Mi jefe y mi esposa
 
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Mi jefe y mi esposa

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(@jorge-pietro)
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Iniciador del debate   [#1883]

Desde que aceptamos la invitación, sabía que esa noche podía ser un terreno peligroso… y excitante. La empresa había organizado la presentación del nuevo producto en un salón imponente de uno de los hoteles más prestigiosos de la ciudad. Las órdenes eran claras: todos debíamos asistir con nuestras parejas. El jefe lo había repetido con énfasis, como si para él fuera importante vernos en “formato social”.

Ana no protestó; al contrario, sonrió con esa mezcla de picardía y falsa inocencia que me encanta y me dijo:
—Voy a portarme bien… lo prometo.

Claro que yo sabía que con ella las promesas siempre tenían matices.

El salón, cuando llegamos, era un despliegue de luces cálidas, mesas redondas perfectamente dispuestas, una pista de baile en el centro y un escenario al fondo. Nos tocó una mesa algo alejada, medio escondida detrás de una columna, junto a otras parejas que no conocíamos.

Ana estaba preciosa. Vestido negro largo, ceñido en la cintura y en las caderas, espalda completamente descubierta. Los tacones altos le estilizaban aún más las piernas y, sobre todo, resaltaban esa curva perfecta de su cola que ni el vestido podía disimular. Iba sin collar, con apenas unos aros pequeños y el pelo recogido de forma sencilla. Pura elegancia… y sin embargo, cada paso suyo destilaba algo más, algo que todos los hombres del lugar captaban de inmediato.

Lo noté apenas entramos: miradas masculinas siguiéndola, algunas descaradas, otras furtivas. Yo ya estoy acostumbrado, pero siempre me provoca ese cosquilleo de orgullo y peligro.

Después del inevitable discurso del Director General, sirvieron el primer plato. La charla en la mesa era cortés, algo fría, y yo aprovechaba para observar. Entonces lo vi.

En una mesa junto a la pista, un hombre mayor, cabello canoso perfectamente peinado, traje impecable. No bailaba, no hablaba con nadie en ese momento. Solo miraba. O mejor dicho, miraba a Ana. No a su cara, ni a sus manos… su mirada estaba anclada en su cola, siguiendo cada leve movimiento mientras ella acomodaba la postura en la silla.

—¿Bailamos? —me preguntó Ana, interrumpiendo mis pensamientos.

Acepté. La llevé a la pista, que ya empezaba a llenarse. Y ahí, con la música marcando un ritmo suave, su cuerpo empezó a moverse con naturalidad. Esa manera de balancear las caderas, de inclinarse apenas hacia mí… era imposible que pasara inadvertida.

El hombre canoso seguía ahí, inmóvil, los ojos fijos. Su quietud lo delataba más que cualquier gesto. Me acerqué un poco a ella, mis manos en sus caderas, y mientras girábamos la fui conduciendo lentamente hacia el borde de la pista, justo junto a la mesa del observador.

No apartó la mirada ni un segundo. Cuando Ana quedó de espaldas a él, su cola a menos de medio metro de su rostro, pensé que podría fingir que miraba hacia otro lado. Pero no. Se quedó ahí, disfrutando el espectáculo como si no existiera el resto del salón.

Yo lo miré. Él me devolvió la mirada, como preguntando en silencio si ese pequeño espectáculo era para él. Le di un leve gesto de cabeza. Sonrió apenas, y volvió a mirar hacia abajo, a lo que realmente lo tenía hipnotizado.

La música terminó. Volvimos a la mesa y Ana, ajena a todo, me preguntó por el beso repentino que le había dado en la pista. Le respondí con evasivas y ella sonrió, divertida.

El segundo plato llegó. Miré hacia donde estaba el hombre, pero ya no observaba. Charlaba con sus acompañantes, como si nada. Eso me decepcionó un poco; me hubiera gustado ver esa mirada fija un rato más.

Entonces, mientras Ana conversaba con una de las mujeres de nuestra mesa, lo escuché detrás de mí:
—¿Puedo sentarme?

Era él.

—Claro —respondí.

Se presentó como Marcos Acuña, miembro del directorio. Su voz era calmada, con un tono casi amistoso. Hablamos un par de minutos, hasta que fue directo:
—Su esposa es muy hermosa. Y sabe que lo es. Ese vestido le queda… perfecto.

Su mirada se desvió apenas hacia la pista, donde Ana seguía de pie, riendo con su interlocutora.

—Le digo más —continuó—, la he estado observando desde hace rato y… ¿sabe? No parece llevar ropa interior.

El comentario me tomó por sorpresa, pero también me encendió. Lo miré con una sonrisa tensa.
—Puede que lleve algo muy pequeño… —dejé caer.

—Averígüelo —dijo él, y regresó a su mesa.

Me quedé con la última frase del viejo en la cabeza: “Averígüelo”.
La música volvió a sonar y todos en la mesa se levantaron a bailar. Yo me quedé sentado, con la excusa de descansar, pero en realidad necesitaba bajar la tensión que tenía en el pantalón.

Ana estaba en la pista con uno de los compañeros de mesa. El vestido negro se movía al compás de sus caderas, y la abertura lateral dejaba entrever más piel de la que cualquiera podría ignorar. Marcos no bailaba. Estaba en su mesa, de espaldas a ella, conversando tranquilamente… o fingiendo hacerlo.

Cuando Ana volvió a sentarse, me incliné y le susurré al oído:
—No se te marcan las tiras… ¿estás sin nada debajo?

Sonrió con picardía, bajando la voz:
—Nada de nada.

Ese “nada de nada” me recorrió como un chispazo.

—¿Te molesta? —preguntó, sabiendo perfectamente la respuesta.

—Al contrario —respondí.

