Incesto en carnaval...
 
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Incesto en carnavales

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José
(@quique)
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Mi nombre es "José", soy moreno, alto, cuarentón y divorciado y os voy a contar el lío que tuve con la hija de mi ex, o sea, con la que fuera mi hijastra.

Todo comenzó un día de invierno. Salía yo hacia mi pueblo de origen a pasar los carnavales. Vi a mi hijastra caminando por la acera, bajo la lluvia, paré el vehículo a su lado, bajé la ventanilla y le pregunté:

-¿Te llevo a alguna parte, María?

María, que estaba empapada, entró en el coche, se sentó y arrancando, me dijo:

-Gracias por parar, papá.

Llevaba un año divorciado de su madre, pero para ella seguía siendo su padre, ya que le diera mi apellido.

-De nada, María. Coge mi chaqueta en el asiento de atrás y sécate la cabeza.

-Te la voy a poner perdida.

-No importa.

Cogió la chaqueta y se secó su media melena de cabello negro. Le pregunté:

 -¿A dónde ibas?

-A tu piso...

-Yo voy a la casa del pueblo.

-Voy contigo.

-Es que voy a pasar allí los carnavales.

-Los pasaré contigo.

-¿Y el equipaje?

-Ya me apañaré.

-¿Qué te pasó para salir pitando?

-Que ya no me quiero casar con Víctor.

-¿Y coges rumbo a ninguna parte sin decirle nada a tu madre?

-Ya te he dicho que iba para tu piso.

-Pero yo no iba a estar. ¿Qué pasó? ¿Te has enterado de algo gordo?

-Hay cosas de las que es mejor no hablar.

-Oído, cocina.

-¡¿Que?!

-Nada, son reminiscencias de cuando trabajaba de cocinero. Si no quieres hablar...

-Hablaría, pero...

-¿Te ha metido Víctor los cuernos con alguien? 

No quería, pero iba a hablar.

-No, no es por eso por lo que no quiero casarme con él.

-¿Y por qué es?

-Por miedo a que me haga daño al hacer el amor.

No la creí.

-¿Tu madre tiene algo que ver en esa decisión?

-¿Qué te hace pensar eso?

-Saber lo víbora que es.

-Mejor dejamos ahí la cosa.

Sus palabras habían confirmado mis sospechas.

-¿Qué hizo esta vez?

-Nada.

-Nunca has sabido mentir. ¿Qué hizo?

Echó la chaqueta al asiento de atrás y me dijo:

-Vale, te lo diré. Oí a mamá decirle a su amiga Claudia que cuando me casara volvería a tener una polla dura y jugosita entre sus piernas.

-¡La puta que la pario! No cambiará, coño. Me los metió a mí y te los quiere meter a ti.

-Pues sí. Ya conoces mis miedos. Le tengo miedo a los cuernos y al dolor, y no se cual de los dos dolerá más.

-Los cuernos duelen más. La virginidad se puede perder sin dolor, porque tú eres virgen, de aquella manera, pero eres virgen.

-Sí, de aquella manera soy virgen.

-Yo podría ayudarte, si quieres.

-¡¿Te acabas de insinuar, papá?!

-No, te estoy diciendo que te podría ayudar.

-¡¿Tú?! 

-Sí, yo.

-Y me ayudarías de aquella manera, claro. 

-Si, de aquella manera.

Solo por curiosidad. ¿Cómo sería?

-Educándote.

-Le extraño lo que le había dicho.

-¡¿Educándome?!

-Sí, educándote para que le expliques a Víctor o a quien sea, como preparar tu coño para que acabe pidiendo polla. 

-Explícame eso. 

-¿Seguro que quieres que te lo explique?

-Sí.

-¿Con quien te gustaría hacerlo?

-Pongamos que con un desconocido.

-Al ser algo sexual y no de enamorados, le dirías que en vez de comenzar a besarte en la boca comenzaría por besar, lamer y masajear las plantas de tus pies.

-¿Y quién te dijo a ti que me gustaría que me hagan eso en los pies?

