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Iniciador del debate 22 octubre, 2026 19:37
CUANDO LOS HUECOS DE SU CUERPO CUENTAN OTRA HISTORIA
Nos conocimos en un lugar tan aburrido que ni la casualidad quiso disimularlo: una charla sobre seguridad laboral en una aseguradora. Yo estaba ahí como parte del equipo técnico de una empresa metalúrgica, donde trabajaba como encargado de mantenimiento industrial. Mariela había empezado hacía pocos meses como administrativa en un estudio de abogados que asesoraba a la ART. Era nueva, y se notaba.
Se sentó en la última fila, sola, con una carpeta sobre las piernas y un café que no se animaba a tomar. No se maquillaba mucho, vestía con ropa holgada, colores neutros. Casi pasaba desapercibida. Casi.
Pero cuando cruzó la pierna, lo supe. Esa chica de gesto tímido y voz suave tenía unas caderas imposibles de ignorar, un culo redondo y alto, y un par de tetas grandes que su remera intentaba esconder sin éxito. Lo supe enseguida: no era una de esas minas que buscan miradas… pero las generaba igual. Y eso, por alguna razón, me calentó más.
Después de la charla me acerqué, más por curiosidad que por intención. Quise escuchar su voz. Quise verla de cerca. Quise saber si esa combinación extraña —de chica inocente con cuerpo pornográfico— era real o solo una ilusión de la distancia. No era una ilusión. Mariela existía. Y lo que todavía no sabía era que, detrás de toda esa timidez, había una oscuridad secreta. Un deseo tan profundo que ni ella misma podía nombrar del todo. Al menos, no todavía.
Nos costó arrancar. Ella no era de las que dan muchas señales. Yo tampoco era un seductor de manual. Me acuerdo que intercambiamos un par de mails “de trabajo” después de aquella charla, y que aproveché una excusa ridícula para invitarla a tomar algo, un café, Mariela aceptó. Y eso fue todo lo que necesité.
La primera vez que salimos fue al bar de siempre, ese que está frente a Plaza San Martín, con sillas de madera incómodas y mozos que no escuchan. No fue una cita explosiva, ni de esas donde el tiempo se detiene. Pero me gustó escucharla. Tenía una manera de hablar entrecortada, como si cada frase la pensara dos veces antes de soltarla. Y cada vez que se reía, se tapaba la boca, y yo me moría por besarla en ese gesto.
La segunda vez ya fue cena. Un bodegón de barrio, mozos viejos, luz tenue. Le pedí vino sin preguntar, y se sonrojó. Me dijo que no solía tomar, que no salía mucho, que no era de “eso”. Y, sin embargo, cuando la dejé en la puerta de su departamento, no bajó del auto enseguida, se quedó, me miró. Y fue ella la que se acercó. Su primer beso no fue tímido. Fue húmedo, profundo. Como si todo lo que no decía se lo hubiera estado guardando para ese momento.
Después de eso, todo fue rápido, demasiado, incluso. A los tres meses ya dormía más en mi casa que en la suya. A los seis, empezamos a convivir. Y ahí empecé a conocer otras versiones de Mariela. La de la cocina desordenada, la que se ponía mi ropa interior por un tonto fetiche, la que se reía en voz alta cuando nadie la veía. Pero, sobre todo, conocí a la Mariela de la cama.
No sé si fue la comodidad, la confianza o alguna fantasía reprimida, pero en cuanto se soltó, descubrí que esa mujer dulce y callada tenía un lado sexual voraz. Le gustaba probar cosas. Le gustaba ser guiada, pero también provocar. Le calentaban los lugares prohibidos: el sillón, el baño a media tarde, incluso el balcón si era de noche. Me mordía, me ataba las manos con sus corpiños, me decía cosas al oído que me dejaban duro como piedra. Tenía una forma de montarme que no era casual: sabía exactamente qué quería hacerme sentir. Y lo lograba.
