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¡Hostias, me voy a correr otra vez, papá!

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José
(@quique)
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Topic starter   [#1835]

 Lidia medía casi un metro sesenta y ocho, era pelirroja, de ojos azules, pecosa y guapa a rabiar, pero tenía un problema de sobrepeso, o sea, estaba gorda. No tenía ninguna enfermedad, le gustaba comer, y punto.

Aquel mediodía estaba sentada a la mesa con Secundina, su madre y con Saturnino, su padre, frente a un plato con tocino, cabeza de cerdo, oreja, costilla, chorizo, carne de ternera, repollo, habas y agua de caldo en el fondo del plato en la que hacía sopas, les dijo:

-Para mí no hay mayor placer que el que da el comer.

Secundina, la madre, que tenía en el plato la cuarta parte de lo que tenía ella, le dio a la cabeza, y le dijo:

-No hace falta que lo jures. ¿Dónde va esa idea que tenías ayer de adelgazar? Te duró bien poco.

-La dejó para mañana.

Saturnino, que era moreno, un poco más bajo que su hija, de ojos azules y flaco, se metió en la conversación.

-Sí, y mañana la dejarás para pasado mañana.

-La verdad es que prisa no me corre.

Lidia se limpió la boca con la servilleta de tela, posó el cuchillo y el tenedor, se echó un vaso de vino tinto, tomó un sorbo, se limpió la boca y siguió comiendo. Saturnino le dijo:

-Cuando te decidas haz algo de ejercicio.

-¿Cómo qué?

-¿Como saltar a la cuerda, jugar al la rayuela...?

-Ya no soy una niña para jugar a esas cosas, papá, si me vieran se reirían de mí.

La madre tenía otra idea de hacer ejercicio.

-El ejercicio que debes hacer es coger una azada e ir a trabajar a la huerta, ir a lavar al río... Ya verás como adelgazas.

-Soy costurera, mi trabajo no es ese.

-Una costurera que no cose más que seis o siete días al mes. En la huerta no quieres trabajar, al río no quieres ir a lavar, pues desde mañana vas a ir con tu padre a aprender a pastorear, así también haces ejercicio.

Al día siguiente, en el monte, mientras las ovejas apastaban y el perro ovejero las controlaba, Saturnino ató una cuerda a un pino y le dijo a su hija:

-Aquí nadie te verá saltar.

Lidia, que estaba sentada, apoyó su mano derecha en la hierba y se levantó.

-No des muy fuerte que llevo años sin saltar.

Le dio despacio. Al saltar, las grandes tetas de Lidia subían y bajaban, y su falda marrón, que le daba  por debajo de las rodillas, también subía y bajaba dejando ver sus robustas piernas.

-No has perdido el estilo.

-No, pero cansa mucho.

-Un poquito más.

-Ya estoy sudando.

Poco después dejó de darle. Lidia se sentó.  Saturnino dejó la cuerda atada al árbol y también se sentó, y lo hizo para que su hija no viera el empalme que tenía. La muchacha se olió la axila izquierda.

-Huelo que apesto.

-A mí me hueles a vicio.

Lidia no se creía lo que acababa de oír.

-¡¿A qué has dicho que te huelo?!

-A vicio. 

-¿Me quieres aclarar eso?

Saturnino se quiso escaquear.

-Mejor no te lo aclaro.

Lidia se puso seria.

-No, mejor me lo aclaras o le digo a mamá lo que me has dicho.

-En ese caso te lo aclararé. Me hueles como me huele tu madre cuando terminamos de hacer los deberes.

-Era mejor que no me lo hubieras dicho. Ahora no sé qué pensar.

-Será porque no hay nada que pensar. ¿Quieres comer?

-¡¿Lo qué?

-El salpicón que hemos traído.

Lidia respiró aliviada y se dio aire con las dos manos.

-¡Puffff!

-¿Qué habías pensado?

-Mejor no te lo digo. Voy a poner el mantel y luego aderezaré el salpicón con el aceite y el vinagre.

Comieron, bebieron, luego sacaron las cartas, se pusieron a jugar a la escoba y siguieron hablando.

