¡¿Por cincuenta eur...
 
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¡¿Por cincuenta euros me dejas follarte el culo?!

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José
(@quique)
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Iniciador del debate   [#2089]

                                                               I

José era un hombre rubio, con el cabello negro y rizado, alto; tenía los ojos azules, estaba casado y era agente comercial. Llegó a casa del trabajo, se fue a su habitación a cambiarse para darse una ducha y se encontró con su ahijada María cerrando el cajón de la mesilla de noche y con algo en su mano derecha, mano que tenía cerrada. Puso en el piso la maleta que traía en su mano derecha y le dijo: 

—Nunca pensé que llegaras a robarnos.

María, que era una joven morena, muda, con un polvo como el que tenía Emma Watson a los 20 años, ya que tenía una cara y un físico muy parecidos, sorprendida y asustada, se giró y quiso huir de la habitación. José la detuvo, le abrió la mano, vio que tenía en ella un billete de cincuenta euros, se los quitó y los puso encima de la mesilla de noche. 

—A ti te voy a quitar yo el vicio de robar.

La echó sobre la cama, le subió el vestido, le bajó las bragas y le dio con la palma de su mano derecha en las nalgas. 

—¡¡Plassss, plassss, plasssss, plassssss, plasssss, plasssss, plasssss, plasssss, plasssss, plaaaaaas!!

A María le dolió, pero no se quejó haciendo ruidos con la boca; lo que hizo fue llorar.

Le bajó la cremallera del vestido, se lo quitó, le abrió el sujetador y luego le acabó de bajar las bragas.

Al ponerla boca arriba y ver su coño peludo, sus tetas medianas, con areolas oscuras y sensuales pezones..., al ver sus curvas, se le puso la polla dura, la sacó y le dijo: 

—Te vas a tener que ganar esos cincuenta euros.

María, al ver su polla, puso cara de espanto y quiso huir de nuevo, pero José la agarró por la cintura, le levantó el culo y se lo comió mientras María se revolvía. Luego le comió el coño y el culo, lamiéndoselos con la lengua plana y follándoselos con la punta.

Tanto fue la lengua al coño y al culo que María se corrió en la boca de su padrino.

Cuando dejó de agarrarla, María se estiró, abrió el cajón de la mesilla de noche y cogió otro billete de cincuenta euros. José la entendió. 

—¿Quieres cien euros por dejarte follar?

María, despeinada y seria como un palo, asintió de nuevo con la cabeza. 

—Ya que vas a ser follada, por lo menos quieres cobrar bien. ¿Es eso?

María asintió con la cabeza.

—En ese caso vamos a echar un polvo como es debido.

José sabía que su mujer se había ido unos días a la casa de su madre, así que no corría peligro de que lo descubriera. 

Se desnudó y luego le puso la polla en la boca. María echó la cabeza hacia arriba; era su modo de preguntar qué era lo que quería que le hiciera. José le iría señalando los sitios a medida que los mencionaba. 

—Agárrala y, bajando y subiendo la mano, lame el corte de la punta, luego la coronilla y después la cabeza.

Lamió todo lo que le había dicho. 

—Ahora mama la cabeza, que luego te enseño cómo se comen los huevos. 

No llegó a enseñarle cómo se comían los huevos, ya que se corrió en su boca.

María se tragó la corrida y al acabar puso cara de asco. 

—¿No te gusta el sabor de mi leche?

Negó con la cabeza, se puso boca abajo y se dio cachetadas en las nalgas. 

—¿Quieres que te vuelva a azotar?

Asintió con la cabeza y levantó el culo. José le dio con ganas. 

—¡¡Plassssssss, plaasssss, plaassss, plasssss, plasssssss, plaassss, plaasssss, plasssss, plasss, plasssss, plaassss, plaassssss!!

Al dejar de darle, se puso boca arriba, le echó las manos al cuello, lo besó con lengua y José pudo sentir el sabor salado de sus lágrimas; luego le echó las manos a los hombros y le llevó la cabeza a su coño encharcado. Se lo lamió de abajo arriba con ganas atrasadas y María, apretando la lengua contra el coño, le dio una tremenda corrida en la boca.

Aún tiraba del aliento cuando le levantó el culo con las dos manos y le metió la cabeza de la polla en el coño. Le había entrado tan apretada que comenzó a llorar de nuevo. José le preguntó: 

—¿Te la saco?

La respuesta de María fue echarle las manos al culo y lo apretó contra ella. Era indudable que gozaba con el dolor. 

La folló despacio, al principio, pero acabó dándole lo suyo, lo de sus hermanas y lo de su madre. Tanto le dio que, al correrse él, también se corrió ella.

