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Vaciar todo

Soy actor

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Drawneer von Darbis
(@drawneer-von-darbis)
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Soy actor. No, no es lo que parece, no soy actor porno. Soy actor de películas que podríamos llamar convencionales, aunque tampoco es que sean muy convencionales las películas en las que trabajo. Nunca he hecho de galán guaperas, doy más bien en papeles de carácter, por mis rasgos marcados y mis facciones. Dicho de otra forma, porque no soy guapo. Pero es bastante normal que me ofrezcan papeles de villano, y hace unas semanas tuve la suerte, si se puede llamar así, de que me eligieran para una película que podría contar con el respaldo de la industria, y a la vez podría arriesgar creativamente. Así que parecía que sería una gran oportunidad.

La película, una vez leído el guion, es un canto al ego del director, una forma de recordarnos a todos lo bien que escribe y dirige películas de este tipo. Es demasiado pretenciosa, demasiado intensa, demasiado complicada, demasiado lenta, demasiado todo. Pero tiene algo muy bueno, muy muy bueno. La actriz principal: Stella. Es absolutamente impresionante. Gran actriz, gran mujer, gran físico y si seguís leyendo descubriréis que también gran amante. La conocí en algún certamen hace unos meses y estoy convencido de que es una persona dulce, sensible, cariñosa, inteligente... Un rayo de sol.

Una de las escenas cumbre de la película es un polvo rabioso y a mala leche entre su personaje y el mío. Yo no soy el héroe de la película, soy el villano, el malo, pero, tal como dijo el gafapasta del director, “esta tórrida escena marca la relación ambivalente de los personajes, la fuerza en la que ambos quieren poseerse, y, también, en la que ambos quieren someterse”. A mí me pareció una excusa para meter carne en pantalla, pero no me preocupaba. Ya he hecho escenas así en bastantes películas; estoy acostumbrado, hago mucho deporte y me cuido. No me asusta.

Durante los primeros días estuvimos rodando las escenas del inicio de la trama. Tiros, insultos, carreras de coches y frenazos. Nada que no se pueda rodar casi de memoria. Pero una mañana al salir del hotel el ayudante del director nos da la parte del guion que rodaremos y toca la escena de sexo. He dormido bien, desayunado mejor y me encuentro genial, es un buen día para ello. Vamos a maquillaje, como todos los días, y, como hacen cuando hay una escena así, los maquilladores me piden que me desnude, para comprobar si mi vello corporal es el adecuado para salir en pantalla, y retocar con maquillaje lo que haga falta. Las típicas bromas de un hombre desnudo entre una docena de miembros del equipo, nunca mejor dicho. No hay ningún morbo por mi parte, pero alguna de las maquilladoras tiene el pulso menos firme de lo habitual en según qué sitios. Eso me provoca cierto entusiasmo. En un momento de despiste, desviando mi atención para evitar una erección, veo que Stella está esperando, con una bata, a que acaben conmigo. Me imagino la misma escena, ella de pie en este mismo lugar, rodeada de maquilladores, mientras la repasan de arriba abajo, igual que a mí, y la erección por fin acaba por aparecer. Afortunadamente ya casi están acabando conmigo y puedo escaparme sin que se note. Me visto con la ropa de mi personaje, un narcotraficante, y releyendo el guion me olvido de que Stella está en maquillaje, hasta que casi una hora después aparece en el plató, con la misma bata, y el director nos llama.

– Recordad, esta es la escena que va a hacer cambiar la historia. No es una escena de sexo, ni mucho menos de amor, sino de obsesión, de dominación, de violencia. – habla como si tuviera la boca llena, aunque no come nada. Será su ego lo que se le atraganta. – Quiero que mordáis con las manos, que os beséis para absorberos la esencia, que vuestros cuerpos combatan, no forniquen.

Sí, sí, ya me conozco la historia. Comienza el rodaje. Entro en la habitación, ella está hablando por teléfono, vestida con la bata. Me acerco, me ve, cuelga, nos decimos cosas aprendidas del guion y ella dice:

– Los dos sabemos lo que va a pasar aquí, pero no cómo va a terminar.

No tiene sentido, pero es la frase para que todo comience. La miro a los ojos, la tomo por esa cintura magnífica que le remarca la seda de la bata, la pego a mi cuerpo y me como su boca, como dijo el director, para robarle la esencia. Hay tres cámaras a la vez, en distintos ángulos; ya se apañará el que tenga que hacer el montaje. Me olvido de que tengo dos docenas de personas mirando y me hundo en el beso, mientras con mis manos muerdo su espalda y con mi pelvis empujo la suya. Su perfume es lo único real que entra en mis sentidos ahora mismo, y lo respiro a bocanadas. Saco mi lengua de su boca, le aparto el pelo de la cara y le cojo las mejillas con dulzura para besarla de nuevo...

– ¡¡¡Corten!!!

Vaya, se me ha olvidado lo de la dominación y tal. Un beso con las manos en la cara no debe de ser lo que se espera de mí. El director dice algunas cosas que apenas escucho, ya que vienen a decir exactamente lo que supuse. Sin manos en la cara.

– Desde el principio, ¡acción!

Otra vez vuelvo a entrar en la habitación, la misma palabrería, la misma frase sin sentido:

– Los dos sabemos lo que va a pasar aquí, pero no cómo va a terminar.

La misma forma de cogerla para atraerla hacia mí. La misma sensación al oler su perfume, el mismo sabor de su boca, la misma suavidad de la seda en su espalda. Pero esta vez no me olvido de lo dicho y mis manos van mordiendo su carne a bocados pequeños, como si reptaran, hasta que me adueño de los cachetes de su culo prieto y turgente, caliente bajo la seda, ese culo que en una ocasión me convenció para conocer a la persona que lo poseía, y que se estremece un poco al contacto. La aprieto contra mí mientras sigo comiéndome su boca. Una cámara está a dos palmos de nuestras caras y le voy susurrando las palabras que vienen en el guion para ese momento: ninguna de ellas es la que diría a la verdadera Stella. Me mira a los ojos con furia y busca el cinturón de mis pantalones. Abro su bata, sus pechos quedan a la vista; comienzo a bajarla por sus hombros, pero a la altura del codo la cierro, inmovilizándole los brazos, y la pongo de espaldas a mí tirando de ella con fuerza. Sigo susurrando con mi cabeza en su pelo y le muerdo el cuello y las orejas. Cuando leí esta escena me imaginé que todo esto sería muy excitante, pero no adiviné cuánto. Tengo que recordarme a mí mismo que toda esa gente está justo ahí, a nuestro alrededor. Pero ella también interpreta bien, y cuando siente mi aliento en su pelo echa su culo hacia atrás, buscando mi entrepierna, y traza círculos sobre mis pantalones a medio abrochar. Esto es francamente alucinante.