En cuanto los mozos trajeron el postre, me levanté y, disimulando, crucé hacia la mesa de Marcos. Pasé junto a él y, sin detenerme, le murmuré al oído:
—Tenía razón.

No hizo falta más. Me siguió con la mirada mientras yo me dirigía al baño. Minutos después, escuché su voz detrás de la puerta:
—¿Puedo hacerle una pregunta, Prieto?

Abrí apenas. Él estaba ahí, tranquilo, como si nada en la situación fuera extraño.
—¿Está completamente desnuda debajo del vestido? —insistió.

—Completamente —confirmé.

Hizo una pausa, y luego lanzó la que ya era una propuesta disfrazada:
—¿Cree que querría bailar conmigo?

Yo sabía que la pregunta real no era esa. Pero respondí con calma:
—Puede preguntárselo usted mismo.

—¿Y a usted no le molestaría? —remató.

—No.

No dijo más. Me dejó salir, como si la decisión estuviera tomada.

Cuando volví a la mesa, Ana me recibió con un:
—¿Todo bien?

—Perfecto —dije, sonriendo.

Poco después, escuché esa misma voz grave detrás de nosotros:
—Si su esposo no se opone… ¿me concede este baile?

Ana dudó apenas, mirándome.
—Por mí, encantado —respondí antes de que pudiera decir nada.

Marcos le ofreció la mano. Ella la aceptó y se levantó. Iban hacia la pista, ella delante, él detrás, con la vista fija en ese vaivén natural que el vestido apenas lograba contener.

Yo me acomodé en otra silla, con visión directa. Él se acercó, pero no demasiado; sus manos descansaban en su cintura, guiándola con suavidad. Poco a poco, se acercaban más. Él le dijo algo al oído, y ella sonrió… esa sonrisa que conozco demasiado bien: la que aparece cuando la halagan de forma atrevida, pero no lo suficiente como para escandalizarla.

Desde mi lugar, podía ver cómo la observaba. No sus hombros, no su cuello… solo su cola, como si nada más existiera.

Cuando terminó la canción, él la acompañó de vuelta a la mesa.
—Gracias, señora Pietro —dijo inclinando apenas la cabeza.
—Un placer —respondió ella, todavía algo sonrojada.

Él me miró un segundo más de lo necesario, como confirmando que la partida recién comenzaba.

La música siguió sonando, pero yo apenas la escuchaba. Mi atención estaba en Marcos, que se había vuelto a sentar en su mesa. No miraba a Ana ahora… y eso me resultaba más inquietante. Un jugador que no necesita mirar todo el tiempo es porque sabe que la partida está bajo control.

Esperé un par de canciones antes de levantarme y acercarme, llevando dos copas de vino.
—Por si tenía sed —le dije, dejándole una delante.

Él sonrió, tomó un sorbo y, con un gesto tranquilo, me indicó la silla vacía a su lado.
—Usted y yo ya nos hemos entendido sin decir demasiado —comentó, en un tono tan neutro que cualquiera habría pensado que hablaba de trabajo.

—Es posible —respondí, cuidando la voz.

—Le confieso algo, Prieto —continuó, girándose apenas hacia mí—: no soy hombre de disimular. Si veo algo que me gusta, lo miro. Y si puedo, lo toco.

Lo dijo con tal naturalidad que por un instante sentí que podía estar hablando de un reloj o un auto. Pero no. Su mirada se volvió más precisa:
—Esa cola… debajo del vestido… limpia, suave… ¿me entiende?

Asentí, porque no tenía caso fingir.

—No voy a pedirle nada que no quiera —prosiguió—, pero sí le voy a proponer algo: me gustaría que me la mostrara. Aquí no, claro… pero esta noche.

Lo miré en silencio. Él no apartó los ojos de los míos.
—Piénselo así, Prieto: usted disfruta viéndola provocar; yo, viéndola de cerca. Y ella… —hizo una pausa—, bueno, ella descubrirá que a veces dejarse mirar es un placer distinto.

No contesté de inmediato. Él aprovechó para apurar el vino y añadir:
—No me interesa su conchita, no la toco. Eso es suyo. Pero la cola… las colas hermosas, como la de su esposa, son un regalo para todos los hombres.

Sentí un cosquilleo intenso en la nuca. Su tono no era el de un degenerado, sino el de alguien que cree que está diciendo una verdad indiscutible. Y lo peor… es que me estaba convenciendo.

—¿Y si acepta? —pregunté, tanteando.

—Si acepta, usted me la trae. Yo la miro, la toco un poco… y si se deja, le doy un par de caricias que no olvidará. Usted estará presente, por supuesto.

Se recostó en la silla, como quien ya ha dicho lo que debía.
—El resto… lo dejamos que fluya.

Volví a mi mesa. Ana hablaba animada con una de las mujeres, sin imaginar la conversación que acababa de tener. Yo la miraba y pensaba que Marcos tenía razón: hay un tipo de placer que ella todavía no ha probado.

El trayecto de regreso fue tranquilo, como si el ruido de la fiesta se hubiera quedado atrás. Marcos, desde el asiento trasero, observaba por la ventanilla, pero intervenía de vez en cuando con comentarios suaves.

—Bonita velada —dijo—. Aunque reconozco que, si no fuera por algunas… escenas, habría sido bastante monótona.

Ana giró apenas la cabeza.
—¿Escenas?

—Momentos —corrigió él, sonriendo—. No siempre se tiene la oportunidad de bailar junto a una pareja tan… agradable.

Yo sonreí sin decir nada. El tono era impecablemente formal, pero las pausas y la mirada en el retrovisor decían más.

