Eran las ocho y algo de la tarde de un día del mes de setiembre. Estaba sentado en una silla, debajo de la parra que había detrás de mi casa de aldea, a la cual había ido a vendimiar. Viendo las montañas a lo lejos, sintiendo a los mirlos ir y venir de una higuera que tenía en la huerta, oliendo aquel inconfundible olor a fresa de las uvas catalanas y sintiendo en la cara la suave brisa que corría, me sentía en mi propio paraíso. Llegó mi sobrina Rosa y se jodió la tranquilidad. Venía acompañada de un joven alto y fuerte que era de otra aldea, que traía una bicicleta de la mano, y que también vestía de negro, solo que sus ropas eran de cuero gastado, me dijo ella:
-Soy una incomprendida.
No me extrañó que me lo dijera, pues vestía todo de negro, calzaba de negro, pintaba sus uñas de negro y su cabello, que llevaba recogido en dos coletas, también era negro. Lo único que lleva de otro color eran sus labios carnosos, pues los pintaba de un rojo chillón. Luego de echar una profunda calada a un cigarrillo, la miré y le dije:
-A ver, Rosa, a ti se te muere el marido hace un año, te pones de alivio y te alivias con ese impresentable... Esta es una aldea, no el Soho londinense.
El joven, a pesa de vestir cómo vestía, era educado
-Se puede hablar sin faltar al respeto.
Me puse en pie y le dije:
-¿Qué respeto se puede tener a alguien que viste de motero y anda en bicicleta?
Rosa, que tenía diecinueve años, que era morena, guapa y con un cuerpo diez, y que se había quedado viuda al hundirse el barco de pesca donde trabajaba su marido, me dijo:
-Cada uno viste cómo puede, tío. La ropa es de su hermano y se la presta para venir a verme.
-¿A qué has venido, Rosa? A decirme que eres una incomprendida no fue.
-Mi suegro vino de Alemania y me echó de casa. No tengo a donde ir.
-Conmigo no podéis quedar. Mi mujer me mataría.
-La tía está en la ciudad.
-Sí, pero la gente de esta aldea a donde no llega manda recado.
-¿Y en la casa que era de los Jabatos? Sé que se la compró por dos duros.
Tiré la colilla del cigarrillo sobre la hierba verde, la pisé para apagarla y luego me volví a sentar en la silla.
-No me fío...
-No romperemos nada.
-¡¿Respondes de ese sujeto que está a tu lado!
El joven a la escuela no fuera mucho.
-Yo no estoy sujeto a nadie.
-Ni a la escuela, por lo que veo.
Sacó pecho, metió barriga, y mirándome dijo:
-¡Ya me harté de su chulería!
Sin levantarme, le dije:
-¿Y qué vas a hacer?
-Irme de aquí. ¿Vienes, Rosa?
-¿A dónde, Paco?
-Ya nos las apañaremos.
Miré a mi sobrina, y le dije:
-Dejaré que duermas allí esta noche, pero mañana por la mañana, te largas y al impresentable que no se le ocurra aparecer por allí.
El joven volvió a sacar pecho y a meter barriga, pero luego se volvió a desinflar y dijo:
-Me voy, mañana a la mañana te espero aquí mismo
Pensado que era un cagado, le dije a mi sobrina:
-¿Y tú te liaste con un flojo como este?
-El flojo es boxeador, tío, por eso no entró al trapo de sus provocaciones.
Viendo que había metido la pata hasta el fondo, le pregunté al joven:
-¿Peso pesado?
Sonriendo, me dio
-Pesado es usted.
-¿Habéis comido?
Me respondió mi sobrina.
-No.
Cogí en mi casa pan, seis chorizos, queso y tres botellas de vino tinto y nos fuimos a la casa que fuera de los Jabatos y que ahora era mía.
Estábamos sentados a la mesa de la cocina. Mi sobrina y Paco se habían puesto morados, ella de chorizos fritos y vino y él de queso, chorizos fritos y vino, vino del que yo solo había bebido un vaso. El vino hizo que Rosa perdiera toda la vergüenza, pues si no la hubiese perdido no me diría:
-Ahora vas a saber por qué Paco me trae loca. Enséñale la polla.
