Esa noche llegué a casa con una pesadez incómoda en el estómago. Apenas crucé la puerta, me aflojé el nudo de la corbata y fui directo al dormitorio. Ana me recibió enseguida, con esa mezcla de dulzura y atención que la hace tan única. Sus ojos se abrieron con preocupación.
—¿Otra vez te sentís mal, mi amor?
—No sé, cielo. Es como una presión acá, en la boca del estómago. Nada insoportable… pero molesta.
Se acercó y me ayudó a recostarme. Me quitó los zapatos y me cubrió con una manta liviana. Sin decir palabra, me acarició el abdomen con movimientos suaves, casi como si intuyera que su sola presencia ya me aliviaba. Me relajé. Cerré los ojos.
—¿Querés que llame al médico?
—No estaría mal. Solo para estar tranquilos.
Ana asintió y salió al living a hacer la llamada. Escuché su voz al fondo, serena, explicando los síntomas. Al volver, me sonrió con suavidad.
—Van a venir dos médicos de guardia, en unos veinte minutos.
Se sentó a mi lado. Llevaba puesta una blusa blanca abotonada hasta el cuello, de tela liviana, algo traslúcida bajo la luz tenue de la lámpara de noche. Abajo, una pollera gris oscuro que le llegaba justo arriba de las rodillas. Su cabello recogido dejaba ver la curva delicada de su cuello. Tenía los pies descalzos, apenas cubiertos por unas medias de hilo blanco. Siempre bella, sin quererlo.
Me tomó la mano. No dijimos mucho más. Solo esperábamos. El dolor no había desaparecido, pero su compañía me sostenía.
Finalmente sonó el timbre. Ana fue a atender. Escuché saludos, voces masculinas, pasos que se acercaban.
Entraron los dos médicos. Ambos llevaban ambos blancos con el logo de la prepaga bordado en el pecho. El primero era de contextura delgada, rostro anguloso, unos cincuenta años, tal vez más. Pelo entrecano, barba prolijamente recortada. Llevaba debajo del guardapolvo una camisa celeste y pantalones oscuros. El otro era más joven, alrededor de los cuarenta. Ligeramente más bajo, robusto, con una actitud contenida pero observadora. Se quitó los anteojos para limpiarlos antes de saludar.
—Buenas noches —dijo el mayor, con voz grave y pausada—. Soy el Dr. Funes. Él es el Dr. Cuenca. ¿Es usted el señor Pietro?
—Sí. Gracias por venir.
El más joven asintió.
—Nos comentaron que tiene dolor abdominal desde hace algunas horas.
—Así es. Comenzó esta tarde. No es insoportable, pero es persistente.
Ana estaba de pie, al costado de la cama. Los médicos le dirigieron una mirada respetuosa. Ella asintió levemente con una sonrisa tímida.
—Ella es Ana, mi esposa —dije.
—Un gusto, señora —respondió el Dr. Funes con cortesía. Su tono era neutral, pero su mirada tardó medio segundo más de lo necesario en alejarse de ella.
El Dr. Cuenca también saludó con una inclinación mínima de cabeza. Llevaba una carpeta bajo el brazo. Se colocó junto a la cómoda, anotando algunos datos mientras el mayor se sentaba a mi lado.
—¿Puede mostrarme exactamente dónde siente el malestar?
Me levanté la remera, señalando el punto exacto.
—¿Aquí? —preguntó mientras presionaba con los dedos.
—Sí… justo ahí. Eso duele.
—¿Y esto? —cambió de punto.
—No tanto.
Mientras me revisaba, el doctor dirigía algunas preguntas más. Hábitos alimenticios, última comida, si había tenido fiebre. Su tono era cordial, sin apuro.
—¿Ha tenido náuseas?
—No. Solo ese peso molesto.
El doctor Funes palmeó mi abdomen suavemente y se levantó.
—Permiso —le dijo a Ana con una leve inclinación, y se dirigió hacia el Dr. Cuenca, con quien intercambió un par de frases en voz baja, mirando mis registros en la carpeta.
Yo los observaba. Era evidente que trabajaban bien juntos. Profesionales, atentos. Pero algo en sus gestos me llamó la atención: cierta pausa al mirar a Ana, un comentario entre líneas que no llegué a escuchar del todo. Ella, mientras tanto, se mantenía en silencio, erguida, con las manos juntas al frente. Su rostro era sereno, pero podía notar un leve rubor en sus mejillas.
—Señor Pietro —dijo finalmente el doctor Funes—, su caso parece tratarse de una inflamación gástrica leve. Probablemente causada por alguna comida en mal estado o muy condimentada. No hay signos de gravedad, pero le voy a recetar un protector gástrico y un digestivo suave. Nada para alarmarse.
—Me deja más tranquilo. Gracias, doctor.
—De todas formas —intervino el Dr. Cuenca, con voz más pausada—, dado que compartieron la comida, ¿usted, señora, ha sentido algún malestar? ¿Gases, acidez, algún tipo de pesadez abdominal?
Ana se sobresaltó un poco. Su voz fue baja, como si no estuviera acostumbrada a estar en el centro de atención.
—No… no, nada que recuerde.
—Bien. Lo preguntamos solo por precaución —aclaró el mayor—. Algunas bacterias pueden tardar en manifestarse. Y muchas veces los síntomas son más difusos en mujeres.
—Ah… entiendo.
—Incluso con algo tan leve como esto —continuó Cuenca—, es importante descartar cualquier contagio cruzado. No necesariamente con estudios… a veces una simple revisión preventiva permite adelantarse a complicaciones.
—¿Quiere decir… revisarme? —preguntó Ana, bajando la mirada.
—Por supuesto, sólo si usted está de acuerdo —respondió el Dr. Funes con tono tranquilizador—. Sería una revisión muy básica. Ni siquiera tendríamos que movernos de aquí. Pero, si le incomoda, lo entendemos perfectamente.
Ana me miró. No con miedo, sino como buscando mi opinión. Yo le tomé la mano. Su palma estaba cálida, y un poco húmeda.
—Es tu decisión, amor —le dije con suavidad.
Ella asintió despacio.
—Si sirve para estar seguros… está bien.
Los doctores se miraron. El más joven volvió a limpiar sus anteojos. El mayor acomodó los papeles en su carpeta.
—Perfecto, señora. Vamos con calma. Solo necesitaremos palpar el abdomen y tomarle algunos signos vitales.
Ana respiró hondo. Cruzó las piernas al sentarse en el borde de la cama, acomodando el ruedo de su pollera sobre los muslos.
El ambiente se volvió más denso, pero nadie lo señaló. Ni una palabra fuera de lugar. Solo el murmullo del papel de la receta y la respiración contenida de todos nosotros.
Ana se sentó en el borde de la cama. Se acomodó la pollera como pudo, alisándola sobre los muslos, aunque el dobladillo ya se había subido varios centímetros. La tela gris contrastaba con la blancura suave de su piel. Ella cruzó las piernas con pudor, pero al hacerlo, el pliegue de la falda se abrió un poco más sobre su muslo izquierdo.
Los doctores no dijeron nada. Pero su atención, aunque contenida, flotaba en el aire como electricidad.
—Muy bien, señora —comenzó el Dr. Funes, con esa voz grave y controlada—. ¿Le molesta si empezamos por el pulso?
—No, claro que no —respondió Ana, algo nerviosa.
