Era un sábado por la tarde cualquiera y yo estaba en el garaje de mi edificio, organizando mi trastero. Llevaba toda la tarde moviendo cajas de un lado para otro y ya estaba bastante cansado, así que me senté en una de ellas a descansar un rato. Me quité la camiseta, ya sucia por el polvo que había entre las cajas, y me estaba secando el sudor con una toalla cuando llegó una vecina con su coche. Al pasar delante de mí frenó un poco. Era la primera vez que la veía, quizá porque se había mudado hace poco o quizá porque nunca habíamos coincidido desde que me trasladé aquí hace un par de años. Desde mi posición solo podía ver su cara redonda de piel pálida, enmarcada por una melena larga y castaña. Me recorrió de arriba abajo con sus ojos del mismo color que el pelo y se mordisqueó sus labios regordetes. Desde el falso aislamiento que da el interior del coche no debía ser consciente de que yo también podía verla, así que cuando le sonreí y finalmente se dio cuenta de que me estaba mirando descaradamente, giró la cabeza rápida y avergonzada, levantando mucho su nariz respingona. Continuó conduciendo hasta su plaza de aparcamiento, la cual estaba tres o cuatro más allá de la mía en el lado opuesto del garaje, y aparcó entrando con el morro de su vehículo.
Yo me quedé donde estaba, halagado por el recuerdo de esa mirada que decía «me gusta lo que veo». Pasé un rato ensimismado en mis pensamientos hasta que me di cuenta de que no había escuchado el sonido de la puerta de su coche. Me puse en pie para ver mejor y pude ver que seguía sentada en el asiento del conductor. Parecía no estar haciendo nada, simplemente mirando al frente, pero como estaba de espaldas a mí, no podía ver si estaba bien. Dudando si debía entrometerme, me puse la camiseta y empecé a andar en su dirección para asegurarme. Procuré hacer algo de ruido al andar para hacer notar mi presencia y así ahorrarle el susto de encontrarte de repente con un desconocido en su ventanilla. El ruido interrumpió lo que estuviera haciendo o pensando y me miró por el espejo retrovisor con ojos llenos de zozobra y vergüenza. Se pudo en movimiento rápidamente, recogiendo su bolso del asiento del acompañante y saliendo del coche. Era bajita y con un poco de sobrepeso. En su cuerpo, con forma de pera, destacaban su culo respingón y un poco cuadrado, y sus rotundos muslos, cuyas redondeces estaban acentuadas por unos leggings a rayas. Por encima llevaba una camiseta floja que no podía disimular del todo una barriguita bien alimentada.
Estaba ruborizada y tratando de hacer como que me ignoraba mientras manoseaba las llaves para cerrar el vehículo. Me quedé donde estaba para evitar incomodarla más aún.
—¿Todo bien? ¿Puedo ayudarte en algo? —Me limité a preguntar y el rubor de su rostro subió un grado.
—Estoy bien, gracias —respondió con un forzadísimo tono de despreocupación, evitando mirarme en todo momento.
A pesar de que era evidente que le pasaba algo, decidí que no era asunto mío y me limité a asentir con una sonrisa. Me di la vuelta para volver tranquilamente a mi sitio y continuar con mi trabajo. Por el camino, ella me adelantó con paso vivo, en dirección al ascensor. Andaba muy decidida, con la mirada fija en las puertas del ascensor, pero con un movimiento de cadera demasiado exagerado para ser relajado. En cualquier caso, el bamboleo de aquellas nalgas era hipnótico y no podía quitar la vista de ellas. Al llegar al ascensor apretó el botón de llamada y se quedó esperando a que llegara, tensa, sin apartar la vista de las puertas y jugueteando nerviosa con el bolso. Claramente mi presencia le estaba incomodando, así que decidí meterme en el trastero hasta que se fuera.
Escuché el ding del ascensor al llegar y el sonido de las puertas abriéndose y cerrándose. Distraído y con la imagen de aquel espectacular culo aún ardiendo en mi retina, salí para continuar trabajando en las cajas que tenía fuera cuando me la encontré de repente justo al lado de mi puerta. No me la esperaba y di un buen respingo que no hizo otra cosa que darle un susto a ella. Con un pequeño grito, se le cayó el bolso. Nos quedamos mirándonos el uno al otro sin saber qué decir unos instantes hasta que finalmente nos echamos a reír.
