Me llamo Daniel, tengo 20 años y hace tres meses que estoy en el servicio militar obligatorio. El cuartel es un infierno de rutinas: desfiles al amanecer, entrenamientos bajo el sol que te quema la piel, y noches en barracas atestadas donde el ronquido de veinte tíos es la banda sonora de tus sueños. Somos una unidad de infantería, todos entre 18 y 22, cuerpos endurecidos por el ejercicio, mentes llenas de testosterona y frustración. Las novias quedan atrás, en pueblos lejanos, y aquí solo hay pollas y culos sudados. Al principio intenté resistir, pero la soledad te come vivo. Y anoche, como tantas otras, me rendí.
Era la una de la madrugada. La luz de la luna se colaba por las ventanas altas, pintando rayas plateadas en el suelo de cemento. La mayoría dormía, o fingía. Yo estaba en mi litera superior, la de siempre, al fondo del pasillo. El calor era asfixiante; el ventilador del techo giraba perezoso, removiendo el aire cargado de olor a pies y sudor. Me había despertado con una erección matutina que no era matutina, sino nocturna, insistente, como si mi polla supiera que no había alivio a la vista. Pensé en mi ex, en cómo me chupaba en el coche, lengua caliente y hábil. Pero eso solo empeoró las cosas.
Bajé la sábana con cuidado, mi mano temblando un poco. Estaba en calzoncillos, el tejido gris del ejército tenso sobre mi paquete. La polla asomaba por la pierna, dura, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum. La saqué despacio, sintiendo el roce fresco del aire contra la piel sensible. Cerré los ojos y empecé a pajearme, lento al principio, imaginando a mi ex de rodillas, pero pronto la imagen se torció. En mi mente, era Sergio, el sargento, ese cabrón de 25 años con brazos como troncos y una mandíbula que podría cortar vidrio. Lo había visto en la ducha, polla colgando pesada entre muslos peludos, y desde entonces no podía quitármelo de la cabeza.
Aceleré el ritmo, la mano subiendo y bajando con un slap suave contra mi pubis. Gemí bajito, mordiéndome el labio para no hacer ruido. El placer subía en oleadas, mi culo apretándose contra el colchón duro. "Joder, Sergio...", susurré sin darme cuenta, imaginándolo encima de mí, embistiéndome con esa fuerza brutal de los entrenamientos. Estaba cerca, el orgasmo bullendo en mis huevos, cuando oí el crujido.
Abrí los ojos de golpe. Sergio estaba allí, de pie al pie de mi litera, en camiseta y shorts, los ojos fijos en mi polla expuesta, aún en mi puño. Su rostro era una máscara de sorpresa y... ¿deseo? La luz de la luna lo iluminaba de lado, haciendo que su pecho subiera y bajara rápido. "Soldado López", murmuró, voz ronca, como si el aire se le hubiera atascado en la garganta. "Esto no es reglamentario. ¿Qué coño crees que estás haciendo, pajearte como un puto novato en mi barraca? ¿Y susurrando mi nombre? Joder, Daniel, ¿estás pensando en mi polla mientras te la meneas?".
Me congelé, el corazón martilleándome el pecho. Quise cubrirme, pero mi mano no obedecía; la polla palpitaba, traicionándome, un chorro de precum goteando sobre mi estómago. "Sargento, yo... lo siento, no... no era mi intención que me oyeras. Es que... joder, sí, pensaba en ti. En cómo te vi en la ducha, colgando esa verga gorda. No aguanto más esta mierda de abstinencia", balbuceé, rojo hasta las orejas, pero él no gritó. No llamó a nadie. En cambio, subió a la litera de un salto ágil, su cuerpo grande invadiendo mi espacio. Olía a jabón y a hombre, ese aroma que te revuelve las tripas.
"Shh, cállate ya, soldado. Todos lo hacemos, Daniel, pero no tan ruidoso. Y no solo. ¿Quieres que te ayude a acabar lo que empezaste? Dime, ¿quieres que te folle la boca como en tus sueños sucios?", dijo, su mano cubriendo la mía sobre mi polla. El contacto fue eléctrico; sus dedos callosos apretaron, guiándome en un movimiento lento. "Mírame a los ojos y dime: ¿quieres mi polla en tu culo, López? ¿Quieres que te abra como a una puta?".