Pero también tenía silencios. No pedía demasiado. Esperaba. Observaba. Hasta que un día, cuando ya llevábamos un tiempo juntos, me lo pidió. Fue la primera vez. Y esa noche, todo cambió, la idea de unas vacaciones alocadas, lejos de la rutina diaria y las pesadas obligaciones, solo ser libres por unos días
El destino, Jamaica
Decidimos escaparnos casi sin planearlo, una locura que se armó entre mensajes y llamadas de última hora. Mariela necesitaba aire, yo también. Y Jamaica apareció como la opción perfecta: playas de arena blanca, palmeras que se mecen con la brisa, reggae que vibra en cada rincón, y un pueblo orgulloso de su historia y su cultura.
Kingston, la capital, es una mezcla intensa de caos y ritmo, con mercados llenos de colores, olor a especias, y hombres con cuerpos torneados por el sol y el trabajo duro. Pero no queríamos eso. Buscábamos el descanso.
Así que nos fuimos a Negril, al oeste. Allí las playas son infinitas, el mar de un azul imposible, y los atardeceres se pintan con tonos que parecen sacados de un cuadro.
La gente, amable y sonriente, tiene una energía que contagia. Los hombres, muchos de ellos pescadores o atletas, se pasean por la costa con torsos descubiertos, músculos marcados y sonrisas que no se esconden.
Las costumbres locales, entre jamaicanos y turistas, son una mezcla de relajación y fiesta: el día se pasa en la playa, el ron nunca falta, y la música, siempre presente, crea un fondo sensual perfecto para que los deseos se despierten.
Negril tiene esa manera especial de hacerte olvidar que existe el mundo. El sol pega distinto, como más tibio. El mar no salpica, acaricia. Y todo parece diseñado para que el tiempo se diluya entre la arena, el ron y los cuerpos semi desnudos.
Negril tiene esa manera especial de hacerte olvidar que existe el mundo. El sol pega distinto, como más tibio. El mar no salpica, acaricia. Y todo parece diseñado para que el tiempo se diluya entre la arena, el ron y los cuerpos semi desnudos.
Esa tarde Mariela eligió su traje de baño más diminuto. Uno que yo ni recordaba que hubiéramos alistado. Un pedazo de tela color piel, casi invisible, a la distancia parecía completamente desnuda, ese que dejaba su culo redondo expuesto como una provocación involuntaria y los pechos desafiando que equilibrio del mundo. Apenas lo vi, supe que no iba a pasar desapercibida. Y no pasó.
Mientras caminábamos por la orilla, más de una mirada se le quedó pegada a las curvas que ella, como siempre, fingía no notar. Pero yo sí lo notaba. Yo lo sentía. Sentía las miradas clavarse en su espalda, en sus tetas apenas contenidas, en la forma perfecta en que la arena se le adhería a la piel húmeda.
Nos cruzamos con él cerca de una caseta de bebidas. Alto, moreno, de unos cuarenta quizás, con el cuerpo cincelado por el sol y el esfuerzo. No era un físico de gimnasio: era real. Músculos grandes, marcados, pero sin exagerar. Llevaba un short y nada más. Tenía una sonrisa fácil y una voz profunda, casi musical.
—¿First time in Jamaica? —nos preguntó, mientras levantaba un vasito de ron que nos ofreció como si fuéramos viejos amigos.
Mariela sonrió, aceptó el trago y se sentó en la reposera como si ese lugar fuera suyo de toda la vida. Yo también me dejé llevar. El tipo se llamaba Dwayne, era instructor de buceo y, como la mayoría en ese rincón de la isla, hablaba un inglés suave, lleno de pausas. Hablamos de todo y de nada. Rutas para recorrer, comida local, el calor, los turistas, el reggae, el ron. Y mientras tanto, mi mujer se iba soltando. Más risa, más contacto visual. Cruzaban frases en inglés que yo no entendía del todo. Miradas que empezaban a tener otro peso.
En un momento, ya con la tarde cayendo, Mariela se apoyó en mí y me dijo, como quien comenta algo del clima:
—¿Te parece muy loco invitarlo al hotel?