Una cámara se coloca para una toma frontal en la que ella está en primer plano, con los pechos al aire, y yo los agarro desde atrás; no los toco, los “muerdo con mis manos”, y puedo comprobar que, además de ser tan bonitos, son naturales. El plano resultante debe de ser casi porno. Rodeo con mi brazo su cintura, y de un tirón vuelvo a tenerla frente a mí. Le suelto la bata, que cae al suelo, y está desnuda, para mí por delante y para la cámara por detrás. Ahora que tiene las manos libres me arranca la camisa de un tirón, los botones salen despedidos, y me suelta los pantalones, que también acaban en el suelo. Tengo otra cámara detrás de mí grabando mi espalda, el borde de mi ropa interior de marca (es la que pone el estudio) y sus uñas arañando mi piel. Luego, un primer plano de mi culo, mientras ella se arrodilla frente a mí. Mis calzoncillos desaparecen de un cachete y luego del otro, muslos abajo. No se puede ver en ninguna cámara pero mi erección está a escasos centímetros de su cara, de la sonrisa borde de la mafiosa que interpreta, y ella la está mirando detenidamente.

– ¡¡¡Cor....ten!!!

¿Eh? ¿Quién ha dicho eso? ¡Ah, sí! El director... Parece que esta toma sí le ha gustado. Ahora vienen varios miembros del equipo y nos ponen una bata a cada uno; una maquilladora trae una especie de esparadrapo y descubro que es un dispositivo para evitar que mi pene salga en el plano. Se adhiere al muslo para que quede oculto, y me aseguran que no duele al quitarse. Me lo dan para que me lo ponga; mejor así, no está la cosa como para que otra persona me toque para ponérmelo, y compruebo que realmente no es doloroso y permite la vida propia del cautivo.

Definitivamente al director le ha gustado la toma. Mientras nos preparan para lo que viene no deja de hablarnos sobre el significado de lo que está pasando en la escena, la implicación de los personajes, lo que representan, bla bla bla, y yo todavía no puedo respirar tranquilo. No sería así como trataría a la verdadera Stella, pero a la mafiosa de la película tal vez sí. Para la siguiente toma ya salgo totalmente desnudo, con el pantalón enrollado en los pies, y ella hace rato que lo está. Me siento bastante juguetón con mi cosa dentro de ese algodoncito y queda mucho más para comprobar si eso funciona o no, pero intento no mirar demasiado a mi compañera de rodaje, aunque la tentación es muy grande.

– ¡¡¡Acción!!!

En este plano vuelve a aparecer mi culo, ligeramente de lado, y se ve la cabeza de Stella, que va y viene acercándose a mi pubis, simulando que tiene la boca llena. Una de sus manos aparece entre mis piernas, en el centro del plano y por debajo de mí, y muerde mis nalgas a pellizcos. Yo tomo su cabeza por los pelos para levantarla; vuelvo a pegar mi cuerpo al suyo, la empujo hasta la mesa del escritorio, la beso todo lo más profundo que puedo, mordiendo su boca, y le doy la vuelta de un impulso seco. Mi pelvis está pegada a sus nalgas, hago que se doble sobre la mesa, apoya sus manos y vuelve a levantar su culo hacia mí. Ahora mismo desearía tenerlo todo totalmente libre para sentirlo en contacto con esa piel. Pero lo único que puedo hacer es simular que busco algo por allí abajo con la mano, que lo coloco en su sitio, y empiezo a empujar con mi abdomen. Pego mi pecho a su espalda, así que mi cara está entre su pelo. Vuelvo a oler su aroma, confundo de nuevo a la mujer con el personaje, y con mis manos tomo otra vez posesión de sus pechos. Doy golpes en sus nalgas, suavemente, mientras con las yemas de mis dedos busco y encuentro sus pezones, y los acaricio suavemente.

– ¡¡¡Corten!!!

Esta vez está enfadado.

– Si quiero un polvo entre colegiales lo pido; quiero que sea mucho más intenso, una carrera a ver quién se corre antes, porque el otro no ha de disfrutar; es una posesión mutua, ¿lo entiendes?

Digo que sí con la cabeza gacha, con todo el cuerpo disparado, y volvemos a la situación inicial, cuando ella finge estar felándome, pero algo ocurre. Al pasar su mano entre mis muslos, como marca la escena, con su dorso ha tocado el paquete en el que tengo protegida mi polla. Está mirando hacia arriba, y no sé si la cara de vicio que ha puesto es por el papel o es un guiño hacia mí. Pero yo sigo en mi personaje. Por segunda vez doblo sus caderas sobre la mesa, por segunda vez me pego a su espalda, por segunda vez tengo la cara en su pelo, y por esta vez no me dejo llevar por el aroma y sigo bombeando con algo que no está pero que se supone que está. Ahora cojo con fuerza sus pechos. No busco sus pezones ni acaricio, solo magreo, muerdo, como dijo el director, y con mi pelvis doy unas buenas sacudidas en sus nalgas. Si esto fuera real, si estuvieran involucradas todas las partes que se simula que están, resultaría un polvo salvaje. Ella abre más las piernas, tanto que casi podría meterme debajo de ella, y pongo los pies entre los de ella; me yergo, la cojo de las caderas y la atraigo hacia mí con mis brazos. Me da la impresión de que mi pubis choca con su coño y juro que siento su calor y su humedad sobre mi vello púbico. Apenas perceptible, pero un ligero chapoteo sí que se puede oír. Fuerzo el movimiento de mis caderas para favorecer el contacto en su coño, mientras repito casi sin voz las palabras “que dan sentido a la escena y que definen el carácter de cada uno”, o sea, varias veces “puta” y “zorra”.

– ¡Corten!

No puede ser. Otra vez no. Me va a matar. Aunque esta vez está bien, es un simple corte de secuencia para el montaje y cambio de plano. Vuelve la acción donde la hemos dejado. Varios manotazos en sus nalgas después, cuando ya estoy seguro de que es su humedad lo que siento avanzando por mi vello, otra frase de mi personaje:

– Y ahora, pequeña zorra, ¿quién domina a quién?

– ¡Yo!