-Me lo dice la experiencia.

-¿Qué más le debería decir?

-Lo típico.

-¿Qué es lo típico?

-Que acariciara, besara y lamiera tus tobillos, y tus calcañares y luego que te chuparía los diez dedos, uno por uno.

-¿Cómo le diría que siguiera?

-Que subiera besando y lamiendo el interior de tus muslos y al llegar al coño...

Su curiosidad era tan grande que me interrumpió.

-¿Qué le debía decir que me hiciera en el chocho?

-Que pasara de largo y que comiese tus tetas.

-De eso nada, primero le diría que me comiera el chocho.

-Para gustos, pero cuanto más se retrase el orgasmo, mejor.

El aire caliente de la calefacción del coche que salía por debajo iba secando sus ropas, pero no le legaba el calor a las bragas, así que se levantó el vestido, hasta dejarlas casi al aire, se abrió de piernas, una piernas largas delgadas y blancas y se recostó en en su asiento del coche.

-No debías ponerte en esa pose tan provocativa y menos hablando de lo que estamos hablando.

-Ni que nunca hubieras visto unas piernas, papá.

-Tan bonitas, no.

-Anda que si hubiera quitado el jersey y hubieras visto mis tetas... 

-Hablas por hablar.

-Claro, sigue con lo de antes.

-Te estás metiendo en camisas de once varas.

-Se bien con quien trato. No me harías daño. ¿Qué le debería decir que me hiciera en el chocho para que me corriera?

-Acabaremos por tener un accidente si me centro en lo que te haría y me olvido de la carretera.

-¿Cómo harías para que no me corriera?

-Que te hiciera con la lengua lo tú te haces con los dedos.

-¿Y para que me penetrara sin sentir dolor?

-Nos la vamos a pegar.

-No creo, eres muy buen conductor. Dime. ¿Cómo lo harías tú?

-¿Para decírselo a ese amigo?

-Sí.

-Te frotaría la polla entre los labios vaginales y sobre el clítoris haciendo entrar la puntita cada vez que pasara por la entrada de la vagina hasta que te volvieras a correr. Después, con el coño corrido, te la metería muy despacito y tu coño la iba recibir con agrado.

-¿Tú crees?

-Sí, lo creo.

Seguimos hablando hasta llegar a la casa materna, pero ya hablamos de otras cosas. 

La casa materna tenia  tres habitaciones, una cocina y un aseo. Era de una sola plantan. Estaba pintada de blanco por fuera y por dentro y en ella nos habíamos criado cuatro hermanos, dos mujeres y dos hombres. Ahora íbamos allí de cuando en vez, tanto mis hermanos cómo mis padres, que vivían en a ciudad con una de mis hermanas.

Al llegar al pueblo había dejado de llover. Compré de comer y de beber para unos días y luego nos fuimos para la casa familiar.

María cocinaba tan bien como yo. Había hecho una liebre estofada con patatas que acabe chupándome los dedos de lo rica que estaba. Después de comer, sentado yo a la mesa y haciendo ella café en la cocina de hierro, le dije:

-El hombre que te lleve, se va a llevar un tesoro.

-¿Por que dices eso?

-Porque eres preciosa, cocinas bien, eres virgen...

-¿Te estás insinuando, papá?

-Para nada.

-Mas me vale. Estamos solos y el cuerpo es débil.

-No te me pongas coqueta.

-No estoy coqueteado.

-Eso de que tu cuerpo es débil...

-Hablaba de tu cuerpo, no del mío.

-Perdona, te entendí mal.

Echó dos cafés y luego se sentó a la mesa donde estaban las cucharillas, el azúcar y el aguardiente, para echarle unas gotas al café. Aquel café era el mejor que se puede tomar... María había molido los granos en el viejo molinillo de mi madre, lo había hecho en el pote, luego lo echara en una cafetera y ahora su aroma salía de las tazas, pues no lo tomábamos en pocillos, no, lo tomábamos en tazas.

