El aire en la habitación pesaba, cargado con el aroma dulzón del vino y el perfume de Katherine, que ahora se mezclaba con el olor metálico y húmedo de la excitación. El vestido rojo yacía hecho un guiñapo de tela sobre la alfombra. Ella estaba contra la cama, con el hilo dental de encaje rojo clavándose en sus nalgas, mientras yo sentía mi verga pulsar con una fuerza violenta contra la tela de mi pantalón
Me arrodillé frente a ella. Mis dedos se hundieron en la carne blanda de sus muslos, apretando con una urgencia que me hacía temblar. Ella soltó un gemido ronco, echando la cabeza hacia atrás.
—No puedo más, Jorge. Quítamelo ya.
No hubo sutilezas. Tiré del encaje rojo hacia abajo, deshaciéndome de la última barrera. Sus labios vaginales estaban hinchados, brillantes, empapados de un flujo transparente que goteaba sobre la sábana blanca. El olor a sexo era embriagador, una mezcla de almizcle y deseo crudo.
—Estás empapada, Katherine.
—Es por tu culpa. Llevo horas imaginando esto.
Me deshice de mi ropa con movimientos torpes, casi desesperados. Cuando mi pinga saltó libre, dura como una piedra y coronada por una gota de preseminal, ella soltó un suspiro tembloroso. Sus ojos recorrieron cada centímetro de mi miembro antes de que yo la empujara hacia atrás, abriendo sus piernas lo máximo posible.
Me posicioné. La punta de mi glande rozó su clítoris, que palpitaba como un corazón expuesto. El contacto fue eléctrico. Katherine arqueó la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros.
—Mírame. Quiero verte mientras me abres.
Empujé. El sonido fue un chapoteo húmedo y visceral cuando mi cabeza penetró en su canal estrecho. Ella soltó un grito ahogado, una mezcla de dolor y placer absoluto. Sentí cómo sus paredes vaginales, ardientes y lubricadas, succionaban mi miembro, apretándome en un abrazo asfixiante.
—Dios, estás tan apretada...
—Más... no pares, mierda, que entre toda.
Hundí la pelvis con un golpe seco, haciendo que mis testículos chocaran contra su periné con un sonido sordo. El aire salió de sus pulmones en un jadeo. Empecé a moverme, un ritmo frenético y sin gracia, el roce de nuestras pieles sudorosas creando un sonido de chapoteo constante, el sonido de su humedad siento invadida por mi verga… ese bello sonido rítmico que llenaba el silencio de la habitación.
Cada estocada era una colisión de carne. Mi pinga se deslizaba entrando y saliendo de su preciosa concha, arrastrando consigo el exceso de lubricación que ya manchaba las sábanas. En un momento de frenesí, la fricción fue tanta que mi verga resbaló fuera casi por completo, solo para volver a entrar con un impacto brutal que la hizo jadear.
—Sigue así, no te detengas. ¡La reputamadre!
Sus muslos temblaban, envolviendo mi cintura con una fuerza desesperada. Sentía la presión acumulándose en su interior, una tensión eléctrica que llegaba al límite. Sus espasmos empezaron a cerrarse sobre mí, apretando mi glande con una fuerza casi insoportable.
De repente, el cuerpo de Katherine se tensó violentamente. Sus ojos se pusieron en blanco y un grito desgarrador escapó de su garganta. En ese instante, sentí una descarga cálida y masiva. Un chorro abundante de líquido salió disparado de su interior, empapando mi base y salpicando las sábanas en una explosión húmeda y caliente.
—¡Oh, mierda! ¡Diablita!
—¡No puedo... no puedo parar!
Ella volvió a convulsionar, y otra descarga de líquido caliente inundó el espacio entre nosotros, creando un sonido de succión húmeda mientras yo seguía embistiendo sin piedad. La sensación del líquido eyaculado envolviendo mi verga aumentó la fricción y el placer hasta un punto insoportable.
Me dejé llevar. Mi espalda se arqueó y enterré mi pinga hasta el fondo, golpeando su cuello uterino con una fuerza ciega. Sentí cómo mi próstata se contraía y el semen empezó a dispararse en pulsos violentos y profundos, llenando su cavidad mientras ella seguía temblando en la cima de su propio orgasmo.
Nos quedamos así, entrelazados, respirando el aire caliente y húmedo, con el corazón martilleando contra las costillas. El silencio regresó, roto solo por la respiración agitada y el sonido pegajoso de nuestros cuerpos separándose lentamente, dejando un rastro de fluidos y deseo consumido sobre la cama.





