Elsa, la hija menor de mi hermano Paco, que era mi sobrina y ahijada, vino a mi taller para ver si le daba el trabajo que iba a dejar mi oficinista por motivos de salud. Ya se había ido el personal. El día había ido bien y me pilló con ganas de fiesta.
Tomando un café en mi despacho, me decía:
-... Lo necesito, tío, a Renato se le acabó el paro y ya estamos viviendo de nuestros ahorros.
-Te doy el trabajo, con una condición.
-Acepto, sea la que sea.
-¿Sea la que sea?
-Sí.
Me levanté, me arrodillé delante de ella, y le eché las manos a las rodillas. Cambió de opinión al momento.
-Lo que sea, menos esto.
Se puso en pie, pero ya era un poco tarde. La abracé por la cintura y le metí la cabeza entre las nalgas.
-Déjeme ir.
-Por quince minutos que me dejes jugar contigo puedes conseguir un trabajo de por vida.
-No le puedo hacer esto a mi marido.
-Nunca lo sabrá.
-Es que además soy su sobrina.
-¿Y?
-Y su ahijada.
-A una sobrina y a una ahijada hay que follarla bien follada.
-Eso se lo acaba de inventar.
-Sí, pero suena bien.
Me puse en pie, la tumbé boca arriba sobre la alfombra del despacho, me senté sobre ella, cogí un cojín del sillón, se lo puse debajo de la cabeza, y luego le quité el cinturón de su vestido marrón, un vestido que tenía por delante una fila de botones que iban de arriba a abajo.
-¿Quiere dejarme ir?
-No, estás demasiado buena para dejarte ir.
-Ojalá llegara Lidia o Rosa para que viesen la clase de persona que es.
-Esas no vienen por aquí.
-Pues la tía.
-Esa no sabe ni donde tengo la empresa.
-Entonces estoy sola ante peligro
-Me temo que sí.
Abriendo los botones de su vestido, la miré a la cara. De cerca era mucho más bella. Con su cabello rubio y sus ojos verdes, mismo parecía un ángel. Quise besarla con lengua, pero no abrió la boca, le dije:
-Relájate.
-No puedo relajarme, tengo miedo.
-¿Miedo de qué?
-De lo que me pueda hacer. Es que no conozco a más hombre que a mi marido.
-No te voy a hacer daño, te voy a dar placer.
Le abrí el sujetador y le levanté las copas. Sus tetas eran grandes, tenían las areolas oscuras y echadas hacia fuera, era como si estuvieran hinchadas y sus pezones eran redonditos y pequeños. La miré antes de lamerlos y vi que había metido el dedo pulgar de su mano derecha en la boca. Me pareció que estaba realmente asustada y debo ser un cabrón, porque su miedo me excitó aún más de lo que ya estaba.
-Tienes las tetas más sensuales que he visto en mi vida.
Elsa seguía chupando el dedo. Le agarré las tetas con las dos manos y magreándolas con maestría, lamí y chupé los pezones y sus sensuales areolas. Luego de gozar de sus tetas cuanto quise, me puse en pie, la cogí por las manos, hice que se sentara en la alfombra y le quité el vestido y el sujetador. Elsa tapó las tetas con los brazos.
-No te encojas.
-Me estoy muriendo de vergüenza.
- Ponte en pie.
-No.
La volví a coger por las manos y la levanté, luego me puso en cuclillas y la miré
-Tienes un cuerpo maravilloso.
-Se está haciendo de noche y no me gusta ir sola de noche por la calle.
-Te acerco yo a casa. Deja que vea tus tetas.
Como no me hizo caso le quité yo los brazos de las tetas. Elsa se quedó con la cabeza baja mirando a la alfombra. Lo próximo que hice fue echarle las manos a su tanga negra y bajársela. Elsa puso las manos en el coño para que no se lo viera. La giré y al ver su culo, le dije:
-Tienes un culo celestial.
Le acaricié las piernas con las dos manos y luego le separé las nalgas para ver su ojete.
-Tu culito aún es virgen.
Le lamí y le follé el ojete unas cuantas veces y después le volví a dar la vuelta.
-Siéntate.
Se sentó y volvió a encoger las piernas y a tapar las tetas con los brazos.
-Abre las piernas.
-No las voy a abrir.
Le eché las manos a las rodillas y se las abrí yo, un segundo, ya que las volvió a cerrar. Estuvimos forcejeando un breve espacio de tiempo... Al final las dejó abiertas. Lamí despacito y con la punta de la lengua desde el periné hasta el clítoris. Al principio, no, pero cuando ya iban unos cuantos viajes, sus piernas se abrieron de par en par y empezó a respirar más fuerte. En ese momento le metí y le saqué la lengua de la vagina. Su pelvis subió y bajó y su respiración se aceleró más. Volví a lamer desde el periné hasta el clítoris, con lentitud, pero con la lengua plana. Su cuerpo ya se arqueó, sus piernas se abrieron y se cerraron, su pelvis subió y bajó cada vez más aprisa y comenzó a gemir. Lamí aprisa, y pasados unos segundos, su pelvis dio varios latigazos, su cuerpo se arqueó y se corrió como una campeona.
