Os voy a contar dos historias del comienzo de mi vida sexual. La primera me ocurrió cuando yo tenía 16 años y fue con mi prima Natalia y la segunda me ocurrió cuando tenía 18 años y fue con mi madrina, que era una mujer alemana.
Empezaré por mi prima. Natalia era alta y muy menuda. Tenia el cabello marrón, largo, y rizado. Sus tetas eran pequeñas, su culo era redondo y pequeño, sus piernas delgadas y era bruta y mal hablada, pero eso sí, era guapa a rabiar.
Rodeado de huertas había un lugar al que le llamaban "el bosque", pero no era tal, bueno era un bosque, pero diminuto, ya que no debía tener más de cien metros cuadrados y los árboles que allí habían eran mimosas y laureles.
Natalia era muy aficionada a descubrir nidos de pájaros, e ir viendo después cómo rompían los huevos y cómo iban creciendo los pajaritos. Ese día me llevó a ver tres nidos de mirlo, uno con huevos, el otro con crías sin pluma y un tercero en que los mirlos estaban a punto de echar a volar. Viendo el tercero, que estaba en unas mimosas, le eché las manos a la cintura, me apreté contra ella, le froté la polla en el culo, la besé en el cuello y le dije:
-Aquí en medio no nos vería nadie si echáramos un polvo.
Se dio la vuelta, me miró a los ojos y me dijo:
-Se está rifando una ostia.
-¿Y tengo todas las papeletas?
-Toditas.
-Si después me das lo que quiero, no me importaría que me tocara esa ostia.
-Yo no soy como esas descaradas con la que pasas el tiempo, esas que engañan a sus novios.
-¿Y tú cómo sabes eso?
-Mis amigas me cuentan cosas, pero ya te dije que no soy cómo ellas.
-No, tú eres más guapa.
-Eso se lo dirás a todas, chulo de playa.
-Sí, pero a ti te lo digo porque lo eres.
Le eché las manos al culo, la apreté contra mí y la besé sin lengua.
Me cayó una bofetada que me dejó la cara ardiendo. "¡Plassss!"
-La buscaste y la encontraste.
Le puse las manos a la espalda, la apreté contra mi y cuando abrió la boca para hablar, le di un beso sin lengua. Me miró con cara de pocos amigos y me dijo:
-Suéltame.
-No te voy a soltar, tienes la manos muy ligeras.
Cambio de actitud.
-Pues entonces hazlo bien, dame un beso con lengua.
-Sí, para que me la arranques de un mordisco.
Al no funcionarle la treta, volvió la bruta.
-¡Mudo te iba a dejar, cabrón!
La eché boca abajo, le levanté el vestido, le bajé las bragas, metí mi cara entre sus piernas y eché la lengua fuera para comerle el coño. Levantó el culo intentando librarse de mí y lo que le lamí fue el ojete. Se quedó quieta y me dijo:
-Cerdo, que eres un cerdo.
Era obvio que si se quedara quieta era porque le había gustado. Seguí lamiendo su ojete. Natalia, sin moverse, me puso a pingar, y más aún cuando le lamí el coño. Entre otras cosas, me dijo:
-¡Te voy a capar y le voy a echar tus cojones a mi perro! Hijo de la gran...
Le di la vuelta, le sujeté las manos, la besé sin lenga. Mi prima se retorcía y al rozar sus pequeñas tetas con mi pecho y el coño con mi polla, Pepito se me puso duro... Estuvo batallando conmigo hasta que se cansó y me dijo:
-Tan pronto cómo me sueltes las manos te voy a poner la cara cómo un mapa.
Frotando mi polla contra su coño y mirándola a lo ojos, le dije:
-Eres la cosa mas linda que han visto mis ojos.
Se tiró un pedo. Me escupió en la cara, y me dijo:
-Y la más refinada.
La solté y me puse en pie.
-Así no se puede.
Mi prima, después de levantarse, colorada como un tomare maduro, me dijo:
-No te voy a meter porque no llegaste hasta el final, si no -mordió el labio inferior y tiró una patada al aire-. ¡Es que te daba una patada en la boca que te dejaba sin dientes!
-Te creo, eres tan bruta cómo bonita.
Su tono de voz cambio radicalmente.
-Y tu tienes la piel muy fina, capullo.
Sus palabras me volvieron a animar. Me la jugué. Le di un beso con lengua, la apreté contra y le volví a frotar la polla contra el coño. En vez de morderme la lengua, me echó los brazos alrededor del cuello y al besarla de nuevo me devolvió el beso. Le levanté el vestido y le eché la mano derecha al coño. Me dijo:
-¿Qué has hecho de mí?
