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La Marranita - CAPÍTULO IV - La leche

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laualma
(@laualma)
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Iniciador del debate   [#2018]

La Marranita - Auge y caída de la República de las Mujeres

[si te gusta la serie de La Marranita, podrás ir leyéndola aquí: https://www.relatosonline.com/participant/laualma/activity/ ]
 
 
CAPÍTULO IV - La leche
 
Y así, claro, aunque en su momento yo no tenía capacidad para darme cuenta de la relevancia de aquello, a muchos de ellos iba a ser precisamente yo la que les iba a acabar por sacar su primera leche. La primera vez que nos pasó fui yo la que me asusté al principio en aquella ocasión, porque realmente no tenía ni idea de qué era aquello, aunque tenía claro no era ni pis ni el líquido que les mojaba las cabezas de las pollas cuando les retiraba el pellejo y conseguía que se les pusiera alta del todo... Pero, aunque mis conocimientos habían aumentado mucho, y hasta había aprendido los nombre reales de muchas cosas (me refiero a los nombres que usan los adultos para esas cosas, en vez de los que utilizábamos los niños en nuestros juegos), la primera vez no fui capaz ni siquier de darle un nombre de juego a aquella cosa, porque era algo que nunca había llegado a aparecer en ningún juego... y, porque la verdad, lo reconozco: es que entonces yo no podía ni llegar a imaginar que los hombres también dieran leche, solo que por el pito, en lugar de por las tetas como las madres con sus hijos.
 
Aunque aquel desconocimiento mío tampoco fue tan importante en realidad, porque luego, como siempre, me pudo el morbo y mis ganas de conocer e investigar todas las pollas que podía, porque mi atracción por el miembro masculino no hacía más que crecer día a día en una verdadera espiral adictiva, en la que cuantas más pollas conocía y probaba, más quería conocerlas, y de una manera más total también, a las que ya había probado y a ser posible a otras nuevas, hasta pasar por todas las pollas del barrio si es que aquello era posible... Como dije antes, a mí me gustaba lamer sus gotitas de agüita viscosa, grisácea y ácida cuando se les mojaba la punta del pito, cuando yo les masajeaba las pelotas duras y les bajaba la piel de arriba para darle lamidas una vez que había conseguido ponérsela dura del todo. A los más mayores les encantaba aquello, aunque les alucinaba que siendo yo tan pequeña se lo quisiera hacer sin necesidad de obligarme, como sabía que obligaban a hacer a alguna de mis amigas sus hermanos mayores, pero yo no me creía que ninguna de mis amigas ni ninguna chica pudiera no querer hacer aquello a esos chicos con pollas tan bonitas, hasta el punto de que las tuvieran que obligar a hacerlo contra su voluntad, y por eso pensaba que su asombro conmigo era en realidad porque les parecía que yo se lo hacía mejor que las otras chicas más mayores, las hermanas de mis amigas que, aún siendo más mayores que nosotras, todavía no podían ir al patio. Aunque con el tiempo acabaría descubriendo que, para mi sorpresa, ninguna otra niña del vecindario, ni siquiera esas que tenían bastantes más años que yo, jugaba a tocar pitos de la forma en que yo lo hacía, y que por lo visto solo las mayores de verdad, aquellas a las que padre ya llevaba a las fiestas y todo, sabían realmente hacer esas cosas que, sin embargo yo ya sabía hacer perfectamente con solo la mitad de su edad.
 
