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Susurros del pueblo - Capítulo 7 y 8: La cueva tras la cascada

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morboso
(@morboso)
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El otoño trajo consigo la noticia de que Alex y Julián habían encontrado un pequeño apartamento en la ciudad, pero antes de mudarse, quisieron despedirse del pueblo con un último viaje. Era octubre, y los árboles alrededor de Santa Clara ardían en tonos rojos y dorados. Julián, siempre lleno de sorpresas, llevó a Alex a un lugar que había guardado en secreto: una cueva escondida detrás de una cascada en las afueras del pueblo, accesible por un sendero cubierto de musgo.
 
El rugido del agua al caer llenaba el aire, y la cueva estaba iluminada por la luz que se filtraba a través de la cortina líquida, creando un resplandor casi mágico. Habían llevado una manta y una lámpara de camping, pero apenas entraron, la atmósfera los envolvió. El aislamiento, el sonido de la cascada, el aire fresco y húmedo, todo conspiraba para hacer que el momento se sintiera sagrado.
 
—Este lugar es como tú —dijo Alex, sonriendo mientras acariciaba la mejilla de Julián—. Salvaje, hermoso, y un poco escondido.
 
Julián rió, pero la risa se convirtió en un gemido cuando Alex lo besó, sus labios exigiendo más. La cueva parecía amplificar cada sensación, cada roce. Se despojaron de la ropa con una urgencia que hablaba de su confianza mutua, sus cuerpos ya familiarizados pero nunca menos hambrientos. Julián empujó a Alex contra la pared lisa de la cueva, sus manos explorando con una mezcla de ternura y posesión, mientras Alex respondía con igual fervor, sus dedos trazando los contornos del cuerpo de Julián.
 
La lámpara proyectaba sombras danzantes mientras se movían juntos, sus cuerpos encontrando un ritmo que era tanto pasión como devoción. Julián besó cada rincón de la piel de Alex, desde su mandíbula hasta sus muslos, mientras Alex se perdía en la sensación, sus gemidos resonando con el eco de la cascada. El clímax los alcanzó como una corriente, dejándolos temblando, abrazados en la manta, con el sonido del agua como un latido compartido.
 
Después, mientras yacían juntos, Julián habló, su voz suave pero decidida. —No importa a dónde vayamos, siempre tendremos esto. Nosotros.
 
Alex asintió, su mano descansando sobre el pecho de Julián. —Siempre.
 
Y en la cueva, con la cascada cantando su canción eterna, supieron que su amor era tan indomable como el agua, tan eterno como el pueblo que los había unido.
 
Capítulo 8: El almacén de la panadería
 
El invierno había cubierto Santa Clara con una capa de escarcha, pero el pueblo seguía vibrando con su calidez característica. Alex y Julián, ahora viviendo juntos en un pequeño apartamento en la ciudad, regresaron para las fiestas de fin de año, ansiosos por celebrar con la familia de Julián y reconectar con el lugar donde todo comenzó. La panadería de los padres de Julián, con su aroma a masa recién horneada y canela, era el corazón del pueblo en esa época, y Alex se había convertido en un ayudante habitual durante sus visitas.
 
Una noche, después de que la panadería cerrara y los últimos clientes se fueran, Julián convenció a Alex para quedarse a “organizar” el almacén trasero, un espacio lleno de sacos de harina, frascos de especias y el olor dulce de la vainilla. La luz tenue de una bombilla colgante proyectaba sombras suaves, y el calor residual de los hornos hacía que el aire fuera acogedor a pesar del frío exterior.
 
—Siempre quise hacer esto aquí —confesó Julián, cerrando la puerta con un clic y girándose hacia Alex con una sonrisa traviesa. Sus ojos castaños brillaban con deseo, y la forma en que se acercó, con pasos lentos y deliberados, hizo que el pulso de Alex se acelerara.
 
No hubo preámbulos. Julián empujó a Alex contra una pila de sacos de harina, sus labios chocando en un beso feroz que sabía a azúcar y urgencia. Sus manos eran rápidas, desabrochando la camisa de Alex con una destreza que hablaba de su familiaridad, mientras Alex tiraba de la camiseta de Julián, exponiendo la piel morena que tanto amaba. El roce de sus cuerpos era eléctrico, amplificado por el entorno íntimo y prohibido del almacén.
Julián deslizó una mano por el pecho de Alex, sus dedos trazando círculos alrededor de sus pezones antes de bajar lentamente, desabrochando sus jeans con un movimiento experto. Alex jadeó cuando Julián lo tocó, sus caricias firmes pero precisas, enviando oleadas de placer que lo hicieron arquearse contra los sacos. —Julián… —susurró, su voz quebrándose mientras se aferraba a sus hombros.
 
Julián respondió con un beso en el cuello, mordisqueando suavemente antes de arrodillarse, sus labios trazando un camino ardiente por el abdomen de Alex. Cada beso, cada roce de su lengua, era una promesa de devoción. Alex se perdió en la sensación, sus manos enredándose en el cabello de Julián mientras el placer lo consumía. Julián lo llevó al borde con una intensidad que era tanto posesiva como tierna, y cuando Alex alcanzó el clímax, fue con un gemido que resonó en el almacén, su cuerpo temblando bajo las manos de Julián.
 
Pero Julián no había terminado. Se levantó, besando a Alex con una hambre renovada, y pronto fue Alex quien tomó el control, empujando a Julián contra una mesa de madera cubierta de harina. Deslizó los jeans de Julián hacia abajo, sus manos explorando cada centímetro de su piel, desde los muslos firmes hasta la curva de sus caderas. Sus movimientos eran seguros, guiados por el deseo de devolverle el mismo placer. Julián gemía, sus manos aferrándose al borde de la mesa mientras Alex lo llevaba al límite, sus cuerpos moviéndose en una danza de necesidad y amor.
 
Cuando ambos estuvieron exhaustos, se dejaron caer sobre los sacos de harina, riendo entre jadeos, con la piel cubierta de un polvo blanco que los hacía parecer fantasmas felices. Julián tomó la mano de Alex, entrelazando sus dedos.
 
—Esto es nuestro hogar, ¿sabes? —dijo, su voz suave pero cargada de significado—. No solo el pueblo, sino nosotros, juntos.
 
Alex asintió, besándolo lentamente. —Siempre será nuestro.

Morboso


   
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