no entendía que me lo pidiera a mí y no a ella, y hasta me daba miedo de meterle más caña de lo que debiera, de llevarle hasta el extremo mismo, un lugar que solo podía pertenecer a Nuria… Pero, por alucinante que me resultara, a juzgar por las convulsiones y gritos de mi primo, por su forma de agarrarme la cabeza para follármela a golpes, parecía que aquello era precisamente lo que él quería. Daba igual lo que yo pudiera pensar ya, mi primo me estaba forzando, empujándome a lo bestia la cabeza hacia su cuerpo. Casi no me di ni cuenta, por eso, de que de repente ya me estaba agarrando entera y follando la boca, tal cual.

 

- ¡Vamos, dale!, ¡zorra!, ¡dale duro, Pablo! ¡Reviéntale la boca a esta puta! – farfullaba una Nurita fuera de sí.

 

Tampoco sería, ni mucho menos, la primera de las veces que vivía mi vida como en una peli porno, pero comprenderéis que no dejaba de sorprenderme que eso me estuviera pasando precisamente con mi primo. Me senté, en actitud sumisa, en el suelo, tratando de maximizar la comodidad de mi postura para poderme entregar al máximo a su placer. Pablo me agarró el pelo, enroscándolo en una coleta en torno a su mano y tirándome de él, bien tenso, para poder controlarme, y con todo su cuerpo empezó a saltarme dentro de la boca, hasta el fondo del todo, abriéndome y taladrándome la garganta sin piedad a base de golpes. Volvía a tener la tranca tan durísima como antes con Nuria, cuando se la f… Cuando estuvo con ella antes, quiero decir, pero ahora la estaba clavando como un bestia en mi boca. Yo hacía ruido como de vomitar en cada embestida, trataba de controlarlo pero mi estómago se removía cada vez que el glande me desbordaba la garganta para perderse en las entrañas de mi cuello. Su violencia, incitada por Nuria, siguió creciendo de forma tal que llegó un momento que pensé que ya no podía más, los hilos de baba salpicaban a todas partes desde mi boca, y aún así me parecía que me estaba atragantando con mi saliva y su preseminal. Pero su ataque no remitía, al revés, él parecía implacable, a aquellas alturas sabía de sobra que yo carecía de todo

límite y, evidentemente, no me iba a aceptar que se los tratara de imponer a él justo en aquel momento. Me agarró del pelo con sus dos manos esta vez, y empezó a follarme a toda velocidad y con todas sus fuerzas. Yo no entendía de dónde salí todo aquel vigor y, sobre todo, aquel sadismo desatado de mi pequeño primo (aunque tener a Nuria al lado jaleándole y empujándome la cabeza todavía más duro contra él tampoco me ayudaba). Traté de apalancarme con las manos contra sus muslos, pero todo era inútil, estaba demasiado desatado, y cualquier cosa que yo tratara de hacer para conseguir un respiro, Nuria me la desbarataba de inmediato, obligándome ella misma a meterme la tranca hasta lo más hondo.

Joder, casi me cago de miedo, pero lo digo de verdad, cuando noté que se venía. Aquel par de salidos habían tomado el control de mi cuerpo y me estaban usando como si fuera una aspiradora de pollas enganchada a aquella serpiente mortal de mi primo… yo no sé lo que hubiera pasado si me lo llega a echar dentro, pero podría haber sido la última corrida de mi vida.

 

Y, de repente, pasó. Cuando noté que ya le venía, que ya se iba a correr, de manera inmediata, me empujó de golpe y se me salió de un tirón doloroso y que hasta le dejó a él la marca de mis dientes en la verga, por mucho que en el medio de aquel tormento de placer no fuera capaz de notarlo. Como una tromba, se lanzó contra una Nuria indefensa y pillada por sorpresa y, agarrándola de improviso, le abrió la boca con las manos a la fuerza, y le endiñó medio rabo del tirón. Hubo un mínimo instante de silencio en que los tres nos quedamos parados, conteniendo la respiración. De repente, parecía que la había matado de un pollazo. Entonces, ella soltó una arcada, como si se hubiera ahogado en el mar y estuviera volviendo a la vida después de recibir los primeros auxilios, a punto de echar todo el agua que hubiera engullido para dejar paso al fin al aire. En previsión de su casi segura incapacidad para aguantar, yo le sujeté la cabeza con fuerza, hasta que empecé a ver cómo la comisura de sus labios estallaba y empezaba a salir lefa a presión, en blancos y jugosos borbotones, por todas partes.