Él se acercó con el tensiómetro. Se arrodilló parcialmente frente a ella para colocarle el brazalete en el brazo derecho. Mientras inflaba la perilla, sus ojos no se apartaban de su rostro. Pero yo lo conocía bien: sabía que cada vez que sus pupilas bajaban, lo hacían por debajo del nivel de los ojos, hacia el cuello, los hombros, el escote apenas marcado por la blusa. Y luego… hacia su falda.
—¿Un poco ansiosa, señora? —preguntó tras mirar el valor de la presión.
Ana sonrió, nerviosa.
—Un poco, sí.
—Es normal. Muchas mujeres se tensan en las revisiones. Sobre todo si sienten que los observan demasiado —añadió el doctor con una pausa calculada.
—Yo… no me molesta que me miren. Es solo que… —se interrumpió, avergonzada.
El doctor Cuenca, que había estado junto al escritorio, se acercó con el estetoscopio en mano.
—¿Puedo, señora? —dijo, señalando su cuello.
—Claro —susurró Ana.
Con dedos precisos, él abrió ligeramente el cuello de la blusa y colocó el extremo frío sobre su pecho, arriba del corazón. Ana dio un leve sobresalto. Él no pidió que se desabrochara, ni ella lo ofreció. Pero la tela se marcó con sus movimientos. El roce la dejó sin aire por un segundo.
—Respire profundo, por favor.
Ella obedeció. Su pecho se elevó. La blusa crujió. Yo, sentado en una silla a medio metro, tenía la boca seca.
El doctor retiró el estetoscopio con suavidad.
—Está bien. Ligeramente acelerado, pero nada fuera de lo normal.
—Es que… hace calor —se excusó Ana, jugando con los dedos.
Ambos médicos intercambiaron una breve mirada. Profesional, pero cargada de algo que no se decía.
—Vamos a palpar la zona abdominal, si no le molesta —dijo ahora el Dr. Funes—. Solo presión superficial, señora. Puede recostarse un momento.
Ana se tendió despacio sobre la cama, de espaldas. Sus piernas quedaron extendidas, los pies juntos, las medias blancas con un pequeño encaje en los bordes. La falda se le había subido un poco, dejando ver casi todo el muslo. No hizo por bajársela. O no se dio cuenta. O no quiso.
El doctor se sentó a su lado, sobre el borde del colchón. Comenzó a palpar con lentitud. Primero arriba, en el epigastrio, luego bajó, siguiendo las líneas del estómago.
—¿Alguna molestia aquí?
—No, doctor.
—¿Y en esta zona?
—Un poco más sensible —dijo, sin dejar de mirarme a mí.
El doctor hizo una pausa. La miró por un instante más largo.
—¿Le ha pasado antes, señora? ¿Esa sensación de… calor abdominal?
Ana se ruborizó. No sé si fue por la pregunta, o por cómo la dijo.
—Tal vez… alguna vez, sí. Es difícil de explicar.
El doctor Cuenca se acercó desde el otro lado. Se apoyó ligeramente en la cabecera de la cama.
—Hay zonas del cuerpo que se calientan más rápido —dijo—. Sobre todo cuando hay circulación intensa. Algunas mujeres, por ejemplo… sienten más temperatura en la parte baja del abdomen. O en las caderas.
Ana no respondió. Apenas desvió la mirada. Pero vi cómo se movía levemente bajo la blusa su respiración, más agitada.
—¿Usted tiende a sentir eso, señora? ¿En esa zona baja… algo más de calor?
Ella tragó saliva.
—Puede ser… no sé. Nunca me lo preguntaron así.
—No se preocupe. Son observaciones clínicas —aclaró Funes con tono calmo—. La zona del sacro, de la pelvis, incluso los glúteos, suelen ser receptores muy sensibles de temperatura, presión o tensión interna.
Ana se incorporó un poco, apoyándose en los codos. La falda, al moverse, se le ajustó aún más sobre la cadera. Su silueta marcaba esa curva perfecta hacia atrás. Su cola, siempre tan parada, tan firme, parecía empujar la tela hacia arriba.
El doctor Cuenca la observó mientras se acomodaba. Y por fin lo dijo, sin salirse de su rol clínico.
—¿Sabe, señora? Hay algo en su postura… en la alineación de su columna, quiero decir… —corrigió rápidamente—. Tiene una curvatura lumbar acentuada. Eso provoca que los glúteos sobresalgan más de lo habitual.
—¿Eh…? ¿Eso es… malo? —preguntó ella, sincera.
—No, en absoluto. Es una característica muy… particular. De hecho, muchas mujeres con ese tipo de curvatura tienen mayor sensibilidad en esa zona. Y, en algunos casos, propensión a tensiones musculares allí.
—Ah… nunca me lo habían dicho —respondió Ana, tocándose por reflejo la parte baja de la espalda.
Funes asintió, sin quitarle la vista de encima.
—Tiene una estructura muy armónica, señora. Muy equilibrada, incluso en reposo. Eso no es común.
Ana bajó la mirada. Se notaba que luchaba entre el pudor y el cosquilleo de saberse observada así.
—¿Le molesta estar acostada de lado un momento? Solo para verificar si hay tensión lumbar. No es necesario moverle la ropa, se lo aseguro —añadió Funes.
Ella dudó un segundo. Me miró. Yo asentí en silencio. Entonces, se giró lentamente sobre un costado. La falda subió un poco más al hacerlo. Desde donde yo estaba, pude ver la base de su tanga negra sobresaliendo apenas de la cintura. Los médicos también lo vieron, aunque ninguno lo comentó.
Cuenca se agachó, con gesto clínico.
—Con permiso —dijo, apoyando dos dedos sobre la base de la columna, justo donde comenzaban las nalgas—. Aquí hay una ligera tensión, ¿siente eso?
Ana gimió bajito. No de dolor.
—Sí… es como un cosquilleo…
—Exacto. Son terminaciones nerviosas. Muy comunes en mujeres con glúteos prominentes. La presión constante genera reacciones.
Funes tomó nota.
—No es nada serio. Pero explica por qué quizá experimente ciertas “sensaciones” más intensas en la parte baja. O por qué esa zona… se calienta más rápido.
Ana cerró los ojos un momento. Su respiración ahora era claramente más agitada.
—Señores —dije yo, sin levantar la voz—. ¿Creen que deberían continuar?
Funes me miró. Luego miró a Ana.
—Eso dependerá de la señora —dijo con suavidad—. Lo que hemos observado hasta ahora es superficial. Pero si nos permite una revisión más completa… podríamos descartar cualquier otra tensión o inflamación.
Ana abrió los ojos. Me miró con esa mezcla de duda y deseo que conocía tan bien.
—Si es por salud… —dijo, apenas audible—. Hagan lo que crean necesario.
Ana seguía recostada de lado, de espaldas a mí. Su pollera, al subir con el movimiento, dejaba al descubierto buena parte de sus muslos. La blusa seguía abotonada, pero algo en la manera en que su cuerpo respiraba hacía que pareciera más desnuda de lo que estaba. La curva de su cintura terminaba en esa cola perfecta, que se elevaba incluso cuando estaba relajada. Su cola, esa parte suya que siempre había atraído las miradas más intensas, estaba ahora en el centro de toda la escena, aunque nadie la nombrara directamente.
El Dr. Cuenca continuó la exploración con suavidad, deslizando la palma por la parte baja de la espalda, rozando apenas la tela.
—¿Este punto aquí le resulta incómodo?
—No… no exactamente —respondió Ana, con voz más baja—. Es como… sensible.
—Comprendo. Hay muchos receptores en esta zona. En mujeres con su morfología, el estímulo es más notorio.
