Salí de Pontevedra en mi Seat 1430, un clásico de más de 50 años y tenía pensado llegar en él a Londres. Mis amigos me habían dicho que estaba loco, que el coche me iba a dejar tirado en el camino, pero yo estaba seguro de que no iba a ser así, de hecho hacía una semana que había pasado la ITV, y me habían dicho que tenía coche para rato.
Saliendo de Lugo y entrando el León me encontré a una muchacha alta, muy delgada y muy morena haciendo autostop. Pasaba de las ocho de la tarde, pero aún pegaba bien el sol del de mayo. Detuve el coche a unos metros de ella, vino corriendo y sin preguntar hacia donde me dirigía, abrió la puerta y se metió dentro. Me llegó un perfume a tufo sobaco mezclado con aroma a coño rancio y a queso de pies. Reemprendiendo la marcha, le dije:
-Baja la ventanilla que aquí no se para.
Bajando la ventanilla, me dijo:
-Pues yo encuentro esta cosa fresquita.
Hice cómo que no oía lo de "esta cosa" y le pregunté:
-¿Adónde te diriges?
-A Pamplona, pero puedes dejarme donde mejor te convenga.
-Paso por Navarra, allí te dejaré.
-¿Y crees que con esta cosa llegaremos a Navarra?
Ahora sí, ahora ya me tocó los cojones.
-Llegará, eso si soporta tu olor.
Se olió los sobacos.
-Joder, no me había dado cuenta de la peste que desprendo.
-Hay una cosa que se llama agua y sirve para lavarse.
Se ofendió.
-Bueno, bueno, tampoco es para cachondearse.
-¿Cuánto tiempo llevas sin darte un baño?
-Más de un año sin bañarme y tres días sin asearme en la pileta, pero es porque nos cortaron el agua en el almacén que estábamos ocupando unos colegas y yo.
-¿Qué pasa con el mar? Allí hasta te podrías soltar el moño.
-En Orense no hay mar.
-Vienes de Orense. Vas para Pamplona...
-Soy una alma viajera. ¿Y tú adonde vas?
-A Londres.
Me miró cómo si estuviera mirando para un tipo que perdió el norte.
-¿De qué psiquiátrico te has escapado?
-Tienes tú más pinta de loca que yo.
-¿En qué te basas para decir eso?
-En que llevas puesto un vestido cómo los que usaban las viejas de las aldeas y en que calzas unas sandalias que dejan ver la mierda de tus pies y encima tu olor corporal tira para atrás.
Bajó la cabeza, dándome la razón
-Lo de la roña es la historia de mi vida, pero no te voy a aburrir contándotela.
-De algo tenemos que hablar.
Se soltó.
-Hace años vivía en una caravana con mis padres y limpios lo que se dice limpios, nunca estábamos.
-¿Eres gitana?
-De pura raza.
-¿Y qué pasó para que abandonaras a tus padres?
Saqué el paquete de Winston. Me preguntó:
-¿Me das uno?
Le di el paquete y le dije:
-Enciende dos.
Encendió uno y me lo dio, el otro lo deshizo en la mano, sacó una cajita de una bolsa que llevaba colgada al hombre, la abrió..., se lio un porro.
-Lo que te faltaba.
Ni me escucho, encendió el porro, le echó una calada y siguió hablando:
-Me querían casar con alguien que no conocía y cogí vuelo.
-¿Qué pasó para volver a casa?
-No vuelvo a casa, vuelvo a Pamplona porque mi padre y mi madre están en la cárcel y no me pueden hacer nada.
-Drogas, supongo
-Supones mal, una pelea a navajazos y tijeretazos entre hombres y mujeres.
-¿Y qué vas a hacer en Pamplona?
-Lo mismo que hacía en Orense.
-Trapichear y mal vivir.
Me ofreció el porro.
-¿Quieres matarlo?
-No.
Tiró la colilla del porro por la ventanilla y dijo:
-Mi sino es trapichear y mal vivir.
-Si tú lo dices...
Se le abrió la boca, y no era con el sueño.
-No debí fumar el porro, ahora me entro el hambre.
-Pues de comer, no llevo nada.
Cómo pasábamos por las afueras de una ciudad, le dije:
-Si quieres paro en un aparcamiento y tomamos algo en un bar.
-¿Con estas pintas? Si me compraras algo de ropa...
-¿Qué?
-Ya sabes.
-No, no sé. ¿Me estás ofreciendo tu cuerpo?