Al acabar de correrse, le lamió el coño mientras la leche y los jugos salían de él. Luego, con la lengua pringada de jugos y de leche y con la ayuda de los labios, le envolvió el clítoris y se lo chupó. Después le metió dos dedos dentro de la vagina y, masturbándola y mamándole el clítoris, la llevó a otro espectacular orgasmo.

María era insaciable, ya que luego de correrse abrió y cerró cinco veces cada mano y luego se tocó el ojete con el dedo de su mano derecha.

A José ya no le extrañó lo que le acaba de decir por señas. 

—¡¿Por cincuenta euros me dejas follarte el culo?!

María asintió con la cabeza, una vez más. 

—Te va a doler.

Su respuesta fue ponerse encima de él, coger la polla, frotarla en el ojete y empezar a empujar. 

José sintió como las lágrimas de su ahijada caían en su cara, aunque en sus labios se dibujaba una sonrisa. 

María, metiéndola despacito, le fue poniendo los pezones entre los labios. José probó a darle mordisquitos a ver si le gustaba y comprobó que sí, ya que luego de cada mordisquito, y antes de cambiar de pezón, María le metía la lengua hasta la campanilla.

Al rato, con la polla enterrada en el culo, volvió a azotarle las nalgas, ahora con sus dos manoplas. 

—¡Plassss, plasssss, plasssss, plassss, plasssss, plassssss, plaasssss, plasssss, plsssss. ¡Plasssss, plasssssss, plassss, plasssss, plasssss!

Dejó de darle cuando sintió que el ojete apretó su polla. María se corrió con la cabeza en su cuello y José le llenó el culo de leche.

María se quitó de encima de él y, frotando los dedos pulgar y el índice de la mano derecha, le pidió el dinero. 

—Cógelo tú, sabes dónde está.

Lo cogió. José se fue a duchar, y cuando regresó a la habitación, María ya no se había ido.

                                                                  II

La esposa de José se llamaba Lara; era una mujer morena, de ojos marrones, robusta y muy guapa. En aquel momento estaba sentada a la mesa de la cocina jugando al ajedrez con su cuñada Nuria, la hermana más joven de su marido, y que era una joven rubia, delgada, de ojos azules, un poco más alta que ella y preciosa, que le decía:

—Me he comprado un traje de mujer gato para el baile de carnavales en el Liceo. 

—¿Negro, de polipiel, ajustado al cuerpo y todo eso?

—Sí, y todo eso, látigo incluido. 

—Es demasiado atrevido, y encima con lo que vendes, te van a caer palos de todos los lados. 

—Llevaré puesto un antifaz. 

—Con o sin antifaz vas a dar la nota, aunque eso sí, te van a llover babosos. 

—Eso no me preocupa, ya me llueven todos los días. 

—Esa es otra; un día te llevas un susto.

Lara le miró para las tetas, le miró para los labios, le miró para los ojos, sonrió y le dijo: 

—El susto lo vas a llevar tú. 

—No digas tonterías, Nuria, ya te dije varias veces que no soy de tu cuerda ni nunca lo seré. 

—Jaque mate en cuatro movimientos. 

—Sueña.

Nuria cambió de tema. 

—¿Vas a ir mañana al baile?

 —No, sin mi marido en casa solo voy a casa de mi madre,

 —Hablando de José. ¿Te lo come bien? 

—¿Lo qué? 

—El coño. ¿Qué otra cosa iba a ser?  

—Deja de decir burradas.

—Jaque.

Lara se enfadó: 

—¡Me estabas despistando para esto! 

—Te dije que te daría jaque mate en cuatro movimientos.

Lara la miró, pero no le dijo que le había entendido otra cosa. 

—A ver qué muevo. 

—O sea que no te lo come bien.

—Déjame pensar para dónde muevo. 

—Mueve tu boca hacia la mía. 

—¡Vete a tomar por el agujero de al lado! 

—Si es con tu lengua y con tus dedos, voy corriendo. 

—¡Me estás sacando de mis casillas!

Nuria estaba muy tranquila. 

—Si cambiamos de sitio, tú no me ganas a mí. 

Lara sacó todo su sarcasmo.

Bobby Fischer se hizo mujer, y ahora se llama Nuria. 

—¿Qué te apuestas a que no me ganas? 

—Lo que quieras. 

—Si es como te digo, te regalo los cuatro juguetes que yo quiera y te vendo dos que quieras tú, y si pierdo, te regalo mi gargantilla esa que tanto te gusta.

 —Se ve que hoy no has vendido mucho.

Más de lo que puedes imaginar, pero no me canso de vender.

— No me vas a vender nada porque vas a perder.

—Apuesta si tienes coño.

Lara volvió a mirar para las fichas y vio venir el jaque mate. 

—Tú lo has querido, siéntate aquí que yo me siento ahí.