—¡Uy! Perdona el susto. No era mi intención. —dijo ella en un tono mucho más natural que en el primer intercambio mientras empezaba a agacharse a recoger el bolso. Me adelanté a ella y se lo entregué.
—No te preocupes. Estaba distraído y no te escuché acercarte. —Y me quedé en silencio mirando esos ojos grandes y dulces que invitaban a perderse en ellos.
Cuando el silencio se hizo incómodo, ella se dio cuenta de que le tocaba explicar por qué estaba allí. Sus dedos apretaron el bolso y el cuero crujió un poco.
—Espero que me permitas el atrevimiento —empezó tragando saliva —, pero me gustaría pedirte un favor. —Y volvió a quedarse en silencio.
—¿Qué puedo hacer por ti? —respondí para animarla a seguir, intrigado por qué era lo que me quería proponer y que tanto le estaba costando expresar.
—Pues, verás —dijo dubitativa al principio —, resulta que tengo que sacar algunas cajas de mi trastero, y están muy altas. Normalmente es mi compañera de piso quien las baja, pero está de viaje y yo no alcanzo. —Y con esto se relajó visiblemente, había soltado lo que había venido a decir y se había quedado a gusto.
«Debe ser muy tímida —pensé —, porque pedirme esto le ha costado un mundo. Pero no entiendo por qué no usa una banqueta o una escalerilla.»
—Es que subirme a una banqueta me da vértigo —añadió precipitadamente, como si me hubiera leído la mente y necesitara interponer una excusa.
—Claro, sin problema.
—Muchas gracias —respondió con una sonrisa que mostraba una ilusión mucho mayor que la que uno esperaría cuando alguien acepta ayudarte a mover cajas —, tranquilo que te lo compensaré.
—No hace falta. Hay que ser buenos vecinos y ayudarnos en lo posible.
—Voy a subir a cambiarme y a por las llaves del trastero. Bajo en seguida. Por cierto, me llamo Isabel —se presentó.
—Antonio.
—Encantada. ¡Hasta ahora mismo! —se despidió. Mientras se alejaba hacia el ascensor tarareaba una cancioncilla alegre.
«¡Qué mujer tan dulce y agradable! —pensé mientras mi mirada volvía a quedar presa de ese culo bamboleante.»
Seguí a lo mío y, metido en mi trabajo, no me di cuenta del paso del tiempo hasta que había terminado. Miré el reloj y vi que había pasado ya más de media hora. «¡Qué raro! ¿Por qué tarda tanto en subir y bajar? —me pregunté —Quizá ha cambiado de opinión, o le ha surgido un imprevisto. Le voy a dejar una nota en la puerta de su trastero con mi número de teléfono por si todavía quiere que le ayude.»
En mi edificio los trasteros están anexos a cada plaza de aparcamiento. Me dirigía hacia su coche cuando el «ding» del ascensor anunció que alguien había llegado. Al abrirse las puertas, ahí estaba Isabel con una sonrisa nerviosa y un brillo de ilusión en la mirada. Se había cambiado de ropa y se había puesto un precioso y ligero vestido de tirantes estampado en flores que realzaba sus generosas caderas. También se había maquillado, dándose carmín y sombra de ojos; e incluso se había alisado el pelo, que ahora caía a pico sobre sus hombros. Eso explicaba la espera, pero si he de ser sincero, había merecido la pena. Primero pensé que se había arreglado para bajar conmigo al trastero y recorrí su cuerpo con una sonrisa y una mirada tan apreciativa como la que ella me había echado desde su coche. Luego me sentí un poco idiota por pensar eso y rápidamente volví mirarle a los ojos «Antonio, deja de pensar con la polla — me regañé —. ¿Cómo se va a arreglar así para venir a mover cajas a un trastero? Seguramente tenga algo importante que hacer luego y ya ha venido preparada para irse.»
Isabel no dio muestras de sentirse incómoda por mi examen visual. Salió del ascensor y, una vez más, con un meneo de caderas que me estaba volviendo loco, avanzó hacia mi.
