Mudita 66
Mi nombre es Mateo, y soy un maduro, moreno, de estatura mediana, fácil de ver y me dedico a las mudanzas. Hace poco más de un año me casé en segundas nupcias y os voy a contar algunas cosas mías y de mi entorno.
Mi esposa Marcela es enfermera y muchas veces tiene que hacer el turno de noche. Nos quedamos solos en casa, su hija Lidia y yo (Tiene otra hija, pero trabaja Bruselas), y como Lidia tiene unas tremendas tetas, un señor culo, caderas anchas, mucha cintura y por las noches casi siempre anda ligera de ropa por casa, además de ser preciosa, pues más de una vez me fui con un tremendo calentón para cama. Y ya se sabe... Uno solo en cama, caliente, la mano se va para abajo, la polla se va para arriba, y acaba llevando una paliza para que se baje.
Un amigo mío me había hablado de una red social llamada Tinder, y una noche, por curiosidad, me hice una cuenta. Esa misma noche me masturbé con una treintañera de muy buen ver.
No estaba entre mis planes, pero acabé enganchado a una jovencita a la que conocí con el nombre de Mudita 66. Con ella me masturbaba y seguía con ganas de volver a masturbarme al día siguiente.
Mudita 66 aparecía siempre en la pantalla de mi ordenador con el rostro cubierto con una máscara veneciana, no hablaba y no me enseñaba nada, ni la cara, ni las tetas, ni el coño, y ya se sabe lo que pasa a un hombre cuando le niegan algo, que lo desea con más ganas.
Aquella noche. Mudita 66, llevaba puesta unos vaqueros y una blusa azul y estaba de pie en el sitio de siempre, o sea, arrimada de espaldas a una pared blanca. Le dije:
-Magrea las tetas.
Sus grandes manos se posaron sobre las tetas y comenzaron a amasarlas. Yo, que estaba desnudo en mi cama, meneé la polla mirando para ella.
-¿Querrías que te comiese el coño, Mudita?
-Asintió con la cabeza.
-Enséñamelo.
Se bajó la cremallera del pantalón, y comenzó a bajarlo. Cuando pensé que por fin le iba a ver el coño, dejó de bajar el pantalón y me dejó ver los negros vellos de su pelvis. Meneando la polla despacito, le dije:
-Me traes loca, bandida.
Metió una mano dentro de las bragas, se tocó el coño y luego me enseñó un dedo mojado con sus jugos.
-¡Cómo me gustaría chupártelo para conocer el sabor de tus jugos!
Volvió a amasar las tremendas tetas. Al rato, le dije:
-Mastúrbate el coño.
Metió la mano izquierda dentro de las bragas y se dio dedo mirando para mí. No se para donde miraba exactamente, supongo que miraba para todo, para mi cara, para mi cuerpo y para mi polla, pero mirara para donde mirara, le gustaba lo que estaba viendo porque su mano se movió con celeridad dentro de las bragas. Nunca tardaba más de cinco minutos en correrse.
Cuando paró de masturbarse y se me quedó mirando, supe que estaba a punto. La sacudí a toda hostia y cuando vio salir la leche de mi polla, su mano se volvió a mover con celeridad y se corrió como una bendita.
Al acabar de correrse, hizo lo que siempre hacía, desaparecer de la pantalla de mi PC.
Lidia
Aquella noche llevaba de vuelta a casa, en una de mis furgonetas, a Lidia, la hija de mi mujer. Poniéndole las luces largas a un conductor que me había deslumbrado con las suyas, le dije:
-No te veo muy buena cara, Lidia.
-Como voy a tener buena cara si el hijo de su madre me ha dejado por las nubes la fuerza creadora de mi energía vital.
Lidia estudiaba primero de magisterio, y su manera tan enrevesada de hablar me cabreaba.
-Te he dicho mil veces que ese lenguaje lo uses con tus amigas.
-Te estoy hablando de mi líbido, Mateo.
-¿Qué le pasa a tu líbido?
-Tú solamente entiendes las cosas dichas a lo bestia.
-Soy de pueblo, y en el pueblo le llamamos al pan, pan, y al vino, vino.
Entonces así lo entenderás: Un hijo de puta me dijo que me iba a hacer el completo y lo que hizo fue el completo ridículo, porque me dejó con un calentón tan grande que tengo la tanga metida dentro de la raja de mi coño por culpa de la humedad.