Asentí, incapaz de mentir, la garganta seca. Él sonrió, una curva lobuna, y se inclinó más cerca, su aliento caliente en mi cuello. "Bien. Porque yo en ti, desde la primera semana. Te miro en los entrenamientos y me imagino rompiéndote, haciéndote gemir mi nombre de verdad". Su mano libre bajó a mis calzoncillos, tirando de ellos hacia abajo, exponiendo mis huevos. Me masturbó con firmeza, pulgar rozando la cabeza sensible, y yo gemí, arqueándome. "¡Joder, sargento, sí! Así, no pares... tu mano es... oh, mierda, me vas a hacer correrme ya", jadeé, y él rio bajo.
"Córrete para mí, soldado. Muéstrame lo que guardas. Vacíate en mi puño, Daniel, y grita mi nombre bajito, como el maricón que eres en secreto". No duré. Dos bombeos más y exploté, chorros calientes salpicando su antebrazo, mi cuerpo convulsionando. "¡Sergio! ¡Sí, joder, Sergio!", ahogué el grito contra su hombro. Él no se apartó; lamió el semen de su piel, ojos en los míos, y luego me besó. Fue brusco, barba raspando mi cara, lengua invadiendo mi boca con sabor salado. Mi polla se ablandó, pero el beso me endureció de nuevo. "Buen chico. Sabes a victoria. Ahora, a callar. Mañana, después del simulacro, en el almacén. Y trae a tus amigos... o mejor, yo los elijo. Diles que si no vienen, les cuento lo de esta paja con mi nombre".
¿Amigos? No entendí, pero asentí, aturdido. Se bajó de la litera como un fantasma, desapareciendo en la oscuridad. Dormí a ratos, soñando con su boca y sus órdenes.
Al día siguiente, el simulacro fue un infierno: carreras por el barro, gritos de oficiales, cuerpos chocando en el caos. Terminé cubierto de lodo, músculos ardiendo, pero la promesa de Sergio me mantenía tieso bajo el uniforme. En la ducha colectiva, lo vi de reojo: agua corriendo por su torso definido, polla semierecta colgando como una amenaza. Me miró, guiñando, y susurró al pasar: "Prepárate el culo, López. Hoy te rompo de verdad". Supe que no era solo él.
Después de comer, cuando el sol caía perezoso, Sergio me mandó al almacén de equipo: un cobertizo polvoriento al borde del cuartel, lleno de cajas y redes de camuflaje. Entré, el aire espeso con olor a metal y moho. No estaba solo. Raúl, mi compañero de litera, de 19 años, flaco pero con un culo redondo que todos mirábamos en los vestuarios, estaba allí, fumando un cigarro robado. Y con él, Pablo, el grandullón de la unidad, 21 años, con tatuajes en los brazos y una sonrisa pícara.
"¿Qué coño...?", empecé, pero Sergio entró detrás de mí, cerrando la puerta con un clic. "Relájate, López. Les conté lo de anoche. 'El soldadito López gimiendo mi nombre mientras se meneaba la polla', les dije. Y ellos... digamos que están interesados. ¿Verdad, chicos? Raúl, cuéntale qué te puso cachondo". Raúl apagó el cigarro, ojos brillantes, ajustándose los pantalones. "Joder, Daniel, te oí gemir 'Sergio, fóllame' y me la puse tiesa al instante. Pensé: 'Este cabrón necesita una buena follada grupal'. ¿Estás listo para que te usemos como a una puta del cuartel?". Pablo rio, bajo y gutural, quitándose la camiseta para revelar un pecho peludo y pectorales duros. "Yo quiero ese culo tuyo, López. Sergio dice que es virgen... ¿es verdad? ¿Nunca te han metido una verga gorda como la mía? Porque hoy te la clavo hasta los huevos".
El almacén se convirtió en nuestro mundo. Sergio me empujó contra una pila de cajas, besándome con hambre, manos desabrochando mi camisa. "Desnúdate, soldado. Muéstrales esa polla que meneabas anoche pensando en mí. Y tú, Raúl, chúpale los huevos mientras Pablo le abre el culo". Obedecí, el uniforme cayendo al suelo sucio. Los demás siguieron: Raúl delgado y lampiño, polla curva y rosada ya dura; Pablo, grueso como un tronco, venas marcadas; Sergio, el alfa, con esa verga de 20 centímetros que intimidaba. Me arrodillé primero, por instinto, y Sergio me guió: "Chúpala, soldado. Muéstrales cómo se hace. Abre esa boca de maricón y trágatela hasta la garganta. Di: 'Sí, sargento, dame tu polla para cenar'".