El Dr. Funes se acercó desde el otro lado, observando sin tocar aún.
—Su musculatura es muy simétrica, señora. Incluso en reposo. Diría que es una de las estructuras lumbo-pélvicas mejor definidas que he visto en consulta domiciliaria.
Ana giró el rostro, incómoda pero halagada.
—¿Eso es bueno…?
—Depende. Estéticamente, sin dudas. Fisiológicamente… puede implicar una sobrecarga. ¿Alguna vez ha sentido como un ardor en la parte alta de los glúteos? ¿O sensación de presión, incluso sin haber hecho esfuerzo físico?
Ella lo pensó unos segundos. Luego asintió.
—Sí… a veces. Pero creí que era por sentarme mucho tiempo.
—Es probable. O… —el doctor se detuvo un momento, como evaluando su siguiente frase— …por tensión muscular acumulada. Esa zona suele retener más calor y flujo sanguíneo del normal. En algunas mujeres, eso deriva en sensibilidad aumentada. Incluso, en algunos casos, excitación refleja.
Ana parpadeó lentamente. Yo supe que entendió lo que le estaban diciendo.
—Nunca… me lo habían dicho de esa forma.
—No muchos profesionales se detienen en eso. Pero es real. Algunos lo llaman “hiperreactividad perianal”. Otros lo consideran una variante normal. Lo cierto es que, si lo desea, podríamos hacer una evaluación más precisa de esa región. No sería invasivo.
Ana se enderezó un poco, todavía de lado.
—¿Cómo… cómo sería?
El Dr. Cuenca se mantuvo sereno.
—Sólo palpar, con guantes, la zona sacra y glútea. Podríamos usar un gel neutro. No necesitaríamos retirarle la ropa interior aún, a menos que lo considere necesario. Pero sí… —hizo una breve pausa—… sería recomendable levantar la prenda superior. Solo un poco. Para tener acceso a la zona lumbar.
Ana tragó saliva. Se quedó quieta unos segundos. Luego giró la cabeza hacia mí.
—¿Vos decís… que está bien?
Yo asentí. Tomé su mano. Estaba caliente.
—Si te sentís cómoda… dejá que te cuiden, amor.
Ella respiró hondo y luego, lentamente, comenzó a incorporarse. Se sentó al borde de la cama. Con manos temblorosas, desabotonó los últimos dos botones de la blusa y la deslizó por sus brazos, quedando con un corpiño blanco sencillo, de encaje suave, sin aro. El escote era modesto, pero sus pezones estaban ya marcados por la tensión, duros bajo la tela. No parecía darse cuenta.
Se volvió a recostar, esta vez boca abajo, cruzando los brazos bajo la cabeza.
—Así está bien… ¿doctores?
—Perfecto, señora —respondió Funes con voz más baja.
Ambos se colocaron guantes. Cuenca abrió el maletín y sacó un pequeño frasco transparente con gel. Funes se sentó al borde de la cama. Cuenca se colocó al otro lado.
—Voy a aplicar un poco de frío, señora. Es solo el gel. Le puede sorprender al principio.
—Está bien…
El primer contacto fue exacto. Profesional. El dedo enguantado del doctor deslizó una capa de gel apenas por encima de la cintura de Ana, trazando una línea invisible entre su espalda y la base del inicio de la cola. Ana se tensó ligeramente. Su cuerpo, aunque inmóvil, vibraba con una electricidad que yo conocía muy bien.
—Tiene mucha tonicidad aquí —comentó Cuenca mientras aplicaba más gel con la yema de los dedos—. El músculo está firme. Nada de flacidez.
—Siempre ha tenido muy buen tono —agregó Funes, mientras deslizaba sus dedos hacia los costados de la cadera—. No debe hacer mucho ejercicio, ¿verdad, señora?
—No… nada especial —dijo ella con un hilo de voz.
—Entonces es genético. Impresionante.
La tela de la pollera, a esa altura, se había deslizado por la curva de su cola. Aún la cubría, pero apenas. El rebote de la luz mostraba el relieve perfecto de sus glúteos bajo la tela estirada. Ambos médicos la miraban como si se tratara de una escultura.
—Señora —dijo Funes en tono bajo—. Si no le molesta… ¿podríamos subirle unos centímetros la prenda? Solo para tener una idea más precisa del contacto de los músculos. No vamos a tocar más allá. Se lo aseguro.
Ana no respondió enseguida. Se mordió el labio, me miró desde el hombro. Yo no dije nada. Solo esperé.
Ella entonces, despacio, deslizó sus manos hacia atrás. Tomó el borde de la pollera con los dedos y la levantó unos cinco centímetros. Quedaron al descubierto los glúteos superiores, y un poco más. Se veía el elástico negro de la tanga, que se hundía entre los dos hemisferios como una línea oscura. Los dos doctores contuvieron la respiración.
—¿Así está… bien?
—Perfecto —susurró Funes.
Y entonces, comenzó la verdadera exploración.
Ana permanecía boca abajo, con la blusa ya fuera, su sujetador apenas visible bajo los brazos cruzados, la pollera subida hasta la mitad de sus glúteos y ese hilo negro de su tanga dividiendo la carne firme de su culo, como si indicara el punto exacto al que todos estábamos mirando pero ninguno se atrevía aún a nombrar.
Los doctores trabajaban en silencio. El ambiente se había vuelto espeso, casi solemne. Solo se oía el roce de los guantes, la respiración suave de Ana y mi propio pulso retumbando en los oídos.
El Dr. Cuenca fue el primero en tocarla. Aplicó el gel con el índice, justo en la parte alta del glúteo izquierdo, y lo esparció con movimientos suaves, casi circulares. La piel de Ana reaccionó con un leve estremecimiento.
—¿Está bien, señora? —preguntó con voz baja.
—Sí… solo está un poco frío…
—Lo sé. Pero su piel reacciona con mucha sensibilidad. La vascularización en esta zona es notable.
Yo observaba desde la silla, fascinado. Ana había cerrado los ojos. Su respiración era más profunda. Sus piernas juntas, pero relajadas. El gel brillaba sobre la parte superior de sus nalgas, y el elástico de la tanga parecía ya más un adorno que una prenda funcional.
Funes tomó el relevo. Se inclinó, apoyando ambas manos enguantadas a cada lado de su cintura, y luego bajó lentamente hacia los glúteos. No tocaba los bordes aún, pero los rodeaba con precisión, como delimitando un territorio.
—Tiene una simetría impresionante, señora —comentó sin levantar la voz—. Muy difícil de encontrar en pacientes que no hacen entrenamiento específico. ¿Ha practicado danza, quizás?
—No… nunca —respondió ella, todavía con los ojos cerrados.
—Sorprendente. La inserción del glúteo mayor es muy alta, y la curva lumbar lo potencia aún más.
Cuenca intervino:
—Incluso con la ropa interior… se puede apreciar perfectamente la tensión del músculo. Es evidente que esta zona trabaja más de lo que uno supondría. Tal vez incluso mientras duerme.
Ana dejó escapar un suspiro. Yo la vi apretar sutilmente las manos.
—¿Le molesta si palpamos un poco más abajo, señora? —preguntó Cuenca—. Vamos a ejercer apenas más presión, para detectar alguna contractura.
—Está bien…
Funes tomó los bordes de la pollera y la subió un poco más. Ahora la tela descansaba justo en la base de su cintura. Toda la parte superior de su cola quedaba al descubierto. El tanga negra, delgada como una línea, cortaba en diagonal entre los glúteos.
