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Incesto a la venezolana

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José
(@quique)
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Era una mañana lluviosa.  Los autos habían hecho un monumental atasco en la ciudad. Los transeúntes, paraguas en mano, y algunos con chubasqueros encima, parecían hormigas que aparecían y desaparecía bajo la tierra al entrar y salir del metro, de los comercios y de los soportales. Verónica, una joven muy morena, delgada, con pequeña melena negra, ojos marrones rasgados, y que tenía pequeñas tetas y el culo redondito, cruzó corriendo la calle. Al llegar a la acera chocó con Miranda, que también corriendo, salía de su portal para echar la basura en el contenedor. El resultado fue que Verónica cayó sentada de culo sobre la acera. Mirando hacia arriba y sacudiendo sus manos mojadas, le dijo:

-Las prisas son malas consejeras estando el suelo mojado.

Miranda, una cuarentona, morena, de buen ver, dándole una mano para que se levantase, le respondió.

-Nunca lo fueron, estando el suelo mojado y sin estarlo. ¿A dónde te dirigías con tanta prisa?

-A la calle Ramón y Cajal.

-Estás en ella. ¿Eres nueva en la ciudad?

-Sí, vengo desde Venezuela a conocer mi tía Miranda y a su marido.

-¿No serás Verónica, la hija de Antonio?

-Soy, y tú...

-Sí, soy tu tía.

Se dieron un abrazo y dos besos.

-¡Vaya casualidad! Vamos para casa que nos estamos empapando.

Al llegar a la sala del piso, le dijo Miranda a su sobrina:

-No se te nota el acento venezolano.

-Lo disimulo.

-Sé que en Venezuela las cosas andan muy mal, pero me sorprende que después de quince años, sin saber de tu madre, te mande para España.

-No me manda mi madre. Hace años que no vivo con ella. Dejó a mi padre y se fue a vivir con una mujer.

-Lo raro es que se casara con él. Date una ducha caliente y cámbiate de ropa que podrías coger algo.

Verónica dejó el bolso sobre un sofá, dejó la maleta sobre la alfombra y siguió a su tía hasta el cuarto de baño. En el baño se quitó su chaqueta marrón, su blusa blanca, su sujetador, su falda negra, las medias, las bragas y sus zapatos negros y se metió bajo la ducha, Miranda, también se desnudó y le preguntó mientras se secaba el cuerpo y miraba de reojo para sus tetas:

-¿Y tu padre no piensa salir de Venezuela?

Verónica, mirando para el gordo culo de su tía, le respondió:

-Cuando encuentre trabajo, le mandaré el dinero para que se venga para España.

-¿Cómo sigue mi hermana?

-Sigue a lo suyo.

-¿La odias por qué es lesbiana?

-No, yo también lo soy.

-¿Cerrada?

-No, ya estoy abierta.

-Quería decir si solo te gustan las mujeres.

-Sí, los hombres nunca me llamaron.

Tiempo después estaban sentadas en un tresillo tomando dos tazas de café cubiertas con dos toallones azules. Verónica le preguntó a su tía:

-¿Puedo hacerte una pregunta que puede ser incómoda al estar las dos casi desnudas?

-Claro que si, hazla.

-¿Es verdad que fuiste tú quien inició a mi madre en el sexo lésbico?

-¿Te dijo ella eso?

-¿Quién más me lo podría decir?

-¡¿No lo haría para iniciarte?!

-No, me lo dijo para justificarse. Fue cómo si te echara la culpa a ti de ser cómo es.

-Te mintió. ¿Quieres otra taza de café?

Verónica le cogió una mano, se abrió de piernas y se la llevó al coño.

-¿De verdad que no singaste con mi madre?

-¡¿Qué?!

-Que si no follaste con mi madre.

Miranda se puso sería.

-No, suéltame la mano. 

-Me gustas mucho.

-Te estás jugando acabar con la maleta en la calle.

-Tú no harías eso, llueve mucho ahí fuera.

-No, no lo haría, pero estate quieta.

Le frotó la palma de la mano en los muslos y luego contra el coño.

-Me estás violentando

-¿Te gusta ser violentada?

-No.