-Nada, todavía, pero te voy a hacer florecer.
Dicho así hasta suena bonito.
Nos echamos sobre la hierba uno al lado del otro. Le levanté la camiseta. No llevaba sujetador. Metí su teta derecha en mi boca y la chupé desde la base al pezón, el cual lamí antes de volver a chupar la teta entera. Repetí la operación unas cuantas veces mientras acariciaba la otra teta, a la que enseguida le hice lo mismo. Bajé al coño y se lo olí. Olía a polvos de talco. Pasé mi lengua por su coño. Estaba lleno de jugos muy espesos, los saboreé y me supieron agrios, sabían a lo que olía el coño. Se lo abrí con dos dedos y lamí de abajo a arriba, le quise meter la lengua en la vagina, pero solamente entró la puntita. Después lamí su clítoris, y "pumba", se corrió en posición fetal y entre espasmos.
Al acabar de correrse se puso en pie y salió de allí corriendo cómo una gallina asustada. La bruta era una vergonzosa. Dejara las bragas olvidadas y con ellas me hice una buena paja.
A la una de la tarde acabara mi última clase en el instituto. Cogí mi carpeta y mi paraguas y me fui. El camino que me llevaba del instituto a mi casa estaba lleno de pozas, pues llovía con ganas. En mitad del camino, y a mano izquierda, estaba la caseta de un transformador de la luz, de aquellas que tenían unos cinco metros de alto y dos de ancho y una puerta estrecha a su lado derecho, lo que hacía que si te ponías en el lado izquierdo no te veían desde el camino. En la puerta vi a Natalia y le dije:
-Si vas para casa te puedes meter bajo mi paraguas.
Su intención no era la de ir para casa, por lo menos en aquel momento. Me dijo:
-Ven aquí que te quiero decir un cosa.
Cuando llegué a su lado se metió en la parte izquierda del transformador. Le vi la idea, así que cerré el paraguas y fui a su lado. Me echó las manos a la nuca, me metió un morreo y me dijo:
-El otro día salí corriendo porque me asusté.
-¿Y hoy ya no tienes miedo?
-No.
Puse en una esquina la carpeta y el paraguas, luego saqué la polla empalmada y le dije:
-Me debes una, chupa.
-No sé chupar.
-¿No sabes chupar una piruleta?
-Si.
-Pues se chupa igual.
Se puso en cuclillas, me echó la mano derecha a los huevos, metió la cabeza de la polla en la boca y chupó, chupó una vez, ya que luego se levantó y poniendo cara de grima, me dijo:
-No me gusta cómo sabe tu carallo.
Estaba visto que no me la iba a chupar.
-Baja las bragas que a mí sí me gusta cómo sabe tu coño..
-No tengo nada ahí abajo.
-¿Y arriba?
-Tampoco.
Se levantó el jersey y la camiseta y vi de nuevo aquellos preciosos limones. Le di unas mamadas que la hicieron estremecer. Luego me agaché y le levanté la falda. Estaba mojada de verdad. Los jugos bajaban por el interior de sus muslos y los pelos de su coño, junto a la vagina, goteaban tímidamente. Le lamí los muslos y luego lamí su coño. En aquellos tiempos yo no sabía comer un coño como hoy en día, que si llegó a saber lo que sé hoy la dejo seca, si, hubiera hecho que se corriera tres o cuatro veces en menos de diez minutos... Cómo te haría correr a ti, sí, a ti, a la que está leyendo esto. Pero volvamos al tema. Lamí su coño de abajo a arriba, metí y saqué la punta de la lengua de la vagina y al ratito se corrió mientras lamía su clítoris. Lo hizo con la espalda apoyada en la pared del transformador, con sus piernas bailando el twist y mordiendo el canto de su mano izquierda. La sujeté para que no cayese de culo.
Al acabar de correrse, me enderecé, La besé con dulzura y le metí la polla entre la piernas, justo debajo del corte del coño. Moví mi culo de delante hacia atrás y de atrás hacia delante y mi polla se fue mojando con los jugos de su corrida. Natalia me susurró al oído:
-Métemela.
La levanté cogiéndola por las nalgas. Mi polla apuntando hacia arriba se colocó en la entrada de la vagina. Empujé, pero no entró. Natalia me dijo:
-Hazlo como hace el médico cuando te quita una venda que se te quedó pegada.
-Yo no soy tan bruto.
-Yo, sí.
Dejó caer el culo con fuerza y la polla le rompió el coño. Se había desvirgado a lo bestia. Al sentir el dolor posó su boca en mi cuello. Pensé que me iba a meter un bocado y me iba a quitar un trozo de cuello, pero no. Sus labios se apretaron contra él para ahogar el grito de dolor. Cuando levantó la cabeza sus ojos estaban llenos de lágrimas.