Fue entonces cuando el doctor Funes colocó ambas manos sobre cada nalga y comenzó a presionar con firmeza. Movía los dedos lentamente, dibujando un mapa invisible. El contacto era prolongado, constante, seguro. Ana apretó los labios.
—¿Le incomoda?
—No… —dijo, apenas audible—. Solo es… raro.
—Entiendo. Pero estamos aquí para detectar todo lo que no se nota a simple vista.
—Doctor… —intervine—. ¿Qué están buscando exactamente?
Funes no se sobresaltó. Se giró un poco hacia mí.
—Tensiones residuales. Pequeños nudos musculares. Esta zona es clave en la estabilidad postural. Y… como usted sabrá —agregó, sin mirarme ya—, algunas mujeres concentran aquí más calor, más tensión… incluso más deseo físico.
Esa última frase no la dijo con doble sentido. La dijo como si fuera parte de un estudio científico. Y, sin embargo, el ambiente se tensó más.
—Señora —dijo ahora Cuenca, desde el otro lado—. ¿Ha notado si esta zona reacciona diferente cuando está excitada?
Ana abrió los ojos, sorprendida. Tardó en responder.
—A veces… se pone muy caliente… sí. Como si… se hinchara.
Funes asintió.
—Es completamente normal. Es lo que se conoce como hiperemia localizada. Un aumento del flujo sanguíneo en zonas erógenas. Y usted, señora, tiene una cola extremadamente vascularizada. Lo que explica esa sensibilidad aumentada.
Ella bajó el rostro, avergonzada. Pero no se movió. No protestó. Y los doctores tampoco detuvieron el contacto.
—Podemos hacer una última verificación, si nos permite —dijo Cuenca.
Ana giró un poco la cabeza.
—¿Qué… tipo de verificación?
—Tocar la parte central del glúteo mayor, junto al perineo, para comprobar la elasticidad y temperatura. No se preocupe. Lo haremos con la mayor delicadeza.
Ella dudó. Miró hacia mí. Su expresión era de pudor, pero no de rechazo. Le apreté la mano con fuerza. Le sonreí.
—Estás bien, amor. Estás hermosa. Dejá que ellos te cuiden.
Ana asintió. Cerró los ojos. Y entonces, sin que nadie se lo pidiera, levantó apenas la cadera, arqueando la espalda de forma natural. Esa postura expuso más aún el centro de su cola, haciendo que el hilo de la tanga se enterrara más profundo entre sus nalgas.
Los dos doctores contuvieron el aliento. Y comenzaron.
Cuando Ana arqueó la espalda y levantó apenas la cadera, lo hizo sin palabras. Fue un gesto mínimo, pero suficiente. Su cola quedó ofrecida, tensa, dividida en dos hemisferios perfectos que sobresalían con orgullo bajo el tirante negro que se hundía entre ellos. Esa imagen, silenciosa y temblorosa, fue el punto en el que el ritual clínico se convirtió en otra cosa. Aún nadie lo dijo. Pero todos lo sabíamos.
El Dr. Funes deslizó un dedo enguantado, cubierto con una nueva porción de gel, por la hendidura profunda de los glúteos. No la tocó directamente, aún. Pero bordeó la línea del hilo de su tanga, como si evaluara la temperatura desde la sombra misma del deseo.
—Aquí —dijo, con tono neutro— hay calor localizado. Muy claro. Y una tensión… interesante.
Ana se estremeció. Sus muslos permanecían cerrados, pero sus pies, estirados hacia atrás, temblaban con un movimiento involuntario.
—¿Siente esto, señora?
—Sí… mucho.
—¿Molesta?
—No… al contrario.
Funes continuó, ahora sí deslizando un dedo justo por el borde del tanga, sin correrlo aún. Solo siguiendo la línea, como si se tratara de una grieta que quisiera leer con los dedos.
—El pliegue interglúteo está muy irrigado —añadió Cuenca desde el otro lado—. Podríamos tomar la temperatura exacta si lo considera pertinente.
Ana giró un poco la cabeza.
—¿A qué se refiere… doctor?
—A temperatura cutánea, señora. No es un termómetro tradicional. Es digital, de contacto. Solo necesita colocarse entre los pliegues. Sería un buen complemento a lo que observamos.
Ella dudó. Sus nalgas seguían ofrecidas, pero su espalda se movía con cada respiración como si la lucha interna todavía estuviera en marcha.
—¿Tengo que… sacarme algo?
—Si prefiere, podemos correr apenas el tanga. No hace falta más.
Ana cerró los ojos. Y, con las yemas de los dedos, llevó lentamente una mano hacia atrás. Tomó el elástico negro de la tanga y lo corrió hacia un lado. Solo unos centímetros. Pero fue suficiente. El doctor Funes la ayudó, sujetando el tirante hacia la cadera. El hoyito de su culo, rosado, limpio, quedó completamente a la vista.
Mi garganta se secó al verla así, entregada. El médico introdujo con suavidad el pequeño sensor, apenas tocando la piel del centro, y lo sostuvo allí durante unos segundos.
—Treinta y ocho punto uno —anunció—. Alta para una zona externa.
Cuenca intervino con voz más baja:
—Eso indicaría una vasodilatación profunda. Podríamos confirmar con tacto directo. Sin penetración, por supuesto. Solo presión.
Ana ya no respondió. Solo permaneció quieta, respirando con fuerza. Funes quitó el sensor, limpió la zona con una toalla húmeda, y luego —sin avisar— apoyó el pulgar justo sobre el centro de su ano. Presionó con lentitud. No entró. Pero giró suavemente, como si midiera la elasticidad de la piel. Ana soltó un quejido leve.
—Muy receptiva. No hay inflamación, pero sí una relajación importante. Es probable que, si no se descarga esta zona, se acumule tensión. Generando contracturas. O incluso insomnio.
—¿Cómo… se descarga? —murmuró Ana, apenas audiblemente.
—Hay métodos varios. Masoterapia profunda. O dilatación guiada. Pero eso requiere autorización expresa de su parte. Y… de su esposo —dijo mirando hacia mí.
Yo ya no pensaba. Solo sentía. Ana estaba ahí, ofrecida, con el culo expuesto y húmedo por el gel, y dos médicos con las manos sobre ella. No podía negarle nada.
—Si es por su bienestar —dije, con voz grave—, procedan, doctores.
Ana asintió, sin decir palabra.
Funes tomó un nuevo guante. Lo untó generosamente con gel y, esta vez, sin pedir más permiso, colocó el índice justo sobre el ano de mi esposa. Presionó. Lentamente. Y el dedo comenzó a hundirse, centímetro a centímetro, en su culo caliente.
Ana apretó las sábanas con fuerza. Su espalda se arqueó más. Un gemido largo salió de su garganta.
—La apertura es excelente —comentó Funes—. Ni una resistencia. Tiene una capacidad anal admirable.
Cuenca se inclinó junto al rostro de Ana.
—¿Todo bien, señora?
—Sí… sí, doctor… —jadeó ella.
El dedo se movía dentro de su culo como si buscara un punto exacto. No era una revisión. Era una caricia.
—¿Le duele?
—No… se siente… muy profundo…
—Es normal. Esta zona retiene emociones, dicen algunos. Nosotros solo liberamos tensión.
Cuando retiró el dedo, lo hizo lentamente, con un sonido húmedo. Ana quedó temblando.
Y en ese silencio, Funes miró a Cuenca. Luego a mí.