La miré sin entender. Pensé que hablaba de seguir tomando algo, que le había caído simpático, que no quería cortar la charla.
—¿Para qué? —pregunté.
Ella giró el rostro hacia mí, seria, pero sin dureza.
—Para coger con él —dijo, como si acabara de pedirme otra copa.
Me quedé helado. El paraíso perfecto de ese lugar… todo pareció detenerse un segundo.
—¿Qué?
Mariela bajó la voz, pero no la intensidad de su mirada.
—Siempre tuve esa fantasía, Mauro. Como muchas. Con un negro. Con un tipo así. Grande. Oscuro. Que me agarre como si no me conociera. Como si yo no fuera tu esposa. Y estamos acá... y él está acá.
No me reí. No me enojé. Solo sentí algo raro estirarse adentro mío. Como una mezcla de celos, miedo y una excitación que no me atreví a nombrar todavía.
No respondí enseguida. Me limité a mirarla, a buscar en sus ojos si lo decía en serio o si era algún juego extraño, algo empujado por la fantasía. Pero no. Mariela no jugaba. Esa calma que tenía cuando hablaba de cosas incómodas era más sincera que cualquier grito. Y eso me descolocaba.
Dwayne seguía sonriendo, como si no supiera nada, como si no sospechara lo que Mariela acababa de proponer. O tal vez sí lo sabía. Tal vez lo había sabido desde el primer momento en que la vio cruzar por la arena con ese culo perfecto rebotando bajo el sol.
—No sé qué decir —murmuré.
—No digas nada —me contestó. Y me besó. Lento. Profundo. Con ese mismo sabor a ron y sal que tenía desde la tarde. Un beso que no buscaba convencerme… sino abrir la puerta.
No tardamos mucho más. Dwayne nos siguió sin preguntar. No hubo charlas serias, ni acuerdos previos, ni listas de lo que se podía o no se podía hacer. Solo caminamos los tres hacia el hotel, descalzos, sucios, con la ropa pegada al cuerpo por la transpiración y la sal marina.
Entramos al cuarto cuando el sol ya caía, pero aún no era de noche. No habíamos cenado. No nos habíamos bañado. Teníamos arena en los pies, olor a mar en la piel, aliento a alcohol. Todo era desprolijo, crudo, real. Como si lo que estaba por pasar no necesitara ningún adorno, ningún ritual, ninguna justificación.
Mariela entró primera. Se sacó el pareo sin decir una palabra. Quedó con su traje de baño diminuto, tiritas húmedas que apenas cubrían lo mínimo. Dwayne la siguió con la mirada fija. Y yo… me quedé atrás.
Me sentí… menos. No por ella. Por él. Por ese cuerpo imponente que ahora veía sin filtros: pecho amplio, brazos fuertes, abdomen duro. Era como mirar un animal hermoso, salvaje, diseñado para dominar. Y lo peor es que todavía no había mostrado todo. Pero yo ya me lo imaginaba. Y el simple hecho de intuirlo me revolvía el estómago y me endurecía la pija al mismo tiempo.
Mariela se sentó al borde de la cama. Me miró.
—Quiero que estés —me dijo—. Quiero que lo veas.
Y yo asentí. Sin palabras. Sin entender del todo si eso que sentía era miedo, celos, morbo… o todo junto.
Cuando cerré la puerta del cuarto, el aire acondicionado apenas logró disimular el calor pegajoso de nuestros cuerpos. Mariela caminó unos pasos, y antes de decir nada, me apoyó la mano en el abdomen. No con cariño. No con dulzura. Con firmeza. Como si marcara una frontera.
—Vos mirá —me dijo sin mirarme—. Solo mirá. Filmá, sacá fotos, hacé lo que quieras… pero no te acerques. Hoy no te toca.
Me quedé helado. La suavidad de su piel contrastaba con la dureza de esa orden. Fue una caricia fría. Una sentencia dulce. Y supe que no estaba jugando. Lo decía en serio. Esa noche, yo era un invitado. Un testigo del deseo de mi mujer con otro hombre.
