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La Marranita - CAPÍTULO XV - Adiós al patio

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laualma
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Iniciador del debate   [#2066]

La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres

[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
 
 
 
CAPÍTULO XV - Adiós al patio
 
Lau fue el nombre que elegí para llevar a partir de aquel día. Porque ya no era Laura, nunca lo quise ser y me negaba a llevar aquel nombre nunca más, pero tampoco podía ser ya la Marranita si Padre no estaba, porque solo podía serlo para él, pero para nadie más, porque nadie más aceptaría poseerme como a la puerca que era, igual que Padre supo hacer. La que fue mi madre me dio el nombre de Laura, Lau-r'ha, La Gran Mujer, nombre que aborrecí, símbolo de su opresión en mi infancia y de la opresión del Matriarcado durante aquella República obsesionada por hacer a las mujeres grandes por ley. Marranita fue el nombre con el que Padre me liberó, y yo lo acepté como símbolo de mi Libertad ejercida a través de mi entrega a él. Porque solo sometida a Padre aprendí a ser verdaderamente libre. Después de haber tenido que soportar a La Vieja recuperando para mí el maldito nombre de Laura que ella me puso al nacer, volvería ahora a ser Lau, como fui Lau la primera vez que Padre me nombró. Seguiría siendo Lau, porque también fue el nombre que la que fue mi madre me dio cuando la maté, adquiriendo con ello mi libertad definitiva. Y, una vez conseguida, no pensaba continuar bajo el yugo de Ciudad Atenea ni un día más de lo necesario.
 
Salir del patio fue fácil. Las amazonas armadas que me apresaron me llevaron, naturalmente, ante Nardo. Ella me reconoció que no tenía nada contra mí. Dijo que siempre había admirado mi valentía, mi belleza, y el deseo irrefrenable que generaba en hombres y mujeres. Por mí había perdido un hijo, y en realidad también a su hija y a su marido, porque todo se había torcido a raíz de la castración de su niño. Pero aquello le había permitido desembarazarse de una carga, la de su familia, que en realidad se le había terminado por hacer pesada, conservando en cambio todos los privilegios que la enorme riqueza de su marido le habían asegurado. Ahora yo la había librado también de la Vieja, que se había convertido, igualmente, en un verdadero lastre para ella una vez se hubo asentado la Revolución. Nardo lo tenía claro, no tenía el menor interés en mí, le era indiferente matarme o dejar que viviera, pero sí estaba interesada en mi casa (así la llamó, y en realidad así lo era legalmente, una vez desaparecidos ambos progenitores). Me dejó claro, en primer lugar, que la casa la iba a conseguir en todo caso. Si me oponía, yo sería detenida por asesinato de una mujer reconocida como Luchadora de la Revolución, y su casa sería incautada por la República, lo que a efectos prácticos significaba que yo sería encerrada -y, seguramente, olvidada en una celda oscura hasta la muerte, dados mis antecedetes-, y Nardo se quedaría con la propiedad igualmente. La otra posibilidad era que yo me fuera sin más; mi casa sería declarada abandonada para pasar a ser anexionada sin más a sus propiedades y, como siempre había ocurrido en el patio, nadie volvería a hablar del tema. Sonreí amablemente a Nardo cuando ella expuso aquella segunda opción: era precisamente lo que yo había buscado haciendo de la muerte de la Vieja un espectáculo público, al lanzarla desde la galería. Sabía que Nardo quería mi casa, y sabía también que no me haría nada a mí si podía evitarlo.
 