 

La cara de Nur revelaba una tensión máxima, pero ella sabía que tenía que aguantar. Yo iba salidísima y no la iba a soltar, además me debía a mi primo en aquel momento, claro. Y, en cuanto a él… joder, justo en ese momento se estaba vaciando de golpe, pero como si le estuviera llevando entero un tsunami dentro de ella. Tampoco podíamos pedirle consideración con la vida de su perra… Pero no hay corrida que cien años dure, y cuando empezó a recobrar la consciencia, Pablo, sabiendo bien que Nuria no era yo, empezó a aflojar para darle tregua, apartándose, retirándose poco a poco pero con firmeza. Cuando se le salió del todo, los trallazos aún tuvieron tiempo de restallar sobre la carita de guarra de Nuria, que abrió la boca complacida para recibir el pago por sus servicios de aquella tarde, chorro tras chorro surcando su boca, mejilla, nariz, ojos, frente, orejas, pelo… hasta quedar bañada en semen.

Solo cuando Pablo consideró que ella ya había recibido suficiente, tuvo la consideración de dedicarme los últimos chorros a mí, que pude recibirlos feliz en la boca y en las tetas. Os diré que, pese a todo, me costó reconocerme en aquel momento, ya que realmente parecía una verdadera guarra salida poniendo fin a una tórrida escena porno, pero es que de verdad que me había puesto tan cachonda que aquello de contonearme sobándome las berzas mientras él me regaba y me daba golpes en la cara de gatita caliente que le ponía morritos y ojos de puta me salió tan natural como si el fuera uno de mis clientes más exigentes y expertos… Lo bueno fue que a mi primo, en aquel momento, nada parecía resultarle excesivo…

Pablo, agotado, acabó cayendo en la silla de plástico, que todavía estaba junto a nosotros después de que yo le hubiera dejado pringoso todo el asiento con mi dedo. El crío había quedado agotado, pero nosotras, aunque nos faltara la respiración, sobre todo a Nuria, íbamos cachondas del todo y regadas de leche. Lo que pasó a continuación no era algo que se pudiera evitar. Quiero decir, que Nur y yo también estábamos como estábamos, que aquel también estaba siendo nuestro día, que lo que habíamos hecho nos había puesto a mil, joder, que estábamos soñando en un futuro juntas y completamente repleto de blanco y cremoso placer…

 

Estábamos muy calientes, sí, y al vernos así, con los hilos de blanca lefa escurriendo por la cara, nos lanzamos la una contra la otra y empezamos a morrearnos. Yo era perfectamente consciente de que tenía a mi primo al lado, pero no me podía contener, y desde luego que estaba llegando a un punto en el que todo me empezaba a dar igual a ese respecto, desde su edad hasta lo del incesto. Había perdido el norte, y había perdido la partida. Para él el premio gordo, y si no quería verme follando con mis amigas siempre podía irse… Desde luego que no lo hizo. Y por supuesto que nos vio follar… Estábamos muy calientes, Nuria y yo, completamente perras, pocas cosas hay como comerse a una tía que deseas bien bañadita en semen. Yo le empecé a meter mano enseguida, y así pronto empecé a bajar también mi boca buscando su coño. No me costó nada apartarle mis bragas, empapadas y dadas de sí, holgadísimas sobre sus fibrosos muslos, como no me costó tampoco anda empezar a comérmela viva. Ya os decía yo antes que lo de volver a ponernos bragas era algo que me había parecido absurdo, y efectivamente lo seguía pensando entonces, mientras se las quitaba torpemente, demasiado nerviosa y excitada hasta para gestionar aquellos sencillos movimientos. Luego me deshice como pude de las mías también, y allí ya Nuria, al parecer bastante recuperada de su reciente asfixia, fue la que me obligó a tumbarme sobre el césped. Yo miraba muy fijo a Pablo mientras le abría las piernas del todo a ella y la sentía avanzar entre las mías. No podía sentirme más sexy que allí, con mi novia amorrada a los labios de mi coño, abrazándome amorosa los muslos, mientras mi joven primo se sudaba la polla mirándome, una polla enrojecida que le colgaba morcillona entre las piernas. Las de Nuria, mientras, se elevaban enredadas en sus braguitas retorcidas entre sus pies, con cada saltito que su cuerpo daba para tratar de pagar más su cara a mi sexo abierto. Una mano se deslizó bajo mi culo y desplegó uno de sus hábiles dedos dentro de mi coño, lanzándose por la directa en busca de mi punto G. A mí se me salió de golpe el clítoris, porque Nuria encontró aquel maldito punto a la primera, joder que si lo encontró…