Supongo que mi pasión por las pollas me hizo precoz en eso, pero a mí me parecía muy normal y muy bonito tocar sus cuerpos y, sobre todo, jugar con esas partes tan especiales de los chicos y, además, ellos se excitaban mucho conmigo y a mí aquello me hacía sentir muy bien también. Por eso accedía siempre a todas sus peticiones, claro, aunque no los conociera de antes, y siempre me parecía normal y excitante que casi todos los chicos de nuestro entorno con edades entre el año lunar y el de la ciudadanía, acabaran oyendo de mí a través de otros amigo y quisieran venir a conocerme para jugar conmigo, aunque hubo un momento que eran tantos ya que yo ya solo quería jugar con los más mayores, casi todos sobre los dieciséis o diecisiete años. Me buscaban siempre con sus pollas ya no tan pequeñas y duras como piedras aún antes de sacársela, y no pararan de enseñármelas y de pedirme continuamente que les dejara tocarme mientras les acariciaba sus verguitas para bajarles la punta, y un día uno se puso muy nervioso cuando empezó a empujármela dentro de la boca al notar que yo no solo me dejaba, sino que realmente usaba mi lengua y mis labios para lamer y succionar su pito duro, y entonces intentó empujarla entera del todo dentro, pero yo entonces no podía todavía hacer eso con un pito tan grande y duro como el que él tenía ya, porque es que en verdad yo todavía no sabía verdaderamente nada de cómo chupar pollas, pero pronto fui aprendiendo, porque él fue el primero pero luego noté que muchos otros lo intentaban también, aquello de empujármela dentro como tratando de metérmela toda entera en la boca, auqnue la tuvieran muy larga y muy dura, y yo me ponía nerviosa porque entendía que si todos lo hacía era porque yo tenía que saber conseguir que me entrara completa, pero no sabía, y para distraerles sa la chupaba succionando con mucha fuerza y cuando se me salían todas las babas y estaba todo empapado en saliva y en sus pises, yo me la sacaba de la boca y se la lamía y relamía como si fuera un helado o directamente se la chupaba como cuando era pequeña y me chupaba mi dedo gordo. Yo no sabía si era aquello lo que tenía que hacer, pero era lo que me salía cuando me la empujaban en la boca y yo me quedaba sin saber cómo hacer lo que ellos querían, pero luego parecía que también les gustaba igualmente lo que les hacía. 
 
Algunas veces me preguntaban si no me daba asco chuparles el pito después de que hubieran hecho pis, pero ya digo que a mí en realidad me había empezado a dar curiosidad también aquello, y no podía dejar de preguntarme cómo sería si en lugar del agüita grisácea me echaran su pis de verdad en la cara y dentro de la boca. Había empezado a experimentar con mi propio pis, primero metiendo la mano cuando meaba en la letrina del patio o en los basureros de las calles o en los campos vacíos de la zona del puerto, y me encantaba lo caliente que salía, y a veces me llenaba la mano con mi pis caliente y me lo bebía, y me gustaba aquel sabor fuerte y caliente como el aguardiente que veía Padre, aunque era ácido y amargo y salado a la vez, pero a mí me gustaba igual y quería probar también algún día el de alguno de los chicos, porque en realidad las veces que les chupaba las pollas cuando recién acababan de hacer pis, a mí me había empezado a gustar también aquel sabor como de caldo pasado, todavía caliente y muy salado, que tenían las gotas de pis que todavía les quedaban colgando del pellejo después del meado, y alguno me decía que si yo quería se la podía lavar antes de que yo le hiciera cosas con la boca en su polla, pero yo le decía que no, que en realidad prefería así, y hasta con uno de ellos una vez me atreví a decirle que me dejara meter la lengua en el chorro mientras meaba, y eso nos gustó mucho a los dos y él acabó girándose para echármelo todo en la cara y por el cuerpo y fue muy divertido.
 
A mí me gustaba descubrir sus reacciones cuando les acariciaba la parte del pito que no me cabía en la boca y que sujetaba con mi manita, porque un día descubrí que si se la apretaba y se la movía arriba y abajo mientras les hacía aquellas cosas con la boca a ellos les gustaba mucho más todavía, y además se aceleraban tanto que me empezaban a decir todas esas cosas divertidas y sucias que decían los hombres a las chicas en las fiestas de Padre, y como yo entonces me di cuenta de que cuando les hacía las mismas cosas que aquellas chicas hacían a los padres, todo iba bien y los chicos "disfrutaban" y a mí me felicitaban después. Y, como yo lo que quería era que aquellos chicos no se cansaran nunca de mí, y que siguieran deseándome siempre y que siempre quisieran jugar conmigo, comprendí que debía hacer lo que fuera para poder aprender más cosas de las chicas mayores, y me las arreglaba como podía para espiar escondida a los amigos de Padre cuando desaparecían del patio donde se juntaban y se metían en algún rincón apartado con alguna de ellas, y yo veía hasta qué punto jugaban verdaderamente a los mismos juegos que nosotros ya estábamos probando, solo que como todas eran mucho mayores, pues sabían hacer muchas más cosas que nosotros y se lo pasaban muy bien. Y yo no podía dejar de mi mirar, y me imaginaba repitiendo todo aquello con los chicos luego, y solo de mirar a aquellas jóvenes haciéndoles todo eso a los amigos de Padre yo ya me mojaba como nunca y me entraban ganas de tocarme por todas partes, y deseaba tener a alguno de mis amigos para poder enseñarle cómo tenía la rajita de encharcada.
 