El café levanta el ánimo una barbaridad, y acompañado de unas gotas de aguardiente, aún lo levanta más. Tanto me lo levantó que también me levantó otra cosa. Le miré para las tetas a María, y cómo ella me estaba mirando a mí, me dijo:

-¿No tienes otro sitio par donde mirar?

-Fue un lapsus.

-Los burros no tienen lapsus con el trigo. Ya te empiezo a tener miedo.

-Tranquila, aún estando...

Me miró de lado.

-¡¿Aún estando, qué?

-Mejor que no lo sepas.

-¿Estás excitado?

-No digas tonterías.

-Ponte en pie.

-¿Para qué?

-Para saber si realmente me debo preocupar.

-No me pienso levantar.

-¿Estás empalmado? 

-No tires de mi.

-¿Por qué?

-Porque puedes despertar el monstruo que hay dentro de mí.

-¡¿No llevarás dentro un ser lujurioso?!

-Lujurioso, libidinoso, impúdico, obsceno...

Me puse en pie, vio el bulto de mi empalme en el pantalón y salió corriendo hacia la habitación donde se había cambiado de ropa diciendo:

-¡No tienes pelotas a forzarme!

Sus palabras encerraban un reto. Obviamente salí corriendo detrás de ella. En la habitación quiso jugar a la gata y al ratón, pero no le dejé. Pillé las medias que había puesto a secar en el respaldo de una silla y cuando cruzaba la cama a gatas le até las manos a la espalda y luego la puse boca arriba. Se revolvió cómo una gata panza arriba.

-¡No se te ocurra tocarme!

Le levanté el jersey y vi sus tetas, eran cómo limas,, con areolas abultadas de color marrón y pezones preciosos.

-¡Ni se te ocurra!

Mientras pataleaba y se revolvía, magreé las duras tetas, se las lamí y se las chupé por los lados y después lamí y chupé las areolas y las mamé. Luego busqué su boca con la mía. Me hizo la cobra, y me dijo:

-¡No esperaba esto de ti, papá! Para ya.

Creía que no quería que parara de jugar con ella, por eso no paré. Mirandola a sus ojazos azules, le dije:

-Eres la cosita más linda que Dios puso sobre la tierra.

-También te puso a ti, un diablo libidinoso

-¿Quieres que el diablo siga hacia abajo?

-¡No!

Lamí su vientre y su ombligo y después le quité la falda.

-Eres un monstruo.

-Que quiere ver tu coño.

Volvió a patalear y a revolverse.

-¡Déjame ya!

Le quité las bragas y vi su coño. Tenía una mata espesa de vello negro.

-¡Qué maravilla!

-¡Cerdo!

Se giró y se puso boca abajo.

Su culo redondo y duro quedó a mi disposición. ¿Qué iba a hacer? Pues eso, le pegué un lametón en el ojete que le hizo temblar las piernas. Se puso de lado con la misma celeridad que se había puesto boca abajo. 

-¡Guarro!

Le iba a desatar las manos para saber si de verdad no quería y me dijo:

-No me desates, si me desatas te araño.

No quería que la desatara y eso me dijo que quería que siguiera jugando con ella. La puse boca arriba y le volví a comer las tetas, de las tetas pasé a la boca. Ya no me hizo la cobra., pero tampoco la abrió para que la besase con lengua. Bajé lamiendo...

-No sigas, asqueroso.

Al llegar al coño aparté los pelos y le besé el capuchón del clítoris. El cuerpo se le estremeció, luego retiré el capuchón y lamí el glande. A cada lametón, entre gemidos, me decía:

-Para, para, para, para, para, para que me voy a correr, pa, pa ¡Papá!

Se corrió entre espasmos, temblores y gemidos.

No dejé de lamer su clítoris hasta que cesaron sus convulsiones, sus temblores y sus gemidos. Luego lamí el coño y saboreé sus jugos agridulces. Acto seguido le volví a comer las tetas, la quise besar, pero no estaba por la labor. Le puse la polla en la boca y le dije:

-Chupa si quieres que te siga comiendo el coño.