 

- Joder, prima… ¡qué pasada! ¿no os importa que me quede mirando, no? - ¿puede haber algo más maravilloso que tu primo pidiéndote permiso para mirarte mientras follas con tu novia?

 

Yo ya no le dije nada, claro. Tampoco Nur, obstinada en bucearme cada vez más profundo dentro de mi coño. Pero dicen que quien calla, otorga. Y yo a Pablo quería darle ya todo mi cuerpo, así que ¿qué mas me daba que mirase cómo mi novia se lo zampaba entero, qué más me daba que viera cómo me follaba?

 

Porque sí, Nuria y yo hicimos el amor delante de mi primo, y empleo esa expresión de forma consciente, aunque también podría decir que nos follamos, porque también pasó, lo cierto fue que fui yo la que me tiré a Nuria, quiero decir, que se me volvió a salir con ella toda la polla incluso, aunque dudo que él alcanzase a verla, la tengo bastante pequeña, claro, mi gran clítoris no era más que un mínimo micropene, y más al lado de la vergota de mi primo, pero a mí y a ella nos estaba dando un enorme placer, eso sí, aunque él no pudiera ver del todo de donde estaba saliendo aquello que nos estaba haciendo gritar tanto a las dos, y es que la pasión me estaba teniendo tan íntimamente pegada a ella, que seguramente lo que podía estar viendo entre nuestras piernas desde atrás debería estar pareciéndole casi hasta normal, y más teniendo en cuenta que tampoco es que hubiera visto a más tías follando antes... Y, cuanto más me follaba a Nuria, tanto más notaba que crecía el disfrute, el deseo y la admiración de mi primo por lo que estaba viendo, y yo me desbocaba más todavía por eso, y embestía y taladraba a Nuria, a golpe de coño contra coño,  ¡Mira, primo! ¡Mira cómo me la follo! ¡Así me follo a mi novia! ¡Nunca dejes de mirarnos! Y también Nuria le gritaba a él, y las dos estábamos calientes y salidas y no podíamos dejar de amarnos. Y así encadenamos para él corrida tras corrida, frotándonos clítoris contra clítoris como dos guarras, o hundiendo yo el mío ahí dentro de su cueva llenita de semen de Pablo mientras la gran verga se volvía a alzar y el pequeño guarro caía de rodillas sobre nosotras bombeando aquella tranca incombustible, bum, bum, bum, chorro tras chorro de blanca crema cayendo otra vez encima nuestro, en medio justo de nuestros besos, mezclando su pasión con toda la enorme pasión con la que nos comíamos, corriéndose justo en todo nuestro amor.

 

No había necesitado tocarse mucho para pajearse, desde luego que el calentón de vernos frotando los chuminos había sido ya más que suficiente. Se nos vino encima, regalándonos una última ración grumosa de yogur que consumimos una de la boca de la otra, sucias y lascivas, mientras él se dejaba caer rendido, tumbado junto a nosotras, esperando resollando a que amainara nuestra tormenta.

 

Cuando por fin nosotras conseguimos serenarnos, rodando yo de encima del pringoso cuerpo de mi amada, descubrimos que él nos estaba mirando muy fijamente otra vez, semi incorporado, apoyándose en un brazo, tendido, farfullando, intentando recuperar la respiración… y con la polla todo en alto, tiesa otra vez, temblándole, señalando ordinariamente con su capullo hacia nosotras dos mientras él se la agarraba, meneándosela como un mono, con gesto de dolor, con su mano libre.

 

- Joder, primo, pero que te va a dar algo… - le solté en cuanto le vi de aquella manera.