Le acarició el cabello.

-¿Te gustaría probar mis labios?

-No.

Poniendo una mano en su mentón le dio un pico, dos, tres, cuatro... Quiso besarla con lengua, pero Miranda apartó la cabeza. Verónica le preguntó:

-¿No son mis labios más dulces que los de tu marido?

-No.

-Mentirosa, bésame.

-Ni sueñes con eso. Quítate de encima de mí.

Se quitó. A Verónica se le había bajado el toallón y se veían sus pequeñas tetas con pequeñas areolas color carne y pequeños pezones y el coño peludo. Le echó la mano a la cabeza a su tía y se la llevó a las tetas, pero Miranda se revolvió. 

-No voy a hacer nada contigo.

Se levantó, Verónica, sin levantarse, le quitó el toallón de encima, la agarró por la cintura y le lamió el ojete.

-Suéltame.

Cómo siguió lamiendo su culo, se volvió a sentar. Verónica le echó un dedo a su mentón y la besó. 

-Tu boca viene de mi culo, cochina.

-De un culo precioso.

La volvió a besar. Miranda dejaba que la besara, pero no correspondía. Verónica le metió una mano entre las piernas y le dijo:

-Ábrelas para mí.

Las apretó aún más.

-No voy a abrir nada.

Le dio un pico.

-Dame tu lengua.

-No.

Le amasó las tetas.

-Tienes unas tetas preciosas.

Lo eran, eran unas tetas gordas con areolas oscuras y gordos pezones. 

-Déjame.

No la iba a dejar. Amasándolas se las devoró, devorándoselas, gemía cómo si se las estuvieran devorando a ella. Cuando dejó de devorarle las tetas quiso besar con lengua y se volvió a encontrar con los dientes. Besó su cuello, lamió sus orejas. Volvió a meter la mano entre sus piernas y estas se abrieron de par en par. Verónica se encontró con su coño mojado.

-Está en su punto para comerlo.

Miranda ya estaba cachonda cómo una perra en celo. Le echó un brazo alrededor del cuello, le metió la lengua en la boca y se la comió. Luego bajó a las tetas y se las comió con ganas atrasadas. Verónica le dijo:

-Sabía que acabarías follando conmigo.

Se puso en pie, se giró, se abrió de piernas, apoyó sus manos en el respaldo del sillón y le dijo a su tía:

-Haz que me corra.

Miranda le metió dos dedos dentro del coño, mojó el del dedo pulgar y se lo metió en el culo. Verónica movió el culo de arriba a abajo y de abajo a arriba y poco después, se corrió. Gimiendo y sacudiéndose, le dijo:

-¡Me matas de gusto, tía, me matas de gusto!

Al acabar de correrse se dio la vuelta y se volvió a sentar en el tresillo. Miranda vio su coño, pequeño, peludo y empapado, le enterró la lengua en la vagina y después lamiendo de abajo a arriba le chupó coño y clítoris. Verónica, entre gemidos, le dijo:

-Lo comes mejor que yo.

 Al ratito se corría con una fuerza brutal.

-¡Me corro otra vez, tía, me corro otra vez!

Al recuperarse, se arrodilló delante de ella, le metió dos dedos dentro del coño, le hizo el "ven aquí" y en nada Miranda, de pie y con las piernas temblando, le dijo:

-¡Me corro!

Soltó un chorro de jugos que le dio a Verónica en toda la boca, la muchacha lamió los labios y le dijo: 

-¡Carajo, que rico te corres!

Al acabar de correrse su tía, le preguntó:

-¿Quieres correrte otra vez?

Sentándose en el tresillo, le respondió:

-Esas cosas no se preguntan.

Con los dedos anular y medio le abrió el coño y con la punta de la lengua comenzó a lamerle y a chuparle el clítoris, luego le metió un dedo en el coño y lamió su clítoris despacito al tiempo que la masturbaba. Luego la masturbo con dos dedos, con tres... Masturbándola con cuatro dedos le acarició el ojete con la yema del dedo gordo de la otra mano hasta que le dijo:

-¡Me voy a correr!

Verónica le quitó los dedos de del coño, y pringados de jugos se los metió en la boca. Miranda los chupó.