Apartó la cabeza.

-No voy a chupar, suéltame.

Le sujeté la cabeza y le froté la polla en sus labios.

-Abre la boca.

-Eres un asqueroso.

Había abierto la boca para hablar y mi polla entró en ella. Como no mamaba, le folle yo la boca sujetando su cabeza para que no la apartara. Al ratito, le quité la polla de la boca y las manos de la cabeza. Con la polla frente a sus labios, le dije:

-Sé que te está gustando. Participa.

Me miró con cara de mala leche.

-No, no me gusta y no te la voy a chupar.

-Joder, en ese caso te estoy violentando... Y yo que creía que lo estabas deseando. Te voy a soltar.

Sin decir ni una palabra abrió la boca, metió la polla dentro y me la mamó mirándome a los ojos. Mi cara de placer la debió excitar, ya que  cada vez chupó más rápido y con más ganas. No paró hasta que toda la leche de mi corrida acabó de derramarse en su boca.

Al acabar de correrme la besé con lengua, pero de la leche de mi corrida solo quedaba el sabor y el olor. Me devolvió el beso y luego me dijo: 

-Házmelo cómo habías dicho.

-¿Comenzando por los pies?

-Sí.

Me senté a sus pies, le saqué las zapatillas, le cogí el pie izquierdo, le pasé a palma de mi mano derecha por la planta y luego se la lamí.

Rompió a reír y luego me dijo:

-Me haces cosquillas.

-Es bueno saber que tienes cosquillas.

Seguí lamiendo desde el talón a los dedos, unos dedos con las uñas pintadas del mismo color que el de sus uñas, que el de sus manos y que el de sus labios, o sea, de rojo. Luego le chupé los cinco dedos juntos. Dejó de reír y se puso sería. Lamí dedo por dedo, lamí el talón, los tobillos, por los lado,  los cinco dedos de nuevo, la planta. Al lamerle la planta ya no rio, lo que hizo fue cerrar los ojos y y gemir en bajito... Le levanté la pierna y bajé besándola hasta que llegué a la nalga, le levanté el culo, mejor dicho, lo levantó ella, pues yo solo le puse la mano debajo de él, le lamí el ojete mojado con sus jugos vaginales y después se lo follé con la punta de la lengua, varias veces. Esta vez no me llamó guarro. Luego fui besando y lamiendo la otra pierna hasta llegar al pie... Acabé con él y subí besando y lamiendo el interior de su muslo. Obvie el coño, besé y lamí su vientre y jugué con mi lengua en su ombligo, luego le eché las manos a las tetas, le besé, lamí y chupé los pezones y las areolas, al tiempo que las magreé, después se las mamé. Acto seguido besé su cuello, lamí sus orejas, y después mis labios se posaron en su boca y mi lengua entró dentro de ella, donde se encontró con su lengua juguetona. Bajé mi mano derecha a su coño y le metí un dedo dentro. Echó la cabeza hacia atrás, se arqueó y exclamó:

-¡Ay que me corro!

Le acaricié el punto G y levantando la pelvis hasta el infinito, se corrió cómo una bendita. 

Al acabar de correrse, le di un pico, le quite el dedo del coño, besé sus pezones y después fui directamente a por su coño encharcado. Pase mi lengua de abajo a arriba la tira de veces, lento al principio y aprisa al final, y cuando vi que se iba a correr otra vez. Antes de ponerle la lengua encima de su clítoris, le dije:

-Mueve el culo y córrete.

Con la cabeza ladeada a la izquierda, y los brazos estirados a lo largo de su cuerpo, comenzó a mover la pelvis de abajo arriba, de arriba a abajo, alrededor y hacia los lados. Lo disfrutó todo el tiempo que quiso, ya que cuando sus gemidos hablaban de una inminente corrida, paraba de moverse y luego, al írsele, volvía a mover la pelvis... Diez paradas le conté, antes de llegar al éxtasi. Al comenzar a correrse bajé la mitad de mi lengua y se la metí dentro de la vagina. Gimiendo, hizo una arco con el cuerpo y gozó como una loba.