-Sabes, papá, Álvaro me preguntó si me quería casar con él.

-¿Se lo has dicho a tu madre?

-No, aún no.

-¿Ya consumasteis?

-Ni consumamos, ni consumaremos hasta la noche de bodas.

-¿Ni un beso?

-Eso no es consumar.

-Depende de donde se dé. Si se da en el coño, en una teta o en el culo, después es difícil no consumar.

Lidia se enfadó.

-¡No seas mal hablado!

-Es que se me hace raro que no te diese lo tuyo en dos años de noviazgo.

-Si lo mío es lo que yo pienso, no, no me lo dio, ya te lo he dicho antes.

-¿Por qué no te lo dio?

-Porque no le dejo. ¿Tú lo pediste a mamá?

-Sí, luego de unos besos.

-¿Y como se lo pediste?

-Le pedí que me la mamara, pero antes le mamé el coño yo a ella, fue corrida en la boca por corrida en la boca.

Lidia se escandalizó.

-¡No te pedí que fueras tan explícito!

-No, pero yo digo las cosas claras. ¿Alguna pregunta más?

-Ya no sé si preguntar.

-Intentaré ser más comedido.

-En ese caso te lo preguntaré. ¿En qué lugar le hiciste la cochinada?

-En el monte, estando ella de pie y con la espalda apoyada en un pino. ¿Quieres saber por qué quiso que se la comieras estando de pie?

-¿Por qué?

-Según ella porque cuando bailaba pegada a un hombre y sentía su polla dura entre las piernas, cerraba los ojos e imaginaba que él se agachaba y le comía el coño, incluso un día se corrió con el frotamiento mientras bailaba.

-¡¿Mamá te dijo eso?

-Me lo dijo años después de casarnos.

-¿Y no te molesto?

-¿Por qué iba a molestarme si no estaba conmigo?

-A mí nunca me la ha arrimado tanto mi novio.

-Será porque no le dejas, si le dejaras seguro que te iba a gustar.

-No creo.

La pregunta era obligatoria.

-¿Quieres qué ponga música en el transistor y bailamos pegados?

-Podrían vernos.

Al no decirle que no, supo que iba a arrimarle cebolleta a su hija. 

Encendió el transistor y oyó como empezaba la canción del Dúo Dinámico, Esos Ojitos Negros. Le dio una mano a su hija para que se pusiera en pie, luego le metió la pierna derecha entre las de ella, la abrazó y comenzaron a bailar. Lidia, abrazó a su padre, y sintiendo la polla frotándose en su coño, le puso la cabeza sobre el hombro, y le dijo:

-Esto es muy peligroso, papá.

-Cierra los ojos y deja volar tu imaginación.

El roce de la polla con el coño le gustaba tanto a Lidia que también frotó ella.

-Como vengan por ahí...

Saturnino, apretando su polla contra el coño y frotando, le preguntó:

-¿Estás mojada?

-Esas cosas no se preguntan.

Poco después sintió como su hija se estremecía.

-¿Te estás corriendo, Lidia?

En bajito le respondió:

-No.

-Mentirosa.

Al acabar de correrse, y mientras se oía otra canción, Saturnino la arrimó a un pino.

-Ahora te la voy a comer.

Lidia deseaba que se la comiera, pero le dijo:

 -No seas cochino.

-Y la voy a saborear.

Saturnino se arrodilló delante de su hija.

Sin hacer nada para evitarlo, Lidia le dijo:

-No me la comas, cochino.

-No soy un cochino, soy un guarro.

Le metió la mano debajo de la falda y se la bajó, luego le bajó las bragas empapadas y vio su coño, un coño mojado que estaba rodeado por una tremenda mata de vello pelirrojo.

-Esto no está bien, papá.

Le echó las manos a sus gordas nalgas y se las amasó, lo que hizo que los labios del coño y el clítoris, aparecieran y desaparecieran, luego lo que desapareció fue la lengua dentro de la vagina, lengua que a continuación salió, volvió a entrar, salió, volvió a entrar... Así unas treinta veces. Lidia perdió la compostura.

-¡Hostias, me voy a correr otra vez, papá!