Lidia tenía diecinueve años y podía tirarse a quien quisiera, pero aquella no era forma de hablarme.
-¡Habla bien, descarada!
-A ti no hay quien te entienda.
-¿Por qué me has contado esa cosa tan íntima?
-Porque necesito correrme, Mateo.
-¡¿Pero tú qué has tomado?!
-Tres tonificantes.
Me alarmé.
-¡¿Te has drogado con pirulas?!
-Te estaba hablando de tónicas.
Me echó una mano a la polla. Le quité la mano de mis partea y le pregunté:
-¿Qué quieres, Lidia?
-Quiero que pares el auto en un sitio oscuro, que me comas las tetas, que me comas el coño hasta que me corra, y luego que me empotres por el coño y por el culo. Quiero que me hagas el completo.
La golfa me estaba poniendo malo.
-Voy a hacer que no he oído lo que has dicho.
-Me veo usando los dedos de nuevo... ¡Ya no quedan hombres de verdad!
Lidia era una preciosidad y tenía un cuerpo divino, pero yo no quería arruinar un matrimonio que solo tenía un año de vida, y es que una cosa es la fantasía, y otra muy distinta, la realidad. La amenacé.
-O dejas de decir barbaridades, o le digo a tu madre lo que me acabas de decir.
Lidia, desesperada, se lanzó al ataque.
-Mona Lidia, Caballero Gris.
-¡¿Qué?!
-Que Mona Lidia es mi nombre de guerra en Tinder, Caballero Gris.
-Yo...
-Tú te masturbas con chicas por Tinder, algunas noches.
Mentí como un condenado.
-Yo no hago esas cosas.
-Te oigo hablar con mujeres cuando mamá está trabajando en el turno de noche
-¿Qué buscas, Lidia?
-Que me empotres.
-¡Ni lo sueñes!
Se puso en plan macarra.
-Voy a tener que hablar con mamá y decirle que no me dejas dormir con tus cosas.
-¿Me estás chantajeando?
No se cortaba un pelo.
-Estoy. Para en un sitio oscuro.
-¡No me hagas esto, Lidia!
-No, si no te voy a hacer nada, me lo vas a hacer tú a mí, a no ser que me ponga muy cliente. Haz lo que te he dicho.
Me desvié al ver una señal de parking. Al llegar a aparcamiento vi que estaba desierto. Estacioné, me miró y me dijo:
-Quiero el completo, ya sabes, oral, vaginal y anal.
-Si tiene que ser... ¿No sería mejor hacerlo en casa?
-Aquí tiene más morbo. Vamos para la parte de atrás de la furgoneta.
En la parte de tas de la furgoneta había tres mantas que siempre llevaba para no rayar los muebles. Nos echamos sobre ellas y empecé a desabotonar su blusa. Lidia me echó las manos al cuello, llevo mi boca a su boca y me besó. Yo me dejé besar, pero no correspondí a sus besos. Fue peor, porque a Lidia le gustaban los juegos de rol y vio la oportunidad de jugar a uno.
-Acabarás comiendo en mi mano, César.
-Encima vas a fantasear con otro mientras follas conmigo.
Se puso seria.
-Soy Cleopatra, y una diosa no fantasea.
-A ti los estudios te jodieron la cabeza.
-No me chafes el juego, Mateo.
-Ahora soy Mateo.
Se enfadó.
-¡¡No sabes lo que es un puto role play?!
-Sí que lo sé, pero se debe hablar, acordar que se quiere hacer y que no, y hasta donde se puede llegar.
-Con el completo puedes llegar hasta donde quieras y el resto lo iremos improvisando.
Sabía de lo que me había hablado, pero nunca había jugado. Era un buen momento para empezar.
-¿Por dónde íbamos, Cleo?
Puso cara de enfadada.
-¡Un respeto para tu reina!
-Perdón, reina del Egipto.
Le acabé de quitar los botones de los ojales de la blusa, ella se arqueó, echó las manos por debajo del cuerpo, se abrió el sujetador y luego se subió las copas. Unas tetas enormes, con tremendas areolas rosadas y gordos pezones, quedaron en libertad.
-¿Has visto algunas tetas mejores que las mías, César?