Porque el hecho de que ella haría lo posible por facilitar mi escapada lo supe desde el primer día, cuando impidió que la Vieja me matara. A mí aquello no me extrañó lo más mínimo: había sentido su deseo por mí casi desde que tuve uso de razón. Recuerdo perfectamente sus tocamientos por todo mi cuerpo y en mis genitales, antes incluso de que supiera qué era aquello que ella me buscaba con tanta insistencia cuando me lavaba en su baño siendo yo muy niña, supuestamente cuando se ofrecía para ayudar a su vecina, la mujer que había sido mi madre. Recuerdo también, más tarde, cuando iba a su casa a buscar a sus hijos para jugar, y ella me exploraba fingiendo un interés médico en mi crecimiento y mi desarrollo, ya que ella había trabajado en el consultorio médico del barrio hasta que el dinero del señor Nardo le permitió retirarse joven, pero a pesar de ello ejercía todavía de doctora oficiosa para las familias del patio. Todo aquello siguió y se acentuó conforme los rumores de mis juegos con los niños del barrio se extendían. Cada paja y cada mamada que le hacía a su hijo sabía que me iba a costar que aquella mujer enterrara sus torpes dedos en mi rajita más allá de lo que yo le permitía hacer a nadie. Yo no sabía cómo reaccionar a sus tocamientos, porque era la única mujer adulta que me hacía ese tipo de cosas, pero callaba asumiendo que debían ser normales si una mujer respetada como ella me decía que era necesario que la dejara explorarme el cuerpo. Tampoco tenía a quién decírselo, mi madre no me creería y Padre me ignoraba entonces. Solo comprendió que sus juegos con mi cuerpo debían terminar cuando Padre empezó a mostrar ese mismo interés por mí -cosa que ella supo desde el primer momento a través de la Vieja, a la que precisamente empezó a acoger en su casa por dicho motivo, fingiendo volverse la confidente de aquella mujer agraviada en que se había convertido mi madre, con el único objeto de conspirar contra Padre alentada por su ambición, su avaricia y su sucio deseo hacia mí. Y es que una cosa era abusar de una niña, al menos para una mujer de su posición, que habría podido resolver cualquier problema que aquello provocara, en el remoto supuesto de que algo así pudiera pasar. Pero otra cosa muy diferente era meterse con los juguetes de Padre.
 
Todavía en aquel último encuentro con ella pude sentir el ardor de su mirada quemando mi cuerpo. Yo seguía desnuda, tal como siempre había vivido en el patio, e incluso en ese último año que debí pasar en manos de La Vieja, me limitaba a llevar, cuando estaba en público, uno de aquellos bragueros de triángulo que la República había puesto más de moda todavía. Pero para el último encuentro sexual con la Vieja, con el que había conseguido engañarla para que prescindiera imprudentemente de toda medida de seguridad, yo me había despojado ya hasta de aquella inútil prenda, y había permanecido desnuda desde entonces. Nardo seguía deseándome, claro, y era evidente que me deseaba todavía mucho más ahora que cuando era una niña, de eso no cabía duda. Envidiaba y le excitaba la forma en que había crecido y me había desarrollado. Todo lo que ella había podido encontrar y disfrutar en el cuerpo de la Vieja años atrás estaba en mí, multiplicado y mejorado hasta el infinito, además de nuevo, joven, fresco, turgente, retador, perfecto. Como siempre que siento el deseo de una persona recorriendo mi piel, mi coño se mojó y mi olor inundó la habitación. Nardo se estremeció y, por un momento, leí la duda en su rostro. Pero sabía de sobra que su esperanza era vana: yo nunca sería suya, y si cedía a sus instintos debía saber que su final en mis manos sería exactamente el mismo al que la lujuria había conducido a la Vieja, aunque en el caso de matarla a ella, ambas sabíamos que sería lo último que yo hiciera en mi vida. 
 
"Será mejor que te vayas..." me dijo, suspirando. "El poder terrenal y económico dan menos problemas que el sexo."
 
La última vez que entré en la casa estaba ya vacía de esclavos, amazonas y personal, que empezaban a ser repartidos entre las demás propiedades de Nardo. Sobre la cama de la Vieja, la misma que fue de Padre hasta que él la compartió conmigo como marido y mujer, estaba su cuerpo, demacrado antes, y ahora además roto por la caída. No se habían molestado en vestirla ni recomponerla. Le esperaba un funeral de paria, sin honores. Nardo no gastaría un centavo en ella, sabiendo que nadie se molestaría en honrarla. Y cualquier riqueza que hubiera pertenecido a la Vieja ahora era propiedad de Nardo, por lo que aquella mujer nada tenía para hacer frente ni a su propio entierro. 
 