En casa, Ana dejó su abrigo en el perchero y se sentó en el sillón central. Serví vino para los tres. Marcos se acomodó en el extremo opuesto, no demasiado cerca, pero con el cuerpo orientado hacia ella.

—Señora Pietro, quería agradecerle el baile —dijo después de un primer sorbo—. Fue… distinto a lo que acostumbro.

—¿Distinto en qué sentido? —preguntó ella, con una sonrisa cortés.

—En que no todos bailan con la música. Algunos bailan… con la intención —respondió, sin apartar la vista.

Ana bebió un sorbo, como para disimular una leve incomodidad. Yo noté el rubor que empezaba a asomar en sus mejillas.

—No sé si tengo tanta intención como dice —contestó ella, bajando la mirada.

—Yo creo que sí —replicó él con calma—. Y no lo digo como crítica. Hay personas que llenan un lugar solo con moverse un poco.

La conversación seguía en tono cordial, pero cada frase dejaba una estela.

—En la pista noté algo —continuó Marcos—. Ese vestido… cae perfecto. Y pensé: “qué suerte tiene Pietro”.

—Es un vestido cómodo —dijo Ana, encogiéndose de hombros.

—No es el vestido —aclaró él—. Es la manera en que lo lleva.

Ella me miró un instante, buscando apoyo. Yo me limité a devolverle una sonrisa, como si fuera un comentario más de sobremesa.

—No quiero incomodarla —prosiguió Marcos—, pero siempre me han fascinado las prendas que insinúan más de lo que muestran. Y en su caso, creo que logran el efecto exacto.

Ana dejó la copa sobre la mesa, con un gesto medido.
—A veces es mejor dejar algo a la imaginación —dijo, intentando retomar el control.

—Siempre —admitió él—. Aunque… a veces la imaginación pide confirmaciones.

Ella rió suavemente, y yo pude ver cómo el ambiente empezaba a transformarse: ya no era la charla distante entre un directivo y la esposa de un empleado, sino algo más personal, más lento… más cargado.

—Entiendo lo que quiere decir —respondió Ana, ahora con un brillo distinto en los ojos.

—Me alegra —dijo Marcos, inclinándose apenas hacia adelante—. Y por eso me atrevo a decir que, si en algún momento se siente cómoda, no hay nada más elegante que permitir una mirada franca.

No hubo respuesta inmediata. Ana jugó con el borde del vestido, sin levantarlo, pero consciente de lo que hacía. El silencio se llenó con la respiración de los tres.

—No ahora, claro —añadió él con naturalidad—. Pero algún día, en el momento oportuno…

Ana sonrió, esta vez sin apartar la vista.
—Ya veremos, señor Acuña… ya veremos.

Ana tomó un sorbo más de vino y se recostó apenas en el sillón, relajando los hombros. El gesto parecía pequeño, pero para mí era la señal de que empezaba a sentirse cómoda en esa conversación.

—¿Siempre es así de observador, señor Acuña? —preguntó con tono ligero.

—Solo cuando algo me llama la atención —respondió él, sin dudar.

—¿Y eso pasa seguido?

—No —dijo, y la pausa que hizo antes de continuar fue medida—. Esta noche es una excepción.

Ana sonrió, fingiendo sorpresa.
—Pues me alegra que mi vestido le haya parecido… interesante.

—Ya le dije antes: no es el vestido —repitió él, mirándola con calma—. Pero admito que la elección del negro… ayuda. Es un color que invita a mirar un poco más de lo que uno debería.

—¿Y usted mira más de lo que debería? —preguntó, casi como si lo desafiara.

—Solo cuando vale la pena —contestó.

Se hizo un silencio breve. Ella bajó la vista a su copa, pero en sus labios se dibujaba esa media sonrisa que le sale cuando algo la divierte… y la intriga.

—¿Sabe, señora Pietro? —continuó Marcos—. Esta noche, en la pista, pensé que no había nada más elegante que verla bailar. Pero… creo que hay algo que superaría esa imagen.

—¿Ah, sí? —preguntó ella, sosteniendo ahora su mirada.

—Verla igual de segura, igual de elegante… pero sin ese vestido.

Ana rió, como si el comentario hubiera sido una ocurrencia exagerada.
—Eso ya no es tan elegante —dijo.

—Depende —replicó él—. Si se hace con la actitud correcta… puede serlo mucho más que cualquier prenda.

Ella bebió un poco más de vino. Yo la observaba de perfil: el leve rubor en las mejillas, la respiración un poco más profunda… eran señales claras de que la idea ya no le resultaba tan descabellada.

—De todos modos… —dijo, intentando recuperar un tono neutral—, hay que elegir bien a quién se le da ese privilegio.

—Coincido —respondió Marcos—. Y si alguna vez decide concedérmelo, le prometo que sabré apreciarlo como se merece.

Ana apoyó la copa en la mesa. Sus manos quedaron libres y, casi sin notarlo, una de ellas jugó con el borde del vestido, como tanteando el terreno.

—Ya veremos —repitió, pero esta vez su voz sonaba más suave… más cerca de una invitación que de una evasiva.

Marcos giró suavemente la copa en su mano, observando el líquido como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—No voy a insistir —dijo—. Las cosas que valen la pena… se saborean más cuando uno espera.

Ana sonrió.
—Me alegra que lo entienda.

—Lo entiendo —asintió él—. Pero también sé que hay momentos en los que uno simplemente… siente que es ahora. Y no después.

Ana ladeó la cabeza, divertida.
—¿Y cree que este es uno de esos momentos?

—Creo que está muy cerca de serlo —contestó, y sus ojos bajaron un instante, con la excusa de beber, hacia la línea que dibujaba el vestido sobre sus piernas.

Yo apoyé la copa en la mesa y me acomodé en el sillón, dejando que ellos se midieran con la mirada.