Cambiaron de asiento. Nuria movió el rey, lo ahogó y le dijo: 

—Tablas. 

—¿Qué coño son las tablas? 

—Es un empate. 

—De eso nunca me habías hablado. 

—No me había hecho falta.

Nuria se levantó de la silla y se puso como una fiera. 

—¡Has hecho trampas! 

—¿Con eso quieres decir que no me vas a comprar lo acordado? 

—Yo no he dicho eso, pero me has engañado. 

—El maletín lo dejé en la sala. ¿Vamos?

—Habrá que ir.

Nuria abrió el maletín sobre la mesa camilla de la sala, y sacó dos arneses con pollas de silicona; una polla era delgada y la otra gruesa. 

—Toma, la delgada es para el culo y la gorda para el coño. 

— ¿Para el coño y el culo de quién? 

—Para el mío, por ejemplo, si un día te animas.

—Ni borracha perdida me animaría. 

—Yo las uso para el culo de... 

La interrumpió.

—Ya será la delgada.

Con la delgada empezó; ahora quiere la gruesa... A ver qué más te regalo. El satisfyer te irá bien y un vibrador también, y el lubricante que no te falte. Escoge tus dos cosas.

Lara cogió unas bolas chinas y un consolador. 

—Me debes treinta y cinco euros, pero me los puedes pagar otro día. ¿Quieres algo más? 

—Que te vayas. 

—¿Para probar alguno de los juguetes? 

—Quiero que te vayas para tirar todo a la basura. 

—No creo que los tires a la basura; mi hermano José pasa mucho tiempo fuera.

                                                 III

El domingo de carnavales, pasadas las once de la noche, en la casa de Nuria, las luces estaban apagadas. Salió de su habitación al pasillo, fue a la cocina, encendió la luz y bebió un poco de leche de la nevera. Luego apagó la luz, salió de la cocina y subió las escaleras ym sin encender la luz de la habitación, cerró la puerta y fue hacia la cama. Catwoman, que llevaba guantes. Encendió la luz. Cuando Lara la miró, hizo chasquear el látigo contra el piso. Lara se giró, la vio y, encogiendo su cuerpo, le dijo: 

—¡Qué susto me has metido, cabrona! 

La intrusa parecía ser de pocass palabras.

—No encontraste con quién follar y vienes a ver si pescas algo, pues no voy a engañar a José contigo.

Volvió a chasquear el látigo contra el piso, esta vez cerca de sus pies. 

—No me asustas, tú no me dejarías marcada.

Otra mujer gato entró en la habitación; esta sí hablaba y también llevaba látigo.

—¿Dónde quieres el primer latigazo, en los pies o en el culo?

Lara se asustó porque la que había hablado era su cuñada. ¿Pero quién era la otra? 

—¿Qué queréis de mí?

Los dos látigos chasquearon cerca de sus pies. 

—Queremos follar contigo.

—Vale, vale, vosotras ganáis, dejaré que me echéis un polvo.

Nuria fue junto a su cuñada. 

—Bájame la cremallera.

Le bajó la cremallera frontal y sus tetas medianas quedaron semidescubiertas. 

—Chúpamelas. 

—No me queda otra.

Al comenzar a mamarle las tetas a su cuñada, la otra mujer gato le quitó el camisón y le bajó las bragas, le echó las manos al culo y se lo manoseó.

—¿Dónde tienes los juguetes que te regalé? 

—Los tiré. 

—No me mientas o mi amiga usará el látigo contigo; es masoquista.

Cantó por bulerías.

— Están en una maleta debajo de la cama.

Nuria sacó la maleta de debajo de la cama, la puso encima, la abrió, cogió el arneses con la polla delgada, se lo puso a Lara y le echó lubricante. La segunda Catwoman se bajó el mameluco, se giró e hizo un arco de noventa grados con el cuerpo para que la follara. 

—Métesela en el coño y dale a romper, que le gusta el sexo duro.

La cogió por la cintura, se la clavó y le dio a mazo.

Nuria se desnudó, arrimó su cuerpo al de su cuñada y, magreándole las tetas, le dijo:

—Apriétale los pezones, quítasela del coño, métesela en el culo y machácaselo.

Hizo lo que le había dicho.

—Mírame Lara.

Lara giró la cabeza, la miró y Nuria la besó con lengua. 

—Dime que te folle el culo. 

Lara no le dijo nada, pero le devolvió el beso a su cuñada sin dejar de machacarle el culo a la otra mujer gato.

Nuria chupó el dedo medio de su mano derecha, se lo metió en el culo y, follándoselo con él, le siguió comiendo la boca. Lara se folló ella misma el culo al follar a la otra mujer gato, que, para ser masoquista, parecía que no sentía ni padecía. Al rato, le preguntó_

—¿Te vas a correr, Lara? 