-¡Me encanta el sabor de mi coño!

Verónica le lamió el coño de abajo a arriba a toda pastilla y Miranda explotó:

-¡Me corro!

Luego de esto, y de unos dulces besos, Miranda fue a tomar una ducha y después se vistieron y charlaron largo y tendido.

Esa tarde estaban en la habitación de Miranda haciendo un 69. Llegó su marido, que no debía llegar hasta el viernes por la noche, y se encontró con el cuadro.

-Veo que no pierdes el tiempo, Miranda.

Verónica, que estaba con la cabeza hacia la puerta de la habitación, al ver a aquel hombre se quitó de encima de Miranda, se sentó en la cama y se tapó con una sábana. Miranda se sentó y exclamó:

-¡Anselmo!

-El mismo. Veo que has vuelto a las andadas.

-Fue un momento de debilidad.

Se acercó a la cama.

-¿Quién es la muchacha?

-Mi sobrina.

-No tienes vergüenza.

-Ya te he dicho que fue un momento de debilidad.

-¿Un momento de debilidad? ¿Cuántas van con ella, Miranda? Yo ya conozco a siete.

-No son más que esas.

Anselmo le preguntó a su sobrina:

-¿Cómo te llamas, morena?

-Verónica.

-Así que tu tía te seduzco.

-No, la he seducido yo a ella.

-¡Ingenua! ¿A qué no ofreció resistencia?

Verónica miró para su tía. Miranda, le dijo:

-Estás muy rica.

-¿Y ahora que, tía?

Le respondió Anselmo.

-Ahora te vistes y te vas.

-No tengo a dónde ir.

Miranda se puso dura.

-Se va a quedar con nosotros hasta que encuentre trabajo.

Anselmo no estaba de acuerdo.

-¡A mí no me dices lo que se hace y lo que no se hace en esta casa!

Verónica puso paz entre ellos.

-Me visto, cojo la maleta y el bolso y me voy. No sé a donde, pero me voy. 

Se quitó la sábana de encima. Anselmo vio lo buena que estaba e hizo que se compadecía de ella.

-Te vas a la habitación de invitados hasta mañana, mañana ya hablaremos.

A las diez menos cuarto de la noche, Miranda se puso su uniforme de enfermera y se fue para el hospital a trabajar en el turno de noche. 

Poco después, Anselmo, fue a la habitación de su sobrina, y desde la puerta le dijo:

-Si necesitas algo no tienes más que pedirlo.

Verónica, vestida solo con una enagua y bragas, sentada sobre la cama y con las piernas cruzadas, dejó de pintar las uñas y le preguntó:

-¿Ya te pasó el enfado?

-Eres demasiado bonita cómo para...

-No lo dejó terminar la frase.

-¿De verdad piensas que soy linda?

-Sabes que lo eres. Me voy antes de que diga alguna tontería.

-¿Cómo qué?

-Como que entiendo que Miranda se liara contigo. Me voy, me voy que una cabeza me dice una cosa y la otra la contraria.

Verónica se rio con ganas.

-Estuvo bien eso de las dos cabezas.

A las diez y algo de la noche, Verónica entró en bragas a la habitación donde había follado con su tía. Anselmo, que era un cuarentón, de pelo cano y bien conservado, estaba en calzoncillos sobre la cama leyendo el Marca. Vio cómo Verónica se arrimaba a la pared que estaba al lado de la puerta. Como bajaba un poco sus bragas blancas hasta que se le vieron los pelos del coño, cómo levantaba los brazos mostrando los pelos de las axilas, cómo ponía las manos en la nuca y oyó como le decía:

-¿Me ayuda a quitar las bragas, señor de las dos cabezas?

-¡Te voy a quitar hasta el aliento!

Anselmo tiró con la revista, salió de la cama y fue a por ella. Le metió un morreo largo, luego besó y lamió su cuello, sus orejas, sus axilas, su vientre. metió la legua en su ombligo, le bajó las bragas y le lamió el coño, le dio la vuelta e hizo el mismo recorrido hasta el culo. Le separó las nalgas con las dos manos y lamió y folló su ojete con la punta de la lengua. Verónica, con los brazos estirados y las palmas de las manos contra la pared, le dijo:

-Sabía que no me ibas a rechazar.