Paco, estando borracho, cómo ella, aún controlaba
-Deja de decir tonterías, Rosa.
-O la sacas o te la saco.
No me apetecía nada ver una polla más grande que la mía.
-No hace falta que la enseñe, si tú dices que te vuelve loca, es porque la tiene grande.
-Dos veces más grande que una polla normal.
-Ya no será para tanto.
-Es para más. Sácala, Paco.
-Está durmiendo, Rosa.
-Pues despiértala, coño.
Para que no le jodiera más la cabeza, Paco, se puso en pie y sacó la polla. Aquello era de lo más normal. Era del tamaño de un chorizo y del mismo grosor. Claro que estaba colgando y al empalmarse podría crecer una barbaridad. Rosa, alegre, me dijo:
-¿A qué es bonita?
-Es una polla.
-Ahora verás.
Rosa, sin levantarse de la silla, se la agarró con la mano derecha. La polla al sentir el contacto de la mano se puso dura, pero ni creció, ni engordó, ni hostias. Rosa, dijo:
-Esto sí que hace feliz a una mujer.
Lo primero que pensé fue como la tendría Jorge, el difunto marido de Rosa. Le pregunté:
-¿Cuántas pollas has visto, Rosa?
-Dos.
-Entiendo.
El vino la hizo tutearme.
-¿Qué entiendes? ¿Es que tú la tienes más grande o más gorda?
-¡Qué va! Para nada.
-Ah, pensaba que ibas a fanfarronear.
Al rato me fui y los dejé solos.
La noche que iban a pasar allí ya duraba quince días, cuando le hice pagar la renta a mi sobrina, y no follando, me la pagó vendimiando y ayudándome a hacer el vino, era para ayudar también Paco, pero había tenido su primera pelea importante en Madrid. No tardaría en volver, pero no esperé más, pues podía llover y joderse la marrana.
En fin, que vendimiamos y luego de vendimiar hay que pisar las uvas en el lagar, y eso era lo que estaba haciendo yo en bañador. Rosa estaba a unos metros del lagar limpiando la prensa y al llevar una camiseta escotada y sin sujetador se le veían la mitad de sus grandes tetas. Entre el gustito que me daba pisar las uvas y la visión de sus tetas, me empalme. El mosto me daba por la cintura cuando saqué la polla del bañador. Luego me masturbé muy lentamente para que no se enterara de lo que estaba haciendo. Rosa acabó de limpiar el lagar y se quitó el vestido. Con la polla en la mano, le pregunté:
-¿Qué vas a hacer?
-Darme un baño en mosto. No hay mejor cosa para la piel.
Se metió en el lagar. Yo le di la espalda mientras se sumergía en el mosto. Luego me dijo:
-Date la vuelta.
Me di la vuelta. Estaba cubierta con los pellejos de las uvas y tintada de rojo. Vi sus grandes tetas y sus gordos pezones marcados en su camiseta blanca, camiseta qué tenía pegada al cuerpo. Me di cuenta de que no se había metido en el lagar para suavizar la piel con el mosto, se había metido para follar. Le dije:
-Te voy poner el coño ardiendo, Rosa.
Acercado sus labios a los míos, me dijo:
-Mi coño ya está ardiendo.
Me echó los brazos alrededor de cuello y me besó. Al hacerlo juntó su cuerpo al mío y se encontró con mi polla, chocando contra su vientre y luego subiendo por él. Bajó su mano, empuñó mi polla y me dijo:
-¡Es enorme!
-No es enorme, es normal, las hay mucho más grandes y mucho más gordas.
-¿De verdad que las hay más gordas y más largas?
-De verdad de la buena.
Se quitó la camiseta y se volvió a sumergir en el mosto. Sentí cómo me chupaba la polla, luego subió para respirar y después me metió la lengua en la boca, una lengua dulce por el mosto que había en ella. A continuación agarró las tetas con las dos manos y me dijo:
-Mámamelas.
Nunca unas tetas me habían olido tan bien, ni sabido tan dulces, cierto que era por el mosto, pero estaban deliciosas y olían que daba gusto..