—Señor Pietro… —dijo con calma—. Creo que podríamos ser más efectivos con una maniobra combinada. Interna… y externa.
Yo no respondí. Solo asentí. Ya no había vuelta atrás. Ana, mi esposa, estaba por ser abierta como nunca antes, por esos dos hombres que fingían aún estar “revisando”.
Y yo… solo quería verlos hacerlo.
Ana seguía boca abajo, completamente expuesta. La pollera enrollada en la cintura, la tanga corrida hacia un lado, dejando ver su ano húmedo y ligeramente abierto tras la maniobra del doctor. Sus piernas seguían juntas, como si intentara sostener algo de pudor, pero el temblor en sus muslos la delataba. No podía fingir por mucho más tiempo.
El Dr. Funes retiró el guante con cuidado, mientras el Dr. Cuenca se acercaba al otro lado, esta vez con un frasco más pequeño entre las manos.
—Este es un relajante muscular tópico —dijo, mostrando el recipiente como si aún hiciera falta justificar cada paso—. Se aplica en puntos de tensión perineal. Es completamente inocuo, pero puede generar calor intenso en la zona.
Ana no dijo nada. Solo respiró hondo y apoyó el rostro contra el colchón.
—¿Quiere que lo apliquemos, señora? —insistió Cuenca—. Serán apenas unos minutos. Pero ayuda mucho a que la musculatura profunda no se endurezca.
—Sí, doctor… —susurró—. Si… lo cree necesario.
—No solo necesario —intervino Funes, desde los pies de la cama—. En su caso… yo diría imprescindible.
Ana cerró los ojos.
Cuenca colocó una gota del líquido en el centro exacto de su ano y otra justo entre los labios inferiores de su vulva, apenas visibles desde atrás. Luego, con la yema enguantada, comenzó a frotar con movimientos suaves, circulares, lentos, como si pintara sobre una superficie delicada. Ana apretó los dedos contra la sábana.
—Va a sentir calor… y luego un poco de pulsación. Es completamente normal.
—Ya… ya lo siento —jadeó ella, con voz apenas audible.
Funes se acercó por detrás, observando desde arriba.
—La congestión pélvica está avanzando. Es evidente que hay una hiperrespuesta neuromuscular. No deberíamos detenernos en este punto.
—No, claro que no —dijo Cuenca, con tono firme—. Si la dejamos así… todo el sistema nervioso simpático va a quedar activado. Puede provocarle insomnio, incluso llanto sin causa.
Yo ya no sabía si hablaban en serio o si todo era parte de un guión sutilmente perverso. Pero lo cierto es que Ana escuchaba cada palabra como si fueran órdenes médicas, justificadas. Su cuerpo lo aceptaba. Su mente… también.
Funes volvió a tocarla. Esta vez, con una franqueza que ya no buscaba disimulo. Colocó una mano sobre un glúteo entero, apretándolo, sopesando la carne firme, mientras con la otra separaba apenas los cachetes para dejar el ano bien expuesto a la luz.
—Increíble tonicidad. Este tipo de glúteo… responde perfecto a presión cruzada.
—¿Qué… es eso? —preguntó Ana con voz temblorosa.
—Maniobra combinada. Estímulo externo profundo y digitalización simultánea por canal secundario. En otras palabras —dijo Funes, con un leve tono más oscuro—: masaje rectal mientras se libera la tensión de la fascia glútea por presión externa.
Ana volvió a mirarme. Sus mejillas estaban rojas. Sus ojos brillaban.
—¿Vos… me dejás?
Yo me incliné hacia ella. Le acaricié el cabello.
—Claro que sí, mi amor. Estás en buenas manos.
Ella se mordió el labio. Y no dijo nada más.
Entonces, Cuenca se colocó detrás de ella. Con una nueva porción de gel, apoyó el índice y el medio sobre su ano, pero esta vez sin entrar. Solo rozaba, frotaba, empujaba con suavidad.
Mientras tanto, Funes, del otro lado, colocaba ambas palmas sobre sus glúteos y los masajeaba con movimientos lentos y profundos. Apretaba desde los bordes hacia el centro, cerrando los pliegues, haciéndola temblar. Ana jadeaba. Cada presión sobre su culo provocaba una contracción interna que se notaba en su espalda, en su respiración, en el leve movimiento involuntario de sus caderas, que ya no podía ocultar.
—¿Cómo está, señora? —preguntó Cuenca, sin dejar de tocar.
—No sé… me siento… caliente…
—Eso es bueno. Muy bueno. Significa que su cuerpo está respondiendo. Su culo, señora… tiene una sensibilidad muy por encima del promedio.
Ella dejó escapar un gemido. Corto. Contenido. Aún luchaba por no entregarse del todo.
Funes bajó el tono.
—Lo que sigue, señora, es una maniobra más directa. Puede resultar muy intensa. No tiene por qué aceptar si no se siente preparada.
Ana permaneció unos segundos en silencio. Y luego, con una lentitud casi simbólica… separó las piernas.
Apenas un poco. Lo justo para que su tanga se deslizara más entre sus labios. Para que sus nalgas se abrieran un poco más. Para que ellos… lo vieran todo.
No dijo nada. No hizo falta.
Cuenca se colocó un nuevo guante. Funes apoyó una mano firme en la base de su espalda.
—Entonces… vamos a continuar.
Cuando Ana separó las piernas, no hizo falta que nadie dijera nada. Esa rendición silenciosa, voluntaria, fue el punto de quiebre. Su cuerpo hablaba más que sus palabras. Los glúteos firmes, brillantes por el gel, abiertos apenas para mostrar el punto exacto donde toda la tensión se concentraba. Su ano, húmedo y tibio, parecía latir con cada respiración.
El Dr. Cuenca colocó el índice sobre esa entrada diminuta. No presionó de inmediato. Se quedó allí, con la yema apenas apoyada, como si midiera el pulso del deseo.
—Muy relajada. Esto facilitará mucho el acceso —comentó en voz baja.
Funes seguía masajeando los glúteos con ambas manos, cerrando los pliegues, apretando hacia el centro con movimientos lentos y precisos. Sus dedos se deslizaban por las nalgas como si esculpieran mármol tibio.
Cuenca comenzó a presionar. Despacio. Centímetro a centímetro, el dedo fue entrando en el culo de mi esposa sin resistencia. Ana tensó la espalda. Soltó un gemido breve y agudo, como una chispa.
—¿Siente presión, señora?
—Sí… pero es rica… me da calor —susurró, casi como una confesión.
El dedo avanzó hasta la segunda falange. Luego se detuvo. Giró. Entró un poco más. Funes separó los glúteos con ambas manos para facilitar la maniobra.
—Está aceptando todo el recorrido sin esfuerzo. Su conducto anal es... extraordinariamente receptivo.
Ana gemía contra el colchón. Ya no podía fingir. Su cadera se movía, muy lentamente, hacia atrás, buscando más.
—Señor Pietro… —dijo entonces Cuenca, con voz controlada, pero más grave—. Lo que sigue implica una estimulación directa del punto profundo. Pero puede generar una reacción emocional. Un llanto breve. Un gemido largo. Incluso... necesidad de contacto afectivo inmediato.
Yo lo miré en silencio.
—¿A qué se refiere, doctor?
Funes fue quien respondió, mientras mantenía las nalgas de Ana bien abiertas.
—Hay casos clínicos, no son muchos… en los que la presión sobre ciertas terminaciones anales desencadena una súbita descarga emocional. El cuerpo… pide cercanía. Un beso. Una caricia en la boca. Lo hemos visto antes.