"Sí, sargento, dame tu polla para cenar... joder, es enorme", gemí, tomando su polla en la boca, salada y caliente, estirando mis labios. Él gruñó, manos en mi pelo, follando mi cara con empujones controlados. "¡Eso es, López! Chupa como si fuera tu última misión. Mira cómo babeas, puto". Raúl se acercó, masturbándose a mi lado, y Pablo... Pablo se puso detrás de mí, escupiendo en su mano para lubricar mis nalgas. "Relájate, Daniel, o te va a doler de cojones. ¿Quieres que te meta un dedo primero? Dime: 'Sí, Pablo, ábreme el culo con tus dedos gordos'". "¡Sí, Pablo, ábreme el culo con tus dedos gordos!", repetí, ahogado por la verga de Sergio, y Pablo entró, un dedo grueso presionando mi agujero. Gemí alrededor de la polla de Sergio, el placer y el dolor mezclándose cuando Pablo añadió otro, estirándome. "Joder, qué virgen estás. Este culito va a sangrar con mi polla, pero te va a gustar, ¿eh? Di que lo quieres".
"¡Lo quiero, joder, métemela ya!", supliqué, y Pablo obedeció, retirando los dedos para presionar su cabeza gruesa contra mí. Entró centímetro a centímetro, su grosor abriéndome como nunca. "¡Ahh, mierda, duele... pero no pares, fóllame fuerte!", grité, y él embistió, lento al principio, luego más rápido, sus pelotas chocando contra las mías. "¡Toma, cabrón! Siente cómo te parto el culo. ¿Te gusta mi verga gorda? Gime para mí". Era mi primera vez así, penetrado, y dolía como el demonio, pero el beso de Raúl en mi cuello, su lengua lamiendo mi oreja, lo suavizó. "Shh, Daniel, yo te chupo la polla para que lo disfrutes. Abre las piernas más, déjame lamerte mientras Pablo te folla como a un perro", murmuró Raúl, arrodillándose para tomar mi verga en su boca con torpeza entusiasta, dientes rozando pero lengua ávida.
Los cuatro éramos un nudo de cuerpos: yo en el centro, follado por Pablo, mamando a Sergio, y Raúl devorándome. El almacén olía a sexo crudo, sudor y lubricante improvisado con saliva. "¡Joder, Pablo, más profundo! Siento tus huevos en los míos... sí, así, rómpeme!", jadeé, y Pablo gruñó: "¡Te voy a llenar de leche, López! Prepárate para que te corra dentro como una puta". Cambiamos: Sergio me tumbó sobre una manta raída, penetrándome él ahora, su polla más larga llegando a sitios que me hacían ver estrellas. "¡Abrete de piernas, soldado! Siente cómo te clavo hasta el estómago. Di: 'Fóllame más duro, sargento, hazme tu zorra'". "¡Fóllame más duro, sargento, hazme tu zorra!", repetí, y él embistió con fuerza militar, el slap de su pubis contra mi culo resonando.
Pablo se subió a mi pecho, su culo peludo sobre mi cara, y lo lamí, lengua en su agujero salado, mientras Raúl montaba mi polla, su estrechez ordeñándome. "¡Lame mi culo, Daniel! Méteme la lengua profunda, como si fuera una polla. Joder, sí... y yo te monto hasta que me corras dentro", jadeó Raúl, cabalgando con ritmo frenético. Pablo, frotando su polla contra mi mejilla, añadió: "Ahora chúpame a mí, López. Trágate mi verga mientras Sergio te folla. Di que la quieres". "¡Dámela, Pablo, métemela en la boca... oh, Dios, es tan gruesa!", supliqué, alternando lamidas y chupadas. Gemíamos todos, un coro bajo para no alertar a los centinelas. "¡Córrete ya, cabrones! Quiero veros explotar", ordenó Sergio, y Pablo se corrió primero, semen caliente en mi cuello. "¡Toma mi leche, puto! ¡Trágatela toda!". Yo lo seguí, llenando a Raúl con un rugido ahogado: "¡Raúl, joder, me corro... sí, aprieta mi polla!". Sergio aguantó, prolongando, hasta que sacó y eyaculó sobre mi estómago, marcándome. "¡Mírate, López, cubierto de mi semen! Eres mío ahora". Raúl, cabalgando aún, se vació en mi pecho, un desastre pegajoso: "¡Daniel, tu polla me hace correrme como una fuente... toma!".