 

Piadosa, se la agarré y, en actitud aparentemente displicente le pajeé, casi sin mirarle, tratando en realidad de controlar mis deseos e impulsos, sentada allí junto a él, apoyando los pies en su cuerpo. ¿En qué momento se había convertido en normal que le pajeáramos después de calentarle? Pero aquel maldito salido nos lo iba a acabar por imponer casi como si fuera una obligación moral para nosotras, cuando ya ninguno parece poder más y nuestros cuerpos empezaba a pedir, desesperados, una nueva tregua… Nuria se fue aproximando, hasta que pronto sus manos se sumaron a las mías y le acabamos haciendo una última gayola, extasiadas, encharcadas y a duras penas controlando, meneándosela con cuidado y un más que fingido desinterés...

 

A pesar de todo, su corrida volvió a ser apoteósica, lo que no impidió que su polla empezara a desinflarse justo en cuanto él empezó a venirse. Cuando terminamos de limpiarnos, a mi primo todavía le costaba un poco respirar con normalidad, pero cuando por fin fue capaz de calmarse se levantó de golpe:

 

- Me voy un momento al baño… - se miró de arriba abajo. Ciertamente empezaba a dar hasta un poco de asco su cuerpo, absolutamente sucio, manchado y embarrado de todo tipo de fluidos resecos o todavía pringosos, en una gama de colores que iban desde el gris claro, pasando por el amarillento o anaranjado hasta marrones más oscuros y con más cuerpo.

- Desde luego que te hace falta una ducha, primo… - le respondió Nuria. Al decirlo, Pablo se quedó dudando por un segundo, como si estuviera esperando algo. Pero, cuando el silencio estaba a punto de hacerse demasiado tenso, se dio la vuelta y se marchó hacia mi habitación sin más.

 

Nosotras le miramos marchar, serias y en silencio hasta que, justo cuando desapareció atravesando el ventanal de mi cuarto, Nuria se levantó y me dijo:

        

- Yo también necesito ducharme otra vez, mi amor... Me voy a mi baño.

- Sí, ve… - nuevamente nos quedamos las dos dudando - yo también voy a ducharme, estamos cerdísimas… pero…

- Sí, jajaja… por separado, estoy de acuerdo, morena… yo también necesito parar un momento – zanjó antes de que yo tuviera que decirle nada, guiñándome un ojo.

- Sí, cerdísimas y empapadas… Los tres, en realidad. Ahora nos vemos.

 

Pero ella ya se había dado la vuelta, rumbo a su habitación, cuando yo pronunciaba aquellas últimas palabras. Me quedé un rato descansando en el césped, a solas, aprovechando también para dar algo de tiempo a Pablo para entrar a la ducha. No quería caer en nada con él después de haber quedado con Nuria en que íbamos a frenar un poquito.

 

Cuando pasé por fin al baño, él estaba metido en la cabina de la ducha debajo del chorro abierto al máximo, con la cabeza inclinada y las manos apoyadas contra la pared. A penas me miró cuando me sintió llegar, solo lo justo para lanzarme un saludo en forma de leve meneo de la cabeza, que después volvió a bajar y a esconder entre sus hombros. Suspiré. Fui hasta el váter, abrí la tapa y me senté allí, justo al lado de la ducha donde estaba Pablo, desnudo, a mi lado. Meé largo, y acabé cagando también. Me daba exactamente igual tenerle al lado. Después de lo que me había hecho, después de haberme convertido en una víctima desnuda y bastarda que ofrecer ante el altar de Nuria, nada podía haber ya entre él y yo que pudiera suponerme una humillación mayo. Mi orgullo estaba roto y perdido, solo esperaba que él todavía quisiera aceptarme, imperfecta como era, que todavía quisiera poseerme y hacerme suya para el resto de mis días. Vaciarme en el váter me supuso un alivio considerable. No me molesté en limpiarme, y me metí directa a la bañera para ducharme. Me di cuenta de que él se había girado hacia mí cuando me senté a cagar, y que me había estado mirando todo el rato. Salió de la cabina de la ducha justo cuando yo entraba a la bañera. Llevaba la polla levemente morcillona y entendí que, de alguna manera, le había excitado verme “en acción” sentada en la taza junto a él. Temí, o deseé más bien, que se metiera conmigo en la bañera. Mi cuerpo no daba para más, pero me moría de verdad de ganas de que me follara toda. Me giré contra la pared y me puse bajo el chorro, cerrando los ojos y tratando de que el agua ahogara tanto mis suspiros como mis lágrimas. Aguardé, tensa, esperando que él llegara. Después de un rato giré levemente la cabeza, y le vi en medio del cuarto de baño secándose con mi toalla con parsimonia. Su pene estaba, si acaso, un poco más gordo todavía, y él me miraba intensamente pero en silencio. Eché gel sobre mi esponja y me giré hacia él, dispuesta a ofrecerle el espectáculo de mi ducha, pues entendí que eso era lo que él quería ver. Empleé un largo rato en hacerlo, afanándome en limpiarme a fondo, abriéndome el coño y el culo, enjabonando con cuidado los pliegues profundos de mi sexo, rodeando mis peras por las que resbalaba el agua, que había puesto al máximo de caliente, a pesar del calor demencial de aquella tarde. Necesitaba sentirme limpia hasta el extremo.