-¿Tú te crees que una mujer vendería su virginidad por ropas y un plato de comida?
La vacilé.
-¿Aún tienes la virginidad en las orejas?
Se enfadó. Con la cabeza alta, me respondió.
-Me gano la vida trapicheando y para eso no se da el coño.
-Con lo de trapichear tampoco debes sacar pecho.
-¿Me la vas a comprar o no?
-Dime por qué debería hacerlo.
-¿Por hacerle un favor a una necesitada?
Me dio pena.
-No debí recogerte. Busco un aparcamiento y voy a comprarte un vestido y unos zapatos para que no desentones al llegar a Pamplona.
-Y un sujetador y unas bragas.
Le dije con sorna:
-¿A juego con el vestido? ¿Y no quieres también un bolso?
No debió pillar la sorna, ya que me dijo
-No hace falta que sean a juego con el vestido, y el bolso si lo compras...
En fin, que me dio las medidas y el número de pie que calzaba y el subnormal que vive dentro de mi volvió con el vestido, los zapatos, el sujetador, las bragas y un bolso cartera... Tiempo después, la muchacha se bañaba en la habitación de un motel y yo me tomaba unos vinos en el bar del restaurante de ese mismo motel. No me acuerdo que hora era cuando llegó a mi lado, pero al verla con su largo cabello negro suelto, vestida con el vestido marró que le había comprado, calzada con unos zapatos y con un bolso cartera en la mano de tacón, me dejó boquiabierto. Hasta aquel momento no me había fijado bien en sus grandes ojos negros, ni en sus labios carnosos, ni en su tipazo, y no me había fijado en él porque sus viejas ropas lo ocultaban. Me salió del alma decirle:
-Eres preciosa.
Sonrió dulcemente.
-¿Soy preciosa o estoy preciosa?
-Ambas cosas. ¿Cenamos?
-Sí, estoy hambrienta.
Fuimos a una mesa y os pusimos las botas comiendo y bebiendo. Al llegar la hora de volver a la habitación, le dije:
-Yo duermo en el coche. Por la mañana nos vemos.
-Quieres dejarme tirada, ¿verdad?
-No, lo que quiero es no caer en la tentación de molestarte.
-No me molestarías, puedes dormir en el sillón.
-Del sillón a la cama hay tres pasos.
Me cogió de la mano y me dijo:
-Sé que eres un caballero.
-Yo...
No me dejaba ni hablar.
-Tú no te libras de mí tan fácilmente.
Me conocía y sabía que si dormía con ella la iba a follar, pues llevaba seis meses sin follar, justo el tiempo que llevaba divorciado, por eso le dije:
-A ver, a ver, quedamos en que te dejaría donde mejor me viniera.
-Sí, pero en Navarra, por cierto, me llamó Ainara.
-Y ese nombre que significa en castellano.
-Golondrina.
-Yo me llamo Enrique, Anduriña.
-¿Qué me has llamado?
-Anduriña, es gallego.
-¿Y qué significa?
-Golondrina.
-Sabías que Ainara significaba golondrina en castellano.
-Sí, ya había oído ese nombre.
-¿Casado?
-Divorciado.
-¿Hijos?
-Los que te voy a hacer.
Rompió a reír.
-Me está bien empleado por curiosa.
Al rato estábamos en la habitación, una habitación pintada de blanco que no era gran cosa. Tenía una cama amplia, dos mesitas de noche, un armario, un sofá y una silla, unas cortinas en las ventanas, y una puerta que daba al baño y una coqueta. Ainara vio sobre la coqueta una botella de champán dentro de una cubitera y me preguntó:
-¿Y eso?
-Eso era para ti, como ves solo hay una copa.
-Ahora no me apetece.
-A mí sí, y ya que está pagado...
-¿Qué?
-Que me lo voy a beber.
-¡¿Todo?!
-Te respondo a esa pregunta cuando salga del cuarto de baño.
Cogí la botella y el champán y me iba a ir al cuarto de baño. Ainhara me la quitó de la mano y me dijo:
-No me vas a responder a nada porque no te llevas la botella.
-Es...
-Es nada. Los hombres os emborracháis y después perdéis los papeles.
-Yo no soy de esos.
-Tú eres cómo todos. Tira para el baño.
Tenía huevos la cosa, la acababa de conocer y ya me había cogido la manta.
Cuando salí del baño cubierto con una toalla, Ainara estaba en cama tapada hasta la nariz. Cogí la botella de champán y me eché una copa. Le pregunté:
-¿Seguro que no quieres?