Yo ya sabía adónde iban. Y aún así, quise escucharlo.
—¿Me están pidiendo permiso para besar a mi esposa?
—Solo si usted lo autoriza —dijo Funes con total seriedad—. Y si ella lo acepta. Pero puede ayudarla a liberar esa tensión que, claramente, la está consumiendo.
Volví la vista hacia Ana. Tenía el rostro de lado, los ojos entreabiertos, los labios húmedos. Me miró. Esa mirada me lo dijo todo.
—¿Querés, amor?
Ella asintió. Lenta, silenciosa.
—Sí… si vos me dejás…
—Entonces sí, doctores. Háganlo.
Fue Cuenca quien se inclinó primero. Rodeó la cama y se colocó de rodillas, justo frente a su rostro. La miró fijamente.
—¿Puedo, señora?
Ana abrió los labios. No hizo falta más.
El médico la besó. Despacio, primero. Luego más profundo. Ella respondió con un gemido suave que se perdió entre sus lenguas. Mientras tanto, su culo seguía abierto, su ano aún ocupado por el dedo de Funes, que no había dejado de moverse.
El beso se hizo más húmedo, más ruidoso. Y al mismo tiempo, el dedo del otro médico comenzó a moverse dentro de ella con más decisión. Ana ya no era la misma. Jadeaba en la boca del médico, se arqueaba hacia atrás, su cuerpo entero buscaba el contacto.
Funes colocó un segundo dedo en la entrada, y esta vez sí, presionó.
—Ahora vamos a liberar todo, señora —susurró, ya sin fingir que era solo una revisión—. Usted lo necesita. Su cuerpo nos lo está suplicando.
Y Ana… se lo entregó todo.
La boca de Ana se abrió completamente bajo el beso del Dr. Cuenca. Sus labios ya no ofrecían resistencia; lo besaba con lengua, húmeda, desesperada, como si toda la tensión que le habían acumulado en el cuerpo necesitara ahora esa salida. Y mientras su rostro se entregaba a ese contacto cada vez más obsceno, su culo seguía abierto, invadido por los dedos expertos del Dr. Funes, que ya no trabajaba con moderación.
—Voy a incorporar el segundo dedo —dijo con voz ronca, mientras lo hacía.
El ano de Ana, lubricado por el gel y por su propia rendición, aceptó sin protestas. La vi tensarse, alzar más la cadera, arquear la espalda. Su boca dejó escapar un gemido ronco en plena lengua del médico que la besaba.
—Qué receptiva es —susurró Cuenca cuando separó un momento sus labios—. Su cuerpo entero responde a lo que se le da.
Ana no pudo hablar. Solo se mordía el labio inferior, los ojos cerrados, los brazos ahora extendidos hacia adelante. Todo su cuerpo estaba ofrecido, vulnerable, entregado.
Fue entonces cuando Funes habló, ya sin rodeos.
—Señor Pietro. Para una liberación completa de la tensión pélvica, es importante combinar los estímulos. El canal vaginal… también presenta signos de congestión vascular. La zona está inflamada. Debe aliviarse.
Yo entendí perfectamente. Y asentí sin dudar.
—Proceda, doctor. Ella… lo necesita.
Cuenca se colocó detrás de Ana, a la altura de sus muslos. Con una sola mano, bajó lentamente el hilo negro de su tanga, que ya no cubría nada. La deslizó por debajo, la apartó hacia un costado. La concha de Ana quedó completamente expuesta: hinchada, húmeda, palpitante. El contraste entre sus labios brillantes y el dedo que ya la invadía por el ano era perfecto.
—Está empapada —dijo el médico, con tono reverente.
Acarició con dos dedos los labios menores, separándolos. Ana gimió, esta vez sin vergüenza.
—¿Puedo, señora?
Ella asintió sin mirarlo.
Y entonces la lengua del médico descendió. Empezó por el clítoris, con una presión exacta, lenta, que hizo que Ana se sacudiera bajo las manos del otro médico. Cuenca lamía con experiencia, con devoción, subiendo y bajando por esa conchita abierta que ya no podía más.
Funes, por su parte, había comenzado a mover sus dos dedos dentro del ano con un ritmo constante. Entraban y salían, giraban, presionaban. Ana gritó. No de dolor. De puro placer.
Yo no podía más. Me había sacado el cinturón. La erección me palpitaba bajo el pantalón del pijama. Pero no tocaba nada aún. Solo miraba.
—Qué culo, señor Pietro —dijo Funes sin dejar de mover la mano—. Su señora tiene uno de los anos más generosos y educados que he atendido en años. Se abre como si lo estuviera esperando.
—Y su conchita… —murmuró Cuenca, con la cara entre sus piernas— …late. Late como un corazón. Es hermosa.
Ana se aferraba a las sábanas con los dedos rígidos. Su cuerpo se movía como si cada parte estuviera conectada a un estímulo diferente. Culito abierto. Boca húmeda. Concha lamida. La estaban devorando sin descanso.
Y lo más hermoso era cómo se dejaba hacer.
—Siga besándola, doctor —dije con voz baja.
Cuenca se incorporó y volvió a tomar su rostro entre las manos. Le metió la lengua hasta la garganta. Ana respondió con el mismo salvajismo.
Funes, por detrás, seguía jugando con su culito.
—Voy a intentar con tres dedos, señora —anunció—. Para confirmar la elasticidad del esfínter.
Ana ya ni contestó. Solo alzó más la cadera.
Y yo… solo podía mirar cómo mi esposa, mi amor, mi Ana, era convertida en objeto de placer por dos hombres que habían empezado fingiendo ser doctores y ahora se habían adueñado de cada rincón de su cuerpo.
Y todavía faltaba lo mejor.
Ana ya no podía sostener la compostura. Jadeaba abierta sobre la cama, con la cola empinada, los dedos del Dr. Funes enterrados en su culo, la lengua del Dr. Cuenca aún húmeda en su concha. Su espalda temblaba, los muslos resbalaban de tanto lubricante y humedad propia, y sus pezones se marcaban bajo el sostén como dos llamas vivas. Estaba completamente tomada… y sin embargo, aún quedaba más por descubrirle.
Los médicos se miraron en silencio. Sus rostros estaban serios, pero sus ojos delataban el deseo acumulado. Había algo en sus miradas que decía: hasta aquí llegó la revisión superficial.
Funes fue el primero en romper el silencio.
—Señor Pietro —dijo mientras se quitaba lentamente los guantes—, lo que sigue requiere maniobras de sostén corporal, y para ser sinceros… con el nivel de humedad, lubricación y calor en el ambiente… trabajar con la ropa puesta se vuelve un obstáculo.
Yo sabía a qué se refería, pero fingí seguirles el juego. Les gustaba hablar como si aún fueran médicos. Y a mí, escucharlo, me excitaba más de lo que podía admitir en voz alta.
—¿Está diciendo que necesitan… desvestirse?
—Por motivos estrictamente prácticos, sí —intervino Cuenca—. El contacto de piel a piel con una paciente en este nivel de excitación pélvica puede ayudar a regular la respuesta. Y… bueno, nuestras prendas están empapadas.
Ana, aún jadeando, alzó apenas la cabeza. Abrió los ojos. Los miró.
—¿Los… va a ayudar a ustedes o a mí? —preguntó con un tono que mezclaba provocación y vergüenza.
Cuenca sonrió por primera vez en toda la sesión.
—Ambos, señora. Aunque me atrevería a decir que su cuerpo… va a agradecerlo más que nadie.