 

Pablo terminó de secarse antes de que yo hubiera acabado mi ducha. Al verle tirar mi toalla al suelo entendí que no tenía sentido continuar mi exhibición, que nada más iba a pasar. Apuré la ducha a toda velocidad, y salí de la bañera, cogiendo del suelo la toalla que acaba de despreciar él, mientras mi primo abría la puerta del baño en silencio y pasaba al vestidor. Yo me estaba secando, cuando le vi entrar de nuevo al baño con algo blanco en las manos:

 

- Oye prima, si no te importa… te cojo yo también unas braguitas, ¿vale? - me dijo, enseñándome unas bragas blancas de tira muy parecidas a las que me había cogido Nuria antes. Me quedé tan pillada que no fui capaz ni de responder. ¿Pero a qué venía aquello ahora? - ¿Me las dejas? – me preguntó, directamente, arqueando las cejas sobre sus enormes ojos azules.

- Cla… claro… - tartamudeé, como una imbécil.

 

Y justo entonces se abrió paso detrás de él Nuria, lustrosa y bien oliente, con su morenísimo pelo largo enrollado en una especie de coleta goteando todavía a su espalda y mi tanga blanco de antes haciendo un brutal contraste con la negra piel de su pubis. Yo ese tanga era uno de los que usaba cuando quería ir abiertamente enseñando, porque no llegaba a cubrirme ni medio pubis, y cuando voy sin depilar se me sale todo por fuera cuando lo llevo, y hasta antes que tenía el rasurado repasado de un par de días apenas se me marcaba con claridad todo el triángulo… A Nur, en cambio, le quedaba perfecto, como si estuviera hecho a medida para su cuerpo. Ni sus pezones ni el bulto de su vulva dentro del tanga parecían querer decir que estuviera precisamente relajada sexualmente, desde luego: mis pezones no pudieron evitar responder exageradamente al contemplar los labios de camello que se le marcaban en mi tanguita, cuya parte inferior estaba mojada y directamente metida en su raja sin que a ella pareciera importarle.

 

- Te he traído tus bragas, mi amor – me dijo estirando su mano con el andrajo sucio que había llevado ella en su coño tan solo un rato antes. Estaba claro que la guarra de ella quería tenerme oliendo a sus corridas. – Anda, primo… ¿pero tú? – rió ella al verle calzarse aparatosamente unas braguitas exactamente iguales a las que me había traído ella. – Pero… ¡¡¡waaaww!! – exclamó, cuando por fin Pablo consiguió acomodar su cipote apenas medio flácido dentro de aquella tela blanca y, ahora, bastante húmeda y elásticamente dad de si con la forma perfecta de su polla. – Joder, qué bien ten queda… ¡menudo paquetazo marcas así, primo!

 

Yo no podía evitarlo, pero que ella se mostrara tan explícita con él, y que él estuviera tan exageradamente provocativo, no sabía si solo con ella o con las dos, aunque eso me daba un poco igual, pues me ponía a mil, pero perra como nada. Mis pezones parecían querer salir disparados de mis tetas de duros que iban. Nur se dio perfecta cuenta de aquello, y la boca se le hizo agua mirándomelos mientras terminaba de echarme crema hidratante y protectora por las piernas y el culo.