—Sí.

Nuria se enfrascó en una sesión de besos, lamidas de cuello, de cara y de orejas que terminó con Lara corriéndose como una loba; ella y la otra mujer gato.

Al acabar de correrse, Nuria le quitó el arnés, vio su coño y el arnés pintados de blanco, se puso en cuclillas y lamió. 

—Tienes un coño muy rico.

La otra mujer gato se puso en cuclillas detrás de Lara y le lamió el ojete.

Nuria le magreaba las tetas y penetraba su vagina con la lengua para luego subir lamiendo lentamente por los labios vaginales hasta llegar al clítoris. La otra mujer gato, con las manos en su cintura, le lamía las nalgas, le lamía el ojete, le metía la punta de la lengua dentro, y luego volvía a las nalgas, volvía al ojete... Le pulieron el coño y el coño, hasta que Lara se corrió sacudiéndose. 

Al acabar de temblarle las piernas, Nuria le dijo.

—Échate sobre la cama y ponte boca arriba.

Se puso boca arriba, la otra mujer gato le cogió la pierna derecha, la levantó, juntó los coños y comenzó a frotar los clítoris y los labios vaginales. Nuria le puso el coño en la boca. Lara sacó la lengua y comenzó una sinfonía de gemidos que fue subiendo de tono hasta que Nuria dijo: 

—¡Me corro en tu boca!

Lara, viendo convulsionarse a su cuñada y sintiendo cómo la boca se le iba llenando con sus jugos , le dijo: 

—¡Y yo, y yo!

La otra mujer gato le soltó la pierna, fue a por su coño como una loba y se hartó de tragar jugos cremosos. 

Al acabar de gozar, Nuria le pregubtó:

—¿Quieres hacer alo fuerte ? 

—Depende. ¿Qué me queréis hacer? 

—Algo con lo que fantaseamos casi todas las mujeres y pocas lo llegan a hacer.

 —¿Me queréis hacer una doble penetración? 

—Veo que tú también has fantaseado con ella.

 —Una cosa es fantasear con ser penetrada por dos hombres y otra ser penetrada por dos mujeres con pollas postizas, y encima sin saber quién es una de ellas.

La otra mujer gato se quitó el antifaz. 

Lara se llevó una sorpresa.

—¡Serás cabrona!

La cabrona era María.

Nuria le preguntó a su cuñada:

 —¿Por qué no le comes el coño tú a ella, Lara? Así conocerás su sabor.

 —No tengo ningún interés en conocer el sabor de su coño. 

Nuria le acarició el cabello, le dio un pico y le dijo: 

—Anda, dale placer; ella se tragó tu corrida... 

—Yo no se lo pedí.

Nuria cogió uno de los látigos. 

—Échate boca arriba sobre la cama, María. Te lo va a comer por las buenas o por las malas.

Lara estaba deseando comerle el coño a su amiga para saber si era capaz de hacer que se corriera a otra mujer, y la amenaza fue la manera de que se lo comiera sin que supieran que lo deseaba. 

—Vale, se lo como.

Marías se echó sobre la cama. Lara se metió entre sus piernas y  le iba a comer el coño como se lo había comido su cuñada a ella. 

Nuria, que se había puesto el arnés con la polla delgada y le había puesto lubricante, se arrodilló detrás de su cuñada, le echó la mano izquierda a una teta, chupó el dedo pulgar de la mano derecha, se lo  metió en el coño y le metió la polla en el culo.

Al rato, los gemidos de María subieron de tono, lo que le dijo a Lara que se iba a correr, lamió más aprisa y María se corrió en su boca con todo su cuerpo temblando y aguantándose un aullido de loba.

Al acabar de correrse María, Nuria, sin quitar la polla del coño, echó a Lara de lado y luego la puso encima y la siguió follando lentamente. María se puso el arnés con la polla gorda, le echó lubricante, se puso encima de Lara y le fue clavando la polla en el coño.

Nuria y María ya habían hecho esto antes, por eso cuando una metía la otra sacaba, y viceversa.

Lara ya había empezado la doble penetración cachonda perdida, por eso no les aguantó ni tres minutos, ni tres minutos tardó en decir:

-¡Me corro, me corro, me corro, me corro!

Luego de correrse, sintieron el ruido de un motor en frente de la casa.

—Ese es el coche de mi marido.

Nuria y María bajaron de la cama. Cogiendo sus cosas, le espetó a su cuñada: 

—A mi hermano le debió acordar tu coño.

Nuria y María se fueron a la habitación contigua a vestirse y Lara cambió la cama.

Las había salvado la campana, pues si estuvieran enzarzadas, no hubiesen oído el ruido del motor.

Quique



   
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