Nos quedamos jadeando, cuerpos enredados, risas nerviosas rompiendo el silencio. "Esto no para aquí", dijo Sergio, limpiándose con mi camisa. "Mañana, después de la guardia nocturna. Todo el pelotón que quiera. Y López, tú serás el centro, el puto del grupo". Salí del almacén cojeando un poco, pero flotando, el culo ardiendo como recordatorio.
Esa noche, en la barraca, las miradas eran diferentes. Susurros, codazos. Sabía que se había corrido la voz. Dormí con una sonrisa, soñando con más.
La segunda sesión fue esa misma noche, después de la guardia. El pelotón de noche éramos ocho: yo, Sergio, Raúl, Pablo, y cuatro más que se unieron por curiosidad: Miguel, el moreno callado de 18; Carlos, el rubio atlético; y los gemelos, Víctor y Diego, idénticos en su delgadez y pollas gemelas. Nos reunimos en el baño común, cuando el cuartel dormía. Las luces fluorescentes zumbaban, azulejos fríos bajo pies descalzos.
Empezó inocente: duchas colectivas que se volvieron... íntimas. Jabón resbalando por espaldas, manos "accidentales" rozando culos. Sergio, siempre el líder, apagó las luces, dejando solo la luna y linternas de bolsillo. "Reglas: sin nombres, sin arrepentimientos. Solo placer. López, tú primero: arrodíllate y di qué quieres. ¿Quieres pollas en la boca y en el culo? Pídela como el zorra que eres". "¡Sí, quiero pollas en la boca y en el culo! Usadme, joder, llenadme de semen", respondí, la voz temblando de excitación. Me emparejaron conmigo de nuevo, como si fuera el novato a romper. Miguel y Carlos me acorralaron contra la pared, besos alternos, lenguas explorando mi boca mientras sus pollas frotaban mi muslo.
"Chupa mi verga, Daniel. Abre esa boca y trágatela hasta que te ahogues", ordenó Miguel, su polla delgada pero larga presionando mis labios. Me arrodillé en el suelo húmedo, el agua de las duchas goteando aún. Chupé a Miguel primero, oliendo a jabón fresco, labios estirados. "¡Joder, qué lengua! Lameme los huevos también, puto... sí, así, chupa como si fuera tu novio", jadeó él. Carlos se unió, frotando su polla gruesa contra mi mejilla. "Ahora la mía, López. Alterna, o te follo la cara yo solo. Di: 'Dame tu polla gorda, Carlos'". "¡Dame tu polla gorda, Carlos! Quiero saborearla", supliqué, alternando, saliva chorreando por mi barbilla. Sergio observaba, masturbándose lento, dirigiendo: "Más profundo, López. Trágatela hasta las pelotas. Muéstrales cómo se chupa una verga de verdad".
Los gemelos se acercaron, Víctor lamiendo mi cuello mientras Diego se ponía detrás, dedos en mi culo, preparándome. "Estás listo para nosotros, ¿eh? Di: 'Gemelos, metedme los dedos y luego vuestras pollas idénticas'". "¡Gemelos, metedme los dedos y luego vuestras pollas idénticas! Abrirme, joder", gemí, y Diego entró, su polla resbaladiza por el jabón, embistiendo con ritmo sincronizado a los chupetones de Víctor en mi cuello. "¡Siente cómo te follo, Daniel! Mi hermano va a unirse, te vamos a rellenar como a una puta", murmuró Diego. Raúl y Pablo se unieron al grupo: Raúl chupando a Sergio, Pablo follando a Raúl por detrás. "¡Toma mi verga, Raúl! Gime para que López lo oiga", gruñó Pablo, y Raúl balbuceó alrededor de la polla de Sergio: "¡Sí, Pablo, clávamela! Daniel, mira cómo nos follamos... únete, chúpame el culo mientras me folla".