Para que no se corriera tan pronto, dejó de follarle la vagina con la lengua y le lamió los labios del coño. Tiempo más tarde le lamió el coño de abajo a arriba y a toda mecha, hasta que Lidia, con un tremendo temblor de piernas, le dijo:

-¡Me corro en tu boca, papá!

Luego de haber disfrutado, le dijo Saturnino:

-Ahora me la tienes que mamar, a no ser que quieras que te folle.

-¡Ay, no! Follarme no, podía quedar preñada.

-Tengo condones.

Cogió la falda y las bragas.

-Los condones dicen que se rompen, además yo quiero ir virgen al matrimonio.

-Por el culo no quedarías preñada e irías virgen al matrimonio.

Se puso las bragas.

-No digas tonterías, esa sería la cochinada más grande que alguien pueda hacer. Además, tengo amigas y hablamos de estas cosas. A una le dieron por el culo y le dolió  mucho.

-A ti no te dolería, tenemos aceite.

Lidia se puso la falda.

-No haces más que decir tonterías. Ni que mi culo fuese una cerradura.

-No es una cerradura, pero está cerrado.

-Y muy cerrado.

-En ese caso te toca devolverme el favor.

Saturnino bajó los pantalones. Su polla no medía más de quince centímetros, pero era gruesa. Lidia, al verla, le dijo:

-¡Y tú querías meterme esa estaca en el culo!

-Es una polla de lo más normal.

-Sí, que me reventaría el culo.

-No te lo reventaría y te iba a gustar.

-Por que tú lo digas. ¿Qué tengo que hacer?

-Cógela y lame su cabeza antes de chuparla.

Lidia se arrodilló delante de su padre y le lamió la cabeza de la polla.

-¿Te gusta, papá?

-Sí, ahora lame y chupa los huevos, al tiempo que aprietas la polla y bajas y subes la mano por ella.

Le dio un buen repaso a los huevos mientras se la pelaba.

-¿Cuándo aprendió mamá a hacer esto?

-No sé, cuando me la mamó a mí ya sabía hacerlo. Ahora lame la polla entera de abajo a arriba y mama la cabeza como si estuvieras chupando la cabeza de un langostino.

Luego de lamer y de chupar un buen rato, le dijo:

-Me he puesto muy cachonda.

-¿Quieres que te folle el culo?

-Me gustaría, pero tengo miedo.

-Deja de mamar que estoy a punto de correrme.

-¿Vas a echar la leche?

-Sí, para, para.

No paró y Saturnino se corrió. Lidia al sentir su leche en la boca aún se puso más cachonda, lo que hizo que se tragara toda la leche de la corrida.

Al acabar de tragar, se sentó sobre la hierba y le dijo:

-Tu leche tiene un sabor muy raro.

-A mí me gusta.

Las palabras de su padre la pillaron con el pie cambiado.

-¡¿Te bebes tu leche?!

-¿Tú no te chupas los dedos después de correrte, al hacer una paja?

-Yo no me hago pajas.

-Mientes muy mal.

-¿Tanto se me nota?

-Sí. ¿Sigues cachonda?

-No te puedes imaginar cuanto.

-Si no quieres follar, te la podría comer otra vez.

Lidia estaba que echaba por fuera.

-Si estuviera segura de que no iba a venir nadie haría una barbaridad.

-Puede que venga alguien, pero no nos pillaría, el perro siempre da la gente a más de un kilómetro de distancia.

-¿Me juras que no me vas a doler?

-Te lo juro. 

-Pues vamos al lío.

-Desnúdate.

-¿Y para qué quieres que me desnude?

-Para comerte las tetas y para magreártelas cuando te folle.

La idea le gustó.

-Me desnudo si también te desnudas tú.

Saturnino se quitó un zapato, y dijo:

-Idiota el último.

Se estaba quitando el último botón de su camisa marrón cuando Lidia le dijo:

-Idiota.

Saturnino la miró y vio su cuerpazo. Sus tetas tenían areolas casi negras y tremendos pezones y eran grandes como sandías.

-¡Vaya par de tetas!

Lidia sonrió.

-¿Te gustan?

-Tanto como para devorarlas.