Luego, directamente imitaba lo que había visto cuando me juntaba con mis amigos mayores, y un día uno de ellos empezó a respirar muy agitado y a decirme cosas más sucias de lo habitual y también me decía que yo era muy buena comiendo, y aquello sentí que me excitó, porque nunca me habían dicho algo así pero me resultaba apasionante pensar que realmente estaba comiendo al chico, además justo por la puerte de su cuerpo que a mí más me gustaba... Lo que pasa es que ahora hablo de excitación porque fue lo que sentí en ese momento cuando él me dijo lo de que comía muy bien, pero en realidad en su momento no supe entender aquella reacción, y solo con el tiempo supe que aquella fue la primera vez que sentí excitación sexual consciente y de verdad. La primera vez que me puse cachonda en mi vida. 
 
Lo que pasaba era que, como yo no sabía aún lo que era excitarse sexualmente, al principio pensé que simplemente lo estaba "disfrutando", solo que más fuerte que otras veces. Porque aquel chico que fue el primero en explicarme que yo comía bien, es que era cierto que él se sentía en mi boca distinto a los demás; me di cuenta enseguida de que nunca había notado algo tan grande y duro dentro de mí. La sensación era nueva de repente, y me gustó de una manera especial, y sin darme cuenta resulta que me dejé llevar y empecé a lamerle y chuparle la polla de una manera especial y distinta, "disfrutando" yo de cada contacto, de cada pasada, y sin pararme tanto a pensar lo que hacía a cada paso. Tan asombrada estaba yo misma de sentirle así, que ni me di cuenta de que también él estaba igual de alterado, hasta el punto de que me había hecho que quitara mis manos de su sexo mientras me agarraba la cabeza por el pelo, y entonces empezó a empujarme el pito duro muy fuerte hacia el fondo de la boca, metiéndomelo cada vez más dentro, una vez detrás de otra. Yo me agarré con fuerza al culo de él porque de repente me entraron unas ganas de vomitar enormes que no entendí, porque en realidad aquello me hacía disfrutar como nunca, y la rajita me ardía y sentía que mi humedad era tanta que hasta me chorreaba por los muslos, y a él le sentí todo tensionado, sudando y con los músculos de sus muslos y su culo endurecidos, y él movía el culo hacia delante y hacia detrás y cada vez me hundía todavía más su polla, que se le había puesto enorme y cada vez le sentía más dura y caliente en mi boca, y sus movimientos me recordaban a los de Padre cuando llegaba a casa borracho y, después de pegar a madre hasta tumbarla, porque ella siempre le recibía de mala manera, gritando histérica e insultándole, se la llevaba a rastras hasta su dormitorio y se tumbaba encima de ella sobre la cama. Yo sabía que, en realidad, aquello se lo hacía casi todos los días, pero solo las veces que llegaba muy bebido, Padre se olvidaba de cerrar la puerta. Yo entonces me subía a la habitación de mi madre a mirar y, por unos instantes, sentía envidia de ella, porque aunque no sabía lo que hacían yo deseaba ya que Padre me cogiera así, y me obligara a abrir la boca, y se tumbara sobre mí de aquella manera en la que yo podría sentir todo su cuerpo, y su fuerza, y su peso, y su olor desplomados sobre mí...
 
Cuando aquel chico empezó a mover el culo de aquella forma para empujar su polla tan dura dentro de mi boca, me acordé de los movimientos de Padre encima de mi madre, y aunque la punta de la polla tan grande del chico se me clavaba en la garganta y yo no podía respirar bien, y se le había puesto tan dura que me costaba abrir la boca tanto, y a mí me estaba dando miedo lastimarle con mis dientes cada vez que me embestía, pero entonces era peor porque me sentía estúpida cuando se me salía la saliva y me llenaba el cuerpo de babas y tenía miedo de darle asco a él por aquello. Y, con todo y con eso, pues yo estaba feliz, y "disfrutando" muchísimo y queriendo satisfacer a aquel chico por encima de todo, porque sabía que aquello que él me estaba haciendo era algo bueno, porque me estaba haciendo lo mismo que hacía Padre, y a mí además me gustaba y me ponía muy orgullosa que aquel chico tan mayor, que hasta debía de estar a punto de cumplir ya su ciudadanía, quisiera hacerlo así conmigo.
 