 

- Anda, trae, que te echo por la espalda…

 

Nur me arrancó el bote de las manos, sin esperar mi respuesta. Se colocó a mi espalda, y me empezó a extender la crema con firmeza, repasándome todo el cuerpo con sus manos. Me había colocado frente a frente con mi primo, que me miraba divertido y disfrutando sin ningún pudor de la exposición total de mi cuerpo desnudo. Sentí vergüenza de que Nuria me estuviera exhibiendo así para él, pero aguanté el tirón, incluso cuando las manos de ella, empapadas en crema, se deslizaron bajo mis brazos y empezaron a rodearme y estrujarme los pechos. Me dolían los pezones y las areolas cada vez que me los tocaba, y los veía echando chispas bajo aquella tonelada de crema blanca que parecía la nieve coronando mis picudas montañas. Nur me las estaba mirando abiertamente, bien asomándose por encima de mi hombro, bien en el enorme espejo del baño. Pablo tampoco dejaba de mirarme, complacido al ver que yo debía de estar poniendo cara de furcia caliente bajo las caricias de Nuria en una parte tan sensible de mi anatomía. La polla de mi primo se hinchó todavía un poco más, marcándole una especie de enorme morcilla que puso a reventar la débil tela de mis braguitas. El cerdo de él se repasó la mano por el paquete, sin dejar de mirarme las tetas y a Nuria metiéndome mano, y se sobó el miembro a conciencia delante de mí, a medias para disfrutar de la sensación acompañando la vista de mi cuerpo desnudo y cachondo, y a medias para recolocarse aquella enormidad. La escena se alargó bastante más de lo necesario, pero a los tres pareció parecernos algo totalmente natural o, al menos, fingimos que aquello podía ser perfectamente normal y aceptable en cualquier buena familia...

 

Cuando Nur se aburrió de meterme mano, se separó de mí sin mediar palabra conmigo, mientras charlaba animadamente, por el contrario, con mi primo. Yo me mantuve cayada, y me puse las bragas que me había traído. Llevaban una costra de flujos pegajosos considerables en todo el medio, del tremendo calentón que se había pegado ella antes. Sin molestarme en mencionarlo, me las puse y sentí de inmediato aquella plasta pegándose a mis labios, untándome de los restos espesos de Nuria y deslizándose hasta el interior mismo de mi coño, donde se mezclaron con mis propios flujos.

 

Yo no me uní a su conversación hasta que no hubimos salido del baño y llegado a la cocina, donde yo quería preparar un par de cosas rápidas para tener listas para la cena.

 

- Una cosa… - dije, haciendo un esfuerzo considerable por abrir la boca e interrumpir a aquellos dos tortolitos, que no paraban de hablar, reírse, meterse manos y darse picos como dos novios recientes - ni una palabra de esto a María, ¿vale?

- ¿Eh? – me miró Pablo extrañado – pero… ¿qué quieres decir, prima?

- Todo esto nunca ha pasado. - Les pedí. - Nunca ha pasado -repetí.

- Tranquila, mi amor – me respondió Nuria, mientras abrazaba amorosamente a mi primo – puedes contar con ello.

- Pero… - volvió a dudar Pablo.

- Que esta tarde no ha pasado nada, Pablo, joder… lo que ha habido en esta casa se queda en nuestras cabecitas, ¿vale? No quiero hablar de ello, nunca, y no quiero que vosotras lo hagáis… - me estaba poniendo nerviosa por tener que explicar aquello. Nuria me conocía bien, y sabía de sobra que cuando yo decía aquel tipo de cosas, era mejor no llevarme la contraria, aunque, al fin y al cabo, ella tampoco era nunca muy de ir alardeando de conquistas. Le flipa follar y lo hace sin parar, con absolutamente quien le da la gana, además… pero jamás ha tenido la necesidad de hacerse notar por ello.

- ¿Pero dónde está María? – consiguió, por fin, preguntar mi primo. Casi me entra la risa al entender que sus continuas interrupciones obedecían, en realidad, a que no se había dado cuenta todavía de que faltaba mi otra amiga.