—Señora Pietro… —continuó Marcos—, en la pista me regaló un instante que voy a recordar. Esa vuelta, ese instante en que quedamos frente a frente y, detrás de usted, el salón entero… No fue solo un paso de baile. Fue una muestra.

—Una muestra… —repitió Ana, como probando la palabra.

—Sí. Y aunque estaba vestida, todos supimos lo que había debajo.

Ella se echó hacia atrás, con una sonrisa que ya no era solo cortesía.
—Todos… ¿o usted?

—Yo. Pero créame… habría querido que fueran todos.

Ana se rió, pero esta vez el rubor en sus mejillas no era de vergüenza.
—¿Y qué le hace pensar que no hay nada?

—Nada me lo hace pensar —corrigió él, mirándola fijo—. Lo sé. Y es lo que lo hace fascinante.

La mano de Ana, distraída, volvió a jugar con el borde del vestido. Lo alisó, lo estiró… y en un gesto casi inconsciente, lo subió apenas, un par de centímetros.

—Tal vez le guste imaginar más que ver —dijo ella.

—Tal vez —aceptó Marcos—. Pero nada supera el instante en que la imaginación se rinde ante la realidad.

Yo me incliné un poco hacia ella.
—No tenés que hacer nada que no quieras —dije, sabiendo que no la estaba disuadiendo, sino dándole el empujón que esperaba.

Ana respiró hondo, apoyó la copa y, sin levantarse, giró un poco las caderas hacia Marcos. Su rodilla se desplazó, el vestido cedió… y un destello de piel más arriba de lo habitual quedó expuesto.

No dijo nada. Tampoco él. Solo la miró, como si memorizara cada detalle.

El silencio en el living se había vuelto espeso, pero no incómodo. Era el tipo de silencio en el que nadie quiere interrumpir lo que está a punto de suceder.

Ana jugaba con el borde del vestido, como si estuviera probando su propia osadía. Subía apenas un par de centímetros… y luego lo bajaba, como si midiera el efecto. Marcos no decía nada, solo la observaba con esa quietud que tenía el poder de ponerla más nerviosa que cualquier frase atrevida.

—Parece que se divierte —comentó él finalmente, con voz baja.

—Un poco —admitió ella.

—Yo también —respondió, y volvió a mirarla directo a los ojos.

Yo notaba cómo a Ana se le marcaba la respiración bajo el escote. Esa mezcla de nervio y excitación que la hacía más peligrosa que nunca.

—Si sigue jugando así… —continuó Marcos—, va a ser difícil que pueda olvidar esta noche.

—Eso es bueno, ¿no? —preguntó ella, casi con inocencia.

—Es excelente —afirmó él—. Pero me preocupa que deje el final a medias.

Ella lo miró un momento, con una sonrisa que ya no era tímida, y volvió a subir la tela, esta vez sin bajarla. Quedaron al descubierto buena parte de sus muslos y el inicio de la curva perfecta que ambos sabíamos dónde terminaba.

Marcos inclinó apenas la cabeza, como quien examina una obra de arte.
—Qué línea… —susurró.

Ana apoyó una mano en la parte alta del muslo, lo giró un poco hacia él y subió otro tramo. Ahora, la tela ya rozaba la unión de sus piernas.

—Ahí ya no queda mucho que imaginar —dijo, con media sonrisa.

—Queda lo justo para que quiera un centímetro más —contestó él.

Se quedaron mirándose, como si en ese cruce silencioso se estuvieran dando permiso. Y entonces, muy despacio, Ana tomó el dobladillo y lo subió hasta dejar su sexo completamente expuesto.

No llevaba nada. Y ambos lo sabíamos desde antes, pero verlo así…

Marcos no se movió. No extendió la mano. Solo se recostó un poco hacia atrás, como para abarcarla con la mirada.
—Gracias… —murmuró—. Es aún más hermoso de lo que imaginaba.

Ana respiraba rápido. Sus mejillas estaban encendidas, y aunque seguía sentada, su postura era la de alguien que se sabe observada y lo disfruta.

Yo sentía que el momento podía durar para siempre, y aun así, sabía que estábamos a un paso de algo más.

Marcos sostuvo la mirada unos segundos más, como si quisiera grabar en su memoria cada detalle. Luego, apoyó la copa en la mesa con cuidado y habló sin levantar la voz:
—Señora Pietro… ¿me concedería el privilegio de verla de pie?

Ana lo miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
—¿Así… sin nada?

—Tal como está ahora —confirmó él—. Pero de pie… y de espaldas.

Ella giró la vista hacia mí. Yo no dije nada, solo le sostuve la mirada y le di una leve sonrisa, la clase de gesto que ella ya conoce como un sí silencioso.

Respiró hondo, recogió el vestido que aún descansaba sobre sus piernas y se incorporó con calma. Los tacones hicieron un leve sonido contra el piso. Se quedó de frente a él, como si quisiera darle un último instante antes de girar.

—¿Así? —preguntó.

—Hermosa… —murmuró Marcos—. Pero aún no.

Ella sonrió, disfrutando de la expectativa que él le marcaba, y lentamente empezó a girar hasta quedar completamente de espaldas. El vestido seguía recogido en sus manos, dejando toda su piel al descubierto desde la espalda baja hasta la curva perfecta de su cola.

Marcos no se inclinó ni se acercó; simplemente se acomodó en el asiento y la recorrió con la mirada, deteniéndose en cada detalle, como si estuviera evaluando una escultura.
—Es… magnífica —dijo al fin—. La forma, la simetría… y la actitud.

Ana se mantuvo erguida, pero yo podía notar cómo tensaba y relajaba sutilmente los glúteos, dándole un leve movimiento, casi imperceptible, que hacía la imagen todavía más provocativa.