Lo dice su personaje, con una voz que no reconozco, y se gira hacia mí, me coge de lo que se supone que debería ser mi paquete y me tumba sobre la mesa. Se sube encima, se abre de piernas sobre mi vello púbico y comienza a frotarse. Si mi polla estuviese allí estaría tan adentro que le asomaría por las amígdalas. La humedad es tremenda ahí abajo, y siento cómo sus pliegues se arrastran sobre mí, restregándose. Comienza a agitarse, apoya sus manos en mi pecho y araña con fuerza. Yo vuelvo a morderle con mis manos sus pechos, pero cuando tiene que decir su frase se olvida y sigue moviéndose.

– ¡¡¡Corten!!! ¡Tu frase! ¿Es tan difícil?

Creo que ahora es a ella a quien van a matar. Se para, con los ojos cerrados, y dice que sí con la cabeza. Tiene los mofletes mucho más colorados que lo que correspondería por su maquillaje. Volvemos a bajar de la mesa; otra vez estoy detrás de ella, golpeándola con mi pubis lo más fuerte que puedo, porque sé cómo está, y cómo estoy yo. Volvemos a decir las mismas palabras y vuelve a tirarme sobre la mesa. Ahora la atraigo yo, para ayudarla a que encuentre la posición, y ahí vuelve a estar su vulva, aplastada sobre mi abdomen; agarro sus pechos con fuerza, la miro a los ojos, ella los tiene cerrados, y mientras empujo hacia arriba con mis caderas ella sigue frotándose con violencia, hasta que dice su maldita frase, que no importa a nadie, con un hilillo de voz y ahogando un grito que solo ella y yo sabemos lo que significa.

Se tumba sobre mí. Siento sus pezones puntiagudos entre los míos, me mira con ternura y me besa en la boca. Estoy a esto de arrancarme el protector del pene y metérselo; el pene, claro, no el protector. Siento todas las sensaciones posibles en mi polla abotagada ahí dentro, dura como nunca, y ella me dice:

– Ahora tu cargamento es tan mío como tuyo.

– ¡¡¡Corten!!! ¡¡¡Genial!!!

Me he quedado con la duda. ¿Al final ha resultado solo actuación? No lo creo, tengo un charquito en mis bajos que me dice que no. Bajamos de la mesa, ella apenas me mira, me pongo la bata rápido y nos vamos a los camerinos. Ya no hay más rodaje por hoy. Los coches negros de mafioso aún no están listos, así que el rodaje se para. Todos al hotel.

Llego hecho una brasa a mi habitación. Quiero una ducha rápida, o tal vez una lenta, entreteniéndome con el líquido que tengo sobre mí y que no es mío. Me desnudo y comienzo a acariciar sus jugos sobre mi vello. Resulta pringoso pero tremendamente excitante. Están al alcance de mi polla, podré untarla con ellos. En ese momento llaman a la puerta. Me pongo una bata del hotel y abro; es un botones, con un cubilete de esos de botellas de champán, hasta arriba de hielo, pero sin botella, y con una nota:

“Enfríate, he notado que te hacía falta. Fdo. Stella”

Le pido al botones que espere. Voy al aseo, rápidamente vacío todo el hielo en el lavabo y lleno el cubilete de agua caliente, lo más caliente que sale del grifo de la ducha. En el dorso de la tarjeta escribo:

“¿Tienes algo que funcione mejor? Mira cómo ha quedado tu hielo.”

Le doy una propina generosa al botones, que se va con el recado. Dudo que haya respuesta, no creo que vaya a más, pero como broma ha sido divertido. Me desnudo de nuevo y observo el hielo en el lavabo, seguro de que tendrá un papel muy importante en lo que voy a tener que hacer para enfriarme. Tapo el desagüe para que no se vaya el agua derretida, y empiezo a idear algo. Meto la mano entre tanto cubito, me gusta la sensación, si hubiera alguna forma de meter allí dentro lo que estoy pensando...

Llaman de nuevo a la puerta. El botones, seguro, con alguna contestación. Me pongo una toalla cualquiera en la cintura y abro. Es Stella, en bata, la misma bata que llevaba en la escena. Me percato de que la idea de la toalla no era muy discreta, porque se nota perfectamente el estado en el que me encuentro. Ella me mira a los ojos, me mira el cuerpo, me mira la toalla, y cuando ve mi erección, se ríe.

– Los dos sabemos lo que va a pasar aquí, pero no cómo va a terminar.

El hecho de que use esa frase lo deja todo claro. La dejo pasar, con una sonrisa tremenda, cierro la puerta y me besa en la boca, con ternura, con dulzura, con suavidad.

– Es mi forma de darte las gracias por lo de antes.

– No hay de qué. – salgo de dudas, ya sé que no fue todo actuación.

Le tomo las mejillas con las manos, y la beso, con la misma dulzura y la misma suavidad. No podemos evitar reírnos. Esta sí es la Stella que conocí. La tomo por la cintura, apenas deslizando por encima de la seda de su bata, y entre ella y yo, por fin, hay algo duro que choca sobre su abdomen. Nos besamos cada vez con más pasión, mientras las yemas de mis dedos describen su columna al subir, vértebra a vértebra. Ella pasa los brazos por detrás de mi cuello y se deja colgar, para que el peso de su cuerpo aprisione mi polla entre los dos. Acaricio su nuca y meto mis dedos en su pelo, enredándome. Salgo de su boca, estaba todo yo metido ahí dentro besándola, y suavemente llevo mi lengua a su cuello. Ella lo estira, para facilitarme el trabajo, con un suave “hummm” de aprobación, y tal como me agacho, aprovechando que nuestros cuerpos se han separado, deslizo mis manos por su cintura hacia su abdomen, para encontrar el lazo del cinturón que mantiene cerrada su bata. Solamente lo deshago, no la abro, y sigo transitando con mi lengua por la otra parte de su cuello. Pongo mis manos abiertas en sus nalgas; no muerdo, las poso planas y describo unos círculos como si amasara su carne prieta, como si supiera hacer masajes. Mientras, la propia bata se ha ido abriendo y puedo ver el camino que separa sus pechos. Lo recorro primero con las yemas de los dedos, muy suavemente, como si fuera un ciego intentando aprendérmelo; no separo la tela, solamente acaricio lo que está a la vista, llego hasta el ombligo y vuelvo a subir. Esta vez recorro el mismo camino con mi lengua. Si el perfume de su pelo me embriagó durante la grabación, el que me está llegando ahora va a volverme loco. Mi pene está levantando descaradamente la toalla, y se ha llevado también uno de los dos faldones de la bata. Ha venido hasta aquí con unas braguitas blancas, me encantará quitárselas cuando llegue el momento. Este le corresponde a sus pechos.