—Disculpa la tardanza —se disculpó —, pero ha sido un día muy cansado y necesitaba refrescarme un poco antes de bajar. — Y cuando ya estaba cerca de mi, bajó el tono hasta un ronroneo y añadió —Espero que no te haya molestado mucho, esto es parte de tu recompensa.
Ahora era a mí al que le tocaba tragar saliva. Una parte de mi negaba que aquello estuviera pasando y trataba desesperadamente de buscar una explicación razonable a la actitud de Isabel. La otra parte de mi estaba dispuesta a abandonarse a la fantasía erótica que creía estar viviendo.
—No te preocupes —dije por fin —, justo he acabado de ordenar mi trastero, así que aún tengo los músculos calientes para seguir con el tuyo.
«¿Qué coño has querido decir con eso de los músculos calientes? —me pregunté un poco irritado por mi actitud de adolescente salido.»
—Ya veo que estás listo, ya —respondió ella posando su mano en mi brazo y apretando un poco para tantear su dureza —. Entonces sígueme antes de que te enfríes —añadió tomando la delantera y mirándome pícaramente por encima de su hombro.
Mientras la seguía hasta su trastero me debatía internamente sobre cómo actuar «¿Estará bromeando? ¿Realmente está pasando lo que deseo que esté pasando? Voy a entrar con ella en un espacio muy estrecho. Va a ser mejor que aclare las cosas antes. Pero si le digo lo que estoy pensando y luego es que no, voy a quedar como un idiota. Bueno, peor va a ser si no pregunto e intento entrarle y resultaba que era que no. Pero ¿cómo se lo pregunto?»
Sumido en estas cavilaciones, no me di cuenta de que ya habíamos llegado a su trastero. Isabel ya había abierto la puerta y me estaba dentro esperando dentro.
—Verás Isabel, yo…, es que… —tartamudeé mirando al suelo y llevando mi mano detrás de la cabeza en un gesto de vergüenza. Isabel me lanzó una mirada de interrogación —, tú eres una mujer muy atractiva y dulce, pero… —Dudé buscando las palabras, e Isabel se puso muy seria, casi angustiada —no tengo claras tus intenciones y no quiero meter la pata, así que yo te lo pregunto. ¿Me estás tirando los trastos? —Y clavé la mirada en la suya, preparándome para afrontar lo que viniera, ya fuera una bronca o un beso. Pero no vino ninguno de los dos, tras unos segundos de confusión, Isabel estalló en una risa nerviosa.
— Sí, cielo —me dijo con voz seductora —, lo que quiero es que me eches una mano con esto. — Se dio la vuelta, se inclinó ligeramente hacia adelante y se levantó el vestido hasta la cintura, dejando a la vista sus espléndidos glúteos. No llevaba bragas, y al abrir un poco las piernas, su coño exquisitamente húmedo y rosado quedó expuesto.
—Por supuesto —respondí con una sonrisa entrando en el pequeño cuarto y cerrando la puerta tras de mí. El minúsculo trastero estaba lleno de cajas y estanterías, con apenas espacio para que dos personas pudieran moverse. Por suerte, el plan era estar muy, muy pegados.
Como atraídas por un imán, mis manos fueron directas a su culo, acariciándolo en toda su hermosura. Luego las deslicé hasta sus caderas y las subí hasta la cintura, por encima de la suave tela del vestido, sintiendo las ondulaciones de sus deliciosas lorzas. Al llegar al torso, la rodeé en un abrazo para acercar su espalda contra mi pecho y poder alcanzar su busto. No llevaba sujetador y podía disfrutar de la blandura de sus senos. Poniendo las manos en forma de cuenco, alcé ligeramente sus pechos sujetándolos desde abajo y les di un masaje. Isabel, quien hasta este momento había estado muy atenta al recorrido de mis manos, echó la cabeza hacia atrás con un suspiro de placer, apoyándola contra mi hombro y tentándome con ese cuello que pedía que lo mordieran.