-A fe que no, son las tetas más hermosas que han visto mis ojos.
Me agarró la cabeza y me frotó la cara contra ellas.
-¿Te gusta su contacto?
No le respondí. Se las agarré por debajo, se las junté y luego lamí sus pezones y sus areolas.
-Quítate la loriga que quiero sentir tu pecho desnudo sobre mis tetas.
Me quité la camisa. Lidia se echó encima de mí y me besó con lengua. Ya le devolví los besos.
-Sabía que acabarías comiendo en mi mano, Julio.
Debía estar muy caliente porque me abrió el cinturón, luego me bajó los pantalones y me los quitó, junto a los zapatos. Mi polla ya estaba dura y mirado hacia arriba y yo implicado en el juego.
-¿Quieres que te desnude, reina mía?
-Ya estás tardando.
Le quité la blusa, el sujetador, la falda y los zapatos. Se puso de lado, me agarró la polla, y me masturbó mientras me comía la boca. Ya no me pude aguantar más. Metí mi cabeza entre sus piernas y mi lengua se clavó dentro de su coño. Se arqueó elevando la pelvis y gimiendo cómo una condenada. Luego le metí en la boca mi lengua, una lengua pringada con sus jugos vaginales. Me la chupo con lujuria, y después me dijo:
-Quiero que me hagas más cochinadas.
Le di la vuelta, le levanté el culo y le enterré la lengua en el ojete... De nuevo gimió como una loca mientras mi lengua entraba y salía de su culo. La tenía a tiro y no desaproveche la oportunidad. La puse a cuatro patas y le froté la polla en el ojete. Sentí como latía el ojete al abrirse y al cerrarse. Lidia estaba deseando que le follara el culo. Se la metí despacito. Como es obvio, entraba muy apretada, pero Lidia gemía en vez de quejarse. Con toda la polla enterrada dentro de su culo, le pasé un brazo por el vientre y luego el dedo medio de mi mano derecha acabó dentro de su vagina. Metiendo y sacando la mitad del dedo y acariciando su clítoris con la otra mitad, le di cera en el culo, le di suave al principio y luego fui acelerando hasta que mis huevos chocaban con violencia contra su coño empapado. Y chocando contra él, me dijo:
-¡Me voy a correr, me voy a correr, me voy a correr, me voy a correr!!
Se corrió con un tremendo temblor de piernas. Tan tremendo fue que acabo derrumbándose sobre la cama. Tardo casi tres minutos en poder articular una frase, y cuando pudo hacerlo dijo:
-¡Joder qué corrida! Casi me muero de gusto.
Me quité de encima de ella pensando que la había dejado satisfecha, pero me equivoqué, porque al verme boca arriba se sentó en mi cara.
-Saca la lengua que toca oral.
Saqué la lengua y se frotó contra ella, moviendo el culo hacia delante y hacia atrás.
-Clávame la lengua en el coño.
Se la clavé y se siguió frotado.
-¿Has comido alguna vez algún coño tan jugoso, Cesar?
No le pude responder porque tenía la lengua ocupada. Al rato dejó de frotarse y me puso una teta en la boca, se la cogí con las dos manos y magreándola, se la mamé. Su coño había quedado justo encima de mi polla y goteó sobre ella. En un acto reflejo empujé hacia arriba y le metí el glande.
-¿Quieres que te folle, César?
-Quiero, mi reina.
Me folló sacando y metiendo el glande con mucha lentitud. Luego me dio la otra teta a mamar. La lenta follada de glande pasó ser de mitad de polla, luego de tres cuartos y cuando metió toda la polla dentro ya se acabó la lentitud y comenzó el mete y saca, frenético, que nos llevó a un punto sin retorno. Lidia si no anunciaba su orgasmo, no quedaba tranquila.
-¡Me corro, me corro, me corro, me corro!
Nos corrimos juntos. Luego de descansar un ratito, Lidia, me dijo:
-Remata la faena, Julio.
Faltaba el orgasmo oral y se lo iba a dar.
-Ponte en posición, Faraona.
Se abrió de piernas y flexionó las rodillas. Le lamí el coño y con la lengua pringada con mi leche iba a lamer su clítoris, Lidia, me cogió la cabeza y me dijo:
-Bésame.
