Lidia y Rosa, las h...
 
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Lidia y Rosa, las hijas de mi mujer

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José
(@quique)
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Rosa, que era morena, alta, rellena, de ojos negros y de cabello marrón y muy corto, llegó a casa y nos sintió hablar y a Lidia y a mí en la cocina. Con una maleta en la mano, vino junto a nosotro. Sonriendo, dijo:

-¡Cómo os cuidáis!

Lidia, al verla, se puso en pie, fue a su lado, le dio un abrazo y un beso en la mejilla, beso que le fue devuelto, y le dijo:

-Tú y tus visitas por sorpresa.

Puso la maleta en el piso.

-No vengo de visita, vengo para quedarme. ¿No invitáis a un trozo de pizza y a un vaso de vino?

Le respondí yo.

-Siéntate a la mesa.

Se sentó, charlamos y después nos fuimos cada uno para nuestra habitación.

Al día siguiente, por la mañana, Rosa, vestida con un traje de pantalón de color gris y calzando unos zapatos con poco tacón y del mismo color que el del traje, fue a la habitación de Lidia, tocó con los nudillos en la puerta y preguntó:

-¿Se puede?

-Adelante.

Entró y le llegó un fuerte olor a sexo.

-Aquí huele a tema.

Lidia, se sentó en la cama, y medio se tapó con una sábana, y digo medio se tapó porque dejó una pierna y algo de la cadera desnuda al descubierto, le dijo:

-Me acabo de hacer un dedo.

-Eso no te lo crees ni tú.

-Pues es cierto.

-Aquí huele a polla y a coño. Te has tirado a Mateo.

Se lo negó a palo seco.

-No. ¿A qué has venido a mi habitación?

Rosa no iba a darse por vencida.

-En esta casa no hay más hombre que él, te lo has tirado. ¿Qué tal folla?

-Y yo qué sé, ya te he dicho que no he follado con él. ¿A qué has venido a mi habitación?

-Se me olvidó. ¡Ah, sí! Te traía un regalito.

Sacó del bolsillo del pantalón una cajita y se la dio.

-Gracias. ¿Qué es?

-Abre la caja y lo sabrás.

La abrió y se encontró con dos barras de labios.

-Gracias por el detalle.

Rosa se sentó en el borde de la cama.

-Quita la tapa de uno de ellos y gira la base.

Quitó una tapa, giró la base y el pintalabios comenzó a vibrar.

A Lidia se le dibujó una sonrisa en los labios.

-Esta cosa debe ser una maravilla para el clítoris.

-Girando la base le puedes dar más potencia.

 -Y me has traído dos por si se me estropea uno.

-Te he traído dos porque dos al mismo tiempo estimulan mejor el clítoris, los lóbulos de las orejas, los pezones y el ojete. ¿Folla bien Mateo?

-No seas pesada.

-Nunca hemos tenido secretos. 

-Ya, pero...

-¿Cuántas veces te hizo correr?

-Deja ya de preguntar.

-¿Cuántas? Si me lo dices te digo yo cuántas veces me corrí hace dos noches.

-No me interesa saber cuántas veces te corriste.

-Fue con una chica.

Lidia quedó para allá.

-¡No!

-Sí. ¿Cuántas?

Lidia cantó porque tenía curiosidad por saber lo de su hermana con otra chica.

-Cinco veces, pesada, ayer me corrí cinco veces.

-¿Y él?

-Él se corrió dos veces.

-¿Dentro de ti?

-Sí. ¿Cuántas veces te corriste tú?

-Yo, hace dos noches, me corrí ocho veces.

Lidia se llevó una sorpresa.

-¡¿Con una mujer?!

-Pues sí, con una mujer. Se llama Colette y es una chica francesa, rubia, de mi misma estatura y edad, delgada, preciosa y lesbiana.

-¿Dónde la conociste?

 -Era compañera de trabajo. 

-¿Y cómo te sedujo?

-No me sedujo, la seduje yo a ella. 

-No te veo seduciendo a otra mujer.

-Ya estaba madura.

-Explícame eso.

-Verás, Colette, ya se me había insinuado varias veces y la había rechazado, pero mi última noche de trabajo, como estábamos solas en la oficina y no nos íbamos a volver a ver, quise saber que se sentía al hacerlo con una mujer. No tuve que hacer mucho para seducirla. Solo tuve que echarle la lengua una vez que se cruzaron nuestras miradas. El resto ya vino rodado.

-Si te hizo correr ocho veces, debía saber latín.

-Lo que sabía era darle a la lengua.