Mariela se giró y lo miró a Dwayne. El tipo no decía nada. Esperaba. Seguro ya había estado en esa escena antes. Sabía cuándo moverse.
Entonces ella se llevó las manos a la espalda y desató la parte superior del traje de baño. Las tiras mojadas cayeron y sus tetas quedaron al aire, redondas, firmes, todavía marcadas por el sol. Unas líneas finas, blanquecinas, cortaban el color dorado de su piel. Marcas tímidas, pero visibles. Las marcas de lo que cubría su bikini. Y yo… nunca la había visto tan desnuda como en ese instante.
Siguió con la parte inferior. Se la bajó lentamente, dejando ver primero el monte de Venus, depilado, terso, después los labios… y luego, completa, ahí, de pie, frente a ese hombre que no conocíamos. O quizás sí. Quizás ya lo conocía con solo mirarlo.
Dwayne no dijo nada. Se sacó el short sin ceremonia. Sin pausas.
Y ahí fue cuando Mariela lo vio.
Sus ojos se agrandaron. Su boca se abrió apenas, sin sonido. No era solo grande. Era obsceno. Un tronco oscuro, grueso, largo, que colgaba entre sus muslos con un peso que parecía imposible. Vivo. Casi arrogante. Como si supiera lo que era capaz de hacer.
Yo tragué saliva. Sentí una mezcla de vértigo, vergüenza, celos, y algo más primitivo que no supe nombrar. Mariela seguía mirándolo. Ya no me registraba. No había ternura en su rostro. Solo una urgencia, una necesidad animal, como si todo su cuerpo le gritara que lo quería adentro.
Y yo, parado en un rincón, sin poder tocarla, sin poder hablarle, sabía que estaba a punto de ver algo que iba a cambiarme para siempre.
Ni un minuto más. Ni una palabra. Dwayne dio un paso, solo uno, y la tomó de la cintura con ambas manos. No fue brusco, pero tampoco suave. Fue exacto. Seguro. Como quien ya sabe lo que va a pasar y no tiene dudas.
La levantó en el aire como si no pesara nada. Como si Mariela fuera una hoja de papel mojado. Y ella… ella no ofreció resistencia. Se dejó hacer. Se rindió con naturalidad, como si ese gesto masculino, primitivo, fuera lo que había estado esperando.
Sus piernas quedaron colgando unos segundos, hasta que ella instintivamente las rodeó alrededor de su torso. Sus pechos se aplastaron contra ese pecho oscuro, caliente, musculoso. Y entonces se besaron.
No fue un beso tierno. Fue un asalto. Un devorarse.
Dwayne le comía la boca con esos labios gruesos, carnosos, salvajes. La apretaba con sus brazos como si pudiera quebrarla. Y sin embargo, Mariela se aferraba a él con la fuerza de quien no quiere soltarse nunca.
Desde donde estaba, podía ver cómo sus bocas se fundían, cómo sus lenguas se peleaban, cómo el negro la sujetaba del culo con las dos manos abiertas, marcándole los dedos en la piel blanca. La alzaba, la sostenía con facilidad, con esa seguridad animal que a mí me faltaba.
Y ella… ella me miraba de reojo.
Entonces cayeron a la cama, los dos mojados, salados, cubiertos de arena y deseo. Se movieron con una sincronía animal, casi brutal, y sin decir una palabra se colocaron en posición: Mariela se acomodó arriba, de espaldas, y Dwayne la recibió en un 69 que parecía pactado desde antes de nacer.
La tomó con las dos manos y enterró su cara entre sus piernas, separándole los glúteos con una brutalidad controlada. Le comía la conchita como si fuera su comida favorita, con hambre, con ruido, con lengua y labios y todo el peso de su mandíbula negra apretándole el sexo. No se limitaba a lamerla: la succionaba. Le sorbía los jugos, le mordía suave el clítoris, le gemía adentro como si disfrutara más que ella.
Mariela se retorcía arriba suyo, gimiendo, sin control. Y al mismo tiempo, tenía su atención dividida.