Con las palmas de las manos los sopeso por encima de la tela de seda, sin violencias, solo sopesarlos; con los dedos abro unos radios que los cubren por completo y elevo la presión. Quiero tener cada pecho totalmente dentro de una mano, para que ella sea más consciente de su tamaño, y cuando los tengo así describo unos círculos con ellos, suavemente, amasándolos, igual que hice con los cachetes de su culo. A través de la tela noto dos durezas, sus pezones; cojo la bata con dos dedos y tiro de ella hacia arriba, para que sienta el roce de la seda sobre esas dos protuberancias. Luego la abro y vuelvo a ver sus pechos, pero esta vez son los pechos reales de Stella los que tengo aquí para acariciar y besar. Bajo la cabeza, acerco mi boca, y antes de abrirla para besar y succionar, digo:

– No sabes cuánto deseé hace un rato hacer esto que voy a hacer ahora.

– Yo también deseé hacer algo que voy a hacer dentro de un rato...

Le miro a los ojos y me guiña uno. Saco la lengua, muy despacio, para que vea cómo me voy acercando a su pezón. Establezco mero contacto con él y le trazo un círculo alrededor, mojándolo con un poquito de saliva. Luego abro los labios, como si fuera a pronunciar una O de sorpresa, los pongo alrededor de su areola y sorbo, como si quisiera que entrara en mi boca y se perdiera allí. Apenas un quejido, o un gemido, es todo lo que ella dice, pero sé que es de aprobación. Durante un rato el único contacto que ella siente sobre su pezón es la caricia suave y rugosa de mi lengua jugando con él, hasta que se vuelve duro y afilado, y le llega por arriba y por abajo; son mis dientes presionándolo, muy suavemente. Le miro fijamente a los ojos, para saber cuándo dejar de incrementar la fuerza con que lo oprimo, y es su mirada la que me indica el momento en que más placer le provoco. Suelto el mordisco en su pezón y lo dejo salir de mi boca, sin soltar la ventosa, para estirarlo y hacer ese ruido a beso que hacen las cosas mojadas al salir al mundo exterior. Se lo acaricio con la yema del dedo pulgar y voy a hacerle al otro lo mismo lo mismo lo mismo que le he hecho a este, con parsimonia, esperando un poquito justo antes de establecer contacto, para que sepa exactamente lo que le va a pasar.

Mientras, aprovecho que tiene sus brazos colgando de mi cuello y que su bata está abierta para pasar las manos bajo la tela y acariciar la piel de su abdomen y de su espalda, esta vez directamente, sin seda por medio, y antes de terminar con sus pezones ya estoy acariciando sus nalgas, con mis dedos debajo de sus braguitas, atrayéndola hacia mí. Su espalda hace una extraña S para presionar mi polla con su pelvis, y que yo tenga espacio para llegar a sus pechos con mi boca. Me suelta el cuello y baja los brazos para que la bata caiga al suelo, y la veo emerger como la fruta dulce y madura aparece al caer los pétalos de la flor, maravillosa, casi desnuda, radiante, sexy, sensual, ondulante, lasciva. Cuando acabo de saborear sus pezones, con el sonido apenas audible de su respiración en el interior de mis oídos como señal de aprobación, se lleva mi toalla de un solo pellizco y mi polla salta libre, por primera vez en todo el día, con un buen reguero en su glande y deseosa de atención.

– Te lo he dicho, lo iba a hacer. Antes lo fingí, dime tú si esto es real.

Pone sus manos en mi pecho y se apoya para arrodillarse. Luego desliza las puntas de las uñas, arañándome el tórax, el abdomen, los muslos, de nuevo el abdomen, y por casualidad encuentra un grupo de pelos mojados y pringosos. Con las yemas de los dedos los acaricia, me mira y me guiña otra vez un ojo. Sabe que son sus jugos y recuerda bien cómo han acabado ahí. Con las mismas yemas mojadas con las que los estaba tocando sigue deslizando hacia abajo, llega a mi pene, lo sujeta, lo observa, lo estudia, y por fin, lo acaricia. Reparte por mi glande la lubricación que he segregado, mezclada con lo que quedaba en sus yemas de la suya, lo agita un par de veces, y, definitivamente, se lo lleva a la boca. Estoy tan caliente después de todo el día que al principio la sensación del roce de sus labios es insoportable, pero pronto me aclimato y siento cómo comienza a entrar. Esta vez sí, los vaivenes de su cabeza son para lo que son, y mi polla lucha por salir a través de sus mejillas, primero una, luego la otra; a veces la saca para enroscar su lengua a su alrededor, o para agitarla con sus manos, o para lamerme los huevos, o para cualquier cosa que se le ocurra. Es tan grande la variedad de recursos que tiene, lo hace tan bien, y yo estoy tan caliente, que tardo relativamente poco en sentir la inevitabilidad de la condición masculina, y empiezo a convulsionar. Ella lo saca de su boca, apunta a un lado y comienza a agitármelo rápidamente, mientras me dice:

– ¿Recuerdas cómo me corrí encima de ti solo con frotarme? Me pusiste muy caliente, y sé que tú lo estabas también, noté tu polla dura con el dorso de la mano, y tu pubis chocando en mi coño me llevó al cielo... ¿me llevarás otra vez?

No puedo evitarlo, una voz dulce y sensual diciéndome cosas como esas hace que me desparrame totalmente, y mi orgasmo casi me hace caer al suelo. En medio de la habitación, una sucesión de charquitos blancos ha quedado sobre la moqueta, pero eso no me preocupa ahora lo más mínimo. Me arrodillo frente a ella, la abrazo y la beso, con la misma ternura que ella cuando entró, como realmente me apetece besarla y abrazarla, y me dice:

– Estamos en paz, ¿no?

– Bueno, puede que sí, pero tengo a la mujer más deseable del mundo aquí mismo, y toda la imaginación del universo para hacerle cosas nuevas. Dudo que queramos acabar en paz.