-¡Carallo! Quitar un virgo no era cómo quitar una venda. Saca la polla, pero poquito a poco.
-Mejor sácala tú.
Natalia la quitó un poquito, pero por miedo a que le doliera la volvió a meter... Así estuvo un rato, sacando y metiendo y con la cabeza apoyada en mi hombro. Cuando ya la tenía casi toda fuera, la metió toda dentro, me dio un pico y me dijo:
-Ya me puedes follar.
La follé subiendo y bajando su culo. A punto de correrse la quité.
-¡Vuélvela a meter, vuélvela a meter!
Me corrí fuera y después se la volví a meter. Le entró ajustada, pero produciéndole solo placer. Poco más tarde sintió que le venía y con sus brazos rodeando mi cuello y mirándome con cara de cordera degollada, me dijo:
-¡Me voy a correr!
-Mírame a los ojos al correrte.
Mirándome a los ojos, me dijo:
-Me corro, me corro, me corro.
Sus gemidos desaparecieron. Su cuerpo se sacudió, su ceño se frunció y sus ojos se fueron cerrando hasta quedar totalmente cerrados. Le dije:
-Mírame.
Abrió los ojos. Los tenía en blanco. Volvieron los gemidos, gemidos que sentí al lado de mi oreja, pues acabó de correrse con la cabeza sobre mi hombro izquierdo.
Al acabar de follar, después de ponerla en el suelo, me miró para la entrepierna y me dijo:
-Tienes el pantalón manchado de sangre.
Otro día sería un problema, pero ese día estaba lloviendo. Bajo la lluvia eliminé el cuerpo del delito.
Mis padres habían venido de vacaciones desde Alemania para estrenar nuestra nueva casa. Con mis padres habían venido un matrimonio de alemanes, muy amigos de mis padres, de hecho mis padres llevaban quince años viviendo de alquiler en su casa. Este matrimonio eran mis padrinos, padrinos que yo no conocía, pues vinieran a bautizarme y no volvieran. Ambos eran muy altos. Él me quitaba cabeza y media y unos sesenta kilos y ella una cabeza y unos cincuenta kilos. Debían de andar en los cuarenta años. A mí me cayeron muy bien, por su manera de hablar el español, porque siempre andaba sonrientes y porque me compraran una motocicleta marca Mobilete, para compensar los años que no me habían dado la rosca en Pascua.
Eran las fiestas de San Roque y todos se habían ido de la aldea a la verbena del pueblo, todos menos Erika y yo. A mí me habían dejado para hacerle compañía, pues, supuestamente, tenía dolor de cabeza y no estaba para músicas.
Alas once y algo de la noche, en calzoncillos, abrí la puerta de su habitación, asomé la cabeza, y le pregunté:
-¿Te pasó el dolor de cabeza, Erika?
-Pasó.
Encendió la lámpara de la mesita de noche y vi que estaba echada de lado y tapada con una sábana, pero con el culo y las piernas al aire. Tenía las piernas jamonas y el culo gordo, pero, gordo de verdad. Mirándole para el culo, le dije:
-Me alegro. Sí puedo hacer algo por ti...
-Sí que puedes, me pica la espalda y no puedo rascármela.
Fui hasta la cama y la destapé. Tal y como esperaba, estaba desnuda. Se puso boca abajo y vi que llevaba puesto un collar de perlas y unos pendientes a juego. Se había puesto guapa para mí. Le rasqué la espalda despacio, pero con fuerza. Gimió al sentir mis uñas rascar su piel. Incluso un tonto sabría que Erica quería echar un polvo. Así que después de la espalda le rasqué las nalgas y luego las piernas hasta los talones. Volví a subir rascando hasta las nalgas, se las separé y le lamí el ojete, acto seguido subí besando y lamiendo. Llegué a su cuello y se lo chupé por ambos lados.
Erika se puso boca arriba y vi sus y tetas y su coño. Cada una de sus tetas era más grande que mi cabeza. Tenían areolas claras y sus pezones eran gordos. Su coño tenía el vello negro y alborotado, lo que contrastaba con el cabello de su cabeza, que era cortito y rubio. A pesar de ser una mujerona, sus lorzas no eran muy grandes. Vio mi polla empalmada dentro del calzoncillo, me lo bajó y polla quedó apuntando al frente.
-Tienes una polla muy bonita.
Debía de ser bonita, pues la comió a besos antes de cogerla con su manopla derecha, meterla en la boca y mamarla cómo nunca me la habían mamado, o sea, poniendo la lengua sobre el frenillo y mamando la corona mientras su mano subía y bajaba por el troco... Al rato dejó de mamar la cabeza de mi polla y me dijo:
-Ven para cama.