Me miraron a mí. Como siempre.
—¿Pietro?
Yo no dudé.
—Sí. Háganlo. Quiero que ella sienta todo lo que su cuerpo pide.
Funes fue el primero. Abrió el cierre lateral de su pantalón clínico y lo bajó con lentitud. Debajo, llevaba unos bóxer grises que ya no ocultaban nada: su erección estaba completamente formada, empujando la tela con violencia. Se quitó también el guardapolvo, revelando una camiseta ajustada, mojada de transpiración en el pecho. Su torso, aunque maduro, tenía líneas fuertes, firmes. Los vellos grises bajaban hasta el abdomen.
Cuenca lo siguió. Primero el ambo, luego los pantalones. Sus bóxers eran negros, y el bulto se marcaba aún más. Tenía una erección imponente, gruesa, latente. Pero no se quitó la ropa interior aún.
Ambos se quedaron así, semidesnudos, rodeando a Ana como dos sombras blancas, húmedas y calientes. Ella los miraba sin moverse, pero su respiración se aceleraba más y más.
Funes se acarició por encima de la tela. Apenas. Como si buscara acomodarse. Pero el gesto fue tan deliberado que no había forma de no verlo como lo que era: una provocación.
—Esto no es una revisión tradicional —dijo Cuenca, ahora junto al rostro de Ana—. Y si vamos a continuar… queremos hacerlo bien.
Ana apenas abrió los labios.
—¿Qué… más me van a hacer?
Funes la rodeó por detrás. Colocó una mano sobre su espalda baja y presionó levemente hacia abajo.
—Vamos a sostenerla. A estimularla de forma completa. Dos canales. Dos trayectos. Y para eso, necesitamos contacto… total.
—¿Va a… entrar? —murmuró Ana, mordiéndose el labio.
—Solo si usted lo permite —dijo Cuenca.
Funes se giró hacia mí. Su voz era pausada, casi solemne.
—Señor Pietro. Su señora necesita ser penetrada en ambos canales. El cuerpo lo pide. Pero no vamos a hacerlo sin su consentimiento.
Me puse de pie. Me acerqué a la cama. Vi su cola abierta. Su ano enrojecido y brillante. Su concha húmeda como nunca. Y su rostro… lleno de una mezcla perfecta entre pudor, placer, entrega y deseo.
—Sí, doctores. Hagan lo que tengan que hacer.
Y con eso, Ana tembló. Sus labios se abrieron en un gemido largo, y su cuerpo se arqueó, pidiendo lo inevitable.
Ana seguía arrodillada sobre la cama, el cuerpo inclinado hacia adelante, la cola empinada, los labios vaginales aún brillando del contacto reciente con la lengua del Dr. Cuenca, y su ano húmedo y relajado tras la maniobra prolongada del Dr. Funes. Estaba abierta, temblorosa, jadeante… y aún así, expectante. Como si supiera que no había llegado al límite. Como si supiera que faltaba algo más.
Los dos médicos, ahora en ropa interior, no la perdían de vista. El aire estaba cargado. Y sin embargo, Funes no se apresuró. Se acercó con calma, poniéndose junto a mí.
—Señor Pietro —dijo en voz baja, casi confidencial—. Antes de realizar la maniobra final de doble penetración… sería ideal comprobar otra cosa.
Yo lo miré, sabiendo que cada palabra suya era parte de ese juego perverso que habíamos aceptado todos.
—¿Qué cosa, doctor?
—El reflejo oral parasimpático. Es un recurso que usamos en sesiones prolongadas, cuando la paciente presenta signos de sobreexcitación periférica. El contacto bucal ayuda a redirigir la tensión. A equilibrar la respuesta. Técnicamente… se alivia la presión anal facilitando la ocupación oral.
Yo sabía perfectamente lo que estaba diciendo. Y no tenía intención de frenarlo.
—¿Está diciendo que necesita que… mi esposa le chupe la pija?
Funes sonrió, breve, contenido.
—Si usted lo permite. Es por su regulación neuromuscular. Aunque… claramente, también es por el placer que su boca ofrece.
Cuenca se acercó por detrás de Ana, le acarició el cabello, con suavidad.
—Señora… ¿puede mirarme un momento?
Ana giró el rostro, aún apoyada en la cama, los labios húmedos, la cara ruborizada.
—¿Sí… doctor?
—Vamos a hacer una prueba más. Una muy importante. Pero necesitamos que participe con la boca.
—¿La… boca?
—Sí. Su cavidad oral tiene terminaciones conectadas con el eje lumbosacro. Si la activamos, será más fácil que su zona pélvica acepte la estimulación simultánea después.
Ella lo entendió. No con la cabeza. Con el cuerpo. Se incorporó apenas, con lentitud, y se giró para quedar arrodillada, de frente a Cuenca. Desde allí, vio por primera vez, a corta distancia, el bulto que palpitaba bajo los bóxers del médico.
Se mordió el labio.
—¿Puedo…?
Fue todo lo que dijo.
Yo di un paso adelante. Tomé su barbilla. La miré.
—Sí, amor. Mostrales lo que sabés hacer con esa boquita. Ayudalos… como ellos te están ayudando a vos.
Cuenca bajó lentamente su ropa interior. Su verga saltó libre, gruesa, firme, venosa, húmeda en la punta. Ana la miró un segundo… y luego se inclinó.
Y la besó.
No hubo timidez. No hubo espera. Su boca se abrió como si ese acto fuera, ahora, una necesidad médica real. Metió la lengua, lo lamió desde la base hasta el glande. Cerró los labios sobre la cabeza y la fue succionando de a poco, mientras con una mano lo sostenía y con la otra acariciaba su propia entrepierna.
—Dios… qué boca, Pietro… —dijo el médico con un gemido bajo—. Su señora es una maravilla.
Funes, mientras tanto, se quitó completamente la ropa. Su verga, ligeramente más larga pero menos gruesa, ya estaba rígida, apuntando hacia adelante. Se acercó, poniéndose del otro lado.
—Señora Ana… si no le incomoda… podemos hacer una evaluación doble.
Ana soltó un instante el miembro de Cuenca y se giró para mirar la segunda verga que le ofrecían. Sin decir palabra, simplemente abrió más la boca, se inclinó… y la lamió también.
Estaba completamente entregada.
Alternaba succión entre ambos. A uno le besaba el glande mientras al otro le lamía los testículos. De tanto en tanto, los miraba hacia arriba con esos ojos brillosos, como si aún buscara aprobación. Cada gesto suyo los volvía más bestiales. Cada gemido que ellos soltaban me hacía más difícil contenerme.
Pero yo no iba a intervenir. No todavía.
Ana tenía dos vergas a su disposición. Una en cada mano. Su boca alternaba entre ambas como si supiera que su deber ahora era exactamente ese: preparar a esos hombres para lo que vendría.
Y entonces, entre jadeos, Funes le dijo:
—Muy bien, señora. Ya está lista. Su boquita nos lo acaba de confirmar. Ahora… vamos a entrarle.
Y Ana… sonrió.
Ana seguía de rodillas entre los dos, con la boca húmeda, los labios brillantes de saliva y de deseo. Las dos vergas que momentos antes lamía con devoción ahora estaban listas. Firmes, brillantes, erectas. Y su cuerpo también. Su culo abierto, su conchita latiendo, el temblor constante en sus muslos… no quedaban dudas: estaba preparada para todo.