—Mueva apenas la cadera… —pidió él, y su voz sonó más grave.

Ella obedeció, lenta, elegante, consciente de que lo que estaba haciendo no era ya un juego inocente.

Marcos soltó un suspiro bajo, casi un gemido controlado.
—Así… perfecto.

Yo sentía el pulso en las sienes. Ana sabía que estaba siendo observada con devoción y eso, como siempre, la encendía.

—Quédese así unos segundos más —añadió él—. Quiero grabar este momento.

Y ella, sin decir nada, se quedó inmóvil, ofreciéndole la vista que él había estado imaginando desde la pista de baile.

Marcos se tomó un momento, como si evaluara cada curva con la precisión de un coleccionista. Después, su voz salió más baja, más lenta:
—Señora Pietro… ¿puedo pedirle algo más?

Ana giró apenas la cabeza para mirarlo por encima del hombro.
—Depende…

—Inclínese un poco hacia adelante —dijo—. Solo lo suficiente para que la caída de la espalda se prolongue… y yo pueda verla en todo su esplendor.

Ella no se movió enseguida. Jugó con la idea unos segundos, como si midiera la situación. Yo vi esa sonrisa mínima que siempre delata que ya tomó la decisión.

Con un paso pequeño hacia adelante, separó un poco los pies y, muy despacio, empezó a inclinarse desde la cintura. El vestido, aún recogido en sus manos, no cubría nada: la curva perfecta de sus glúteos quedó más marcada, la tensión en la piel dibujaba sombras suaves bajo la luz del living.

Marcos exhaló como si hubiera estado conteniendo la respiración.
—Increíble… —susurró—. Es aún más hermosa así, ofreciéndose sin prisa.

Ana se quedó en esa posición, erguida de cintura para abajo pero con la espalda inclinada, girando levemente la cadera a un lado y al otro, un movimiento casi imperceptible pero suficiente para que el efecto fuera hipnótico.

—No se mueva… —pidió él—. Déjeme mirarla un poco más.

Ella obedeció, respirando más rápido. Yo podía ver cómo se le erizaba la piel, una reacción que solo le aparece cuando está excitada de verdad.

—¿Le gusta lo que ve? —preguntó Ana, sin levantar la cabeza.

—Me fascina —respondió Marcos—. Y me gusta más porque sé que me lo está mostrando porque quiere… no porque se lo ordené.

El silencio que siguió fue denso, cargado. Marcos se acomodó en el asiento, sin apartar la vista, como si cada segundo valiera oro. Ana, aún inclinada, levantó apenas la vista hacia mí. Sus ojos tenían esa mezcla peligrosa de timidez y desafío que me hizo entender que, en ese punto, ya no había vuelta atrás.

Ana seguía inclinada, las manos recogiendo el vestido contra su vientre, la espalda arqueada y la cola parada como si fuera consciente de que esa postura la volvía irresistible. El silencio del living estaba cargado, solo interrumpido por su respiración y la mía.

Marcos no apartaba los ojos de ella. Llevaba la copa en la mano, pero no bebía. Finalmente habló, sin mirar hacia mí:
—Pietro… ahora entiendo.

—¿Qué entiende? —pregunté, recostado en mi sillón.

—Por qué un hombre se casa con una mujer así —dijo con calma—. No solo por su belleza… sino porque sabe que esa belleza no es para esconderla.

Ana no se movió, pero el leve temblor en sus muslos me dijo que estaba escuchando cada palabra.

—Siempre me gustó que la miraran —admití—. Pero nunca había visto a nadie mirarla así.

Marcos sonrió, todavía con la vista fija en su objetivo.
—No la estoy mirando… la estoy estudiando. Cada curva, cada sombra. La forma en que su piel refleja la luz… y cómo ese hoyuelo en la base de su espalda parece invitar a bajar la mirada.

Yo lo observaba, y sentía la misma mezcla de orgullo y calor que me recorre en esos momentos.
—Usted sabe elegir las palabras.

—No son palabras, Pietro —contestó—. Es la verdad. Ese culo, así de firme y parado, no se ve todos los días. Y menos aún… a esta distancia.

Ana soltó un suspiro, breve pero audible.

—¿La escuchó? —preguntó él, sin dejar de mirarla.

—Sí —respondí—. Está disfrutando que la describa.

Marcos asintió.
—Claro que lo disfruta. Una mujer así no se inclina así delante de dos hombres si no le gusta.

Me incliné un poco hacia adelante.
—¿Y qué haría si pudiera tocarla?

Él sonrió, apenas.
—No voy a tocarla. No esta noche. Pero le diré algo… —hizo una pausa, bebiendo un sorbo lento—. Si fuera mía por un minuto, la tendría así, quieta, mientras le hablo al oído de todo lo que le haría después. Y la dejaría pensando en eso hasta no poder dormir.

Ana respiró más hondo. No se giró, pero sus manos tensaron el vestido contra su vientre, como si quisiera aferrarse a algo.

—Pietro… —dijo Marcos, ahora mirándome por primera vez—, usted es un hombre afortunado. No solo por tenerla… sino por poder compartir esta vista conmigo.

Yo sonreí, sintiendo que el calor en la habitación ya era insoportable.

Ana seguía con la cola parada, inmóvil, como si fuera una estatua. Pero yo la conozco demasiado: ese leve balanceo de cadera, casi imperceptible, era su forma de decir “quiero más”.

Marcos lo notó, claro que lo notó.

—Se está moviendo… —comentó en voz baja, con un tono más grave—. No sé si quiere que me acerque… o si me está probando.

—La estás probando tú —le dije, sin apartar la vista de ella—. Y sé que eso la enciende.