Me quité el calzoncillo y me eché a su lado. En comparación, era cómo si un pastelito se hubiera puesto al lado de un bollo de crema... Pastelito porque yo era musculoso, y bollo de crema porque los jugos de Erika eran cremosos.
Erika siguió mamando y luego rizó el rizo, lo digo porque que cuando veía que me iba a correr, paraba y me apretaba los huevos suavemente para despistarla. Me lo hizo más de media docena de veces, luego me dijo:
-Ahora fóllame.
Tenía que desengañarla.
-Si te la meto, ya me corro.
-Corre.
-¿Qué?
-Que te corras dentro de mi coño todas las veces que quieras.
Me eché encima de ella. Creo que sentiría el mismo peso si se le hubiese caído encima el crucifijo que había en la pared de la cabecera de la cama... Pero allí estaba yo, dándomelas de macho, metido entre unas piernas que se habían abierto de par en par y moviendo mi culo al ritmo que le marcaban sus manoplas a mi culo. Lo curioso es que la polla le entraba justa. Debía ser porque no había parido y también porque el alemán no la tenía tan gorda cómo la mía. El caso fue que no me corrí tan pronto cómo creía que me iba a correr y Erika estaba deseosa de leche. Me cogió por la cintura y me movió de abajo a arriba y de arriba a abajo cómo si fuera un muñeco hasta que sintió cómo mi leche entraba en su coño. En ese momento, dejó de sacudirme, me echó las manoplas a las nalgas, me metió su enorme lengua en la boca y me apretó contra ella, me apretó de tal modo que mi polla se corrió en lo más profundo de su coño.
Al acabar de correrme me echó las manos a los hombros y me fue empujando hacia abajo hasta que mi cabeza quedó delante de su coño. Yo, viendo salir mi leche de la vagina, le lamí el clítoris de abajo a arriba con la punta de la lengua. Erika llevó mi boca a su vagina, la apretó contra ella y me dijo:
-Vuelve a meter la leche dentro.
No tenía más remedio que clavarle la lengua en el coño, y fue lo que hice. Al tenerla dentro, apretó de nuevo mi cabeza contra su coño, movió el culo de abajo a arriba y de arriba a abajo y me dio en la boca una corrida brutal, que no me quedó más remedio que tragar.
Luego me quitó de encima, subió ella y me cabalgó. Sus tremendos melones iban de abajo a arriba y su gran culo de atrás a delante y de delante a atrás. Al rato sudaba cómo una condenada. Cogió la teta izquierda con una mano y me la dio a mamar. Al lamerle el pezón y la areola me supo a salado. Después me dio la otra. Se la estaba mamando cuando su coño apretó mi coño y comenzó a correrse. Se apoyó con las manos en la cama al correrse para no caer encima de mí. La vi sacudirse y la oí jadear cómo una perra, pero no me corrí.
Al acabar de correrse se echó boca arriba y estuvo dándose aire con las manos un par de minutos. Cuando pudo hablar, me dijo:
-Si te echo otro polvo me da un infarto.
-No hay problema, te lo echo yo a ti cuando estés lista. ¿Te gusta a cuatro patas?
-Es mi posición favorita.
Una vez que se puso a cuatro patas, me coloqué detrás de ella. Me cogió la polla, la frotó en el coño corrido, después en el ojete, echó el culo hacia atrás y me folló la polla con su culo. Yo agarraba las tetas y las magreaba, de aquella manera, pues para magrear aquellos esponjosos melones como es debido, hacían falta manos cómo ensaladeras. Al rato mi polla comenzó a latir dentro de su culo. Eso le dijo que me iba a correr. La sacó, la medió en el coño y me siguió follando. No tardé nada en correrme. Erika, echando el culo hacia atrás para que de nuevo me corriera en el fondo de su coño, dijo:
-¡Qué rica se siente tu leche dentro de mi coño!
Luego de correrme, la follé. La follé romper, sin compasión. Dándole, me dijo:
-Aprieta mis pezones y dame palmadas en el culo.
Apretando sus pezones con dos dedos y calentándole el culo, se volvió a correr cómo una burra y yo le llené el coño por tercera vez.
No quiso follar más. Estaba en un mar de sudor y tuvo miedo de que le diera un chungo.
Nueve meses después mi madre escribió a casa y en la carta decía que se había producido un milagro, y al milagro era que Erika había tenido una niña.
Quique.
@quique un relato muy exitante 👍👍🍆
scripsit nyctidromus
sanguine et pulvis
n****@gmail.com