-Seguro, y no bebas más que una copa.
Quise imponerme.
-Voy a beber lo que se me antoje, y no te preocupes porque pienso acercarme a la cama.
-No te creo.
-Pues puedes creerme.
-¿Aún va a resultar que nunca has estado casado y que eres maricón?
Aposta o no, se había pasado de la raya.
-¡¿Maricón yo?!
Fui al lado de la cama, le quité las sábanas de encima y vi que estaba en bragas y sujetador. Tenía unas piernas interminablemente y hermosas, sus caderas eran anchas y su cintura de avispa. Las tetas eran más grandes de lo que parecían con la ropa puesta.
-¡Qué hermosura!
Se volvió a tapar.
-Vuelve al sillón.
La polla se me puso tiesa e hizo un tremendo bulto en la toalla. Ainh¡ara lo vio y me dijo:
-Creía que eras un caballero.
-Y lo soy, pero mi polla no entiende de caballerosidad.
-No debí llamarte maricón, se ve que no lo eres.
-Pero lo has hecho. ¿Por qué no jugamos?
Se cachondeó de mí
-Sí, a las canicas.
La gitana tenía su lengua, pero yo también tengo la mía.
-A las canicas puedes jugar tú, yo jugaría al golf.
-Al golfo, a eso jugarías tú.
Ya me estaba cansando.
-¡A meter, coño, a meter!
-Ni lo sueñes.
Tenía que seguir intentándolo.
-¿Y sin llegar al final?
-¿Hablas de caricias?
-Sí.
-Te dejo que me acaricies con una condición.
-¿Cuál?
-Que me lleves contigo a Londres...
Supuse que no sabía que con lo del Brexit para ir a Inglaterra se volvía a necesitar el pasaporte, así que le dije:
-Si te dejan entrar en el país, sí.
-En ese caso, juega..
Se destapó, me eché a su lado y me dispuse a saborearla. Sus labios carnosos y húmedos recibieron los míos con expectación. La besé mientras con ternura, mientras mi mano derecha recorría las curvas de su cuerpo, Ainara, devolviéndome los besos, empuñó mi polla. Su mano cerrada bajó y subió por ella muy despacito. Cuando la mano que recorría sus curvas se posó sobre su coño, abrió ligeramente las piernas. Con dos dedos le cogí el capuchón de su clítoris y le masturbé el glande cómo si fuera una pequeña polla. Los besos se hicieron más apasionados. Su mano subió y bajó con celeridad y mis dedos hicieron lo mismo en el capuchón. Si seguíamos con aquella marcha nos íbamos a correr, por lo menos yo. Dejé de besarla en la boca. Sin dejar de masturbar su glande, besé su cuello, luego pasé la punta de mi lengua por la parte exterior de las orejas y mordí sus lóbulos suavemente. Bajé a sus tetas y lamí los pezones con la misma suavidad que había lamido la parte exterior de sus orejas, luego mamé sus tetas chupándolas por las areolas, dulcemente, y sin prisa. Metí mi lengua en su ombligo, se lo besé y luego quité los dedos del capuchón. Le separé las piernas y lamí a ambos lados de su coño, después metí la punta de la lengua dentro de su raja y la subí y la bajé sin llegar al clítoris, que a estas alturas del juego estaba erecto y fuera del capuchón. Ainara levantó la pelvis y se estiró haciendo un puente mientras gemía en bajito. Le metí la lengua en la vagina con una suavidad exquisita, y con la misma suavidad se la saqué. Me dijo:
-Me voy a correr.
Apreté la lengua contra el glande. Su pelvis subió y bajó descontrolada y Ainara se corrió cómo una bendita.
Lamí hasta la última contracción de la vagina, luego besé el interior de sus muslos y a continuación volví a lamer su coño, lo hice con la lengua plana de abajo a arriba. Paraba, le metía la puntita dentro de su vagina y sentí cómo pulsaba... Lamí hacia los lados y le chupé el coño. Ainara me echó las manos a la cabeza. Por sus gemidos supe que estaba llegando al clímax. Apreté mi legua contra su coño, ella movió la pelvis de abajo a arriba y de arriba a abajo cada vez más aprisa. Pringando mi lengua de jugos, dijo:
-¡Me matas!
Al acabar de correrse, sofocada, dijo:
-En mi vida me había corrido con tanta intensidad.