El baño era un eco de slap-slap de carne, gemidos ahogados, agua salpicando. "¡Más, Miguel, fóllame la boca! Quiero tu semen caliente", supliqué a Carlos, que ahora me penetraba la garganta. Cambié de posición: tumbado en el suelo, Carlos en mi boca, Miguel montándome el culo, sus embestidas rápidas y precisas. "¡Aprieta mi polla con ese culo virgen, López! Di que te gusta", jadeó Miguel. "¡Me encanta, joder, más profundo! Siente cómo te ordeño", respondí entre arcadas. Víctor y Diego se turnaban chupando mi polla, lenguas sincronizadas como si leyeran mentes. "¡Chupadme fuerte, gemelos! Vuestras bocas son... oh, mierda, idénticas y perfectas", gemí. Sergio se acercó, arrodillándose sobre mi pecho para que lamiera sus huevos, pesados y peludos. "Buen soldado, lame mis huevos como un perro. Di: 'Sargento, dame tu leche en la cara'". "¡Sargento, dame tu leche en la cara! Córrete para mí", supliqué, y él eyaculó primero, semen caliente en mi cara, goteando en mi boca abierta. "¡Toma, puto! Bébetela toda, López".
El orgasmo me golpeó como una ráfaga: mi polla explotando entre las lenguas de los gemelos, chorros que ellos lamieron ávidamente. "¡Me corro, joder! Gemelos, tragadlo todo... sí!". "¡Delicioso, Daniel, tu semen sabe a victoria!", rieron ellos al unísono. Miguel se corrió dentro de mí, calor inundándome: "¡Te lleno el culo, cabrón! Siente mi leche caliente". Y Carlos en mi garganta, forzándome a tragar: "¡Traga, López! No derrames ni una gota, o te follo de nuevo". Raúl gritó su clímax, follado por Pablo: "¡Pablo, me haces correrme... oh, Dios, sí!", y los gemelos se vaciaron mutuamente, manos en pollas hermanas: "¡Hermano, córrete conmigo! ¡Juntos, como siempre!". Nos corrimos en cadena, cuerpos temblando, el suelo un charco de semen y agua.
Nos lavamos en silencio, risas suaves, palmadas en espaldas. "Esto une al pelotón", bromeó Pablo. "López, eres el mejor puto del grupo. Mañana más". Salí renovado, el cuerpo dolorido pero satisfecho. Pero sabía que no pararía.
La tercera sesión fue la más salvaje, dos días después, durante un permiso de fin de semana. El cuartel entero parecía saberlo; rumores corrían como pólvora. Nos reunimos en una cabaña abandonada en el bosque de entrenamiento, lejos de ojos curiosos. Éramos doce ahora: el núcleo original más cuatro novatos nerviosos y dos sargentos amigos de Sergio. La noche era fresca, fuego crepitando en una hoguera improvisada, botellas de ron pasando de mano en mano.
Empezamos alrededor del fuego, ropa quitándose lenta, cuerpos iluminados por llamas danzantes. Yo estaba en el centro otra vez, el "descubierto" convertido en estrella. Sergio me besó primero, profundo, manos en mi culo separando nalgas. "Muéstrales, Daniel. Enséñales cómo te follamos. Di a todos: 'Quiero vuestras pollas, usadme como a una puta del ejército'". "¡Quiero vuestras pollas, usadme como a una puta del ejército! Llenadme de semen, joder", grité, y el grupo rugió en aprobación. Me tumbaron sobre una manta gruesa, piernas abiertas al cielo estrellado.
La primera polla fue de un novato, tembloroso pero ansioso, penetrándome despacio mientras chupaba a otro. "¡Relájate, López! Siente mi verga novata en tu culo... ¿te gusta? Di que sí", jadeó el chico. "¡Sí, métemela más hondo! No seas tímido, fóllame como un hombre", lo animé. Pronto fue un torbellino: dos en mi boca, alternando, gargantas profundas que me ahogaban de placer. "¡Chupadme las dos, cabrones! Alternad, quiero saborearlas juntas", supliqué, y ellos obedecieron: "¡Joder, López, tu boca es un coño! Trágatelas, puto". Tres manos en mi polla, masturbándome en tándem, pulgares en la cabeza sensible. "¡Meneadme fuerte! Quiero correrme con vuestras manos... sí, así, ordeñadme", gemí. Sergio dirigía, follando mi culo con embestidas brutales, su peso aplastándome deliciosamente. "¡Más, joder! ¡Rellénalo! Di: 'Sergento, clávamela hasta que grite'". "¡Sergento, clávamela hasta que grite! Rompe mi culo, por favor".