Mientras se recuperaba me desnudé. Al verme desnudo, me dijo:

-No estás mal para tu edad.

-Ni que tuviera noventa años.

-No quise ofenderte.

-Más te vale, pues podría dejarte a medio follar.

Se hizo la importante.

-No te subas a la parra que te puedes quedar sin chocho.

Le hice cosquillas en las costillas.

-¿Quién se va a queda sin coño?

Retorciéndose y riendo, me dijo:

-¡Para, para, para...!

Cuando paré tenía los ojos llenos de lágrimas de tanto que había reído.

-Eres un canalla.

Hice amago de echarle las mano.

-A qué te hago cosquillas otra vez.

Se puso en posición fetal.

-No, por favor, no, hazme otra cosa.

Había llegado el momento de la verdad. Le desaté las manos y le pregunté:

-¿Preparada para perder la virginidad?

-No.

-¿No quieres seguir?

se puso boca arriba.

-Quiero, pero, tengo el chocho tan estrechito...

-No te preocupes, se irá dilatando. Abre las piernas.

Le levanté el culo echándole la mano izquierda por debajo de la cintura y le froté a polla en el coño. Empujaba cuando el glande pasaba por la entrada de la vagina. La primera vez que empujé vi que no entraba, la primera y las veinte y pico que empujé después. No sabría decir en cual, pero en uno de los empujones entró la puntita, luego un poquito más, y mas, y más, y cuando llegó a la corona, le eché las manos a las costillas y le hice cosquillas, María se echó hacia delante, se retorció y lo metió dentro. Le dije:

-Ya entró.

Su cara era de felicidad.

-Y no me dolió.

La cogí por la cintura y la atraje hacia mí. Sentada en medio e mis piernas, con sus brazos rodeando mi cuello y con el glande dentro de su coño, comenzamos a besarnos. No me moví, fue María la que metió la polla hasta el fondo de su coño bajando el culo, muy, muy despacito. Con toda la polla dentro del coño me eché hacia atrás para que me follara a su aire.

-Haz conmigo lo que quieras.

-Siempre soñé con que un hombre me dijese esas palabras y ahora no sé que hacer.

-Pistas... Me puedes dar las tetas a comer, me puedes poner el coño en la boca. Me puedes hacer mil cosas.

Le planté las manos en las caderas y la eche hacia atrás para que saliera un poco la polla del coño. Luego ya fue ella la que dándome las tetas a mamar, metió y saco. Después de eso me besó y me folló con celeridad. Tiempo más tarde dejó de comerme la boca, para decir:

-Me voy a correr, papá.

Sentí como sus vagina estrangulaba mi polla y luego cómo sus jugos calentitos la iban bañando. Me costó una barbaridad retener mi corrida, pero la retuve, y eso que luego de correrse su coño pulsó sobre mi polla un tiempo. La paciencia tuvo su premio, pues María, cuando sacó la polla de su coño fue para hacerme una mamada que acabó por dejarme seco y con las piernas temblando. Al acabar de tragar la leche, se echó a mi lado y jugando con tres sus dedos con un mechón del cabello que caía sobre mi frente, me dijo:

-Ojalá te hubiera conocido antes de conocerte mi madre.

-A tu madre no debí conocer nunca.

-Es muy puta, es, pero si no la hubieras conocido a ella no me hubieras conocido a mí.

-Eso es muy cierto. ¿Quieres ser mi perrita?

-¿Tú, que?

-Mi perrita.

Me dio un pico.

-Quiero.

-Ponte a cuatro patas y ladra cuando te guste lo que te haga.

Se puso a cuatro patas le lamí el ojete y ladró.

-¡Guauuuu!

Después le lamí y le follé con la lengua su coño y su ojete y le agarré las tetas. Ya no ladró, habló.

-Me encanta lo que me estás haciendo.