Ana hizo un movimiento más claro: separó apenas los pies, lo justo para que la postura cambiara y la curva se marcara aún más. El vestido seguía recogido contra su vientre, dejando su piel completamente expuesta.

Marcos soltó una risa breve, como quien reconoce que está perdiendo una batalla interna.
—Pietro… con esa invitación… ¿cómo se supone que un hombre se quede quieto?

—Tal vez… no se supone —le contesté, viendo cómo sus manos, que hasta ahora descansaban en los brazos del sillón, empezaban a tensarse.

Ana arqueó un poco más la espalda, ofreciendo su cola de manera descarada. Ya no era un juego disimulado: estaba pidiéndolo.

Marcos dejó la copa en la mesa, despacio. Se inclinó hacia adelante, apoyó una mano en el respaldo del sillón para incorporarse y dio un paso hacia ella. Ana no se movió; al contrario, bajó un poco más el torso, como si quisiera facilitarle el acceso.

Se colocó detrás, tan cerca que yo pude ver cómo el calor le enrojecía la piel de la nuca. Su mano se levantó y, finalmente, se posó sobre uno de sus glúteos. No hubo un gesto brusco, ni una caricia rápida: la sostuvo, sintiendo el peso y la firmeza, mientras el pulgar delineaba la curva.

Ana soltó un gemido bajo, inmediato.

—Tenía razón —susurró él, con la mano aún ahí—. Es perfecta… y no se le resiste a nadie que sepa mirarla.

Ella giró apenas el rostro hacia mí, con esa expresión mezcla de triunfo y deseo que me dice que está exactamente donde quiere estar.

—Ahora… —dijo Marcos, apretando suavemente antes de soltarla—, quiero verla moverse para mí.

La mano de Marcos quedó en el aire apenas un segundo después de soltarla, como si se negara a alejarse.
—Separe un poco más los pies —dijo en voz baja, pero firme.

Ana obedeció sin dudar, y la postura cambió: su cadera quedó más abierta, la curva de su cola más marcada, y la piel, tensa bajo la luz, se veía aún más tentadora.

—Así… —murmuró él—. Ahora, mueva despacio la cadera, solo un lado y luego el otro…

Ana comenzó a balancearse, lenta, como si midiera el ritmo. Marcos la observaba fijamente, y yo podía ver cómo sus dedos, que rozaban la piel, empezaban a recorrerla con más confianza.

—Eso… —la animó—. Como si bailara para mí, pero aquí.

Su mano derecha cubrió todo un glúteo, apretándolo sin pudor. Lo amasó con fuerza, disfrutando la textura, y luego pasó al otro, repitiendo el gesto. Ana respiraba más rápido; la piel se le erizaba bajo cada caricia.

—Pietro… —dijo Marcos, sin mirarme—, ¿se da cuenta de lo que tiene aquí?

—Lo sé —respondí, viendo cómo sus dedos ahora recorrían el centro, rozando la línea más íntima.

Ana soltó un suspiro prolongado cuando él separó suavemente las nalgas, dejando expuesto el hoyito.

—Perfecta… —susurró, y sin apartar la vista, escupió en su mano y dejó que el pulgar lubricado deslizara despacio por esa abertura.

Ella se estremeció, aferrándose más fuerte al vestido contra su vientre.

—Relájese… —le indicó con voz grave—. Quiero sentirla…

Y entonces, con calma, presionó hasta que la yema entró, seguida del resto del dedo. No hubo prisa, solo la invasión lenta y calculada que la hizo gemir sin disimulo.

—Eso es… —añadió—. Así… déjeme entrar…

Marcos empezó a mover el dedo dentro de ella con un ritmo medido, la otra mano aún amasando su glúteo como si fuera parte del mismo acto. Ana ya no estaba rígida; su cadera acompañaba el movimiento, entregándose al juego.

Yo observaba, sintiendo el calor subirme por la garganta. Era el momento en que la noche ya había cruzado un límite del que nadie quería volver.

Marcos no apuraba el ritmo; parecía tener un control absoluto de su mano y de la reacción de Ana. Su dedo, firme y seguro, entraba y salía con movimientos lentos pero precisos, mientras la otra mano seguía masajeando y separando, dándole todo el protagonismo a esa parte de su cuerpo que él había estado deseando desde la pista de baile.

—Eso es… muévase conmigo —le indicaba, y Ana obedecía, empujando la cadera hacia atrás para encontrarlo en cada embestida de su dedo.

Su respiración era cada vez más corta, más entrecortada. La vi aferrarse con fuerza al respaldo del sillón, inclinándose un poco más, la cabeza baja y los labios entreabiertos. Marcos lo notó y ajustó apenas la presión, hundiendo el dedo más hondo y girándolo en pequeños círculos.

—Ah… —soltó ella, casi como un lamento.

—No se detenga… —la animó él, y con la otra mano le dio una palmada firme pero medida, como un golpe de aprobación.

El sonido y la sensación la desbordaron. La cadera de Ana tembló, y su voz se quebró en un gemido largo mientras su cuerpo entero se estremecía. Fue su primer orgasmo de la noche, y lo sintió ahí, donde él había puesto toda su atención.

Cuando recuperó un poco el aliento, yo me levanté. Me acerqué por detrás y, con calma, deslicé el vestido hacia abajo hasta que quedó a sus pies. Ella se irguió, todavía agitada, completamente desnuda frente a nosotros.

Marcos la miró un momento, como si evaluara el siguiente paso, y luego se giró hacia mí.
—Pietro… —dijo con una voz grave y segura—, ¿me permitiría llevarla a su lecho matrimonial?

Ana lo miró de reojo, expectante.

—Quiero seguir jugando con esta maravilla —continuó, posando una mano abierta sobre su glúteo desnudo—, pero le doy mi palabra: la vagina de su esposa es solo para usted. Yo no cruzo ese límite.