Oyó una voz a su espalda que decía:

-Y yo que me habías mentido acerca de los hombres.

Giró la cabeza y vio a su tía vestida de enfermera.

Anselmo le dijo a su mujer:

-Podías haber esperado un poco más.

-No me quería perder nada.

Verónica se alegró de que estuvieran compinchados, pero, después de darse la vuelta, dijo:

-Soy unos cabrones aprovechados. 

Miranda se sentó en el borde de la cama y le dijo a su marido:

-Tráemela.

Anselmo la cogió de la mano y al llegar junto a su esposa se la puso en el regazo.

-¡¿Qué me vais a hacer?!

Miranda le respondió:

-Jugar a los médicos contigo. Sédala, Anselmo.

Anselmo le lamió las nalgas, le separó las piernas y lamió desde el coño al ojete. Verónica dijo:

-Esto promete.

Miranda estiró una mano con la palma hacia arriba y le dijo a su marido:

-Bisturí para la puta roba maridos.

Verónica se asustó y quiso salir del regazo, pero la tenía bien sujeta.

-¡¿Qué me vas a hacer, cabrona?!

Anselmo se agachó y cogió una zapatilla debajo de la cama y se la dio.

-¡Zassss, zassss, zasssss, zassss!

A Verónica le dolió, pues la zapatilla marrón tenía el piso de goma.

-¡Hija de puta!

Miranda siguió a lo suyo.

-Fórceps y succión para la mete cuernos.

Anselmo le separó las nalgas y le lamió y le folló y chupó el ojete.

-¡La madre que os parió! 

-La puta no está bien sedada, más anestesia.

La idea le gustó a Verónica.

-Eso, eso.

Se llevó una sorpresa.

-¡Zassss, zassss, zassss, zassss!

-¡Serás puta!

-¡Zassss, zassss, zassss, zassss!

-¡Cabrona! ¿Te excita darme?

-Más que comerte el coño. Más anestesia, Anselmo.

Al sentir las manos de su tío abrirle las nalgas, se tranquilizó. Luego, al sentir la lengua ya comenzó a gemir. Amanda le dijo a su marido:

-Anestesia total.

Anselmo se echó boca arriba sobre la cama. Amanda le puso a Verónica encima. Cogió la polla, se la acercó a la entrada de la vagina y Anselmo se la clavó hasta las trancas. Se veía que ya lo habían hecho antes. Amanda le separó las nalgas y le lamió y folló el ojete a su sobrina mientras su marido la follaba. Verónica tardó muy poco en correrse, y al hacerlo dijo:

-¡Me muero de gusto!

Amanda se desnudó mientras su sobrina, boca arriba sobre la cama, tiraba del aliento. Aún le pulsaba el coño a Verónica cuando Miranda se puso a cuatro patas y metió su cabeza entre sus piernas. Anselmo se arrodilló detrás de su esposa y le preguntó:

-¿Por dónde la quieres, por el culo o por el coño?

-Sorpréndeme.

Anselmo le lamió el coño y el culo, después se la clavó en el coño y le dio a romper. Pasado un tiempo vio cómo verónica se convulsionaba y cómo se le ponían los ojos en blanco. Se corrió dentro del coño de Amanda. La mujer al sentir la leche calentita dentro de su coño, también se corrió.

Acabaron los tres boca arriba. Estuvieron un tiempo en silencio, silencio que rompió Miranda.

-¿Te apetece una doble penetración, Verónica?

-¿Y la otra polla?

-En un arnés.

-Será algo nuevo para mí.

-Para nosotros, no.

Definitivamente, lo que estaba haciendo con Verónica ya lo habían hecho antes.

Y aquí lo dejo para no aburrir, lo digo porque si alguien quería hacerse una paja con mi relato ya se la habrá hecho..., o no.

Quique

 

 

 

 

 



   
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(@viajero56)
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Cabal para una buena paja por tan buen relato...



   
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(@viajero56)
Miembro Activo Autor
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Que buen relato para una buena paja.....



   
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