Me acerqué al gran escritorio de madera de Padre, y encontré en sus cajones lo que buscaba: su gran cuchillo de mango de hueso. Volví hacia la Vieja. A pesar de la edad, mantenía las gordas tetas con el suficiente tono como para que siguieran resultando impresionantes. Pero no tenían mis voluminosos pezones ni, sobre todo, mi juventud ni la fuerza que les daba llevar dentro el fuego de Padre. En todo caso, me alegré viendo en aquellos pechos una especie de seguro que me garantizaba el mantenimiento de mi belleza física durante mi propia vejez, si es que alguna vez llegaba a alcanzarla. No esperaba ni siquiera entonces llegar a su edad, pero bueno era saber que, si por azar llegaba algún día, al menos no lo haría con las tetas caídas. Le corté ambos pechos al ras y los tiré al suelo sin mayor ceremonia. Limpié el cuchillo en la propia carne ajada y seca de su pubis. Bajé al sótano y recogí de la pequeña celda que había ocupado allí mis escasas pertenencias. 
 
No podía llevar el collar de padre al cuello, porque sabía que eso levantaría sospechas, ya que en la refinada Ciudad Atenea las Amas daban a sus esclavas collares de filigrana fabricados por las mejores orfebres. Un collar de cuero ya solo podía pertenecer a un hombre, y ninguna mujer podía pertenecer a un hombre en aquella estúpida República. Me lo abroché, por tanto, alrededor del muslo y lo utilicé para enganchar en él el cuchillo de Padre. Rebuscando por los cuartos de la guardia encontré una de las asépticas túnicas blancas con rebordes dorados, cortas y escotadas y sin mangas que utilizaban las amazonas armadas de la guardia revolucionaria en casa de la señora Nardo. Dudé si buscar algo que me sirviera de ropa interior en algún lado: las amazonas de la guardia eran elegidas entre las mujeres de las Tierras Salvajes, que por lo general eran muy jóvenes, atléticas y significativamente planas, por lo que por muy asépticas que fueran sus túnicas aquel desmedido escote resultaba cómicamente incapaz de contener mis tetas dentro de aquella tela absurdamente rajada, ya que aunque yo siempre haya estado lejos de tener unas peras enormes, eran sin duda suficientemente grandes para que su envidiable turgencia las hiciera buscar con ansia aquella libertad que, mucho me temía, a mí misma me iba a ser vetada en aquel mundo marcado por el sometimiento a aquellas mujeres frígidas y mentalmente perturbadas, como Nardo, como la Vieja, que habían sido capaces de arruinar todo lo que en la vida merecía la pena. Empujé mis rebeldes pechos dentro de la escotada apertura, mientras recodaba que, además de ser planas como una tabla, las amazonas vestían aquellas cortas túnicas siempre con unas breves calzas que, al menos, servían para taparles el culo y recoger las humedades de su sexo. Pero algo bueno tenía que salir de aquel maldito régimen de feministas enloquecidas: por lo menos ahora una mujer podía ir por la calle enseñando cuanto quisiera sin que nadie fuera a cuestionar el por qué. Si cualquier hombre osaba poner su vista encima de sus carnes al aire, podía ser inmediatamente ajusticiado por cualquier amazona o cualquier Dirigente que le sorprendiera en dicha falta. Así, sin más. Pero tampoco me llamaba a engaño, aquella República se decía feminista, pero no había hecho más que sustituir a unos opresores por otras, y las Dirigentes pronto alcanzaron merecida fama de preferir para refrescar sus ardores pagar por los servicios de mujeres jóvenes y bien dotadas, incapaces como eran de enfrentarse a un hombre si no podían valerse de la ventaja de la esclavitud y el sometimiento. Así que sí, en determinados ambientes enseñar más de la cuenta seguía siendo sinónimo de puta, y lo peor es que en aquella sociedad férreamente jerarquizada, casi cualquier mujer con un mínimo poder tenía derecho a tomar a otra de clase inferior como puta para usarla con total libertad, aunque fuera durante un tiempo limitado. Maldije aquel mundo en el que ni siquiera a las putas les quedaba un mínimo de libertad para moverse, mientras terminaba de preparar mis cosas para la partida. 
 
En una pequeña mochila de cuero metí una manta ligera, algo de comida y las pocas monedas que encontré. Me calcé unas botas marrones altas de piel vuelta, y abandoné la casa por la puerta de la calle, para nunca más volver.

 
 
 
(lau.alma @yahoo.com)
 

...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
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