Yo ni siquiera era consciente de lo excitados que estábamos los dos, él sobre todo, pero también yo, aunque no lo entendiera. Porque nos dábamos cuenta de que la reacción de su cuerpo aquella tarde no estaba siendo la habitual, y por eso él actuaba así y yo estaba tan emocionada por ello. Cuando noté aquella crema tan espesa y sabrosa llenándome la boca, no pude evitar retirarme, pero no por asco sino por pura sorpresa, ya que no entendía de dónde podía salir aquella especie de nata tan deliciosa, que parecía que le hubiera estado chupando la ubre a una de las vacas de la vaquería de la esquina, en lugar de la polla a mi amigo. Él me dejó apartarme, porque sentir el que fue el primer orgasmo de su vida le tenía tan perplejo como a mí misma. Al sacar aquella pequeña tranca de mi boca, noté como un espeso goterón de baba cayendo por mi barbilla, pero un goterón muy espeso, que era más como un moco denso de esos de cuando escupían los chicos al suelo, y se me acabó cayendo sobre las piernas al chorrear desde mis labios. Me quedé mirando su polla todavía dura pegada a mi cara y, entonces, sentí un pequeño escupitajo en mi mejilla, y luego otro, como una salpicadura, caer directo sobre mi pecho. Muy lejos aún de cumplir el año lunar, yo no sabía nada de la vida ni del cuerpo de los chicos, y me resultó casi mágico y totalmente asombroso que una polla, por más que fuese una polla tan buena y dura como aquella, pudiera lanzar escupitajos de moco como si una boca se tratase. Porque además es que aquello ya no era ni pis, ni moco en realidad, ni tampoco el agüita gris de mis anteriores mamadas, sino una crema sabrosa y espesa, tan caliente y deliciosa que habría deseado poder alimentarme de ella durante toda la vida. ¿Pero de verdad los hombres producían aquella leche? Entonces, ¿por qué no nos alimentábamos de leche de hombre en lugar de aquellas leches de cabra, burra o vaca, que ahora me resultaban insípidas y licuadas, en comparación con aquella nata densa que acababa de probar?
 
Recordar ahora mis pensamientos en aquel momento, me produce ternura por mi ingenuidad, y mi desconocimiento y mi hambre de saber y de probarlo todo. Pero es que a mi edad ninguna otra amiga del barrio hacía ni sabía lo que yo, por mucho que ni ellas ni yo hubiéramos desarrollado aún nuestro cuerpo en absoluto, claro. Inevitablemente, a mi edad, tenía aún físico infantil, aunque ya mis tetillas se habían levantado por el incipiente desarrollo de dos areolas pequeñas todavía, y casi sin pezón, pero que resultaban bonitas ya por lo abultadas que estaban, puesto que parecían unos pequeños pechitos. Aunque a mí no me importaba ser pequeña todavía si los chicos mayores seguían viniendo a buscarme a mí para jugar con ellos, y aquel chico exclamaba y resollaba mientras se corría en mi cara y en mis tetas por primera vez, la primera para ambos, y me miraba alucinado mientras yo recogía aquellas gotas espesas y blanquecinas de mi cuerpo y las miraba, las tocaba, las olía y me las acababa llevando a la boca para probarlas con mi habitual afán experimental de siempre que, en aquella ocasión, resultaba en auténtico deleite por lo rica que estaba aquella leche. Mirando su verguita con detenimiento mientras terminaba de correrse, me aseguré de que aquel líquido salía del agujerito del pis, pero no era pis ni tampoco el liquidito gris transparentoso de cuando les hacía lamidas a las cabecitas desnudas y duras de las pollas, sino que era otra cosa. ¿Cuántos líquidos diferentes podían echar los hombres por aquel agujero?, me pregunté, sin poder dejar de relamerme.
 
Cuando acerqué mi lengua a la punta de su polla, que ya no estaba tan dura y estaba empezando a recuperar la posición de su pellejo por arriba, y le lamí esos restos de líquido que todavía escurrían desde allí, él se puso como loco, cayó de rodillas junto a mí y me empezó a abrazar y toquetear y, cuando me quise dar cuenta, me había rodeado por completo con los brazos, atrapándome, porque él era fuerte y yo una chica sin fuerza que, además, estaba nerviosa y excitada, aún sin saberlo, y de repente él me estaba lamiendo los labios, y me los separó, y de repente me metió la lengua dentro del cuerpo, en el mismo sitio dónde hasta poco antes había tenido metida la polla. Me resultó raro que un chico me hiciera aquello, aunque yo ya había jugado con alguna de mis amigas a desnudarnos y meternos las lenguas en las bocas y juntar nuestros labios, pero luego nunca sabíamos cómo seguir, y sin embargo ahora sentía aquella boca y aquella lengua, tan diferentes, tan masculinas, recorriendo mi interior como si me acabara de comer un animal viscoso y vivaz. Tener su lengua dentro de mi boca fue algo que me dio más asco de lo que me había dado lamer ningún pito ni ninguna polla antes, porque auqello era algo que, en realidad, no me daba el menor asco sino al revés, me gustaba y hasta había aprendido a "disfrutarlo" aunque era cierto que a veces algún chico tenía el pito más feo o con alguna cosa rara que me repuganba, y entonces aquello sí que me gustaba menos, pero no era nada parecido a la repugnancia de sentir aquella lengua húmeda moviéndose como un pez vivo o un pequeño anfibio dentro de mi boca. Sin embargo, no quise negarme a lo que me estaba haciendo aquel chico, porque él era el más mayor de todos los que solían jugar conmigo, y porque de repente sentí como me tumbaba y, sin dejar de meterme la lengua dentro de la boca, se ponía encima de mí y empezaba a frotar su cuerpo desnudo sobre el mío, y yo sentía cómo nuestros cuerpos deslizaban untados por ese líquido que había salido de su polla y se la notaba todavía medio dura golpeando mi tripita y por debajo, entre las piernas, mientras él hacía lo mismo que hacía Padre cuando se tumbaba sobre mi madre y le empujaba la polla a ella, subiendo y bajando el culo.
 