Porque ahí estaba, delante de su cara, esa verga gigantesca, dura, brillosa, apuntando hacia su boca como un castigo divino.
Ella la tocaba con una mano, primero con timidez, como tanteando su peso, su temperatura. Después, se la llevó a la cara. La acariciaba con los labios, la lamía apenas, como si no pudiera creer que algo tan grande pudiera ser real.
Yo… no podía moverme. Estaba en la silla, con la pija dura, palpitando, los dedos temblorosos en el celular, grabando y tomando fotos como un enfermo.
Dwayne comía y comía como un poseído, y Mariela ya no podía hablar. Solo gemía. Solo lo mamaba. Solo se entregaba. Y yo la veía… como nunca la había visto antes. Tan puta. Tan libre. Tan mía… y tan de otro.
Mariela tomó el preservativo como si todo hubiera sido planeado. Ni siquiera me miró al principio. Solo lo desenrolló con cuidado, pero con esa seguridad que jamás le había visto. Lo que tenía entre las manos era inmenso, grueso, oscuro. Y ella parecía disfrutar incluso de la dificultad para cubrirlo entero. Yo apenas respiraba. Tenía el estómago revuelto, la boca seca… y el pito duro. Increíblemente duro.
Entonces me miró. Esa mirada suya, mezcla de ternura y descaro, y me dijo, como si fuera lo más natural del mundo:
—Me lo voy a coger, Mauro… ¿Te calienta?
Sentí un cosquilleo recorrerme la espalda. No supe qué contestar. Solo asentí, sin entender del todo quién era yo en esa escena.
Mariela se montó encima suyo. Apenas logró que le entrara la punta y luego poco más, hasta la mitad, parecía ser su medida. Pero ese tipo, con una fuerza brutal, la tomó de las caderas y la empujó hacia abajo. El grito de Mariela me perforó el pecho. Nunca la había oído así. Era placer puro. Crudo. Y no era mío.
Se inclinó hacia adelante y le metió las tetas en la boca, como obligándolo a devorarlas. Él no dudó. Ella se movía encima de él como si fuera algo que necesitaba desde siempre, como si yo nunca hubiera existido. Yo no podía dejar de mirar. La veía temblar, lo sentía también en mi cuerpo. Una mezcla insoportable de celos, dolor… y una calentura que me daba vergüenza.
La verga de ese tipo salía y entraba de ella empapada, chorreando sus propios jugos. Mi mujer. La mujer con la que dormía cada noche. La que me decía “te amo” después de cada polvo tranquilo. Ahora era otra. Y yo también.
No supe cuánto tiempo llevaban entrelazados cuando lo vi a él cambiar de ritmo. Mariela, aún sobre la cama, parecía completamente entregada a su cuerpo y a su energía. Pero entonces él la giró, con movimientos firmes, hasta dejarla de rodillas, la espalda arqueada, su cola redonda y perfecta brillando por el sudor y la sal.
El tipo le acarició la cintura, luego descendió lentamente, y al llegar a esa zona tan íntima, la que siempre había sido sólo mía, noté cómo ella tensaba los hombros. Lo miró de reojo y, con una sonrisa que conocía bien, le dijo:
—Ahí no… el culo es solo para mi marido.
Lo dijo con tono de advertencia, pero también con esa chispa juguetona, la misma que había usado tantas veces conmigo cuando quería provocarme. Y funcionó. Porque vi cómo él ignoraba esa frase como si fuera un desafío más, y ella tampoco se apartaba.
Yo, desde mi rincón, ya no sabía si estaba respirando. Sentía la garganta seca, la piel ardiéndome. Me dolía el deseo, la envidia, el morbo. Era como ver una escena prohibida y sagrada al mismo tiempo. Como si lo que siempre había sido nuestro ritual privado se transformara en un espectáculo ajeno, bestial y desbordado.
Ella volvió a repetir, más bajito esta vez:
—No… por la cola no, es que la tenes muy grande...