Ahora yo ya no tengo prisa, al menos en un buen rato, y sé que ella sí la tiene, porque la sigo oyendo respirar. Mirándola a los ojos puedo ver en su interior las brasas que hemos encendido. Siento el contacto de su cuerpo; arrodillados no hay tanta diferencia de estatura. La tela de sus braguitas choca con mi pene mojado de saliva, escurrido y arrugado. Comienzo a acariciarle el culo, con mis manos abiertas, y la aprieto hacia mí, mientras mis dedos se deslizan debajo de la tela de su ropa interior y avanzan por la raja que separa sus nalgas, desde arriba, como si buscara el final de su columna, y van bajando. Ella echa para atrás sus caderas para hacerme la travesía más fácil. Pronto llego cerca de su ano, y le miro a los ojos cuando estoy a punto de tocarlo. Apenas una interrogación en su expresión, algo así como “¿qué vas a hacer?”, y lo que hago es una simple presión sobre su esfínter; luego lo rodeo, para que sienta que estoy allí, pero sin vulnerar su entrada. Al sentir que paso de largo ella sonríe. Quizá vuelva a aparecer por allí, pero no ahora, y ella prefiere que llegue a donde voy. Enseguida encuentro una zona donde la tela de sus braguitas está muy mojada y caliente, donde la piel es más sensible si cabe, y algo parecido a un valle se abre en ese lugar. Ahora mismo ella tiene el culo prácticamente en pompa, ofreciéndome el acceso total, pero no estoy viendo nada, solo sé lo que percibo con mis dedos. Preferiría tener todo aquello a la vista. Llego allí y, a modo de saludo, paso por encima con mis dedos índice, corazón y anular totalmente planos, aplasto esa zona suavemente y me llevo una buena cantidad de jugos, hacia delante, primero, y hacia atrás, al volver. Ella hunde su cara en mi hombro y respira más fuerte. Tras dar un par de pasadas así hago un poco más de presión con el dedo corazón que con los otros dos, para que se introduzca entre los pliegues, los separe y encuentre cosas escondidas bajo ellos. Ahora mis dedos se deslizan mejor, y comienzo a identificar lo que voy encontrando; hay un bultito que encierra una especie de cuerpo turgente, lo delimito con la yema del dedo corazón, e incido allí, una y otra vez; unas veces solo con la yema, otras veces pasando el dedo cuan largo es, y otras en movimientos circulares, hasta que se incrementa la presión con la que ella me abraza, aunque más que abrazarme se agarra a mí, pero supongo que la posición en la que estamos no es la más cómoda.

Saco la mano de su ropa interior y ella me mira algo decepcionada, pero con un beso consigo que confíe en que es mejor así, que ya tengo algo planeado. La levanto en vilo, con un brazo bajo sus rodillas y otro en sus costillas, y la llevo hasta la cama. Agradezco que el hotel tenga pocas estrellas y que la habitación sea pequeña, el trayecto es corto. La dejo sobre las sábanas, con un beso en la boca; ella coge mi cabeza para seguir besándome y me gusta tanto la ternura con que me besa que no dejo de hacerlo. Mientras, la mano que tenía bajo sus rodillas toma una de ellas y sube como una garra, clavando las yemas de mis dedos como si quisiera arañarla, y por la cara interna de su muslo me acerco al lugar donde estuve antes. Cuando nuestras lenguas están en un nudo que llega a hacerme temer que nunca se soltará, alcanzo su ingle y la recorro con la uña, dibujando el comienzo de su muslo, y deslizo dos de mis dedos por debajo de sus braguitas. Aparto un poco la tela y tengo de nuevo al alcance de mi mano ese lugar magnífico donde no tardaré en zambullirme pero que ahora solo voy a acariciar. Vuelvo a pasar mis dedos por encima de todo aquello, más abultado que antes, y al aplastarlo sale más y más jugo, por lo que me deslizo aún mejor. Voy de arriba abajo, y cuando ejerzo presión con el dedo corazón se desliza entre los pliegues, hasta que la yema encuentra un agujero. Hago sobre él el mismo círculo que hice sobre el esfínter en su ano, como si apretara sus bordes, y vuelvo a subir. Retiro sus pliegues en mi camino y su clítoris está casi al descubierto cuando mis yemas llegan allí, ella lo siente por completo y está a punto de arrancarme la lengua con su boca, pero yo no me quejo en absoluto. Me entretengo en agitarlo lentamente haciendo círculos con él, mientras dejo la placentera actividad bucal en la que estamos inmersos, para decirle al oído:

– Estoy seguro de que prefieres que lo haga con la boca, ¿a que sí?

Ella tiene la cara transfigurada, y mis palabras la conmueven como si le hubiera hecho caricias secretas en algún lugar oculto. Me despido de su boca con un beso, y voy deslizando mi lengua por su piel para lamerle el cuello, su pecho izquierdo, su pecho derecho, otra vez el izquierdo, el valle entre los dos, un rato más sus pechos... Mientras voy bajando, he cambiado el movimiento en su coño. Ahora, con el dedo índice y corazón he formado una especie de tijeras con las que mantengo su clítoris sujeto, y las voy moviendo a lo largo de sus labios, arriba y abajo. Desliza perfectamente, tengo los dedos mojados; incluso es ella la que empuja sus caderas hacia mi mano para provocar el movimiento. Creo que tendré que llegar allí pronto con mi boca o ya no hará falta que vaya. Arrodillado entre sus piernas beso, lamo y a veces muerdo la cara interna de sus muslos, en puntos al azar, y me voy acercando hasta que estoy enfrente del lugar donde se me espera. Agarro por fin la cinta de sus braguitas y tiro de ellas para abajo; es sorprendente la habilidad con que se revuelve para dejarlas salir. Ahora está desnuda por completo, abierta casi de par en par, respirando fuerte, susurrando palabras apenas perceptibles pero totalmente comprensibles, y emitiendo unos sonidos entre nasales y bucales que suenan más a gemido que a jadeo. Por sorpresa, doy un lametón plano por encima de sus pliegues, como si lamiera un helado. Su sabor me estalla en la boca, y quiero más. Ella también. Vuelvo a lamer, aplastándolos, una última vez, y me dedico a hurgar y a buscar donde sé que no encontraré nada, pero buscando de todas formas con la punta de mi lengua. De vez en cuando dejo algún beso e incluso algún suave mordisco. Por fin me acerco al lugar que ella quiere que toque con mi lengua, y tengo la punta de mi dedo esperando en la entrada de su coño. Stella siente los dos contactos y sabe que el momento en el que toque su clítoris será el mismo en el que la penetre. Cuando encuentro el cuerpo inflamado que requiere toda mi atención, empujo poco a poco dentro de ella mi dedo largo, fino y nudoso, primero un centímetro, luego otro y otro más. Entra con gran facilidad; lo dejo quieto y me concentro en su clítoris, sobre el que hago la misma O mayúscula que hice antes con sus pezones, e incluso doy un pequeño mordisco, aunque sin llegar a hacer presión. Sus caderas empujan mi boca con sus movimientos ondulatorios, y comienzo a lamer rápidamente, mientras muevo mi dedo en su interior, primero girando a un lado y al otro, como un sacacorchos, y después entrando y saliendo. Sus gemidos ya no son de placer, ahora parece como si se hubiera enfrascado en una lucha contra el reloj, como si quisiera conseguir algo en concreto de su propio cuerpo, y sé lo que va a pasar pronto. Introduzco un segundo dedo, mientras lamo y sorbo su clítoris, mirándola a los ojos. Ella ha metido sus manos en mi cabello y aprieta con fuerza mi cabeza a su cuerpo. Al hacer los movimientos dentro de su coño me preocupo más de rozar la parte anterior de su entrada, y hago una especie de movimiento sinusoidal, en lugar de un simple metesaca lineal. Como el movimiento de un pistón. Al fin y al cabo, ella se mueve como si un pistón la empujara. Agita las caderas hacia mí con fuerza, buscando mi contacto. Pongo el pulgar sobre su clítoris, dejo las yemas de mis dedos en la zona rugosa y algo hinchada que encuentro en su interior y hago una especie de pinza con la que presiono desde fuera y desde dentro a la vez. Masajeo ambos lugares como si quisiera hacer el gesto de “dinero” con los dedos, quito mi lengua de allí y le digo:

– Cómo hubiera deseado hacerte esto cuando me cabalgabas esta mañana; hubiera dado lo que fuera por arrancarme aquel protector y metértela allí mismo, enfrente del director, y que te corrieras conmigo dentro. Quiero que te corras ahora, como lo hiciste antes; quiero beberte, quiero oírte correrte sin prisa, sin guion, sin nadie que mire; un orgasmo como el que vas a tener ahora...

Mientras hablo empuja varias veces con sus caderas en el aire apoyada en sus pies, casi un pino puente invertido; con una mano tira de mi pelo y con la otra agarra su pecho. Apenas grita, es casi una contracción gutural, pero su forma de respirar la delata: durante tres segundos ha aguantado la respiración, se ha quedado inmóvil y finalmente ha soltado todo el aire, para volver a parar otros tres segundos. Luego cae en la cama, toma mi cara y la estrella contra la suya, en un beso bestial que casi me deja a mí sin aliento esta vez. Está roja, apenas puede mantener los ojos abiertos, pero se la ve feliz. Me abrazo a ella sin soltar el beso, y en el contacto me acuerdo de algo. Durante todo este rato no me he acordado, pero vuelvo a tener mi pene pendiente de lo que ocurre allí. No es una erección máxima, pero está reaccionando a todo lo vivido, y el contacto con su piel no deja de gustarme. Ella se ríe al darse cuenta y lo va a coger. Le digo que no, que no lo haga aún, que no hay prisa. Llegará el momento en que no será necesario hacer nada para que cumpla con lo que se espera de él, hay tiempo.

Stella está relajada, feliz, sonriente, y pasamos algunos minutos abrazados, charlando, intercambiando confidencias, compartiendo ese momento. Nuestros cuerpos están en contacto total; cada movimiento, cada respiración, provoca una caricia nueva, y la sensación de intimidad que nos une es infinita. En un momento dado le echo un vistazo de arriba abajo, al principio sin malicia, pero al verla así, desnuda, tan sexy, recuerdo por qué me fascina tanto su cuerpo, y tenerlo allí mismo, pegado al mío, me provoca instintos aventureros. Quisiera inspeccionarlo todo, perderme en sus valles, escalar sus montañas y nadar en sus manantiales. Y se lo hago saber.

– Voy a acariciarte, mucho, pero no te lo tomes como algo sexual. Quiero investigar, conocer, encontrar. No busco que te corras, ni correrme yo, no busco nada, solo disfrutar del viaje. Disfrútalo tú también.

Inicio mi viaje en el interior de su boca y empiezo a pasar la punta de mi lengua por su cara, por su nariz, por sus orejas, por sus labios. Beso sus ojos, vuelvo a sus orejas, y recorro las formas de sus cartílagos. Le muerdo suavemente el pezón de una oreja, luego se lo lamo y acabo pasando mi lengua por detrás y bajando por su cuello. Al llegar a su clavícula la recorro, dibujando una línea de saliva hasta su hombro. Dejo allí un beso y vuelvo hacia su cuello, lamiendo lentamente. Porque todo esto lo hago muy lentamente, a trazos cortos, y a veces repito el trazo de nuevo, como si quisiera estar seguro de haber lamido bien algún trozo de su piel. Llego a su garganta, la tomo un instante en un mordisco fugaz, y lamo la otra mitad de su cuello. Ya lo tiene completamente cubierto de saliva. Soplo suavemente sobre él y emprendo el camino de su otra clavícula hacia su otro hombro. Bajo un poco, hasta que percibo su primera costilla, y desde ahí comienzo a transitar, arrastrándome sobre la punta de mi lengua, de lado a lado, dejando sus pechos más abajo. Llego hasta el esternón y sigo por la otra costilla. Soy más consciente de su caja torácica, y ella también lo es. De nuevo, un paso más abajo, donde comienza la siguiente. Debajo de sus brazos el lugar donde está el hueso es más evidente, pero la curva del inicio de sus pechos lo esconde y tengo que intuir por dónde debo transitar. Otro paso más abajo; ahí ya estoy lamiéndole la piel de sus pechos, y no quiero eso, no todavía. Cuando llego al final de la tercera costilla la cojo de la cintura, suavemente, y la empujo hacia un lado para que se dé la vuelta. Ella me ayuda y se queda boca abajo, mirando de reojo con curiosidad, y sigo por la misma costilla en la que estaba, solo que ahora por su espalda. Encuentro su omóplato y lo bordeo totalmente para aprenderme su forma. Llego al centro, a su columna, y lo que dibujo ahora es su vértebra, con la lengua sobre su piel. Me paso a su vértebra superior, y la dibujo también, y otra vértebra más, y otra más, hasta que estoy dibujando en su cuello sus cervicales. Aparto su pelo del color de la madera antigua y las repaso una a una; ahora ella es consciente de las formas óseas de su cuello, y vuelvo a bajar. Deslizo mi lengua por la parte más alta de su espalda; quiero llegar a sus hombros, solo que esta vez desde atrás, y envío de avanzadilla las yemas de mis dedos para iniciar el camino. Alcanzo uno de sus hombros, luego el otro, vuelvo a bajar por su columna y a dibujarle una a una todas las vértebras. Lo hago lentamente, tomando mi tiempo. A medida que voy avanzando ella estira su cuerpo, como si se desperezara; podría parecer un movimiento reptiliano si no estuviera tan seguro de que es una mujer. Bajando, bajando, he acabado con la boca en el principio de los cachetes de su culo. Con mis manos separo su carne y deslizo allí dentro mi lengua, porque aún hay huesos que remarcar en ese valle, y bajando, bajando más, estoy lamiendo la raja de su culo. Lo eleva suavemente, para facilitarme la tarea, hasta que llego a la punta de su cóccix y, unos centímetros más allá, a la entrada de su ano. Se tensa ligeramente, como antes, cuando pasé mis dedos por allí, pero algo de reparo me hace apartar mi lengua y bordearla. Tal vez luego, pienso, y sigo bajando. El sabor a sudor y a mujer que hay en ese lugar me embriaga, pero este viaje no tiene itinerario, es solo un paseo. Ahora que estoy allí abajo ella eleva más sus caderas y oigo un suave chapoteo viniendo de su coño. Acaricio un poco sus labios con los dedos y los descubro muy mojados; uno de ellos se desliza dentro sin apenas presión.