Luego de limpiarle con la lengua la corrida del coño, le dije:
-Ponte a cuatro patas.
-Se lo enseñaría todo.
-Ya te lo he visto todo.
-¿Por qué por detrás?
-Para volver a comer tu culito virgen y porque me pone más.
Se puso a cuatro patas. Me arrodillé detrás de ella y lamí desde el coño hasta el ojete. Después de lamerlo le metía y le sacaba la lengua de él y volvía a empezar. Así estuve unos dos o tres minutos, luego le metí dos dedos de mi mano derecha en los dos orificios, o sea, en el ojete y en el coño, y masturbándola con ellos, le lamí la espalda, al tiempo que magreaba sus tetas con la otra mano. Su respiración se volvió a acelerar y al rato comenzó a gemir y tras los gemidos llegó un espectacular orgasmo que le hizo temblar todo el cuerpo.
Luego de correrse hice que se sentara y me senté a su lado, le giré la cabeza con una mano y le di un pico. Su boca se entreabrió y su lengua salió tímidamente de ella, se la acaricié con la mía y luego nos besamos tiernamente. Después de besarnos, le dije:
-Ponte de rodillas.
Se puso de rodillas. Le metí dos dedos dentro de la vagina y la masturbé, al tiempo que lamía y chupaba sus tetas. Esta vez no se cortó. Comenzó a gemir desde el principio. Luego acarició mi cabello mientras le mamaba las tetas y me tiró de él cuando se corrió por mi mano abajo.
Me desnudé mientras ella tiraba de la respiración.
Al ver mi polla se quedó mirando para ella con cara de preocupación. Le pregunté:
-¿Pasa algo, Elsa?
-Que tienes el pene muy largo y muy gordo.
Tengo una polla normal, pero por lo que se desprendía de sus palabras, el marido de Elsa no debía tener gran cosa.
-Ya verás como te gusta.
-No, si gustar me gusta, pero me vas a hacer más grande el agujero del chocho y mi marido lo va a notar.
-¡Qué va, mujer! Las vaginas dan de sí y después vuelven a su estado normal.
-Espero que estés en lo cierto.
-¿Me la mamas o vamos directamente al tema?
-¿A ti qué te gustaría?
-Que me la mames primero.
-Pues te la mamo.
Fui a su lado y le puse la polla en los labios, abrió la boca y me la mamó sin manos, al principio, luego me la mamó acariciando mis huevos, huevos que acabo chupando. Después, mamándomela y masturbándome, se puso tan cachonda que me preguntó:
-¿No tiene un colchón o algo más blando que el piso?
-Tengo una cama en la parte de atrás del taller donde a veces me echo la siesta.
-¿Vamos para ella?
-Vamos.
Recogimos las ropas y los zapatos y nos fuimos. Mi polla lloró por su único ojo viendo su precioso culo ir de un lado al otro. ¡Y lo que le quedaba por llorar!
Elsa se echó boca arriba sobre la cama y me dijo:
-Házmelo despacito.
Me subí encima de ella, le froté la polla en el coño, empujé y la polla entró sin dificultad, eso sí, apretada a más no poder. Nos besamos dulcemente mientras la polla iba entrando en su coño. Al tenerla toda dentro dejé de darle al culo. Luego la puse encima de mí. Mojé el dedo medio de la mano derecha en la boca y con la yema le acaricié el ojete. Sus nalgas se cerraban y apretaban el dedo. Sin dejar de besarme sacó unos centímetros la polla del coño y después la volvió a meter. Poco a poco, fue sacando y metiendo más polla, hasta que quedó solo la puntita dentro. Ya tenía la vagina bien lubricada cuando bajó el culo y la metió de un tirón. Dejo de besarme, puso las palmas de sus manos sobre mi pecho y comenzó a subir y a bajar el culo cada más aprisa. Sus tetas, a pesar de ser grandes, estaban tan duras que apenas se movían cuando me folló a mil por hora. De mil por hora pasó a cero. Apretó el culo, echó la cabeza hacia atrás y descargó sobre mi polla entre sensuales gemidos.
Al acabar de correrse, la puse debajo de mí para correrme yo. Tardé un poco y por primera vez, en toda la noche, me dijo:
-¡Me corro!
Escuchar esas dos palabras fue el detonante para que la sacara y me corriera sobre sus abultadas areolas y sobre sus pezones.
En fin, que está trabajando para mí y cuando le pica, que es de cuando en vez, me busca.
Quique
@quique que relato tan cachondo bro saludos
scripsit nyctidromus
sanguine et pulvis
n****@gmail.com
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