- Se ha ido al ginecólogo – le aclaró Nuria. – Por cierto, - me preguntó a mí - ¿sabes cuándo volverá? – No creía que ella se hubiera enterado de su partida, pero sabía perfectamente que tenía prisa por marcharse cuando le… en fin, cuando le estaba enterrando el puño entero en el culo.

- Pues no creo que tarde… - afirmé – me dijo antes que me pillaba el coche, y creo que el tipo ese tiene la consulta cerca de casa de ella. De hecho no sé por qué tarda tanto, hace rato que ya debía de estar aquí.

- Espera, espera, - volvió al ataque Pablo - ¿el ginecólogo? ¿pero para qué se ha ido al ginecólogo?

- Pues para cosas de mujeres, primo… - le contesté yo, molesta. Si no le hubiera echado la corrida dentro del coño, igual no le había hecho falta, me dije para mí misma, deseando casi pronunciar aquellas palabras en voz alta.

- Ya, ya, pero… ¿y por qué hoy, así, tan de repente? ¿O es que tenía la cita ya de antes?

- Ay, primo, ¡que parece que no te enteras! – rió Nuria, como si fuera lo más divertido del mundo. – Se ha tenido que ir para conseguir una píldora abortiva de esas… que ayer por la noche le metiste toda tu leche dentro, ¡campeón! ¡Jajajaja!

- No me jodas… - Pablo se puso blanco.

- Tú tranquilo – corté yo, enfadada. – Que de esta no vas a ser padre, para eso ha ido al ginecólogo. – Nur se separó de golpe del cuerpo de Pablo, como si le hubiera dado calambre. – Pero si vas a ir de pichabrava por la vida, al menos deberías tener un poco de cuidado…

- Hostia, prima… - Pablo no sabía qué decir.

- No pasa nada, anda. – Intenté aproximarme a él, pero me dio corte de repente. Nuria, a su vez, se había dado la vuelta y estaba en la puerta de la cocina, como dudando si quedarse o salir. – Bueno, por nosotras no debes preocuparte… Nuria y yo estamos tomando la píldora ahora, ¿verdad, Nur? – Ella ni se molestó en contestar, sino que salió de allí casi a la carrera.

- Tengo calor – balbució. – Me voy a la piscina.

- Sí, será lo mejor, - le dije, mostrando mi acuerdo, aunque salió tan rápido de allí que no sé si ella me llegó a escuchar siquiera. – Anda, primo, vamos con ella que yo ya he terminado aquí con la comida, y estoy empezando a sudar también… - No le aclaré que buena parte de mi aumento de temperatura se debía a tenerle a él allí con aquel paquetón tan expresivo montado en mis bragas.

- ¿Tú… tomas la píldora, Laura?

- Eh… sí… claro.

- Pero pensé que eso solo lo hacían las mujeres que tienen pareja… no sé… estable. – Le miré con detenimiento, intentando entender por dónde iba.

- A ver, Pablo… tampoco es tan así… en realidad yo, y también Nuria, por ejemplo, pero lo hacemos muchas mujeres, pues a veces la tomamos, sin más, aunque no tengamos a nadie fijo pues para… para poder tener relaciones esporádicas con menos preocupaciones.

- Pero en el cole nos dicen que para eso es mejor el preservativo, por lo de las enfermedades y esas cosas..

- Sí, si con desconocidos eso es cierto pero… también se pueden tener relaciones esporádicas con gente conocida, ¿entiendes?

- ¿Cómo tú con Carlos y conmigo el año pasado? – me miró él sonriente.

- Sí, sí, como eso… - yo no sabía si reírme o llorar, pero puse una mueca divertida.

- Pero nosotros no usamos condón esas veces…

- Ya, cachondo… y por eso me tuve que ir yo también a arrastrarme a varias farmacias para conseguir la pastillita ésa… ¿Pero a que las siguientes veces sí me viste usarlo con Carlos?

- Sí, ¡y a mí me lo pusiste también! – me dijo con orgullo. Hay que joderse, me dije. A ti y al cerdo de Luquitas, pensé. – Pero luego con Carlos has dejado de usarlo… - Me abstuve de comentar nada sobre que él no debería de saber aquello, pero era absurdo hacerme la sorprendida, como si no hubiera sabido siempre que nos estaba espiando cuando su hermano y yo nos liábamos con él cerca.