Yo sostuve su mirada unos segundos. El ambiente estaba cargado, pero en sus palabras había una mezcla de deseo y respeto que me resultó extrañamente tranquilizadora.

—¿Es cierto? —preguntó Ana, como queriendo escuchar la confirmación de su boca.

—Lo prometo —respondió él sin dudar—. Solo su cola… y nada más.

Entramos al dormitorio. Ana, desnuda, avanzó hacia la cama sin que nadie se lo pidiera. Sus pasos eran lentos, pero su respiración delataba que la excitación le corría por todo el cuerpo. Se inclinó sobre el colchón, apoyando las manos y las rodillas, y nos regaló esa vista que ya nos tenía hipnotizados.

Marcos se quitó el saco y la camisa con calma, sin dejar de mirarla.
—Pietro… creo que su cama es más cómoda de lo que imaginaba —dijo con una sonrisa—. Me gustaría probar qué tan bien se mueve su esposa aquí.

—Es toda suya —contesté, tomando asiento en la butaca del rincón.

Él se acercó y posó ambas manos sobre sus glúteos, separándolos con suavidad. La besó allí, primero alrededor, como si delimitara un territorio, y luego directamente sobre el centro. Su lengua húmeda recorrió el orificio con lentitud, entrando apenas, saliendo y volviendo a entrar.

—Dios… —susurró Ana, bajando la cabeza en la almohada.

—¿Le gusta, señora Pietro? —preguntó él, sin detenerse.

—Sí… —respondió con voz temblorosa.

Metió un dedo, después otro, girando suavemente, ampliando la sensación. Luego tres, entrando con calma pero sin pausa, mientras su lengua seguía jugando alrededor. Ana comenzó a gemir más fuerte; su cadera temblaba con cada movimiento.

—Pietro… —dijo Marcos, mirándome—, su esposa está recibiendo mis dedos como si fueran suyos.

—Lo sé —respondí—, y sé que le encanta.

Ana tuvo otro orgasmo ahí mismo, contrayendo los músculos alrededor de sus dedos mientras su cuerpo entero se sacudía.

—Eso… —murmuró él—. No se reprima, déjelo salir todo.

Cuando su respiración se calmó un poco, Marcos se incorporó y empezó a desabrochar el cinturón. Bajó el pantalón y el calzoncillo, dejando a la vista un miembro grueso y largo, ya totalmente erecto.

Ana lo miró de reojo, y yo vi cómo sus pupilas se dilataron.

—Pietro… —dijo Marcos, con el pene en la mano—, ¿me permite que su esposa lo pruebe?

—Por supuesto —le contesté—. Estoy seguro de que lo va a disfrutar.

Él se acercó al borde de la cama. Ana, sin que nadie se lo pidiera, se giró y se arrodilló frente a él. Lo tomó con una mano, lo miró un instante, y luego se lo llevó a la boca. Lo envolvió por completo, hundiéndose hasta que casi lo tragó entero.

—Así… —murmuró Marcos, cerrando los ojos—. Su mujer es… extraordinaria.

—Lo sé —dije, disfrutando cada segundo.

Ana trabajaba con devoción: lo lamía desde la base, volvía a chuparlo entero, giraba la lengua alrededor del glande y lo engullía de nuevo, sin apartar la vista de él.

—Míreme mientras lo hace —le pidió Marcos, sujetándole el mentón—. Quiero que vea cómo me vuelve loco.

Ella obedeció, y esa mirada, combinada con el movimiento perfecto de su boca, llenó la habitación de un silencio cargado de respiraciones pesadas y gemidos ahogados.

Ana seguía arrodillada frente a Marcos, chupando su miembro con la misma devoción con la que otras mujeres rezan. Sus manos lo acariciaban a la vez, y cada tanto lo dejaba escapar de su boca para lamerlo desde la base hasta el glande, antes de tragárselo entero otra vez.

Marcos le apartó un mechón de pelo del rostro, sin dejar de mirarla. Luego levantó la vista hacia mí.
—Pietro… ¿me permite seguir el siguiente paso?

Sabía perfectamente a qué se refería.
—¿El que me prometió? —pregunté, mirándolo fijo.

—Exactamente —respondió, apretando el miembro con una mano—. Solo su cola. La conchita es suya.

—Entonces… hágalo —dije, acomodándome en la butaca para verlo todo.

Ana lo miró un instante, con la boca húmeda y los labios brillantes, y sin decir nada giró sobre sí misma. Se apoyó en la cama con las manos y las rodillas, ofreciéndole la vista de su culo perfectamente redondo y ya preparado por sus dedos y su lengua.

Marcos se acercó, apoyó una mano en su cadera y con la otra dirigió su verga hacia el centro.
—Está perfecta para mí… —murmuró.

—Para usted —confirmé—. Pero recuerde: solo ahí.

Él asintió y, con un movimiento lento, empezó a entrar. La punta se abrió paso con facilidad, y el gemido de Ana llenó la habitación.

—Dios… —suspiró ella—, es tan grande…

—Relájese… —le indicó Marcos, avanzando un poco más—. Quiero que lo sienta todo, pero sin prisa.

La penetración fue lenta, hasta que la tuvo completamente dentro. Ana respiraba hondo, con los ojos cerrados y la boca entreabierta.

—¿Ve, Pietro? —dijo Marcos, moviéndose despacio—. Está recibiéndome como si hubiera estado esperando esto toda la noche.

—Lo sé… y sé que la está disfrutando —respondí, viendo cómo Ana movía apenas la cadera para ajustarse al ritmo.

Él empezó a marcar un vaivén más firme. Su mano libre acariciaba y apretaba los glúteos de Ana, a veces separándolos para mirarla mejor. Cada embestida la hacía soltar un gemido más fuerte.

