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Susurros del pueblo - Capítulo 9 final / La casa de campo

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morboso
(@morboso)
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El año nuevo trajo una sorpresa que Alex no esperaba. Julián, con la ayuda de sus padres y algunos ahorros, había comprado una pequeña casa de campo en las afueras de Santa Clara, un lugar sencillo pero lleno de potencial, con un porche que miraba hacia los campos y un jardín donde planeaban plantar hierbas y flores. Era su refugio, un símbolo de su compromiso, y habían decidido pasar la primera noche allí, solos, antes de empezar a decorarla.
La casa olía a madera recién cortada y pintura fresca, y la única habitación amueblada era el dormitorio, con una cama cubierta de sábanas blancas y una ventana que dejaba entrar la luz de la luna. Afuera, el viento susurraba entre los árboles, y el silencio del campo era un contraste perfecto con la intensidad que crecía entre ellos.
 
—Bienvenidos a nuestro hogar —dijo Julián, encendiendo una vela que llenó la habitación de un resplandor cálido. Pero sus ojos, fijos en Alex, ardían más que cualquier llama.
 
Alex lo atrajo hacia sí, sus labios encontrándose en un beso que era tanto una celebración como una reclamación. No había prisa, pero sí una urgencia profunda, un deseo de marcar ese momento como el inicio de algo permanente. Las manos de Alex desabrocharon la camisa de Julián, explorando la piel que conocía de memoria pero que nunca dejaba de fascinarlo. Julián respondió con igual fervor, deslizando los jeans de Alex, sus dedos trazando líneas de fuego por sus muslos.
 
Cayeron sobre la cama, sus cuerpos entrelazados en un frenesí de caricias y susurros. Julián besó cada rincón del cuerpo de Alex, desde la curva de su cuello hasta la parte interna de sus muslos, sus labios y lengua explorando con una precisión que arrancaba gemidos desesperados. Alex, incapaz de contenerse, lo giró para devolverle el favor, sus manos y boca moviéndose con una mezcla de adoración y hambre. Cada toque era una conversación, cada suspiro una promesa.
 
Julián tomó el control, guiando a Alex con una mezcla de ternura y dominio, sus cuerpos encontrando un ritmo que era tanto pasión como devoción. La cama crujía bajo ellos, pero el mundo se reducía a la fricción de sus pieles, al calor de sus respiraciones, al placer que los llevaba al borde una y otra vez. Cuando el clímax los alcanzó, fue una explosión que los dejó temblando, sus cuerpos colapsando en un abrazo mientras la vela parpadeaba en la mesita.
Permanecieron así, desnudos y entrelazados, con la luna como único testigo. Julián trazó círculos suaves en la espalda de Alex, su voz baja y llena de amor. —Este es nuestro comienzo, Alex. Aquí, en el pueblo, en la ciudad, donde sea. Tú y yo.
 
Alex levantó la mirada, sus ojos verdes brillando con lágrimas de felicidad. —Tú y yo, para siempre.
Y en la quietud de la casa de campo, con el futuro desplegándose ante ellos como los campos de Santa Clara, supieron que su amor era un fuego que nunca se apagaría.

Morboso


   
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