Pero no era un no de verdad. Yo la conocía. Su cuerpo no se resistía, su voz temblaba entre placer y rendición. Y cuando dejó caer la cabeza sobre la sábana y sus caderas se alzaron más aún, entendí que ya no había vuelta atrás. Que ese límite también era parte del juego. Que ella lo estaba rompiendo frente a mí.
Y aún así… no podía dejar de mirar.
Mariela se arqueó suavemente, dejando que el ritmo de sus caderas tomara el control. Sus movimientos eran lentos, casi ceremoniales, como si estuviera danzando al compás de un deseo que ya no intentaba disimular. Desde mi rincón, apenas respiraba. Sentía que cualquier sonido podía romper el hechizo.
Su cuerpo brillaba bajo la luz tenue de la habitación, salpicado de sal, de arena, de todo lo que traíamos del mar. El ambiente aún olía a bronceador y a humedad tropical. Pero lo más embriagador era ella. Esa mujer que conocía mejor que nadie, y que sin embargo ahora se me mostraba como si fuera otra.
Vi cómo sus dedos se apoyaban con firmeza, cómo sus caderas marcaban el compás y cómo los gemidos suaves escapaban de sus labios a pesar de todo lo que intentaba contener. Me sentí a punto, sin apenas haberme tocado. No sabía si era la escena, o la forma en que me miraba de reojo, como sabiendo lo que provocaba.
Y entonces, cuando el momento parecía detener el tiempo, él se apartó un poco y se despojó del último velo. Mariela, agitada, se dejó caer con un suspiro satisfecho, rendida y luminosa. Sentí un vértigo extraño. Envidia, sí, pero también un orgullo torpe. Ella era fuego, y ese fuego también era mío. Aunque hoy... lo compartiera. El semen blanco empapó poco a poco su espalda como la espuma que al mar deja en la playa, el esfínter de mi amor se veía como la peor de las perras pornográficas y eso parecía ser demasiado
Se despidió sin promesas. Ni Mariela ni yo le pedimos que se quedara. Fue apenas un apretón de manos, una última mirada que ella sostuvo un segundo más de lo necesario, y luego el sonido de la puerta cerrándose. Su silueta se desdibujó entre las luces del atardecer caribeño, llevándose consigo una parte de ella. De nosotros.
El resto del viaje fue en silencio. No incómodo, no tenso. Solo... distinto. Había algo nuevo entre los dos. Un pacto tácito. Un permiso. Una confesión que ya no necesitaba palabras.
Volvimos a Argentina, a los días grises, a las compras, al lavarropas, al colectivo que llega tarde. A la vida que conocíamos. Pero todo era ligeramente otro. Yo no podía dejar de recordar ciertas escenas, ciertos sonidos. Ni siquiera cuando la abrazaba por la espalda o la veía descalza en la cocina. Algo había quedado en ella, algo que ya no me pertenecía del todo. Y lo peor era que me excitaba y me dolía en la misma medida.
El negro fue solo el primero.
No hubo explicaciones. A veces, simplemente me decía que había conocido a alguien interesante. O que tenía una cena con unas amigas y volvía tarde. Yo asentía. Me preparaba una copa. Esperaba. Fingía no saber. Y luego, cuando ella volvía, con ese brillo en la piel que ninguna ducha puede borrar, me dejaba hacerle el amor como un intruso que entra por la puerta de atrás.
Lo más extraño es que me gustaba. No siempre, no del todo. Pero sí lo suficiente como para no frenarlo. Aunque cada vez que lo disfrutaba, algo en mí se replegaba. Me odiaba un poco por permitirlo. Y odiaba más que me calentara.
Mariela, mi mujer. La misma que una vez fue mía solamente, ahora era más libre, más salvaje, más... viva. Yo ya no era su único hombre. Pero ella seguía siendo, inexplicablemente, mi única mujer.
Y así seguimos. Jugando a que todo sigue igual. Aunque los huecos de su cuerpo cuentan otra historia.
Si te gustó esta historia podés escribirme con título CUANDO LOS HUECOS DE SU CUERPO CUENTAN OTRA HISTORIA a d****@live.com