Me arrodillé delante de ella, la cogí por la cintura, la levanté y le puse la cabeza de la polla en la entrada de la vagina.
-No, por favor, no me desvirgues.
-¡¿De verdad que eres virgen?!
-Sí.
No la creí. Empujé. La cabeza de la polla no entró.
-¡Coño! Sí que lo eres.
Con mis manos en su cintura la subí y la bajé para que mi polla se frotara contra su coño y contra su clítoris. Le dije:
-Tienes la vagina mojada y dilatada. Ahora no te dolería.
-Quiero llegar virgen al matrimonio.
No iba a hacer nada contra su voluntad. Seguí subiéndola y bajándola para que la polla se frotase contra el coño y contra el clítoris. Cuando Ainara estaba a punto de correrse, entre gemidos, me dijo:
-Métemela.
No me lo pensé dos veces, le metí el glande. Entró muy ajustado, pero sin producirle dolor. Seguí metiendo despacito. Se la tenía clavada hasta las trancas Cuando sentí que me corría, la saqué y me corrí en su monte de venus, después se la volví a meter y la follé sin prisa, pero sin pausa, hasta que me dijo:
-¡Fuerte, fuerte, dame fuerte!
Le di a romper. Ainara haciendo un arco con su cuerpo, y entre convulsiones, me bañó la polla con una monumental corrida.
Al acabar le pregunté:
-¿Te apetece ahora un sorbito de champán?
-Ahora, sí.
Me levanté de la cama y fui hacia la cómoda sobre la que estaba el champán. Ainhara me dijo:
-Bonito culo.
La pregunta era obligada.
-¿Te lo comieron alguna vez?
-¿Lo qué?
-El culo.
-No seas cochino.
Iba a serlo, pero antes le llevé una copa de champán. Después de tomarla, le hice cosquillas. Por suerte las tenía. Retorciéndose se puso boca abajo. Aproveché la oportunidad y la lamí el ojete.
-¡¿Qué haces?!
-Jugar.
Le eché las manos al vientre. Hice que levantara el culo y le volví a lamer el ojete.
-No hagas eso.
Le follé el ojete con la punta de la lengua.
-¡Ay que guarro!
Le metí dos dedos dentro del coño y la masturbé, mientras lamía su periné, y lamía y follaba su ojete. Tiempo después, agarré su clítoris con dos dedos, cómo hiciera la primera vez, y metiendo y sacando mi lengua de su ojete, hice que se pusiera perra, pero perra, tan perra, que me dijo:
-Fóllame.
-¿El culo o el coño?
-Tú haz que me corra.
Dejé de pajearle el clítoris, le eché las manos a las caderas y le di mandanga de la buena. No tardó en correrse. La saqué, apreté el glande contra el ojete y para mi sorpresa fue entrando mientras nos corríamos.
A la mañana siguiente, cuando desperté, se había ido. Mi pantalón estaba sobre la cama. Miré el bolsillo y me faltaba la cartera con el dinero y la tarjeta de crédito. Miré para la cabecera de la cama y en ella estaban el sujetador y las bragas. Me dije a mi mismo:
-¿Qué esperabas? ¿Esperabas haber follado por tu cara bonita? ¡Incauto!
Sentí a alguien meter la llave en la cerradura de la habitación, se abrió la puerta y Ainara entró por ella. Traía una bandeja de pasteles en una mano y una botella de jerez en la otra. Sonriendo, me dijo:
-Buenos días, dormilón.
-Pensé que te habías ido.
-Pensaste mal.
Posó los pasteles encima de la mesita de noche. De su bolsa sacó mi cartera y la echó sobre la cama.
-Tu cartera.
-¿Te gustan los pasteles?
-Solo los como el día de mi cumpleaños.
-¿Dieciocho?
-Veintidós.
Al rato había una pequeña vela sobre un pastel, Ainara sopló y la apagó, le dije:
-Feliz cumpleaños.
-Gracias.
-¿Qué deseo has pedido?
-Visitar Picadilly Circus contigo.
-¿Sabías que al revelar el deseo, éste no se cumple? Por cierto. ¿Tienes pasaporte?
-Tengo.
-Jooooder.
Me vio cara de preocupación y me preguntó:
-¿Pasa algo?
-Que puede ser que el coche no llegue...
-Si no llega ya nos apañaremos para llegar de otra manera
Llegó y pasamos en Londres quince días.
Quique.
Que buena aventura y sobre todo con una buena historia