Funes se colocó detrás de ella, acariciándole los glúteos ya bien abiertos por las maniobras anteriores. Acomodó la punta de su verga justo sobre el ano relajado de Ana, y comenzó a presionar. Cuenca, en cambio, se puso frente a ella, pero no para que le siguiera chupando. Quería algo más profundo.
—Señora… apóyese en los codos. Arquee bien la espalda. Eso. Así vamos a poder entrarle mejor —dijo Funes con voz más grave, más baja.
Ana obedeció. Apoyó los antebrazos sobre la cama y levantó la cadera. Esa postura terminó de dejarla completamente expuesta. La visión de su culo abierto, tenso, dividido… y la concha empapada justo debajo, era obscenamente perfecta.
Cuenca se acercó por detrás. Su glande rozó los labios vaginales y la penetró de una sola embestida. Ana gimió fuerte, su espalda se arqueó aún más. El primer médico, Funes, no tardó en seguirlo. Ya con el ano relajado y preparado, presionó, entró despacio… y quedó completamente enterrado en su culito.
Ana quedó así: rellena, abierta, gemela y completamente poseída.
—La puta madre… qué sensación —murmuró Funes, agarrándola de las caderas—. Este culo es una joya, Pietro.
—¿Se abre bien, doctor? —pregunté con la voz tomada por la excitación.
—Como si lo hiciera todos los días. Su señora tiene un culo obediente, cálido… y hambriento —respondió mientras comenzaba a mover las caderas.
Cuenca, desde el frente, agarraba los muslos de Ana con fuerza. Su verga entraba y salía, húmeda, ruidosa, dejando sonidos pegajosos en cada embestida.
—Y esta concha —añadió jadeando—. Dios mío… lo chupa, lo envuelve… no quiere soltarlo.
Ana gritaba, gemía, movía las caderas hacia atrás, buscando más. El temblor de su cuerpo no era de nervios: era de placer. Uno que la arrasaba desde adentro.
—¿Y su expresión? —dije, acercándome al rostro de Ana desde un costado—. ¿La vieron? ¿Esa cara de puta agradecida? Mírenla. Mírenla bien.
Funes se inclinó sobre su espalda, aún con su verga enterrada en su culo. La tomó del pelo, con firmeza.
—Señora… ¿usted sabe lo que está haciendo?
—Sí… sí, doctor… me están… llenando… como nunca…
—¿Le gusta que la tengan así? ¿Una pija en el culo… otra en la concha?
—Sí… sí, me gusta… por favor… no paren…
Cuenca la tomaba con ritmo firme, fuerte. Su pelvis chocaba contra la de ella con un sonido carnoso, constante. Funes lo acompañaba desde atrás, con embestidas profundas, que hacían que su cuerpo entero vibrara.
Yo me senté en la silla, al borde de acabarme solo con la vista.
—Nunca la vi así, doctores. Nunca se entregó de esta forma.
—Es porque su señora es una puta maravillosa —respondió Funes sin suavizar las palabras—. Solo necesitaba que la abrieran bien. Que le hablaran como se debe.
—Y que le llenen todos los huecos —añadió Cuenca, jadeando—. Eso es lo que le faltaba.
Ana lloraba. No de tristeza. Era ese llanto sucio, caliente, de cuando el cuerpo no puede más y sigue pidiendo. Su culo apretaba, su concha chorreaba, su voz era puro gemido entrecortado.
—¿Van a acabarle adentro? —pregunté, ya al borde del delirio.
—Claro que sí —respondió Funes—. Este culito pide leche. Lo está ordeñando.
—Y su concha no va a dejar escapar ni una gota —añadió Cuenca—. Se la vamos a llenar, Pietro. Su esposa lo necesita.
Ana se estremeció. Su cuerpo entero convulsionó. Tuvo un orgasmo brutal, largo, desgarrado, gritando como nunca antes. La empalaban por delante y por detrás mientras se venía, derramando placer por cada poro.
Y ellos… no tardaron.
Cuenca apretó los dientes, rugió y se vino dentro de su concha caliente. Funes, un segundo después, se enterró hasta el fondo y llenó su culo con un gemido grave y profundo.
Ana quedó temblando. El cuerpo agotado, desbordado. El rostro contra las sábanas. La boca abierta.
Y yo… yo solo podía admirarla.
—Qué maravilla de esposa tiene usted, Pietro —dijo Cuenca mientras se retiraba lentamente, dejando escapar un hilo de semen de su concha—. Debería llamarnos más seguido.
—Lo haré —respondí con la voz rota—. Créame que lo haré.
Ana quedó tendida boca abajo, el rostro girado hacia un costado, la boca entreabierta. Respiraba con dificultad, los hombros aún se contraían en espasmos suaves. Sus piernas apenas temblaban. El semen de los médicos se deslizaba en hilos perezosos desde su concha y desde su culo abierto y enrojecido. Era una imagen que jamás olvidaría.
Funes se retiró despacio, con cuidado, deslizándose fuera de ella como si no quisiera despertarla de ese trance animal. Cuenca hizo lo mismo. Se miraron en silencio unos segundos. Luego se levantaron de la cama.
Yo seguía sentado, con los codos en las rodillas, la mandíbula apretada, la pija aún dura dentro del pantalón. No había tocado nada. No lo necesitaba. Con verla así… me bastaba.
Cuenca fue el primero en hablar mientras se limpiaba con una toalla húmeda.
—Señor Pietro… su esposa es una joya. Una criatura única. Sincera, reactiva, completamente entregada.
—Tiene un cuerpo increíble —añadió Funes, mientras comenzaba a vestirse—, pero lo más valioso es cómo lo ofrece. Cómo lo entrega. Con pudor… pero con hambre.
—Sí —dije yo, con una sonrisa torcida—. Siempre tuvo ese vicio. Le encanta provocar, hacerse la inocente… y terminar con dos tipos llenándole la colita.
Los tres reímos, en silencio, sin exageraciones. El ambiente se había vuelto más íntimo, más relajado. Habíamos cruzado todas las líneas, y sin embargo, ahí estábamos: hablando como si acabáramos de cerrar un buen trato.
Funes miró hacia la cama. Ana no se había movido. Su respiración seguía pesada, profunda.
—Va a dormir como una niña esta noche.
—Lo necesita —respondí—. Hace tiempo que no la veía así… tan descargada.
Cuenca abrochaba su pantalón cuando volvió a hablar.
—Si nota que se le “calienta” la zona otra vez… ya sabe qué hacer.
—¿Llamarlos?
—Exactamente.
Funes se acercó a mí. Me palmeó el hombro.
—No todos los hombres aceptarían ver lo que usted vio. No todos sabrían disfrutarlo como usted lo hizo. Créame… eso también la excita a ella.
Asentí en silencio. Era cierto.
—Gracias, doctores —dije con sinceridad—. De verdad. Creo que… esto le hizo bien. Nos hizo bien.
—Cuando guste, Pietro —respondió Cuenca, ya con el maletín en mano—. Después de todo… seguimos siendo sus médicos de cabecera.
Se dirigieron hacia la puerta. Justo antes de salir, Funes se giró una vez más, con una sonrisa tranquila.
—Dele un beso cuando despierte. De esos suyos. No de los que dimos nosotros.
—Lo haré —dije, mirando la espalda desnuda de Ana—. Pero creo que hoy… se lo ganó.
Y así salieron. Dejándome con el silencio tibio de la habitación, el aroma húmedo del sexo flotando en el aire… y la imagen imborrable de mi esposa, usada, rendida, y más hermosa que nunca.