- A ver, Pablo, cómo te explico… ya te he dicho que ahora estoy tomando la píldora anticonceptiva otra vez, ¿no? Igual que Nuria. María no, porque ella está intentando quedarse embarazada con su chico.

- Joder…

- Sí, eso digo yo también – reí, entendiendo a la perfección su sorpresa por el inesperado instinto maternal de Mer, que a mí también me había dejado boquiabierta en su momento.

- Y entonces, ¿ahora estás tomando la píldora esa porque estás follando mucho… con gente conocida?

- Bueno, sí. En parte… - dudé si seguir.

- ¿Desconocida también?

- Joder, primo, sí. Hay que ver lo cotilla que te pones a veces con nuestra vida sexual, ¿eh? Desconocida también. La verdad que estoy follando bastante, últimamente.

- Eso está guay – me dijo él con una naturalidad y una de esas enormes sonrisas suyas que, como siempre, me dejó desarmada por completo. Tan alucinante como su dominio del sexo (¡y su adicción!), era casi siempre, también, su absoluta desinhibición y la gran facilidad que tenía para entender y asumir cualquier posible situación. Era como, si para él, todo lo que tuviera que ver con el sexo fuera bueno, sin más. Como para Nuria. Y para María. Como creía que lo era también para mí, hasta que me lié con él, precisamente. Y mira que me había costado llegar hasta allí, pero me daba cuenta de que llevaba un año completo en mendo de una batalla encarnizada por mi libertad total. Abrirme de piernas para él sin duda también iba a facilitar eso, pensé. Laurita, tienes que abrirte y ser más sincera, sin complejos, si de verdad quieres quitarte todo esto de encima, me dije. De repente, para mí fue un poco como si hubiera visto la luz.

- A ver, Pablo, escúchame. Es cierto que estoy follando mucho ahora, con todo tipo de gente. Pero tampoco te niego que, en parte, volví a tomar la píldora porque, de un tiempo a esta parte… eh… ¿cómo te diría?, pues tengo una especie de relación más estable que…

- Pero Nuria no puede…

- ¡Jijijijiji! - No pude evitar reírme ante su inocencia - ¡Primo! ¡Claro que no! Quiero decir… ¿cómo iba a ser por ella? Bueno, ya te reconocí esta mañana que estamos juntas, aunque realmente eso es algo de justo ahora, como quien dice…

- ¿Entonces…? – preguntó él, como con miedo de estar pasándose de confianza.

- Es por tu hermano, Pablo. Carlos.

- Coño.

- ¡No te pienses nada raro, eh! Nada de que seamos novios, ni pareja, ni nada, ¡por dios! Jijijiji… No, es solo eso… lo que dices tú… que estamos follando mucho él y yo. Sé que te había dicho alguna vez que ya no lo hacíamos…

- Bueno – se puso como un tomate, de repente -  en realidad yo también te dije que no iba a volver a acostarme con él, y…

- Lo sé, tonto – le dije, estirando la mano para que él me diera la suya – anda, vamos con Nur al agua. – Le dije, sin más, como dando por cerrada aquella conversación. Pablo me siguió, callado, como pensativo. – Una última cosa – le dije antes de salir de la casa hacia el jardín – María quería conseguir más píldoras del día después de esas… ya sabes… por si tuviera algún accidente más estos días… antes de que lleguen tus padres, me refiero. – Pablo se volvió a poner rojísimo. ¿Acababa de decirle que también podía follarse a mi amiga sin peligro?

 

Acababa de decirle que también podía follarse a mi amiga sin peligro. Pero también le había dejado claro que podía hacerlo, igualmente, conmigo.

 

Corrí delante de él, y me lancé al agua de cabeza cerca de donde nadaba Nuria, sintiendo su pastel de flujos metiéndose en mi coño desde mis bragas.

 


...dicen de mí que tengo buen sabor
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nyctidromus
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@laualma joder que relato putón 🔥🔥🍆🍆 me la pelo leyendo el relato


scripsit nyctidromus

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laualma
(@laualma)
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Iniciador del debate  

@nyctidromus .


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@laualma deseo tanto chuparte las tetas 💋💋💋


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@nyctidromus


...dicen de mí que tengo buen sabor
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@laualma 💞💕💋🔥🍆


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