– Qué mojada estás...

– Me has mojado tú...

Me siento imparable cuando me dice eso, y apoyo la cabeza en sus nalgas, para alcanzar a entrar en su vagina con mi lengua, apenas unos centímetros, los suficientes para reconocer su sabor y la presión de sus paredes. De repente, se me ocurre una cosa. Hago mentalmente la primera comprobación que tengo que hacer: “sí, la tengo dura, como un palo”, así que la llevo a cabo.

– Es solo un momento, solo quiero entrar y salir...

– Ya tardabas...

Me tumbo sobre ella y dejo mi polla entre sus nalgas. Hago que baje entre ellas hasta que llega a la zona húmeda, y por fin, a su agujero, y desde donde estoy, con sus piernas sin apenas separación, empujo un poco. Cuesta entrar, no es la mejor posición, y ella levanta un poco más las caderas con un gemido. Ya está dentro casi todo el glande, y puedo sentir la indescriptible sensación de calor y caricia que embarga mi pene. Su coño va adaptándose a la forma de mi capullo, lo más ancho de mi polla, y cuando me quedo quieto puedo sentir como si lo succionara, para que entre más. Empujo un poco, y luego un poco más; estoy duro, totalmente duro, y ella siente cómo va entrando. Apenas una especie de “oohhh...” es lo que sale de su boca, y, por fin, la tengo totalmente dentro. Por un momento la sensación es tan agradable que se me olvida que solo es una prueba, una visita de saludo, para comprobar si en esa situación podría entrar. Empiezo a retirarla, pero una especie de chispas de placer me recorren desde mi pubis hasta la columna, y vuelvo a empujar instintivamente. Ella emite más fuerte el “oohhh...” y yo me veo al borde del abismo, o me salgo ya o no me saldré. Así que mejor me salgo, con la polla con la pegajosa sensación de sus fluidos en mi piel, y ella exhala un “oohhh...”, pero esta vez de reproche. Tal como está, con el culo en pompa, muerdo sus nalgas, las palmeo durante unos instantes, y le doy la vuelta para que quede boca arriba de nuevo. Sigo sintiendo en mi lengua la sensación de la presión de su vagina, así que me apetece irme directamente allí, a seguir lamiendo y besando. Pero eso ya lo he hecho. Se trata de viajar, no de llegar, así que tengo que inventarme algo.

De repente recuerdo cómo empezó todo y me viene a la cabeza el hielo que aún tengo en el cuarto de baño. Estará derretido, seguro, pero servirá para lo que tengo en mente. Salto de la cama, doy dos pasos y estoy frente al lavabo. Meto un vaso en el agua en la que aún flota algún cubito, cojo una toalla y vuelvo a la cama antes de que ella pueda darse cuenta de que me he ido. Le enseño el vaso goteante que comienza a tener el vaho exterior que provocan las bebidas frías. Traigo una sonrisa de niño travieso, así que a ella le intriga lo que tengo en mente. Me ayuda a extender la toalla sobre la cama, debajo de ella, y le digo:

– Me voy a beber este vaso entero. No voy a dejar ni una gota. Si está demasiado fría me lo dices.

Con esto la dejo perpleja, pero vuelvo a ponerme entre sus rodillas y las separo. Paso el cristal del vaso por sus muslos, por sus ingles, por su coño, y ella se estremece. Está frío, aunque no demasiado, y la condensación del cristal va provocando una película fina de agua sobre su piel. Acerco mi cara a su entrepierna, pero no beso, ni lamo, ni nada parecido. Simplemente levanto el vaso en alto y lo inclino, hasta que cae un poco, apenas un sorbo, en los primeros pliegues, un poquito más arriba de su clítoris. El agua resbala por sus labios; yo la espero con la lengua debajo de su vagina y lamo rápidamente para que se pierda la menor cantidad posible. La primera vez que hago esto ella salta sorprendida, con una carcajada, como si le hubiera hecho las mejores cosquillas del mundo, y vuelve enseguida a la posición inicial, pidiendo más. Vuelvo a dejar caer apenas unas gotas, desde una altura de un palmo, para que ella pueda ver perfectamente el trayecto del agua. De nuevo impacta sobre su clítoris y recorre todos sus labios hasta llegar abajo, donde la recojo con la lengua. Esta vez no salta de sorpresa, hay un “aahhh...” de alivio o de placer, y orienta sus caderas, esperando una nueva gota. Así, una y otra vez, vertido a vertido, se va vaciando el vaso. Con todo este truco los movimientos de sus caderas son cada vez más ostensibles, mientras ella se agita en la cama, se muerde un dedo, suspira, se ríe, gime, se tapa los ojos, o me dice:

– Eres perverso, te gusta hacerme sufrir.