—Qué culo… —murmuró—. Es como fue hecho para mí.

—Para usted, esta noche —le corregí—. Pero recuerda que siempre vuelve a mí.

—Claro… —respondió con una sonrisa breve, sin dejar de moverse—. Yo solo estoy de visita.

El ritmo subió. Ana ya no gemía, jadeaba abiertamente, apoyando la frente en la almohada mientras su cuerpo temblaba con cada empuje. Marcos la tomaba de las caderas, empujando hasta el fondo, y luego salía lentamente, solo para volver a entrar con la misma intensidad.

—Me voy a correr… —avisó ella, con la voz quebrada.

—Hágalo —dijo él, clavando el ritmo—. Quiero sentir cómo me aprieta mientras acaba.

Su cuerpo se tensó, y un gemido largo, casi un grito, marcó su segundo orgasmo. Marcos se quedó unos segundos dentro, inmóvil, disfrutando de la contracción, antes de reanudar los movimientos con un suspiro de placer.

Marcos mantenía el ritmo firme, sujetando las caderas de Ana como si no quisiera soltarla. Yo veía cómo su verga entraba y salía de su culo completamente abierto, húmedo y brillante bajo la luz.

—Pietro… —dijo sin dejar de moverse—, creo que voy a…

—Hágalo —lo interrumpí—. Llénesela toda.

Ana, jadeando, levantó un poco la cabeza para mirarme. Tenía el rostro enrojecido, el pelo revuelto, y esa mirada de entrega total que solo le había visto en momentos muy concretos.

Con una última embestida profunda, Marcos soltó un gruñido bajo y se quedó dentro, descargando en su interior. Ana gimió fuerte al sentirlo, arqueando la espalda para recibirlo mejor.

—Así… —susurró él, apretando las manos contra su piel—. Toda para mí… esta noche.

Permanecieron unidos unos segundos, respirando agitados. Luego, Marcos se inclinó sobre ella, y sin sacarla de su interior, la tomó del mentón para girarle el rostro. Se besaron en la boca con devoción, un beso lento, húmedo, como si no existiera nada más en ese momento.

Yo ya no podía contenerme. Con una mano en mi pene, me masturbaba rápido, siguiendo el ritmo de sus bocas y sus cuerpos aún unidos. Un par de segundos después, exploté, descargando sobre mi abdomen, respirando con la misma agitación que ellos.

Marcos finalmente salió de ella, y Ana se dejó caer de lado sobre la cama, exhausta. Él se recostó junto a ella y, mirándome, dijo:
—Pietro… si no le molesta, me gustaría quedarme a dormir con su esposa.

La frase me golpeó, pero no me sorprendió.
—¿En mi cama? —pregunté.

—En nuestra cama esta noche —corrigió con una leve sonrisa—. Solo necesito saber… ¿cuál es su lado?

Me quedé de pie un momento, mirándolos. Ana no dijo nada, pero su respiración rápida y sus mejillas encendidas hablaban por ella.
—El izquierdo —respondí.

—Perfecto. Yo dormiré a la derecha —dijo, acomodándose junto a ella y abrazándola por la cintura.

Recogí mi ropa y salí del dormitorio, cerrando la puerta sin hacer ruido. En el living, improvisé una cama en el sillón. Intenté relajarme, pero al cabo de unos minutos, desde el pasillo, empezaron a llegar sonidos claros: el golpeteo rítmico del colchón, jadeos ahogados, y la voz de Ana rompiéndose en gemidos que iban subiendo de tono.

Cerré los ojos y me dejé llevar por ese coro íntimo, sintiendo que la noche apenas empezaba… para ellos.

La penumbra del living me envolvía. Me recosté en el sillón, todavía con el cuerpo caliente, intentando cerrar los ojos… pero no podía. Desde el dormitorio llegaban los sonidos que me mantenían despierto y despierto el deseo.

Primero, un silencio breve. Luego, el leve crujir del colchón, pausado, como si él se acomodara detrás de ella. Después, un susurro grave, apenas inteligible:
—Así… eso es…

Ana respondió con un gemido bajo, que enseguida se volvió un suspiro más largo.

El ritmo en la cama cambió; el golpeteo se hizo constante, acompañado de jadeos entrecortados. Cerré los ojos y lo vi: Marcos sujetándola por la cintura, hundiéndose en su cola una y otra vez, tal como había prometido.

—Más… —alcancé a oírla pedir, con la voz rota.

—¿Quiere más, señora Pietro? —la provocó él.

—Sí… más fuerte…

El golpe de piel contra piel se volvió más marcado, y Ana empezó a gemir sin contenerse. Entre respiraciones agitadas, se escapaban frases suyas que me atravesaban como cuchillas:
—Ah… así… no pares… sí…

Yo, en el sillón, sentía cómo la imagen mental era tan nítida que podía verla frente a mí, arqueando la espalda, aferrándose a las sábanas.

De pronto, su voz se alzó más que nunca, un grito ahogado que terminó en un gemido largo. El sonido del colchón se detuvo unos segundos. Imaginé el momento exacto: su cuerpo temblando, él apretándola contra sí mientras la llenaba de nuevo.

El silencio volvió, pero duró poco. Un susurro suyo se coló por la rendija de la puerta:
—No sueltes mi cintura… quiero dormir así.

Y después, la voz baja de Marcos, casi triunfante:
—Como quiera, señora Pietro.

Me quedé quieto en el sillón, mirando hacia el techo. Sabía que en esa cama, a pocos metros, mi esposa dormía abrazada a otro hombre… y que esa imagen, lejos de molestarme, me acompañaría hasta que me venciera el sueño.



   
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