-¿Hiciste que se corriera ella alguna vez?

-Hice que se corriera ocho veces.

Lidia no se lo podía creer.

-¡¿Cómo?!

-Con la lengua y haciéndole lo que antes me había hecho ella a mí. ¿Vas a probar los pintalabios vibradores?

-¿Por qué lo preguntas?

-Porque si tú quieres te enseño a utilizarlos.

-Te dio fuerte eso de hacerlo con otra mujer, pero resulta que yo soy tu hermana.

-Solo te iba a indicar cómo utilizarlos para quitarle el mayor placer.

-¿Masturbándome tú?

-Sí.

-No sé, eres mi hermana.

-¿Te siguen gustando los juegos de rol, Lidia?

-Sí.

-Pues hagamos un juego de rol sexual, así ya no sería tu hermana.

-¿Quién serías?

-Una puta que vende juguetes sexuales.

-Vale, coge los vibradores, sal de la habitación y vuelve a entrar.

Al volver a entrar, Lidia, estaba de pie al lado de la cama tapada con la sábana. Le dijo a su hermana:

-Perdone que la reciba así, pero me pilló después de haberme duchado.

-Sin problema. Le traigo lo que me ha pedido.

Fue a su lado y le dio la caja con los pintalabios vibradores. Lidia abrió la caja, los sacó y le dijo:

-Según el anuncio, la vendedora puede enseñar cómo exprimir al máximo los placenteros efectos del vibrador.

Rosa se sentó en el borde de la cama.

-Sí, y a dar sexo oral, pero eso tiene un precio.

-¿Cuál es ese precio?

-La reciprocidad.

-Me parece un precio justo.

Rosa no era de juegos, era de pasión, de lujuria, era una mujer de fuego, y se hartó nada más empezar a jugar.

-Oye, Lidia, y si nos dejamos de juegos y echamos un polvo como es debido, coño.

-¡Qué vulgar eres!

-Soy práctica. Si quieres follar, me desnudo, si no me voy y te haces una paja.

No se lo tuvo que pensar.

-Vale, desnúdate.

Se quitó la chaqueta, la blusa blanca y el sujetador. Unas tetas redondas, medianas, tirando a grandes, con areolas marrones y bellos pezones, quedaron al aire, luego se quitó los zapatos, los calcetines y los pantalones y un coño rasurado quedó al descubierto. Después fue hasta la cama, donde ya estaba Lidia, le quitó la sábana de encima, se echó a su lado y le dijo: 

-Te tengo que confesar algo que no sé si te va a gustar.

-Sea lo que sea, no creo que me moleste.

-Soy fetichista.

-¿Qué cosas te ponen?

-Las orejas, me vuelven locas las orejas y tú las tienes muy bonitas.

Le lamió toda la oreja izquierda, le metió la lengua en el orificio auditivo, le mordió el lóbulo... Se hartó de oreja.

-¿Te da asco?

-Para nada, me gusta.

Fue a por la oreja derecha y también se hartó de ella. Luego cogió los dos pintalabios vibradores. Con uno le masajeó los lóbulos de las orejas y con el otro las areolas y los pezones. Lidia le lamió una oreja y ya empezaron a gemir las dos. 

Al rato le mamaba las tetas y le pasaba un vibrador por el ombligo y otro  por los labios vaginales. El coño se fue abriendo como una flor. Le metió el vibrador en la vagina y lo giró alrededor para acariciar todo el contorno del orificio de entrada. Luego hizo círculos sobre el ojete con el otro vibrador. Lidia ya no pudo más.

-Méteme el pintalabios en el culo.

Se lo metió.

-¡Qué gusto!

-¿Quieres que te coma el coño?

-Haz conmigo lo que quieras.

Se dio la vuelta, le puso el coño en la boca e hizo un 69, en el que Lidia casi no intervino, y no intervino porque al lamerle el coño Rosa, su cabeza se echaba hacia atrás... Un par de minutos más tarde comenzó a derretirse.

-¡Me voy a correr, me voy a correr, me voy a correr, me voy a correr, me voy a correr!

-Córrete, cariño, córrete.

Se corrió como un río, un río que desembocó en la boca de Rosa.

Al acabar de correrse, Lidia, Rosa, se volvió a dar la vuelta y le puso el coño en la boca... Lidia se lo lamió, de aquella manera, pero a Rosa le llegó para que poco después se corriese ella en la boca de su hermana.

Yo iba a la cocina a desayunar, oí los gemidos de Rosa, pero pensé que eran de Lidia, la iba a dejar con sus fantasías, cuando la oí decir:

-Me gustó que te corrieras en mi boca, Rosa.