Bajando las manos por su vientre en una caricia profunda, me agaché un poco para dibujarle ondas a lo largo del cuello con la punta de la lengua. Mientras mis manos se movían entre su vientre, sus caderas y su cintura, subí y bajé por el cuello varias veces, muy despacio, intercalando algún mordisco y arrancándole ronroneos. Finalmente, prolongué uno de mis recorridos hasta su oreja y, bajando las manos hasta su ingle, tomé su lóbulo entre mis labios y lo acaricié con la lengua para luego mordisquearlo suavemente. Isabel aspiró un gemido entrecortado y yo, con un mordisco un poco más intenso y prolongado en su cuello, llevé mis manos desde su vulva hasta sus pechos en una caricia profunda.
—Tanta tela me sobra —me susurró girando un poco la cabeza, con la vista clavada en mis labios —ayúdame a soltarme el vestido.
Isabel se giró entre mis brazos para que mis manos pudieran alcanzar la cremallera del vestido. Mientras yo me peleaba con el cierre, ella me comía la boca con un beso húmedo e intenso. Sus labios, regordetes y jugosos envolvían los míos y su lengua jugaba con la mía. Perdido en el sedoso tacto de su boca, apenas fui capaz de soltar el corchete y bajar la cremallera, pero en cuanto lo hice, colé mis manos por la apertura, recorriendo su espalda arriba y abajo, acariciando su cintura, bajando hasta sus nalgas para intentar abarcar lo inabarcable con la palma de mis manos. Una lujuria caliente y espesa me asaltó al sentir cómo mis manos se perdían en la gloriosa inmensidad de su culo. De repente necesitaba sentir contra mi piel el calor de este cuerpo que invitaba a estrujar, amasar y abrazar.
Me desvestí apresuradamente: camiseta, pantalón y boxer salieron en rápida sucesión por la puerta del trastero para que no estorbaran, y cerré el cuartucho para tener algo de intimidad. Isabel hizo un movimiento de hombros y dejó deslizar el vestido por su cuerpo, descubriendo un mundo de curvas y suavidad. Nos fundimos en un abrazo ardiente, nuestras bocas se buscaron y nuestras manos recorrieron con ansia cada centímetro de la piel del otro. El sexo fue ardiente, hambriento y explosivo. La dubitativa Isabel había desaparecido y ahora estaba encerrado con una diosa del sexo que daba rienda suelta a cada uno de sus deseos sin pensarlo dos veces. Apartábamos cajas y trastos como dos fieras encerradas para hacer sitio a nuestra pasión. El ambiente del minúsculo cuartucho se empapó de sudor, olores almizclados y el calor que desprenden dos cuerpos consumidos por el deseo. Los ecos de nuestros jadeos, gemidos y gritos de placer inundaron el garaje a pesar de la puerta cerrada. Cuando todo terminó, cuando nos derrumbamos entre los últimos estertores de placer, el otrora ordenado trastero parecía un campo de batalla. Estábamos encima de una pila de mantas viejas, envueltos en una de ellas y arropados por el olor a tela vieja.
Isabel reposaba su cabeza en mi pecho y levantando la mirada me dijo —Por un momento pensé que me habías pillado tocándome en el coche.
—¡Así que era eso! —respondí con una carcajada —De saberlo te habría dejado en paz.
—Me alegro mucho de que no lo hicieras —respondió ella jugueteando con uno de mis pezones —. He conseguido un ascenso en el trabajo y la sensación de éxito me ha puesto muy cachonda —explicó con una sonrisa juguetona —. Pensaba salir esta noche a ligar y darme una alegría, pero cuando te vi ahí descansando fue como pasar por delante del escaparate de una pastelería y ver un dulce que se te antoja mucho. Primero intenté un sustitutivo, pero cuando estaba esperando delante del ascensor me dije ¡Qué demonios! ¿Para qué esperar a la noche cuando tengo lo que me apetece a mano? Espero que no te parezca mal.
—¡Ja ja ja ja! Eso lo explica todo. ¿Cómo me va a parecer mal? Si lo sé, me pongo una cereza en algún sitio y unas velitas.
—Tengo cerezas, velas y nata en casa por si quieres continuar.
—Vale, pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntó Isabel suspicaz.
—Que cuando se acaben las celebraciones me dejes ayudarte a arreglar el desastre que hemos montado aquí.
—Hecho —respondió ella con una gran sonrisa —Vamos, que ha sido un ascenso muy gordo y aún tengo mucho que celebrar.
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