Al dejar de comerle las tetas, nos volvimos a besar, luego levantó una pierna, flexionando la rodilla y me dijo:
-Métemela.
Se la metí despacito. Le entró tan apretada cómo si se la hubiese metido en el coño.
La follé a su ritmo, y digo a su ritmo porque era mi sobrina la que lo marcaba, cogiendo mi culo y tirando de él... Así no tuve problemas para hacer que se corriera, mejor dicho, no tuvo problemas para correrse, ya que cuando sintió que me iba a correr, la quitó, dejó que me corriera, luego la volvió a meter en el coño y moviendo mi culo con sus manos a toda mecha y comiéndome la boca, se corrió cómo una fiera.
Al acabar estaba preocupada.
-Me acabas de abrir el coño una barbaridad. ¿Lo notará Paco?
-No, los coños vuelven a cerrarse luego de sacar la polla de ellos.
Después de hacer el mejor vino de la historia, nos dimos una ducha con la manguera, ella me la dio a mí y yo se la di a ella. Llegamos en pelotas a casa, la arrimé a la pared, me puse en cuclillas y le lamí el coño peludo:
-¡¿Qué haces, tío?!
-Comerte el coño.
-¿Para qué?
-¿Es qué nunca te lo comieron?
-No.
Le enterré la legua en el coño, lamí sus labios vaginales, lamí su clítoris, luego me puse en pie, la besé y le dije.
-Voy a hacer que te corras comiendo tu coño.
De la boca iba a pasar a las tetas, pero no me dejó, puso sus manos sobre mis hombros, se abrió de piernas y llevó mi boca a su coño. No fui a por él, le dije:
-Ponte cara a la pared.
Se puso cara a la pared, abrió más las piernas y echó el culo hacia atrás. Le separé las duras nalgas y le lamí el ojete. Se estremeció, pero no dijo nada. De las lamidas pasé a las folladas.
-¡Me gusta que seas tan cerdo!
Cómo le gustaba seguí dando lengua en el ojete, luego le di la vuelta y vi reguerones de jugos bajando por sus morenas y largas piernas. Rosa, excitada a más no poder, me volvió a coger la cabeza y me la llevó al coño. Envolví su clítoris con mis labios y mi lengua, chupé y se corrió cómo una bendita.
Al acabar de correrse en el piso había un charco de jugos espesos. Me quise levantar para follarla, pero me volvió a coger la cabeza y me la llevo al coño. Esta vez le follé la vagina con la lengua, le lamí los labios vaginales y le acaricié el ojete con la yema del dedo medio de mi mano derecha. Tenía poco aguante, pues en nada se volvió a correr, y no una vez, sino dos seguidas en menos de un minuto.
Cuando me dejó levantar, el charco de jugos del piso ya era enorme. No había visto correrse tan copiosamente a ninguna mujer y no exagero, pues el jugo mucoso de sus corridas había caído por las comisuras de mis labios al no dar abasto al tragar.
La volví a poner cara a la pared y le di a mazo en el coño. Me dijo:
-Dame cachetes en las nalgas.
Quería guerra y guerra le iba a dar. La cogí por las coletas con mi mano derecha y tiré, al tiempo que la nalgueaba con mi mano izquierda y le seguía dando duro.
Aún tardamos en corrernos, pero cuando lo hicimos el piso de mi cocina quedó hecho una mierda.
Al cabar de corrernos, Rosa, me preguntó:
-¿Después de cenar me la comes una vez más?
-¿Una vez sola?
-Las que quieras, tío, las que quieras.
Íbamos a cenar cuando llegó Paco. ¡Cómo lo había dejado el otro! Tenía la cara cómo un mapa. Yo creo que le había dado hasta en el carnet de identidad. Rosa, al verlo, le dijo:
-¡Para haberte matado!
Pedro no dijo nada, ya que no podía hablar. Cuando pudo hacerlo le dijo a Rosa que había ganado la pelea por ko técnico en el quinto asalto y cómo había ganado también una buena bolsa, ya podían irse de la casa que fuera de los Jabatos y que ahora era mía.
Quique.