No me lo pensé dos veces. Abrí la puerta de la habitación y vi el cuadro, un cuadro erótico en toda regla.

-No sabía qué os dabais el lote. Cuando lo sepa vuestra madre...

Lidia me cortó el rollo.

-Pasa, cierra la puerta y deja de hacerte el chantajista que Rosa ya sabe que tú y yo follamos.

Entre en la habitación, cerré la puerta y le dije a Lidia:

-Te faltó tiempo para decírselo.

-No se lo dije, lo adivinó por el olor que había en la habitación.

-Tiene olfato de perra.

Lo de perra no le sentó bien a Rosa. Se calló, pero era vengativa, y además pensaba rápido, así que nos dijo:

-Ya que somos tres podíamos hacer un juego de rol.

Lidia se anotó al momento.

-¿Qué sería yo?

-Serías mi ayudante.

-¿Ayudante de qué?

-¿Ayudante de sacerdotisa?

Le pregunté:

-¿Y yo qué sería?

-La víctima a sacrificar.

-Suena bien.

-Tendrías que ser atado.

-Sin problema.

-Vete desnudando que yo voy a mi cuarto y vuelvo en nada.

En nada, Rosa, estaba de vuelta con una cinta aislante gruesa, un consolador de color negro de silicona, de tamaño mediano y un antifaz de esos de dormir. Yo ya estaba desnudo y con la polla flácida y colgando. Me ató las manos a la espalda con la cinta aislante, Luego me echó sobre la cama, hizo que flexionara las rodillas, me unió con la cinta los muslos y las pantorrillas y luego me puso el antifaz.

-Pásale los vibradores por la polla, Lidia.

Lidia encendió los diminutos vibradores y jugó con ellos por los lados de mi polla, que ya estaba media morcillona. Rosa escupió un par de veces en la cabeza del consolador y después me lo frotó en el ojete. Puse el grito en el cielo.

-¡Ni se te ocurra violarme!

Se le ocurrió. Me metió la cabeza del consolador dentro del culo.

No me dolió, pero me revelé.

-¡Me cago en tu sombra, Rosa!

-No soy Rosa, soy la perra, la perra sacerdotisa.

Lidia, mirando para mi polla casi erecta, intervino en el juego.

-Y yo su ayudante. Cierra la boca o te la cierro yo. 

-¡Otra perra más!

Lidia apagó los vibradores y me cerró la boca con un trozo de cinta aislante.

Al rato, mientras el consolador iba entrando y saliendo de mi culo, la polla, tiesa como un palo, iba de un lado a otro y soltaba aguadilla sin parar. Lidia le dijo a Rosa:

-Parece un maricón

-Todos los hombres tienen algo de maricones.

-No lo sabía.

Rosa me quitó el consolador del culo y luego se acomodó entre mis piernas.

-Te voy a violar otra vez.

Se clavó la polla en el coño y me folló colocando las manos sobre mis rodillas para poder abrirlas y cerrarlas a su antojo.

Lidia me quitó la cinta de la boca y me puso el coño en ella.

-Yo también te voy a violar. Saca la lengua, Mateo.

Me estaba encantando el juego.

-¡Y una mierda voy a sacar la lengua, perra!

Me puso el culo en la boca.

-Si sacar mierda es lo que quieres ... -me apretó los pezones con fuerza-. Saca la lengua, Mateo, saca la lengua, que si no la sacas te arranco los pezones.

Saqué la lengua y se la enterré en el culo. Lidia dejó que se la metiera y se la sacara un ratito, después me volvió a poner el coño en la boca y se frotó contra la lengua.

Rosa se estaba matando viva. Me follaba como si no hubiera un mañana. El resultado fue que pasado un tiempo, le llené el coño de leche, ella me bañó la polla con una copiosa corrida, y Lidia, por no ser menos, se corrió en mi boca.

Cuando me soltaron me puse serio, y me puse serio porque me había gustado todo lo que le habían hecho, y cuando digo todo, es todo. Y sentirme medio maricón, como que me molestaba. Vistiéndome, les dije:

-Conmigo no contar para más juegos de esta clase.

A Lidia no le importó. Había descubierto lo placentero que era el sexo lésbico.

-Tú te lo pierdes.

Rosa fue de sobrada.

-Eso dices ahora, pero vas a querer más.

-¿Más de qué?

-Más de todo, Mateo, más de todo.

Quique.

 

 

 

 

 

 

 

 

 



   
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