Aquel chico me enseñó a besar cuando estaba a punto de celebrar mi nuevo cumpleaños, aunque todavía me faltaran dos para el año lunar, y me lo tomé como un regalo especial, ya que estaba acostumbrada a que mi madre nunca me celebrase los cumpleaños, por lo que nunca antes había tenido un regalo, y eso hizo que mi primer beso fuera doblemente especial. Padre, naturalmente, estaba a punto de cumplir los mismos once años ignorándome y, sin embargo, yo sabía que habría estado orgullosa de su niña si hubiera podido verme. A partir de aquel día, el mayor de los chicos se convirtió en mi compañero de juego favorito, y fue ya siempre con el que más me gustaba estar, porque era el único que se tumbaba sobre mí y me hacía las cosas que hacía Padre cuando tenía la polla alta. El caso era que cuando jugaba con aquel chico, a mí me gustaba más comer su polla hasta que le salía su leche, porque me gustaba mucho tomarla caliente, pero a él le gustaba lo otro, lo de tumbarse y abrirme y empujarme y, aunque yo no entendía lo que hacía, le dejaba jugar a su gusto porque sabía que si Padre también hacía aquello yo debía esforzarme por aprender a dejar también que me lo hicieran lo mejor posible, y por eso me ponía muy feliz si el chico terminaba entre mis piernecitas, echando allí la leche, porque ya sabía que aquello quería decir que me había salido bien y había conseguido hacer que "disfrutara". 
 
Después de conseguir que el chico me echara su leche dentro de la boca y encima de mi cuerpo varias veces, yo me obsesioné con eso, y buscaba sobre todo a aquel chico cuando quería jugar (que, en realidad, era casi siempre), porque me ponía de mal humor comerles la polla a los otros chicos sin que llegaran a soltar más que aquella babilla brillante que les dejaba la punta viscosa. El problema era que él no siempre estaba en los callejones del puerto, por lo que tenía que buscarme a otro chico para jugar. A veces, sin más, igual me iba con cualquiera, recordando los días que jugaba con todos sin importarme cómo tuvieran el pito. Pero, si podía, buscaba siempre a los más mayores, aunque no siempre era fácil que aquellos chicos casi adultos hiceran caso a una chica tan pequeña y de aspecto tan infantil como el mío, por mucho que les propusiera comerles la polla y dejarles tocarme todo, pero aún así fui logrando hacerlo también con otros, mayores como él o un poco menos y, según pasaban los meses, con ellos fui practicando todo lo que pude lo de sacarles la leche con la boca, y lo que aprendía de nuevo con unos se lo hacía luego a los otros, y así fui consiguiendo que cada vez fueran más los chicos mayores que me venía ellos buscando a mí para darme su leche, y al final hasta venían algunos con amigos o primos de fuera del barrio, creo que incluso algunos eran más mayores todavía, y todos me pedían que les hiciera aquello también a ellos, y a mí me gustaba tanto ser así de famosa y querida que nunca me negaba a hacerlo con ninguno de los que me buscaban, y pensaba que realmente era como una diosa admirada por un montón de chicos, y que por eso tenía el deber de salvarlos a todos comiéndoles la polla hasta beber su leche, y que debía ser precisamente eso es lo que hacían las Folladoras de Hombres... 
 
Seguramente aquella fue la última vez que pensé en la profecía, hasta que hace unos años se extendió como un verdadero clamor entre los esclavos de Ciudad Atenea y los huidos de las Tierras Salvajes.
 
 
 
(lau.alma @yahoo.com)
 

...dicen de mí que tengo buen sabor
l****@yahoo.com


   
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