Dicho y hecho, luego de quitar la camisa fue a su lado y se las devoró mientras se las magreaba con sus grandes manos, luego la besó y le metió la lengua en la boca. Se ve que su novio no se la metía, porque le dijo:

-Eres cochino un rato largo.

-¡¿Por ese beso me llamas  cochino?!

La puso mirando al pino, se puso en cuclillas, le separó las nalgas y le metió y le sacó la punta de la lengua en el culo. 

-Ahora es cuando me debes llamar cochino.

-Ahora cochina me siento yo, y me me gusta.

Le lamió el coño y el ojete. Al rato le dijo Lidia:

-Si sigues lamiendo me corro.

Saturnino siguió lamiendo. Cuando los gemidos de Lidia se hicieron escandalosos, aceleró las lamidas y pasó lo que tenía que pasar.

-¡Me corro, papá, me corro, me corro, me corro!

 Al acabar de gozar fue hasta donde estaba la cesta de la comida. Lidia se giró y le preguntó:

-¿Qué haces?

-Enseguida lo sabrás.

Cogió la botella del aceite, untó las manos, untó la polla y regresó junta a su hija. La volvió a poner cara al pino, le echó sus grades manos a las tetas y magreándoselas le metió la cabeza de la polla en el culo. Saturnino le preguntó:

-¿Te dolió?

-No, ni me gustó, pero sigue metiendo, a ver si me acaba gustando.

Magreando sus tetas, besándole el cuello, lamiendo sus orejas y mordiéndole los lóbulos, se la metió hasta las trancas. Al principio la folló despacio, luego fue acelerando poquito a poco y acabó dándole a mazo. Lidia estaba gozando como una perra. Cuando Saturnino descansaba (para no correrse) lo follaba ella con el culo. El hombre tuvo que quitarla para no correrse. A Lidia no le sentó nada bien.

-¡¿Por qué la has quitado?!

-Es que me iba a correr y quiero hacerte más cosas.

Lidia le puso las manos sobre los hombros, lo echó hacia abajo y le dijo:

-Cómeme el coño otra vez.

 Con poco más de una docena de lamidas, Lidia se corrió en la boca de su padre.

-¡Toma, toma, toma! ¡¡Toooomaaaaa!!

Acabó de correrse con las manos en la cara de su padre y frotado el coño contra su lengua.

Lidia, había dejado de ser una mosquita muerta.

-Si supiera que no quedaba preñada, hacía otra barbaridad.

-Puede estar segura de que no te voy a dejar preñada.

Lidia se lanzó a la aventura.

-Baila conmigo otra vez.

Cuando se abrazaron se oía a los Reno cantando, Y Es Por Ti. Comenzaron a bailar. La polla se frotó contra el coño. Las tetas de Lidia se aplastaron contra el pecho de su padre, se miraron y cuando se besaron, empezó otra canción, que  se titulaba, Más Bonita Que Ninguna, y que era de Rocío Dúrcal.

Besándose y bailando, Lidia le cogió la polla y la puso en la entrada del coño mojado. Saturnino le clavó la cabeza. A lidia se le escapó un gemido de placer. No le había dolido. Siguieron bailando y comiéndose vivos. Pasado un tiempo el transistor se apagó. Se le habían acabado las pilas. A Saturnino se le había acabado el aguante.

-Me voy a correr.

Lidia estaba tan, tan, tan cachonda, que quiso pasarse de la raya.

-Yo también me voy a correr, papá. Métemela toda y córrete dentro de mí.

-¡¿Te has vuelto loca?!

-¡Me corro!

Saturnino se la clavó hasta el fondo del coño. Sintió en su polla las contracciones del coño al correrse, sintió los temblores de su cuerpo y vio como babeaba, pero aguantó hasta que su hija acabó y después se corrió fuera.

Habían acabado de correrse y se besaban, cuando comenzó a ladrar el perro. Vistiéndose a toda prisa, le dijo Lidia a su padre:

-Sabía que podría pasar esto.

 Había sido una falsa alarma, el perro le había ladrado a una culebra.

A Lidia desde ese día le gustó el pastoreo.

Quique

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



   
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