Un sargento mayor entró después, su verga gorda estirándome al límite, dolor y éxtasis fundiéndose. "¡Toma mi polla vieja, López! Siente cómo te abro como a una virgen. Gime para mí". "¡Ahh, duele tan bien! Más, sargento, métemela toda... joder, eres enorme!", respondí. Los gemelos se unieron, uno en cada mano, y yo los pajee, sintiendo sus pulsos sincronizados. "¡Menead vuestras pollas idénticas para mí, gemelos! Quiero veros correros juntos". Raúl lamía mi pecho, mordiendo pezones, mientras Pablo follaba a un novato a mi lado, sus gemidos uniéndose a los míos. "¡Muerde mis pezones, Raúl! Hazme daño... y Pablo, grita mientras follas a ese novato, quiero oírlo". "¡Sí, Daniel, te muerdo hasta sangrar! Y mira, Pablo: '¡Fóllame más fuerte, Pablo, hazme tu puta!'", imitó el novato. El aire olía a humo, sudor y sexo; el fuego chisporroteaba con gotas de precum que caían cerca.
Cambiamos: yo de rodillas, follado por detrás por Sergio mientras montaba a Carlos, su polla curva golpeando mi próstata. "¡Cabalga mi verga, López! Aprieta ese culo... di que te follo mejor que nadie". "¡Me follas mejor que nadie, Carlos! Siente cómo te ordeño con mi culo... oh, joder!". Miguel y otro chupaban mis huevos, lenguas húmedas. "¡Lamedme los huevos, chicos! Chupadlos como caramelos... sí, meted las lenguas". Y los novatos formaban un círculo, masturbándose al espectáculo, semen salpicando mi espalda. "¡Correros sobre mí, novatos! Pintadme de leche... quiero sentir vuestros chorros calientes". Era grupal puro: cadenas de cuerpos, daisy chains donde cada culo era follado y cada boca chupaba. "¡Folladme en cadena, joder! Pasad de uno a otro... sí, así, no paréis!", ordené, y obedecieron con gruñidos: "¡Toma, López, mi turno en tu culo! ¡Ahora la mía en tu boca!". Grité mi orgasmo, sin control, polla eyaculando dentro de Carlos: "¡Me corro, cabrones! Llenadme mientras yo os lleno... oh, Dios!". Y él se corrió, apretándome: "¡Tu semen me hace explotar, Daniel! Toma la mía". Desencadenando una ola. Sergio me llenó, caliente y profundo: "¡Te inundo el culo, puto! Siente mi leche goteando". El sargento eyaculó en mi boca, forzado: "¡Traga, soldado! No derrames". Los gemelos sobre mi cara, gemelos chorros idénticos: "¡Córrete con nosotros, hermano! ¡Sí, López, toma nuestra leche gemela!".
Duró horas, rotaciones interminables: tríos, cuartetos, yo en el medio siempre, cuerpo usado y adorado. "¡Otro más en mi culo! No paréis, quiero más pollas... joder, soy vuestra puta eterna", supliqué en cada cambio, y ellos respondían con embestidas y órdenes: "¡Toma, López! ¡Siente esta verga nueva! ¿Te gusta? ¡Gime más alto!". Al alba, exhaustos, cubiertos de semen seco y moretones, nos vestimos. "Eres nuestro ahora", me dijo Sergio, besándome suave. "El pelotón unido. Y mañana, López, pides tú: di qué quieres para la próxima".
Han pasado semanas desde esa noche en el bosque. El servicio sigue, rutinas duras, pero ahora hay un secreto que nos ata. En las miradas cruzadas, en las duchas prolongadas, en las noches de guardia. Fui descubierto masturbándome, y encontré un mundo. Un mundo de cuerpos soldados, unidos en placer y palabras sucias. Y no me arrepiento. Joder, no. Si el ejército es esto, alístame de por vida.
muy buen relato