En cualquier otro contexto esas seis palabras hubieran resultado terriblemente duras, pero las dice con toda la profundidad de su voz, con su pecho agitado, con su cuerpo estremecido, y no puedo evitar recordar que mi pene está duro, muy duro, y que sobre él aún hay restos de jugos de su vagina. Cuando ve que llega el último vertido del vaso y que no queda agua, rápidamente se incorpora y se abalanza sobre mí, arrodillado en la cama. Pasa sus piernas a mis lados y pega su coño a mi ombligo, coge mi polla y de un golpe seco baja sus caderas y se la clava hasta el fondo. Apenas puedo hacer nada, me coge por la cabeza y, a golpes de pelvis, me usa para masturbarse, restregando su clítoris en mi tronco al salir y rozando sobre mi abdomen al entrar, o al revés, no lo sé muy bien. Hace unos movimientos muy complejos con sus caderas, cada vez más fuertes, y en apenas un minuto ya ha pasado todo. Se ha convulsionado, se ha contraído sobre sí misma, ha aguantado la respiración, ha hinchado las venas de su cuello, se ha estirado, y al final se ha relajado derrumbándose sobre mi pecho. Durante esos gloriosos instantes he sentido mi polla aprisionada por sus contracciones musculares, y estoy absolutamente excitado. Ella abre los ojos, estampa su cara contra la mía en un besazo bestial, y, sin dejar que la saque, se tumba hacia atrás con su culo entre mis muslos y empieza a levantar y bajar las caderas, lentamente.

En un instante de lucidez, sabiendo que ahora ya no hay vuelta atrás, alargo la mano hasta el cajón de la mesilla de noche y busco mi caja de preservativos. Está aún sin estrenar, esta caja es una vieja compañera de viaje. Comienzo a bombear muy lentamente, sentado sobre mis talones, con las manos libres para abrir el paquete, y con las prisas que me provocan todas las sensaciones que estoy sintiendo allí dentro. Ella empuja con su pelvis, arriba y abajo, mientras se ríe, como si quisiera vengarse de mí provocándome más prisa en coger el condón. Por fin consigo abrir el paquete; saco el primero, tiro el resto al suelo; se lo doy a ella, lo abre y toma mi polla. En un instante la tengo protegida en látex, comprobada, y de nuevo en su interior, moviéndome con lentitud, pero ahora con seguridad. Me alzo de mis talones a cada bombeo, cada vez que me siente entrar también siente que sus caderas suben, pero eso no le impide seguir agitando su coño contra mi polla, contra mi pelvis y contra todo. La cojo por la cintura, la levanto y yo me levanto de mis tobillos. Su cabeza ha quedado sobre la almohada y sus caderas a la altura de las mías, porque así puedo follarla más rápido, y empieza a lanzar gemidos guturales, supongo que debe de estar gustándole esto. Pero me aparta y se da la vuelta sobre la cama. Se coloca de espaldas a mí, con el culo en pompa, a cuatro patas; hace chocar sus nalgas contra mis caderas varias veces, incitándome a follarla de nuevo. Vuelvo a deslizar mi polla dentro de ella, en el condón está ligeramente anestesiada, pero sigue sintiendo su calor y su humedad, y empiezo a bombear. Al principio no es más que un mete saca lineal, pero de vez en cuando bajo el ritmo y hago girar mi cintura para entrar desde los lados, como si la barrenara. Ella aprueba ese tipo de movimientos con más sonidos respiratorios, y me pego a su espalda, para tener su cuello a mi alcance. Tomo una de sus manos y la llevo hasta su coño, susurrándole al oído:

– Quiero volver a sentir las contracciones de tu coño, córrete para mi polla, hoy mi polla es tu público.

Dicho esto meto mi cabeza en su pelo, deslizo mi lengua por su nuca, le dejo algún mordisco suave, escucho su respiración dificultada por los movimientos ultrarrápidos que está llevando con su mano en su clítoris, y cada vez los golpes que da con sus nalgas contra mí son más fuertes y descoordinados; tanto que, al final, en uno de los embates, acaba perdiendo el equilibrio y se cae tumbada sobre la cama. Sin salir de ella mantengo la posición, y sigo follándola. Estamos justo donde lo había dejado antes, cuando se la metí en esta misma postura, solo que mucho más calientes. Ahora que ella lo tiene más difícil para moverse soy yo el que levanta y baja las caderas, clavándola lo más profundo que llego, con sus labios apretados por sus piernas casi cerradas. Comienzo a sentir en las resbaladizas y calientes paredes del coño de Stella las contracciones que espero. Y no puedo más. Su gesto al aguantar la respiración y la presión de su coño en mi polla me hacen sentir las oleadas de mi orgasmo. Me dejo ir, me estremezco, estallo, y no paro de bombear hasta que se ha depositado la última gota de mi semen en el interior del condón, y aún así, sigo un poco más, llenando todos mis sentidos de gloria.

Tardamos un buen rato en movernos; aún tengo mi polla, con el preservativo puesto, dentro de ella; me aparto de encima para que pueda darse la vuelta y nos besamos, esta vez con ternura; estamos sudados, exhaustos, pero me dice:

– Me he corrido bien corrida, pero sigo caliente.

Le deslizo la mano por su vientre, la mano derecha, la que mejor manejo. Meto en su coño el dedo anular y el corazón, dejando el meñique y el índice fuera, apuntalando la mano, y comienzo a agitar la muñeca. La palma está sobre su clítoris, y con los dedos estoy percutiendo en esa zona rugosa y algo hinchada del interior de su coño. No meto y saco, solo hago que se agiten allí dentro. Al principio me mira con extrañeza, pero pronto empieza a comprender las sensaciones que está sintiendo, y cierra los ojos. Comienza a contraerse y un momento después se convulsiona en el que es solo el primero de una serie de varios orgasmos seguidos, que tengo que detener sacando mi mano, porque me preocupo por su respiración y porque ella me pide que pare.

Abre los ojos, con su sonrisa infinita y toda su ternura de nuevo en su mirada, llevo mis dos dedos a mi boca y lamo su sabor. Nos besamos, relajados, laxos, sudados, fatigados. Ahora mismo no existe el tiempo, pero cuando exista otra vez volveremos a compartir embates y caricias. Pero eso lo contaré si queréis que lo cuente y si os ha gustado lo que os he contado. Gracias por leerme.



   
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Etiquetas del relato
IreneAdler
(@ireneadler)
Miembro iniciado Autor
Registrado: hace 7 años
Respuestas: 9
 

Me ha encantado el relato, las escenas me han resultado frescas y originales. Como se va interrumpiendo el polvo por culpa del director le daba muy buen ritmo y como lo describes todo es genial.


La Mujer


   
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Drawneer von Darbis
(@drawneer-von-darbis)
Miembro iniciado Autor
Registrado: hace 7 años
Respuestas: 6
Topic starter  

@ireneadler

Muchas gracias! Me alegro de que te haya gustado ;)



   
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