Iba a besarla, pero me besó ella a mí metiendo su lengua en la boca y chupando la mía. Luego de besarme, me dijo:
-Soy una cochina, César.
Era una cochina, pero esto aún la hacía más interesante para un guarro como yo, así que le dije:
-Me gustan las mujeres cochinas, Cleopatra.
-Y a mí me gusta que te gusten.
Volví al coño, le metí dos dedos dentro de la vagina, al tiempo que le lamía el clítoris con la punta de la lengua. Entre gemidos, me dijo:
-Te vas a llevar una sorpresa, César.
-Me gustan las sorpresas.
Al rato, más que una sorpresa, me llevé un susto, y me lo llevé porque un chorro de meo impactó en mi garganta. Su vagina parecía la boca de una manguera, solo que en vez de agua echó meo. Repuesto del susto inicial y mientras me seguía mojando, le chupé su clítoris usando los labios y la lengua... Se corrió sacudiéndose como una batidora.
Al recuperarse, me dio un pico y luego me dijo:
-Donde se ponga un hombre de los de antes que se quiten los demás.
Le pregunté:
-¿Y ahora qué?
Vistiéndose, me respondió:
-Ahora seré tu part time lover.
Cogiendo mis gayumbos, le pregunté:
-¿Y eso qué significa?
-Amante a tiempo parcial.
-¿Cuándo será la próxima vez?
-Lo sabrás cuando ocurra. Estás cosas no se programan.
Las pajas
Yo estaba en pelotas sobre la cama. La vi en la pantalla de mi PC. Vestía con una blusa blanca, abierta, donde se veían unas tetas medianas dentro de un sujetador de color blanco.
-Quiero volver a ver tu polla.
Se la enseñé. Ya la tenía empalmada.
-Mastúrbate y mírame.
Me masturbé mirando para ella.
-¿Qué quieres que te enseñe?
-Las tetas.
-Mira atentamente.
Comenzó a magrear las tetas por encima del sujetador.
-Acércate para verlas más de cerca.
Me acerqué a la cámara, polla en mano.
-¿Quieres ver mis tetas?
-Quiero.
Con una bella sonrisa en los labios, Lidia, sacó una teta de una copa y luego sacó la otra teta de la otra copa. Aparecieron sus grandes tetas con enormes areolas rosadas y pezones gordos, pezones que acarició con las yemas de sus dedos.
-Ver como te masturbas me está poniendo cachonda. ¿Quieres ver mis bragas?
-Sí.
La vi de cuerpo entero, sentada en la cama, con las rodillas flexionadas. Vi sus bragas rojas con encajes blancos y sus largas piernas, y luego vi como se tocaba el coño con sus finos dedos, por encima de las bragas.
-¿Te excita verme?
-Sí.
Acercó la cara a la cámara y me preguntó:
-¿Quieres ver mi coño?
-Quiero.
Le dio el culo a la cámara, se bajó las bragas blancas hasta los muslos, me enseñó el coño, giró la cabeza, y me dijo:
-No apures tanto. No quiero que te corras aún. Se dio la vuelta y se sentó sobre la cama. Le echó la mano a un consolador ni gordo, ni largo.
-Hazlo así.
Con la mano derecha cogió la polla de silicona por la base y con la mano izquierda la comenzó a masturbar con el dedo pulgar y con el dedo índice. Lo masturbaba a cámara lenta.
-¿Te gusta así?
-Sí.
Así estuvo hasta que se puso tan cachonda, que me pregunto:
-¿Quieres ver cómo me masturbo yo?
-Claro que sí.
Lidia se abrió de piernas y empezó a masturbarse con dos dedos de su mano izquierda. Su cara risueña se había puesto seria. Le pregunté:
-¿Nos corremos a la de 10?
-Vale, que sea a la de diez.
Los dos dedos dejaron de acariciar el coño y comenzaron a acariciar su clítoris. Cogió el consolador, lo metió en el coño y empezó a follarlo. Comencé a contar yo.
-Diez
Lidia, dándose cera con el consolador y con los dedos, siguió la cuenta.
-Nueve.
-Mirando para sus tetas y dándome despacio, seguí con la cuenta.
-Ocho.
Lidia dejó el consolador dentro de la vagina. Acaricio las tetas y frotando el clítoris de manera transversal y a toda leche, contó:
-Siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero ¡Me corro, me corro, me corro, me corro, me corro, me corro, me corro!