Después de darle un buen repaso con mi lengua al coño y al ojete, puse mi polla en la entrada de su vagina, y sin dejar de amasar sus tetas se la metí de un suave viaje hasta el fondo de su coño. Luego mi polla salió y entró sin prisa pero sin pausa. Lo bueno que tienen las mueres es que cuando se van a correr su respiración se acelera y sus gemidos se vuelven más intensos, y María no era una excepción. Al ocurrir esto, le di aprisa y se corrió, al correrse sus piernas sus brazos, sus tetas, todo su cuerpo, comenzó a sacudirse y se derrumbó sobre la cama. La quité y me corrí en su culo.

Estuvo boca abajo con la cabeza ladeada a la izquierda un buen rato. Luego se dio la vuelta, vio mi polla a media asta y me preguntó:

-¿Podrás seguir?

-¿Podrás tú aguantar?

-Yo podría seguir corriéndome hasta mañana a la mañana.

-Mujer, tanto aguante no tengo, pero una horita más...

-¿Quieres que te la mame para ponerla dura?

-Luego, ahora ponte en posición que voy a comerte el coño.

María se abrió de piernas, flexionó las rodillas y puso el coño a mi disposición. Tenía los pelos del coño tan mojados y tan brillantes que parecía que les había echado gomina. Le dije:

-Ábrelo con dos dedos, uno de cada mano. 

Lo abrió y le besé los labios.

-Hay mueres que les encanta que las besen en los los labios del coño.

-Yo soy una de ellas.

Le lamí los labios.

-Y luego que se los laman.

-A mí también me encanta.

Le metí y saqué la lengua en el coño unas veinte veces.

-También les gusta ser penetradas por una lengua.

-Y seguro que se corren cómo golfas.

-Algunas sí.

-Yo soy una de ellas, si sigues te inundo la boca con una tremenda corrida.

No seguí. Lamí su clítoris de todas las formas posibles y casi se me corre.

-Otras son más de orgasmos clitorianos.

Me agarró por las orejas, me llevó a boca su coño y me dijo:

-¡Si no sacas la lengua te arranco las orejas!

Saqué la legua, frotó su coño contra ella y me dio una deliciosa corrida en la boca.

Después de correrse siempre se quedaba sin fuerzas y respirando con dificultad. Aproveché para tocarme las orejas, ya que me las apretara con fuerza al correrse. Me dio la impresión de que me dejara orejas de soplillo. Menos mal que solo fue una impresión, pues ya tengo las orejas grande y si me hubieran quedado de soplillo parecería Dumbo.

Estaba otra vez empalmado como un burro. Me eché encima de ella, la miré a los ojos y luego la besé. María agarró la polla, después metió el glande dentro del coño y la lengua dentro de mi boca. Besándonos echó las manos a mis nalgas y tiró hacia ella para meter toda la polla dentro del coño. Al estar toda dentro le di a mazo, desde el segundo uno. Con mi boca comiendo su boca, con mis tetas frotándose con sus tetas y con polla follando su coño, me dijo:

-Déjame subir un poco.

Subió, pero no subió María, subió una loca, subió un torbellino, subió un huracán. Me folló como si quisiera romperme la polla y los huevos, follándome cómo una loca dijo:

-A algunos hombre les gusta así.

Luego follándome como si fuera un ciclón, dijo:

-A otros les gusta así.

Por último, follándome como un huracán, se quedo inmóvil y con los ojos en blanco, balbuceó:

-Y... así... me... corro... yo.

Viendo cómo se corría la puse debajo de mi. Dejé que acabara y luego esperé a que se recuperara para volverla a follar y decirle:

-Ahora me toca mi.

Me sorprendió al decir:

-Cuando te corras hazlo dentro, papá.

Supuse que tomaba precauciones y me corrí dentro de ella, esa vez y unas quince o dieciséis veces más. La hostia fue que no las tomaba, lo supe el martes de carnaval.

Quique.

 

 

 

 

 

 

 

 

 



   
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