Nos corrimos como dos golfos.
Al acabar de correrse se puso en la cara una máscara veneciana que yo conocía muy bien, luego la quitó, sonrió y me preguntó:
-¿Me reconoces?
-¡Qué falsa eres!
-Dame quince minutos y después ven vestido a la habitación de la falsa.
-¿A qué vamos a jugar?
-Es una sorpresa.
La casada y el puto
Luego de vestirme, de tomar una viagra y de darle el tiempo que me había pedido, fui en su busca. Abrí la puerta de su habitación y la vi al lado de la cama. Vestía una bata de casa blanca que llevaba abierta y que dejaba ver una lencería fina de color rojo. Le dije:
-Buenas noches.
-Buenas noches. Pase y cierre la puerta.
Hice lo que me había dicho. Al llegar a su lado me dijo:
-¿Le pago ahora o al acabar?
Supe que me tocaba hacer de chapero.
-Al acabar.
-Quiero ser yo la que mande.
-Pues a mandar, señora.
-Desnúdese.
Me desnudé.
-Tiene usted un miembro gordito.
Lidia, se puso en cuclillas, me agarró la polla, que estaba morcillona, la metió en la boca y me la mamó y me la masturbó hasta que se me puso dura.
-Échese sobre la cama y póngase a cuarto patas.
Me puse, ella subió a la cama, se arrodilló detrás de mí y me besó las nalgas. Luego agarró mi polla, tiró de ella para atrás y comenzó a mamármela. Al rato, cuando ya yo gemía como una nena, paró de mamar mi polla, lamió mi ojete y luego metió y sacó su lengua de él, al tiempo que me masturbaba.
-Lo voy a ordeñar.
-No me cabe duda alguna de que lo va a hacer.
Poco después me corrí como un burro. Al correrme dejó de follarme el ojete con la lengua, me la mamó y se tragó la leche que aún quedaba por salir. Al acabar de tragar, se echó boca arriba sobre la cama y me dijo:
-Ahora te toca hacer que disfrute yo.
La besé en el cuello, en las orejas, en la frente, en los ojos, en la punta de la nariz y luego la besé con lengua, al tiempo que le quitaba el sujetador. Después le lamí los pezones y las areolas y le besé y lamí el vientre. A continuación le quité el liguero, y luego una media, muy lentamente y besando su pierna izquierda mientras se la quitaba. Al estar abajo, tiré de la otra media y también se la saqué. Después le cogí el pie derecho, se lo masajeé, le lamí y chupé los dedos... Le hice un trabajo excelente, en ese pie y en el otro, luego subí besando y lamiendo sus muslos. Lidia seguía con los ojos cerrados cuando le quité las bragas mojadas. Se había rasurado el coño y la humedad brillaba en sus labios mayores y en la parte superior del interior de sus muslos. Al tocarle con una mano en uno de ellos, abrió las piernas y luego flexionó las rodillas. Le abrí el coño con dos dedos y le lamí los labios repetidas veces y ya comenzó a gemir. Metí mii lengua a cámara lenta dentro de su vagina... Al salir subí lamiendo hasta su clítoris. Primero lo aplasté con ella y luego lo lamí. A continuación lamí su coño de abajo a arriba cada vez más aprisa hasta que, arqueando su cuerpo, dijo:
-¡Me corro, me corro, me corro, me corro, me corro!
Se corrió en mi boca con una fuerza brutal.
Nada más acabar de correrse, me arrodillé entre sus piernas, le eché las manos a la cintura, la elevé, se la clavé en el coño y le di al tran tran hasta que su coño empezó a apretar mi polla. Era la señal de que se iba a correr. Le di a toda ostia y no tardó en decir:
-¡Me corro, me corro, me corro, me corro, me corro!
Los ojos se le cerraron, puso cara de cordera degollada y bañando mi polla con una inmensa corrida, se derrumbó sobre mí, se derrumbó entre tremendas convulsiones.
Después de correrse ella cinco veces y yo dos, paramos. Paramos porque nos entró el hambre, y menos mal que nos vestimos para cenar, porque Rosa, la otra hija de mi mujer, volvió esa noche de Bruselas. A Rosa le gustaba dar sorpresas, y por poco nos da una bien gorda.
Quique.





